.
~ Amores en Panem ~
.
II. Johanna y Cashmere
Un simple objeto
.
«El amor es como una guerra, fácil de iniciar, difícil de terminar, imposible de olvidar». Henry Louis Mencken
.
.
Después de todo lo que he vivido, pocas cosas deberían poder sorprenderme. Muy, muy pocas. Pero resulta que aquí estoy, clavando con todas mis fuerzas el hacha en el corazón de Cashmere.
Desde la primera vez que la vi, supe que la detestaba y admiraba a partes iguales. Fue en su Cosecha, o más bien en el momento en que se presentó voluntaria, cuando supe que no era una profesional más. No era solo una cara bonita, era alguien que sabía usar esa cara. No solo era un cuerpo mortífero, era alguien capaz de que los demás hicieran lo que fuera por ella.
¿Por qué lo supe? Porque esa idiota que sonreía en su entrevista y enseñaba más carne de la necesaria, me recordaba a mí. A mí si hubiera tenido esa belleza clásica que tenía ella, o al menos es como todos llamaban a su atractivo, si hubiera nacido en un distrito profesional.
Quizá le debo a Cashmere, a cómo la juzgué acertadamente desde el principio, la estrategia que usé para mis juegos. Que sirvió para que siga aquí, con vida. ¿Le debo haber escapado de la muerte? No lo había pensado hasta ahora.
Ella ganó encandilando a los demás profesionales y consiguiendo que fueran cayendo cuando le era oportuno. Enamoró a un chico del Distrito 9 que era habilidoso con la hoz e hizo todo lo que ella, con seguridad, había planeado antes de los Juegos. Después él oportunamente fue asesinado por un muto. Nadie se dio cuenta de eso, solo se habló de que un chico cosechado había conseguido grandes cosas, pero yo sabía la verdad. Lo vi cuando se encontraron de frente una vez, y él eligió un blanco mucho más fuerte que ella, matando al profesional del Dos.
Cashmere ganó sin despeinarse apenas, con unas cuantas muertes a la espalda y una sonrisa tan brillante como sus ojos verdes.
Y yo, cuando fui cosechada, me dije que engañar a los demás era la mejor manera de salir de la Arena. Fingí ser una debilucha, todos se olvidaron de mí porque no era una amenaza, y cuando quedaban pocos me encargué de matarlos a todos. No me arrepiento de absolutamente nada, salí de allí.
Igual que yo había juzgado bien a Cashmere, ella me hizo saber que no se había tragado mi actuación. La primera vez que nos vimos, en mi Gira de la Victoria cuando pasé por el Distrito 1, me lo dijo mientras me estrechaba la mano.
La segunda vez que nos vimos fue en el Capitolio, en una fiesta en el Palacio Presidencial. Nos encontramos en el baño, escuchando vomitar a capitolinas para poder comer más del banquete. Cashmere se estaba retocando el pintalabios y me miró fijamente, mientras yo me lavaba las manos, hasta que le devolví la mirada.
—¿Qué miras? —pregunté, molesta.
—No eres demasiado bonita, pero tienes algo atractivo —me dijo, acercándose, evaluando mis labios, mi cuello, mi cuerpo. Le di un empujón en el hombro para que se alejara.
—¿Qué dices?
—Nada, pensaba en voz alta. Buena suerte, creo que vas a necesitarla.
Cuando se marchó me dejó nerviosa y enfadada, ¿a qué había venido eso?
Resultó que lo entendí poco después. Muy poco después.
Un día llegó a mi habitación, en el hotel más glamuroso del Capitolio, un hombre. Me dijo cosas que no comprendí, o no quise comprender, y empezó a desnudarse. Después intentó desnudarme a mí. Se podría decir que le demostré por qué era una vencedora. No tuve reparos en usar uñas y dientes. Lo saqué de mi habitación a la fuerza y tiré su ropa por la ventana.
No tardaron en llamar a mi puerta. Esperaba un Agente de la Paz, listo para esposarme, pero no. Era Cashmere.
Me miraba, por primera vez, sin prepotencia.
Entró sin esperar a que la invitara, cerró la puerta y se sentó en mi cama. Me hizo un gesto para que me pusiera a su lado, pero en lugar de eso me dejé caer en una silla cerca de la pared. Ella se rio.
—¿Sabes? Imaginaba que esto iba a pasar.
—Sé más específica, princesita —dije, cruzándome de brazos.
—Cuando te vi, supe que no serías fácil. En todos los sentidos de la palabra. —Rio de su propio chiste y resultó encantadora y sexy, como siempre. Pero tenía un brillo diferente en la mirada—. Yo sí lo fui. Todos lo fuimos, porque sabíamos lo que pasaría sino.
—Déjate de tanta charla y di qué quieres.
—No es un secreto que algunos en el Uno recibimos entrenamiento… muchos soñamos con ser profesionales, con alcanzar la gloria, o con tener un desahogo económico. Yo solo quería glamur, esa vida de Vencedora, que todos admirasen mi belleza, que siempre tuviera ropa preciosa o disfrutara los lujos del Capitolio. Y lo he conseguido, claro. Pero hay algo que no te cuentan en el entrenamiento… el precio que hay que pagar.
—No tengo remordimientos, ellos me habrían matado a mí —la interrumpí, suponiendo que quería comprobar si me estaba volviendo loca, como hizo mi mentora. No entendía que no me atormentara lo que había hecho.
—Ya lo sé. No hablo de eso. —La voz de Cashmere, por primera vez, pareció triste—. Hablo de que tu vida deja de pertenecerte. Eres del Capitolio y del Presidente, y tienes que hacer lo que ellos te pidan. En tu caso, como ha sido el mío o el de Finnick, tendrás que dar tu cuerpo.
Comprendí entonces lo que me quería decir. Entiendí que el hombre de antes no había venido por ser un simple atrevido, sino porque debía haber pagado por mi compañía. Me puse de pie, asqueada, horrorizada. Y, sobre todo, muy enfadada.
—¡No pienso hacer eso! —grité—. ¡Lárgate de aquí! No seré como vosotros, ¿te queda claro? Díselo a tu amiguito el presiente.
La agarré del brazo para echarla, pero cuando se me acercó y su cara quedó a unos centímetros de la mía… me frené de golpe. Sin saber por qué.
—Da igual lo que quieras. ¿Crees que saliste de los Juegos? No, nunca se sale de ellos. Para vivir, tendrás que doblegarte.
Eso volvió a hacer que reaccionara. Abrí la puerta y la miré fijamente, esperando a que se fuera. No se hizo de rogar.
Pero por mucho que yo gritara, sus palabras se quedaron clavadas en mí. Pasé dos días encerrada en la habitación, dando vueltas como si fuera una fiera enjaulada. Y, a quien voy a engañar, tan enfadada como muerta de miedo. Lo que Cashmere me dijo no eran órdenes suyas, sino del Capitolio. No eran amenazas suyas… sino del Presidente.
Y había vivido suficiente como para saber que eran capaces de muchas cosas. Aunque todavía me quedaba una lección, no imaginaba hasta el punto que podía llegar su crueldad.
Cuando, al tercer día, otro hombre vino a mi habitación, traía un sobre cerrado. Dentro solo había una repetición de las amenazas de Cashmere, esta vez escritas del puño y letra del presidente.
Solo pude temblar. De ira, de asco, de… no se puede explicar con palabras. Dejé que aquel hombre hiciera lo que quisiera conmigo. Tuve en todo momento los ojos clavados en el techo, deseando que aquello acabara. Hizo suyo mi cuerpo, me convertí en un objeto, en un juguete del Capitolio.
Me arrastré a la ducha después de que se marchara. Froté cada milímetro de mi piel, pero no sirvió de nada. Me dejé caer hasta el suelo de la ducha, sollozando como si volviera a ser una cría que tropezaba entre los árboles y se raspaba las rodillas. Por el ruido del agua, no escuché que alguien había entrado, solo lo supe cuando noté que me ayudaban a ponerme de pie.
Era ella. Vestida, empapándose, con el maquillaje diluyéndose por el desagüe. Hermosa.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Mi habitación está junto a la tuya, he saltado por el balcón.
—No te pregunto eso.
—Ya. Sé cómo se siente la primera vez, por eso he venido. —Intenté que el agua se llevara mis lágrimas, pero no hubo manera.
—Me siento sucia. —Mi voz sonó estrangulada—. Da igual cuánto me limpie, noto sus caricias…
Cashmere se acercó más a mí. Pasó la mano, con mucha suavidad, por mi mejilla. Después me acarició el pelo, el hombro… el cuerpo entero.
Consiguió que dejara de sentir las manos de aquel hombre, y solo sintiera las de ella. Consiguió, no curarme, pero sí ser un bálsamo.
Cuando se marchó, decidí que me daba igual lo que me hicieran, que no volvería a pasar por aquello. No sería un objeto. Así se lo hice saber al Presidente, me llevaron ante él después de que casi matara al siguiente hombre que vino a mi habitación. También le regalé al gran Coriolanus Snow un bonito escupitajo en la cara.
Así era yo, así soy. Brava, sin miedo cuando ya he llegado a tocar fondo, porque no puede llevarme a algo más bajo. Porque hasta cierto punto olvido el miedo a morir y solo quedan mis ansias de ser libre.
¿Qué pasó? Que lo pagué muy caro. Cashmere me lo había intentado decir, pero no la escuché. Comprendí por las malas que efectivamente ellos tenían todo en sus manos y podían hacer lo que quisieran con ello.
Mataron a mi familia y a mis pocos amigos. Me dejaron completamente sola en el mundo.
En teoría, fue una jauría de lobos salvajes que se colaron en el Distrito, pero todos sabíamos la verdad. Mutos, criaturas creadas por ellos, hechas para matar de la forma más cruel y dolorosa.
Se celebró un funeral privado, obviamente no iban a dar publicidad a aquel suceso. Vinieron invitados todos los Vencedores, comprendí que me había vuelto el ejemplo, junto a Haymitch Abernathy, de que si no haces lo que dicen… te lo quitan todo. Sería el ejemplo para los futuros Vencedores.
Cuando la ceremonia terminó y escuché el pésame de todos, Cashmere se me acercó. Me llevó a un rincón. Estaba tan preciosa y atractiva como siempre. Me pregunté cuántas manos habían tocado su cuerpo. Ella me besó.
—Debes seguir viviendo, ¿sabes?
Muchos me lo habían dicho. Yo sentía que las fuerzas se me iban. Eso de que el tiempo cura las heridas es una vil mentira. Sin ayuda de alcohol o morflina no creía que pudiera soportar respirar durante mucho tiempo más… Pero Cashmere, de nuevo, me demostró que ambas, de alguna manera, nos comprendíamos bien. Encontró las palabras que necesitaba.
—Si te conviertes en eso —me dijo, señalando a los adictos del Seis—, o si mueres, ellos habrán ganado.
Sus ojos verdes me estaban desafiando. A seguir viviendo, a no dejarme hundir. Y tenía toda la razón.
Lo único que me ha mantenido más o menos entera desde entonces, es esperar una oportunidad para hacérselo pagar.
Y todo eso nos lleva a aquí. A este Tercer Vasallaje, a esta chica en llamas, al Sinsajo… que no tiene ni idea de que ya es la cara de una rebelión. He hecho un pacto, he encontrado un medio para vengarme, y la necesito a ella, a Katniss Everdeen, por mucho que la deteste.
Por eso, cuando Cashmere intenta atacarla, soy yo la que mato a la profesional.
En un pequeñísimo momento, antes de que Cashmere muera, nuestros ojos se encuentran. Y pienso en todos los años que he pasado pensando en ella, en los besos y caricias que hemos compartido alguna vez cuando una de las dos necesitaba ese consuelo, en que nunca hablamos de nada pero ambas supimos que teníamos una conexión y comprensión especiales.
¿La quise? No lo sé. Quizá solo necesitaba sentirme arraigada a alguien. Pero sé que la echaré de menos. Y al menos estaré peleando por vengar lo que a ambas nos tocó sufrir.
Lo que es seguro, es que no la olvidaré. Y que si tenía que morir, mejor que fuera en mis manos, porque yo le di lo que ella quiso… siempre aprecié su belleza.
