La primera vez que Inuyasha la vio supo que, de nuevo, su vida iba a cambiar.

Era una pequeña criaturita envuelta en una manta. No dejaba de retorcerse y quejarse, sin embargo sus ojos estaban cerrados. Estaba tumbada en el futón matrimonial de la casa de sus amigos, acompañada por su hermana gemela la cual sí estaba profundamente dormida.

Desde que había podido entrar en la habitación, a pesar de su reticencia inicial, no había podido apartar la mirada de ambos vultitos. Había tragado saliva, nervioso, y sus orejas no dejaban de moverse, inquietas.

—¡Son preciosas, Sango! — exclamó Shippo, sonriendo abiertamente, mientras también las observaba.

Y es que, realmente, todo el mundo tenía sus ojos fijos en las niñas.

La castaña le correspondió la curvatura a la vez que pasaba una de sus manos para tranquilizar a la pequeña que no dejaba de retorcerse. En la mirada de Miroku, al otro lado de su mujer, se podía distinguir el amor y el orgullo que sentía.

—Habéis hecho un gran trabajo, chicos— dijo la anciana Kaede— Tus hijas son maravillosas.

Un fogonazo cruzó por la mente del medio demonio cuando la pequeña, inquieta, de pronto abrió sus párpados mostrando unos ojos negros. Su labio inferior se curvó en una mueca y estalló en llantos.

Una parte de él lo impulsó a cogerla, sostenerla en sus brazos y hacer que parara de llorar, sin embargo, su parte racional se impuso y se quedó en el sitio (apoyado en la pared con las manos cruzadas bajo su túnica) de donde no se había movido desde que llegó.

El dolor y la pérdida campaban a sus anchas, en su cuerpo, cosa que a veces le costaba demasiado no mostrar. Era así desde que Kagome, su Kagome, desapareció de su vida. Realmente podía decir que se había acostumbrado a esa sensación, que extrañarla hasta conseguir sus propios huesos dolieran, que su pecho se desgarrara, que su corazón sangrara… Todo eso era para él tan normal como comer y respirar.

¿Qué sentido tenía su vida ahora que se había ido? ¿Qué pasaría con él? Se sentía si fuera una brújula que hubiera perdido su Norte y las agujas no hacían más que dar vueltas, sin saber dónde buscar.

¿Qué iba a pasar con él?

—¿Qué le ocurre? — preguntó Miroku con un matiz de preocupación— Parece que no puede dormir…

—No lo sé— le respondió su mujer cogiendo a la niña— Acaba de comer y está limpia.

La castaña se levantó y bajo la atenta mirada de todos los presentes, empezó a mecer al bebé en sus brazos por toda la habitación. La arrulló con una voz suave y tierna y, por un segundo, a través de un parpadeo, Inuyasha creyó distinguir la silueta de Kagome, con aquella sonrisa que tanto amaba. Sin embargo, tal cual estuvo, despareció, dejando un enorme vacío en el pecho del medio demonio.

—Sango, ¿quién es ella? — se oyó la suave voz de la pequeña Rin, que había permanecido junto a la anciana Kaede. Esbozó una pequeña sonrisa— Ya sabes… Son como dos gotas de aguas.

—Es normal ahora, Rin— le explicó la anciana con amabilidad— Siendo recién nacidas, todavía no se las diferencia. Pero ya verás cuando se hagan mayores.

Aun así, Inuyasha estaba de acuerdo con la pequeña. Las niñas habían nacido apenas cinco días atrás y esta era la primera vez que podía conocer a sus sobrinas. Había estado viajando solo para derrotar un demonio y acaba de llegar hacía poco tiempo. Todavía no las había visto muy bien, pues no había querido acercarse mucho, pero desde ahí podía distinguir una piel blanca y un poco de pelo negro en la cabeza.

Sango, ante la pregunta de la pequeña, se tensó, visiblemente solo para un ojo desarrollado como el de Inuyasha, y esta le lanzó un rápido vistazo a Miroku, con nerviosismo, que no le dio muy buenas espinas al joven. ¿Qué ocurría?

Miroku cabeceó, como dándole ánimos, e Inuyasha captó ahora como los ojos de la castaña pasaban a él un segundos antes de sonreírle levemente a la niña.

—La que está dormida es Koyuki.

La respuesta esquiva hizo que el ceño de Inuyasha se frunciera. ¿Por qué, de pronto, el ambiente parecía muy… tenso? Miroku y la anciana se miraron por momento con complicidad y podía sentir como era observado por el pequeño Shippo. El no saber lo que pasaba, hizo que se empezara a enfadar.

—¡Oh! — ajena a todo, Rin asintió como si quisiera grabarlo en su memoria para no volver a fallar— Entonces esa es… Kagome.

¡Bum!

¿Era un latido de su corazón lo que se había escuchado en su habitación? Inuyasha no lo sabía y, realmente no le importaba, pues su cabeza ahora mismo se encontraba a miles de kilómetros de allí. ¿Había escuchado bien o solo había sido una absurda locura suya?

No, no, no podía ser eso. Solo había escuchado mal…

—¿Qu- qué… has…— tuvo que tragar saliva, mientras notaba perfectamente los latidos de su corazón en el pecho— qué ha dicho, Sango? ¿Cómo se llama tu hija?

Las orbes doradas del medio demonio se alzaron del suelo, para ver el rostro de su amiga, y vio como la mirada de ella destilaba tristeza y desasosiego. Brillaban de una forma que anunciaban las posibles llegadas de unas lágrimas.

—Inuyasha…— musitó.

—Dime como se llama tu hija, Sango— se limitó a decir el joven con la voz monocorde y su cuerpo tenso como las cuerdas de un arco.

—Querido amigo, sabemos que tú eres el más sufre con esta situación y sabes que no lo hicimos con mala intención— se metió Miroku con voz firme, levantándose y encardo al medio demonio— Pero nosotros también sufrimos. La señorita también fue nuestra amiga y la echamos de menos casi tanto como tú. Así que nos pareció bien hacerle este pequeño homenaje.

Nadie en la sala musitó sonido alguno después de esas palabras.

Inuyasha podía sentir como su cabeza no dejaba de dar vueltas, una y otra vez. Kagome, Kagome, Kagome, Kagome… ¿Por qué ese nombre? ¿Por qué justamente ese? ¿No sabían lo mucho que le dolía? ¿Los amargos y hermosos recuerdos que le traían con el simple hecho de nombrarlo?

—Inuyasha— lo llamó Sango en un susurro, sabiendo que él lo escucharía. Dio un paso hacia él y dudó cuando lo vio retroceder unos milímetros. Podía leer en su expresión como deseaba huir de allí lo más rápido posible— Inuyasha, espera, por favor. No te vayas.

El medio demonio alternó su tortuosa mirada desde la cara de la joven hasta el pequeño bulto que descansaba en sus brazos, sorprendentemente en silencio, aunque no dormido.

—Sabes que a Kagome, nuestra Kagome, le haría mucha ilusión— expresó ella, cogiendo valor y dando otro paso más hacia él. Esta vez Inuyasha se quedó quieto y eso fue un triunfo para la chica, aun sabiendo lo hondo que le había llegado sus últimas palabras— Por favor, no huyas de mi hija. Ella no es el problema.

—Pero ese nombre…— musitó con voz rota.

—Tengo que reconocer que desde antes tenía pensado ponerle ese nombre a mi hija, pero verdaderamente todo fue instintivo— le confesó Sango, siguiendo acercándose a él— Cuando la vi por primera vez, supe que no podía haber otro nombre más perfecto para ella— cuando estuvo a poca distancia, paró y con mucho cuidado la destapó, lo justo para que él viera su redondeada carita, con sus ojitos observando su alrededor con fascinación— Mírala. Mírala y dime que quieres huir de ella.

Inuyasha tuvo que obedecer su petición, y sintió como su respiración se atragantaba y su corazón dejaba de latir por unos segundos cuando vio aquella indefensa criatura. Sin embargo, tenía que reconocer que Sango tenía razón. Ella era el ser más puro e inocente que había conocido. ¿Cómo podía tener la culpa de lo que el destino le había deparado?

Unas ganas irrefrenables de protegerla, las mismas que había sentido antes al oírla llorar pero con mayor intensidad, lo abordaron, aturdiéndolo.

¿Quién era esta pequeña y por qué lo hacía sentirse así?

Por otro, la joven madre exterminadora de demonios, aguantando la respiración y ya saboreando la victoria, decidió dar un paso más. Era arriesgado, lo sabía, pero el silencio del demonio había hecho que su confianza aumentara. Cogiendo aire, dio otro pequeño paso más.

—Toma.

—¿Eh? — inquirió, parpadeando sorprendido.

—Toma, Inuyasha, cógela.

Por unos segundos Inuyasha no pudo más que mirarla paralizado y temeroso, pero al ver la dulce y confiada sonrisa en los labios de su amiga, cabeceando, cuadró sus hombros y cogió fuerza.

Cuando la tuvo en sus brazos, la primera ver que Inuyasha tuvo a la pequeña Kagome en sus brazos, él se sintió por uno momento, por un escaso e ínfimo momento, el ser más afortunado del mundo.

En medio de su espiral de dolor y soledad, Inuyasha supo que había encontrado su pequeño ángel.


Y aquí os dejo el primer capítulo. Todavía no sé el número de partes que tendrá exactamente pues aún estoy en proceso de escribirlo pero tengo que deciros que tendremos para rato de ellos dos. Amo esta parejita, ¿lo he dicho ya? ^^

¿Qué os ha parecido? ¿Cómo pensáis que se lo ha tomando nuestro hanyou?

¿Merece algún reviews?

¡Nos vemos, jóvenes hanyous!(?