No soy propietaria ni creadora de Avatar The Last Airbender (En español, Avatar: La Leyenda de Aang), estos títulos les corresponden respectivamente a Nicklodeon y Michael Dante DiMartino/Bryan Konietzo.

A mis lectores: lamento mucho el prolongado tiempo de espera para publicar, pero infortunadamente debo dedicar en este año 2015 más tiempo y atención a mi trabajo y a mis estudios, por lo que notarán que me tardo más en actualizar. Espero que esto no sea ningún impedimento para que sigan disfrutando de la historia, especialmente ahora que comienza a enfilarse a la recta final.

01/03/2015


Mientras veía desde su escondite en el islote como se alejaba la canoa en medio de la oscuridad, Sokka caviló unos minutos antes de tomar una decisión. Yue aun estaba dormida en la cueva donde habían pasado juntos unas horas inolvidables. Mientras lo pensaba no pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran, pero antes tenía que meditar en lo que había visto.

Si bien la hora y la trayectoria era sospechosas, la canoa era definitivamente de la tribu del agua y también era cierto que la oscuridad no le permitía ver bien a sus ocupantes, dos hombres si la vista no le fallaba. Bien podía ser una misión secreta de la Tribu o no, pero por otro lado, tampoco podía dar la voz de alarma sin explicar antes qué hacían él y Yue, solos, en esa zona desolada.

—Yo también te amo Sokka… pero nuestro amor no tiene futuro… verás, estoy prometida. Mi padre arregló mi matrimonio con el hijo de uno de los comerciantes más poderosos de la tribu— Yue, con los ojos llenos de lágrimas lo abrazó con fuerza, para terminar en una única frase susurrada.

—Lo siento…

El recuerdo de hacía unas horas, pesaba sobre su alma y su corazón y trajo lágrimas inadvertidas a sus ojos. No había llorado frente a Yue gracias a una mezcla de orgullo, tenacidad y el deseo de confortarla con todo su ser y su corazón; pero ahora, en la soledad de la noche polar, Sokka podía darse el lujo de ser honesto en sus sentimientos. Era injusto que alguien tan dulce como Yue estuviese atrapada en un matrimonio sin amor, en una tradición tan absurda como para relegar al olvido la libertad de elegir tu propio futuro al lado de la persona que amabas.

«Puede que nuestro amor ahora no tenga futuro Yue… pero por los Espíritus que yo lucharé por construirnos uno. Lo juro»

Con ese pensamiento en la mente, se secó las lágrimas y regresó en silencio a ayudar a Yue.

Mientras caminaba en dirección a la cueva, la imagen de la canoa alejándose, volvió a aparecer en su mente. Luego de reflexionar una vez más, el pragmatismo le ganó a la preocupación.

—Sip, canoa de la tribu… Nop, no vale la pena meternos en problemas ahora…

Cuando ya habían pasado al menos unos veinte minutos remando sin parar desde que había visto la luz en el islote, Li volvió a detener la canoa para descansar unos minutos y entregarle los remos a su compañero. Las manos, los brazos y la espalda le dolían por el esfuerzo, pero antes de dejar los remos descansando, Li levantó la vista para encontrar frente a sí la mirada inquisitiva de Wai.

—Por favor Li… termina la historia.

Li suspiró quedamente, mientras se frotaba las manos en un intento de calmar el dolor articular. «Quien iba a pensar que envejecer sería tan doloroso y problemático», pensó con algo de amargura.

Wei que había permanecido en silencio esperando a su compañero, tomó los remos mientras le dirigía una mirada furibunda.

—Estoy esperando a que termines la historia Li, porque una vez que lleguemos al buque no podremos volver a hablar

Li asintió silenciosamente, se estiró un poco más para sentarse lo más confortablemente posible en la canoa y reiniciar la narración de la historia en el punto donde la había dejado…

—No soy único hijo Li. O por lo menos no lo era— susurró adolorido Chen.

Li enarcó una ceja ante la escogencia de palabras de su joven subordinado. —¿Eh? ¿A qué te refieres con eso Chen?

—Verás Li, pertenezco a una familia de nobles. Desde tiempos inmemoriales, mi familia le ha sido leal al señor del Fuego y tradicionalmente ha sido la encargada del diseño y fabricación de armas para dotar a las fuerzas militares de la Nación del Fuego. Mi anciano padre nos educó a mi hermano mayor y a mí para sucederle en la empresa familiar, luego de quedar viudo. Ni siquiera recuerdo a mi madre que falleció al dar a luz a mi hermanito, Kwang, cuando yo era más pequeño.

Sin embargo, hace dos años mi hermano mayor, Jung, decidió en un acto de rebeldía dejar atrás el negocio familiar y hacer algo que mi padre, que conocía de primera mano la forma como se manejaban las cosas en la milicia, le rogó que no hiciera: se alistó en el ejército. Tan pronto lo hizo, fue destinado a la división cuarenta y uno en el Reino Tierra.

No supimos más de él hasta cuando un día llamaron a la puerta de nuestro hogar. Un soldado nos entregó una carta genérica de condolencias por el fallecimiento en combate de nuestro hermano. Mi padre quedó destrozado y nunca más volvió a ser el mismo… durante mucho tiempo sólo se encerraba para llorar en el cuarto de mi hermano la mayor parte del día, dejó de cuidar del negocio de la familia, los sirvientes prácticamente lo obligaban a comer y no volvió a cuidar de mi hermano menor y de mí… la situación se volvió tan difícil que al final unos familiares cercanos se llevaron a mi hermanito bajo su cuidado, no lo he vuelto a ver desde entonces, y yo por mi parte me hice el propósito de entrar a las fuerzas militares para honrar la memoria de mi hermano, que quería que esta guerra acabara. Sin embargo aun era demasiado joven para entrar.

No fue sino hasta un tiempo después que la desgracia golpeara a nuestro hogar, cuando las noticias del destierro del príncipe Zuko llegaron a oídos de nuestro padre de labios de un allegado cercano a la corte, que había sido testigo en esa ocasión del Agni Kai… noticias que no hubiesen cambiado en nada la situación de nuestra familia si no hubiesen venido acompañadas de una terrible información.

El motivo por el que el príncipe Zuko había sido desterrado era porque se había negado a combatir en el Agni Kai… en contra de su padre, el señor del fuego Ozai. Mi padre tomó muy mal las noticias porque significaba que se avecinaban tiempos tormentosos para nuestra nación. Pero lo que terminó de enterrar la daga en el corazón de mi padre y encendió la llama de la rebeldía en el mío fue cuando nos enteramos del motivo para que se celebrara el Agni Kai…

El príncipe Zuko, con solo trece años, se había opuesto en un consejo de guerra a que sacrificaran a la División cuarenta y uno, compuesta en su totalidad de reclutas jóvenes, en aras de emboscar a un batallón de élite del Reino Tierra…. Luego del destierro del príncipe Zuko, ya sin nadie que se opusiera, la estrategia se llevó a cabo según lo acordado y mi hermano, junto con casi diez mil compañeros de armas, murieron masacrados a manos del fuego cruzado entre las tropas del Reino Tierra y la Nación del Fuego.

Li escuchaba horrorizado la historia de su joven compañero y cuando este terminó de hablar solo atinó a tartamudear.

—No, no, no… no puede ser Chen… no se atreverían a hacer algo así… perderían todo el apoyo de la tropa si los soldados y el pueblo se enteraran— afirmó Li.

—No Li… la triste verdad es que somos completamente prescindibles para los altos cargos. Mi hermano murió por una orden directa del Señor del Fuego, con la complicidad de toda la plana mayor de las fuerzas militares.

Después de conocer que el Avatar había vuelto, por fin me pude alistar para intentar cumplir con mi mayor ilusión, la de unirme a él para luchar en contra de la maldad del Señor del Fuego Ozai y acabar con esta guerra absurda. Mi padre, que al final se dio por vencido y decidió ayudarme luego de perder completamente la fe en el señor del Fuego, siguió trabajando como siempre y se convirtió en mi apoyo logístico.— Chen guardó silencio un momento para luego hacerle una pregunta final a su compañero.

—Li… ¿Luego de saber todo esto aun quieres seguir ciegamente las órdenes de Zhao o si tuvieras la oportunidad acaso te unirías a la causa del Avatar?

Li lo miró asombrado. Una cosa era tener una causa razonable para guardarle rencor a los altos mandos y otra muy diferente era planear una rebelión a gran escala contra el máximo gobernante de la nación. Chen era un peligro. Pero… Ozai y sus generales lo eran aun más.

Li que siempre había sido un fiel soldado de la orgullosa Nación del Fuego, nunca pensó ni por una vez que sus labios pronunciarían las palabras que salieron de ellos…

—Chen… todo lo que me has dicho… va en contra de todo en lo que he creído hasta ahora…— respondió Li con la mirada perdida en el vacío por unos instantes hasta que volvió a mirar a Chen.

—Déjame pensarlo por favor

Mientras esperaba a que regresaran los hombres con la respuesta de Pakku, el General Iroh abrió la puerta de su camarote a los guardias que transportaban al Avatar, dirigiéndolos silenciosamente a donde su lecho estaba.

Los soldados procedieron entonces a poner sobre la cama el frágil cuerpo del chico, aun inconsciente y envuelto en la capa de Iroh, así como una bolsa con varios artículos sanitarios en su interior.

A una señal del General, sus hombres salieron de la habitación para montar guardia a la entrada de la misma, momento que aprovechó Iroh para apartar la capa que cubría a Aang y volver a revisar sus heridas.

—Espíritus…— murmuró para sí, cuando vio que gran parte de las heridas no habían dejado de sangrar y que el chico seguía inconsciente.

Mojó un vendaje con agua tibia con la intención de limpiar una herida que lucía particularmente inflamada, cuando escuchó el grito.

— ¡Detente!

La frase, pronunciada desde lo alto de la estancia en la que se suponía él estaba solo con el Avatar, congeló a Iroh hasta la médula mientras adoptaba una postura de ataque.

El temor cambió rápidamente a sorpresa, cuando la rejilla de ventilación saltó, apareciendo a través de ella Zuko.

Iroh temió entonces que el príncipe, con su típica actitud vengativa, quisiera hacer prisionero al Avatar para arrastrarlo ante el señor del Fuego sin medir las consecuencias de sus actos. Pero Zuko solo se mantuvo inmóvil de pie frente al cuerpo herido del Avatar, sumido en sus pensamientos, sin musitar palabra alguna. Varios segundos pasaron sin que la situación cambiara, hasta que Iroh decidió romper el prolongado silencio.

— ¿Qué pretendes hacer príncipe Zuko?

Sin moverse en absoluto, su mirada aun fija en su némesis, Zuko respondió.

—Ayudarte a liberar al Avatar y acabar con el reinado de terror de Ozai, tío.

Iroh asintió con un leve movimiento de su cabeza y apretó con su mano el hombro de Zuko.

—Pues ayúdame a vendarle algunas de sus heridas, príncipe Zuko. No me atrevo a hacer más nada sin que antes le vea un sanador de la tribu Agua. Hay tantas en mal estado, que sospecho que de intentar limpiarlas, volverán a sangrar hasta matarle.

Zuko y Iroh comenzaron a vendar sus extremidades en silencio, los únicos sonidos los gemidos mudos de Aang cada vez que tocaban alguna zona extremadamente dañada.

—Zhao es un monstruo—. La frase de Zuko, una afirmación y no una pregunta, expresaba tristeza.

—Sí sobrino— fue lo único que respondió Iroh mientras seguía ocupado con la labor de vendar las heridas del chico.

—No creo que el Avatar haya sido su primera víctima—, prosiguió Zuko. —Ni tampoco será la última si nadie lo detiene.


N/A: como siempre gracias a mis leales lectores por sus reviews (Lupita Leal, jezreelhernandez16, el invitado desconocido que ha estado revisando desde el capítulo 3 y Devil in my shoes). Sin ustedes esta historia no sería tan entretenida de escribir. Espero que todos los que siguen la historia y aun no opinan me den a conocer sus opiniones sobre este capítulo o los previos. Saludos.

A/N: As always I'd like to thank to all my loyal readers for all their reviews (Lupita Leal, jezreelhernandez16, the unknown guest who has been reviewing from chapter 3 and also to Devil in my shoes). Without all of you this story wouldn't be too enjoyable to write and I really love all your reviews and ideas. Greetings.