Nuevamente, no soy propietaria ni creadora de Avatar The Last Airbender (En español, Avatar: La Leyenda de Aang), estos títulos les corresponden respectivamente a Nicklodeon y Michael Dante DiMartino/Bryan Konietzo.

25/10/2014


Gracias a lupita leal, Plistintake 0.o y .16 por sus reviews/comentarios y por su apoyo. En cuanto a las otras personas que han comentado como guests espero que se decidan a crear una cuenta para poder responder sus dudas y comentarios de forma más personalizada.

Para todos los demás que decidan leer el siguiente capítulo, espero sus opiniones sobre el mismo o sobre los anteriores si no lo han hecho. Gracias.


Sokka había perdido la noción del tiempo mientras Appa ascendía lentamente, el cansancio evidente en sus lentos movimientos al volar. Sus ojos escudriñaban ansiosamente el horizonte buscando un sitio donde pasar la noche aunque sus párpados amenazaban con cerrarse para dormir, la falta de sueño era abrumadora.

Pero, un solo vistazo detrás de sí sirvió para que se despertaran todos sus sentidos. Su hermana yacía aun inconsciente luego de golpearse la cabeza contra el arnés, y aunque ambos tenían múltiples quemaduras, lo único que impulsaba a Sokka a continuar en esos momentos era que su hermana estaba herida.

Appa emitió un gran gruñido, que sonaba a algo así como «Tengo hambre, estoy cansado».

—Ya sé, ya sé Appa— Le dijo Sokka al bisonte. —Yo también estoy cansado y hambriento. Además y Aang se encuentra prisionero, Katara y yo estamos malheridos...—. No había terminado la frase cuando en el horizonte apareció un islote.

Sokka guió con experticia al bisonte hasta que este aterrizó en un pequeño claro de un tupido bosque cerca a un río. Una vez hecho esto no perdió tiempo en bajar con cuidado a su hermana y preparar el campamento con destreza. Guió a Appa y Momo a una zona boscosa para que buscasen comida y rápidamente volvió al lado de Katara, quien aun no había despertado, algo que le preocupaba inmensamente.

—Katara, hermana despierta. Por favor, permite que pueda cumplir con la promesa que hice a nuestro padre de protegerte. No te mueras Katara...—. Murmuró mientras la desvestía para curar sus heridas y quemaduras. Puede que Katara fuera la que supiera agua control, pero él sabía lo básico para mantenerles con vida hasta que lograran conseguir ayuda. Al menos su hermana respiraba normalmente y eso era una buena señal.

Katara permanecía inmóvil mientras su hermano le curaba, excepto por un pequeño momento en el que abrió los ojos y musitó —Aang…— para luego volver a la inconsciencia.

Cuando terminó de atender a su hermana, Sokka se ocupó de sus propias heridas. Algunas de ellas tenían mal aspecto, pero ninguna era grave. Acto seguido preparó un poco de sopa con las provisiones que les había facilitado en el templo del Aire del Norte, comió algo y luego alimentó a su hermana cuidando su postura para que no se ahogase.

Pensó en Aang, quien se había entregado a los soldados enemigos para darles tiempo de escapar. Era la segunda vez que lo hacía. Maldijo interiormente el momento en el que Aang se había convertido en su amigo y su hermano, porque en ese momento él y Katara se habían convertido en una de las mayores debilidades del Avatar frente al enemigo. Y esto podría provocar la muerte de Aang.

Tras rumiar toda la situación una y otra vez, a Sokka no le quedó otro remedio que admitir que esta vez realmente podían perder a Aang y con él al Avatar, la única esperanza frente a la Nación del Fuego. Perder a Aang significaría perder a su familia una vez más, otra tristeza más para añadir a su listado personal, igualmente Katara estaría desolada.

Podía ser que el fuese muy cabezota en muchas ocasiones como para notar algunas cosas muy obvias, pero tampoco era tan ciego como para no notar la creciente atracción que había entre su hermana y Aang, aunque ni ellos mismos aun lo reconocieran.

Por último, luego de ver la formidable escuadra de ataque de la nación del Fuego, compuesta por unos cincuenta navíos de guerra completamente equipados, no estaba muy seguro de que la Tribu del Norte no se convirtiera en un pueblo extinto como había pasado cien años atrás con los Nómadas del Aire.

—Debemos llegar a la Tribu del Agua del Norte antes que la escuadra naval de la Nación del Fuego. Puede que esta sea la última esperanza para salvar a Aang y evitar un genocidio—. Dijo para sí en voz alta.

Con ese pensamiento en su mente se acurrucó al lado de Katara en una bolsa de dormir para mantenerla caliente. Hoy no habría ninguna hoguera que pudiese alertar a sus perseguidores.

—Buenas noches hermanita, mañana seguiremos el viaje. Ya verás que todo mejorará.

Con la última frase Sokka se quedó dormido, aunque su descanso fue interrumpido constantemente por un sueño ligero y plagado de pesadillas en las que la Nación del Fuego arrasaba no sólo con la Tribu Agua del Norte sino también con los restos de la Tribu Agua del Sur, incluyéndolos a él, su padre y su hermana.