MISTAKE

Lore-chan


CAPITULO 3: EL QUIZÁS.

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-Taichi Yagami-

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El cuarto de hotel era una mierda en comparación al dormitorio que compartía con Mimi, no podía comparar estos pocos metros cuadrados con olor añejo y colores mate a lo que tenía con mi novia. Nuestro dormitorio olía a caramelo y fresas…como ella y los colores verdes, blancos y cremas eran los predominantes.

Me dejé caer sobre el duro colchón extrañando mi hogar. Ya era el tercer día que dormía fuera, tres días sin poder pegarme a su espalda como si fuese chaleco salvavidas y meter mi nariz dentro de su suave cabello para inhalar su aroma.

Te extraño, Mimi.

Extraño tu risa, extraño tus besos, extraño cada una de las pecas que tienes en la espalda. Extraño la curva que tienes en la espalda baja, extraño tus largas pestañas, extraño hasta tu manicure enterrándose en mi piel.

Esto es una tortura, es el infierno mismo y yo me encargué personalmente de crearlo. He querido tantas veces volver el tiempo atrás y simplemente haberme ido ese día jueves a mi casa. Quería borrar de mi vida el hecho de haber caído en la tentación, pero era imposible. No existía forma de arreglar ya mi error.

Mimi no quería saber nada de mí y la entendía. Pero estaba muriéndome por dentro al saber que la tenía lejos y que cada hora que pasaba era una hora que perdía, una hora en la que podría estar haciendo algo para recuperarla. Porque, si bien Sora me había exigido que la dejara en paz, por un buen tiempo, yo sabía que no iba a cumplir. Hasta creo que mi mejor amiga estaba consiente que no aguantaría mucho su restricción.

La extrañaba, la extrañaba, la extrañaba… ¡Demonios! La extrañaba de tal manera que me dolía tanto o más como mi infame engaño.

Necesitaba verla y si eso significaba que me llevara más de alguna bofetada o palabrota estaba dispuesto asumir, porque me lo merecía; pero no lograba más estar sin ella.

Eran ya las dos de la tarde del domingo y partí hecho una bala a la ducha… hasta nuestra ducha era mejor que la que tenía este hotel. Me bañé en menos de 5 minutos y después de buscar ropa en una de las bolsas de basura en donde Mimi había puesto mis artículos personales, elegí mis jeans de siempre y una camisa que ella me regaló para mi último cumpleaños. Quedé mirando la camisa recordando aquel momento…

Soy un hijo de puta, que mi madre me perdone, pero lo soy. Tenía a la mujer perfecta y lo eché todo a perder.

Ahora sólo necesito una maldita oportunidad, solo una y jamás volveré a equivocarme. Sea lo que sea que Mimi me diga o deba hacer, yo necesito al menos una oportunidad para enmendar mi asqueroso error.

Oh Mimi, dame solo una oportunidad.

Conduje hasta su departamento con los nervios crispándome los músculos, lo peor que me podía pasar era que ella no me abriera la puerta, pero yo tenía la llave extra así que entraría de todas formas. Aunque… ¿y si cambió la cerrojo? No, eso era poco probable. Mimi no tenía idea que yo había mandado a hacer una copia… o ¿si?

Detuve el motor en cuanto me situé en nuestro aparcamiento en el -3. Me bajé, le puse la alarma y como el novio desgraciado e infiel que soy caminé nervioso hasta el ascensor, pidiendo a todos los dioses del universo que existen que, por favor, por una sola vez, se pusieran de mi lado y que al menos esta vez ella me dejara hablar, rogar, suplicar… pedir por su perdón de rodillas si era necesario.

Estaba dispuesto a aceptar lo que fuese.

Las puertas del ascensor se abrieron y yo por inercia caminé hasta la puerta… me debatí por un par de minutos si tocaba el timbre o simplemente entraba con mi llave. Si tocaba el timbre había altas probabilidades de que ella gritara desde adentro quien era y yo como el imbécil que soy le iba a contestar… se iba a producir un intercambio de gritos a través de la puerta y no era lo que yo estaba esperando. O quizás, tocaba el timbre ella abría, me veía y cerraba la puerta de un golpe y colocaba topes en la puerta para que yo no pudiera entrar bajo ninguna circunstancia. En fin, opté por la segunda opción cuyo peor pronóstico era: que Mimi hubiese cambiado la chapa de la puerta.

No fue así. La llave giró y la puerta se abrió sin ningún problema.

La empujé despacio para que, al menos si mi novia me viese, yo alcanzaba a cerrarla. Estando adentro le iba a costar más echarme.

La cerré lentamente para comenzar a caminar sigiloso por el pasillo. No se oía nada, estaba todo en completo silencio. Llegué hasta el umbral de la cocina y desde allí se podía ver la sala y el comedor… estaba vacío. Si Mimi estaba, estaba en el dormitorio.

Tragué con dificultad y seguí mi camino. La puerta abierta dejaba ver la cama desecha y mi almohada en posición vertical en medio de la misma. Podría apostar a que ha estado durmiendo abrazada a ella.

Mi hermosa Mimi, soy un idiota al haberte hecho pasar por tal infame situación.

Avancé y entré finalmente. No había nadie… seguí con el baño y nada. Mimi no estaba en esos momentos. Quizás se fue a casa de sus padres por el fin de semana…eso me produjo un escalofrío. Los señores Tachikawa adoraban a su hija y cuando se enterasen de la canallada que le hice, tanto Keisuke como Satoe Tachikawa, eran capaces de contratar a un sicario que acabara con mi vida de manera tortuosa.

Si iba a morir que al menos me dejaran besarla solo una vez más.

Me arrojé de bruces contra nuestra cama. Esta sí era una cama decente, el colchón era perfecto, las sabanas suaves… el aroma. Enterré mi nariz en las sabanas y ahí estaba su aroma dulce y embriagador, el perfume de mi mujer perfecta. Recorrí todo su espacio cual drogadicto inhalando cocaína… era el mejor aroma del mun… ¿Qué demonios? Lo que desprendía la tela no era el perfume de Mimi y no era el mío, estaba claro. Era otro… ¡Maldita sea! Agarré las putas sabanas colocándome de rodillas en la cama, la volví a acercar a mi nariz, era el perfume de otra persona, era el perfume de un hombre y estaba mezclado con un olor que yo sabía de donde salía y porqué se producía.

Busqué, cual investigador privado, rastros de… ahí estaba, no tuve ni siquiera que esforzarme. No sé si sería o un muy buen investigador o el maldito hijo de puta que se acostó con mi novia no tuvo ni las más mínima decencia de eliminar las evidencias porque el muy dejó… dejó cabellos rubios en la cama.

¡Yamato Ishida!

¡La puta que lo parió! Lo sabía, sabía que ese imbécil aún estaba enamorado de mi Mimi, aprovechó mi bajeza y la engatusó. Me la quiere quitar, pero eso ¡Jamás!

¡Maldito rubio cantante de cuarta… digo QUINTA categoría! Te merecías más que los 3 golpes que te di hace días, te merecías que te matara a puñetazos.

Tiré de las sabanas con furia y las saqué del colchón. Tenía la evidencia en mis manos. La evidencia física de que… me detuve de golpe en medio de la habitación, no había reparado en eso. Oh demonios, se sentía horrible ¡¿Dónde se fue el aire de esta habitación que me cuesta tanto respirar?!... Mimi me había engañado, Mimi se acostó con Yamato Ishida. Mimi se entregó a una persona y esa persona no fui yo.

Mimi me engañó.

La puerta principal se abrió y se cerró de inmediato, era mi novia y venía hablando por teléfono con alguien. Me hirvió la sangre al pensar que quizás estaba conversando con ese rubio.

Salí de la habitación, aun apretando las sabanas, y en cuanto Mimi me vio se quedó callada… sus ojos viajaron desde los míos hasta la sabanas entre mis brazos y palideció. Era culpable y yo lo estaba viendo con claridad en su rostro.

-Debo cortar… – le dijo a su interlocutor sin quitarme la vista de encima - ¿Qué haces…?

-Te acostaste con Yamato – le reclamé interrumpiéndola y sintiendo que el corazón se me rompía.

-¿Cómo entraste? – al parecer no tenía intenciones de contestarme.

-Te acostaste con Yamato Ishida – repetí. ¡Sólo responde, Mimi! Aunque lo mío no era una pregunta… era afirmación.

-¡¿Cómo entraste a mi departamento?! – insistió y sus ojos comenzaron a poblarse de agua. Yo no respondí, el ver que me quedaba callado le produjo tal ira que por un momento creí que iba a arrojarme por el balcón al vacío – ¡Te vas a ir en este instante! Te dije que no quería volverte a ver…si no te vas voy a llamar a…

-¡¿Vas a llamar a tu ex novio?! … ¿al rubiecito idiota para que me saque del departamento?... ¡llámalo… a ver si puede lograrlo! Que venga y de pasó lo mato a golpes por haberte tocado – lo iba a matar, lo iba a matar.

-¿Cómo puedes ser tan descarado, Tai?. ¡Fui yo quien te pilló con las manos en… te descubrí ahí mismo! Tú no tienes ni un derecho a reclamarme nada.

-Claro que tengo todo el derecho, ¡Soy tu novio hace 5 años! – y lo voy a seguir siendo.

-¡Pues debiste haber pensado eso antes de andarte revolcando con tu secretaria por toda tu oficina! ¡¿Hace cuánto me estabas viendo la cara de idiota, ah?! Te creía cuando me decías que te quedarías trabajando y ¡Nunca fue así!

Estaba llorando. Mi bella Mimi estaba llorando, tenía que explicárselo.

-Cometí un error… pero fue solo ese día. Te lo juro, por dios que te lo juro, Mimi. Traté de evitarla muchas veces, pero fui un imbécil y caí… caí y merezco las penas del infierno, pero no te vayas de mi lado. Soy un egoísta que te necesita, estos 3 días han sido un completo calvario y ahora que sé que te… que tú y él - ¡Maldición! no podía decir la palabra sin sentir la necesidad de cometer asesinato –… yo nunca lo hice con ella. Te juro que nunca me acosté con ella. Lo que alcanzaste a ver fue lo que alcancé a hacer y me arrepiento cada segundo de haberlo hecho.

Se quedó callada mientras las lágrimas caían rodando unas tras otras por sus mejillas. ¿Qué más podía hacer para que ella me creyera?

-Por favor créeme, Mimi. Por favor… - tiré las impuras sabanas a un costado y me comencé a acercar a ella con sigilo, nervioso… si me llegaba una bofetada la iba a aceptar, fueren las que fueren– Por favor te lo pido. Créeme.

Lloraba y lloraba pero no sacaba sus ojos de mí, me recorrió una angustia horrible y cuando menos lo esperé un par de lágrimas se escaparon de mis ojos. Me rompía el corazón verla así y más saber que era por mi culpa. Yo había provocado esto, yo la había hecho sufrir, yo, aunque me costase admitirlo y lo negara una y otra vez, le dejé el camino libre a su ex novio… me dolía de una manera inexplicable el hecho de saber que se había acostado con él, quería matarlo… esperaba poder matarlo prontamente, pero todo era mi culpa.

Llegué hasta ella y antes de que lograra reaccionar la abracé. La abracé tan fuerte que temí romperla en el momento, pero me aterraba pensar que se podría alejar, mas no lo hizo… mi abrazo fue el puntapié inicial para que ambos llorásemos como si no existiese mañana. Ella no me correspondió el abrazo, pero el solo hecho de que me lo hubiera permitido fue una diminuta luz de esperanza para mi ser. Había una posibilidad, por ínfima que fuera, de que ella volviera a mi lado.

-Perdóname… por favor, perdóname – sollocé y besé una y otra vez sus cabellos.

Ella se sacudía entre mis brazos ante el llanto.

Enterré mi nariz en su cabello y pude aspirar de primera fuente su aroma a caramelo y fresas que tanto extrañé estos 3 días.

-Perdóname… -repetí y en un instintivo arrebato me separé un poco para inclinarme hacia su rostro y robarle un beso. La sentí tensarse y yo apreté lo ojos porque sabía que podía venir la bofetada. Pero es que tenerla allí, en mis brazos… tan cerca. No pude evitarlo.

Preferí arriesgarme y valió la pena porque después del primer roce comencé a mover mis labios y ella me siguió casi al instante. La luz de esperanza iba creciendo, sonreí para mis adentros, y lo que al principio había comenzado como un beso tímido pronto fue incrementando de magnitud, eran de esos besos que nos dábamos previos al encuentro carnal, llenos de pasión y deseo.

Como extrañaba sus besos. Podrán haber sido 3 días, pero para mí fueron 3 meses.

Por inercia llegamos a la pared devorándonos la boca, la apreté contra la misma pegándome a ella cual pieza de rompecabezas. Recorrí su cuerpo con mis manos y me reprendí mentalmente el cómo pude haberme dejado llevar por una mujer que no le llegaba ni a los talones, tenía a la mujer con el cuerpo más perfecto del mundo. De un tirón le saqué su camiseta y la mía acabó en el piso junto a la de ella. Volvimos al ataque y la sentí gemir cuando mordí su lengua.

Estábamos como dos adolescentes con la hormonas al tope, la ropa se fue a los pocos minutos y para poder entrar la tomé de los muslos y de un impulso me enrolló las piernas a las cintura. Volver a sentirla, después de creer que no iba a volver a hacerlo nunca más me produjo un alivio increíble. Comencé el vaivén con fuerza y sus brazos se envolvieron alrededor de mi cuello.

Sólo esperaba que esto no fuese de esas recaídas que vienen antes del término definitivo. Necesitaba que fuera de las recaídas previas a una nueva oportunidad.

-Te… amo – jadeé tras largos minutos, explotando a medida que me arqueaba a su cuerpo y sentía que ella también llegaba – Te amo… demasiado.

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Definitivamente fue el encuentro que antecedió al final de nuestra relación.

Después de aquello, nunca más la vi.

Hice todo lo posible y lo imposible por volver a hablar con ella… pero Sora – que obviamente se enteró de nuestra recaída – formó un muro impenetrable alrededor de mi ex novia (si… ya era mi ex novia).

Mimi finalmente cambió la chapa de la puerta y para mi sorpresa no volví a verla entrar o salir del departamento, no así a Sora y al rubio desabrido. Después del trabajo me amotinaba a las afueras del edificio por largas horas esperando verla aparecer… pero no sucedió.

Había cambiado su número de teléfono y después de tortuosos meses supe que había puesto en venta su hogar. Le logré sonsacar la información a Sora tras horas y horas de suplicas en su piso. La fui a ver después de leer en el periódico, en la sección de espectáculos, que ese maldito Yamato Ishida había roto su compromiso con su novia de años. Lo primero que se me vino a la mente era que había vuelto con mi Mimi.

-¿Ellos volvieron, Sora?

-¿De qué hablas?

Mi amiga estaba distraída enviando un par de correos desde su laptop. Me contó que su empresa se había fusionado hace un par de semanas con una multinacional que era parte de un gigantesco holding extranjero con oficinas en varios países de oriente y occidente. Tenía tanto trabajo que diariamente se lo traía a casa para avanzar lo que más podía.

-Yamato Ishida… y – obtuve su atención al nombrar a ese tipo - … Mimi. ¿Ellos retomaron su relación?

Sora me miró frunciendo el ceño por sobre el borde de su computadora.

-¿Y qué si lo hicieron? – su tono de voz era de molestia – Mimi puede hacer lo que quiera, después de todo ustedes rompieron hace bastante tiempo y tú sabes que no fue porque ella lo deseara.

-Entonces si están juntos… - Sora no lo había confirmado, pero tampoco lo negó.

Lo iba a matar. Me debía ya una por haberse acostado con ella y ahora me debía otra por habérmela quitado.

Sentía que me habían estrujado en corazón con la mano. Desde nuestro último encuentro que la busqué con desesperación, la llené de correos, de flores a su trabajo… de millones de detalles porque creí que lo que había pasado ese día en su departamento era la señal que buscaba para creer que existía la posibilidad de una oportunidad. Pero no fue así, Sora me dijo que fue tan solo un momento de debilidad de Mimi, después de todo ella estaba enamorada de mí.

Y ¿Qué pareja enamorada no tiene una u otra recaída?

No sé qué cara habré puesto, pero el rostro de Sora se suavizó, yo moría por dentro… meses sin saber de ella, sin verla. Por favor que alguien me de veneno.

-Mimi y Yamato no han vuelto… - dijo mirándose a los ojos – Yamato se fue de gira nuevamente y Mimi… ella siguió por su lado. Déjalo ya Taichi, ya hiciste el daño suficiente, ahora déjala tranquila.

-Vendió el departamento…

-Lo hizo – yo iba a replicar pero ella no me dejó – no te diré en dónde está. Y tampoco busques donde los señores Tachikawa porque es inútil – eso había sido innecesario, ya la había buscado allí - Sólo te diré que al menos en Japón no volverás a topártela y esto te lo digo para que hagas lo mismo que ella hizo: Olvida Taichi.

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Si bien supe que ese pequeño detalle que Sora me dio aquel día "Mimi no estaba en Japón" no lo había hecho a propósito para mí fue todo. Yo me volqué al día siguiente en la embajada y ocupé todos mis contactos en extranjería para dar con ella.

Demoré solo un día en averiguar que hace 10 días atrás había salido del país con destino a los Estados Unidos y con visa de trabajo. Uní las piezas, pregunté cual sicópata y finalmente entendí todo: luego de la fusión de su empresa pidió ser transferida y ésta fue aceptada.

Definitivamente, todo había acabado.

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Mi última relación seria, duró apenas 11 meses. Y fue con una chica que conocí en una fiesta de cumpleaños de Sora.

Habían pasado ya 3 años desde mi error.

El principio del olvido fue lo peor, porque la veía en cada rincón sabiendo que no iba a encontrarla. Me volqué al trabajo, contraté a un ayudante… no quería saber nada más de secretarias. Y después de un tiempo y gracias a mis excelentes habilidades laborales fui nombrado embajador.

El trabajo me absorbió, lo viajes también.

Y sin darme cuenta terminé trabajando durante la temporada de primavera en New York, sólo tres meses en los cuales debía hacerme cargo de la embajada de Japón de Estados Unidos ya que la persona al mando se había accidentado y para mi mala suerte yo en esos momentos estaba de vacaciones visitando a mi hermana pequeña que vivía allí hace algún tiempo.

Una cosa llevó a la otra y terminé por ser elegido su reemplazo temporal.

Nueva York era agradable en esa época del año y lo que más me agradaba era tener el Central Park a poca distancia. Los fines de semana me colocaba ropa deportiva y salía a correr por las mañanas, esa costumbre la adquirí en Tokyo como manera de despejar mi mente.

Llevaba solo 3 semanas en mi nuevo puesto temporal. Me había quedado dormido debido a que el día anterior tuvimos una cena de trabajo hasta tarde, por lo que salí a correr 3 horas más tarde de lo habitual.

Llegué hasta mi tercera parada a inicios del Bow Bridge, el cual era uno de los tantos puentes en el parque, era blanco y de arquitectura renacentista… uno de mis favoritos. Estiré las piernas para comenzar nuevamente mi trote y fue en ese preciso momento en que oí su risa.

Podría diferenciarla entre millones de personas, su risa era profunda, tierna y llena de vida. La risa de Mimi era perfecta.

Atravesé el puente aun oyéndola, el corazón me latía a mil por hora. Sabía que Mimi estaba en Nueva York, luego de mucho tiempo Sora lo dijo sin querer. Había una filial de su empresa que en aquellos tiempos estaba buscando extranjeros que le dieran toques orientales a las decoraciones de ciertos hoteles 5 estrellas en el sector y Mimi fue la primera en postular. Hablaba muy bien el idioma y ser elegida fue un mero trámite.

Seguí su risa hasta el claro de un prado donde varias personas se encontraban recostadas sobre el césped conversando. Ella resaltó del resto, primero por sus rasgos y segundo porque para mí era resaltaría dentro de un grupo de miss universo. Llevaba un vestido primaveral amarillo y el cabello recogido en una cinta corta del mismo tono.

Estaba tanto o más hermosa de lo que la recordaba.

Corría en círculos y un niño muy rubio de no más de un año la seguía dando pasos inseguros. Ella se detenía, volteaba lo tomaba en sus brazos y lo llenaba de besos en su estómago haciendo que tanto ella como el niño explotaran en risas. Lo bajaba y todo volvía a comenzar.

Me apoyé en un árbol a una distancia prudente, con una disyuntiva en mi interior… quería que me viera y al mismo tiempo no.

Verla jugando con aquel pequeño me produjo una angustia terrible e inexplicable. ¿Acaso había formado una familia? ¿Acaso ese era su hijo? Sora nunca me contó detalles de su vida y con el tiempo aprendí a no preguntar tampoco.

Minutos después se acercó un hombre alto, era rubio – incluso más rubio que Yamato Ishida – con el cabello rizado y los ojos verdes. Si miraba con detención al niño y a él podría apostar mi trabajo a que era el padre. Eran idénticos. El tipo le extendió una botella con agua y sin más la tomó por la cintura para luego plantarle un beso en la mejilla.

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No sé qué me ocurrió desde ese día, pero comencé a levantarme 3 horas después, durante los siguientes fines de semana, con la esperanza de volverla a ver. Lo cual no ocurría. Daba vueltas por todo el parque, cambiaba de ruta una y mil veces y nada. Me quedaba solo un mes para irme y la necesidad de verla, aunque fuese solo una vez más, me estaba asfixiando. Necesitaba saber si ese tipo era su marido, si ese niño era su hijo… estaba siendo un masoquista.

Me acomodé mi gorra y mis lentes de sol para continuar corriendo por la orilla del Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir, el cual era el lago artificial más grande del Central Park, no alcancé a avanzar ni 3 metros cuando su voz sonó a mis espaldas.

Me detuve de golpe creyendo que me iba a dar un ataque al corazón.

-Disculpe… señor – volvió a hablar y la sentí mucho más cerca – dejó caer su billetera.

Me palpé de inmediato el bolsillo de mi pantalón y confirmé que no estaba. No sé en qué momento cayó.

Me di vuelta despacio sintiendo que las piernas me fallaban… más de tres años esperando este encuentro.

Giré finalmente sobre mí mismo y supe al instante que me había reconocido tras el gorro y tras las gafas oscuras. Su rostro me lo había demostrado, estaba pálida y no era debido al color de su camiseta. Sus ojos brillaban de una forma que me apremiaba a darle un abrazo, mas me contuve.

-Taichi…

Escuchar mi nombre desde sus labios fue volver a nacer. Fue recordar el primer día que la conocí, el día en que Sora me la presentó y sentí una corriente eléctrica por todo mi cuerpo. Supe desde ese momento que la quería junto a mí para toda la vida. Pero hay errores que se cometen que dejan todo en un futuro incierto…

Iba a saludarla, pero de entre sus piernas salió el mismo niño rubio de hace semanas atrás pidiendo ser cargado. Ella lo hizo al instante dejando caer el peso del pequeño en su cadera izquierda.

Era su hijo, definitivamente lo era.

-Estas igual… igual de hermosa – solté sin medirme. Ella se sonrojó volviendo a extenderme la billetera.

-Gracias – susurró incómoda, yo tomé mi billetera tocando su mano deliberadamente, lo cual sé nos produjo un escalofrío interno, la conocía, sabía que había sentido lo mismo que yo con aquel roce.

Nos quedamos mirando por largos minutos sin decir nada.

-Mimi… agua – pidió el niño en sus brazos y eso nos hizo reaccionar.

Ella dio un respingo y como pudo con una mano sostuvo al pequeño rubio y con otra comenzó a hurguetear dentro de su cartera en búsqueda de agua. La vi tan complicada que sin que yo mismo lo esperase pasé mis manos por debajo de los brazos del niño y lo atraje hacia mí.

-No, no… es… necesario… - tartamudeó pidiéndolo de vuelta.

-No es ningún problema… busca tranquila - Ella dudó, pero antes de volver a decirme algo más volvió a naufragar dentro de su bolso con las manos crispadas. Aún estaba sonrojada y yo entre más la miraba más me daba cuenta que no la había olvidado. El padre del pequeño era un maldito afortunado.

Cuando vi que, al fin, tenía entre sus manos el biberón con agua. Volví a colocar al rubio entre sus brazos provocando que una vez más nos rozáramos.

-Tienes un hijo muy lindo y tranquilo… - comenté mientras observaba que éste empinaba la mamadera para beber grandes sorbos.

-No es mi hijo – respondió tan rápido que ambos nos sorprendimos. El corazón me dio un salto y por más que lo evité, no logré disimular una sonrisa en mi rostro.

No era su hijo.

Pero si no era su hijo, era el hijo del hombre rubio que vi anteriormente. Y quizás era su pareja. Volví al ataque.

-Pues entonces tu novio tiene un hijo muy lindo y tranquilo.

-Michael no es mi novio – volvió a contestar con rapidez.

La vi ponerse roja de rabia. Quizás consigo misma y por haber despejado mis dudas con tanta premura.

OK. Mi sonrisa era tan grande y tan alegre que en cuanto Mimi la vio, suspiró resignada. Y para mi sorpresa ella me sonrió de vuelta.

-Es el hijo de mi mejor amigo – explicó mientras peinaba los cabellos rubios del pequeño - Enviudó hace poco y le ayudo con Peter.

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Nos sentamos en una banca cercana a una pileta en donde Peter se empinaba hasta lograr alcanzar el agua que más tarde lanzaba a unas palomas cercanas.

Estaba nervioso y por las veces en que Mimi se peinó sus rizos supe que ella también lo estaba.

Seguía soltera, no tenía hijos… al igual que yo.

¿Sería esta la luz de esperanza que pedí hace tantos años atrás?

Quizás…

-Sora me contó que eres embajador… - comentó cuidando al pequeño con la mirada.

-Sí, hace poco más de un año…

Silencio nuevamente.

Quería abrazarla, besarla. Decirle todas aquellas cosas que no me dejó decirle hace tres años, pero sabía que no era ni el momento ni mucho menos el lugar.

-¿Vives ahora en Estados Unidos? – me preguntó.

-Estaré aquí sólo por un mes más… aunque me gustaría poder quedarme más tiempo ahora que estoy contigo.

Se sonrojó y quizás para que yo no lo notase se levantó de la banca para caminar donde estaba el hijo de su amigo, yo hice lo mismo y sin premeditación la tomé del brazo deteniéndola.

-Encontrarte al otro lado del mundo debe de tener algún motivo – susurré colocando mi mano en su mejilla. Ella se sacudió a mi contacto.

-Taichi… en verdad ya no hay nada más que decirnos. Yo ya te perdoné. Seguí mi vida y yo sé que tú también lo hiciste… Esto es una simple casualidad.

-¿Y si la casualidad es una nueva oportunidad?

Mimi abrió sus ojos y me reflejé en ellos de la misma forma en que lo hice tiempo atrás.

No aguantaba más… iba a besarla.

Me acerqué tan rápido a sus labios como lo fue el llanto del pequeño rubio. Mimi se separó al instante de mí y corrió a al lado de él. Había caído de bruces tratando de ahuyentar a un par de palomas.

-Debo irme… - dijo tomando al niño en sus brazos – debo llevar a Peter al dentista, Michael está trabajando y no puede… - chasqueó la lengua molesta consigo misma como si darme explicaciones estuviera fuera de lugar.

Y pensándolo bien, lo era… ¿Por qué me daba explicaciones?

Oh Mimi, ¿Aun sientes algo por mí?

-Adiós Taichi – tomó su bolso y sin siquiera mirarme comenzó a alejarse.

Ella seguía sintiendo algo por mí… lo sabía. Yo también la seguía queriendo.

-¿Un café?... ¿mañana por la tarde? – le pregunté ansioso interponiéndome en su camino.

-No creo que sea buena idea… - me rodeó y continuó su andar.

-¿Un te?... ¿un trozo de pastel? … ¿un milkshake de chocolate? – volví a detenerla al atravesarme.

-Taichi… en verdad no es buena idea.

-Me queda solo un mes en New York… dame este mes, Mimi. Por favor dame una oportunidad este mes – rogué.

Ella dudó. Abrazó a Peter contra su cuerpo mientras me miraba con esos ojos acaramelados.

-Un café… - dijo al fin y yo sonreí tanto o más como la primera vez que aceptó salir conmigo - en el Blue Bottle Coffee…

-¿Mañana? ¿A las 7? – interrumpí ansioso.

Ella sonrió.

-A las 7.

Intercambiamos números y en cuanto guardé nuevamente el contacto de "Mimi Tachikawa" en mi teléfono supe que esta vez todo sería diferente.

Era mi oportunidad.

Era "El Tal vez" que pedí por años…

No me iba a permitir un nuevo error.


No hay más.

Cualquiera comete un error, independiente de la magnitud. Queda la duda si vuelven o no.

Ustedes pueden ponerle el final que más les acomode jojojo

Os quiero, os adoro

Nos leemos ;)