Nuevamente, no soy propietaria ni creadora de Avatar The Last Airbender (En español, Avatar: La Leyenda de Aang), estos títulos les corresponden respectivamente a Nicklodeon y Michael Dante DiMartino/Bryan Konietzo.

**AVISO***: Este capítulo es MUY FUERTE, Le recuerdo estimado lector lo que ya está escrito en la Introducción y en los avisos de esta historia y que si ud. es una persona sensible o es un menor de edad no le recomiendo que lo siga leyendo. Está avisado. Gracias.

10/11/2014


—Aannnngggg… Aannnngggg...

La voz de Katara se desvanecía en la lejanía al mismo tiempo que Aang despertaba en su celda en medio de la oscuridad. — ¿Cuánto tiempo llevo aquí?—, se preguntó en su mente.

Calculaba al menos unos diez o catorce días ya que su cabello había crecido para desgracia de Aang y gozo de Zhao, que ahora lo utilizaba como instrumento de sujeción durante las violaciones. Al intentar moverse, el dolor intenso en sus hombros le recordó que seguía encadenado por sus muñecas a la espalda y el dolor de sus heridas aun abiertas, por el roce contra el piso de metal, le recordó que estaba desnudo completamente.

Por enésima vez se preguntó qué sería de Katara y Sokka. Ya sabía que no les habían capturado…aunque el precio que había tenido que pagar por saberlo había sido muy alto, pensó con tristeza. El recuerdo grabado a fuego en su mente.

...

Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Aang, libres por fin para caer desde sus ojos luego de salir Zhao de la celda. La rutina que se había impuesto con las «visitas» de Zhao, le permitía saber con bastante seguridad que tendría al menos unos buenos minutos de privacidad antes que los guardias entraran a la celda para liberarle de los pilares, darle agua y con un poco de suerte algo de comer. Luego le dejarían descansar en el suelo con las muñecas atadas o le llevarían al servicio si Aang lo pedía.

Justo cuando pensó que tenía algún tiempo para sí en medio de la pesadilla en la que se había convertido su vida, el chirrido de la puerta de la celda abriéndose lo sacó de su ensimismamiento forzándole a parpadear furiosamente para secar las lágrimas. El sentimiento de terror que invadió su cuerpo con solo imaginar el regreso de Zhao era demasiado para Aang, pero aun así levantó la vista para investigar lo que pasaba.

Uno de los guardias entró silenciosamente. Aang no pudo evitar notar que el guardia entró solo, sin la compañía de sus compañeros. Algo decididamente extraño y en contra de la rutina establecida hasta ese momento. Además, no llevaba su máscara dejando ver el rostro asustado de un chico de unos dieciséis o diecisiete años.

El guardia se acercó cautelosamente hasta quedar frente a Aang, sus ojos llenos de congoja y compasión ante el terrible estado del chico ante él.

—Avatar Aang…he venido a ayudarle —, susurró el guardia.

El sonido de su voz temblorosa sobresaltó a Aang. Quería creer con todas sus fuerzas que realmente estaba ante un amigo, pero también podía ser un espía, por lo que Aang decidió permanecer callado, en espera de su siguiente movimiento.

—Por cierto mi nombre es Chen. Soy novato como podrá darse cuenta, pero mi control del fuego es muy bueno, por eso estoy en esta unidad de élite.

El guardia hizo entonces algo que dejó a Aang estupefacto. Sacó de entre sus ropas una llave con la que le liberó de sus cadenas, sosteniéndole en su hombro para evitar que cayera desplomado al suelo por la gran debilidad que le impedía moverse y acomodándole lo mejor posible contra una de las paredes de la celda. Luego sacó de entre sus ropas un paquete del que sacó un melón cortado en piezas y que ofreció al prisionero con una sonrisa tímida en sus labios.

—Sé que esto le gustará señor. Tengo un hermano de su edad y a él también le gusta el melón.

En el momento en que Aang aceptó la fruta de las manos del guardia, nuevamente las lágrimas aparecieron en sus ojos sin que él pudiese hacer nada por detenerlas. Pero lo más sorprendente fue que al levantar la vista, mientras comía en silencio el último bocado de la única comida decente que había tenido en quien sabe cuántos días, el guardia también lloraba silenciosamente.

—Avatar Aang, ya sé que ayer el Almirante Zhao le dijo que sus amigos y su bisonte habían muerto, víctimas de las tropas enviadas para perseguirles.

El corazón de Aang se encogió al escuchar las palabras del joven, que le atravesaron el alma como una puñalada. Ya las había escuchado el día anterior de los labios de Zhao, quebrando cualquier esperanza que hubiese albergado hasta ese momento.

—Pero Avatar… —, continuó el joven con voz suave aunque temblorosa. —El Almirante le ha mentido. Nada de lo que le dijo es cierto. He tenido oportunidad de leer los informes porque soy el encargado de ordenar los papeles de su oficina y hasta el momento, en todos ellos se menciona que sus amigos escaparon en su bisonte con rumbo al Polo Norte, ambos sin heridas de gravedad.

Al escuchar las palabras de Chen, un gran peso dejó el pecho de Aang y las lágrimas que ya corrían por sus mejillas pronto acompañaron a los sollozos de alivio y alegría que hacían temblar todo su cuerpo. Chen escogió ese momento para intentar con suavidad abrazarle y calmarle un poco, ya que estaba consciente de las torturas sufridas por el Avatar a manos de Zhao.

Desgraciadamente la intensidad del momento les impidió notar el ruido de la puerta abriéndose, dándole paso a Zhao quien ubicado silenciosamente detrás de Chen, presenciaba la escena con aire divertido.

Aang, cuyo llanto había ido disminuyendo poco a poco, por fin se dio cuenta de los brazos de Chen alrededor de él. Le parecía que había pasado una eternidad desde que el contacto humano había pasado de ser algo reconfortante a algo tan doloroso y humillante. No se había dado cuenta de en qué momento el guardia le había abrazado y también le hizo caer en cuenta de cuánto extrañaba abrazar y que le abrazaran con cariño.

De pronto el cuerpo de Zhen fue bruscamente arrastrado con fuerza hacia atrás sin que Aang pudiese hacer nada, una expresión de pánico en su rostro cuando la voz de Zhao se escuchó en toda la estancia.

— ¿Vaya que tenemos aquí?... ¡Un traidor!—, continuó Zhao levantando a Chen desde el piso e inmovilizándole contra sí con una poderosa llave de combate.

Aang miraba aterrorizado como Chen pugnaba desesperadamente por liberarse de Zhao, pero físicamente era imposible, la llave le impedía mover el torso y los brazos evitando cualquier intento de escape.

—Avatar, te dije que cualquier intento de rebelión tendría consecuencias. Este traidor morirá aquí y ahora…. Y será ¡TU CULPA!— vociferó Zhao mientras su mano libre comenzaba a moverse lentamente envuelta en llamas hacia el rostro del joven, ante la mirada de terror absoluto de Chen y Aang.

Aang que hasta ese momento yacía inmóvil en el suelo donde Chen le había dejado, recobró momentáneamente su voz con un grito dirigido a su torturador.

—¡NO LE HAGAS DAÑO ZHAO, HARÉ LO QUE ME DIGAS!

Zhao detuvo el ataque, miró a Aang con un brillo malévolo en sus ojos y llamó a los guardias. Una vez entraron, les entregó a Chen y les comenzó a dar órdenes.

— ¡Guardias!...Quiero que miren muy bien a esta sabandija compañero de ustedes. Es un traidor y por lo tanto sufrirá su castigo. Nadie traiciona al Almirante Zhao y vive para contarlo…—. Zhao dejó caer una mano a su lado y un látigo de fuego se formó instantáneamente ante el nerviosismo de los guardias restantes. —Despójenle de su armadura y sus armas ahora. Lo quiero encadenado a la pared.

—Además el Avatar también deberá ser asegurado a los pilares. Es una orden—. Dijo luego de un momento.

Los guardias se apresuraron a seguir las órdenes de Zhao, casi chocando entre sí por la rapidez con lo que lo intentaban.

Una vez cumplidas sus órdenes, Zhao les volvió a gritar.

—Salid todos de aquí. Esto es un asunto privado entre el Avatar, el traidor y yo—. Los guardias salieron de la celda con celeridad, sin atreverse a mirar a su compañero caído en desgracia.

Una vez solos Zhao se dirigió a Chen, cuyo rostro se veía aterrorizado, ignorando completamente a Aang.

—Dime traidor. ¿Qué hacías con el Avatar, desobedeciendo mis órdenes?... ¡RESPONDE!

Chen, que no había parado de temblar como una hoja desde que Zhao lo había descubierto, respondió con un hilo de voz. —Na-…Nada se- se- señor. El Avatar necesitaba ir al servicio y por eso lo liberé se- señor…esta- esta- estaba intentando poner- poner- poner-le de pie cuando usted llegó... se- se- señor

— ¿Es cierto eso Avatar?—, preguntó Zhao dirigiéndose a Aang.

Aang vio el terror reflejado en el rostro de Chen. «No es justo que alguien más viva esta pesadilla» pensó con amargura. Así que se obligó a fijar la vista en el odioso rostro de Zhao.

—Sí, es cierto—, contestó quedamente.

—¿Sí es cierto qué, Avatar?—, preguntó una vez más Zhao, mofándose de él.

—Sí, es cierto… Almirante—. Aang bajó la cabeza derrotado, las lágrimas que no habían dejado de correr desde que el guardia había entrado por la puerta ahora formaban un charco en el piso debajo de él. En ese momento comprendió con dolorosa impotencia que no podría hacer nada por Chen, que ni siquiera satisfaciendo los más bajos deseos del Almirante lograría que el compasivo e inocente joven frente a él estuviese a salvo de Zhao.

—Y dime, Avatar…. ¿Cómo evitarás que yo castigue al traidor?— dijo Zhao con un tono de voz glacial, mientras se volteaba para quedar frente a Chen, que sudaba profusamente e imploraba por su vida.

— ¿Haciendo lo que yo diga?… no me hagas reír… si ya te tengo haciendo TODO LO QUE YO QUIERO!—, vociferó Zhao mientras daba rienda suelta a su salvajismo con el látigo de fuego.

Los gritos resonaron en toda la celda por horas hasta apagarse… Solo que esta vez el Avatar no era la única víctima…

...

En esos momentos, pensar en sus amigos era lo único que le permitía a Aang aferrarse a la realidad. Zhao lo había «visitado» en muchas más ocasiones, en estas la golpizas y las violaciones no hacían sino crecer en crueldad y violencia ante la negativa del Avatar a doblegarse y rogarle cómo el almirante quería. Ya había perdido la cuenta del número de veces en que Zhao lo había asfixiado, especialmente en los momentos en que más excitado estaba.

Lo cierto es que se sentía muy débil, el efecto combinado de los abusos de todo tipo, la pérdida de sangre por las heridas que se reabrían con cada golpiza y últimamente mostraban signos de infección, la ausencia de agua y comida por largos períodos de tiempo, estaban haciendo mella en él.

Se negaba a admitirlo abiertamente, pero cada vez que escuchaba algún ruido de pasos cerca a la puerta de la celda, su cuerpo empezaba a temblar, el sudor cubría su piel, se formaba un nudo en su estómago, su corazón latía a mil por minuto y sentía que no podía respirar. Hacía tiempo que el miedo se había convertido en un ente real que paralizaba todo su cuerpo y su alma.

Cuando no quedaba inconsciente luego de las torturas, la mayor parte del tiempo Aang permanecía o se obligaba a permanecer despierto. No podía descansar porque al vencerle el cansancio sus sueños estaban plagados de pesadillas, mayoritariamente de Zhao torturándole a él o peor aun a sus amigos, su familia.

De pronto escuchó el sonido metálico que producía el movimiento de las armaduras de la tropa vigilando su celda, probablemente una señal de que su torturador había vuelto «para divertirse» con él.

Aang no pudo evitar que las lágrimas se agolparan en sus ojos, pero el sentimiento de pena y tristeza pronto dio paso al de rabia y este al de resignación. Sabía que en su estado no era un adversario para su carcelero, pero sí sabía que la resistencia pasiva era su única defensa frente a las intenciones de este, por lo que secó sus lágrimas con determinación y volvió a cubrir las emociones que le atenazaban con la máscara de impasibilidad que tanta ira le causaba a Zhao.

La puerta de la celda se abrió y los soldados entraron nuevamente, seguidos de Zhao. Levantaron a su prisionero por los brazos sin que este ofreciera ninguna resistencia y lo colocaron en el centro de la estancia entre las dos columnas, encadenado por sus cuatro extremidades. Aang no pronunció sonido alguno, su rostro ausente de toda emoción mientras hacían esto.

Cuando terminaron, Zhao les ordenó ocupar sus posiciones en la estancia como en ocasiones anteriores. Sin pronunciar palabra, tomó una silla y se sentó en ella frente al Avatar. Aang podía sentir su mirada fija en él, escudriñando cada parte de su cuerpo, con quién sabe qué ideas de nuevas torturas formándose en su cerebro. No pudo evitar temblar con este último pensamiento.

Zhao entonces se paró y caminó al fondo de la estancia detrás de él. Aang se preparó otra vez en su mente para lo que iba a suceder. Probablemente Zhao querría otra vez una «audiencia», para demostrar su poder sobre el Avatar.

Desgraciadamente Aang no se había equivocado en la naturaleza de sus temores.

—Pronto llegaremos a los límites de la Tribu Agua del Norte Avatar, por lo que tú y yo dejaremos de vernos por algún tiempo mientras llevo a cabo el exterminio de esos salvajes. No olvides Avatar, que tú también tienes una parte que cumplir en esta batalla, ya que te expondré en el mástil más alto de mi buque para que vean tu miseria y lo que les espera frente a mí. Sin embargo, si me lo ruegas puedo mostrarme misericordioso y dejar vivos a algunos cuantos para que se conviertan en esclavos de la Nación del Fuego. ¿Qué dices Avatar?

Cuando el chico no respondió escogiendo en cambio mantener su vista fija en el piso, Zhao perdió los estribos, sus manos flameando con fuego control mientras creaba el látigo de fuego.

— ¡Eres!, ¡un!, ¡cobarde!, ¡y!, ¡un!, ¡bueno!, ¡para!, ¡nada!—. Cada palabra iba acompañada de un latigazo de fuego sobre la espalda de Aang que sollozaba a viva voz su cara contraída de dolor. Los guardias alrededor contemplaban impasibles la escena que se desarrollaba frente a ellos.

—Creo que es hora que tengamos una audiencia de un nivel más alto. ¿No crees Avatar?—. Zhao se dio media vuelta y dio la orden a uno de los guardias en la celda.

—Guardia. Comunique al Consejero de Guerra Iroh que lo espero acá en este mismo momento.

— ¡Sí Almirante! ¡Sí señor!—. Respondió el guardia, saliendo de la estancia con tal rapidez que parecía que lo perseguían las llamas de un dragón.


N/A: gracias a mis lectores por las ideas tan buenas que me han proporcionado, las tendré en cuenta. Como siempre espero su opinión sobre el capítulo. El próximo se demorará un poco, ya saben que en la vida real hay que trabajar (Uffff…Que bueno sería ganar la lotería). Saludos.