No soy propietaria ni creadora de Avatar The Last Airbender (En español, Avatar: La Leyenda de Aang), estos títulos les corresponden respectivamente a Nicklodeon y Michael Dante DiMartino/Bryan Konietzo.
**AVISO***: Este capítulo es MUY FUERTE, Le recuerdo estimado lector lo que ya está escrito en la Introducción y en los avisos de esta historia y que si ud. es una persona sensible o es un menor de edad no le recomiendo que lo siga leyendo. Está avisado. Gracias.
14/11/2014
Una vez la barcaza llegó al buque de Zhao, los soldados dirigieron a Iroh hacia la zona de celdas del mismo. Caminaron por una intrincada red de pasillos bajo la cubierta y bajaron unos tres niveles hasta alcanzar el final del pasillo principal en el que sólo se veía al final de este una puerta vigilada por dos guardias. Cuando alcanzaron el final del pasillo los guardias cruzaron sus armas a su compañero y Iroh.
—Identifíquense. Esta es un área de Alta Seguridad. No pueden entrar sin permiso del Almirante Zhao.
—El Almirante Zhao me ha ordenado buscar al General Iroh y conducirle ante él— recitó el soldado sin pestañear.
Los soldados se miraron entre ellos y luego se dirigieron a su compañero y Iroh.
—General Iroh. Entendemos que el mismo Almirante Zhao lo ha solicitado. Errrr… pero en estos momentos no sería aconsejable entrar en la celda mientras interroga al Avatar… Señor.
La voz del guardia transpiraba miedo de eso no había duda, pensó Iroh.
—Bueno soldados, si no es posible que sigan las órdenes de su comandante entonces no tengo nada que hacer en este sitio. Regresaré a mi barco y cuando el Almirante Zhao les pregunte por mí, imagino que ya tendrán muchas explicaciones que darle—. Iroh dio media vuelta y se dispuso a salir del largo pasillo cuando escuchó a los tres hombres gritar al unísono.
— ¡No!... General Iroh, por favor no se marche. El Almirante Zhao nos mataría si no obedecemos sus órdenes al pie de la letra. — Dijeron los guardias literalmente temblando de cabeza a pies.
Uno de ellos, dando un paso al frente y retirando su máscara, bajo la cual apareció el rostro de un hombre maduro con los ojos anegados de lágrimas, se dirigió a Iroh.
—Sucede General, que hay ciertas cosas que en esta vida es mejor no ver y de las que queríamos protegerle, eso era todo Señor. Yo serví con usted en el sitio de Ba Sing Se y conozco su temple y su honorabilidad, Señor.-
—Por favor siga conmigo General—, prosiguió secando sus lágrimas y recolocando su máscara en su lugar.
Iroh vio como el guardia caminaba con pasos vacilantes hasta llegar a la puerta, daba un golpe y esta se abría de par en par.
Hacía ya un tiempo que Iroh no se encontraba con el Avatar, pero verlo en ese estado era algo para lo que no estaba preparado.
El chico encadenado frente a él era una sombra de aquel al que su sobrino había jurado capturar. Su contextura aunque delgada siempre había sido atlética, como se esperaría de un Maestro Aire, pero ahora sus prominencias óseas se veían claramente, especialmente en las extremidades, de donde se encontraba suspendido por cadenas. Sus tatuajes, la herencia de su gente por el dominio de su elemento, visibles sólo parcialmente por toda la sangre y los cortes que los cubrían, llegando en algunos casos a desfigurarlos levemente. Su piel mortalmente pálida, reflejaba la desnutrición y la pérdida crónica de sangre. Su rostro, lleno de vida en todos sus encuentros previos, ahora era una máscara de impasibilidad que no mostró ningún cambio ante la entrada de Iroh en la celda. Estaba desnudo, su ropaje habitual de Maestro Aire, desaparecido, lo cual intranquilizó al viejo General.
Zhao escogió ese momento para aparecer, dirigiéndose a Iroh, vestido nada más que con un fundoshi.
—General Iroh. Ya sé que usted y el Avatar se han visto antes, así que evitaremos las formalidades. Le he hecho venir para que vea con sus propios ojos la caída del Avatar, la última esperanza del mundo….! JAJAJAJAJA!—. Dicho esto Zhao procedió a emplear el látigo de fuego una vez más sobre la espalda de Aang, cuyos gritos resonaron por toda la estancia.
Iroh no podía creerlo. Zhao era un monstruo. Por muy Avatar que fuera, Aang era apenas un chico de apenas unos doce años a quien el destino le había jugado una mala pasada poniendo sobre sus jóvenes hombros todo el peso del futuro del mundo. Torturarlo quien sabe cómo y por cuánto tiempo por solo el placer de hacerlo, estaba mal. El chico estaba llegando a su límite, eso podía verlo Iroh claramente. Pero como descubrió enseguida, lo peor aún estaba por llegar.
—Hasta ahora he logrado subyugarlo físicamente, pero su espíritu aun se niega a seguir a su cuerpo… mientras tanto, nada dice que no pueda disfrutar de él mientras me apodero de su alma, de su orgullo y de su pureza— dijo Zhao que detuvo la lluvia de latigazos y aprovechó el momento para colocarse detrás del chico.
Al escuchar sus palabras, el chico literalmente enterró su vista en el suelo de la celda, encerrándose en sí mismo, ni un solo sonido saliendo de sus labios, ni una sola lagrima cayendo de sus ojos. Zhao lo agarró con una mano por la nuca.
« ¡NO!», pensó Iroh con impotencia. Sus ojos se humedecieron dando paso a las lágrimas que se agolpaban rápidamente pugnando por salir.
—Avatar verás, la idea de traer a uno de tus formidables adversarios para viera con sus propios ojos cómo te has convertido en mi prostituta, es para que te des una idea de lo débil y patético que eres, en lo bajo que has caído. Además una audiencia nunca está de más, ya que al fin y al cabo eres mi mejor obra de arte—. Con la última frase y sin que Iroh pudiese hacer nada, Zhao desató su fundoshi que cayó al suelo dejando al descubierto su miembro erecto, la otra mano libre la utilizó mientras tanto para recoger algo de sangre fresca y lubricarlo, para por último hundirlo en la anatomía del chico.
Con cada empellón de Zhao, Aang sentía que sus entrañas literalmente se quemaban, y aunque se esforzó por permanecer callado con las pocas fuerzas que le quedaban, el silencio pronto dio lugar a los sollozos. Zhao escogió ese momento para levantar su rostro tirando de su cabello, obligándole a mirar al General Iroh, a quien Aang hasta ese momento reconoció como el tío de Zuko.
A pesar del dolor, Aang contempló atónito como las lágrimas resbalaban por las mejillas de Iroh.
« ¿No debería estar contento?» pensó Aang para sí mientras las lagrimas nublaban su vista. Fue su último pensamiento lúcido antes que sintiera cómo aumentaba el ritmo del empuje de Zhao, excitado por llevar a cabo el acto frente a Iroh, llevando el dolor a su máxima expresión hasta que eyaculó dentro de él.
Con un gruñido de placer, Zhao se retiró de su posición, dejando caer una mezcla de sangre y semen al suelo bajo Aang. Sólo entonces reparó en las lágrimas de Iroh.
—Veo que se ha ablandado General Iroh. Pensé que estaría feliz de presenciar mi éxito con el Avatar, pero no es así.
Iroh, que hasta ese momento no había notado las lágrimas que resbalaban silenciosamente por sus mejillas, adoptó otra vez una postura erguida recobrando su compostura frente a Zhao, aunque su tono de voz traicionaba su actitud.
—No almirante Zhao. Mis lágrimas eran por mi sobrino quien de haber estado vivo hubiese estado feliz de ver su actuación frente al Avatar.
Zhao, ebrio de orgullo por la alabanza recibida a manos del General, no notó nada raro en Iroh y se vistió. Una vez vestido le dijo:
—Me alegra que esté de acuerdo conmigo en cómo se debe tratar a los prisioneros General. Sin embargo con el desembarco y ataque tan cerca, hoy será el último día que yo personalmente interrogue al prisionero hasta cuando lo exponga frente a sus aliados. Me gustaría que de aquí en adelante lo hiciera ud. General. Ya ha visto lo que hay que hacer.
—Será un honor, Almirante Zhao—. Dijo Iroh con una reverencia mientras con el rabillo del ojo vio a Aang que temblaba visiblemente.
Aang vio como Zhao, Iroh y sus hombres salían de la celda, sin molestarse siquiera en desatarle ni en apagar las antorchas. Temblando incontrolablemente, Aang hizo lo que cualquier chico en su situación hubiese hecho….
Comenzó a sollozar y el sollozo pronto dio paso al llanto más desgarrador.
Ya no solo debía temer el regreso de Zhao, sino que además habría otro torturador. No habría descanso alguno para él. Más le valía morir aquí y ahora si no había manera de escapar. Estaba cansado del infierno en que se había convertido su vida, incluso desde que los monjes le dijeron que era el Avatar. Estaba desesperado ante el peligro que corrían sus amigos y la imposibilidad de ayudarles, estaba seriamente enfermo por todas las torturas a las que le habían sometido. Peor aún, había perdido completamente la esperanza de volver a ver a Sokka y a Katara, de volver a sentir otra vez un beso de ella, así fuese en la mejilla.
Aang sólo esperaba que su próximo torturador tuviese tanto autocontrol como Zhao, porque estaba deseando con todas sus fuerzas hacérselo perder para que lo matara rápidamente. Si antes la esperanza le había permitido mantener el estoicismo suficiente para aguantar todas las cosas que Zhao le hacía, ahora que la había perdido ya no le importaba lo que sucediese.
El ruido de la puerta abriéndose sin embargo, paralizó el curso de sus pensamientos. Sin quererlo su cuerpo reaccionó de la misma manera en que lo hacía desde la primera vez que Zhao le torturara: su corazón empezó a latir más y más rápido, sus músculos se tensaron y el aire parecía dejar sus pulmones con cada respiro, sus pensamientos empezaron a huir velozmente dejando su mente en blanco. Aang decidió por esta vez no dar a sus captores el placer de verle derrotado, cerró los ojos, su rostro mirando fijamente al suelo.
El sonido de las pisadas de un hombre entrando por la puerta fue lo único que escuchó. Al cerrarse la puerta, las pisadas se acercaron lentamente hasta detenerse frente a él.
Aang no dio muestras de haber escuchado nada, de tan inmóvil como se encontraba.
—Avatar Aang. Soy yo, el General Iroh. Por favor abra los ojos.
Cuando Aang no respondió, Iroh se preguntó si el chico estaba desmayado o incluso muerto, lo cual visto lo visto era más que probable. Decidió tocar el pecho del chico para ver si su corazón aun palpitaba. Al hacerlo, sin embargo, la respuesta que recibió fue la menos esperada.
Aang abrió súbitamente los ojos al sentir el toque de la mano de Iroh en su pecho, un torrente de lágrimas anegando sus ojos, su cuerpo temblando de la cabeza a los pies, un sollozo que resonaba en su pecho y salía por sus labios, en una frase que atormentaría por muchas noches a Iroh: —Por favor, no me hagas más daño, haré lo que me digas… Por favor…
Sorprendido y asustado por la respuesta del chico, Iroh se apresuró a retirar los grilletes de sus brazos y pies, tomándolo entre sus brazos antes que cayera al suelo, su peso tan ligero que cualquiera diría que su edad no era más de diez años, mientras Aang sollozaba aun con más fuerzas y repetía la frase como un mantra: —Por favor, no me hagas más daño…. Por favor, no me hagas más daño…. Por favor, no me hagas más daño…. Por favor, no me hagas más daño…
—Shhhhhh…. Nadie te hará daño Aang. No mientras yo pueda evitarlo—, Iroh pronunció suavemente la frase hasta que Aang aun murmurando la suya, se desmayó entre sus brazos. Fue en ese momento que la enormidad de lo que había presenciado y el peso del niño en sus brazos le golpearon con una fuerza demoledora.
Y esta vez Iroh no disimuló las lágrimas.
N/A: como siempre gracias a mis leales lectores por sus reviews (Lupita Leal, jezreelhernandez16, el invitado desconocido que ha estado revisando desde el capítulo 3). Sin ustedes esta historia no sería tan entretenida de escribir. Espero que me den a conocer sus opiniones sobre el capítulo. Saludos.
A/N: As always I'd like to thank to all my loyal readers for all their reviews (Lupita Leal, jezreelhernandez16 and the unknown guest who has been reviewing from chapter 3). Without you this story wouldn't be too enjoyable to write. I I hope your opinion of the chapter. Greetings.
FANATLA
