Desesperanza.
A medida que el sol se movía por el cielo, pasaba el mediodía, la tarde, llegaba la noche y comenzaba a rozar el naranja del alba las estrellas en la madrugada, los ojos de Link llegaban al final de aquel ajado diario, de aquellas hojas llenas de la delicada caligrafía de la reina Zelda, con suaves trazos de tinta complementando aquellos árboles genealógicos con bases, con muchas bases y retratos de gente, gente que se parecía a él.
Las lágrimas le resbalaban incontrolables por las mejillas queriendo no aceptar la realidad…
¿Cómo iba a contarle aquello a Ilia?
Link cansado, recogió el libro y lo escondió en un cofre del sótano, guardándose la llave de éste en un bolsillo, allí donde guardaba también su título de héroe Hyliano y su título de caballero de su majestad la reina Zelda.
Tomó su capa colgada cerca del hogar y descendió los peldaños de su casa.
En el silencio del amanecer, se montó sobre su fiel yegua y cabalgó a través de los bosques ordonianos hasta llegar a la casa de Palomo.
En la nocturnidad, y rodeando una pequeña hoguera, estaban los rebeldes, charlando animadamente con el olor del humo y del alcohol impregnando el aire.
Salma lo miró, suspicaz.
-Zelda está en la fuente de Ordon.
Link, sin decir ni una palabra, volvió cabalgando por su camino hasta volver a la fuente.
Apostado estaba el corcel blanco de Zelda, raudo y deslumbrante como la Luna.
Link observó a Zelda, arrebujada en su capa de terciopelo, sentada cerca de unas flores reclamo, tal vez observando el danzar de las hadas sobre el agua entre los reflejos de la luz fría de lunar reflejada en el lago.
-Mi señora-, la llamó él, arrastrándola fuera de su ensimismamiento y haciéndola sobresaltarse.
-Link… es tarde.
Link miró hacia el este y vio los arañazos naranjas del amanecer en el cielo.
-Me atrevería a decir que es temprano, pero ya sabe, cuanto más calor hace, antes amanece.
Zelda sufrió un escalofrío y se envolvió más en su capa.
-Ordon es frío.
-Lo aparenta, su alteza.
-Entonces es como yo.
Link se echó a reír.
-Es usted demasiado dura consigo misma, mi señora.
Link se sentó a su lado.
Zelda entonces lo miró a los ojos y pudo observar cuán irritados estaban de llorar bajo la tenue luz del amanecer.
-Has estado llorando.
Link entonces le devolvió la mirada.
-Sí, mi señora.
-Llámame Zelda-. Dijo ella-, al fin y al cabo, ahora mismo estamos en las mismas condiciones, Link.
-Tienes razón.
-¿Has decidido algo?
El chico de frotó los ojos, incómodo.
-La verdad es que no-, dijo tragando saliva-. ¿No puedo renunciar?
La joven agachó la cabeza.
-Yo no pude hacerlo, Link.
Se formó un silencio, Zelda le tomó la mano a Link, tal vez estaba actuando impulsivamente e inapropiadamente para una reina, pero lo vio tan disgustado que no pudo evitar hacerlo.
Él, al sentir el frío tacto de la chica sobre su mano llena de cicatrices y cortes ya curados, se sobresaltó.
Zelda tenía la piel suave, dedicada al estudio y a la caligrafía, observó que algunas manchas de tinta raída aún estaban pintando su piel.
Link sin pensárselo mucho, rodeó con sus dedos la mano de la joven, cortándole la respiración momentáneamente, haciéndola sentir una chica normal, sin responsabilidades ni reinos que gobernar.
El silencio tajante era mágico, casi tanto como las hadas que revoloteaban sobre las aguas de la fuente, casi tanto como los tonos mortecinos del amanecer acariciando las estrellas sobre sus cabezas, casi tanto como el hechizo que ambos sintieron al mirarse a los ojos y trataron de evitar.
Zelda retiró la mano, incómoda, desvaneciendo de su cabeza las ganas de besar a un hombre por primera vez en su vida.
-Lo siento.
Le sonrió, acercándose a ella y rodeándola con su brazo, atrayéndola a su pecho, haciéndola escuchar su propio pulso en sus oídos, retumbándole con los nervios en el cuerpo.
-No soy yo quien necesita ánimos, Zelda-, susurró él, abrazándola.
Ella, aceptando el abrazo, lo rodeó con los brazos, apretándose contra su pecho.
Suspiró.
-¿No podemos… compartir la corona?
Él la miró, curioso.
-¿Hablas de dividir el reino?
-Hablo de que ambos reinemos.
-¿Pero para eso no deberíamos desposarnos?
Zelda sonrió, sonrojándose.
-No necesariamente, y si así fuera, podríamos separarnos al poco y ambos podríamos seguir reinando.
Link asintió.
Ilia iba a ponerse hecha una furia.
Él, casándose, con una reina y no por amor.
Lo hacía para continuar con una promesa olvidada, una promesa de ese diario.
Zelda se zafó del abrazo de Link y le mostró el dorso de la mano izquierda a Link.
-¿Tú también tienes la marca, no?
Link asintió y le mostró el dorso de su mano izquierda, evidenciando su respuesta.
-Era evidente que lo portabas.
-¿qué significa esta marca?
Zelda se aclaró la garganta
-Somos como ellos, Link.
-¿Cómo quién?
Zelda le tendió la mano y él correspondió, tomándosela.
Las marcas comenzaron a brillar tenuemente con un color dorado suave.
Zelda no se sorprendió, pero él un poco.
-Como el héroe del tiempo y la princesa del destino.
Se miraron a los ojos.
-Hemos hecho un gran trabajo librando a Hyrule del mal.
-Y hemos perdido a amigos por el camino.
-Y otros han querido irse, Link. Pero tenemos que seguir adelante y sé que eres consciente de ello.
Clavó sus ojos en ella.
Se había soltado el pelo y reparó en que le caía ondulado y raudo alrededor del rostro, como una cascada hasta su cintura, revuelto y castaño como la madera tostada al sol.
Reparó en lo bonita que se mostraba a la luz del atardecer, reprimió las ganas de decir alguna tontería, al fin y al cabo, poco los unía.
Sopló una brisa suave, revolviéndole los cabellos a la joven castaña, el olor de la regente a lilas se le clavó a Link en las fosas nasales, trayendo consigo un recuerdo arcaico, un recuerdo de una vida pasada demasiado borroso para recordarlo.
Divisó unos ojos azules sonrientes, nada más.
-Entonces, ¿partiremos a palacio?
Link asintió, tragando saliva, pensando en cómo iba a tomárselo su prometida.
