Kurt despertó temprano la mañana siguiente. Aún no amanecía y todo estaba en relativa calma. A lo lejos se escuchaba un auto pasando en la distancia y el rumor de la ciudad poniéndose en movimiento para comenzar un nuevo día. Kurt se quedó en la cama un rato más, pensando en lo que le esperaba, hasta que el reloj le indicó que había comenzado la hora del desayuno.
En la colegiatura de la academia estaban incluidos, además de las clases, el hospedaje y los alimentos. NYADA tenía una cafetería que servía desayunos, comidas y cenas con horarios establecidos. Si las estudiantes querían comer ahí, debían adecuarse a ellos. Los horarios estaban diseñados según las clases para asegurar que todas tuvieran oportunidad de tomar sus alimentos.
Kurt decidió bajar de una vez a desayunar. Realmente no tenía mucha hambre, pero estaba muy emocionado como para permanecer más tiempo en cama. Pasó al baño a asearse y peinarse, luego se puso el uniforme en el mayor silencio posible, intentando no despertar a Rachel, quien roncaba suavemente detrás de la cortina que dividía la habitación.
Ya había actividad en la cafetería. Brujas de cara somnolienta comían mecánicamente y bebían grandes tazas de café para despertar. Las alumnas de cursos avanzados tenían clases desde las siete de la mañana. Los de primero no comenzaban tan temprano. Llevaban menos materias y ese día era la introducción a las clases, por lo que iban a empezar todavía más tarde, hasta las nueve de la mañana. Kurt tomó del buffet un café mocha y un omelet de champiñones. Se sentó cerca de la ventana y comió en silencio, contemplando el jardín que comenzaba a bañarse de cálida luz.
Después de desayunar y pasear un poco por el campus, Kurt regresó a su habitación para tomar su cepillo y pasta dental. Se lavó los dientes en el baño y se acomodó una vez más el cabello hasta dejarlo perfectamente peinado.
Kurt pensó que Rachel también se estaría arreglando para su primera clase, o tal vez ya habría bajado a desayunar, pero un ronquido le indicó que todavía ni siquiera abría los ojos.
—¡Rachel! ¡Despierta! —Exclamó Kurt corriendo la cortina que dividía su habitación.
—¿Eh? ¿Qué? —Balbuceó Rachel, levantándose el antifaz que usaba para dormir.
—Se te va a hacer tarde para la primera clase, empieza en media hora.
—Estaba teniendo un sueño tan hermoso donde era la prima donna del teatro mágico de Nueva York —dijo Rachel entre bostezos.
—No serás ni una suplente si no te levantas ya.
Rachel bajó de la cama a toda velocidad, tomó sus cosas y corrió en dirección al baño. Kurt revisó una vez más que tuviera en su portafolios todo lo necesario para el día. Se acomodó la capa y se puso el sombrero. El clima era más cálido cada día. Pronto no necesitaría la capa ligera, pero por ser el primer día decidió usarla para ir con el uniforme completo. Se colocó el broche de pentáculo sobre el saco y exhaló emocionado, observando su reflejo en el espejo que estaba detrás de la puerta. ¡Era un estudiante de NYADA!
Rachel regresó pronto y comenzó a ponerse el uniforme. Kurt la apuró y pronto estuvieron en el edificio principal, donde ya los esperaba Mercedes, caminaron por el pasillo, lleno de estudiantes, y entraron a su salón, listos para tomar su primera clase.
Kurt estaba muy nervioso, temía que todas las maestras fueran como Sylvester y lo rechazaran por ser hombre. Para su fortuna la primera profesora fue la señorita Holliday, quien enseñaba lenguas mágicas, una mujer muy jovial y alegre que dio la bienvenida a todas las alumnas y a Kurt por igual, sin hacerlo sentir discriminado de ninguna manera. El resto de las maestras fueron igualmente agradables en mayor o menor medida. La señorita July, que enseñaba videncia, asustó un poco a Rachel con su exigencia y poca paciencia, pero no estuvo mal. La última sesión era con la profesora Phillsbury, quien era orientadora vocacional y consejera. Además los ayudaría a crear sus primeras varitas mágicas.
—Como ustedes saben, no hay mejor varita que la uno mismo crea. Pueden comprar una, pero no será igual de precisa ya que no fue elaborada por sus propias manos y su propia magia.
Toda varita tiene tres ingredientes básicos: el cuerpo, que suele ser madera, pero también es posible que sea de marfil; un conductor, que por lo general es una gema; y un elemento de ser vivo mágico: cabello de mantícora, garra de hombre lobo, escama de sirena, virutas de cuerno de unicornio, pluma de fénix y todo lo que puedan imaginar.
Hoy iremos al distrito comercial mágico del SoHo a comprar los ingredientes necesarios. Les pido que no se distraigan para que terminemos en menos de dos horas, tendrán la tarde libre para pasear si gustan.
—¿Iremos volando, profesora?
—No, es complicado mover a un grupo numeroso. Tomaremos el metro. Vayan al dormitorio por lo que necesiten, no olviden el dinero, y nos vemos en la explanada principal en quince minutos.
La clase se puso de pie y fueron a hacer lo que les había instruido. Kurt dejó sus cuadernos en su habitación y se colgó la bolsa bandolera para guardar sus compras. Revisó el dinero que traía en la cartera para comprobar que fuera suficiente. También aprovecharía para comprar materiales y libros que les habían pedido las profesoras y vería la selección de teléfonos móviles mágicos.
Una vez que el grupo estuvo reunido, la profesora Phillsbury lo guio hasta la estación de metro más cercana. Kurt platicó emocionado con Rachel y Mercedes sobre lo que les esperaba. La única que había viajado antes a Nueva York era Rachel, ya que sus padres eran magos e iban a veces a comprar ingredientes especiales. Rachel les contó que el SoHo era un hermoso distrito mágico donde brujas y magos podían encontrar todo lo que podían desear y necesitar: polvos lunares, escobas para todo uso, calderos de todos los tamaños, animales mágicos y mucho más.
Cuando por fin llegaron, Kurt vibraba de emoción. Sus expectativas fueron superadas al contemplar el distrito lleno de brujas, magos y seres mágicos que deambulaban por las amplias calles empedradas a la sombra de los pintorescos edificios antiguos del SoHo. El lugar era una mezcla perfecta de la sofisticación de Nueva York, con una atmósfera cosmopolita y el aura de magia antigua y poderosa que impregnaba el lugar.
La profesora Phillsbury llevó a sus estudiantes hacia un amplio establecimiento con un letrero en rojo metálico que decía Merryweather Post Pavillion, estaba pintado de un alegre color azul claro, tenía al frente grandes aparadores con marcos dorados que exhibían árboles dorados cuajados de joyas y barriles con polvo de muchos colores, así como hermosas varitas recubiertas de brillantes gemas.
—Esta es la mejor tienda de Nueva York para comprar ingredientes para la elaboración de varitas. ¿Todos tienen la lista de los ingredientes? —Los alumnos asintieron y algunos se la mostraron a la maestra— Bien, entonces elijan con el corazón lo que necesitan. Estaré aquí cerca del mostrador principal por si necesitan ayuda. ¡Suerte!
La tienda tenía al frente un área donde vendían complementos para varitas, como bolsas imperdibles y bases para sujetarlas. Al fondo había tres amplios pasillos que parecían túneles, encima de la entrada de cada uno había letreros que decían "Bases", "Conductores" y "Seres mágicos".
—¿Por dónde empezamos, Rachel? —Preguntó Kurt indeciso después de tomar una cesta de compra.
—Por la base, es lo que me recomendaron mis padres.
—Bien, pero ve tu primero —Dijo Mercedes, quien también se veía intimidada por lo extraño del lugar.
Los tres se internaron en el pasillo y llegaron a una habitación que parecía un bosque con árboles alineados uno detrás de otro en filas ordenadas.
—Pueden tocar todo lo que quieran. Lo mejor es que sientan la madera en sus manos para que elijan la que más les acomode —les dijo una bruja que era parte del personal de la tienda.
Kurt paseó entre los árboles y al final se decidió por un hermoso arce blanco. La empleada cortó un pedazo de un solo golpe con un hacha mágica y le entregó su paquete envuelto. Al dar la vuelta para salir, Kurt vio que el árbol se había regenerado de inmediato.
El segundo pasillo llevaba a una mina con piedras de todos tamaños y formas. Era fácil dejarse llevar por la apariencia de las relucientes gemas, pero Kurt además pudo sentir diferentes vibraciones provenientes de ellas. Se sintió muy atraído por la energía del lapislázuli y ese eligió. Lo jaló suavemente y se desprendió de la pared de roca. Mercedes y Rachel seguían sin decidirse. Kurt se sentía impaciente por completar los ingredientes para su varita y les dijo que se iba a adelantar.
El tercer pasillo conducía a una habitación que era toda blanca, con estantes llenos de cajitas de piso a techo. Kurt se alegró de que no tuviera que tomar el último elemento directamente de los animales mágicos. Dudaba que les hiciera mucha gracia que les arrancara cabello o plumas. Se acercó a los estantes y comenzó a ver las fotos que tenía cada cajita. En una esquina había un mostrador con un cuerno blanco de unicornio. Kurt miró asombrado lo largo y hermoso que era. No quería ni imaginar lo mucho que costaría. Alargó la mano para tocarlo, deslizó los dedos por su superficie resplandeciente y de repente ¡el cuerno se movió! Comenzó a alzarse hasta que quedó al descubierto la cabeza a la que estaba unido.
"No es apropiado tocar a alguien a quien no te han presentado" —Dijo un unicornio color azul claro de grandes ojos violetas.
—P… ¡Perdón! ¡Pensé que estaba en exhibición! Como no se movía —Balbuceó Kurt estupefacto. Nunca había visto un unicornio en persona.
"Bueno, estaba descansando un poco antes de seguir con mi trabajo". —Respondió algo apenado.
—¿Trabajas aquí? —Dijo Kurt aún más asombrado.
"Claro. Madame Merryweather me contrató para supervisar esta área de la tienda".
—Ese ese el unicornio que me dijo que diera vuelta a la derecha para llegar a NYADA —exclamó una voz de repente.
Kurt vio a dos de sus compañeras entrar a la habitación. La que había hablado era una rubia que estaba en su clase. La seguía una morena con expresión de pocos amigos. Kurt la reconoció: era la persona que lo había despreciado la noche anterior.
"Te dije a tu otra derecha" — respondió el unicornio.
En ese momento Kurt se dio cuenta de que el unicornio no hablaba moviendo la boca, sino que proyectaba sus pensamientos en su mente para comunicarse.
—Vamos primero por la madera, Britt. Regresemos cuando el aire aquí no esté viciado —expresó la morena viendo a Kurt con disgusto.
Las dos chicas se alejaron, dejando nuevamente solos al unicornio y a Kurt.
"Eso no fue muy amable" —comentó el unicornio— "¿No son tus compañeras?"
—Sí, pero no mis amigas. No todas las brujas están de acuerdo en que los brujos estudiemos en NYADA —respondió Kurt—. Me ven como un farsante, como un intruso. Como si no tuviera derecho a estar ahí. Pero mi magia es de brujo, no de mago, y pertenezco a la academia tanto como ellas y no pienso irme por más que me desprecien —explicó. Por alguna razón, el unicornio le daba confianza para desahogarse de sus frustraciones.
"Ya veo" —dijo asintiendo con la cabeza—. "Es duro ser diferente. No es fácil que te acepten". —Después de reflexionar un rato, expresó: "Ven, te daré algo para tu varita".
Kurt siguió al unicornio, quien fue detrás del mostrador y sacó de un cajón un pequeño objeto cuadrado metálico. Lo hizo flotar con su magia e insertó su cuerno en él, le dio un par de vueltas y comenzaron a salir virutas blancas. Kurt se dio cuenta de que era una especie de sacapuntas, sólo que para cuernos de unicornio en lugar de lápices.
El unicornio guardó las virutas en una cajita y se las entregó a Kurt.
"Espero que te sirva. No te des por vencido aunque todos te digan que renuncies". —Lo animó con sus grandes ojos violetas.
—¡Muchas gracias, unicornio" —exclamó Kurt feliz y puso la cajita en su cesta de compra.
"Me llamo Reimi. Ven a visitarme alguna vez y tomaremos el té".
—De acuerdo, gracias Reimi —dijo Kurt contento de haber hecho un nuevo amigo.
Llegaron más brujas de su clase y Reimi se fue a atenderlas. Kurt regresó al frente de la tienda, pero no vio a sus amigas ahí. Mientras aprovechó para buscar un molde para su varita y una bonita funda imperdible de terciopelo. En esas bolsas mágicas se podía guardar la varita completa en un espacio no mayor que una caja de cerillos, además de que tenía un hechizo para que siempre estuviera con su dueño legítimo. Después de un rato, por fina salieron Rachel y Mercedes del segundo pasillo.
—Elegir la gema que más va contigo es tan difícil —se quejó Rachel—, todas son perfectas para mí.
—Y todavía nos falta buscar el elemento mágico vivo. ¿Ya terminaste, Kurt? —preguntó Mercedes.
—Sí, llevo rato esperándolas. Voy a pagar mis cosas y las espero en las bancas de afuera, ¿de acuerdo?
Las chicas asintieron y Kurt se encaminó hacia las cajas. Una vez que tuvo sus compras empacadas, salió hacia la calle. El día era muy bonito, todavía fresco, pero soleado. Kurt se sentó en una banca de madera y se ajustó el sombrero para que le tapara la cara y lo protegiera de la luz solar. Kurt examinó lo que había comprado. Las virutas de cuerno de unicornio habían sido lo más caro, pero Kurt sabía que habían valido la pena por el comentario que había hecho la cajera de la suerte que tenía. Reimi no se las ofrecía a cualquiera, y frescas era más poderosas. Las virutas tenían un hermoso color blanco tornasol que cambiaba de tono según la luz que le daba. Estaba Kurt admirando las virutas cuando un barullo lo sacó de sus pensamientos. Volteó a ver de dónde provenía y se encontró a varias chicas de su clase platicando con unos jóvenes que vestían uniformes con capas rojas. Los hombres hacían bromas tontas y las chicas se reían aún más tontamente. A Kurt no le interesaba eso y volvió a lo suyo.
—¿Y qué hay de ti, preciosa? No seas tímida. ¿No quieres salir con los mejores magos de McKinley?
Kurt escuchó la voz de uno de los muchachos, pero no se dio cuenta de que le hablan a él hasta que sintió una mano en el hombro.
—¿Eh? —Exclamó asombrado y volteó a ver al hombre que le hablaba.
—¡Pero qué demonios! —Gritó el mago cuando vio a Kurt—. ¿Se trata esto de una broma? ¿Por qué traes el uniforme de las brujas de NYADA?
Kurt se dio cuenta de que con el sombrero inclinado y la capa sobre sus hombros, su cuerpo había quedado semioculto y de lejos parecía una chica.
—No es una broma. Soy estudiante de NYADA también, soy un brujo —dijo Kurt con decisión poniéndose de pie y cruzando los brazos.
Los magos lo vieron estupefactos y comenzaron a reírse de él.
—¡Jaja, un brujo mariquita! ¡Qué ridículo!
—¿No eres lo suficientemente hombre para estudiar en McKinley?
—Hey, Karofsky, ¿así que esos son tus gustos ahora? —dijo uno y le dio un golpe en el hombro al joven que le había hablado en primer lugar.
Kurt no iba a soportar esas burlas.
—¡Son unos brutos! ¡No me molesten! —Exclamó y dio media vuelta para alejarse, pero una gran mano sobre su hombro se lo impidió.
—¿A dónde vas, maricón? ¿Me tiendes una trampa para humillarme frente a mis amigos y crees que te puedes salir con la tuya? ¡Me las pagarás! —dijo el mago llamado Karofsky y empujó a Kurt contra una pared.
El golpe hizo que la bolsa llena de compras se abriera y su contenido se derramara. "¡Mis ingredientes!". Adolorido, Kurt se agachó para recoger sus cosas, pero un gran muchacho negro lo sujetó de los brazos y le puso las manos atrás.
—Sostenlo así, Azimio, le voy a dar una lección a este gay —dijo Karofsky alzando el puño.
—¡Déjenme, trogloditas! —Kurt forcejeó para soltarse, pero era imposible: los brazos de Azimio eran como de acero. Lo mantenían inmóvil y con las manos sujetas de tal forma que no podía hacer magia. Kurt cerró los ojos y se preparó para recibir el golpe, pero éste nunca llegó.
—No es de caballeros atacar en grupo a alguien que no se puede defender —dijo una voz que no reconoció.
Kurt abrió los ojos y vio a un guapo chico de cabello negro vestido con un uniforme de saco azul marino y pantalón gris. Tenía la mano izquierda en un cabestrillo. Aun así, tenía suficiente fuerza en la derecha y con ella detenía el brazo de Karofsky, impidiendo que se moviera.
—Déjenlo en paz y váyanse —les ordenó con un tono de voz bajo que sonaba en apariencia amable, pero tenía algo peligroso oculto en él.
—¡Pero qué demonios! —exclamó Karofsky y agitó el brazo para zafarse. Se puso de pie y parecía a punto de lanzarse en contra del recién llegado, pero éste no se encontraba solo, pronto se le unieron al menos diez jóvenes más vestidos con el mismo uniforme. No eran tan grandes de tamaño como Karofsky y Azimio, pero había en ellos un aire amenazador que indicaba que no eran el tipo de personas con las que te conviene empezar una pelea.
Azimio soltó a Kurt y le dio un empujón, lanzándolo contra el joven. Los estudiantes de McKinley se retiraron enojados.
—¿Te encuentras bien? —Dijo el chico ayudando a Kurt a incorporarse.
—Sí, gracias por ayudarme. —Dijo Kurt. Estaba muy cerca del muchacho, podía apreciar su apuesto rostro. Le parecía familiar, pero no sabía de dónde.— Um… ¿Te conozco de algún lado?
—No formalmente —le respondió sonriendo amablemente.
Había algo en él que Kurt quería reconocer de otro lado. Esos ojos color ambar los había visto antes.
—¡Eres el lobo! —Exclamó Kurt de repente.
—Me llamo Blaine —Respondió el chico con una amplia sonrisa.
—P… ¿Pero cómo es posible? —Tartamudeó Kurt totalmente estupefacto. El lobo negro se había transformado en un guapo joven. Kurt siempre se imaginó que los hombres lobo serían como en los cuentos: grandes, feos y peludos. Esa imagen no tenía nada que ver con el muchacho de cabello perfectamente peinado que tenía enfrente.
—Sé que todo esto es muy extraño, quisiera darte una explicación —dijo Blaine y dio un paso adelante. Algo crujió bajo sus pies.
—¡Mis ingredientes! —Exclamó Kurt, quien por la confusión del momento se había olvidado de que todas sus cosas estaban pisoteadas en el suelo.
—Oh, disculpa, no me fijé. —Blaine se agachó para ayudar a Kurt a recoger sus paquetes.
—No es tu culpa, esos brutos de McKinley tiraron mis paquetes. Oh, no, la gran mayoría de las virutas de cuerno de unicornio están arruinadas —dijo Kurt mirando con tristeza el mágico ingrediente sucio y hecho pedazos. Solamente le había quedado intacta en la cajita una pequeña porción.
—¡Blaine! ¡Tenemos que irnos! Es tarde para el ensayo-. —Lo llamó uno de los jóvenes de uniforme.
—¿Estarás bien solo? —preguntó Blaine viéndolo con preocupación.
—No te preocupes, mis amigas ya no han de tardar en salir de la tienda.
—Bien. Te debo una explicación, ¿puedo hablarte más tarde? —dijo Blaine sacado su teléfono móvil mágico para que le diera su número.
—Sí, pero todavía no tengo teléfono móvil mágico propio —Explicó Kurt— Son caros y no he podido encontrar uno adecuado a mi presupuesto. Puedes llamar al dormitorio y ahí me comunicarán contigo. Estoy en la habitación 10 del quinto piso —dijo terminando de anotar el número.
—Bien, te llamo más tarde —dijo Blaine tomando su teléfono y despidiéndose de él con una gran sonrisa.
Kurt le dijo adiós con la mano y lo vio alejarse rodeado de sus compañeros. Suspiró y se dejó caer en la banca. Nueva York no dejaba de prepararle sorpresa tras sorpresa.
XXX
De regreso en el dormitorio, Kurt se ocupó de hacer sus tareas pendientes. Todavía no tenía mucho qué hacer, pero prefería adelantar todo lo posible para que no se le juntaran los deberes. O al menos esa fue la excusa que les dio a Rachel y Mercedes para no salir a pasear con ellas. La verdad era que esperaba con ansias la llamada de Blaine y no quería perdérsela. Transcurrió la tarde y Kurt solamente dejó brevemente el dormitorio para ir por algo de cenar. Dieron las nueve de la noche y Blaine todavía no se comunicaba. Kurt había perdido la esperanza cuando cerca de las diez escuchó en el altavoz la voz de la profesora Rhodes que lo llamaba:
"Kurt Hummel, Kurt Hummel, se le solicita en el vestíbulo, tiene un mensaje".
Kurt salió de prisa para evitar las preguntas de Rachel. No sabía por qué, pero quería mantener a Blaine en secreto el más tiempo posible. El corazón le latía rápido al bajar en el ascensor, al llegar al vestíbulo se encontró con el lobo negro, quien movió la cola amistosamente.
—Este lobito te trajo un paquete. No quiso dejarlo conmigo, parece que es importante —dijo Rhodes.
El lobo movió la cabeza y caminó hacia la puerta del dormitorio.
—Profesora, voy a salir al jardín.
—No te tardes mucho, Kurt, la puerta se cierra a las diez.
Kurt asintió y siguió al lobo afuera.
—¿Blaine, qué haces así? Pensé que me ibas a llamar por teléfono.
—Blaine-lobo movió la cola y se acercó a Kurt, quien notó por primera vez que traía sujeta a la espalda una especie de mochila.
—¿Quieres que la abra?
El lobo asintió y Kurt sacó de la mochila un sobre dorado con el sello de los Anderson en cera roja y una cajita azul.
—¿Qué es esto? —Preguntó Kurt, pero antes de que tuviera alguna respuesta, el reloj de la torre marcó las diez—. ¡Oh, no! ¡Tengo que irme! ¿Me llamarás después?
Blaine-lobo asintió y movió la pata para despedirse.
Kurt regresó a su habitación. Guardó la cajita en el bolsillo del pantalón y examinó el sobre, tenía un aspecto muy elegante. Su nombre estaba escrito al frente en letra cursiva con tinta escarlata. Pensaba abrirlo después en silencio, pero no contaba con Rachel que lo esperaba con impaciencia.
—¡Kurt! ¿Todo bien? Saliste así de repente.
—Sí, no te preocupes, no era nada importante, sólo un recado. —Respondió Kurt moviendo la mano en la que tenía el sobre.
—¡Oh, Kurt! ¡Te invitaron al baile de Beltane de los Anderson! ¿Por qué no me lo dijiste?
—¿El qué?
—¡El evento social de la temporada! Todo mundo habla de los codiciados sobres dorados que contienen las invitaciones. —Exclamó Rachel— ¡Vamos, ábrelo para que veas que tengo razón!
Kurt desprendió con cuidado el sello rojo y sacó una tarjeta donde se le invitaba a un elegante baile a él y a los acompañantes que quisiera llevar.
—¡Lo sabía! —Dijo Rachel leyendo la invitación—. ¡Kurt! ¡Adorado compañero de cuarto! ¿Me llevarás? —Expresó con voz melosa, parpadeando intensamente y con una sonrisa demasiado grande que le dio miedo a Kurt.
—Claro, no quiero ir solo, le diré también a Mercedes.
—¡Genial! ¡Va a ser fabuloso! ¡Nos codearemos con la élite neoyorquina! ¡Ahora mismo le dará la buena noticia a Mercedes! ¡Tenemos que planear ya lo que nos vamos a poner! —Exclamó Rachel eufórica y salió corriendo de la habitación dejando a Kurt sumido en sus pensamientos.
"¡Me invitaron a un baile! ¿Acaso esto es un cuento de hadas?" Pensó sonriendo feliz. Muy contento se puso la pijama y se preparó para dormir. La fiesta era el próximo sábado. Kurt deseó que llegara pronto ese día para poder ver de nuevo a Blaine.
