12/06/2016
Resumen: Este es más bien un capítulo extra, lo escribí con inspiración porque pensé que les gustaría. Se ve más el acercamiento de las respectivas parejas. Quizá va muy lento, quizá no, pero a mí me gusta, y espero que a ustedes también.
Tienen que estar conscientes de que nuestros ninjas son muy poderosos, sí, pero no tienen idea de cómo ser padres y aquí vemos cómo se van integrando a su respectiva familia.
Y sí, me equivoqué de año en el capítulo anterior, lo siento, la costumbre xD
PD: ¡Temari vendrá en el siguiente capítulo!
Agradezco muchísimo sus reviews, de verdad, cualquier crítica o comentario es más que bienvenido. ¡Gracias!
Capítulo 9: ¿Un día normal?
—Es un color muy bonito, Boruto-kun.
La sonrisa de Boruto se agrandó y volvió rápidamente a su trabajo de pintar.
Hinata, al vivir en la mansión Hyuga, contaba con la mayoría de las habitaciones desocupadas. No sabía cuánto tiempo se quedarían esos dos niños, sin embargo quería darles todas las comodidades posibles en su estadía, por lo que no había dudado en darles una propia, la que estaba contigua a su propia habitación para ser específicos.
Himawari podía decorar la mitad del cuarto mientras Boruto la otra, por lo que la niña había elegido pintarlo color amarillo, poniendo detalles verdes. Hinata comprendió, debido a que también eran los colores de sus ropas, que a su hija le gustaban mucho los girasoles, quizá porque llevaba su nombre. Boruto, por su parte había escogido un color azul.
Inclusive ella estaba cubierta de pintura en sus ropas y rostro, debido a que los niños no eran precisamente cuidadosos y le habían dado varios brochazos sin darse cuenta, pero a Hinata no podía importarle menos.
— ¡Ya estoy aquí, de veras!
Todos detuvieron lo que estaban haciendo para ver a la puerta. Naruto llegó derrapando, con la respiración acelerada. Tenía el rostro cubierto de sudor y parecía fatigado, por lo que Hinata supo que acababa de volver de una misión y ni siquiera había ido a su casa a descansar antes de ver a los niños.
— ¡Papi!—gritó Himawari, lazándose a sus brazos.
Naruto, quien todavía no se acostumbraba a que Himawari lo llamara así, la atrapó en el aire sin dudar, sacándole una risa.
Bolt no dijo nada, después de todo aun no sabía cómo llamarlo o referirse a su padre del pasado, pero se acercó a Naruto con rapidez, jalándolo de la chaqueta.
—Eh, espera —se quejó Naruto, quien hacía un esfuerzo sobrehumano para mantener el equilibrio al tener a Himawari enredada en sus piernas.
—Dijiste que me ayudarías —le recordó Boruto con obstinación.
—Hai, hai —cedió, soltando un suspiro.
Boruto se subió sobre sus hombros de un salto, comenzando a pintar una superficie de la blanca pared que antes no alcanzaba. Himawari se limitó a escalar hasta el pecho de Naruto y acto seguido extendió sus pequeñas manos en dirección a su madre.
Hinata, entendiendo la señal, no dudó en acercarse a la niña y tomarla en brazos, dispuesta a ayudarle con su lado de la pared.
Su mirada se trabó con la de Naruto, quien ya tenía varias manchas de pintura azul en su rostro debido a los brochazos descuidados de Bolt, y este le sonrió.
—Hola, Hinata —la saludó con sus ojos brillando con una chispa que a Hinata no le quedó duda que estaba feliz.
—Naruto-kun —respondió, asintiendo en su dirección antes de dedicarle una tierna sonrisa.
Shikamaru observó aquella tabla con los ojos abiertos de par en par. No, no podía ser cierto… pero, por más que analizaba las fichas y recordaba los movimientos que se habían realizado, no lograba comprender qué había sucedido.
Escuchó un suspiro de su acompañante.
—En el futuro eres más listo —comentó Shikadai como quien no quiere la cosa.
El ojo de Shikamaru sufrió un leve tic.
Era imposible que aquel niñato acabara de ganarle en shogi. Es decir ¡era shogi! El juego ancestral que los del clan Nara jugaban desde que estaban en pañales… y donde su hijo acababa de patearle el trasero.
Soltó un suspiro y apoyó su cara contra su mano, una pequeña sonrisa bailando en sus labios. ¿Qué se le iba a hacer?
—Tenía mis dudas, pero en definitiva es tu hijo.
Ambos se pusieron de pie con rapidez al escuchar una voz a su lado. Shikamaru perdió su pose defensiva al ver de quien se trataba.
—Padre —lo saludó.
Shikaku Nara le echó una mirada divertida. Como era actual jefe de la división de inteligencia de Konoha, Tsunade le había informado de la situación con los niños y puesto a cargo del escuadrón que tenía como objetivo descifrar el pergamino del tiempo.
Debía admitir que cuando le dijeron que había personas del futuro, más específicamente hijos de los shinobis más reconocidos de la aldea –entre ellos su propio hijo- había pensado que se trataba de una mala broma. Sin embargo el estar ahí, viendo a cómo chiquillo de cola de caballo, idéntico a Shikamaru a excepción de sus ojos, le acababa de poner una paliza a su hijo no le quedó duda.
Él era del clan Nara.
— ¿A-abuelo?—tartamudeó Shikadai.
Él nunca lo había conocido, por lo menos no en persona. Siempre escuchaba historias de lo asombroso que había sido ese Shikaku y de su valiente sacrificio, junto con el abuelo de Inojin, por la alianza shinobi en la tercera guerra.
Así que no pudo evitar que sus ojos se aguaran cuando él asintió y le dedicó una sonrisa.
— ¡Abuelo!—gritó.
Shikadai nunca había sido una persona afectiva o siquiera emocional, pero conocer a aquel hombre era… extraordinario, por lo que no dudó en arrojarse a sus brazos.
"Así que estoy muerto en tu época" caviló Shikaku al tiempo que lo atrapaba, interpretando la reacción del niño. Miró a Shikamaru, quien los observaba con una leve sonrisa en los labios, todavía ignorante de la situación. "Bien, parece que no se ha dado cuenta" pensó.
—Mi hijo aún tiene mucho que aprender —dijo Shikaku al tiempo que Shikadai se apartaba de él—, ¿por qué no juegas conmigo?
Si no iba a conocer a su nieto en el futuro, se aseguraría de hacerlo en ese momento.
— ¡Me rindo!—soltó Ino al recibir su quinto pinchazo con una espina de la rosa.
Inojin, quien era generalmente la personificación de la paciencia y tranquilidad, no rebatió. Después de todo inclusive él empezaba a preguntarse cómo su madre era tan buena con las flores en el futuro, ya que en ese momento, desde su crítico punto de vista, su técnica era un desastre.
— ¿Puedo ir a dibujar?—preguntó Inojin después de unos segundos de silencio.
— ¿A dibujar?—repitió extrañada.
Justo en ese momento hubo unos leves golpeteos en la puerta de la florería. Ino se acercó a la ventana.
—Estamos cerrados —dijo.
—No vine a comprar flores —respondió el hombre.
Ino frunció el entrecejo pero finalmente abrió la puerta. Sintió un escalofrío recorrerla y miró con terror de quién se trataba. El raro Sai.
Ese día, por lo menos, no llevaba su camisa corta que dejaba ver su pálido ombligo, de lo contrario Ino lo hubiera echado a patadas. Sai le sonreía fingidamente y se limitó a quedarse bajo la puerta.
—Ese debe ser nuestro hijo —dijo como si nada antes de caminar en dirección a Inojin.
— ¿Qué? ¿Cómo lo sabes?—preguntó Ino con sorpresa, cerrando la puerta.
—Tsunade —respondió con simpleza.
Sintió una vena aparecer en su frente. Esa Hokage de pacotilla. Ino le había dicho específicamente que ella se encargaría sola de Inojin y que no quería que él se enterara.
Sai se plantó frente a Inojin y ambos se vieron unos segundos antes de que Sai le diera unas palmaditas en la cabeza como saludo, haciendo que una gota de sudor corriera por la cabeza de Ino.
—Antes de que viniera aquí me estabas enseñando a dibujar dragones —le informó el niño, tomando su mano sin más.
Sai no se deshizo ni le molestó el contacto humano, simplemente se dejó arrastrar por su recién encontrado hijo en dirección a la salida.
— ¡Eh! ¡Esperen!—rugió Ino, apresurándose a seguirlos.
—Te lo estoy diciendo, es causa perdida —dijo y ella bufó.
—Por favor, podría derrotarte aun estando dormida.
— ¿Quieres apostar?
—Cuando quieras, viejo.
El mesero vio la escena con algo de miedo. Choji y Chocho estaban sentados en una mesa en el buffet, con sus ojos ardiendo y mirándose con competitividad.
Tragó saliva en seco. No tenía idea cómo se las iba a arreglar para darles todo lo que pudieran comer sin que su negocio quebrara. Es decir, con Choji ya era demasiado… ¡pero la niña comía tanto como él!
— ¡Comeré más platos que tú!—gritó Choji, dándole inicio a la competencia.
Acto seguido ambos comenzaron a comer con tal rapidez y salvajismo que el mesero retrocedió lentamente, como temeroso de que se lo comieran a él también, y la gente de las mesas contiguas se alejaron con discreción.
Sarada estaba de pie a la mitad del campo. Se veía bastante maltrecha, con varios raspones y magulladuras aquí y allá, y su ropa, generalmente pulcra, estaba rasgada. Sin embargo su rostro poseía una sonrisa altiva.
Tenía las piernas separadas y su mano izquierda desprendía un chakra azulado que se movía sin parar, con forma de pequeños rayos, mientras la derecha la sujetaba firmemente por la muñeca.
—Adelante.
Sarada levantó su vista, encontrándose con Sasuke a varios metros de su posición. Él estaba dentro de su Susanoo, viéndola con desafío aunque tenía una leve sonrisa en sus labios digna de un padre orgulloso.
Ella asintió, activando su Sharingan antes de correr hacia él con una velocidad alucinante. Sasuke había invocado el Susanoo sin la ballesta, por lo que intentó defenderse con sus extremidades del ataque de la niña, pero todos sus intentos fueron fútiles y ella los esquivó sin problema.
— ¡Ah! ¡Chidori!—gritó al tiempo que impactaba su ataque en contra el torso de aquel gigante humanoide.
Sasuke maldijo por mero reflejo. El Chidori en sí era técnica sumamente poderosa, pero combinado con la fuerza sobrehumana de Sarada era… perfecta, preocupantemente letal.
Incluso el Susanoo fue incapaz de protegerlo del todo, ya que ambos salieron disparados después del impacto. Se cubrió lo mejor que pudo, pero la caída al suelo fue inevitable y dejó un rastro visible en la tierra.
Sonrió al notar que su Susanoo tenía grietas debido al ataque y se incorporó para mirar a Sarada, quien todavía sostenía su mano izquierda.
Sí, definitivamente ella era su hija.
— ¿Estás bien?—le preguntó al tiempo que él desaparecía su técnica, aunque había un deje de satisfacción aún presente en su voz.
—Aa —afirmó Sasuke con simpleza—. Ese Chidori estuvo bien.
Sasuke también estaba bastante maltratado. Al principio creyó que sería… incomodo pasar tiempo con ella, después de todo no estaba acostumbrado a tratar con niños, sin embargo él y Sarada habían encajado.
Y, carajo, era tan fuerte que no había tenido entrenamientos tan divertidos desde Naruto.
— ¡Ahí están!
Ambos se congelaron y tragaron saliva con nerviosismo al escuchar aquella voz que reconocerían en el mismo infierno. Sarada comenzó a girar su cabeza con lentitud, sintiendo el terror invadirla, y dio un respingo al ver que el enemigo estaba justo detrás de ella.
Sakura tenía las manos sobre sus caderas y un aura maligna rodeándola, sus ojos cargados de molestia posados Sarada.
—Sarada —la llamó fantasmagóricamente—, creí que dijimos que nada de entrenamientos por hoy.
—Fue mi idea —dijo Sasuke, decidiendo intervenir para salvar a su hija.
— ¡Eso lo sé, señor "sólo llevaré a Sarada por un helado"!
Y así, el famoso Sasuke Uchiha conocido por ser uno de los ninjas más poderosos de todo el mundo, supo que se había llevado a la boca más de lo que podía masticar, y retrocedió.
—Sólo mírense, los descuido unos minutos y ya están llenos de heridas —se lamentó, negando con la cabeza.
—Hmph.
Ambos soltaron el mismo sonido antes de girar su rostro en diferentes direcciones, evitando mirarla. Sakura suspiró, comprendiendo que sería difícil ser parte de los Uchiha.
—Es la última vez, ¿entendido?—sentenció pero ninguno se movió—. ¿Entendido?—repitió más fuerte.
—Aa —respondieron al unísono, sabedores que ya habían tentado suficiente su suerte.
—Bien, siéntense —ordenó y ellos obedecieron.
Una vez que sus manos comenzaron a desprender aquel chakra color verde, decidió primero arreglar las heridas de su hija, así que colocó su ninjutsu médico sobre sus manos.
Y ahí estaban horas después.
Debido a que todos los shinobis compartían la misma misión, y no queriendo separar a los niños mucho tiempo, habían decidido cenar juntos y, como Hinata era la única que contaba con el espacio suficiente como para hospedar a tanta gente, estaban en la mansión Hyuga.
Todos los adultos lucían… de la mierda. Quizá de verdad estaban viejos, pero fue el primer día que no se habían apartado de los niños ni un minuto y era… exhaustivo. Terriblemente agotador.
Inclusive Sasuke y Naruto, quienes eran los que tenían la mejor condición física, parecía que se quedarían dormidos en cualquier momento.
— ¡Deja de quitarme la comida!—se quejó Inojin, apartando su plato de Chocho.
— ¡Ni siquiera te gustan los camarones!—se quejó la niña.
— ¡Pero siguen siendo míos!
… sus hijos, por otro lado, parecía que simplemente no se cansaban.
—Eh, problemáticos, dejen eso —pidió Shikadai al ver que Inojin y Chocho comenzaban a pelearse por un plato.
— ¡Suéltalo!—gritaron al unísono.
Y, seguido de aquello, Inojin lo jaló con más fuerza de la necesaria, causando que toda la comida saliera disparada y cayera sobre una persona. Vio con horror como Sarada se quitaba puré de papa de la los anteojos para poder echarle una mirada envenenada.
Boruto estalló en carcajadas.
— ¿Por qué no tengo una cámara?—preguntó entre estruendosas risas—. Deberías haber visto tu…
Pum.
Boruto parpadeó varias veces, llevándose una mano al cabello para encontrarse con que Sarada acababa de lanzarle… ¿espagueti con albóndigas? De acuerdo, aquello ya era personal.
— ¡NO!—gritaron los adultos al unísono al ver que el niño agarraba un puño de su comida.
Hicieron el amago de detenerlo, pero fue demasiado tarde y Boruto lo lanzó con toda su fuerza contra Sarada, quien lo esquivó sin problemas… y terminó dándole de lleno a Shikadai en la cara.
Y, así como así, empezaron una guerra de comida donde nadie salió librado, ni siquiera los adultos, y para cuando intentaron detenerlos, los infantes ya se habían ido, llevándose las bandejas de comida para seguir con su guerra. Incluso Himawari se aseguró de llevar consigo la cacerola entera de guisantes como munición.
Se escucharon estruendos. Vidrios rompiéndose, sirvientas gritando, pasos acelerados por la planta superior, inclusive el gruñido de un gato.
— ¿De dónde se apagan esas criaturas?—lloriqueó Naruto, quien estaba lleno de lo que parecía salsa, antes de azotar su frente contra la mesa.
Tener hijos era difícil. Más que difícil, era como enfrentarte con Pain sin una pizca de chakra; con los ojos vendados; con los pies atados y con un tenedor como arma.
No estaban seguros si lo lograrían.
