Kurt no iba a llorar. No iba a darle a nadie la satisfacción de burlarse más de él. En silencio recogió sus cosas y salió del salón con la frente en alto. Caminó hacia el rincón que había ocupado antes de que iniciara el examen y se sentó. Ignoró las miradas inquisitivas de las otras aspirantes y sacó un libro. Fingió que leía y de vez en cuando consultaba su reloj, como si esperara con impaciencia a que terminaran los exámenes para que iniciara la ceremonia de ingreso.

De repente la tierra se estremeció y una columna de humo rosa brillante salió de uno de los salones. Una conmoción de murmullos y gritos estalló. Las maestras daban indicaciones a las chicas para que no se acercaran demasiado, pero aun así todas rodeaban con curiosidad el lugar del incidente, intentando ver qué era lo que ocurría. Kurt también se acercó movido por un impulso natural de saber el origen del extraño suceso. Se puso de puntillas para ver por encima de las cabezas de las brujas, pero todo lo que alcanzaba a mirar era mucho humo rosado y a la directora Tibideaux gritándole a alguien. Kurt pensó en buscar otro lugar para ver mejor, pero de inmediato se dio cuenta de que esa era una oportunidad perfecta para irse sin que nadie lo notara. Muy despacio, fue avanzando discretamente hacia la puerta de salida de la academia. Una vez que estuvo en la calle, se permitió expresar un quejido de desaliento.

¿Qué haría ahora? Había puesto todos sus sueños y esperanzas en entrar a NYADA. Tal vez podría quedarse a vivir en Nueva York y mientras conseguir un empleo y presentar otra vez el examen el año siguiente. No quería regresar a Lima y darles el gusto a todos los que se reían de él de hacerlo con mucha más saña.

Kurt se quitó el sombrero de punta morado y lo guardó con cuidado. Se puso a caminar calle abajo, sin rumbo, despacio, mirando todo moverse a su alrededor con ebullición. El sol ya había salido por completo y por las avenidas transitaban numerosos automóviles y carruajes. Por las aceras caminaba la gente con paso apresurado, sin duda hacia sus trabajos. Los niños iban a la escuela con sus mochilas al hombro. Los negocios abrían sus puertas y ofrecían sus bienes y servicios a los que pasaban.

Kurt caminó hacia un parque y se dejó caer desanimado en una banca. Si tan solo no hubiera ayudado al lobo habría tenido suficientes ingredientes para preparar una poción exitosa. No, nada era más importante que ayudar a los seres en peligro. Kurt estaba seguro de que su conciencia no lo hubiera dejado en paz si no lo hubiera auxiliado. Se quedó sentado y miró a la gente pasar hasta que el estómago le empezó a gruñir. Él realmente no tenía apetito, pero pensó que le convendría comer algo antes de decidir qué hacer. Tal vez una taza de café bien cargado lo ayudaría a ordenar sus ideas. Kurt se puso de pie y divisó del otro lado del parque una cafetería. Caminó hacia ella cuando de repente una bola de luz azul pasó zumbando sobre su hombro toda velocidad.

—¡Pero qué…! —gritó Kurt y se agachó. La bola de luz regresó hacia donde él estaba y empezó a dar vueltas a su alrededor.

Kurt intentó esquivarla, pero la luz no dejaba de seguirlo, estaba a punto de montar en su escoba para alejarse del extraño objeto cuando escuchó que una voz lo llamaba.

—¡Kurt! ¡Kurt, espera!

¡Era la maestra Phillsbury! Venía corriendo por la calle, su sombrero negro se bamboleaba peligrosamente sobre su cabeza y su capa ondeaba como una bandera al viento. Tenía la varita extendida y salía de ella una luz azul que apuntaba en su dirección. Estaba realizando un hechizo de localización.

Kurt se detuvo y esperó a que ella llegara adónde él se encontraba. Emma lo alcanzó y jadeó un poco, la carrera la había hecho perder el aliento.

—Profesora Phillsbury, hola, um, ¿olvidé algo? Lo siento. No sé cuál es el protocolo para los rechazados –intentó bromear Kurt.

—La directora quiere verte, es importante —respondió Emma entre jadeos.

—¡Oh! ¿A… a mí? ¿Para qué? —exclamó Kurt asombrado.

—Eso es algo que ella tiene que decirte en persona. Vamos, Kurt, acompáñame.

Kurt tragó saliva y la siguió. Tibideaux era una persona temible. Kurt esperó no haberla ofendido de alguna manera. Tal vez lo iba a regañar por reprobar el examen después de insistir en que podía hacer magia como cualquier bruja. Cuando llegaron a NYADA, Emma lo condujo por una entrada diferente que llevaba directamente al pasillo de la oficina de la directora. Kurt se alegró de que al menos le evitaran la humillación de pasar otra vez frente a toda la academia.

—Ah, Kurt, adelante, pasa por favor —lo invitó Carmen.

Kurt caminó despacio hacia las sillas que había ocupado hacía un par de horas. Detrás de él Emma cerró la puerta, dejándolos solos.

—Me dice la profesora Sylvester que no aprobaste el examen —dijo mirándolo fijamente por encima de sus gafas.

—Es verdad, pero no fue porque no tenga magia ni sepa hacer la poción, sino porque me faltaron ingredientes. En el camino para Nueva York me encontré a un lobo herido y lo ayudé, gastando gran parte de mis materias primas. Sé que suena a excusa disparatada, y no la culparé si no me cree, pero…

—Oh, te creo —respondió la directora sonriendo.

—¿Qué? Es decir, ¿de verdad cree en mi historia? —dijo Kurt sin dar crédito a lo que escuchaba.

—Poco después de que te fuiste recibí una carta muy interesante. Al parecer te enfrentaste solo a una manada de lobos, rescataste a uno que estaba herido y elaboraste una poción de sanación que le funcionó muy bien.

—¿Cómo sabe eso? ¿Quién le dijo? —preguntó Kurt sorprendido. Todo eso había ocurrido muy lejos, en medio del bosque. ¿Sería posible que alguien lo hubiera visto y le hubiera contado a la directora?

—El lobo que ayudaste no era un lobo cualquiera, en realidad era un hombre lobo del clan Anderson. El alfa me envió una misiva donde explica lo que ocurrió y me pide que se te excuse en caso de que el retraso que sufriste por ayudar a su hijo te hubiera impedido presentar el examen a tiempo. También me envió esta carta para ti —dijo Carmen y se la entregó. Kurt la leyó rápidamente, estupefacto—. Alguien que tuvo la destreza para enfrentar el peligro y ayudar a los que lo necesitan por medio de la magia es sin duda un candidato perfecto para NYADA.

—¿Quiere decir que…?

—Bienvenido la academia, Kurt. Eres oficialmente un estudiante de esta institución.

XXX

Kurt se sentía en un sueño del que esperaba no despertar y encontrarse acostado en su vieja cama en Lima. Estaba en su propio mundo, perdido en sus pensamientos y apenas escuchó cuando llamaron su nombre durante la ceremonia de ingreso de los nuevos alumnos. Se puso de pie casi mecánicamente para recibir de manos de la directora un broche con el pentáculo, la luna creciente y el trisquel que lo reconocía como estudiante de la academia. Luego regresó a su asiento y siguió soñando despierto.

Hombres lobo. Había luchado contra hombres lobo. Había ayudado a un hombre lobo. Todavía no podía creerlo. Ahora que lo pensaba bien, fue mejor no haberse enterado de lo que eran en realidad. Tal vez se hubiera sentido muy temeroso de enfrentarse a ellos, los hombres lobo eran más fuertes y resistentes a la magia que los lobos comunes.

Kurt leyó y releyó la carta del alfa Anderson hasta que la memorizó. Éste le decía que el clan estaba en deuda con él y le prometía que siempre podría contar con ellos si necesitaba ayuda. Nueva York era una ciudad extraña. En Lima, Kurt era el raro por ser brujo, pero en Nueva York se hacía amigo de hombres lobo como si fuera lo más normal del mundo. Aunque eso no quería decir que todos sus problemas estuvieran resueltos. Si bien había sido aceptado como estudiante en NYADA con la aprobación de la directora, seguía recibiendo miradas de desconfianza y burla por parte de algunas alumnas, y maestras también, como Sylvester, quien no se veía nada contenta de tenerlo ahí como estudiante.

Una vez que concluyó la ceremonia, la maestra Phillsbury tomó la palabra y les indicó que tenían al resto del día libre para instalarse en sus dormitorios. Podían anotarse en una lista si tenían algún amigo con el que quisieran compartir la habitación. Por la noche tendría lugar la celebración de Beltane con un banquete y una hoguera.

Kurt se levantó de su asiento y tomó sus cosas del armario donde las habían guardado mientras era la ceremonia. Estaba a punto de ir a los dormitorios cuando una chica se le acercó.

—¡Hola! Mi nombre es Rachel Berry —se presentó de repente una joven bruja de gran sonrisa.

—Kurt Hummel —respondió y le estrechó la mano que tenía extendida.

—Lo sé, todas hablan de ti. Es muy raro encontrarse con un brujo. Es por eso que creo que debemos ser amigos, las personas especiales deben estar juntas —dijo sonriendo más ampliamente, si es que eso era posible.

—Oh, um, está bien —dijo Kurt algo sorprendido ante tanta efusividad.

—Sabía que nos llevaríamos muy bien. De hecho me adelanté y nos apunté como compañeros de cuarto.

—¿Qué? ¡Pero! —Intentó protestar Kurt.

—¡Esto va a ser memorable! —exclamó Rachel sin dejarlo hablar—. De antemano te pido que no te sientas amenazado por mi talento. He estado practicando desde que era niña, tomando lecciones privadas de magia. Mis padres son magos y se aseguraron de que tuviera acceso a la mejor educación que me garantizara un lugar en NYADA —continuó parloteando Rachel y lo jaló hacia afuera del auditorio donde estaba esperándola una joven afroamericana.

—Rachel, estás asustando al pobre hombre —la regañó la joven—. No te preocupes, está loca, pero no es peligrosa. Me llamo Mercedes Jones.

—Kurt, un placer.

—Vamos al dormitorio y cuéntanos todo de ti. Es la primera vez que veo a un brujo en persona —le dijo con una cálida sonrisa que hizo que Kurt se sintiera en confianza.

Platicaron mientras caminaban al dormitorio. Mercedes le contó que Rachel y ella eran del mismo pueblo en Ohio. Kurt les dijo que él también era de ese estado. Rachel proclamó que las coincidencias no existían y que esa era una señal más de que era su destino ser amigos.

Adjunto al edificio principal de NYADA donde estaban los salones de clase y las oficinas administrativas, se encontraba el dormitorio de los alumnos. Era un gran y antiguo inmueble de varios pisos, hecho de ladrillos rojos y granito blanco, en el mismo estilo que el resto del conjunto arquitectónico. Los cuartos eran compartidos entre dos personas, solamente las de último año podían pedir una habitación privada.

—¡Sí quedamos juntos como compañeros! ¿No es genial? —exclamó emocionada Rachel, abrazándolo y dando saltitos cuando leyeron sus nombres en la lista que estaba exhibida en el vestíbulo.

Kurt sonrió ante su entusiasmo. Era mejor tener una compañera como Rachel, algo exagerada, pero buena de corazón, a arriesgarse a quedar con alguien que lo detestaba por ser brujo.

—Bienvenidos a NYADA, yo soy la profesora April Rhodes, encargada de los dormitorios, cualquier problema que tengan, vengan a verme —les anunció una bruja rubia de baja estatura y cuerpo menudo. Sonreía ampliamente, tal vez demasiado. Parecía tener problemas para encontrar sus llaves, y cuando por fin lo hizo, al acercarse a tomarlas Kurt notó un tufillo a alcohol. También les dio un folleto con la historia de NYADA, el reglamento del estudiante, el de los dormitorios y un mapa del área—. Recuerden que en la noche tendremos la hoguera de Beltane —dijo y los despidió con un guiño.

Kurt, Rachel y Mercedes tomaron el ascensor hasta el quinto piso, el último del edificio. El lugar estaba muy animado con el ruido que hacían las chicas que comenzaban a acomodarse en el que sería su hogar en adelante. Kurt y Rachel se quedaban en una habitación que estaba al fondo de un amplio corredor iluminado por grandes ventanales con vitrales coloridos. El cuarto de Mercedes había estaba en un pasillo diferente. Se despidió de ellos y quedaron de verse más tarde para planear qué hacer en el día.

—¡Aquí estamos, el inicio de una gran aventura! —Anunció Rachel entusiasmada, haciendo girar la llave y abriendo la puerta con gran dramatismo.

La habitación era pequeña, pero confortable. De cada lado había una cama rodeada con una cortina, un escritorio con una lámpara y un armario. Los baños eran comunes, había uno en cada piso. Kurt pensó que tendría que usarlo en los horarios en que no hubiera nadie para evitar problemas. No es que estuviera interesado en ver chicas desnudas, pero sabía que su presencia no era bien recibida por muchas y no quería darles más razones para detestarlo.

Kurt y Rachel acomodaron las pocas pertenencias que traían. Después Kurt salió al pasillo donde había unos antiguos teléfonos de monedas conectados por cable. La recepción de los celulares normales era pésima en las ciudades con gran concentración de magia. Ahora que estaba en Nueva York, Kurt pensó que sería conveniente comprarse un teléfono móvil mágico. Eran caros, pero tal vez podría encontrar uno en oferta.

—¡Papá! —Exclamó Kurt cuando entró su llamada—. ¡Te hablo desde el dormitorio de NYADA!

—¡Kurt! ¿Lo lograste? ¡Por supuesto que lo lograste, sabía que lo harías! —Sonó la voz lejana de Burt llena de entusiasmo—. Estoy orgulloso de ti, hijo.

—Gracias, papá —contestó Kurt, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas al escuchar la voz de su padre, que estaba a muchos kilómetros de él. Pero no iba a llorar. Ya estaba grande y podía vivir fuera de casa.

Kurt comenzó a contarle a su padre parte de las aventuras que había vivido. No le dijo todo sobre el ataque de los hombres lobo para no preocuparlo. Solamente le informó que había ayudado a un lobo herido y que la directora Tibideaux se había mostrado impresionada con su talento. Platicaron largo rato hasta que Kurt se empezó a quedar sin monedas.

—Tengo que irme ya, estoy en la habitación 10 del quinto piso, ¿puedes enviarme mis cosas?

—Por supuesto, hoy mismo te las mando por el servicio más rápido.

Kurt le agradeció y se despidió prometiendo hablarle cada fin de semana para contarle cómo le estaba yendo.

Kurt regresó a su habitación donde lo esperaba Rachel, ella sí contaba con un teléfono mágico y se había quedado para hablar con sus padres. Se le había unido Mercedes, quien estaba sentada en la cama de Kurt y hojeaba distraída una revista de la última moda mágica.

—¿Todo bien en casa, Kurt? —preguntó Mercedes.

—Sí, le conté todo a mi papá, está muy contento de que me hayan aceptado. Prometió que me enviaría hoy mismo mi ropa y otras cosas. Me siento tan extraño con un armario casi vacío —dijo Kurt mirando al interior del suyo donde colgaban unas pocas prendas.

—Es una lástima que tengamos que usar uniforme, es muy aburrido —se lamentó Mercedes. Kurt no la culpaba, lo que ella traía puesto era bastante colorido, en adelante tendría que conformarse con el negro reglamentario.

—Según el mapa que nos dio la profesora Rhodes, hay una tienda que vende los uniformes en una plaza comercial cerca de aquí. Podríamos ir y aprovechar para comer, pasear un poco y conocer los alrededores —comentó Rachel.

La sugerencia fue bien recibida y los tres salieron del campus de NYADA. El área donde se encontraba la academia era de las más antiguas de Nueva York, también de las más elegantes, había toda clase de hermosas casas de piedra. La zona era habitada en su mayoría por brujas y magos, y se veía en las puertas y ventanas guirnaldas y demás decoraciones de Beltane. Después de caminar un par de cuadras, llegaron a una plaza comercial al aire libre con diversas tiendas de magia. Había mucha gente en la calle haciendo compras, seguramente se preparaba para la celebración de la noche.

Los tres amigos se detuvieron en una pequeña cafetería que también estaba rebosante de clientes. Kurt comió con apetito. Ahora que todo había salido según lo planeado, se sentía aliviado y el hambre le había regresado más voraz que nunca. Lo último que había comido había sido té y galletas en el bosque hacía ya muchas horas. Después de todas las peripecias vividas, el cuerpo le reclamaba alimento. Las porciones que les sirvieron eran generosas y Kurt dejó el plato limpio.

Después de una segunda rebanada de pastel de queso, Kurt y las chicas buscaron la tienda de uniformes. No fue difícil dar con ella puesto que era de las más grandes y tenía los uniformes exhibidos en los aparadores. El uniforme de las chicas consistía en un vestido negro amplio de una pieza que llegaba a la rodilla, con cuello y puños blancos. Al frente llevaba botones dorados y un gran moño morado. Encima una capa negra ribeteada con listón morado. Remataba el conjunto un sombrero negro de punta con una banda morada y una hebilla dorada. En lo único donde había algo de libertad era en los zapatos, las estudiantes podían elegir entre zapatos negros de correa, botas o botines. Rachel y Mercedes llamaron a una vendedora para que las ayudara a elegir el vestido que mejor les quedaría, y luego fueron a probarse las prendas.

Por supuesto que no había uniformes de NYADA para hombres, solamente estaban exhibidas unas túnicas rojas que indicaban que eran de McKinley, la escuela para magos. Kurt dudó que pudiera usar eso como pretexto para ponerse lo que quisiera. La tienda también vendía toda clase de ropa en general para brujas y magos y Kurt compró lo necesario para hacerse su propio uniforme: pantalones negros sencillos de corte clásico (los que él tenía eran muy entallados, estaban a la moda, pero no iban con el estilo austero del uniforme), camisas blancas, sacos negros, chalecos, corbatas moradas y las capas y el sombrero de punta reglamentarios. Kurt lamentó que tuviera tan poco color, pero era inevitable, era el precio que había que pagar por estar en una de las mejores academias de magia del país. Al menos podría usar sus botas nuevas Dr. Martens ya que eran negras e iban bien con el uniforme.

Una hora después los tres amigos salieron de la tienda con sus bolsas de compras y pasearon tranquilos, platicando y mirando las curiosas tiendas. Kurt estaba emocionado, jamás había visto tantos artículos de magia juntos: libros de hechizos con páginas doradas, bolas de cristal del tamaño de un balón de futbol, aparatos mágicos parecidos a los eléctricos, pero que funcionaban con cristales y polvo de hadas. Kurt miró con interés los teléfonos móviles, relucientes con sus superficies de piedra de luna o de plata enjoyada.

—Espera a mañana que vayamos al SoHo por los ingredientes para las varitas, estoy segura de que encontrarás un mejor precio —le recomendó Rachel, quien había averiguado todo acerca de NYADA y sabía exactamente qué esperar de sus primeros días como estudiante.

Kurt decidió seguir su consejo y aguardar. Pasaron el resto del día caminando y admirando las tiendas. Caía la tarde cuando regresaron al dormitorio de NYADA. Dejaron sus cosas y bajaron al gran salón, donde tendría lugar un banquete de bienvenida y de celebración de Beltane. Tal como su nombre lo indicaba, el gran salón era un amplio espacio con elegante piso de mármol blanco y columnas de granito. Tenía un techo piramidal de vidrio azul claro emplomado con vitrales de estrellas y el pentáculo de NYADA en el centro. El lugar había sido decorado para la ocasión con guirnaldas de flores y listones de colores. Repartidas por todo el salón se encontraban numerosas mesitas con blancos manteles y centros de mesa florales con esferas flotantes de cálida luz. Los presentes comenzaron a tomar asiento, otros se dirigieron directo a la comida que estaba dispuesta a modo de buffet en una gran mesa alargada. Era un festín para los ojos y el paladar. Había una gran cantidad de platos fuertes, como carne asada y pescados y mariscos; también sopas y ensaladas, además tenía opciones para los que no comían carne como cuscús y guisados con soya. La mesa de postres rebosaba de fuentes de chocolate líquido, pasteles de toda clase, tartas de manzana y cereza, helado que se mantenía frío sin necesidad de refrigerarse y macarrones de todos los colores del arcoíris.

Kurt, Rachel y Mercedes se sirvieron del buffet. Aunque habían tomado una buena comida, todo estaba exquisito y no quisieron quedarse sin probar un poco. Platicaron animadamente hasta que la música inició y todos salieron a la explanada. Había ahí una gran pila de madera que pronto ardería. La directora Carmen la encendió con un hechizo y todos aplaudieron. La fiesta continuó con bailes alrededor de la hoguera que chisporroteaba alegremente al compás de la música. Kurt vio que no solo estaban las alumnas y profesoras, también había hombres de todas las edades y niñas pequeñas, seguramente eran familiares de las estudiantes.

Kurt bailó con Mercedes y Rachel; comió y bebió más hasta que ya entrada la noche se sintió agotado. Finalmente la adrenalina de todas las aventuras vividas en el día comenzaba a disiparse y el cansancio se filtraba por cada fibra de su cuerpo. Lo único que quería era tomar un baño caliente y meterse a la cama.

Las chicas también se sentían cansadas y decidieron retirarse a sus habitaciones. El dormitorio estaba bastante silencioso, la mayoría de las estudiantes se encontraban aún en la celebración. Aprovechando que el cuarto de baño estaba vacío, Kurt se puso su bata, tomó sus artículos de limpieza personal, como toalla, jabón, champú y esponja, y se metió a bañar. Se sintió mejor después de quedarse un rato bajo la ducha, con el agua caliente masajeando su cuerpo. Cuando salió de bañarse se topó con una chica de cabello negro recogido en coleta que se cepillaba los dientes en uno de los lavabos. Kurt se acercó a uno de ellos para hacer lo mismo y humectarse la piel frente al espejo. Ella lo miró con desdén, se movió a otro lavabo más alejado y se aferró a la toalla que la envolvía.

—No me interesa mirarte, si es lo que te preocupa —dijo Kurt molesto. No le agradaba pelear, pero las otras chicas tendrían que acostumbrarse a su presencia porque no pensaba irse a ningún lado. Tenía tanto derecho como ellas a estar en NYADA.

—Lo sé, se te nota a leguas de qué lado montas la escoba. Pero eso no quiere decir que me agrade ver tu fea cara paliducha. Los brujos son una tontería y no debería permitírseles estudiar con nosotras. —Replicó la chica. Escupió con fuerza en el lavabo y se metió a una de las duchas, dejando a Kurt estupefacto.

—¿Qué ocurre? —preguntaron Mercedes y Rachel cuando lo vieron regresar molesto.

Kurt les contó lo ocurrido y ellas de inmediato se pusieron de su lado y hablaron mal de la otra chica. Kurt apreció su apoyo, pero le descorazonaba sentir el rechazo. Por más que en Lima fingiera que no le importaba que se burlaran de él, estaba harto de sentir que no pertenecía a ningún lugar. Esperaba que en Nueva York todo sería diferente, pero se seguía encontrando con ese mismo odio, y justo por parte de gente que se suponía era como él por trabajar con el mismo tipo de magia. Al menos había logrado entablar amistad con Rachel y Mercedes, ellas eran buenas personas que sí lo comprendían aunque pareciera que el resto de la escuela no lo hiciera.

Los tres estuvieron platicando un rato más hasta que se les comenzaron a cerrar los ojos del sueño. Mercedes regresó a su cuarto y Rachel corrió la cortina que separaba la habitación y apagó la luz del techo. Kurt se acostó en su cama y miró por la ventana. Las luces de Nueva York titilaban en un mar de estrellas de colores. Suspiró y se quedó dormido deseando que su futuro fuera igual de brillante.