16/10/2015

Nota de la autora: ¡Hey! Creo que respondí a todos sus reviews. Sólo quería decirles que de verdad aprecio todos esos comentarios y el apoyo. En cuanto a los visitantes, deberían hacer una cuenta para que pueda contestarles :c

Sobre qué días actualizo… deberían decirme qué día es el que les parece mejor. Sin más, los dejo con el tercer capítulo, espero les guste.

Disclaimer: No me pertenece Naruto.


Capítulo 3: Incógnitos.

Al menos tenía que admitir que tenían una voluntad inquebrantable. Habían pasado horas y ninguno de ellos había dicho una palabra.

Ahora se encontraban en un cuarto de hospital donde estaba la otra niña que venía con ellos, la cual llegó herida y estaba inconsciente sobre la camilla.

— ¿Aún no terminan con su rabieta?

Kurenai, quien estaba recargada contra el marco de la puerta, vigilando a los infantes con atención, hizo lugar para que Sakura entrara a la habitación.

—No —negó con algo de irritación—. ¿Dices que a ti no te dijeron nada?

Sakura negó con suavidad.

—Sólo… parecían muy asustados —recordó, su vista fija en la niña sobre la camilla—. ¿Qué harán con ellos?

No sabía por qué, pero sentía un instinto de protección sobre esa niña, la cual sabía que se llamaba Sarada porque había escuchado a sus amigos gritando su nombre. Quizá porque su instinto maternal se activó al verla herida… pero había algo en ella…

—Llamaremos a Ibiki, supongo.

— ¿A Ibiki?—repitió Sakura con los ojos como platos—. Son sólo niños.

—Que no sabemos ni cómo entraron ni de dónde son, sólo son unos desconocidos —puntualizó Kurenai—. Los guardias ni siquiera los vieron pasar. Es sospechoso.

Sakura asintió, sabedora que en aquello estaba en lo cierto.

Hubo un movimiento casi imperceptible. Sarada movió su cabeza, causando que todos los presentes la vieran con expectación, antes de soltar un quejido y comenzar a abrir los ojos. Sakura y Kurenai se hubieran acercado para revisarla, sin embargo los niños se apresuraron a rodear la camilla y las miradas fulminantes que les echaron a continuación les dejaron en claro que si se atrevían a acercársele, abrirían la boca sólo para hacer jutsus.

Sarada se sentó, parpadeando varias veces antes de tallar sus ojos. Al ver la cara de sus amigos sintió un claro alivio envolverla… sin embargo apenas notó la presencia de ella, se tensó visiblemente.

No había sido un sueño.

Se puso de pie sobre la cama y su mano viajo a donde debería estar su porta-shuriken, sin embargo no estaba ahí, haciéndola maldecir. Tampoco tenía su espada colgando en su espalda.

— ¿Buscabas esto?—vio como… ¿su madre? no sabía cómo llamarla o quién era, pero levantó el porta-shuriken con una sonrisa bailando en sus labios.

—Sí.

Supo que había algo fuera de lugar tan pronto como ambas Jonin abrían los ojos de la impresión y, al ver las caras de sus amigos, entendió que ellos no habían hablado en lo absoluto.

El juego del silencio, ingenioso. Clavó su vista en Shikadai, quien le sonrió con altivez.

Comenzó a marearse, así que se sentó de nuevo en la cama.

— ¿Puedo al menos tener mis lentes?—preguntó mordazmente en dirección a Sakura.

Ella arqueó una ceja, pero finalmente se acercó con intención de dárselos. Los niños, aunque a regañadientes, la dejaron pasar.

— ¿Quiénes son ustedes?—preguntó Kurenai con brusquedad.

— ¿Sabes?—comenzó Sarada, poniéndose los anteojos—. Es descortés preguntarle a alguien su nombre sin haberse presentado primero.

Sakura soltó un jadeo. Ya había escuchado eso antes, inclusive con el mismo tono pedante y pose de superioridad. Eso le había dicho Sasuke a Neji durante los exámenes Chunnin.

—Kurenai Yuhi —respondió esta, sabedora que tendría que ceder sino quería que la niña se uniera a sus compañeros en el voto de silencio—. Tú turno.

—No te lo diré.

— ¿¡Qué!?—exclamó la Jonin, separándose del marco de la puerta.

—Dije que era descortés, no que yo te lo diría —señaló la niña.

Sakura suprimió la sonrisa que amenazó con posarse en sus labios. Justo como Sasuke.

—Pero sí te puedo decir lo que queremos —continuó—, ver al Hokage.

— ¿Tsunade?

Ante eso, Boruto se giró a verla con pánico. ¿Su padre no era el Hokage?

—Sí —respondió la portavoz de los niños misteriosos después de titubear debido a la impresión.

—Si no quieren terminar en la prisión, será mejor que dejen de jugar —amenazó Kurenai, comenzando a perder los estribos.

—Como gusten —dijo, encogiéndose de hombros antes de clavar la vista en Shikadai.

El aludido sonrió.

—Ya lo hice —respondió, hablando por primera vez en horas.

— ¡Has perdido!—se burló Boruto con una sonrisa triunfal.

— ¡Por fin!—gritó Chocho, sacando una bolsa de frituras de consomé que comenzó a devorar.

— ¡Cómo puedes comer en una situación así!—le gritó Inojin.

Las kunoichis abrieron los ojos como platos.

—Me llevaré esto —dijo Sarada, tomando con tranquilidad su porta-shuriken de las manos de Sakura.

Ella intentó apartarse, mas no pudo moverse, al igual que Kurenai.

— ¿¡Jutsu de parálisis!?—inquirió Kurenai con incredulidad.

Apareció un leve tic en el ojo de Shikadai.

Odiaba, repudiada, aborrecía, que confundieran el jutsu de posesión de sombras con un simple jutsu de parálisis, es decir ¡el suyo era mucho más genial! De igual manera, no las corrigió y mantuvo las cabezas erguidas de ambas ninjas, sabedor de que si se llegaban a enterar que sabía esa técnica secreta del clan Nara estaban jodidos.

Sentía cómo Kurenai intentaba librarse… Sakura, por otro lado, sólo se quedó quieta con un amago de sonrisa en los labios. Y Shikadai tuvo claro que ella podría librarse del jutsu rápidamente, quizá incluso lo vio venir… sólo no quería hacerlo.

Frunció el entrecejo. ¿Acaso habría descifrado ya sus identidades?

—Ha sido un gusto —dijo Shikadai con claro sarcasmo—, pero tenemos que irnos.

A sus espaldas, los demás niños habían comenzado a saltar por la ventana. Shikadai rompió el jutsu para ir a seguirlos y, en el lapso de tiempo que su sombra volvió a la normalidad, ellos escaparon.

—Bueno —comenzó Sakura mientras los miraban por la ventana yendo en dirección a la mansión del Hokage—, esto es un problema.


— ¡Más rápido, de verdad!—gritó Boruto.

Era humanamente imposible ir más rápido, pero aun así los niños lo intentaron. Corrían como despavoridos porque el pánico de no estar en su época por fin comenzaba a afectarlos.

Estaban tan aterrorizados, pensando que quizá ya tenían a todos los Jonin y ANBUS de Konoha a sus espaldas, que decidieron no arriesgarse a siquiera usar la puerta para ingresar al edificio del Hokage. Saltaron por los tejados de las casas y entraron por el gran ventanal de la oficina del Hokage… sólo hubo un pequeño problema…

La ventana no estaba abierta.

— ¡Auch!—gritó Boruto, quien fue el primero en impactar.

El niño quedó embarrado en el vidrio y, antes de poder quitarse o advertirles a los demás, estos comenzaron a estrellarse contra su espalda.

Era una escena casi cómica, varios niños pegados contra la ventana del Hokage con sus rostros embarrados contra el vidrio… pero vieron con horror como este comenzaba a agrietarse.

— ¿Por qué esperan tanto?

Aquella voz hizo que a todos los recorriera un escalofrío.

— ¡Chocho, no…!

Pero era demasiado tarde. Chocho chocó a sus espaldas y ese fue el último empujón –un gran empujón- que hizo el vidrio ceder y romperse en mil pedazos. Todos entraron disparados al interior de la oficina y cayeron con poca gracia.

— ¿¡Pero qué carajo!?

Tsunade vio con escepticismo como, de la nada, seis niños irrumpían en su oficina. Algunos golpearon el escritorio, tirando varias carpetas y papeles, mientras otros salieron arrojados hasta la puerta.

Se pusieron de pie, haciendo sonidos de dolor, antes de formar una línea delante de su escritorio, como haciendo una formación. Tsunade olvidó su antigua molestia al ver sus rostros… era como ver de nuevo a Naruto y Shikamaru de trece años. Y esa chica de ojos y cabello negros, era tan parecida a él.

Frunció el entrecejo. Con que ellos eran los intrusos que habían llegado a la aldea de los que le habían advertido.

— ¡Tsunade-sama!

Shizune irrumpió el cuarto con rapidez, alertada por los grandes estruendos, pero sólo se quedó mirando boquiabierta a los chiquillos.

— ¿Quiénes son ellos?—preguntó casi sin aliento.

—No tengo idea —comenzó Tsunade, tomando asiento—, pero estoy a punto de averiguarlo.

Los chicos tragaron saliva, sintiendo la tensión casi palpable en el ambiente.

—Empiecen —ordenó.

Los niños se miraron los unos a otros, sabedores que esa sería su única oportunidad si no querían terminar en el psiquiátrico o… muertos.

Se acercaron al escritorio y comenzaron a hablar, o más bien gritar, al mismo tiempo. Tsunade sólo veía con incredulidad como incluso dos de los chiquillos comenzaban a interpretarle una obra teatral. Pero ella no entendía ni una sola palabra.

— ¡Deténgase!—gritó, callándolos en el acto y haciendo que la vieran con miedo.

Tsk. Odiaba a los niños.

—Comiencen diciendo sus nombres y de dónde vienen… ¡uno por uno!—agregó al ver que todos abrían la boca al mismo tiempo de nuevo.

Aprovechando que volvieron a alinearse, señaló a una chica de piel oscura que estaba al final de la izquierda. Ella dio un paso al frente.

— ¡Mi nombre es Chocho Akimichi!

— ¡Inojin Yamanaka!—siguió el chico, avanzando.

—Shikadai Nara —se presentó con aburrimiento el chico con cola de cabello.

—Himawari Uzumaki —dijo con una enorme sonrisa la niña más pequeña.

— ¡Yo soy Boruto Uzumaki, de verdad!—dijo el rubio con entusiasmo.

—… Sarada Uchiha.

— ¡Y somos ninjas de la aldea de la hoja!—finalizaron al mismo tiempo.

Ninguna de las mujeres se movió, de hecho ni siquiera se inmutaron conforme se presentaban. Estaban en estado catatónico y no parecían recordar cómo moverse.

—Bueno, al menos de la futura aldea de la hoja —especificó Inojin con una sonrisa.

Pum.

Y ese fue el momento exacto en el que Shizune se desmayó.