Nota: SemiAU. Cato ganó los 72º Juegos del Hambre y Clove se presenta a los 73º.

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~ Amores en Panem ~


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V. Cato y Clove

Sangre y veneno

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«El amor y la locura son los motores que hacen andar la vida». Marguerite Yourcenar

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El calor es insoportable. El sudor me recorre desde el cuero cabelludo hasta las plantas de los pies. Estoy tan empapado que casi parece que he cruzado esa cascada de agua que tengo delante. Esa que sé que no es más que una trampa, porque está llena de veneno.

Mi compañera del Distrito 2 bebió. Fue lo último que hizo. Se lo mereció por imbécil. Me llamó suplicando. Cato, ayúdame, me arde algo dentro, decía. Yo solo puse los ojos en blanco, levanté la espada y separé su cabeza de su cuerpo.

Una muerte rápida. El mayor regalo que les puedo dar aquí.

Los demás profesionales de la alianza no lo vieron bien, aunque no me dijeron nada. Estaban demasiado aterrados.

Ahora no queda ninguno. Han ido cayendo a manos de la Arena o de otros tributos, demostrando que no merecían estar aquí representando a sus distritos. Que no eran lo suficientemente buenos.

Pero yo sí lo soy.

Quedan dos chicos, el del Tres y el del Diez, que se aliaron. Han estado intentando hacerme caer en una trampa. Los pobres ilusos…

El sol da más calor todavía cuando salgo de entre los árboles. Al otro lado del desfiladero de piedra, veo a los tributos sufriendo para poder subir la pared rocosa. Han sido tan estúpidos de atravesar el río envenenado con tal de alejarse de mí. Quizá el agua no solo tenga que tragarse, puede que mueran por haber estado en contacto con ella, por alguna herida o incluso por los poros de la piel. Pero no les daré esa satisfacción.

No ganaré así.

Por eso, miro hacia atrás, entre las copas de los árboles, imaginando que hay alguna cámara, y pido a mi mentor una forma de cruzar. Sé que todas las apuestas van por mí, que todos los patrocinadores pagarían por poder darme su dinero.

No tarda en llegar un gran paracaídas con una placa de madera que se puede extender y extender. Un regalo muy caro, ojalá sea uno de los más caros de la historia. Es así como me hago un rudimentario puente. El chico del Tres aún no ha conseguido subir al borde cuando yo ya he cruzado.

Me aseguro de que se vea bien mi sonrisa antes de dar un tajo limpio a su mano derecha. Resbala varios metros, gritando por el miembro perdido. Escucho un ligero movimiento a mi espalda y me agacho a tiempo de que el del Diez no me apuñale por la espalda. Su pequeño cuchillo no es rival para mi arma, ni para mí.

Su muerte es rápida, porque la deshidratación hace que empiece a estar mareado. Le atravieso el estómago con la espada. El cañonazo no tarda.

El del Tres sigue agonizando y agarrándose con la mano izquierda para no caer de nuevo al río envenenado. Dejo mi arma en el suelo y voy hacia un extremo, donde hay una roca gigantesca. La levanto, haciendo uso de toda mi fuerza, y, con un grito triunfal, la dejo caer por el acantilado justo encima del chico.

El sonido que hace al aplastar su cuerpo sabe a gloria. Significa mi gloria.

—¡Señoras y señores, los Juegos han finalizado! —anuncia una voz—. ¡Aquí tenemos al vencedor de los 72º Juegos del Hambre! ¡Cato, del Distrito 2!

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—¡Me presento voluntaria! —grita una enana.

No hay otra palabra para definirla. Es bajita, escuálida, de rasgos afilados y mirada maliciosa. Intenta fingir que es un tigre, pero solo llega a gatito. Le preguntan su nombre. Ella levanta su barbilla puntiaguda.

—Soy Clove, la vencedora de este año.

Me gusta su actitud. Decido que será mi primer trabajo como mentor. Haré que esta cría, esta fierecilla, gane. Y mantendré mi fama.

Todos en el Capitolio me adoran. Soy el Vencedor que cualquiera querría, carismático, fuerte y apuesto. También seré el mentor por el que se pelearán los tributos del Dos.

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—No necesito consejos de nadie. —Me río, es lo mismo que le dije al inútil de mi mentor el año pasado.

—Me da igual. No es por ayudarte a ti, sino a mí. Que ganes me dará buena imagen.

—¿No se supone que ya le encantas a todos? —pregunta, con cierto asco.

—La fama no dura eternamente.

Suspira y se cruza de brazos. Sabe que no le queda de otra. Y, además, he sido sincero, eso era lo que buscaba. Por altruismo no la convencería, por egoísmo sí. Todos hacemos cualquier cosa por nosotros mismos.

—Vale. Empieza.

El tren continúa su camino hacia El Capitolio mientras le hablo de algunas cosas que aprendí en mis Juegos. La otra mentora y su tributo vienen a la misma sala, pero basta que le eche una mirada a ella para que decida huir. Me pregunto cómo alguien tan cobarde pudo ganar hace unos años.

Clove me escucha con atención. Aunque, por su gesto, me da la impresión de que no me hará caso.

—Mira, enana, sé que pretendes ignorarme. No lo hagas.

—¿Qué sabrás tú de mí o de cómo pienso?

—Te recuerdo de la academia, te he visto mil veces en los entrenamientos —digo, poniendo los ojos en blanco—. Para ser tan pequeña, te encanta llamar la atención y eso será problemático. Te marcarán como objetivo. Deberías usar tu aspecto a tu favor y jugar la carta de fingir ser débil.

—Creo que eres tú quien tiene un problema y no dejas de fijarte en mí. Yo siempre paso desapercibida.

¿Siempre va a ser tan complicado hablar con esta chica? Empieza a enfadarme.

—Tú haz lo que te digo y punto.

—No tengo por qué hacerlo.

—Si quieres que busque patrocinadores y te mande cosas, sí. —Es una amenaza, y Clove lo sabe.

—No necesito nada ni a nadie. Que te quede claro.

Casi escupe las palabras. Después se levanta y se marcha.

Doy una patada al sillón en el que ha estado sentada. Esto va a ser más complicado de lo que esperaba, pero no puedo dejar que esa pequeñaja haga que pierda.

Yo nunca pierdo.

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Está nerviosa.

No sé por qué lo sé, pero es así. Quizá es por la vena que se le marca en el cuello. O porque se ha limpiado con disimulo el sudor de las palmas de las manos. Probablemente soy el único que se ha dado cuenta, y es porque no le quito el ojo de encima.

Me acerco al carruaje. Está muy llamativa vestida de guerrera, con una armadura que deja al aire algo de su cuerpo espigado y huesudo. Me quedo mirando su clavícula unos segundos más de lo que pretendía. Sus ojos oscuros ya están clavados en los míos cuando llego a su lado.

—¿Qué? —pregunta, impertinente—. ¿Vienes a decirme que lance besos al aire y sonría? Espera sentado.

Intento que no, de veras que lo intento, pero me hace reír.

—Solo dos palabras: barbilla alta. No hace falta más.

Por un milisegundo creo que va a sonreír. Al final hace una mueca y un gesto con la mano, como si yo le molestase.

—No necesito que me digas eso.

Me marcho sin decir nada más. Pero sé que la pequeña conversación ha servido, porque deja de estar nerviosa y pasa todo el desfile con la cabeza bien erguida.

Casi parece más mayor y más alta. Casi.

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—¿No me vas a decir nada?

Levanto los ojos de mi copa y van, como si supieran el camino de memoria, hacia Clove. La otra mentora y el otro tributo (sí, me dan igual sus nombres), se quedan en silencio. Llevan un rato charlando acerca de las estaciones que el chico ha visitado en el entrenamiento, y sobre las que debería visitar mañana.

Yo no voy a hacerlo.

—¿Algo que quieras escuchar? —pregunto, arqueando una ceja.

—Quiero que me digas lo que no quiero escuchar.

—Eso es nuevo.

—Se supone que es tu trabajo.

—Creía que no necesitabas a nadie.

Me fulmina con la mirada. No puedo imaginar el miedo que pasarán el resto de débiles tributos cuando sufran esto. Parece capaz de envenenar con los ojos.

Se levanta arrastrando la silla y se marcha pisando fuerte. Yo sigo comiendo como si nada hubiera pasado. Más tarde, después de pasar un rato viendo en la programación capitolina un reportaje sobre mis Juegos, Clove me espera con la espalda apoyada en mi puerta. No se aparta cuando llego, solo se cruza de brazos y me mira en silencio.

Me sorprende lo grandes que parecen esos ojos en esa cara de rasgos afilados. Sobre todo cuando, por una vez, no los tiene entrecerrados. No intenta intimidar.

—¿Qué clase de mentor eres si no me dices que vaya a las estaciones de supervivencia? —Aunque sus palabras son igual de cortantes. Me río entre dientes.

—Uno suficientemente perceptivo como para saber que eres lista. Si no vas a esas estaciones es porque no lo necesitas. —Por primera vez, sonríe. Es una sonrisa ladeada, maliciosa—. Y también sé que si te digo que hagas algo, harás lo contrario.

—Es cierto. Si me ordenas algo, no lo haré. Si me dices algo que sí me convenza, aunque no me guste escucharlo, me lo pensaré.

Eso me sorprende. Sí que es lista, porque por mucho orgullo que tenga sabe que le viene bien tener la visión de alguien desde fuera.

Me apoyo en el marco de la puerta, estudiándola un instante, sosteniéndole la mirada.

—No dejes que vean lo buena que eres lanzando cuchillos. Hazlo solo en el entrenamiento privado, necesitas patrocinadores y la puntuación ayuda. Después finge que no sabes por qué ha sido tan alta.

—¿Cómo…? —Verla desconcertada, con la guardia baja por una vez, es muy satisfactorio.

—Ya te lo dije, no me pasabas desapercibida en la academia.

Le dedico un asentimiento de cabeza como despedida y entro en mi habitación. Es entonces cuando me doy cuenta de ese "me" en medio de la frase. ¿Llama la atención en general o es solo a mí?

Alguien que se esfuerza en asustar tanto cuando su aspecto es el contrario, tiene que ser llamativo.

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Clove grita al ver las puntuaciones. Su compañero y la mentora se levantan y se marchan. A mi chica le ha ido bien, pero no le gusta que la hayan igualado.

—Enana, no es para tanto.

—Tú calla. No eres ejemplo de buen genio.

Cuento hasta diez mentalmente. No sé por qué siempre permito que me hable así.

—Mañana en la entrevista puedes destacar.

—No voy a fingir ser una boba. Soy una asesina. Punto.

—Todavía no lo eres.

—¿Y tú qué sabes?

Algo en sus ojos me dice que habla en serio. Parece que esta pequeña es un diablillo.

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—Obtuviste una muy buena puntuación, ¡sorprendente! —Sé que ese asombro le resulta insultante a Clove, aunque apenas mueve un poco una ceja. Yo me río—. ¿Cuál es tu secreto?

—Si lo supiera sería eso, un secreto. Pero no sé cuál de mis cualidades ha gustado a los Vigilantes más.

Su tono arrogante es divertido, ¿o solo me lo parece a mí? Esa fierecilla, que grita que está dispuesta a matar con sus propias manos a cualquiera que se interponga en su camino. ¿Será tan sanguinaria como hace ver? Cuesta creerlo.

—Oh, vamos, no te hagas de rogar, querida —pide Caesar.

—Bueno… —Es la primera vez que la veo intentando resultar simpática. No me da tiempo a saber si me resulta raro o no, porque mis ojos se desvían a esa sonrisa, que no deja de tener un punto travieso—. Digamos que seguro que habrá una ballesta en los Juegos, y si cae en mis manos veréis un buen espectáculo.

Miente con tanta facilidad que me pregunto si me ha mentido en algo. Me molesta no saber la respuesta.

Es una buena estrategia. Y me dice algo: no se fía de los tributos de su alianza.

Estaré atento.

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Bebe agua en pequeños sorbos. Después se tumba en el sillón de la sala en la que esperamos. Se levanta al de poco tiempo y me tira la botella de plástico vacía. Me da en la espalda y yo niego con la cabeza, esta chica está loca si se atreve a hacerme enfadar. Sobre todo justo ahora.

—¿No me vas a desear suerte, como los demás mentores? —Es prácticamente una orden.

—No la necesitas. —Y, de nuevo, me quedo desconcertado al verla sonreír.

—Grandullón… no lo repetiré nunca más, así que grábatelo bien en la cabeza. Gracias.

Me doy la vuelta y me marcho, porque no quiero ver cómo la plataforma se la lleva. ¿Por qué? No lo sé, pero estoy más nervioso que cuando empezaron mis Juegos. Quizá porque nada está bajo mi control, porque la diferencia entre la derrota y la victoria, entre la muerte y la vida, no está en mi mano.

Todo lo tiene Clove. Más le vale ganar.

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Mis ojos no se separan de su cuerpecito cuando el Baño de Sangre empieza. Corre entre los ladrillos sueltos y salta agujeros del suelo. La Arena es una ciudad rojiza, con casas de estilo antiguo y suelos de piedra. Clove llega la primera a la Cornucopia, se asegura de ir a la espalda de un edificio donde sus aliados no la ven, y empieza a lanzar cuchillos a los tributos que intentan huir.

Y lo veo. Ella es una artista. Solo puede calificarse como arte su forma de matar.

Agujeros perfectos que siegan la vida de los débiles. Desprendiendo gotas rojas, que le dan color a la escena. Ahogando voces que no volverán a oírse y apagando ojos que no volverán a ver. Clove se mueve como un pequeño felino, me embruja.

Ella tenía razón, es una asesina.

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Sabía que planeaban algo, pero no sabía el qué ni quién.

Resulta que quizá haya una muerte extraña en el Distrito 2 este año. Una que puede que no tenga explicación, que parezca un suicidio de una Vencedora que ha quedado afectada por sus Juegos. Aunque la realidad sea que la mataré con mis propias manos por habernos traicionado.

Nunca he pensado que la alianza profesional fuera algo grabado en piedra, pero hay un mínimo de honor. Algo que nos enseñan en el Dos. Y la estúpida de mi compañera mentora no lo ha respetado.

Armó un plan con su amiguito Finnick, el mentor del Cuatro. Sus tributos marcaron al chico del Uno y a Clove como principales objetivos.

Pero mi chica es lista. No es un diablillo solo por sus habilidades físicas. Fingió que estaba dormida.

El del Uno cayó y Clove no hizo nada para evitarlo, quizá porque así se quitaba a uno peligroso de encima. Después disparó esa ballesta que dijo que era su arma, que sus aliados creen que lo es. Atravesó el cuello de su compañero de distrito con una flecha.

La del Uno y la del Cuatro huyeron, pero el chico del Distrito 4 estaba decidido a matarla. Consiguió, con su tridente, hacer que se le cayera la ballesta. Después optó por atacar cuerpo a cuerpo, porque claramente tenía ventaja. No contó con lo escurridiza que es Clove y fue tan estúpido como para creer que no lo alcanzaría cuando ella lanzó el cuchillo.

Le dio justo entre las cejas. Un tiro perfecto.

Y los patrocinadores empezaron a llamarme.

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—Clove… —susurro—. Corre.

Cojea y siento una punzada en el corazón.

He pasado los últimos días viendo cada uno de sus movimientos. Cómo come, duerme y mata. Cómo sufre desde que la hirieron. La alianza profesional ha estado llena de traiciones y ella no pudo esquivar una cuchillada de la estúpida del Cuatro, que también debía estar metida en ese complot.

No hace falta decir que mi enana acabó con su vida. Ocho muertes ya en sus manos y contando.

Pero… ahora esto no pinta bien.

Le he mandado medicina, se le infectó la herida y le mandé también algo para eso. Le envié comida cuando no fue capaz de encontrarla. Pero no hay nada que pueda hacer para ayudarle contra ese chico que corre con un ladrillo en la mano. No quiero imaginar su cabecita abollada.

En el último momento, Clove se da la vuelta y atraviesa al chico con un cuchillo. Justo en el corazón.

Ha ganado el pequeño diablillo.

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Verla me revuelve algo por dentro, en algún órgano vital que no llego a identificar. No me paro a pensar mucho en ello, porque sus ojos oscuros ya han encontrado los míos. Como imanes.

No hay un reencuentro emotivo. Solo nos damos la mano. Pero el apretón es más fuerte y largo de lo normal.

—Lo has conseguido —susurro, no estaba tan contento desde que gané mis propios Juegos. Y, por una vez, no tiene nada que ver mi propia gloria.

—Lo hemos conseguido.

Me dedica esa sonrisa torcida una vez más. Y ya está, es como si hubiera encontrado una nueva fuente de energía.

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—Eres muy pesado.

Pongo los ojos en blanco. Cada vez que abro la boca, ella me replica.

—¿Tienes miedo de que te gane? —pregunto.

—Repite eso si tienes agallas.

—Entonces, venga.

Se lanza contra mí. Como ya le dije, yo gano cuerpo a cuerpo. Apostamos, creo que en una cena en el Distrito 3 durante su gira de la victoria, a ver quién ganaría. En dos segundos la tengo en el suelo, completamente atrapada bajo mi cuerpo.

Destila rabia. Y yo le robo un beso.

De pronto, la tengo encima.

—No vuelvas a hacer eso —dice, mordaz.

—¿Por qué?

—Porque solo yo decido cuándo besar, grandullón.

Entonces, sus labios se posan en los míos. Sabe a sangre y veneno o puede que solo sea mi imaginación.

Nada me había sabido tan bien.

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Esto surge de una idea que tuve hace tiempo y quería desarrollar más, la escribí de forma corta para por una apuesta perdida, así que se la dedico a ella.