¡Vamos a la playa! - leí el mensaje que Alfred me había enviado el jueves por la tarde.

Llegamos en la mañana el bus nos dejó lejos de la playa que Alfred quería ir y tuvimos que esperar una hora para coger el otro. Me pareció que estaba distinto no había pronunciado una palabra en todo el viaje, algo raro en él. Tenía la mirada clavada en la ventana, sus ojos eran tristes. Me dolió verlo así.

Intenté muchas veces preguntarle que le pasaba. Pero nunca me atreví. Al llegar no encontramos mucha gente las olas se escuchaba rugir y tintinaban por los rayos del sol. Era hermoso. Desde que mama había muerto no había vuelto al mar. El olor a agua salda me hacía acordar a ella y las miles de veces que veníamos con Carlos y nos sentábamos en la arena a disfrutar del paisaje.

- Arthur, estaré en una de las sillas ¿vienes?

Parpadee varias veces y asentí.

- Estas extraño ¿ocurre algo?

- ¿Sobre qué?

- No sé. Sabes que me puedes contar cualquier cosa, ¿no?

Lanzó un gran suspiro y alzo las gafas de sol en su cabeza.

- Sí - enterró su pie en la arena.- Mis viejos me tienen harto.

Espere que continuará.

- A Mathew… casi lo meten a la cárcel porque lo encontraron manejando borracho y sin licencia. Mis padres me echaron la culpa a mí por dejarle ir a la fiesta ¡Siempre me culpan cada cosa! Es como si no tuvieran nada que hacer que meterme en problemas de otros.

Volví a asentir.

- A veces quisiera poder ser un adolescente normal y disfrutar un poco ¿sabes? Siento que estoy encerrado en una jaula. Ya... ya no puedo más.- Ese maldito de Matt me las pagará- murmuro para sí mismo.

Contempló su pie como levantaba la arena asemejando ser una pala.

- En fin solo necesitaba un respiro, un pequeño escape.

Quise decir algo pero no sabía qué. Él era bueno con las palabras yo no. Yo no era bueno en nada.

- ¿Te he dejado sorprendido?

Sonreí.

- ¿Por qué debería estar sorprendido? Es normal que estés así. Puedes tomarte los descansos que desees.

Me sonrió con ternura parecía la sonrisa de un padre orgulloso.

- Vaya, vaya. El chico depresivo puede también dar bueno consejos.

Reí entre dientes.

Pero vaya que me sorprendió que Mathew se haya metido en problemas.

Volvió a resoplar.

A mí también. Espero que no esté teniendo su etapa de rebeldía tarde porque no tendré paciencia para eso.

Después de unos minutos de silencio se dio unas palmadas en las mejillas y se levantó de golpe como si le hubiesen pinchado con alguna aguja las nalgas.

¡Fuera tristeza! es hora de ir al mar- lo señaló como si fuera su oponente. Se sacó la camisa y el pantalón y un calor extraño recorrió mi cuello hasta llegar a mis mejillas.

Corrió hasta la playa como un niño que recién conoce el mar con esa emoción inocente casi perdida.

- ¡Espérame ! - grité y corrí hacia él, me espero con los brazos abiertos y colocó un brazo en mi hombro.

- ¿Una carrera como los viejos tiempos?- me guiñó el ojo.

- No creo que pueda... el mar aún está muy lejos

- ¡Listos, ya!- comenzó a correr y yo traté de alcanzarlo con mis pulmones perforados y mi cuerpo que no sé cómo no se hacía añicos con cada pisada que daba.

Me sentí libre mientras el olor a sal llegaba hasta mis pulmones y a mi corazón, los flashbacks se repetían en mi mente una y otra vez como película rallada. Pero, no sentí el vacío de siempre, no sentí esas insoportables ganas de llorar y cuando miré al cielo en busca de ella le sonreí con un gracias en los labios.

Quizás poco a poco estoy alcanzando la felicidad pensé mientras contemplaba a Alfred mirando las gaviotas volar.