Tarde

El fin del O-Bon logró borrar parte de su consternación. Sin embargo, los alaridos, llantos y recriminaciones (y más posiblemente el absoluto silencio que siguió a ello) lograron despertar algo en Renkotsu que no solo consideraba dormido en el rincón más escondido de su ser, sino también que (en algún tiempo) había creído que era mejor mantenerlo así. Aún a pesar de intentar conciliar en él la paz que cualquier monje necesitaba, había algo que no podía negar: aquello que había despertado lo acompañaba a todos lados y le hacía creer —tal vez, pensaba él, con motivo—, que estaba desperdiciando preciadas horas de su vida en la meditación, la educación y el deseo de alcanzar algo más allá de él que posiblemente le había sido vetado largos años en el pasado.

De modo que cuando aquel joven se le presentó de improviso (y ecos de lo que el O-Bon trajo consigo se repetían en su cabeza), comentándole el delicado trabajo que tenía entre manos y que de verdad, de verdad no quería derramar más sangre de la necesaria, Renkotsu se tomó la molestia —o tal vez en realidad no— de considerar aquello más de lo que cualquier monje lo haría alguna vez.


—¿Has descansado?

La voz de Isamu le interrumpió el hilo de pensamientos (aunque no llevaba ninguno en específico). Giró el rostro apenas para lograr ver mejor la cara del viejo. Estaba tan arrugado como un antiguo pergamino.

Renkotsu se permitió unos momentos para pensar la respuesta. ¿Descansar?, tal vez no era adecuado decir que sí. Pero sí que el alivio lo acompañó el resto de la noche cuando las voces de su familia se apagaron junto a las hogueras del O-Bon.

—Ahora estaré mejor —se resolvió por responder. Isamu asintió, con sabia expresión. Renkotsu no estaba muy seguro de cómo considerar aquel pequeño gesto, pero últimamente todo lo que tenía que ver con el viejo y su insana fascinación por lo que tenía que ver con él (como si fuera su maldito niño, así era como le hacía sentir) estaba comenzando a fastidiarle.

—¿Has abrazado los fantasmas?

Renkotsu tenía muchas más ganas de abrasar que abrazar. Y ciertamente no había logrado hacer ninguna de las dos la noche anterior. Solo rogar porque el silencio llegara de nuevo y recordar (asentar en su mente, en su presente) viejas memorias escondidas, ocultas en un cajón en el fondo de su mente. Esas cosas que quiso olvidar y no había logrado.

Sin embargo, asintió. ¿Qué otra cosa podía decirle al viejo para que le dejara en paz?

—Mucho mejor, Renkotsu —aseguró el anciano con voz cascada. Dirigió una vista a los alrededores, indicándole con un gesto que haga lo propio. Renkotsu lo hizo de mala gana (tal vez porque estaba un poco cansado por no dormir en tres noches o simplemente porque seguía fastidiándole la sola presencia de Isamu). Los monjes caminaban con la cabeza gacha y las manos abrazando rosarios de interminables cuentas. Algunos, al pasar y notar sus pesadas miradas encima, les saludaban con una leve inclinación de cabeza, a lo que ambos respondían de igual modo—. Aquí todos tuvimos que soltar o, al contrario, abrazar algo que tal vez no deseábamos. Y todos hemos conseguido la paz, y buscamos alcanzar una sabiduría que perdure más allá de lo que somos.

(¿Qué rayos quiere decir?
¿Por qué no habla claro?)

—Si consigues tu paz, finalmente serás uno de nosotros.

Renkotsu escuchó durante un largo rato un parloteo interminable que (suponía él) quería denotar gran sabiduría, conocimiento y superación personal. Por él, genial. Aunque no escuchó siquiera la cuarta parte. Había logrado que su atención llegara únicamente a las primeras oraciones, y se había perdido luego, lejos de allí y Renkotsu (para el momento) no estaba muy seguro dónde. Seguramente luego sí sabría donde. Pero no de momento.

—¿Comprendes?

—Por supuesto. Gracias, maestro.

Se preguntó vagamente (una copia barata de lo que alguna vez hubiera sido una verdadera preocupación para él) si el anciano podía notar lo poco que le importaba y lo bien que había aprendido a mentir con el paso de agostos de su vida.


El escándalo que había ocasionado el infortunio en su hogar no tuvo comparación con algo que Renkotsu hubiera visto con anterioridad en su vida. No era de extrañar que la culpa de la prematura muerte de su media hermana se la echaran a él, dado que había sido el encargado de la beba cuando se ocasionó la pérdida.

Su madre insultaba a diestro y siniestro, y era la primera vez que Renkotsu vio que tenía algo parecido a un corazón. Normalmente había mostrado interés únicamente en Hideo (porque traía dinero a la casa de cuando en cuando) y en sus amantes (porque significaban algún tipo de remuneración). Pero ese nivel de ira ante la muerte

(el profundo silencio)

de su hermana, le hizo creer que realmente había sentido algo por la única niña que había concebido su vientre. Casi pudo sentir lástima por eso, pero al odiarla tanto se lo ponía muy difícil.

—¿Qué diablos ha pasado? —gruñó Hideo en su cara, y algunas gotas de saliva salieron volando hasta chocar en sus mejillas. Le apretaba fuerte el brazo y lo tenía arrinconado en algún lugar sucio de su casa—. ¿Qué has hecho?

—¿Hecho? —escupió Renkotsu con el ceño fruncido. Él comprendía que le echaran la culpa, por supuesto, porque se suponía que tendría que haber estado vigilando a Atsuko mientras su hermano follaba y su madre intentaba no ahogarse en su vómito en algún sueño psicodélico, pero de ahí a hacer algo… —. Pues nada. Me marché, ¿de acuerdo? Y luego la niña ya estaba… así.

—¿De verdad? ¿Crees que una niña se muere porque sí?

—¡Pues no tengo idea! ¡Te hubieras quedado a averiguarlo!

—¡Cállate!

Un fuerte golpe le cruzó la cara y su hermano lo abandonó luego de eso. Se dedicó un momento a acariciarse la zona afectada y mirar el umbral de la puerta por la que se había ido. Para el momento, la noticia de la muerte de Atsuko se había corrido por los alrededores de su casa. No tardaría en ser noticia del pueblo y, posiblemente, de aldeas circundantes. A él le daba igual, y sabía que no tenía la culpa de que la mocosa hubiera dejado de respirar, ¡esas cosas pasaban! No era la primera niña que se moría en aquel lugar, ¿por qué le echaban la maldita culpa a él?

De acuerdo, se tendría que haber quedado a vigilarle, pero no podía soportar verle la cara, los ojos redondeados o escuchar su incesante llanto. Así que se había marchado luego, a buscar algún animal en alguna trampa de algún cazador furtivo. Así que no podían decirle nada, nada, porque él no tenía que ver nada con aquello.

De cualquier modo, no tenía idea de por qué se preocupaban tanto. Era una boca menos que alimentar y, con suerte, habría más silencio en esa jodida casa. Más que inculparlo, odiarlo y golpearlo, deberían estar agradecidos. Ya sea porque la niña se hubiera muerto sola (no le extrañaba, tanto llanto era solo a causa de una alimentación que ni siquiera llegaba a ser una miseria) o porque alguien había acabado tempranamente con una vida que (allí donde estuviera) debía de estar agradeciéndolo.

—Como sea —murmuró para sí, mirándose los pies.

Sin embargo, las recriminaciones y golpes no fueron más que en aumento.


Los días en el templo transcurrieron sin pena ni gloria. El monje que durante tanto tiempo había luchado ciegamente (intentando por todos los medios aplacar aquellas voces en su mente) por la tranquilidad y paz mediante interminables rezos y meditaciones, ahora se concentraba en vagar sin destino fijo por los largos caminos alrededor de las edificaciones.

No pensaba en nada en específico. Disfrutaba del silencio, del aire fresco contra su cara y el modo en que el resto de los monjes respetaban su espacio. En cuanto había pisado ese lugar, hacía cerca de dos años, sabía que nadie allí le aceptaría, y esa incertidumbre que causaba en el resto de los presentes comenzaba a ser más visible. Solo el viejo Isamu conversaba más que unas pocas palabras con él, dándole su apoyo y sabiduría; sin embargo, creía Renkotsu, lo hacía únicamente para tenerle vigilado.

Cuando había llegado a aquel templo apartado de la mano de todo dios (o tal vez, queriendo estar lo más cerca posible, y lo más alejado permitido de cualquier civilización) le había acompañado una carta escrita por su maestro, el que lo había iniciado en ese mundo de sabiduría, conocimientos e infinitas meditaciones. Había sido el hombre que lo había sacado de una vida llena de miseria, rodeada de muerte y de una indiferencia que volvía a hacerse presente en aquel lugar. El viejo había escrito esa carta y se la había confiado a Renkotsu para que la llevara con él, con las esperanzas (bien puestas) de que Isamu le recibiría en ese templo y lo aceptaría como uno de los suyos. Porque allí, cualquier alma que quisiera encontrar la paz, sería bien recibido… o eso le habían dicho, pero la recibida no había sido ni muy efusiva ni llena de confianza. Quedaban en él los rastros de su pasado, y toda la transformación a causa de conocimientos parecía no hacer efecto en esos monjes egoístas y pedantes, que eran capaces de ver al niño lleno de rabia y piojos bajo la máscara que siempre traía puesta. Un hombre es lo que es en esencia, pensó Renkotsu, aunque sus palabras no le hacían el menor sentido.

Después de largos días, decidió visitar el pueblo que podía observar a lo lejos con la excusa de las provisiones. Normalmente otro grupo de monjes (que ayudaban a los aldeanos en aquello que necesitaban), bajaban camino a la aldea y volvían con comidas y objetos de todo tipo. No era que requerían mucho, y además tenían pequeños cultivos en los alrededores de la casa para alimentarse. Pero algunas cosas solo podían obtenerse en los pueblos, claro.

Su paseo por la aldea no le trajo nada nuevo, pero le llenó de extrañas sensaciones observar otros rostros, con otras expresiones que no fueran las de Isamu o los demás monjes. Sensaciones que creía haber perdido en algún tiempo o lugar ya alejados. Hacía largos años, luego de que todo lo que pasó pasara, que había decidido seguir el largo sendero de un monje, para alcanzar paz y sabiduría, y que fueran perdonados y absueltos sus pecados. No creía haber logrado mucho, pero se encontraba a gusto con una vida en donde no fuera un niño ignorante y hambriento, lleno de resentimiento hacia todo el mundo.

Sin embargo, el ver aquella actividad en la aldea y el ver emociones en el rostro de aquellas personas, le hacía creer que había elegido algo que, tal vez, no iba del todo consigo. Sin embargo, no tenía tiempo para ser alguien más, ni las oportunidades.

Lo único que sabía era que tenía todo otro año para resguardar los pensamientos y recuerdos que se abrían paso, para lidiar con las consecuencias de este O-Bon y para prepararse para el siguiente. Porque aquella era una rueda de fuego infernal de la que no se salía tan fácilmente.

Le dio la espalda a la gente de la aldea y regresó al templo con las provisiones y un silencio apacible junto al monje que le había acompañado.


—Solo aléjate de él, ¿de acuerdo? —La madre tironeó de la pequeña con fiereza, evitando mirar a Renkotsu. El tema de comprar comida comenzaba a ser todavía más difícil que antes. El hombre que lo atendía, lo hizo rápidamente, casi con indiferencia. Pero él podía darse cuenta cuánto odiaba estar hablando con Renkotsu. Era obvio. Y el odio en sus ojos, ese fulgor que veía todo el tiempo en los ojos de su madre y hermano.

Eran una mierda.

—Es el chico que mató a su hermana, ¿a que sí?

—Deberías preguntarle cómo lo hizo.

Renkotsu caminó de regreso a su casa con una bolsa cargada de unas pocas cosas, escuchando los comentarios de los aldeanos. Los niños eran crueles, pero seguían soltando esos comentarios dolorosos de una manera inocente, propia de ellos. Los adultos eran crueles también, pero con gusto. Le miraban de reojo y evitaban que sus hijos se le acercaran. Algunos, más borrachos, le gritaban y arrojaban cosas para que se alejara de una vez.

Otros le incitaban a terminar también con su madre y con su propia vida.

Para qué querían en esa aldea gente problemática como ellos. Ya tenían suficiente con sus propias familias.

Renkotsu apretó sus puños con más fuerza, caminando con más peso y más velocidad camino a su casa. No era mejor lo que le esperaba ahí, pero prefería ser maltratado por Hideo y su madre que por aquella gente sucia, con sus sucios secretos y aficiones que se creían superior a él.


Había gente extraña merodeando el pueblo a los pies (tan alejados) del templo. O eso había escuchado de los nuevos monjes que venían a recluirse en ese lugar. Algunos temían por su vida, pues era sabido que muchos buscaban la Perla de Shikon y muchos de esos muchos eran lo suficientemente estúpidos como para creer que ellos la guardarían allí, tan a simple vista. De modo que si esos extraños decidían acercarse hasta allí, no tendrían que hacer más que suplicar por su vida.

Algo que Renkotsu no estaba dispuesto a hacer. No era un guerrero, o no se consideraba así aunque sea. En su pasado, tuvo que pelear. No le habían dejado más opciones que responder a la violencia con más violencia (manchada de sangre), pero no era un guerrero. Era un monje. Se había decidido por ese camino cuando pasó todo aquello, y ahí debía estar. Pero, pensó nuevamente, ¿suplicar por su vida? ¿Esconderse dentro del templo? ¿Intentar razonar con simios? No lograría hacer nada de eso. Posiblemente antes se entregara a la locura amenazante que aquellos recuerdos traían consigo.

Isamu finalmente se acercó a él una tarde, viéndolo ensimismado mirando el horizonte. No creía que el resto de sus compañeros pensaran que estaba rezando, él mismo era incapaz de considerarse meditando en ese momento. Cavilaba sobre cómo salvarse el pellejo si violentos demonios o humanos avariciosos aparecían por el templo en busca de aquella maldita joya.

—No creo que corramos gran peligro —aseguró el viejo, parándose a su lado con las manos entrelazadas en la espalda—. Los rumores dicen que son simples humanos.

—Los simples humanos también son capaces de matar.

—Por supuesto —le sonrió vagamente—, pero se puede conversar con ellos, ¿no crees?

Renkotsu no lo creía. Si los humanos venían detrás de una perla que prometían millón y medio de cosas, y eran tan solo un poquito avaricioso, no, no creía poder negociar nada.

—He tenido muchos enemigos, ¿sabes? —murmuró el viejo, enfocándose en los árboles de copas frondosas—. He podido hablar con todos y cada uno. Sigo aquí.

"¿Y eso qué?", pensó Renkotsu. ¿Qué probaba? ¿Que tenía una gran habilidad para mentir? ¿Qué tenía mucha suerte? ¿Qué sus enemigos no eran tan malos ni le odiaban tanto como el viejo creía? Un enemigo de verdad le cortaría la garganta y se dejaría de bromas, más con un anciano monje como aquel.

—¿Qué habría de diferente con estos hombres?

Renkotsu creyó que la pregunta estaba haciéndosela a sí mismo, de modo que lo miró de reojo pero no respondió. De todos modos, estaba seguro de que no le gustaría la respuesta que él tendría para darle, así que mejor mantener la boca cerrada.

Tal vez podría bajar al pueblo otra vez para tantear el terreno, ver si aquellos hombres (quienes fueran) planeaban un atraco de algún tipo. O tal vez debía simplemente largarse de allí antes de que algo malo aconteciera. No quería ser testigo de más cosas malas. Realmente no.


Estuvo a punto de devolver el último golpe que su madre le había dado. Había estado a nada de lograrlo, de levantar su pesada mano de adolescente inquieto y golpear en su madre en la quijada, deseando con todas sus fuerzas que se rompiera en dos o tres puntos y que nunca, jamás, le fuera posible comer de nuevo. Que tuviera que beber todo con pajita por el resto de su vida. Que ni siquiera pudiera dar más mamadas sin acordarse de su puño en el aire y su cara magullada.

Pero no pudo. A veces era demasiado cobarde. Su madre le dejó tirado en el suelo y siguió berreando un montón de cosas, de las cuales no escuchó ni la mitad. Tardó más de lo deseado en finalmente levantarse. Para entonces, ella ya se había marchado. Tal vez estaría con alguien más, intentando conseguir alguna moneda con la cual poder pagar su vicio.

Hideo se acercó y se dejó caer sin cuidado contra el borde de la puerta, mirándole con desdén desde allí. Le atacó nuevamente, como era su ritual desde hacía unas semanas. Indiferencia total, ataque sutil, ataque directo, tal vez algún golpe, siempre golpes bajos, y luego la rueda volvía a rodar, como se suponía que debía hacer.

—¿Qué has hecho ahora?

Renkotsu se frotó la boca, le dolía. Luego escupió la sangre que se había acumulado y miró a su hermano mayor con cierta ira en aquellos ojos oscuros y rasgados.

—Nada. Le gusta golpearme, por si no lo has notado.

—No. Tú siempre haces algo.

—No. No he hecho nada.

—Oh. Yo sé que sí.

La voz de Hideo fue una sentencia. Luego se giró y le dejó solo en esa habitación silenciosa, con un poco de saliva y sangre en el piso a un costado, nuevos magullones y el labio partido. Y ese fuerte sentimiento creciendo en su pecho, a medida que su ceño se unía con fiereza.

Eran una mierda.


Le había tomado por sorpresa, de eso no cabía duda. Porque uno (siendo un monje, sobre todo) no esperaba esa clase de propuestas. Esa clase de compañerismo de personas tan, tan diferentes a él.

De acuerdo, tal vez se esperaba alguna clase de acercamiento. Pero no de ese estilo. Definitivamente, no de ese estilo.

Le había observado al estar en la aldea. Por supuesto, había ido solo unas pocas horas, solo para ver cómo se desarrollaban las cosas allí. Los aldeanos estaban visiblemente más inquietos, y su trato ya no era tan cordial con los monjes. Eran esquivos y se escondían en sus casas, mientras los hombres extraños caminaban tranquilos por las calles y compraban toda clase de cosas (ropas extravagantes, armas de toda clase, comida y mujeres a montones; todo lujo y vulgaridad, lujuria y otros pecados).

No eran muchos, los hombres extraños. Tan solo unos cuatro. No les prestó demasiada atención, pero vio sus siluetas caminar a su lado, y su modo de hablar (casi de gritar), con risas y mucho ruido. No le pasó desapercibido que llevaban armas grandes y extrañas, visiblemente amenazadoras. No le gustaría meterse con tipos así, sin duda. Porque parecían peligrosos, y algo le decía que en realidad lo eran.

—¿Eres un monje o qué? —le gritó uno tan solo una hora antes de volver al templo. Renkotsu alzó la vista para enfocarla en un hombre desaliñado, ligeramente afeminado. Alzó las cejas, intentando parecer confundido, y luego negó con la cabeza. Esperaba que mentir siguiera siendo algo fácil de hacer—. ¿Y qué con tu calvicie, tío?

El hombre siguió riendo con ademanes exagerados y otro se le unió en las risas. Aquel hombre era más bajo y más gordo, y estaba casi completamente cubierto por blancas prendas.

—Ya, ustedes, cállense de una vez —gruñó un tercero. A Renkotsu no le cupo ninguna duda de que ese era el líder. Su sola presencia lo dejaba en evidencia, aún a pesar de ser más bajo que el afeminado. Era, de alguna forma, más elegante e imponente. Llevaba consigo una gran arma que parecía simplemente imposible de cargar. Su cabello negro era largo y estaba atado con premura en una gruesa trenza, que colgaba tranquila sobre su espalda. Renkotsu notó que sus ojos azules le observaban con curiosidad desde su posición. Se dio cuenta que no era el único que tenía su atención puesta en él, también el cuarto integrante de ese grupo lo miraba fijamente, un tipo enorme y pelirrojo con una cuchilla como brazo.

¿Quiénes eran esos tipos? Parecían salidos del mismo centro de la tierra.

—¿No eres un monje? —habló de nuevo el líder, sonriéndole con arrogancia. Renkotsu aseguró que no lo era, que había una peste de donde venía que le obligó a deshacerse de su cabello. El hombre pareció meditar durante un momento su respuesta, mientras sus compañeros se impacientaban a su alrededor—. ¿Y conoces a alguno? ¿A algún monje?

—Conozco de vista a un par —respondió él con simpleza. Mentir se le daba bien, sin duda. Ni siquiera estaba sudando.

—¿Conoces a un viejo llamado Isamu?

La pregunta le hizo sobresaltarse durante un momento. ¿Isamu? Esos hombres no podían querer nada bueno con el viejo: su apariencia (aquel brazo-cuchilla pareció relucir bajo la luz del sol) lo dejaba bien en claro.

—Sé que es el monje del templo —se resolvió por responder. Eso era de conocimiento público, así que no estaba poniendo a nadie en riesgo. El líder de aquel cuarteto asintió, con cansancio.

—Seh, ya nos lo han dicho —aseguró, mirando al sur. A lo lejos podía observarse el templo, allí en lo alto—. Arg, no quería subir hasta allá. ¿El viejo suele venir al pueblo?

—No ha abandonado ese lugar en años, según sé.

No tenía idea de por qué las palabras salían tan fácilmente de su boca, pero así sucedía. Y no le molestaba. Era fácil hablar con aquel hombre moreno, era simpático y emanaba poder por cada uno de sus poros. En una época, a Renkotsu le hubiera gustado ser así. Simplemente poderoso y libre de caminar a sus anchas por donde sea.

—Como sea —gruñó el hombre, encogiéndose de hombros—. Tendremos que subir. Espero que esos monjes no nos hagan el trabajo difícil.

A pesar de sus palabras, sonreía. Y eso desató nuevas risas por parte de su compañero afeminado. El gordo podría estar riendo, pero Renkotsu no estaba seguro, ya que su rostro estaba casi completamente oculto. Sin mediar otra palabra, comenzaron a caminar de vuelta, alejándose a grandes zancadas de él.

—Oye —llamó el líder, dándose vuelta para observarle. Renkotsu le miró con curiosidad, esperando (incapaz de darse cuenta de lo ansioso que se encontraba) el resto de la frase—. ¿Cómo te llamas, eh?

—Renkotsu —soltó. No fue capaz de mentir. Se dio cuenta de repente que era muy, mucho más difícil de lo que creía soltar un nombre diferente al suyo propio. Podría haber dicho Hideo, o incluso el asqueroso nombre de su padre. Pero no pudo.

—Ahá, bien. Renkotsu. Nos vemos por ahí.


Nunca creyó que sería de esa forma, que eso se sentiría. ¿Quién podría creerlo? Pero así era, lo saboreaba mientras sus ojos destellaban de un rojo desconocido. Estaba irreconocible, y podía darse cuenta de ello, sabía que así era. Pero, ¿qué podía hacer? Estaba ahí, en ese momento. En ese preciso momento era el rey del mundo, era simplemente imparable. Era el cazador de zorros, era el que decidía por los demás.

El cuchillo brilló en sus manos, un brillo cruel que se reflejó en sus ojos rasgados.


A pesar de que Renkotsu creía que mucho más pronto que tarde aquellos hombres se pasearían por el templo, no se movió de allí. Resolvió que los dejaría hacer aquello que (supuso) era su misión. No se entrometería. Si tenían cuentas que arreglar con el viejo, no era asunto suyo. Pero tampoco pudo acercarse a Isamu y contarle de su encuentro. Al volver de la aldea, no hizo más que mencionar la presencia de hombres extraños (eran mercenarios, sin duda alguna), asegurarle de que eran cuatro y que se veían peligrosos. No hizo más. No le contó que le hablaron. No le contó que preguntaron por él. No le contó que incluso dio su nombre, el verdadero, ningún otro.

No le contó que se había comportado tan extrañamente. Pero bueno. Tampoco vio, en su momento, porqué debía hacerlo.

Y los días transcurrieron, pero ningún mercenario apareció en ese alejado templo para pedir la cabeza (¿u oro, o algo así tal vez?) de Isamu. El rumor de la partida de los extraños hombres llegaron a sus oídos, pero los mercenarios no llegaron al templo. De modo que los vientos volvieron a tranquilizarse en el recinto. Todos los monjes (a excepción de Renkotsu) estaban mucho más serenos con la desaparición de los hombres. El viejo Isamu, sobre todo, parecía haber rejuvenecido algunos años. Se atrevió a comentarle brevemente que era perseguido por un terrateniente que le tenía en baja estima, y que no le extrañaría que un hombre como aquel pagara los servicios indeseados de algunas personas que estaban lejos de la gracia de los dioses.

A Renkotsu le dio igual todo eso. Pero le extrañó

(le impacientó
le ofuscó
ni siquiera sabía porqué estaba tan molesto por ello)

la ausencia de esos hombres. Parecían realmente interesados en llegar al templo y que no se lo pongan difícil los monjes (cosa que él no planeaba hacer, no moriría por nadie y mucho menos por un hombre tan entrometido como Isamu), de modo que no verlos allí, que pareciera que se los había tragado la tierra así como los habían escupido, le incomodaba.

Toda esa incomodidad se vio levemente recompensada cuando, en uno de esos paseos en solitario, adentrándose un poco en el bosque (tocando las cortezas que le raspaban las manos, buscando inconscientemente una trampa de algún cazador), se encontró con el hombre de la gruesa trenza.

—Eh, Renkotsu —le sonrió—. Creí verte por aquí.

Renkotsu se paralizó en primera instancia. Ahora no solo llevaba la cabeza rapada como el resto de los monjes, sino también las ropas habituales e incluso el interminable rosario alrededor de sus manos, sin contar que estaba en los alrededores del templo. No había forma de escapar de la idea de un monje, no había forma de recuperarse de la mentira dicha. Incluso era posible que no hubiera forma de salir de entre los árboles con vida. ¿Cómo sus pasos lo habían guiado cuidadosamente hasta aquellos hombres?

El hombre de la trenza pareció percibir estos pensamientos, porque soltó una risa despreocupada y divertida, mientras se acomodaba sin cuidado la gran arma sobre su hombro. Renkotsu tuvo tiempo de percatarse de la presencia del resto de la cuadrilla. El afeminado reposaba su cuerpo contra un árbol; el enano estaba sentado sobre su trasero más allá. El pelirrojo lo observaba mientras afilaba su cuchilla (¿brazo?). Estaba en peligro.

—Tranquilo, amigo. Sospechábamos que eras un monje —aseguró el líder. Renkotsu permaneció en silencio. ¿Qué podía decir en su defensa? ¿O qué podía hacer en lo absoluto para salir de esa situación?

—Se ve muy tenso este tío —aseguró el hombre desgarbado, sonriendo en su dirección—. No eres mi tipo, pero puedo ponerte más tranquilo si lo deseas.

—Cálmate, Jakotsu, no tenemos tiempo para estas cosas —siguió hablando el de la trenza—. Mira, Renkotsu, tenemos una situación aquí y queremos acabar con esto cuanto antes.

No se atrevió a decir nada. No había nada que pudiera decir. Sí tenían una situación allí (una peligrosa), y él no podía hacer gran cosa.

Entonces el líder sacó una pequeña daga de entre sus ropas y se la extendió con un rápido movimiento, mirándole con una sonrisa.

—Mata a Isamu y ven con nosotros luego, ¿eh, Renkotsu?


El cuchillo brilló en sus manos, cruel. Podría terminar aquello rápidamente. Podría cortarse las venas o clavárselo en el cuello (no tenía idea de cuánto podría tardar aquello, pero funcionaría eventualmente). O mejor aún, pensó él, sonriendo, podría cortarle las venas o clavárselo en el cuello, y ver la sangre manchar el suelo hasta que la luz de aquellos asquerosos ojos se apagara para siempre.

Entonces estaría feliz de nuevo, se sentiría completo de nuevo, y no recibiría más críticas. Nunca más una crítica, nunca más un golpe. Seguiría siendo el cazador de zorros.

Tal vez simplemente debería hacerlo. Podría terminar con aquello tan rápidamente. Ya estaba a mitad de camino.


Era tan extraño aquello. Sostener de nuevo un cuchillo (esta era un daga, es una daga, una daga) en su mano. La ocultó entre sus ropas y dio pasos atrás, y luego finalmente pudo darse la vuelta y volver a paso rápido a la seguridad del templo, mientras las risas de aquellos mercenarios repiqueteaban en su cabeza.

¿Era una amenaza? ¿Era una verdadera invitación? ¿Era una burla? Lo que fuera, tenía que ser mentira. Ellos no podían saber, no había forma. Había pasado tiempo. Se había redimido (¡o lo había intentando!). No podía ser que su pasado lo encontrara.

Tú lo has hecho.

Mata a Isamu y ven con nosotros.

Sé que tú lo hiciste.

Lo sé.

Yo lo sé.

—No.

La palabra salió de su boca aunque no lo hubiera deseado de esa forma. Era solo un pensamiento, pero algunos pensamientos se creaban con tanta fuerza que lograban escapar por su boca. Los monjes alrededor le observaron con precaución. Renkotsu intentó imaginarse su estado. Con el corazón desbocado, con perlas de sudor en su rostro, sentía su ropa pegada a la piel. Estaría desaliñado. Sus ojos estarían saliéndose de las cuencas del puto miedo, de la puta adrenalina.

Intentó recomponerse. Rápido. Así debía ser.

Estuvo el resto del día encerrado en su habitación. No permitió ni siquiera que el propio Isamu abriera la puerta e intentara reconfortarlo.

Tengo que matarte, viejo idiota.

—No.

No, no, se repetía. Sin embargo, al caer la noche y volverse presente todo un torrente de cosas que había intentado ignorar en los últimos días, sacó la daga de entre sus ropas y la observó quedo en sus manos. Brillaba. Su luz era malévola. O la luz de la luna lo era. Y recordaba las palabras de ese hombre de la trenza y las risas de sus compañeros. Las risas eran estridentes. A él le gustaría reír un poco más y estar un poco menos atormentado.

Matar a Isamu. Esa era una locura.

Sin embargo… ellos sabían.

—Saben —murmuró. Sabían quién era. Conocían el nombre de Renkotsu. Puede que incluso hubieran vivido un tiempo en su pueblo. Y el maldito loco mató a toda su puta familia. Cabrón, eso era. Un cabrón de mierda.

Se ha ido, ha desaparecido.

Pero yo sé que lo hiciste.

Lo sabían. De alguna forma, sabían lo que había pasado luego. Lo que ellos habían logrado que ocurriera. No era su culpa, claro que no. No era su culpa que su hermano lo hubiera empujado al límite con cada una de sus palabras y su indiferencia, y ese asco en su mirada. No era su culpa que su madre lo haya llevado al límite a los malditos golpes, a insultos de todo tipo. No era su culpa que el resto del jodido pueblo en el que había vivido hubiera conseguido que llegara a ese punto.

No era su culpa, pero ahí estaba.

—No.

No podía volver allí. No podía volver allí, de nuevo. Y no podría escuchar las voces de Isamu en cada O-Bon, no podría soportarlo. Su cabeza apenas soportaba las voces de su familia.

Mata a Isamu y ven con nosotros luego.

¿Importaba demasiado cómo se habían enterado de su historia? Porque no parecía demasiado importante en ese momento. Es decir, estaban ocultándose entre los árboles y esperarían a que ocurriera algo (o a que no ocurriera y entonces masacrarían a todos allí), y de todos modos sabían su historia. Y no cambiaba nada, solo que le invitaban luego.

Estaba muy confundido. Su hilo de pensamiento estaba muy desordenado, no estaba seguro de qué pensar. O si pensaba. No estaba seguro de nada. La noche se tragaba todo y los recuerdos le golpeaban con fuerza, y otra vez quería ser el cazador de zorros, pero era muy difícil volver allí. Había estado allí y había estado bien y, como una maldita droga, luego todo estuvo mal. Y podría estar bien de nuevo, pero no creía poder soportar estar mal. No se le daban bien esas malditas cosas. Por eso se había metido allí en primer lugar. Porque era un jodido cobarde.

Mata a Isamu y ven con nosotros luego.

ven con nosotros luego.

—Sí —murmuró. ¿Qué podía salir mal con eso? Estaba cansado de ser el cobarde. Y estaba cansado de cargar con el O-Bon. Con tantos de ellos. Y con esos pensamientos y el caos en su mente. Estarían allí. Y luego vería que mierda hacía.

ven con nosotros luego

Luego vería.

Levantó la daga en el aire, mirando al viejo dormir. Sería fácil. Solamente debía clavársele en el cuello arrugado. No era la primera vez que le clavaría algo a alguien en el cuello, a ver. Tampoco podía ser tan difícil. De esa misma forma había matado a su hermano.

¿Cómo había sido? Estaba cortando el pollo. Ni a pollo llegaba. Era un maldito pájaro. Y ahí estaba él, jodiéndole la paciencia. Se le había parado al lado y no dejaba de hablar, el muy cabrón. Y le había dicho

Tú lo has hecho.

Estoy harto de que sigas este juego. Aunque sea ACEPTALO.

No seas tan hijo de puta de no aceptarlo.

ACEPTALO.

Ni se acordaba de todo lo que le había dicho. Pero le gustaba hostigarle. Le gustaba mucho. Le gustaba tanto como le gustaba a su madre coger con todos. Follar, follar todo el maldito rato. Hideo estaba tan seguro de que él había matado a Atsuko que a veces dejaba de estar en sus cosas solo para molestarle a él. Y decirle cosas, toda clase de cosas, pero sobre todo

Lo sé.

Todo el mundo parecía saber y eso también le encabronaba.

Así que había levantado el cuchillo con el que cortaba el ala débil de aquel pájaro y lo había clavado con fuerza en el cuello de su hermano. Y Hideo había gimoteado mientras la sangre saltaba hacia su rostro (¡mierda, cuánta sangre era!), y su "Lo sé" había quedado a la mitad, se habían agotado todas sus energías.

Y la sangre seguía saliendo incluso cuando su hermano estuvo tendido en el piso sin más fuerzas, sin más vida.

El cuchillo había brillado tanto como esa daga. Se preguntó vagamente si el viejo también gimotearía algo o si moriría entre sueños.

Mata a Isamu y ven con nosotros luego.

Sonaba a un mejor plan que ser un jodido monje.


NOTA

&'Tarde' es el capítulo que corresponde a la etapa 2 de 'El terror que habita mi piel', actividad temática del foro ¡Siéntate! por el mes del terror. Anímense a participar ;) Y apúrense que ya estamos terminando ahjkshads
#Cantidad de palabras: 5792.

Acá estoy siguiendo este fic. No llegué a publicar este capítulo dentro del plazo de la etapa 2, pero no quería perder oportunidad de publicarlo de todos modos. Ahora ya estoy trabajando sobre la última parte, la etapa 3. Y espero traerlo sin falta para el 31, así terminamos octubre como se debe (que era la idea de este fic, crucen los dedos y latigueenme para que lo logre).

Aquí traté un poquitín más con el pasado de Renkotsu (duh), un poco de su niñez luego de la muerte de su hermana, un poco de señas a su decisión de convertirse en monje (considerando que era el guerrero que sabía leer y además era pelado -XDDD- pensé que era buena idea que en algún momento haya sido monje) y cómo evolucionaban sus cosas luego del O-Bon. Y, finalmente, una mención a los Siete Guerreros (a los cuatro, pues, que nos faltan algunos y Renkotsu parece pronto a unírseles). ¿Qué opinan del capítulo? ¿Han notado cómo se han producido ciertos cambios en el humor/mente de Renkotsu? No olviden dejar su opinión, es muy-muy útil para mi.

¡Gracias por leer! :)

Mor.