El sonido que hizo la taza al colocarla en la barra me sobresaltó. Mis ojos se enfocaron y me encontré con Kate, que me observaba con una ceja arqueada.

—¿Otra vez en tu mundo?

Me encogí de hombros de forma inocente y le mostré una pequeña sonrisa. Cogí la taza llena de humeante chocolate y una corriente de calor me recorrió entera, reconfortándome. Levemente se podía escuchar el sonido de la lluvia caer junto con el viento que se había levantado hace poco, aunque estaba amortiguado por la suave melodía que tenía el local de fondo.

Kate entrecerró los ojos, mirándome fijamente.

—Llevas unos días muy rara— acusó colocando ambas manos en sus caderas.

No dije nada de inmediato. Primero le di un pequeño sorbo a mi bebida. El chocolate entró por mi cuerpo calentando mi interior.

—Casi son las vacaciones de Navidad. Estoy que no paro en la escuela— respondí y no me sentó bien el saber que le había mentido a mi amiga.

Kate suspiró reticente, así que decidí cambiar de tema.

—Mi madre me llamó ayer— comenté momento antes de beber otro poco.

—¿Y me lo dices por…?— su voz sonó resignada y me pareció notar un tono disconforme con mi cambios.

Le guiñé un ojo.

—¿Por favor? — musité.

Kate hizo una mueca.

—¿Justo esta semana?

—Sí, ¿por qué? ¿Tienes algún problema? ¿No puedes?

—Eh… bueno… Mis abuelos se han ido a Estados Unidos a ver a mis padres— contestó mientras empezaba a guardar los vasos y platos limpios del lavavajillas en su sitio.

Oh.

¿Cómo podía hacerlo entonces? Cuando mi familia decidía venir a visitarme, Kate se iba a casa de sus abuelos que estaba a 30 minutos de aquí. Al principio me negué ya que no quería echarla de su apartamento, pero ella insistió puesto que no cabíamos en el lugar. Finalmente, mamá dormía en la cama de Kate, el abuelo en la mía y Souta y yo en el sofá cama. Pero si ahora Kate no tenía donde irse…

—Puedes quedarte conmigo— habló, entonces, la voz varonil a mi espalda. Me sobresalté y giré mi rostro encontrándome con la sonrisa en los labios de Ryu, que se acercaba a nosotros con las manos llenas de vasos sucios que había ido recogiendo de las mesas. De reojo observé como las mejillas de Kate se ruborizaban. Sonreí en mi interior. Quedaba poco para que estos dos acabaran juntos.

—¿Eh? — murmuró Kate. Apretó sus labios e intenté no reír.

Ryu, en cambio, sí se rio a carcajadas observando la cara de mi amiga. Kate, al escucharlo, se recompuso y en su cara se mostró una dura frialdad pero eso solo hizo que el joven se riera más.

—Qué más quisieras tú— masculló y apartó su mirada.

Siguió guardando las cosas dentro de la barra con el cuerpo tenso. Ryu se acercó a ella por detrás y Kate soltó un gritito cuando sintió las manos del chico rodeando su cintura.

—Pues la verdad que sí lo quiero— le dijo él al oído y Kate abrió los labios soltando un jadeo. Me pareció ver como se estremecía— Vamos, quédate en mi apartamento, no me molestaría. Es más, me gustaría que fuera así.

—Ryu…

—Hazlo por tu amiga— señaló y alzando un momento su mirada para conectarla con la mía, me guiñó un ojo. Reí suavemente. Ryu se la estaba llevando a su terreno y con muy buenos resultados. Volvió a concentrarse en Kate apoyando su cabeza en el hombro de ella— Venga, prometo portarme bien y no comerte.

El silencio se instaló entre ellos el cual pareció eterno. Finalmente, Kate suspiró.

—Vale.

Ryu sonrió satisfecho y alejándose de pronto de ella, salió de la barra y empezó a andar hacia las mesas ocupadas.

—Genial. Al terminar el turno vamos a recoger tus cosas del apartamento.

Y así nos dejó.

Kate parpadeó varias veces para aclarar la mente y cuando se dio cuenta de lo que pasó, sus ojos se entrecerraron chispeando de odio y su ceño se frunció. Lo observó alejarse.

—Lo mato. Te juro que lo mato— susurró y no sé si era para ella o para mí.

Reí.

En ese momento mis ojos se fijaron en el reloj con números romanos que se encontraba en la pared frente a mi. Oh.

—¡Dios mío, tengo que irme! — exclamé, de pronto, saltando del sitio. Me llevé a los labios la taza para beberme lo que me quedaba, sintiendo la quemazón en la garganta.

—¿Eh? — preguntó Kate apartando la mirada de Ryu.

—Debo irme, se me hace tarde.

Y con un movimiento de mano me despedí de mi amiga mientras cogía mi bolso que estaba al lado mío.

—¡Ya hablamos, Kate! ¡Nos vemos y gracias, Ryu! — me despedí de ellos y como respuesta obtuve una sacudida de mano y sonrisa de Ryu y una mirada fulminante de Kate.

Salí al exterior y el frío me rodeó como una segunda capa. Del bolso saqué el paraguas plegable azul marino, lo abrí y eché a andar en la calle.

El sonido de los coches, las conversaciones de mi alrededor y las gotas de lluvia chocando contra el paraguas me llegó. Suspiré, hundiendo la cabeza en el cuello de la chaqueta.

Una semana.

Una semana había pasado desde que la caja llegó a mis manos. Una semana desde que todos mis recuerdos volvieron. Una semana en donde no he vuelto a tener noticias de él. ¿Qué pasó? ¿A qué viene ahora este silencio? ¿Por qué no aparecía?

Recordaba perfectamente cuando me mente empezó a reaccionar después de un tiempo asimilándolo, impregnando cada parte de mi… Rápidamente me había levantado y con manos temblorosas había cogido mi móvil. Tenía tres llamadas perdidas de Kate. La había llamado y, entonces, ella en tono despreocupado me dijo que alguien había preguntado por mí.

"¿Cómo?" había inquirido incrédula sintiendo, de nuevo, mis ojos aguarse "¿Y te colgó así? ¿No te dijo nada más?"

"No", respondió, "Después de que dijera eso colgó. Aunque déjame decirte, amiga, que ese tal Taisho no me daba muy buena espina..."

Apenas la escuchaba en ese momento.

Era imposible…

¿Inuyasha había llamado a Kate?

"Pero… pero… Oh Dios mío…"

"¿Kagome?" preguntó Kate en tono serio. "Kagome, ¿estás bien?"

No pude contestarle.

"¿Quién era él? Porque sé que lo conoces. No te pondrías así por un conocido de poco"

"¡No!", dije "No es nada. Es solo… un pariente lejano. Es solo… que hace tiempo que no veía"

Y, a pesar de que supe que Kate no me creyó, le dejó pasar.

Después de esto, desesperada y realmente deseosa de respuesta y de poder verlo, intenté por todos los medios contactar con él, pero fue imposible. El cofre no tenía remitente y él había llamado a Kate por número oculto así que ella no sabía cuál era su número.

Solté un suspiro mientras paraba ante un semáforo en rojo para peatones.

¿Qué pasará?

¿Dónde estás?

¿Por qué no vienes?...

Entonces, algo captó mi atención al otro lado de la carretera. Caminando tranquilamente por la acerca, bajo la lluvia, se encontraba un joven de unos veintitantos años. Su pelo era rizado y de color pelirrojo. Era alto, muy alto, con unos rasgo firmes pero, a la vez, un poco suaves. Una amplia sonrisa surcaba sus labios.

Mi corazón saltó.

No… Imposible.

¿Era Shippo?

El joven siguió caminando, alejándose, mientras sentía como mi cuerpo se quedaba paralizado. En algún momento, entre toda la gente, despareció.


¡¿Qué has hecho qué?! — se escuchó la exclamación por todo el despacho.

Sentado cómodamente un uno de los sofás, un chico rió.

Oh, vamos, no te pongas así. No ha sido nada.

Te dije que no te acercaras a ella, ¿no lo recuerdas?

El chico suspiró y estiró sus brazos, haciendo que su camiseta se levantara un poco y quedara a la vista su firme estómago.

¿Cuánto tiempo más quieres aguantar así?

El silencio se instaló por un segundo.

No lo sé…— respondieron finalmente.

El chico observó pensativo a la persona que se encontraba reclinada en su asiento, pasándose una mano por su rostro. Hizo una mueca.

Deberías ir.

Pero…

Nada de "pero", Inuyasha, ¡ya te he dicho! Han pasado ya… 504 años. ¿No crees que es mucho tiempo?

¡Por supuesto que es mucho tiempo! ¡Lo sé! Pero… ¿y si todavía no se acuerda de mí? ¿Y si no me recuerda?

¡Le has dado tiempo suficiente! Y, sí no es así, si no se acuerda, seguro que lo hará al verte. Maldición, Inuyasha, deja de ser un cobarde. Ve, búscala, encuéntrala.

Shippo…

Es Kagome. Seguro que te recuerda y te espera, idiota.

Inuyasha Taisho suspiró pronfundamente.

Kagome…

Y volvió el silencio a la habitación.


—¡Lo siento mucho, Kagome! ¡De verdad! — escuché la voz de mi madre a través del auricular de mi móvil.

Suspiré mientras daba un paso hacia delante en la cola del supermecado.

—No te preocupes, mamá. No pasa nada— le respondí.

—Mira que le dije a tu abuelo que se quedara quiero— se quejó— pero, como siempre, no me escucha.

—Es abuelo todavía piensa que es un jovencito— reí.

Mi madre masculló por lo bajo para ella que no entendí bien.

—Bueno, mamá…—empecé a decirle.

—¡No! ¡Abuelo, ¿qué haces levantado?! — exclamó mi madre cortándome— ¡Túmbate ahora mismo!

—Pero hija…— intentó oponerse el abuelo.

—¡De pero nada! — mamá gruñó— Kagome cariño, tengo que dejarte. Ya hablamos— se despidió.

—Claro, mamá. Adiós— hice lo mismo.

Y colgó.

Reí mientras guardaba el móvil.

Al final resultaba que dormía esta noche sola.

Casi era de noche y, bueno, no iba a meterme entre Ryu y Kate. Ella, a pesar de que no lo quería mostrar, le gustaba la situación que se le había presentado. Ya me contaría todo mañana, y depende de cómo lo viera, le constaría la verdad o la dejaría varios días más con la idea de la visita.

Después de pagar a la cajera, las pocas cosas que había comprado para terminar la cena de esta noche, cogí la bolsa y salí a la calle. El aire frío me rodeó, poniéndome los pelos de puntas. Había dejado de llover, pero aun así el aire se sentía cargado. El cualquier momento el agua volvería a hacer acto de presencia.

Suspiré. Cuando llegara al apartamento encendería la estufa, pondría la televisión y no me movería de ahí en toda la noche. Bueno, primero me pondría el pijama.

Estaba llegando cuando algo me llamó la atención: era un coche negro. Estaba aparcado en la acera próxima a mi edificio y, la verdad, parecía bastante caro.

Fruncí el ceño. Por esos lugares casi nunca (por poner el casi como regalo) se veían coches como estos.

Lo observé por unos segundos antes de seguir andando. Intenté memorizar la marca para mañana comentarselo a Ryu pues era un fanático de los automóviles. Entré en el edificio, cogí el ascensor y le pulsé el número 4.

Me estiré, intentando aplacar la tensión de mis músculos. Que ganas del sofá… Las puertas se abrieron y, entonces, mi cuerpo se paralizó.

En las escaleras del edificio, que se encontraba en la parte derecha de mi puerta, había alguien sentado. No lo distinguí bien pues el rellano estaba en la penumbra, así que antes de que las puertas del ascensor se cerraran, encendí la luz.

Imposible.

Sus ojos ambarinos me miraron fijamente.

—Kagome…— susurró con voz ronca. Mis vellos se pusieron de punta.

Oh, Dios… esa voz…

Hacía cuatro años que no la escuchaba.

—Inuyasha…


Bienvenido, señor— exclamó Kate cuando escuchó la puerta del local abrirse. Todavía quedaba un hora para cerrar, así que había gente terminando de cerrar.

Un joven la saludó con una sonrisa y Kate no pudo evitar fijarse en el rostro de este. Sus ojos eran de unos marrón brillante y su pelo estaba recogido en una coleta donde se podía distinguir sus obras castañas y rizadas en las puntas. Una sonrisa divertida recorría sus labios.

Era alto. Un poco más que Ryu, se dio cuenta Kate, y más fornido. Era guapo. Muy guapo.

Buenas noches— saludó él a su vez acercándose a la barra.

Por más que no quisiera, a Kate le parecía muy guapo. Tenía un aura que…

¿Qué desea? — le preguntó cuándo este se sentó en el taburete.

Un café con leche, por favor.

Enseguida.

Kate se giró y empezó a prepararlo, sintiendo la mirada del nuevo cliente puesto en ella. Sus vellos estaban de punta y, nerviosa, no dejaba de morderse el labio inferior.

Le entregó el café y, sonriéndole fugazmente, se dirigió hacia donde estaban los demás clientes, en busca de alguien que necesitara ayuda. Ryu había tenido que ausentarse durante un tiempo, pues debía de hacer unas compras para el bar, así que se encontraba ella, otra chica más y los cocineros.

Atendió a una pareja mayor, la cual le pidió la cuenta, y después de que estos pagaran, ella cogió los utensilios sucios para meterlos en el lavavajilla. Rápidamente se dio cuenta de su error. El aparato se encontraba en la parte de la barra, unos pasos alejados de donde estaba el joven sentado. No quería estar cerca suya. Su mirada la ponía nerviosa. Bastante. Deseó que Ryu llegara rápido.

Eh… perdona— la llamó el chico. El cuerpo de Kate se tensó y dejando de meter las cosas por un momento, levantó la mirada para observarlo. Su sonrisa era tan… blanca, que por un momento la aturdió— Eres Katherina Williams, ¿verdad?

Eso último consiguió que el cuerpo de la chica se irguiera y mirara al individuo con los ojos entrecerrados, críticos. Ya eran dos personas desconocidas que sabían su nombre. ¿Qué demonios significaba eso?

Así me llamaron— respondió tensa.

Ese joven no le daba muy buena espina, sin embargo, en su sonrisa franca no era capaz de ver ni un poco de maldad. En contra de sus deseos, se relajó mínimamente.

Como pensaba— asintió, satisfecho— Bueno, solamente quería decirte una cosa. Sé que no debería pero…— hizo una pequeña mueca— Ya qué más da.

Kate arqueó una ceja, claramente confundida y curiosa.

¿Qué quieres decirme?

El joven dio el último sorbo a la taza y poniéndola en el plato, saco el dinero que correspondía.

Se lo tendió en el momento que una amplia sonrisa se mostraba en sus labios.

Gracias. Muchísimas gracias por cuidar este tiempo de mi… gran amiga.


De pronto, fue como si me hubiera teletrásportado 500 años al pasado. A mis sentidos llegaba el aroma característico de la aldea, de la anciana Kaede, la brisa fresca del bosque, el sonido de las hojas de Goshimboku moverse, la sensación de paz, de compañerismo…

Mis ojos lagrimearon y fui incapaz de pararlos. Ahí, justo enfrente de mí estaba… Hipé.

—Oh, no, Kagome…— lo oí murmurar y empezó a andar hacia mí.

Mi pecho se sacudía por los sollozos, desgarrándolo. ¿Cuántas veces había soñado esto? ¿Cuántas noches en vela pensando en él, en si lo volvería a ver? ¿Cuántas lágrimas derramadas en su memoria?

Y ahora él estaba…

—I-Inuyasha…

¿Era real lo que estaba viendo o solo era un producto de mi imaginación? ¿Y si después de tanto dolor y sufrimiento mi mente se había vuelto loca y ya simplemente se imaginaba cosas?

¿Era verdad que él estaba aquí?

, me respondí a mí misma sintiendo una presión en el pecho, lo era.

Y me estaba tocando.

Había pasado sus brazos por mi cintura y me había apretado contra él, como si no quisiera dejarme escapar nunca. Su olor tan característico llegó a mis fosas nasales y sentí como mis piernas temblaban, incapaz de poder sostener mi peso. Olía a bosque, a hierro, a sangre…

Era él. Era él de verdad. Estaba aquí. A mi lado.

Finalmente había venido a buscarme.

Escondí mi cabeza en el hueco de su cuello y me estremecí. Millones de lágrimas salían de mis ojos y no sabía de era por la nostalgia, por la felicidad de volver a verlo, de todo el dolor que habíamos pasado. No podía pararlo.

—Shhhh— me susurró pegando sus labios a mi oído. Su aliento consiguió que mis vellos se pusieran de mi punta— Tranquila, ya estoy aquí. Shhh, no llores más, por favor.

Sus palabras llegaban a mi corazón, calentándolo. Su voz era esa hermosa melodía que había olvidado todos estos años.

Intenté hacer lo que me dijo, pues necesitaba hablar con él, había muchísimas preguntas sin responder, sin embargo, por más que lo hacía, las lágrimas no dejaban de salir. No sé cuánto tiempo estuvimos así: yo llorando como una loca entre sus brazos y él sosteniéndome con cariño mientras me murmuraba cosas al oído. Pero, eventualmente, mi llanto remitió y pude separarme un poco para poder verlo. Asegurarme que era él.

Apenas lo hice unos pocos centímetros y mis ojos lo evaluaron con incredulidad. Era él, estaba igual a cuando lo vi por última vez. Sin embargo, pude notar algo diferente. Parecía más mayor. Sus ojos… esos que me habían enamorado, eran dos pozos sin fondos que expresaban las mil y una aventuras y vivencias que había tenido a lo largo de su vida. Mostraba una madurez, una serenidad, una confianza… que, seguro, había ido adquiriendo conforme iban pasando los años. Él no era, pero a la vez sí, mi Inuyasha, aquel medio demonio gruñón, maleducado y tosco. Ahora parecía que había… madurado.

—¿Eres… eres tú? — no pude evitar preguntar en un balbuceo.

Sus labios se curvaron hacia arriba levemente y asintió, con sus ojos brillando al igual que dos luceros.

—Pero… ¿cómo…? y… ¿por qué…? ¿Cuánto…?— miles de preguntas querías salir de mi interior, pugnando por ser saciada la primera. No sabía ni que decir.

—Shh, tranquila— me dijo colocando uno de sus dedos en mis labios— Será mejor que entremos a tu casa. Este no es el mejor lugar para hablar, ¿no crees?

Asentí, sintiendo chispas en mi pecho y, en contra de mis deseos, me separé de él para poder sacar las llaves de mi bolso y abrir la puerta del apartamento. Se la dejé abierta y mientras él pasaba, no pude evitar mirarlo.

Oh. Dios. Mío.

Inuyasha en un traje de chaqueta.

A mi mente llegaba ese traje rojo de rata de fuego que tan bien le quedaba, sin embargo, ahora podía verlos con unos pantalones, con una camisa, con una chaqueta… No sabía que era mejor. Ambos le quedaban maravillosamente bien, aunque esta ropa le daba más elegancia.

—Toma, te lo ibas a dejar fuera— me tendió la bolsa donde iban mis compras después de que yo cerrara la puerta principal. Sentí mis mejillas ruborizarse ante mi descuido y murmurando un "gracias" me dirigí hacia la cocina para dejarla por allí.

No tenía nada congelado o que necesitara meterse en el frigorífico así que ya las guardaría.

Cuando volví me lo encontré en el salón, admirando un portarretrato que tenía en las manos. En él estábamos mi familia y yo el día en el que me gradué en la universidad. Me mordí el labio.

—Lo conseguiste al final, ¿eh? — comentó con una pequeña sonrisa en sus labios. Al principio me sorprendió el que supiera que estaba en su misma habitación, aún sin haber hecho ruido, pero después recordé su finísimo oído.

Crucé mis brazos sintiendo un nudo en la garganta.

—Fue duro, pero sí— respondí suavemente. Ahora que estaba ahí, delante de mí, me sentí lo más cohibida posible.

Escuchándome y, seguramente, notando mi estado de ánimo, Inuyasha dejó la foto de donde la cogió y pasándose una mano por su inconfundible cabellera blanca y se encaró a mí.

Mi corazón bombeó alocado.

—¿Por qué? — la pregunta salió de mis labios antes de que diera cuenta. Tuve que repetirla ante la mirada entre confusa y seria que me lanzó— ¿Por qué tardaste tanto?

Su mirada de ensombreció y dio varios pasos, acercándose.

—Esperé a que vivieras tu vida.

Sentí respiración atragantarse ante la declaración.

¿Qué?

Lo escuché suspirar y cogiéndome de las manos con ternura, me pegó a él. Mi corazón saltó y tuve que inclinar la cabeza para poder mirarlo a los ojos. A esos hipnóticos y magnéticos ojos dorados…

—Kagome— murmuró mi nombre con una voz tan dulce y atrayente que consiguió estremecerme—, para ti solamente fueron cuatro años… Pero yo tuve un largo tiempo en el que pensar.

Entonces eso significaba que… Él no había saltado al futuro por pozo como hacíamos antes, sino que él había esperado. Él me había esperado… 500 años…

Si antes estaba enamorada de él, ahora ya no sabía el extremo de mis sentimientos.

—¿Quinientos años? — murmuré curvando mis temblorosos labios.

—Quinientos cuatros años, tres meses y diez días.

Una lágrima se escapó de mis ojos y viajó libremente por mi mejilla.

—Pero… ¿cómo es posible? — seguí preguntando, queriendo saber las respuestas— Creí que hoy en día no existían los demonios…

Soltó una carcajada.

—Cariño, nunca podrán exterminarnos por completo— me respondió y mi corazón aleteo ante el apelativo— Todavía hay demonios por el mundo, pero lo que pasa es que se esconden. Ya no es como en la antigüedad donde los demonios tenían el poder del mundo. Poco a poco los humanos se fueron haciendo más fuertes, fueron obteniendo poderes y… se vengaron— explicó con voz neutral, con sus ojos oscureciéndose— Mataron a todo aquel demonio que encontraban… solamente sobreviviendo los que podían esconderse.

Sentí como una garra fría aprisionaba mi pecho y como el miedo me inundaba, al darme cuenta de algo.

—¿Y Koga? ¿Qué pasó con él? — pregunté con aprensión, recordando que él también era un demonio— ¿Y Shippo? ¿Y Kirara? ¿Y Sesshomaru?

—Kagome…— dijo, en cambio. Temí lo peor con su tono. No, no… imposible…

Yo había visto a Shippo. Sí, ellos habían sobrevivido…

—Ven, siéntate— me pidió, cogiéndome de la mano y llevándome al sofá.

—¡No! — exclamé, sacudiendo el agarre. Tenía la vista nublada y mi cabeza era un verdadero lío— Dímelo, Inuyasha. ¿Qué paso con ellos? ¿Consiguieron sobrevivir? ¿Y…— mi voz rota, se calló, costándole horrores seguir. Las lágrimas volvieron a salir, sin cuartel—… Sango? ¿Miroku? ¿Qué fue de ellos?

Inuyasha bajó la mirada durante unos segundos, en donde el silencio de la habitación solamente era cortado por los horribles sollozos que salían de mí.

Entonces lo comprendí.

Con mis amigos demonios, sabía que tenían una posibilidad de haber salido con vida de esto, que ahora mismo estaba en este mundo, que podía verlos… pero los humanos… Sango, Miroku, la anciana Kaede… Ellos irremediablemente habían muerto. La desolación y el horror aparecieron en mi cuerpo. El mero hecho de pensar que no me había despedido de ellos, que la última vez que los vi fue en nuestra pelea para derrotar a Naraku… me destrozaba el alma.

Sango, mi amiga, mi confidente, mi hermana… Aquella que me escuchaba, que me apoyaba… Miroku, mi compañero, mi amigo… Aquel que me aconsejó en los malos momentos… Anciana Kaede, mi segunda madre, mi mentora… Aquella que me enseñó todo lo que sé, que consiguió que me adaptara a ese mundo…

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué el destino tenía que ser así? Yo solamente hubiera querido despedirme, decirle cuanto les quería, lo importante que habían sido para mí… Y mientras yo había estado aquí durante estos cuatro años, ellos ya habían tenido una vida. Se habían casado, habían tenido hijos, habían envejecido… Me lo había perdido. Jamás podría formar parte de eso.

Mi pecho se sacudió ante los dolorosos pensamientos.

—Kagome, háblame, por favor— escuché la voz de Inuyasha— Cariño, mírame… Déjame contártelo, escúchame…

Parpadeé varias veces, aunque mi vista seguía borrosa por todas las lágrimas que no dejaban de salir, y me di cuenta que me encontraba sentada sobre las piernas de Inuyasha en el sofá. Mi cabeza estaba escondida en el hueco de su cuello y él no dejaba de pasar sus manos por mi pelo. Jadeé.

—¿Q-qué… p-pasó? — pude balbucear con la voz frágil. Odie escucharme así, verme actuar de esta manera, pues me recordaba a esos primeros años de separación.

Sus manos se apretaron contra mi cuerpo, como si quisiera que nos fundiéramos en uno solo. Tardó un tiempo, supongo yo que ordenando sus pensamientos, antes de empezar a hablar.

—Sango, Miroku, Kohaku y Kirara tuvieron una vida plena— empezó a rememorar en voz baja, lo bastante audible para mis oídos, consiguiendo que me estremeciera— Los dos primeros después de todo se cansaron y Miroku pudo conseguir sus ansiados hijos. Tres exactamente, dos gemelas y un varón— afirmó curvando sus labios ínfimamente. Sollocé, imaginándome la escena— Decidieron establecerse en una casita cerca de la anciana Kaede y allí vivieron… hasta el final de sus días. Fueron una familia feliz. Por supuesto se peleaban, pero también se amaban con locura. Murieron rodeados de sus hijos de nietos. Kohaku, por otro lado, siguió los pasos de su hermana y decidió hacerse exterminador de demonio junto a Kirara y al igual que Sango, se enamoró, se casó y tuvo hijos. Hoy en día sigo en contacto con sus descendientes.

Quise hablar, quise decirle como se sentía, quise mostrarle mis pensamientos, pero me era imposible. Entre mis quejidos y el nudo de mi garganta, apenas podía pronunciar algo.

Te lo mereces, amiga, pensé fugazmente, estoy muy feliz de que hayas podido tener una vida en paz con tu marido, tus hijos… y tu hermano.

—No volví a ver a Koga tras la pelea— siguió hablando Inuyasha— pero pude oír de él. Tiempo más tarde se casó finalmente con Ayame y se convirtió en el jefe de la tribu de los demonios-lobo. Sin embargo… ellos fueron de los primeros en encabezar la guerra contra los humanos, cual empezaron a destruirnos. Murieron…— pronunció con el tono más tierno y sensible que había escuchado de él, pero eso no consiguió que la noticia me desgarrara el alma. ¿Por qué tú también Koga?

A mi memoria llegó la imagen sonriente de ese lobo. A pesar del mal principio que tuvimos, llegó a convertirse en una persona muy importante para mí. Y el ahora enterarme de su muerte dolía como millones de agujas en el corazón.

—Kaede vivió unos veinte años después de que tú te fueras. Siguió siendo la sacerdotisa del lugar y acogió en su casa a Rin, por petición de Sesshormaru como su pupila hasta que esta se hiciera adulta— podía sentir el dolor en cada una de las palabras anteriormente dichas. Él también sufría por las pérdidas de nuestros amigos, sin embargo, él había tenido muchos años para asimilarlo. A mí me estaba viniendo todo de golpe— Sesshomaru y Rin consiguieron escapar. Ambos viven en Estados Unidos.

Un suspiro de alivio salió de mis labios en cuanto escuché una buena noticia, después de tantas desgracias. Me alegraba que hubieran tenido una vida plena y llenas de dicha (aunque en menor medida Koga y Ayame) pero lo que más me dolía era el saber que yo no había sido partícipe de ello. Lo que daría yo por haberle podido felicitar a Sango después de su boda o haber podido sostener a los hijos de mis amigos…

—¿Y Sh-Shippo? — hablé por primera vez, notando como mi tono era grave y pastoso.

Recordaba el encuentro de esta mañana, cuando me pareció verlo al otro lado de la carretera. Tenía que ser él.

Escuché como soltaba una carcajada, aún tensa por el momento que estábamos viviendo, pero visiblemente más relajado.

—Está neurótico por no poder hablarte.

La presión que estaba en mi corazón se aflojó y yo también pude reír, y esta vez las lágrimas fueron de alivio.

—Oh… Deseo tanto volver a verle— susurré— ¿Por qué no vino antes? — inquirí y entones caí en algo. Frunciendo el ceño, me alejé de él un poco. Me incorporé lo mínimo para poder verlo a los ojos. Esos ojos que conseguían quitarme la respiración— ¿Por qué tardaste tanto en venir a por mí?

Inuyasha se removió incómodo en el asiento, por lo que terminé enderezándome, aún sentada en sus piernas. Sus manos se enroscaron en mi cintura y sus ojos se desviaron hacia el suelo, mientras yo me quitaba el rastro de lágrima en mis mejillas.

—Estuve contigo el día que naciste, ¿sabías? — dijo, entonces, con voz emotiva.

Mis ojos se abrieron de la sorpresa. Como vi que seguía sin verme, tuve que alargar mi brazo para cogerle de la barbilla y así conectar nuestros ojos. Una corriente me recorrió entera cuando lo toqué y sus ojos me miraron y me fue imposible apartar la mano.

—En realidad no lo supo nadie— me confesó, poniendo su mano sobre la mía en su mejilla— Ni tus padres, ni tu abuelo, ni Shippo… Pero ese 10 de mayo allí estaba yo, sentado en la sala de estar a unos asientos alejado de tu abuelo, esperando a que el doctor saliera anunciando tu nacimiento. Nunca te dejé sola. Siempre estuve pendiente de ti, cuidándote… Incluso cuando cumpliste los 15 años y empezaste a ausentarte para irte a la época antigua, con mi yo pasado.

Supe por su mirada que estaba pensado lo mismo que yo: aquellos años en los que viajaba al pasado en busca de los fragmentos de Shikon.

—Con esto de que tus viajes que no tenían un patrón, me perdí un poco respeto a tus estadías en cada época y como además tuve que viajar a Estados Unidos durante un tiempo… cuando volví a verte, a saber de ti, ya era tarde— su mirada se ensombreció y sus labios se curvaron hacia abajo— Como sabía que mi yo pasado estaba cuidando de ti, pude dejarte un poco más… Sin embargo, nunca supe a ciencia cierta cuando fue que todo terminó para ti. Así que… fue demasiado tarde. Te oí hablando con tu madre… y supe que no me recordabas.

—Fue la única salida que vi posible— dije yo angustiada— Era eso o terminar volviéndome loca.

—Ya lo sé, cariño— me consoló, pasando a ser él ahora el que me acunara el rostro. Su cara estaba a pocos centímetros de mí y su aliento conseguía nublarme el sentido— No te lo reprocho. Eso hizo darme cuenta de que debía dejar que siguieras con tu vida. En ese momento, tuviste una oportunidad de poder vivir con libertad, sin tener que sufrir. Me dolía como mil demonios el saber que no podía hablarte, ni tocarte, sí, pero el saber que estabas bien era mi mayor recompensa.

—Pues fuiste un idiota— sí le reproche yo, enfadada— ¡Inuyasha, yo quería estar contigo! ¡Deberías de haberme dicho la verdad!

—En ese momento no lo sabía… No quise escuchar a mi corazón, sino hacer lo que creía que era más correcto…— suspiró y empujándome por mis hombros, me abrazó. Inmediatamente mis brazos rodearon su cuello— Supe que había cometido un error el día que te fuiste sin dejar rastro.

—Necesitaba escaparme de ese sitio— le dije con la voz amortiguada— A pesar de que no recordaba nada… todo mi alrededor me hacía sentir extraña, todo lo relacionaba contigo…

—Estuve buscándote como un loco— siguió rememorando— Hasta que encontré. Y supe que tenía que hacer que me recordaras. Necesitaba estaba contigo. Por eso te envié la caja, con algunas de las cosas tuyas que había guardado todos estos años. Lo único que consiguió que no me rindiera cuando estaba solo.

El deseo de fundirme entre sus brazos se estaba volviendo imperante ya. Quería perderme en ellos y olvidar mí alrededor. Olvidar el pasado y el futuro, quedándome para siempre en este anhelado y perfecto momento.

Inuyasha, mi Inuyasha, estaba aquí, conmigo.

Y no nos íbamos a separar jamás.

—Inuyasha…— murmuré separándome de él suavemente. Nos miramos y en sus ojos descubrí todo el cariño, la ternura… todo el amor que me profesaba. Sollocé— N-no te v-vayas…

—Jamás, ¿me oyes? — juró en tono solemne juntando su frente con la mía— Te he perdido dos veces ya. No seré de nuevo un imbécil, haciéndolo una tercera.

—¿Me lo prometes?

Sus labios se curvaron, en una sonrisa llena de secretos, de anhelos, de deseos y de verdades.

—Siempre estaré contigo, Kagome. Nada ni nadie podrá separarme de ti.

Y sellando su promesa, sus labios se pegaron a los míos.


Tal y como dije, aquí está cumplido: el epílogo. Bueno, vale, a mil años luz un capítulo de otro... pero, bueno, ya está aquí, ¿no? Eso es lo que cuenta. (Espero)

Reconozco que este es uno de los capítulos (de todas las historias que he escrito) que más me ha costado a la hora de plasmarlo. No quería decepcionaros y mas de una vez es tenido que borrar lo ya escrito. Finalmente, esto es lo más decente que he podido sacar. Conforme iba llegando al final... bueno, juro que he llorando mientras escribía sobre Sango, Miroku y Koga. ¡Yo no quería matarlos, de verdad! T^T

¿Qué pensáis? ¿Está a la altura?

Ninguno de los personajes me pertenecen, pero la trama si es de mi loca cabeza.

¡Volveremos a vernos, jóvenes hanyous! (?