Para la tesela de mi querida Elenear28 en el foro El diente de león.
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~ Amores en Panem ~
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IV. Cressida y Pollux
Única
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«No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos». O.K. Bernhardt
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Lo ha vuelto a hacer. Katniss, de nuevo, ha improvisado.
Acaba de matar a Coin.
Me viene un latigazo de nostalgia, recordando todas las veces anteriores en que la improvisación del Sinsajo ha hecho que la situación dé un giro. Pero, aunque siempre me ha pillado desprevenida, he sabido seguirle el ritmo. Grabar todo lo necesario, mostrar su verdadera cara al mundo.
El nuevo latigazo de nostalgia es más doloroso. Echo de menos a Castor y Pollux. A mi nuevo cámara le tiembla el pulso y sé que en cualquier momento dejará de grabar. A ellos jamás se les movió un plano, siempre hicieron un trabajo impoluto.
Pero los he perdido. A mis cámaras, a mis amigos. Castor cayó en la guerra y Pollux con él.
La gente se vuelve loca, en el balcón presidencial hay un caos de gritos y golpes, no tardan en reducir a Katniss y a Peeta. Le quito la cámara de las manos al inútil que está conmigo para asegurarme de grabar bien la mirada que intercambian los trágicos amantes.
¿Realmente a él le ha sorprendido lo que acaba de pasar? ¿O estaba esperando algo así?
¿Lo estaba esperando yo?
Solo sé que Coin hizo cosas que nunca entendí. Que Snow era demasiado inteligente para cometer algunos errores. Que nuestro Sinsajo… acaba de terminar lo que empezó.
¿Qué será de Panem ahora?
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Mis padres y mis hermanos comen tranquilos cuando llego a mi viejo hogar. Me reciben con los brazos abiertos, y es un consuelo que no sabía que necesitaba tanto.
Siempre he querido comprenderlo todo, ser capaz de enseñar a los demás otras visiones del mundo, pero ha resultado demasiado doloroso. He perdido demasiado.
Me miran con pena cuando les digo que habrá un funeral en honor a Castor. Me intentan dar ánimos, insisten en que coma… Todos menos Eris.
La revoltosa y ruidosa Eris, con su pelo rosa y su eterna sonrisa, solo me mira fijamente. ¿Cuántas veces la he visto seria de verdad? ¿Cuántas enfadada conmigo? Solo puedo recordar el momento en que me enteré que estaba entrenándose para ser rebelde y la obligué a salir de ello. Es demasiado joven, demasiado impredecible. No podía arriesgarme a perderla.
—¿Qué te pasa? —le pregunto, cuando los demás me dan un respiro.
—¿Qué te pasa a ti? La guerra ha acabado.
—Hemos perdido cosas por el camino. Yo a mis mejores amigos, Castor, Mesalla… Pollux.
—Pollux sigue vivo.
—Yo no lo aseguraría. Respira, pero…
—Pues ve a dónde está y arrástralo a la vida otra vez.
—¡No es tan fácil! —No sé por qué grito, tardo en darme cuenta de que estoy llorando—. La primera vez que los arrastré a algo, que Castor me siguió en mis ideas rebeldes, Pollux acabó entregándose para salvarnos y transformado en avox. La siguiente vez, Castor ha muerto. ¡Solo sé hacerles daño!
Eris se pone de pie, viene hacia mí y deja su cara muy cerca de la mía.
—Puedes repetirte eso todo lo que quieras, pero no va a cambiar. Y si dejas solo a Pollux, si te obligas a estar sola tú también, solo estarás haciendo daño otra vez.
Se larga sin esperar a que responda algo. Sin consolarme. Y me doy cuenta de que es lo que necesitaba.
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El corazón me late a mil por hora durante todo el funeral. Solo es algo simbólico, no queda nada de Castor que enterrar más que sus objetos personales, los que dejó atrás en el Capitolio. Pero no deja de sentirse algo incorrecto fingir que está ahí. Su madre llora como si de verdad el cuerpo de su hijo estuviera en el ataúd.
Sé que Pollux piensa como yo. Por eso no está aquí.
Mi familia ha venido también, conocen a mis amigos casi tanto como yo, han sido muchos años yendo y viniendo mientras inventábamos proyectos y hablábamos de sueños.
Eris me mira fijamente. Es raro verla tan de negro, con el pelo tapado para que no desentone. Pero sus ojos son igual de verdes y brillantes que siempre. Me está retando.
Me marcho sin hacer ruido. Camino por las calles del Capitolio quitándome todo lo que llevo que simboliza el luto. Solo llevo un fino vestido blanco cuando llego a la puerta de Pollux. Estoy descalza también. Eso me facilita escalar por el balcón, como hacía algunas madrugadas para que pasásemos la noche viendo películas y analizando su dirección, el ángulo de la cámara, los detalles de las imágenes. La historia tras la historia.
Sé dónde está antes de verlo. En la cama de Castor, en la habitación que compartieron durante la infancia y la adolescencia. La litera de arriba era para el gemelo pequeño, porque el mayor era demasiado bueno para reclamarla. Y ha tenido que morir Castor para que Pollux esté en la cama que debe.
Ni siquiera se asusta cuando subo las escaleras y me tumbo a su lado. Me da la espalda. Tiene el pelo anaranjado enredado, así que me dedico a peinarlo con los dedos muy despacio.
—¿Recuerdas los lugares que solíamos elegir de poder vivir en otra parte? —pregunto. Pollux no da señales de oírme pero sé que me escucha. He dormido tantas veces con los gemelos que sé distinguir cómo respiran al estar despiertos—. Yo siempre hablaba del Distrito 4 porque quería ver el mar, tan imponente… Tú no decías nada, estabas bien como estabas, siempre te has conformado con poco… Y Castor —se estremece al escuchar ese nombre— no dejaba de decir que quería ver caballos, animales, naturaleza…
«Pero sobre todo caballos», me interrumpe, girándose hacia mí y mostrándome las manos, para que vea los signos de ese lenguaje sin voz.
—Sí, sobre todo caballos. ¡Qué obsesión tenía con esos animales! ¿Te acuerdas del día que por fin conseguimos grabar un desfile?
Asiente con la cabeza. Sus ojos están rojos, tristes, pero hay algo de luz por ahí dentro. Pollux es demasiado bueno como para dejarme sufrir por verlo mal.
—Castor estaba tan emocionado que tuve que recordarle que tenía que grabar a los tributos, no a los caballos.
Ambos reímos. Yo lloro. Él no, él solo me abraza y me acaricia la espalda.
Esto está mal. Se supone que yo siempre he sido la fuerte, la decidida, la que ha perdido menos en esto. La que debería estar ayudándolo a él. Pero, como siempre, Pollux es lo que necesito.
—No te quiero perder a ti también —consigo decir, en medio de los sollozos.
Suspira pesadamente. Después me separa lo suficiente para que lo mire a los ojos.
No dice nada con sus manos esta vez, pero sé ver la promesa de su mirada. No lo perderé.
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—… sería una gran manera de mostrar que ahora el Gobierno es transparente… —Hace rato que no escucho lo que dice Plutarch, sino lo que se está callando—. Ver cómo todo Panem está unido para curar sus heridas y…
—A ver —lo interrumpo, ya cansada. A mí ni me va a convencer ni tiene que hacerlo—. Quieres que enseñemos la reconstrucción, vale.
—No es solo eso. Tenéis que enseñar la cara bonita.
Pollux se mueve a mi lado. Miro sus manos para ver qué dice. Sonrío.
—Haremos como siempre hemos hecho —digo, traduciendo para Plutarch—. Vamos a enseñar la verdad.
Si le gustan o no nuestras palabras, no lo muestra. Se encoge de hombros, habla un par de cosas con su ayudante y nos dan billetes de tren. Nuestra primera parada es el Distrito 2. Y sé perfectamente por qué.
—Confío en vuestro criterio —nos dice, como despedida—, queréis tanto como todos que la paz dure.
Asiento con la cabeza, aunque no digo lo que pienso.
Queremos la paz, pero… ¿a costa de qué?
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Mi pelo me hace cosquillas en la cara, aún no me he acostumbrado a eso de estar dejando que me crezca. Me lo rapé el día que Pollux fue transformado en avox por mi culpa, por encubrirnos a Castor y a mí en nuestras actividades rebeldes, por salvarnos.
He tardado años en sentir que esa estupidez nunca pagará la deuda que le debo. Y ahora que ha perdido a su hermano porque, una vez más, me siguieron… siento que jamás estaré en paz con él.
Veo cómo mi amigo avanza unos pasos rápidos. Se acuclilla en una esquina y enfoca algo al final de la calle. Su buen ojo nunca ha fallado, está grabando a unas niñas jugando con muñecas de trapo. En mi pantalla veo el plano, le digo que se agache un poco más y enseñe de fondo lo que queda de El Hueso.
Plutarch quiere que mostremos el Dos recuperándose de la guerra, el último que se nos unió, el que menos sufrió… los distritos tienen que recordar que en el Dos también hubo pérdidas. En mi cabeza ya estoy trabajando en el montaje, como su fuera una nueva propo del Sinsajo. Mezclar estas escenas con las de la destrucción de El Hueso, con el discurso de Katniss de que nos mantuviésemos unidos.
Se ha dicho que ella está loca. Probablemente lo está, pero no por las razones que dicen.
Era la única manera de que los distritos no se descontrolaran al ver a quien creían su gobernadora morir a manos del Sinsajo. Y la única forma de que no fuera acusada de asesinato.
Cuando la luz empieza a irse, Pollux y yo volvemos a la Aldea de los Vencedores. Se ha transformado en una especie de hotel, quitando las casas ocupadas por Vencedores, así que nos han conseguido una para que nos alojemos. En la de al lado, escuchamos a Enobaria entrenar a todas horas. Parece que es lo único que hace.
Mi amigo me trae un plato cuando la cena está lista. Comemos en silencio viendo la televisión. Es la primera vez que Panem entero puede ver todo, han hecho mucho contenido nuevo porque el viejo dirigido al público capitolino no gustaría a cualquiera. Potenciaría las diferencias.
Llegan las noticias, y el reportero dice que Katniss ha sido trasladada al Distrito 12, donde será controlada, aunque según el diagnóstico no hay ninguna manera de que se recupere.
—¿Tú crees eso? —pregunto, y sé que Pollux sabe a qué me refiero.
«Katniss lo hizo porque se debía hacer».
—Nunca me gustó Coin. —Él sonríe.
«A Katniss tampoco. Y era recíproco».
—¿Por qué crees que lo hizo?
«Tú lo sabes tan bien como yo».
—Coin lo provocó. Primrose era muy pequeña para estar ahí. Las bombas… ¿por qué no huyó Snow si tenía un aerodeslizador?
«Las bombas eran un invento de Gale y Beetee».
—Pero si los distritos ven que siguieron a una dictadora sádica más… la paz es muy inestable ahora.
«Por eso estamos aquí» me dice, y yo me quedo ensimismada mirando sus manos. Sus gestos son tan suaves y característicos que es casi como si fuera capaz de escuchar la voz tranquila que siempre tuvo. «Nos lo ha pedido a nosotros, porque sabemos la verdad. Y cómo contarla».
No me doy cuenta de cuándo me he acercado a él. Le agarro la mano derecha, es más áspera que antes de la guerra, es más grande que antes de que trabajara cinco años como avox. Pero tiene la misma calidez y, cuando entrelaza los dedos con los míos, me siento como en casa.
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Llevo todo el día dándole vueltas a algo.
Las palabras siempre y nunca. He usado, abusado de hecho, toda mi vida de la primera. He empezado a sustituirla por la segunda.
Y no está bien. Debería dejarme de esas certezas absolutas. A veces. Quizá. Esos términos debería usar.
A veces debemos enseñar la verdad. Quizá podamos mostrar solo una parte de ella.
Es como si fuera en contra de lo que creía de joven. Sé que mi hermana Eris se desesperaría porque me haya vuelto traslúcida en vez de transparente. Pero, ¿de qué serviría que enseñe esa pintada del símbolo del Sinsajo con el lema «asesina»? ¿A quién beneficiaría?
Es curioso cómo los distritos parecen tener una conciencia unida. En el Uno, nadie opinaba demasiado, aunque parecían preocupados; en un mundo con menos lujos, pierden bastante mercado de joyas y es uno de sus sustentos. En el Once, todos estaban felices, libres, y agradecidos con Katniss y el resto de los rebeldes.
Y aquí, en el Trece, las cosas son muy distintas de cuando pasamos la guerra escondidos bajo tierra.
Hay murmullos a nuestras espaldas. En la superficie, algunos se han dedicado a comenzar de cero. Construyen hogares, consiguen ocupaciones nuevas, disfrutan del aire libre. Pero aquí abajo… han cambiado el gris por el negro.
No solo hablo de sus uniformes, ni de su estricto régimen y estilo de vida. Es algo más. Se han vuelto más serios aún, agresivos incluso. Apenas nos dejan grabar nada y sabemos que están deseando que nos marchemos. O sino llegará el día que nos echen ellos.
Panem es un lugar libre, pero no ven con buenos ojos a unos reporteros que viajan de aquí a allá filmándolo todo.
¿Es porque ocultan algo? Sé ahora la respuesta: no.
Nos lo dicen abiertamente. Nos odian. A nosotros, al Sinsajo, a los rebeldes que acabaron con su dirigente y no han hecho nada con la asesina.
Quizá Coin les prometió, con palabras o sin ellas, que serían los nuevos capitolinos. Con el poder en sus manos y la capacidad de decidir por encima de los demás. Les hemos quitado su momento de gloria. Katniss lo hizo al clavar su flecha en Coin.
Compartimos una minúscula habitación con los colchones más finos e incómodos que nunca he visto. Cada noche siento que me pierdo más. ¿Qué, de todo esto, puedo mostrar? ¿Qué ayudará de verdad a alguien y no creará enemistades?
En el Trece sigue habiendo armas nucleares.
Noto que Pollux me clava el dedo en el costado. Me río, siempre he tenido muchas cosquillas.
—¡Eh! —me quejo—. ¿Qué haces?
«Deja de pensar» me ordena.
—Como si tuviéramos mucho más que hacer…
Él parece meditarlo unos instantes. Después se levanta y mueve su colchón hasta que queda pegado al mío. Me hace señas para que me incorpore y nos sentamos con las piernas cruzadas uno frente al otro.
«Cierra los ojos».
—Estás muy mandón hoy…
«Cressida» me hace sonreír. Inventó un gesto para algunos nombres propios, como el de Castor o Katniss. El mío es una mariposa, porque de ahí viene mi nombre.
—¿Pero qué quieres hacer?
«Jugaremos a algo. Cierra los ojos, única».
Única, como la mariposa que me da el nombre, la única del género Cressida. Hacía mucho que nadie me llamaba así. Exactamente desde la noche en las alcantarillas del Capitolio, cuando insistí a Pollux para que durmiera algo y él me dijo que me callara. Era una broma compartida con Castor, así que, igual que él, no llegó a salir de esa alcantarilla. Hasta ahora.
Al fin le hago caso. De todas formas tampoco se ve demasiado con la pequeña luz de emergencia.
Me agarra el codo para que deje el brazo apoyado en su rodilla. Así, se pone a acariciar muy despacio mi antebrazo. Forma un círculo y lo rodea de rayas que salen de él…
—¡Un sol! —digo, abriendo los ojos. Pollux sonríe—. Lo has puesto muy fácil.
Se encoge de hombros. Es mi turno de dibujar en su brazo.
Pasamos bastante rato dibujando cosas y tratando de adivinarlas. Al final, me duermo. Y a la mañana siguiente nuestros colchones siguen pegados.
Mi brazo está sobre el de Pollux. Y se siente bien.
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Llevaba dos horas frustrada dando vueltas por el tren, pero las últimas noticias me han aplacado. Pollux se ríe en silencio de mí, yo sé que lo hace. Lo fulmino con la mirada antes de volver a vigilar la ventanilla. No quiero perderme ni un segundo en que mis ojos puedan ver el mar.
Plutarch nos sacó del Trece diciendo que no necesitaba más material. Soy consciente de que casi solo usaremos imágenes de la superficie, donde están los no-lameculos-de-Coin. O al menos así los llamo yo.
Me enfadó porque donde hay noticia es allí. Donde debería haber alguien vigilando es allí… Pero resulta que nos vamos al Distrito 4, y se me acaban las dotes de actuación para fingir que no estoy emocionada.
Casi no dejo que el tren pare antes de bajarme de un salto, hacía tiempo que no me sentía con tanta energía. El resto de los viajeros me mira con curiosidad mientras doy golpecitos con el pie en el suelo, esperando a que Pollux baje. Diría que me está haciendo esperar a posta, para molestarme, pero sé que es demasiado educado como para no ayudar a la anciana del Doce a bajar. Mi impaciencia desaparece cuando lo veo, porque he acertado.
Este chico es la bondad en persona.
Dejamos nuestras cosas en una pequeña casa que Plutarch nos ha conseguido para la estancia. Es tarde, anochece, ya mañana hemos quedado con Annie para grabarla, a ella y al pequeño Finnick Junior. Será buen material para la serie de documentales sobre la posguerra que estamos haciendo.
Esto es lo máximo que consigo de pensamientos coherentes. Me siento como una niña pequeña correteando hacia el mar.
Y es aún más impresionante de lo que imaginaba que sería. Me encantan las fotografías y los vídeos, a eso me dedico, pero nada podrá superar las cosas en persona.
La brisa marina me acaricia el pelo, que cada vez está más largo, apenas se ven mis tatuajes. El olor a sal me sorprende, es muy intenso. La arena en mis pies es muy distinta a la artificial del Capitolio. Las olas producen un sonido hipnótico y su vaivén hace que deje mi mente completamente en blanco.
Me siento pequeña. Me siento grande. Es impresionante estar ante algo natural, real, tan imponente.
La risa de Pollux, el sonido más parecido al Pollux adolescente que aún puede emitir, me saca de mi ensoñación. Sus ojos están brillantes, con la luz del sol que ya se esconde.
¿Hay algo más cliché que besarse en la playa bajo el atardecer? No lo sé. Pero me apetece, y lo hago. Le beso.
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Los siguientes días son como si no los estuviera viviendo yo.
Los ojos de Pollux brillan tanto en la playa como en la penumbra de la habitación que compartimos, en la cama en la que dormimos juntos, y me doy cuenta de que no es por la luz del sol. Es por mí.
Cada vez que ese pensamiento me viene a la cabeza, me tiembla todo.
Annie, que podrán decir que está loca pero tiene momentos de lucidez mucho más clara que la de muchos, me dice una tarde que me ha cambiado la mirada. Que cuando me conoció era diferente. Y me pregunto si es por Pollux.
Cuando nos besamos, es como si volviera a ser una adolescente. No porque no tenga experiencia, ya he estado con otros chicos antes, sino porque los labios de Pollux son diferentes. No lo digo porque sea avox, aunque eso claramente limita un tipo de besos, sino porque de verdad lo son. Más suaves, más cálidos, encajan en los míos. Y me besa como si fuera la cosa más delicada del mundo.
¿Hay una sensación más fuerte que esta? Cuando me sostiene la cara con cuidado y me acaricia los labios con los suyos... me siento de cristal.
Es extraño, porque siempre he sido distinta. Fuego ardiente, más que calidez. De aventuras, de manejar yo la situación, de ser fuerte. Y con él… es como si me derritiera y solo quisiera que me acune en sus brazos para siempre.
¿Es sano sentir esto? No lo sé.
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Tengo mi respuesta una semana después, cuando nos vuelve a tocar trasladarnos. Esta vez al Distrito 10.
No se me pasa por la cabeza lo problemático que va a ser eso. Estoy todo el viaje tranquila, acariciando distraídamente la barba de Pollux mientras reviso mensajes de trabajo y charlo con mi familia. Bajo del tren completamente en calma, de la mano con Pollux hasta nuestro alojamiento y hablando de sitios que podríamos grabar.
Pero por la tarde, cuando nos llevan a ver el nuevo ganado, mi mundo se tambalea.
Más allá del cercado de las vacas, más lejos todavía que el corral de las ovejas… veo un caballo.
Por un momento me parece una especie de aparición, como si trajera un mensaje para mí, tardo den darme cuenta de que hay un hombre pelirrojo montado sobre él y que lo usa para dirigir a las vacas.
¿Por qué me afecta? Porque es como si me estampara contra la realidad.
Me sudan los dedos, así que suelto los de Pollux. Él parece notar al instante que me pasa algo. Sus ojos también se clavan en el caballo. Yo finjo que no hay ningún problema y le doy algunas instrucciones antes de dar una vuelta a la granja. Es entonces, cuando estoy sola, que el pánico me alcanza.
Ese caballo le hubiera encantado a Castor.
Castor… llevo sin pensar en él desde que pisamos el Cuatro. Desde que besé a su hermano, desde que me volví mansa ante sus caricias.
Castor… Castor solía decirme cuando éramos adolescentes que tuviera cuidado con Pollux para no confundirlo. Que para él, la línea de amistad y algo más no existía conmigo, que yo decidía si desaparecería. A mí aquello me hacía gracia. Nunca pensé que Castor hablara en serio, o que solo sería un capricho del momento. Después Pollux se transformó en avox, más tarde estuvimos en guerra… es ahora cuando las cosas se han asentado y he podido plantearme seriamente aquellas palabras.
Es ahora cuando me he dado cuenta de que sabía que aquello era verdad. Que yo era la única que podía consolar a Pollux, hacer que sus ojos brillasen. Única, como él me llama.
¿Y si todo lo he hecho por culpabilidad? ¿Y si… el alivio, la amistad… los he confundido con amor? ¿Y si solo estoy intentando enmendar todo lo que ha sufrido por mi culpa?
Soy un maldito desastre.
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Decir que le rehúyo es quedarse corto. Durante tres días evito el contacto, tanto físico como visual. Así que tampoco hay conversación posible si no le miro las manos.
Me siento una estúpida cría comportándome así, pero es que tengo pánico. Cualquier cosa que haga puede empeorarlo todo. Hacer que se haga aún más ilusiones, acabar de destrozarle por dentro si resulta que no le quiero de esa manera…
Pollux, como siempre demasiado bueno, no me presiona. Me pregunta una vez si quiero decirle algo, yo niego con la cabeza.
Pido a Plutarch que nos mande al Capitolio de vuelta, con la excusa de que ya tengo mucho material en el que quiero trabajar, y que también tengo que grabar lo que está pasando allí. Creo que mi petición le parece rara, pero acepta.
Y es así cómo me alejo del todo. Me las arreglo para que Pollux grabe por su cuenta, con un equipo a su mando. Yo mientras trabajo en la edición del material que ya tenemos y el que me va llegando cada día. Me ofrezco para dirigir una película de la estrella del momento, Izzy Gates.
Me encierro en el trabajo. Mi hermana Eris viene a dar golpes a la puerta de mi despacho todos los días, pero ni ella consigue que salga.
Quiero pensar qué tengo que hacer y a la vez hago cualquier cosa con tal de no pensar.
Pero al final no soy yo quien decide, sino el que explota la bomba en el edificio de enfrente.
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—Esto no puede saberse… —dice, nervioso, Plutarch. Pocas veces lo he visto así.
—¿Y qué propones si se puede saber? —pregunta, desde la pantalla, Haymitch. Veo de fondo que su casa está completamente desordenada y llena de botellas vacías.
—Maquillar la verdad.
—¿Qué puedes maquillar de una bomba? —Paylor, nuestra presidenta electa, parece realmente enfadada con la propuesta.
—Podemos decir que ha sido una fuga de gas, o que…
—Nadie se lo creería —interrumpo—. Y ya se habla de esto.
—La paz es aún muy inestable —opina Plutarch.
Pollux mueve las manos y soy la única que lo entiende, así que hago de traductora. Pero tengo mucho cuidado de no mirarle a la cara.
—Dice que no ayudará si sigue habiendo ataques o si se descubre que los hemos estado escondiendo.
Todos los de la sala meditan esas palabras. Somos un grupo extraño, lleno de exrebeldes y nuevos dirigentes, aunque viene a ser casi lo mismo. Las pocas personas de las que estamos seguros que se puede confiar. O todo lo seguros que podemos estar.
Brillan varias ausencias, y no solo hablo de los caídos en la guerra. Katniss y Peeta o no han sido invitados o aún no están listos para participar en algo como esto.
Quizá es ese pensamiento, el recordar el Sinsajo, lo que me da valor. Miro a los ojos a Pollux, que ya estaba observándome, y me pongo de pie.
—Antes de seguir con esto… decidnos todo de una vez. La verdad. Porque no me creo que unos cuantos capitolinos descontentos hayan hecho esto y no los hayan pillado. O, más bien, que os pongan tan nerviosos.
Plutarch mira a Paylor y, cuando ella asiente con la cabeza, suspira. Se acaricia las sienes antes de hablar.
—Es el Trece. Y los capitolinos seguidores de Snow. Se han unido.
Sabía que pasaba algo en ese distrito, sabía que nos despreciaban… pero no esperaba algo así.
Genial, apenas salimos de una guerra y ya hay otra cociéndose.
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Después de semanas consiguiendo información como podemos, descubrimos que hay un plan. Un plan que en realidad era más que obvio. ¿Qué mantiene unidos a personas tan diferentes, a esos dos bandos contrarios? El enemigo común.
Y ahora el enemigo es el Sinsajo. El que acabó con sus dos dirigentes.
Van a por Katniss.
Por eso estamos aquí. No quieren asustarla, aún sigue inestable, así que Pollux y yo estamos viviendo en su casa vigilándola, con la excusa de hacerle una visita. Si estuviera más lúcida, sé que se olería algo raro.
Realmente creo que está más pendiente de todo lo que concierne a Peeta. Él no hace mucho que ha vuelto al Doce. ¿Tiene que ver con que la vida de Katniss vuelva a estar en peligro? No lo sé ni se lo voy a preguntar, porque no sé cuánto sabe él. Y tampoco es completamente estable que digamos.
No lo saben, pero varios nuevos vecinos son rebeldes. ¿Se nos sigue llamando así si somos de los que «tienen el poder»? Bueno, que son de nuestro bando, y son la guardia personal del Sinsajo loco.
Pollux no me ha vuelto a mirar desde la última reunión con Plutarch, Paylor y los demás. Pero yo sí que lo miro a él, y mucho. Por si acaso quiere decir algo y tengo que traducirlo, por si encuentro sus ojos brillantes otra vez, por si hay algún cambio en él.
Pero nada de nada. Por primera vez, no sé leerle. Aunque sé que seguro le estoy haciendo daño.
Se levanta del sofá, pasamos el día tirados en el salón viendo programas, y se va a preparar la cena. Como todos estos días, lo sigo con la mirada.
—¿Yo tengo esa cara cuando Peeta se va?
—¿Eh? —pregunto, confusa. Es raro que Katniss hable si no es para responder algo.
—La que pones tú cuando él se va.
—No me veo la cara.
—Ya… Creo que sí pongo esa cara.
—Vale, no sé qué me quieres decir.
—¿Yo? Nada.
No dice más pero no hace falta. No sé si conozco mucho a Katniss o simplemente soy perceptiva. Sé que piensa. En sí misma, en que tiene ganas de correr a los brazos de Peeta porque fueron su refugio, en que eso le haría daño.
En que si ella mira a Peeta como yo a Pollux… quizá sí siente cosas. No importa qué cosas, pero algo siente.
Espero a la madrugada. Me cuelo en la habitación de Pollux y me meto en su cama. Él no parece sorprendido, ni contento, ni molesto por verme. Nada.
Mueve las manos despacio para que no me pierda ninguna palabra.
«Cressida, la única en tu especie. Siempre supe que eras una mariposa y volarías huyendo si me acercaba demasiado».
—Perdóname —pido—. Tenía miedo de no estar segura. Sigo sin estarlo. Pero tampoco quiero estar lejos de ti.
Me mira, con la poca luz que entra por la ventana, antes de sonreír.
«Haré que lo estés».
Y es, como siempre, justo lo que necesito.
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Al final, encuentran a los dirigentes de ese grupillo terrorista. Se anuncia a todo Panem que serán encarcelados y habrá un juicio, por haber atentado contra la seguridad y planear más ataques, aunque no se menciona al Sinsajo.
Se refuerza la seguridad en el Trece y se vigila más de cerca a los capitolinos. Tarda, pero la cosa se va serenando.
Pollux y yo visitamos de vez en cuando a Katniss, porque no queremos que esté sola, y porque algo de amistad ha salido de todo lo que hemos vivido juntos. En una de nuestras despedidas, le digo que no sea tonta. Le digo que disfrute de lo que tiene, en lugar de pensar en lo que perdió. La siguiente vez que vamos al Doce, Peeta ya vive con ella.
Plutarch nos pone al mando de la televisión. Dirigimos películas sobre la guerra, una serie sobre las enseñanzas que nos dejan Los Juegos del Hambre, programas más amenos que van dejando atrás el tema de la posguerra… Y poco a poco dejamos de tenerla todo el día en la cabeza.
Nos compramos un pequeño apartamento en una de las nuevas zonas del Capitolio, llena de gente de todos los distritos, y cerca de donde nos criamos, de nuestras familias.
Nos casamos en un barquito en medio del mar, completamente solos, a excepción de una foto de Castor. No es una ceremonia oficial ni habrá ningún documento que firmar, pero para nosotros es más que suficiente.
Él hace que cada día esté segura de que lo quiero. No porque sea un amigo de la infancia, ni porque me haya acompañado en todo, ni por sentirme en deuda. Sino porque es él. Todo él. Y me hace feliz.
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Lo siento, he escrito rápido y con muchas dificultades, y ni me he centrado lo que quería en la reconstrucción de Panem (como Elenear pedía) ni en la relación de Pollux y Cressida como debería. Pero en fin, esto ha salido, y mejor publico ya antes de arrepentirme jajaja.
Eris, la hermana de Cressida, es mi tributo en el SYOT "Causa y Efecto" de Alphabetta, e Izzy Gates es el tributo de Elenear28 :)
