Kurt parpadeó adormecido. El cielo tenía el color de la tinta. No se veía ninguna estrella. La única luz que percibía era la que proveía la lamparita de vela eterna que llevaba colgada en el cuello. Faltaban un par de horas para que amaneciera. Había tenido un vuelo constante desde que salió de Lima. Solamente se había detenido una vez a orinar. Aunque la escoba tenía una silla acojinada, mantenerse sobre ella requería de concentración y fuerza física. Su escoba era firme y robusta, había pertenecido a su madre, quien la había cuidado mucho y Kurt había hecho lo mismo desde que la heredó, por lo que se encontraba en óptimas condiciones. Pero no era una escoba para viajes largos. Esas eran más anchas y con implementos que hacían más cómodo el vuelo prolongado. Su espalda y su trasero estaban resintiendo mantener la misma posición por tanto tiempo. Kurt decidió que lo mejor era hacer otra pausa. Estiraría las piernas, comería algo y dormiría una breve siesta. Quería tener un buen aspecto cuando llegara a NYADA.

Kurt comenzó a descender lentamente, rozando las copas de los árboles del tupido bosque que se extendía bajo sus pies. Por fin localizó un claro y aterrizó. Movió brazos y piernas para desentumirse. Luego sacó de su maleta una manta y la extendió sobre el pasto. Se sentó sobre ella y sacó su termo de té herbal y unas galletas que le había preparado Carole. El té todavía estaba caliente. Al beberlo se sintió reconfortado conforme se deslizaba por su seca garganta. Masticó despacio unas galletas. No tenía mucha hambre, pero sabía que era mejor comer ahora que tenía oportunidad. Después no sabía cuándo podría hacerlo. El examen era después del amanecer, hora en que se cerraba la recepción de nuevos aspirantes. Tal vez se desocuparía hasta el mediodía. Pensando en eso, comió y bebió más. Luego sacó su despertador y puso la alarma para que sonara en 20 minutos, se acomodó usando su maleta como almohada y se quedó dormido.

Un terrible aullido desgarró el silencio de la noche. Kurt se despertó sobresaltado. Miró en todas direcciones, pero no vio nada, estaba demasiado oscuro. Podía hacer un hechizo para crear luz, pero no estaba seguro de querer dar a conocer su presencia a lo que fuera que andaba en el bosque. El aullido volvió a sonar, esta vez acompañado de otros iguales, formando un coro infernal que le puso a Kurt los pelos de punta.

"¡Lobos! Una manada sin duda." Pensó Kurt asustado. Recogió todas sus cosas y justo en ese momento, se soltó un intenso aguacero con rayos y truenos. Kurt maldijo por lo bajo, así no podría volar bien. Tendría que esperar al menos a que se calmara un poco la lluvia para poder subir por encima de las nubes. Los aullidos se escuchaban cada vez más cerca. Kurt pensó con rapidez una solución: montó en su escoba y se elevó hasta la copa de los árboles, luego se sentó en la rama más alta y tupida que encontró. Así estaría guarecido de la lluvia y fuera del alcance de los lobos.

Kurt se envolvió en su capa y esperó. Al poco rato divisó un lobo que corría en dirección al claro, el resto de la manada lo seguía no muy lejos. Cuando se acercaron más, Kurt se dio cuenta de que algo andaba mal, el lobo negro que iba por delante corría con dificultad. De repente se detuvo y cayó al suelo como un fardo pesado en medio del claro. Kurt sacó sus binoculares de visión total que le permitían ver hasta en la oscuridad y los enfocó en el lobo: estaba herido. Tenía la pata izquierda doblada de una forma extraña y se encontraba cubierto se sangre. Aunque era un lobo bastante grande, en ese momento no parecía tener muchas fuerzas. Los aullidos se acercaron y el lobo intentó ponerse de pie, pero se tambaleó y cayó de nuevo. Los otros lobos lo rodearon. Todos enseñaban los colmillos y tenían la piel erizada. ¡Lo iban a matar sin duda! Kurt apretó los binoculares y los enfocó a la cara del lobo negro. Tenía unos ojos grandes y de color ámbar brillante muy hermosos, pero llenos de sufrimiento. Kurt se estremeció. ¡No podía dejarlo así! ¡Tenía que ayudarlo de alguna forma! La razón le decía que no debía intervenir, que no eran su asunto los problemas que los lobos tuvieran entre ellos. Pero su corazón y su intuición le gritaban que auxiliara al lobo herido. La primera regla de las brujas era hacerle caso a su instinto, Kurt no iba a ir en contra de su naturaleza.

Justo cuando la manada estaba lista para abalanzarse contra el lobo herido. Kurt descendió como ráfaga y se puso frente a él.

—¡Flamma! —gritó Kurt y lanzó un vial lleno de líquido rojo que se estrelló contra el suelo y se incendió en diversas pequeñas explosiones. Su conjuro no era muy fuerte, ya que no tenía ni varita ni los ingredientes necesarios, además de que estaba la lluvia intensa, pero sí era lo suficientemente aparatoso como para desconcertar a los lobos y permitirles escapar.

Mientras los lobos chillaban y corrían asustados. Kurt se volvió al lobo negro, lo roció de polvo azul y exclamó: ¡Flotter! El canino se elevó en el aire. Kurt lo montó sobre su escoba, lo sujetó con un brazo y voló hacia arriba a toda velocidad. La lluvia le pegaba en la cara y el lobo no dejaba de moverse asustado, haciendo que su escoba se bamboleara.

—¡Cálmate! ¡Nos vas a hacer caer a los dos! Y no creo que quieras bajar a saludar a tus "amigos" —lo regañó Kurt—. El lobo lo miró con sus grandes ojos ámbar, gimió un poco y se quedó quieto.

Kurt voló rápidamente un rato más. Quería alejarse lo más posible del área donde se encontraban los lobos. La lluvia le impedía elevarse demasiado, apenas por encima de la copa de los árboles. Por fin vio a lo lejos una montaña escarpada que parecía tener una cueva. Al acercarse más comprobó que así era y entró en ella.

—¡Bassus! —dijo con voz clara y el lobo dejó de flotar y descendió al piso de piedra.

Kurt también se sentó y se permitió respirar profundamente. El corazón todavía le latía acelerado. Buscó en su maleta su termo y bebió algo de té tibio. Una vez que se sintió más tranquilo, se puso a examinar su situación. El lobo se había quedado en el mismo sitio, estaba hecho un desastre: lleno de lodo y sangre. Intentaba aliviarse la pata lastimada por medio de lengüetazos, pero no tenía mucho éxito. La herida se veía bastante profunda.

—Déjame examinar tu pata —le dijo Kurt y se acercó a él. El lobo le gruñó—. ¡Te salvo la vida y todavía te enojas conmigo! ¡Qué malagradecido! Ya que no quieres mi ayuda, tal vez debería dejarte donde te encontré —lo reprimió Kurt. El lobo agachó las orejas y gimió— Bien, ya nos entendemos. —Kurt revisó la herida. La pata parecía estar rota. No había mucho que él pudiera hacer al respecto, no era un brujo certificado en magia curativa, pero sí podía desinfectar y anestesiar el área para que el proceso de recuperación fuera más rápido.

Kurt sacó su lámpara y prendió la vela eterna. Buscó en su bandolera un pequeño cazo de cobre y los ingredientes necesarios para preparar una poción de sanación. El lobo tenía suerte de que Kurt fuera hábil y supiera hacerlas. Una vez que el remedio hirvió, Kurt le aplicó al lobo la viscosa poción en toda la zona herida y se la vendó con su pañuelo. El lobo movió la cabeza examinando su pata y agitó la cola alegremente.

—Te sientes mejor, ¿cierto? —Preguntó Kurt y recibió por respuesta un lengüetazo en la cara—. Ugh, sé que estás agradecido, pero no me llenes de babas —exclamó Kurt intentando alejar al lobo, quien estaba dispuesto a demostrarle a base de lengüetazos lo mucho que apreciaba su ayuda. La gran lengua áspera del lobo le hacía cosquillas y pronto Kurt estuvo tendido en el suelo muerto de risa con el lobo encima de él—. ¡Me rindo, me rindo! —exclamó Kurt, con dolor de estómago de tanto reír. El lobo pareció darse por satisfecho y se hizo a un lado. Kurt se sentó y acarició detrás de las orejas al animal, quien cerró los ojos contento. Su pelaje era suave y tupido. Sin duda se veía muy lindo cuando estaba limpio. Ahora se encontraba lleno de lodo, sangre coagulada y todo mojado. Kurt suspiró. Su aspecto tampoco era el mejor, su ropa cuidadosamente elegida para su examen estaba manchada.

Oh, oh.

—¡Mi examen! ¡NYADA! —exclamó Kurt.

¡Lo había olvidado por completo! Kurt se puso de pie de un salto y miró hacia afuera de la cueva. La lluvia había amainado y el cielo comenzaba a aclarar. Pronto amanecería.

—Oh, dioses, ni siquiera tengo idea de dónde estoy —exclamó nervioso. Buscó su brújula y la colocó sobre un mapa—. ¡Localis! —Del artefacto salió un puntito de luz que flotó sobre el mapa hasta quedarse quieto sobre un lugar. Para alivio de Kurt, no estaba demasiado lejos de Nueva York. Si se daba prisa todavía alcanzaba a llegar a tiempo—. ¡Tengo que irme! ¡Ya casi es Beltane! ¿Estarás bien si te quedas aquí? —le preguntó al lobo, quien negó con la cabeza, se sentó sobre las ramas de la escoba de Kurt y movió la cola.

Kurt no tenía tiempo de preguntarse qué quería hacer un lobo en Nueva York. Tal vez era el familiar de algún mago o bruja. Tal vez quería ir de compras. Era un misterio que por el momento no podía dedicarse a resolver. Con gran rapidez, Kurt guardó todas sus cosas, hechizó de nuevo al lobo para que no pesara mucho y le puso además un encantamiento para que se pegara a las ramas de la escoba y no se cayera al volar a gran velocidad.

Para gran sorpresa de Kurt, el lobo aguantó bastante bien el viaje rápido en escoba. De vez en cuando Kurt miraba sobre su hombro para comprobar que estuviera bien, y lo veía relativamente tranquilo. Aunque era difícil saber qué cara estaba poniendo por el fuerte viento que le revolvía todo el pelaje y le agitaba orejas. Tal vez estaba a punto de vomitar. Kurt deseó que al menos no lo hiciera sobre él. El lobo se quedó quieto todo el vuelo hasta que llegaron a Nueva York, entonces empezó a aullar.

—¿Qué ocurre? ¿Quieres bajarte? —preguntó Kurt. Se estaba volviendo experto en hablar con lobos, y eso que no tenía una caperuza roja.

El lobo asintió y aulló con fuerza. Kurt descendió en un callejón y desencantó al lobo para que se bajara de la escoba. Éste dio un paso vacilante con patas temblorosas y cayó al suelo de narices, pero pronto se recuperó, se sacudió, se puso en dos patas y le dio un lengüetazo a Kurt en la cara.

—Mejor agradécemelo sin tantas babas —bromeó Kurt—. Adiós, lobo, cuídate mucho, espero verte de nuevo algún día —se despidió Kurt y salió volando a la máxima velocidad posible que le permitía su escoba.
El lobo movió la cola mientras lo veía alejarse. Una vez que se perdió de vista, miró con cuidado a su alrededor. Asomó despacio la cabeza fuera del callejón. Aún era temprano, no había mucha gente en la calle. En una esquina solitaria se encontraba un hombre joven con un café en la mano. Parloteaba distraído usando su teléfono móvil. El lobo se agazapó y se preparó para el ataque.

XXX

Carmen Tibideaux miró complacida la escena que se desarrollaba frente a sus ojos. Amanecía y los tenues rayos del sol comenzaban a iluminar el antiguo edificio de ladrillos rojos, arenisca amarilla y granito blanco que albergaba a NYADA. La explanada central de la academia estaba llena de aspirantes a convertirse en estudiantes de la prestigiosa institución de magia que dirigía.

—Profesora Phillsbury, ¿están todas completas?

—La señorita Pierce acaba de aterrizar en la torre más alta. Dice que se perdió porque un unicornio le dio mal las instrucciones para llegar.

—Los unicornios tienen mala orientación. Debería haber realizado un hechizo de brújula si es que no contaba con una.

—Solamente nos falta la señorita Hummel —dijo Emma Phillsbury revisando la lista que sostenía en sus manos.

—La puntualidad es una cualidad importante que la señorita Hummel deberá practicar mientras espera el curso del año que entra. Demos inicio a la ceremonia de bienvenida.

Emma asintió y caminó hacia al escenario que estaba al fondo de la explanada para supervisar los últimos detalles. Una vez que todo estuvo listo, Carmen subió al escenario, se colocó frente a una esfera metálica reluciente que flotaba sobre un soporte también metálico.

—Sean todas bienvenidas a NYADA. El día de hoy es el examen de admisión de nuevo ingreso. Las felicito tan sólo por el hecho de aspirar a estudiar en esta institución que tiene siglos de honorable tradición. Por estas aulas han pasado las mejores brujas del mundo. Espero que ustedes también lleguen a ser una de ellas.
La concurrencia aplaudió cortésmente. Carmen tomó asiento en el estrado y Emma se puso de pie.

—Um. ¿Me escuchan? Um. Hola. Soy la profesora Phillsbury, encargada de organizar el examen de admisión. Éste se llevará a cabo en las aulas de la planta baja. A cada una se le asignó un número al azar y se le irá llamando cuando sea su turno de pasar. Pueden consultar la…

La profesora Phillsbury no tuvo tiempo de terminar: fue interrumpida por una voz proveniente del cielo que gritaba a todo pulmón.

—¡Cuidado! ¡Perdí el control!

Las jóvenes brujas y las maestras apenas tuvieron tiempo de agacharse antes de que un bólido pasara sobre sus cabezas y se estrellara en la cortina que estaba detrás del escenario.

—¿Pero qué…? —dijo Carmen poniéndose de pie de inmediato, varita en mano apuntando al intruso.
Las maestras rodearon al bulto que se escondía bajo la cortina. La profesora Beiste se adelantó, jaló la tela y se encontró apuntando directamente a un atontado jovencito.

—¿Quién eres y por qué interrumpes nuestra ceremonia? —le gruñó.

—Yo… ¡Vengo a hacer el examen! —dijo Kurt poniéndose de pie con trabajo.

—Esta es una escuela para brujas —dijo Carmen, severa—. Joven, se ha equivocado, la escuela McKinley para magos está en…

—¡Yo no soy un mago, soy un brujo! —exclamó Kurt.

Todas las presentes soltaron una exclamación de sorpresa. ¡Un brujo! ¡Eso era inaudito!

—¡Tengo mi carta de admisión al examen! —dijo Kurt y la extrajo de su bandolera.

—¡Emma! ¿Cómo es eso posible?

—No hay ningún hombre en la lista, la única que falta es Kate Elizabeth Hummel.

—¡Soy yo! Bueno, el primer nombre está mal, soy Kurt Elizabeth Hummel.

La directora lo observó fijamente, su mirada era dura y penetrante, como si estuviera analizando cada fibra de su ser para saber si decía la verdad. Kurt tragó saliva y temió que lo echaran a patadas sin siquiera darle oportunidad de explicarse. Para su alivio, Tibideaux dio una orden diferente.

—Vamos a hablar a mi oficina, Beiste, Sylvester, por favor encárguense de mantener el orden mientras regreso —instruyó Carmen.

Kurt caminó detrás de las maestras. A su paso notó susurros, risitas y manos que lo señalaban. Se sintió decepcionado. Esperaba que al dejar atrás Lima, con sus costumbres de pueblo chico de mente cerrada, ya no se burlarían de él por ser diferente. Al parecer eso no sería así.

XXX

La oficina de Carmen era amplia y elegante, con lujosas cortinas de terciopelo morado y antiguos muebles de madera. Tenía estantes llenos de libros de todos tamaños y colores. En las paredes colgaban diversos diplomas y diagramas mágicos. En el techo flotaba un modelo a escala del sistema solar con planetas, asteroides, cometas y lunas resplandecientes que seguían sus órbitas lentamente.

Carmen se sentó tras su escritorio y le indicó a Kurt que tomara asiento en una de las mullidas sillas que estaban frente a él. Kurt se sentó y lo mismo hizo la profesora Phillsbury.

—Y bien jovencito, explícanos qué es lo que haces aquí. ¿Por qué dices que eres un brujo? —preguntó Carmen severa.

—Mi madre era una bruja, ella estudió aquí cuando era joven, su nombre era Elizabeth Robinson. Ella me contó todo sobre NYADA, y cuando manifesté poderes mágicos, pensé que lo lógico era venir aquí. Usé su pendiente de pentagrama para firmar mi solicitud de admisión cuando hice el hechizo para enviarla.

—Oh, tal vez ese es el problema, al usar el pendiente el Ojo de Espejo se confundió y asumió que eras la hija de una bruja, por eso te respondió con la carta de admisión al examen —dijo Emma nerviosa.

—Pero de todos modos tuvo que realizar el hechizo para enviar la solicitud de admisión. ¿Tu madre hizo el hechizo por ti, Kurt?

—No, lo hice yo solo. Ella falleció hace siete años.

—Oh, lo lamento —La expresión de Carmen se suavizó por un instante—. Recuerdo a tu madre, recuerdo a todas y cada una de las brujas que han pasado por este colegio desde que trabajo aquí. Ella era una persona muy amable y bondadosa. Según sé, se especializó en magia curativa después de graduarse del colegio.

—Sí, yo crecí viéndola preparar remedios para la gente de mi ciudad. Cuando se manifestaron mis poderes, empecé a practicar sus recetas. Esa es la magia que voy a presentar en mi examen. Es decir, si me dejan hacerlo —murmuró Kurt al ver que la directora Tibideaux volvía a tener una mirada dura.

—Sal un momento por favor, Kurt. La profesora Phillsbury y yo tenemos que hablar.

Kurt asintió y se levantó de su asiento. Salió de la oficina y cerró la puerta con cuidado detrás de sí. Por un momento pensó en espiar, pero seguramente la habitación tenía algún hechizo que lo evitaba, además, no estaba bien hacerlo. Terminó sentándose a esperar impaciente su destino en una banca que estaba en el pasillo.

En el interior de la oficina, Carmen y Emma tenían una interesante discusión sobre él.

—No es que sea imposible —dijo la directora buscando con la mirada un libro en uno de sus estantes, cuando por fin lo encontró, lo hizo volar hacia su mano—, NYADA ya ha tenido antes brujos entre sus estudiantes. Simplemente es muy raro. —Pasó las hojas con magia hasta que encontró lo que buscaba: una página con retratos de los brujos exalumnos de la escuela—. El último fue Niko Tesla, en 1871. En los siglos que tiene este colegio de haber sido fundado, solamente hemos tenido seis brujos, Kurt sería el séptimo.

—En ese caso deberíamos aprovechar para hacer brillar su talento natural, ¿no lo cree? —dijo Emma con entusiasmo.

—Me preocupa que pueda tratarse de una trampa, de un espía enviado por alguno de nuestros enemigos.

—¿Se refiere a la gente de McKinley?

—No, aunque anteriores directores han tenido una vendetta personal contra las brujas y han querido monopolizar el estudio y práctica de la magia, Figgins es demasiado estúpido como para pensar en un plan astuto. Estaba pensando más bien en los clanes de hombres lobos de la región. Últimamente ha habido roces entre ellos por el deseo de poder. No sería raro que algún clan rebelde quisiera apoderarse de los secretos de las brujas para su beneficio.

—¿Y entonces qué hacemos, directora? Kurt bien podría ser un brujo legítimo, llegó volando en escoba.

—La pudo comprar hechizada.

—Y tiene la carta de admisión. En todos los años que he estado a cargo de recibir nuevas alumnas, el Ojo de Espejo nunca se ha equivocado, todas han resultado brujas competentes.

—Eso es lo más extraño. El Ojo no reacciona a la magia de los magos, solamente a la de las brujas. Es posible que alguna bruja oscura vendiera sus poderes al mejor postor, pero en ese caso, sería más fácil enviar a una mujer a espiar. Un hombre que dice ser brujo inmediatamente despierta sospechas —dijo Carmen paseando por su oficina. Por encima de ella el sistema solar en miniatura se movía con mayor velocidad, como imitando sus pensamientos arremolinados—. Bien, he tomado una decisión, le permitiremos presentar el examen. Esa será la mejor manera de analizar su magia. Profesora Phillsbury, comuníquele mi decisión y empiece con los exámenes como los tenía programados.

Emma se puso de pie y salió de la habitación. En cuanto la vio, Kurt se paró de un salto, ansioso por saber su veredicto.

—Kurt, la directora Tibideaux te permitirá presentar el examen. Los aspirantes van a ir pasando de uno por uno según el turno asignado por medio de sorteo. Las listas están en las columnas de la explanada.

—¡Oh! ¡Eso es estupendo! ¡Muchas gracias! —exclamó Kurt dando brinquitos de contento y aplaudiendo.

—Tal vez quieras aprovechar el tiempo que falta para que llegue tu turno en asearte un poco —dijo Emma señalando su ropa llena de lodo seco con expresión de disgusto. Se alejó un poco de él como si temiera que ensuciara su prístina túnica con la mugre que tenía encima.

—Sí, claro. Lo siento, tuve problemas en el camino a Nueva York.

—Hay un baño al final de este pasillo —le indicó la profesora—. Cuando termines puedes ir a la explanada, te llamaremos cuando te toque presentar el examen.

Kurt asintió e hizo lo que le indicaba. Se alegró de haber empacado una muda de ropa en su maleta de mano. No era tan bonita como la que traía antes. Pero al menos estaba impecable. Se puso prendas limpias, se lavó la cara y peinó con cuidado. Luego sacó su sombrero de punta y se lo colocó en la cabeza, ladeándolo un poco. Sonrió al verse en el espejo. Había practicado mucho. Les mostraría lo que podía hacer y dejarían de dudar de su talento.

Kurt salió del baño y miró a su alrededor. Las brujas que deseaban ingresar a NYADA estaban en diversos puntos de la explanada. Algunas platicaban en grupos, otras tenían la cara sumergida en libros de magia, unas más caminaban nerviosas hablando solas y moviendo las manos, tal vez practicaban sus conjuros. En vano Kurt buscó a otro brujo, él era el único ahí. Kurt consultó las listas, le había tocado el número 45. No quería ponerse más nervioso de lo que estaba y buscó un rincón apartado de la gente, pero no demasiado como para no escuchar cuando lo llamaran, para sentarse e intentar relajarse. Cada cierto tiempo, la puerta de algún salón se abría, aparecía una chica, ya fuera feliz o decepcionada, y una profesora salía a la explanada y llamaba a otra aspirante para que entrara a uno de los diversos salones donde se realizaban los exámenes. Kurt deseó que lo examinara alguna maestra que fuera de mente abierta y no tuviera nada en contra de los brujos.

Una hora y media más tarde, una profesora alta, con cara de pocos amigos, cabello rubio corto y ropa deportiva que chocaba con su sombrero negro de punta, llamó:

—Hummel, Elizabeth.

Kurt se puso de pie y caminó hacia ella. El silencio reinó y pudo sentir que todas lo miraban fijamente y susurraban. Kurt se acomodó el sombrero y avanzó con la frente en alto. Había pasado por demasiadas peripecias para llegar a ese momento, no iba a permitir que nadie lo viera nervioso ni dudara de su talento.
La maestra lo condujo a un salón cercano. Una vez adentro, se colocó detrás de un escritorio.

—Soy la profesora Sylvester y te aplicaré el examen. Bien, Elizabeth…

—Kurt. Elizabeth es mi segundo nombre, todos me dicen Kurt.

La maestra lo miró molesta por la interrupción y prosiguió:

—La única razón por la que estás aquí es porque la directora cree que se te debe dar una oportunidad. Yo no confío en los que dicen ser brujos, si es que de verdad existen, nunca he visto uno. Pero ya que quieres ser una de las chicas, así será, no habrá trato especial para ti. Muéstrame lo que tienes, y más vale que sea bueno —dijo y se dejó caer sobre su silla, sacó la hoja de solicitud de Kurt y una pluma de águila, lista para comenzar a tomar notas sobre su desempeño.

—Yo prepararé una poción curativa básica que sirve para emergencias, ayuda a estabilizar al paciente mientras se consigue ayuda —explicó Kurt y comenzó a poner los ingredientes y su caldero portátil sobre una mesa—. Mi madre la preparaba y yo crecí viendo como…

—Sí, sí, ahórrate la tierna historia, no me interesa —le gruñó Sylvester.

Kurt se apretó las manos para no temblar. "Vamos, Kurt, esta poción es tu especialidad, la puedes hacer hasta con los ojos cerrados". Se dio ánimos y empezó a mezclar los ingredientes. Con preocupación vio que le habían quedado muy pocos después de ayudar al lobo. Siguió la receta que tan bien conocía, pero no tenía suficiente material para trabajar. Se suponía que debía quedar lista en pocos minutos, pero no estaba dando el resultado deseado.

—Es suficiente —lo detuvo Sylvester después de verlo batallar un rato—. Tu poción de emergencia necesita que la rescaten. Si un enfermo dependiera de ella, ya se hubiera muerto.

—L…. Lo lamento, traía todo lo necesario para hacerla, pero en el camino me topé con un lobo herido que…

—Qué patrañas. No intentes cubrir tu incompetencia con excusas —declaró Sylvester estampando en su solicitud un sello con un gran "No Admitido" en tinta roja—. La puerta que da a la calle está al final del pasillo. Adiós, Elizabeth.