5 años.
—¡Mira, una ardilla! — se escuchó el grito feliz de la pequeña Koyuki. Sus ojos grises miraban fascinaba al animalito que iba de una rama a otro con agilidad— ¿Has visto, Kagome? ¡Es tan bonita!
Su hermana gemela asintió ante esas palabras y también admiró al animalito el cual ahora se dedicaba a comerse una bellota. A sus cinco añitos, ambas eran unas chicas muy traviesas a las que le gustaba mucho explorar y estar en el bosque que rodeaba su cabaña.
—Me gustaría poder subirme a los árboles al igual que la ardillita— salió uno de los pensamientos de Kagome casi sin darse cuenta.
Su hermana dejó de ver al animalito y con sus ojos abiertos, como si le hubieran dicho que tío Shippo iba a venir ese mismo día, sonrió y cogió una de las manos de Kagome.
—¡Ven, vamos! — exclamó tirando de ella— ¡Intentémoslo!
—¡¿Qué?! ¡No! — se negó su hermana, a pesar de que seguía caminando, justas dirigiéndose hacia un árbol lleno de ramas— ¡Es peligroso, Koyuki!
—Pero si lo hemos visto hacer al tío Inu muchísimas veces— le recordó como si fuera tontita y no se acordara. Le soltó la mano al llegar al tronco y se agarró a una de las ramas y con un impulso, intentó subirse, fallando estrepitosamente.
Kagome se mordió el labio inferior, indecisa, pero terminó por ayudar a su hermana, que lo volvía a intentar. La cogió por los pies y se dispuso a levantarla.
—Una… Dos… ¡Tres! — contó Koyuki y tras algún que otro forcejeo consiguió sentarse a horcajas en la rama más baja.
Una enorme sonrisa se plasmó en su rostro y alzó sus brazos, como si fuera un pájaro a punto de volar.
—¡Mira, mira, Kagome! ¡Mira que alto estoy!
Kagome curvó sus labios, contagiada por su hermana, y entonces empezó a buscar a su alrededor en busca de otra rama donde poderse subir ella. Pero entonces su escrutinio pasó a un segundo plano cuando sus ojos azules se encontraron de nuevo con la ardillita, la cual había terminado de comer y saltaba hacia otro árbol. De pronto, unas ganas de cogerla en sus brazos y tocar su suave y peluda colita la inundaron. ¡Era muy parecida a la de su tío Shippo! Y si había algo que le encantaba a ella y a su hermana era abrazar esa colita.
—¡No, espera! — exclamó y sin pensar en nada más, corrió en pos del animalito.
—¡Kagome! — la llamó Koyuki, observándola irse. Miró hacia el suelo por un segundo y en su estómago apareció un retortijón. Había mucha altura y quería bajarse. Ya no le parecía tan buena idea. Sus labios se curvaron en una mueca— ¡Hermana, espera! ¡Quiero bajarme!
Sin embargo, Kagome ya no la escuchaba.
Sus ojos estaban puesta en la ardillita, la cual al verse perseguida, soltó un chillido y saltó aún más veloz que antes, no queriendo convertirse en una presa. La pequeña notaba el roce de la falda de su kimono en las piernas, dificultándole un poco la tarea de correr, pero en ningún momento perdió el animalito. Esquivaba los árboles, saltaba las ramas e intentaba no enredarse en los arbustos. No por nada llevaba desde muy pequeña jugando en ese bosque junto a sus padres y hermana.
Perdió la noción del tiempo, yendo en pos del animal, y cuando se quiso dar cuenta, los rayos del sol ya no entraban por los huecos de las hojas, lo que significaba que quedaba poco para anochecer. Tuvo que parar y sentarse cerca de un árbol pues sentía como sus piernas temblaban después de la carrera que se había pegado. Jadeó en busca de aire y cuando miró se dio cuenta de que se había perdido. No tenía ni idea de donde estaba.
Sus ojos se aguaron y una presión se instaló en su pecho.
¿Dónde estaba Koyuki? ¿Dónde estaba la casa? ¿Dónde estaba el gran Goshimboku?
¿Dónde estaba ella?
Mamá siempre les había dicho que cuando estuvieran en el bosque, siempre debían estar en un lugar que pudieran ver al Goshimboku para así no perderse, sin embargo, después de tantas vueltas sin fijarse por donde iba… No sabía dónde estaba.
—¿Mamá…?— murmuró con voz trémula— ¿Papi…? ¿Koyuki…?
Se rodeó sus rodillas con ambas manos, acercándola al pecho, en el mismo momento que sentía las lágrimas brotar de sus ojos. Estaba perdida. Quería a su mamá, quería a su papá… quería estar con su hermana de nuevo. ¿Por qué había ido tras la ardilla? ¿Por qué había corrido por ahí? Mira que su madre le había dicho veces que tuviera cuidado…
Kagome no supo cuando tiempo estuvo ahí, en medio del bosque, perdida, sola. Sin embargo, en algún momento, bajo todo el miedo y el agobio que sentía, a lo lejos, le pareció escuchar una voz. Al principio era lejana, un mero susurro que pudo ser imaginado, pero poco a poco, la voz iba subiendo de volumen como si el dueño de dicha voz se estuviera acercando. Y esa voz la estaba llamando.
—¡Pequeña!... ¡Pequeña, ¿dónde estás?!... ¡Pequeña, háblame!... ¡Maldita sea!
Esa voz le sonaba… Y esa forma de llamarla… Esa voz era…
Kagome se levantó como si en ese momento el suelo hubiera empezado a arder. Sus ojos escrutaron su alrededor y casi sin darse cuenta, sus pasos cogieron velocidad, yendo hacia la dirección que oía la voz. Su corazón latía con rapidez y sus pulmones trabajaban en busca del oxígeno.
Y fue, entonces, cuando lo vio salir de entre los árboles.
—P-pequeña…
Su voz sonó esta vez como un susurro, como un lamento. Los ojos ambarinos de él se clavaron en la pequeña y en ese momento sintió como su corazón dejaba de latir por unos segundos del alivio que estaba sintiendo. Lo próximo que supo era que la tenía entre sus brazos, aferrándose a ella firmemente, no queriéndola dejar escapar.
—Maldición, estás aquí— murmuró emocionado.
Notó como los bracitos de ella le rodeaban en su cuello y como el olor a agua salada la inundaban.
—Inu…—decía ella, temblorosa y feliz— Tío Inu…
Inuyasha suspiró y el nudo que tenía en el pecho, ahogándolo, poco a poco fue deshaciéndose al ver a su angelito sana y salva en sus brazos. Sin embargo, otro sentimiento estaba emergiendo: el enfado.
—¿Dónde has estado, eh? — inquirió separándose de ella para poder mirarla a los ojos, pero aun teniéndola en sus brazos— Estábamos tan preocupados por ti. Cuando tu hermana vino diciéndonos que te habías ido corriendo al bosque…
A pesar de que no era su intención, sus palabras sonaron duras y secas, por toda la tensión acumulada todo este tiempo. Por un momento, el medio demonio había llegado a temerse lo peor mientras la buscaba como loco, durante un momento esa sensación de dolor y pérdida le resultó horriblemente familiar.
La pequeña, al oír el reclamo, sin saber por lo que había pasado su tío, sintió como sus ojos se humedecían, culpándose. Su labio inferior se curvó hacia abajo, en una mueca, y las lágrimas salieron, a pesar de que ella no quería.
Los ojos de Inuyasha se abrieron sorprendido y reprendiéndose por lo bajo, la volvió a abrazar, escondiendo la cabeza de ella sobre el hueco de su cuello.
—Lo siento, tío… Yo no quería…— balbuceaba ella, con la voz amortiguada— Vi una ardillita y corrí detrás de ella. Solo quería jugar con ella… Yo no sabía…
Al escuchar su disculpa, Inuyasha sintió como en contra de sus deseos, sus labios se curvaron y una sensación agridulce se instaló en su corazón. A veces era tan parecida a ella… Tan valiente y audaz a pesar de su corta edad… Le recordaba tanto a ella…
—Bueno, no pasa nada— la cortó, pasando una mano por su pelo, mientras empezaba a saltar por los árboles para dirigirse hacia donde se encontraba Miroku también buscando en el bosque, con Sango al cuidado de la pequeña Koyuki— Esto ya ha pasado, pero por favor, no lo vuelvas a hacer, ¿vale? Ten más cuidado. Si te llega a pasar algo…—calló por unos segundos, ordenando sus ideas— No sé qué hubiera sido de tu familia.
Kagome no le contestó al principio. Se quedó callada, sumida en sus pensamientos, hasta que cuando el olor de monje Miroku era demasiado intenso para Inuyasha, señal de que estaba muy cerca, los bracitos que seguían rodeando el cuello del medio demonio se tensaron.
—Tío…
—Dime, pequeña.
—Gracias. Muchas gracias por salvarme— habló ella en tono suave. Inuyasha sintió su corazón saltar— Eres mi héroe… Siempre serás mi héroe… Espero que siempre estés ahí para salvarme.
Esta vez fue Inuyasha el que no contestó. Paró encima de una rama y allí observó por unos segundos el bulto de la niña en sus brazos, acurrucada con total seguridad y confianza, como si él fuera su estabilidad. Un nudo se instaló en su garganta ante el rostro que apareció en su mente. Ella se había ido…
Pero otra persona se estaba colando en su corazón de igual manera, peligrosamente parecida.
Inuyasha se dio cuenta, entonces, de que la pequeña se había dormido en sus brazos. Su pecho subía y bajaba a un ritmo tranquilo y armónico.
—¡Kagome, ¿dónde estás?! — se oyó la voz de Miroku.
Eso consiguió despertarlo de su letargo y después de mirarla una vez más, suspiró para él y se dispuso a llevarla ante su alterado padre.
Él lo sabía. Se estaba dando cuenta. Sabía que esa niña sería su perdición.
¡Segundo cap! ¿A qué son monos? ^^
Aquí podemos ver un poquito de como es la relación entre ambos. ¿Qué pensáis de la pequeña Kogame? ¿Le dará los mismos quebraderos de cabeza al medio demonio cono lo hizo su antecesora? XD ¿E Inuyasha? ¿Cómo creéis que se lo está tomando?
¿Merece algún reviews?
¡Nos vemos, jóvenes hanyous!(?
PD: Para el próximo capítulo ya irá apareciendo nuestra Kagome y la pequeña empezará a pisparse de los misterio de su tíos. ¿Por qué pensáis que será?
