Este fic es para Alphabetta por el "Intercambio Día del Amigo" del foro El diente de león.

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~ Amores en Panem ~


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VI. Gale y Darius

Mientras él ría

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«Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere». Elbert Hubbard

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—Chico, deja de fruncir el ceño y disfruta de la comida —me dice una voz—. La vida es demasiado corta como para ser un viejo amargado a los dieciséis.

Levanto la cabeza y mi ceño se frunce aún más. Es un Agente de la Paz, el más joven que he visto. Tiene el pelo rojizo y despeinado. Está devorando un estofado de Sae como si fuera lo mejor que ha comido en su vida, aunque el de hoy sabe especialmente mal. Le dice que me rellene el cuenco, que lo paga él. Yo me levanto, no quiero limosna de nadie.

Pero lo que hace que le mire peor es la sonrisa que tiene en la cara. ¿Quién se cree este tío?

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Alguien se sienta a mi lado y sé de sobra quién es. El pesado Agente de la Paz pelirrojo.

—Hola, colega, ¿qué tal?

Frunzo el ceño y no respondo. Él se echa a reír.

—¿Es que tu mamá te ha dicho que no hables con desconocidos? Arreglémoslo. Me llamo Darius, ¿cómo te llamas tú?

—Es Gale —le dice Sae, dejando la comida delante de nosotros. La fulmino con la mirada y ella me dedica una burlona.

—Gale —repite y me mire fijamente, por una vez más serio—, te pega. Me gusta.

Ruedo los ojos. Como si me importara lo que este piense…

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Durante un mes he escuchado a Darius dándome consejos que no quiero escuchar, diciéndome que sonría más y me amargue menos. Un día dejo mi silencio, por fin, harto de tener que aguantarle.

—¿Quién te crees para darme lecciones? ¿Qué tienes, uno o dos años más que yo?

—Dos —responde, exultante por haber conseguido que le responda—. Eso me hace adulto y a ti un niño.

—Físicamente, tal vez. La cabeza es otra historia.

Se ríe muy fuerte.

—Me caes bien —dice.

Su pelo rojizo está más revuelto cada día. Me quedo mirándolo mientras le pide a Sae que rellene mi cuenco de estofado, intentando invitarme como el primer día.

No sé por qué, pero esta vez acepto.

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No soy capaz de pensar con demasiada coherencia. Esta bebida que me ha dado Darius… sabía fuerte y mal, pero hace que los problemas parezcan menos importantes.

Vick tiene mucha fiebre y tos, la señora Everdeen lo está cuidando. Lo único que puedo hacer es esperar.

Y se me da fatal.

Esperé aquel día, cuando papá no salió de la mina. Esperé y esperé a que llegara en alguno de los montacargas. Que riera, nos sentara en sus hombros y dijera que todavía le quedaban energías para unas cuántas carreras. Era alto y fuerte, pensaba que nada podría con él. Pero la mina pudo con él.

Vick no es alto ni tampoco fuerte. Es un niño aún, que está tardando en dar el estirón. Si papá no pudo… ¿cómo podrá él ganar?

Darius me ha encontrado en la puerta de casa de las Everdeen. Katniss ha huido, no soporta a la gente enferma. Yo enfermaré si mi hermano no sale de esta.

Por eso Darius me ha hecho levantarme, me ha llevado entre las casas hasta un rincón donde nadie nos vea y ha hecho que vaciemos en nuestras gargantas una botella de un color marrón dorado.

Desde entonces a ratos todo me parece muy gracioso y a ratos me entra sueño. Pero lo bueno es que ya no veo tan grave todo. Estoy casi flotando, el mundo me da vueltas.

—Gale. —Sé que me llama, pero no soy capaz de enfocar su cara bien. Está serio, ¿cuántas veces he visto eso? Pocas, muy pocas—. Gale, saldrá de esta. Y estaré contigo, pase lo que pase.

Me aprieta el hombro con la mano y siento una calidez en el pecho que no tiene nada que ver con el alcohol. Es la primera vez en muchos años que sé que no estoy solo en esto, que puedo ser débil y derrumbarme delante de alguien.

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Le doy un codazo a Darius al pasar a su lado. Él se levanta y me persigue, al final consigue atraparme y revolverme el pelo. ¡No es justo! Siempre me gana porque tuvo entrenamiento, en las mismas condiciones…

—Te daría una paliza igual, colega —siempre repite.

—¡Eso habría que verlo!

Nos reímos y nos sentamos para comer. La conversación se vuelve más seria cuando, una vez más, insiste en querer darme algo de dinero. Intenta convencerme hablándome de mis hermanos pequeños. Pero no, se lo he dicho mil veces desde que nos conocemos, no acepto limosnas de nadie.

Hace poco, por el cumpleaños de Posy, se presentó en casa con unos panecillos para todos, sin dejar opción de que los rechazásemos. Sé de sobra que a él tampoco le sobra el dinero, que en el Doce los Agentes de la Paz son poco más que nosotros, así que me molesta todavía más que intente darnos lo poco que tiene.

No necesitamos ayuda de nadie, mamá y yo llevamos la familia desde que papá murió.

Pero, muy en el fondo, debajo de ese orgullo que parece que siempre tengo en la boca… se lo agradezco. Y me río al pensar lo extraño que es que un cazador furtivo y un Agente de la Paz sean amigos. Quizá tiene que ver que él es el más joven de ellos y se siente solo en este distrito, también que en mi mundo hay pocas personas llenas de chistes y risas. Nos sienta bien la compañía del otro.

Por pensar en todo eso, por primera vez le doy las gracias. Él solo se ríe de mí y me tira una bola de nieve a la cara. Me vengaré.

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—¿Qué te pasa? —pregunto.

—¿A mí? Nada, colega…

—Venga, Darius, que soy yo.

Me mira un momento a los ojos. Después suspira pesadamente y me hace un gesto con la cabeza. Sé qué significa.

Caminamos en silencio hasta nuestro rincón, más allá de las viviendas, escondido entre un viejo almacén abandonado y con unas vistas buenas del bosque (a través de la valla, claro).

Nos sentamos en el suelo y le observo en silencio hasta que se decide a hablar. Que esté callado y que no sonría es una de las cosas más raras que he presenciado. Puede intentar fingir con los demás, puede que los engañe o que a ellos no les importe tanto. Pero a mí sí me importa qué le pasa. Él no me deja solo ni aunque lo eche a patadas, yo no le dejaré solo tampoco.

—Hoy es un día importante en el Distrito 2 —me cuenta—. Se acaban los entrenamientos, terminan de formar a una nueva tanda de Agentes de la Paz.

—Así que eres del Dos…

—Obviamente capitolino no soy, y es una o la otra. —Se ríe un poco. Tardo en darme cuenta de que tiene los ojos aguados—. Cuando acabé mi entrenamiento, estaba contento. Saldría del distrito, vería mundo… Al llegar a casa encontré a mi madre y mi padre llorando. Hasta ese momento no fui consciente de que era probable que no volviera a verlos. Sí, yo se supone que avanzaba, conseguía un trabajo lejos y si iba mejorando puestos podía ir a vivir en el Capitolio. Ser Agente allí es darse una gran vida y disfrutar de muchos de sus lujos… Pero nunca volvería al Dos. O, quizá, lo haría cuando fuera tarde. Mis padres ya son ancianos, ninguno de mis hermanos mayores ha vuelto nunca. ¿Y si cuando vuelva a casa… no hay una casa a la que volver?

No sé qué decir, así que no digo nada. Me acerco más a él y rodeo sus hombros con un brazo. Cuando se sacude un poco, sé que está llorando. Por respeto, solo miro hacia afuera. Hacia ese bosque por el que podríamos huir corriendo y buscar el Dos, para que se reúna con su familia. Me da un rabia indescriptible que no podamos hacerlo, que estemos aquí encerrados, y más si eso hace daño a Darius.

Al de un rato, se tranquiliza y me mira. Tiene los ojos rojos. Verlo mal, a una persona que siempre me dice que me anime, me resulta terrible. No es justo que alguien con tanta alegría sufra. Es más doloroso.

—Sé que fui idiota —me dice—. ¿Cómo no pensé antes en las consecuencias de aquello? Pero… me formaron desde tan pequeño que no conocía otra forma de vida. Eligen a los niños que tengan buena complexión física, unos van a la academia de tributos y otros a la de Agentes de la Paz. Pensé que había salido ganando, supongo que fue así, o que me quedé con lo menos malo.

—Oye, ¿en serio querías ir al Capitolio? Yo no podría…

—No lo entiendes —me interrumpe, y me sonríe—. Quería ir porque me emocionaba la idea de cuidar de los tributos. De hacerles más sencillos sus últimos días de vida. De aportar lo que pudiera a hacer del mundo un lugar menos hostil. Pero ya da igual, porque cuando vi a mis padres llorar volví a la academia e intenté hacerlos enfadar para que me echaran. Lo que conseguí es que me mandaran aquí con la promesa de que nunca saldré.

Suspiro y vuelvo a pegarme a él, aunque esta vez no lo toco. Es Darius quien se inclina hacia un lado y apoya la cabeza en mi hombro. Aunque sea más mayor, ya soy casi tan grande como él. Pronto podré ganarle en nuestras peleas de bromas.

—Puede que no te sirva de nada… —susurro, dudoso—. Pero estoy aquí, contigo. Y seguiré estándolo.

Se ríe. Todo parece más soleado cuando lo hace.

—Me sirve.

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Estamos, como siempre, en El Quemador. Darius coquetea con Katniss. Alardea de su forma de besar y de las personas a las que ya ha besado.

Algo en mi estómago se ha vuelto pesado.

Me molesta que mi amigo intente ligar con ella, aunque probablemente sea broma… Tiene que ser broma. ¿Por qué estoy tan enfadado?

Quizá no me había dado cuenta de que me interesa Katniss en algo más que como compañera de caza.

Me levanto y me marcho sin decir nada. Noto los ojos de Darius clavados en la nuca, no necesito darme la vuelta para saber que me mira. Solo le devuelvo la mirada cuando ya voy a dar la vuelta a la esquina.

Está sonriendo, como siempre. Probablemente se ríe de una broma propia que no tiene ninguna gracia.

Estúpido pelirrojo, me hace sonreír.

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Me arde la espalda. No es dolor, es fuego. Quema como si mil demonios en llamas me abrazaran y arañaran. Nunca me habría sentido tan mal. Ni siquiera aquella vez que creía que me desmayaría del dolor de una muela que se me picó, Darius tuvo que llevarme a rastras al herrero para que me la arrancara. Fue horrible, pero acabó parando el sufrimiento.

Y ahora, sumergido en fiebres, solo soy capaz de pensar en eso. En mi amigo, el Agente de la Paz demasiado benévolo, que ha dado un paso adelante (y gritos, nunca ha sabido comportarse, tenemos eso en común) para que dejaran de darme latigazos. El resultado ha sido que le han hecho daño a él.

Darius gritando mi nombre antes de quedar inconsciente es lo único que soy capaz de escuchar. Eso y su risa de ayer, cuando le dije que estaba decidido a conseguir a Katniss para mí; esa risa no era la alegre y burlona de siempre, y puede que ahora nunca sepa por qué.

Ese loco impulsivo ha dado la cara por mí. Y sé que habrá consecuencias.

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Cuando me recupero, Darius no está por ninguna parte.

Pregunto por el pueblo, nadie sabe nada. Me acerco a los Agentes de la Paz, a pesar del asco que les tengo, para preguntar. Purnia, que según me han dicho ayudó a que mi castigo terminara, es quien me dice que ya no está.

Se han llevado a Darius.

Si creyera en algo, estaría rezando. Para que lo hayan trasladado a otro lugar (aunque sé que el Doce es considerado el más pobre y el peor al que ser enviado) o para que pase un tiempo encerrado en una celda y salga sano y salvo.

En el fondo sé que hay muchas posibilidades de que le espere un destino peor.

Maldito pelirrojo. Necesito saber que estás bien. Te prometí que estaría contigo, tú me lo prometiste antes… ¿es que ninguno de los dos va a cumplirlo?

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—Había un nuevo avox… Era Darius.

Esas palabras me parecen una sentencia. Katniss se abraza las rodillas y se balancea, creo que le ha costado contármelo porque sabía que me afectaría.

Siento la ira hervir en mi interior. Ciega, sabe a metal, quiero hacerlos pagar.

¿Un mundo sin los comentarios graciosos de Darius? ¿Uno en el que él tenga que seguir cada orden que le den, sin voluntad propia, cuando siempre ha sido todo lo contrario? No soy capaz de imaginarlo.

Quiero gritar y dar golpes a las cosas. No sé si llego a hacerlo o no. Solo sé que me vengaré, que haré que sufran, que mataré con mis propias manos a cualquiera que haya contribuido a mutilar a mi amigo.

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Después de todo lo que he pasado, de perder a mi padre y tener que crecer pronto, de escapar del Doce porque estaba siendo bombardeado, de ver mil y una injusticias del Capitolio… pensé que ese era mi tope, que no podía odiar más.

Me equivoqué, sí que puedo.

Porque Peeta, en plena guerra, suelta unas palabras que son como un disparo en plena cabeza. Habla de cómo torturaron a sus avox delante de él, de que el chico tardó días en morir. Y ese era Darius.

Katniss busca consuelo en mí, pero soy yo quien realmente lo necesita.

Creo que en el fondo no me creía todo, que pensaba que podría encontrar a mi amigo al dar la vuelta a cualquier esquina del Capitolio y que se burlaría de mí llamándome viejo amargado. ¿Cómo no voy a estarlo en un mundo sin él?

Cuando es mi turno de montar guardia por la noche, lloro. En silencio, sin apenas lágrimas, pero con muchísimo dolor. Lloro como no lo hacía desde la muerte de mi padre.

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Al principio creo que es una visión, que al final resulta que la guerra me dejó secuelas psicológicas graves. O que me he dado un golpe y he empezado a soñar.

Pero su abrazo es real.

Aquí está Darius, de vuelta en su hogar.

Busqué la casa de su familia, quise asegurarme de que sus padres estuvieran bien, de que no les faltase de nada y supieran el buen hombre que era su hijo. Y resulta que no solo estaban sus padres, también está él.

Me suelto de sus brazos, agarro su nuca y lo miro fijamente. Sé que no tiene lengua, veo que le falta un dedo en la mano izquierda, un trozo de una oreja y probablemente algún dedo del pie… Pero sus ojos no han cambiado. Tampoco su sonrisa.

Quiero decirle mil cosas. Siento que he despertado después de una profunda oscuridad. Que me he muerto y me he reencontrado con una persona que siempre supo controlar el fuego que tengo dentro.

—Vas a tener que enseñarme el lenguaje ese de signos —le digo, riendo, aunque me escuecen los ojos—. Sino no voy a entender tus burlas.

Su risa es algo diferente, pero tiene ese mismo timbre y ritmo que me ha alegrado desde que lo conocí. Hace ya… ¿más de dos años? Parece una vida entera.

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Decidí quedarme en el Dos, formando parte de los nuevos Agentes de la Paz, asegurándome de que se mantenga la calma tras la guerra. Con Darius siempre como mi mano derecha.

Le hablé de todo lo que viví, él me contó lo que sufrió y cómo no llegó a morir porque uno de los Agentes de la Paz era un hermano mayor suyo. Lo liberó, Darius pasó toda la guerra escondido y apenas sobreviviendo, y no ha encontrado a su hermano, pero le debe la vida. Ninguno de sus hermanos ha vuelto. Pero al menos tiene a sus padres.

Yo tuve suerte, no perdí a nadie cercano en la guerra. Mamá, Rory, Vick y Posy están bien. No ha muerto nadie cercano… aunque he perdido a Katniss.

Durante un tiempo pensé que me dolía que no me hubiera elegido, pero al enterarme de que vivía tranquila con Peeta en el Doce no sentí celos ni dolor. Solo nostalgia por lo que creí sentir por ella, por esa amistad que confundí con algo más.

Con Darius fue al revés. No supe ver ese algo más durante mucho tiempo.

Hasta que un día vi a un chico coqueteando con él, diciéndole que le gustaban los pelirrojos. Y me salió de muy dentro decir "este pelirrojo es mío". Me di cuenta de que aquella vez que Darius estaba ligando con Katniss, no sentí celos por ella, sino por él.

Darius sigue riéndose de mí por aquello. Se ríe por las mañanas cuando despertamos con los cuerpos enredados, por los días mientras trabajamos instruyendo a otros, por las noches al compartir momentos en la cama.

Se ríe en silencio a veces. Sus ojos se ríen. Y siento que el mundo puede ser mejor mientras él ría.


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Alpha, es la segunda vez que te elijo como amiga secreta, y la segunda para escribirte algo slash jajaja. Espero que te guste, sé que no ha sido especialmente romántico pero sentía que con ellos debía mostrar la amistad que tenían, que acabó siendo algo más. Un abrazo muy fuerte :)