AMARGO PASADO Y DULCE FUTURO
VIII. LAS HERIDAS AZULES
A la mañana siguiente, y tras asegurarse de que su hermano se encontrara mejor que el día anterior, Saga comenzó las rondas con los guardias en los límites del Santuario. El santo de Géminis parecía de mejor humor, sobre todo por la mejoría de Kanon, aunque no lo quisiera admitir. Controló a Death Mask, quien quería mandar al Inframundo a un par de turistas que accidentalmente habían pasado los límites del santuario. Y lo hubiera hecho, si Saga no lo hubiera detenido.
Una vez que tranquilizó al santo de Cáncer, Saga organizó a los guardias y, al terminar, se apoyó en una de las columnas que estaban junto a la entrada del Santuario. Sonrió levemente. Le daba gusto que su querido amigo Aioros por fin conociera una chica. Aioros era un buen chico, un poco serio y bien portado para su gusto, pero en esencia bueno. Ya se lo merecía. Y hablando del diablo.
-Buenos días, Saga- dijo Aioros, de mejor humor que de costumbre, con una enorme sonrisa- ¿como sigue Kanon el día de hoy?-
-Mucho mejor, gracias- sonrió Saga.
-Menos mal- dijo el santo de Sagitario, y volvió su vista a la ciudad. Aioros se sentó en el suelo, junto a la entrada del Santuario, y abrazando sus rodillas.
-Me da gusto por ti, Aioros- dijo Saga, aún apoyándose en una de las columnas, con los brazos cruzados- recuperaste a tu hermana, y luego conoces a una chica. La fortuna te ha sonreído estos días-
Aioros no respondió, solo siguió mirando la ciudad con una sonrisa. Saga volvió a sonreír levemente.
-¿Ya me puedes decir qué paso ayer?- preguntó el santo de Géminis, alzando las cejas- llegaste muy feliz-
Aioros asintió, y le contó todo lo que había pasado, omitiendo el detalle de cuando se despidió de Sofía en su departamento. Saga, por su parte, escuchaba con una sonrisa triste: recordaba muy bien cuando él mismo había estado enamorado.
-¿Saga?- dijo Aioros al percatarse de ello, preocupándose al ver la expresión de su amigo- ¿dije algo malo?-
-Para nada- dijo Saga, y dijo algo para que Aioros quitara esa cara de preocupación- me gustaría conocer a esa chica, a Sofía-
Aioros sonrió y asintió. Después de un rato en silencio, se levantó del suelo y se sacudió el polvo.
-Iré a organizar a los guardias del Santuario- dijo el santo de Sagitario- nos vemos en un rato-
Saga asintió, y volvió su mirada a la ciudad de Atenas mientras Aioros se alejaba. No era tan bella ciudad como el pueblo de Rodorio. De hecho, tenía muchos años sin visitar esa hermosa villa. Ahora que lo pensaba, no la visitaba desde que…
Saga sacudió la cabeza. No quería tener esos recuerdos tristes, no en ese momento. Pero algo interrumpió sus pensamientos. Un cosmo.
-¿Qué rayos es eso?- dijo Saga, despegando su espalda de la columna, y mirando atentamente hacia la ciudad.
Era un cosmo que provenía de la ciudad. No era un cosmo maligno ni agresivo, sino uno discreto y leve como si fuera de un aprendiz, pero era uno que no pertenecía a ninguno de los caballeros de Athena, y que no había podido identificar. Saga iba a bajar a la ciudad cuando escuchó a Argol llegar junto a él. Se volvió hacia el santo de plata.
-¡Saga!- exclamó Argol- ¿sentiste…?-
-Ya lo sé, yo también lo sentí- dijo el santo de Géminis- no parece ser de un enemigo. Quédate aquí, vigila la entrada, voy a ver de quien se trata…-
Dicho esto, Saga salió disparado hacia la ciudad de Atenas.
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Calles de Atenas, rumbo al Hospital
"Como odio manejar esta lonchera", pensó Sofía mientras conducía su auto.
Casandra se había ido temprano, pues prefería irse en autobús a la Universidad, para que Sofía pudiera llevar a Kostas a la guardería que estaba cerca del hospital. Esa era la razón por la que la chica pelirroja siempre llevaba al pequeño hijo de su amiga: a ella le quedaba de paso la guardería, además de que le daban el servicio gratuito por trabajar en el hospital.
Kostas, por su parte, iba canturreando muy contento. Sofía sonrío. Lo único que le gustaba de su lochera, digo, su auto, era que podía poner música. Y obviamente, no dejaba de poner su música en italiano, que parecía ser la favorita de Kostas.
-Parece que te gusta mucho esa canción, bambino- dijo Sofía, sonriendo mientras conducía, seriamente tentada a cantar junto con Kostas.
-Esa es mi favorita, tía- dijo Kostas.
Sofía sonrió y, muy a pesar del pequeño, se estacionó y apago el auto.
-Vamos, Kostas- dijo Sofía- ya llegamos-
-Sí, tía- dijo el niño, y la pelirroja sonrió nuevamente.
Tomando firmemente la mano de Sofía y llevando su diminuta mochila en su otra mano, Kostas entró a la guardería y saludó a la encargada.
-Buenos días, señora- dijo la encargada, y Sofía hizo una mueca. ¿Señora? ¿Ella? Pfff… esa encargada claramente era nueva- ¿como se llama su niño?-
-Kostas Tadros- dijo Sofía.
-De acuerdo- dijo la mujer, escribiendo el nombre del pequeño- ¿usted es la mamá?-
-No- dijo Sofía, poniendo los ojos en blanco, fastidiada por la situación, moviendo un pie ansiosamente- soy la tía-
-De acuerdo- dijo la encargada- ¿y su nombre es…?-
-Sofía Lombardi- dijo la pelirroja, en un tono apurado- trabajo en el hospital-
-Ah, muy bien- dijo la encargada- puede pasar-
Kostas entró a la estancia, feliz de la vida, y apenas se volvió un segundo a despedirse de su tía con la mano. Sofía sonrió a ver al pequeño tan alegre y, tras preguntar a la encargada si faltaba algo, se volvió para salir de la estancia y dirigirse a su auto.
Al salir, chocó contra alguien.
-Uh…- dijo ella, haciendo una mueca. Lo primero que hizo fue verificar que su bomba no se hubiera caído por el choque, y descubrió un poco su abdomen para ver que el catéter no se hubiera desprendido de su sitio. Al ver que todo estaba bien, levantó los ojos y miró a la persona con la que había chocado- lo lamento mucho…-
El hombre con el que había chocado era alto, con largos cabellos azulados y profundos ojos azules. Era un hombre grande, musculoso, y tenía puesto un traje de entrenamiento. Había estado junto a la entrada de la guardería hasta que Sofía chocó con él.
-No se preocupe, señorita- dijo el hombre, también a manera de disculpa- no vi por donde caminaba, fue mi culpa-
Sofía sonrió y se apresuró a su auto: ya iba retrasada.
Saga, que era con quien había chocado Sofía, se asomó a la guardería. No encontró el cosmo que había sentido, pues había desaparecido tan rápido como el caballero había llegado a la puerta de la guardería.
Y además, se encontró con la madre de todas las coincidencias: había visto nuevamente al pequeño que se había perdido en el centro comercial el día anterior. Kostas. La chica que lo había dejado, con la que acababa de chocar, ¿dijo que era su tía? Porque no se parecía ni un poco a ella.
-Oh, ¿usted es el papá de Kostas?- dijo la encargada al verlo en la entrada del establecimiento, interrumpiendo los pensamientos del santo de Géminis- ¿olvidó darle algo?-
-¿Yo? No, no olvidé nada, y no soy su…- comenzó Saga a explicarlo, pero la encargada de pocas luces ignoró todas sus protestas y siguió hablando.
-Oh, ya entendí, quiere despedirse de él- dijo la encargada y se volvió a entrar- espere aquí un momento, señor, ahora se lo traigo-
Antes de que Saga pudiera hacer o decir algo, de tan confundido que estaba el pobre, la mujer sacó a Kostas, jalándolo de un brazo. El pequeño peliazul vio a Saga y sonrió.
-¡Hola!- dijo Kostas, corriendo hacia él y abrazándolo. A Saga le pareció cruel apartarlo, y así que se inclinó y le devolvió el abrazo- me quedé quieto, y encontré a mi mami-
Saga sonrió.
-Hiciste muy bien, Kostas- dijo Saga, revolviéndole el cabello y empujándolo levemente para que regresara a la estancia a seguir jugando- diviértete mucho, enano-
Kostas asintió, y regresó a la estancia tan feliz como había salido. Saga se encogió de hombros y salió de la guardería, confundido. La encargada se le quedó viendo, y sonrió, murmurando para sí misma que había pocos padres que se preocupaban por sus hijos.
El santo de Géminis, aun un poco aturdido por lo que pasó, salió de la estancia hacia la calle, caminando por la banqueta rumbo al Santuario, confundido. ¿A quién pertenecía ese pequeño cosmo que había sentido antes de salir? Que él supiera, no había próximos aprendices.
Sintió un cosmo maligno muy cercano al Santuario, e hizo una mueca. Ya se había cansado de perseguir cosmos.
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Enfermería del Santuario
Aioria se sorprendió al ver a Kiki aparecer en el templo de Leo, y más aún cuando le comunicó las noticias: al parecer, tres santos de plata acababan de ser atacados y vencidos por algún guerrero desconocido, usuario de cosmo, en los límites del Santuario. El ataque coincidía con el mismo tipo de ataque que Aioros y Saga habían descrito hacía algunos días: un cosmo maligno que los había atacado a traición.
El santo de Leo se apresuró a seguir a Kiki a la enfermería del Santuario, que estaba ubicado cerca del recinto de las amazonas. Mu ya lo estaba esperando.
-¿Aioria?¡Que bueno que viniste!- dijo el santo de Aries, señalando las camillas: Argol, Dio y Dante se encontraban tirados en ellas.
Dante tenía heridas y quemadoras en prácticamente todo su cuerpo, y se encontraba inconsciente. Argol estaba tumbado boca abajo, con una fea quemadura en su espalda, apretando los ojos de dolor. Y Dio, tenía quemaduras solo en sus piernas, era quien estaba más consciente de los tres. Pero esas heridas no eran normales.
Eran unas extrañas quemaduras azuladas, como si la carne debajo de la piel fuera de color azul y no rojo. Los tres parecían estar sufriendo muchísimo.
-¿Qué les pasó?- preguntó Aioria, sacudiendo la cabeza, confundido.
-Sentimos un cosmo proveniente de la ciudad- explicó Dio, tras terminar de maldecir en voz alta- Argol dijo que Saga fue a investigarlo. Pero cuando Saga se fue, apareció otro cosmo maligno muy cerca del Santuario. Con Argol y Dante fuimos a investigar, pero esa…esa cosa nos atacó por la espalda, ¡nos dejó como quesadilla!-
-Aioria- lo apremió Mu, interrumpiendo el relato de Dio, y señalando al santo de Cerberus- Dante no se ve nada bien…-
Aioria asintió, y puso su mano sobre el cuerpo de Dante, para intentar ayudar a curarlo. El santo de Leo encendió su cosmo, y suspiró. Aquel iba a ser un largo día. Mu, por su parte, llamó a su pequeño aprendiz, quien estaba esperando afuera de la habitación.
-Kiki, ve y avisa al maestro Shion de lo que está ocurriendo- dijo el santo de Aries, una vez que el pequeño pelirrojo entró a esa habitación en la enfermería- antes de eso, por favor llama a June. Necesito que me haga un enorme favor-
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Coliseo, Santuario de Athena
Lydia había bajado al Coliseo. Los santos de Athena estaban muy ocupados ese día, y Afrodita le dijo que no podía entrenar con ella. Incluso Saori tenía mucho trabajo: estaba revisando el área con su cosmo, para ver si encontraba a sus misteriosos atacantes, pues había sentido los cosmos malignos acercarse. Viendo que estaba mortalmente aburrida, y un poco preocupada por Mu y por sus hermanos, Marín la había invitado a entrenar con ella en el Coliseo para distraerse y aprovechar para pulir sus habilidades. Lydia aceptó sonriente.
La amazona de Aguila era muy buena luchando, Lydia se dio cuenta casi de inmediato. Era muy rápida y letal, y la chica rápidamente supo que no estaba ni cerca de su nivel. Frunció el entrecejo.
-No puedo, Marín- dijo Lydia, dejándose caer en el suelo de la arena- creo que hubo un error, no tengo la capacidad de hacer esto…-
-Te estás exigiendo demasiado, Lydia- le dijo Marín en tono benévolo- esos botones de rosa son una prueba de que estás mejorando. Además, no creas que no escuché sobre lo que pasó con Saga ayer, que no tuviste ninguna dificultad en atacarlo-
Lydia se sonrojó, y volvió a intentar encender su cosmo, formando un pequeño botón de rosa en sus manos.
-La verdad, ayer me impresionaste cuando estuvimos en la villa de Athena- dijo Marín, refrescándose con un balde de agua, y Lydia la miró, interrogante- como manejaste lo de la princesa Athena, a pesar del pasado no muy grato que tienes con ella. Debí haber imaginado que, a pesar de ser una diosa, aún es una adolescente-
-¡Oye!- dijo Lydia, frunciendo el entrecejo: ella tenía la misma edad que la diosa- Greta siempre fue amiga de Saori, pero solo lo era para sacar provecho de ella. Sabía que un día iba a pasar algo parecido. A mí me jugó varias bromas crueles, y una broma muy peligrosa. Me alegra saber que al menos a Saori no la lastimó así-
Marín sonrió, y asintió. Había 88 santos en el Santuario que querían caerle a patadas a esa chica por hacer llorar a la princesa Athena. Las dos chicas fueron interrumpidas por una pareja que venía caminando hacia ellas: eran Shun y June.
-June, ¿qué haces aquí?- preguntó Marín, sorprendida de que June dejara el área que le fue asignada para vigilar- se supone que vigilarías el bosque…-
-Hubo cambio de órdenes, Marín- dijo June- Aioria ordenó que los santos de plata y bronce nos adentráramos en en Santuario y tomáramos otras posiciones-
-¿Porqué?- preguntó la amazona de Aguila, sorprendida, pues esa orden solo se daba cuando el Santuario estaba en estado de emergencia- ¿qué sucedió?-
-¿No lo escuchaste?- dijo Shun en un tono preocupado- tres santos de plata quedaron muy malheridos, fueron atacados a traición muy cerca del Santuario. Probablemente van a declarar emergencia otra vez-
-¿Qué dices?- dijo Marín, alarmada- ¿quienes fueron los santos atacados?-
-Argol, Dante y Dio- dijo Shun- y traemos un mensaje de Mu y de Aioria para Lydia-
Lydia se sorprendió.
-"Regresa a las habitaciones de Athena de inmediato, y no salgas de ahí hasta que te digamos que es seguro"- recitó Shun. Lydia hizo una mueca de fastidio, por lo que el santo de Andromeda añadió- y ambos dijeron que lo sienten mucho-
-Bah- dijo Lydia, cruzando los brazos enfurruñada. El entrenamiento había estado muy animado, mejor que cuando entrenaba con Afrodita, no porque fuera mal maestro, pero porque la ponía un poco nerviosa.
-Vamos, Lydia- dijo Marín, tomándola del brazo y arrastrándola a los Doce Templos- te acompañaré. No me gustaría que alguien se enojara conmigo por tenerte fuera de la villa de Athena-
Lydia iba a decir algo, pero se lo guardó. No quería que Marín se enterara que ella sabía sobre su casi-relación con Aioria: así podía trabajar en convencerlos más fácilmente. Sin tener mucha opción, se dejó acompañar por la amazona hacia los Doce Templos.
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Ciudad de Atenas
Minutos antes del Ataque a los santos de plata
Aioros estaba fuera del hospital, esperando a Sofía con expectación. La joven salió del mismo por la puerta con una sonrisa y corrió hacia el santo. A diferencia de la ultima vez que la había visto en su trabajo, esta vez no estaba despeinada ni con su ropa manchada de sangre. Al parecer acababa de comenzar su turno.
-¡Aioros!¡Hola!- dijo la pelirroja, sonriendo y abrazándolo. El santo se dejó abrazar, muy contento. En ese momento nada lo podría hacer borrar esa sonrisa.
-Hola, niña dulce- dijo Aioros, una vez que se separaron, besándola en la mejilla. Sofía inmediatamente frunció el entrecejo.
-No me gusta…- dijo Sofía.
-Perdón, perdón…- dijo Aioros, mostrándole las manos, apenado- lo decía porque en verdad me parece que eres muy dulce, no lo digo por… ya sabes-
Sofía rió en voz baja.
-No te preocupes, Aioros- dijo Sofía, encogiéndose de hombros- me puedes llamar así. Pero solo tú. No me ofenderé-
Aioros sonrió otra vez, e iba a decir algo cuando lo sintió. Le estaban llamando del Santuario de Athena. Algo malo había ocurrido. Sofía lo notó también, pues el chico abrió los ojos desmesuradamente.
-¿Aioros?- dijo Sofía- ¿pasó algo malo?-
-Lo lamento, tengo que irme- dijo Aioros, apenado- me llaman del Santuario. Pero no te preocupes, te veré mañana- y de nuevo, le dio un beso en la mejilla, para después salir disparado hacia el Santuario.
Sofía se tocó la mejilla, y sonrió antes de volver a entrar al hospital tras ver a Aioros desaparecer entre los edificios. La chica pasó a la consulta, y tomó la torre de expedientes y caminar pesadamente a los consultorios. Una voz detrás de ella casi hace que deje caer todos los expedientes al suelo.
-Vaya, vaya…- dijo la voz masculina detrás de ella. Por un segundo pensaba que era Erick. Pero no era él, sino su amigo Oskar- me da gusto verte tan contenta, tyttö-
-Grazie, caro amico- dijo Sofía.
-Nunca antes te había visto tan feliz- dijo Oskar- la verdad me da mucho gusto. Y no lo conozco, pero parece un buen chico-
-Yo también creo que lo es- dijo Sofía.
Dándole una palmada, Oskar tomó sus propios expedientes y desapareció tras la puerta de uno de los consultorios.
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Entrada al Santuario de Athena
Saga y Aioros se encontraron en la entrada del Santuario, ambos regresando de la ciudad casi al mismo tiempo. Los dos estaban sorprendidos de lo que escucharon al llegar: tres santos de plata habían sido atacados, entre ellos Argol, con quien Saga había estado justo antes de salir corriendo a la ciudad.
Los dos se apresuraron a la enfermería. Aioria y Mu ya estaban ahí, atendiendo a los tres santos de plata heridos en el ataque. Dante aún estaba inconsciente, y Argol apretaba los dientes de dolor. Dio se la pasaba maldiciendo en español.
-¿Qué es eso?- preguntó Aioros al ver a los tres. Las quemaduras que tenían no parecían normales: tenían un color azulado extraño, como si se hubieran bañando en pintura de ese color.
-Parecen quemaduras superficiales- comentó Aioria, quien ya había examinado con cuidado las heridas de los tres- pero les causan mucho dolor-
Saga apretó los dientes. Era la segunda vez que ese enemigo los atacaba, y nuevamente los había atacado a traición. Y la primera fueron directo contra Athena. ¿Quién era este enemigo secreto?
-Iré a revisar que estén listas las defensas del Santuario- dijo Saga, mirando a Aioros.
-Yo me quedaré aquí, a ayudar a Aioria y a Mu en lo que pueda- dijo el santo de Sagitario.
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Villa de Athena
Saori estaba muy nerviosa, tanto que caminaba en círculos sin parar. Lydia no estaba nada feliz con la situación tampoco: estaba preocupada por Mu y por sus hermanos, y además tenía que aguantar a Saori dando vueltas de aquí allá, bajo su mirada y la de Shion. A ninguna de las los les gustó el reporte de los santos de plata heridos.
-Por todos los dioses, Saori, intenta calmarte- le dijo Lydia, para tranquilizarla.
-Es que no me explico, Lydia, no puedo entender quien… ¿porqué lastimaron a mis santos de plata?- le dijo Saori, con los ojos llorosos- ¿quién nos está atacando? ¿Es Poseidón?¿Es Hades?-
-No sé- dijo la otra chica, pensativa- no los conozco, ¿ellos te atacarían así?-
-No, por supuesto que no- dijo Saori, sacudiendo la cabeza.
-Princesa Athena, por favor, cálmese- dijo Shion en un tono severo- recuerde que no debe entrar en pánico por esta situación. Los caballeros descubrirán quien está detrás de estos ataques-
-Eso espero, Shion- dijo Saori, abrazándose- Dante, Dio y Argol están heridos. No me gusta esta situación-
-Quien iba a decir que te preocupas por los demás, Saori- dijo Lydia casualmente.
-Da la casualidad que sí me preocupo- respondió la diosa, no muy feliz por el comentario de la otra chica- y mis santos de plata están heridos…-
-Ejem…- se aclaró la garganta Shion, y las dos se quedaron en silencio.
Un cosmo los interrumpió: Kanon y Shura iban regresando de su misión. El gemelo llevaba puesta la armadura de Géminis. Los dos habían estado a cargo de vigilar los alrededores del Santuario tras el ataque a los santos de plata, y Shion les había encargado buscar al culpable. Ambos se arrodillaron.
-Ah, bien, Kanon, Shura- dijo el Patriarca- vienen a traerme noticias-
-Athena, maestro Shion- dijo Kanon, inclinándose- inmediatamente tras el ataque a nuestros santos de plata, llevamos a cabo una búsqueda por los terrenos del Santuario y sus alrededores, incluyendo varias partes de Atenas y Rodorio-
-¿Y bien?- dijo Shion, intentando ocultar su ansiedad- ¿encontraron algo?-
Ambos sacudieron la cabeza, apenados.
-Quien haya sido, cubrió muy bien su cosmo después de atacarnos- dijo Shura, apretando un puño, furioso- nuevamente no pudimos dar con él-
Shion suspiró, algo decepcionado.
-Gracias, Shura, Kanon- dijo Shion, y se volvió a Saori- y usted, princesa Athena, en vista de los eventos recientes, le voy a pedir por favor que no deje estas habitaciones hasta que le avise que es seguro salir. Y usted también, señorita Lydia-
Saori iba a reclamar, pero Lydia le puso la mano en el hombro. Sabía que no era buena idea, menos con el maestro tan molesto por la situación. La chica sabía que, mientras no fuera seguro para Saori, tampoco sería seguro para ella: Mu y sus hermanos se encargarían de tenerla ahí hasta que pasara el peligro.
Saori y Lydia se dejaron caer en sus sillas, casi al mismo tiempo, frustradas por la situación.
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Templo de Sagitario
A la mañana siguiente, todo el Santuario se había caracterizado por falta de novedades. A pesar de que estaban rastreando la ciudad con todos los santos disponibles, no había señal del cosmo agresivo que había atacado a los tres santos de plata. Aioros sabía que la emergencia se iba a suspender pronto. Miró tentado su teléfono celular. Se moría de ganas de llamar a Sofía.
Suspiró. Sabía que la nueva regla era que ningún santo podía salir del Santuario, al menos no sin estar acompañado de otro santo. Suspiró. Quizá no podría ver a su chica después de todo.
De pronto, Aioros abrió los ojos desmesuradamente, y sonrió. Tenía una idea.
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Villa de Athena
La noche anterior había sido larga para Lydia: no había podido dormir bien, quizá de la preocupación de que le pasara algo malo a los chicos dorados, sobre todo a Mu. Supo que el santo de Aries había enviado a su aprendiz al templo de Tauro, para que estuviera al cuidado de Aldebarán. Eso no le había gustado a Lydia: Mu, después de todo, custodiaba el primer templo, y si la situación era tan grave como para enviar a Kiki al siguiente templo, quería decir que Mu no estaba a salvo del todo.
Nerviosa, Lydia se había levantado en las pequeñas horas de la madrugada, y se había dirigido a la biblioteca, donde había pasado gran parte de la noche leyendo, hasta que se quedó dormida en uno de los cómodos sillones. Un par de ojos verdes la esperaban muy atentos cuando despertó en la mañana.
-Hola, bella durmiente- dijo con cariño el caballero de Aries, quien se había sentado junto a ella.
-¡Mu!- dijo Lydia, desperezándose y sonriendo. Estiró los brazos y lo abrazó- ¿que haces aquí?-
-Vine a verte, por supuesto- dijo Mu, como si fuera lo más obvio del mundo, besándola en la mejilla- un pajarito me contó que no estabas muy feliz porque tus hermanos y yo insistimos que estuvieras ahí-
Lydia sonrió.
-¿El maestro Shion?- dijo Lydia, y Mu asintió suavemente.
-Lamento que tengas que quedarte aquí- dijo Mu, a modo de disculpa, acariciándole el cabello- pero sabes que no podría perdonarme si te lastimaran. Por no mencionar que hay un par de caballeros dorados que me desollarían vivo si llegara a pasarte algo malo. Lo sabes, ¿verdad?-
Lydia asintió. Se dio cuenta de que sobre todo Aioria era muy sobreprotector con ella.
-¿Cuándo podremos… ya sabes, regresar a la normalidad?- preguntó Lydia.
-No lo sé, Lydi- dijo Mu en un tono paciente y cariñoso- eso depende completamente del maestro Shion. Ten paciencia-
Lydia asintió, y el caballero le sonrió. Le dio un rápido beso y se apresuró a regresar a su templo.
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CONTINUARÁ…
¡Hola a todos! Espero que esto les esté gustando esta historia. Muchas gracias a todos por sus reviews. ¡Nos leemos pronto!
Abby L.
