8 años.
Kagome había perdido la cuenta de todas las vueltas que había dado su hermana en la puerta de su casa. Suspiró y acercándose a Koyuki, la cogió del brazo para pararla.
—¡Deja de dar vueltas! — le dijo, viendo como el ceño de su gemela se fruncía— ¡Me mareas!
Koyuki de una sacudida se apartó el agarre de Kagome y se cruzó de brazos, enfada.
—¡Tarda mucho! — contestó en cambio.
Los labios de Kagome se curvaron hacia arriba, en parte irritada y en parte divertida. Daba igual lo mucho que quisiera ocultarlo su hermana, al final todo salía a la luz.
—Mamá dijo que sería a una hora de la tarde y todavía es temprano— le explicó por decimoquinta vez Kagome y como respuesta obtuvo una fulminación con su mirada.
Esta vez, al parecer, su hermana se tranquilizó y no estuvo dando vueltas, sin embargo, la puntera de su pie no dejaba de hacer un ruido muy insoportable. Kagome resopló y elevó una plegaria al cielo para que llegara pronto, no quería tener que aguantarla por mucho tiempo. Su padre había salido por un trabajo junto con el tío Inuyasha y mamá estaba con Satoshi en la aldea haciendo unos recados. Su madre les había ordenado que no se movieran de allí hasta que ella volviera y aunque al principio Kagome había aceptado sin problemas, ahora no veía el momento de correr hacia el Goshimboku para sentarse en su sombra.
Desde que ocurrió el accidente en el que ella se perdió y su tío la rescató, tres años atrás, a Kagome no le gustaba mucho estar en el bosque a solas. Siempre que se adentraba a él era con su hermana y tenía sus reservas. Es por eso que le gustaba quedarse junto a ese gran árbol que todo lo ve y mientras cerraba los ojos, escuchaba el sonido de sus hojas al moverse con el viento, como si le estuvieran susurrando una pequeña historia. Ese era su refugio y cada vez que estaba allí se sentía como en casa. Podía parecer una estupidez, pero nunca le decía a nadie a donde iba. Bueno, sí, sus padres les preguntaban donde habían estado en esa tarde, pero ella siempre respondía que por ahí. No quería que sus padres la pillaran in fraganti en sus momentos. No sabía que tenía ese lugar, pero para Kagome era mágico.
—¿Por qué mejor no entramos en casa, Koyuki? — le preguntó a su hermana— Creo que estaremos ahí más cómodas.
Koyuki hizo una mueca y terminó aceptando con unos asentimientos. Una sensación de triunfo se instaló en el pecho, viendo que había ganado. Para Koyuki era muy difícil cambiar de opinión, como a veces le ocurría a su gemela.
No les dio tiempo a dar un paso cuando escucharon una voz conocida a lo lejos.
—¡Sobrinitas!
Rápidamente ambas niñas se giraron y por el rabillo del ojo, a Kagome le pareció ver como los ojos de su hermana brillaban emocionados. Poco a poco vieron como una figura fue acercándose a ellos mientras volaba por el cielo, cada vez haciéndose más reconocible.
—¡Tío! — lo saludó Kagome.
—¡Tío Shippo! — la secundó Koyuki, sacudiendo su brazo en saludo también.
Cuando estuvo sobre sus cabezas, el demonio de un salto llegó al suelo y no pasaron dos segundos antes de que sintiera los bracitos de alguien abrazando su cuello. Riendo, correspondió los mimos.
Nueve años después de la pelea contra Naraku, el joven Shippo ya aparentaba ser un muchacho de unos 15 años humanos. Su pelo castaño seguía siendo igual de ondulado y largo, siempre recogido en su inseparable coleta. Sus ojos verdes eran expresivos y sus mejillas estaban pobladas de pecas.
—¿Cómo estás, Koyuki?
—Muy bien, tío — sonrió la niña y apartándose del joven un poco, extendió una de sus manos.
Shippo miró a la niña confundido.
—¿Qué quieres, Koyuki? ¿Qué pasa? — inquirió confuso, pero a Koyuki no la engañaba. Ella lo conocía muy bien para saber que estaba fingiendo. La pequeña soltó una carcajada.
—¡Tío! — exclamó en queja.
Las facciones del joven se suavizaron y este también empezó a reírse. Metió la mano entre los pliegues de su camisa y de allí extrajo un fino y alargado paquete, el cual se lo tendió a su sobrina. Koyuki chilló emocionada y cogió el paquete, abriéndolo con rapidez.
—¡Oh, me encanta, me encanta! ¡Es muy bonito, tío!
Los ojos de la pequeña brillaban felices mientras con una de sus manos mostraba un pañuelo de un color azul cielo, bordado con hilos color plata. Y es que adoraba y guardaba como si fueran un tesoro, todos y cada uno de los regalos que su tío Shippo les obsequiaba cada vez que las visitaba.
—Toma, Kagome, este es el tuyo— dijo el joven y con una sonrisa se giró hacia su otra sobrina, la cual había presenciado toda la escena divertida. Le tendió el paquete y ella lo cogió.
—Gracias, tío— lo abrazó— Por cierto, hola— añadió con una risilla— No pude saludarte antes.
Escuchó las carcajadas de su tío y cuando se separaron, ella también abrió su regalo, encontrándose con un mismo pañuelo, solo que este era de un verde esmeralda. Le encantó.
Después de eso, las dos hermanas pasaron lo que quedaba de tarde con su tío. Él le contó sus nuevas experiencias, sus aventuras y las niñas le escuchaban muy atentas y emocionadas. Koyuki era a la que más le gustaba, pues siempre había dicho que de mayor conocería todo el mundo, viajaría a cada rincón del planeta en busca de aventura. Kagome, por otro lado, se sentía feliz en aquel lugar. Le gustaba su hogar. Y no le parecía tan mala la idea de quedarse allí junto a sus padres y su familia.
Ellas también le contaron las pocas nuevas que tenían desde la última vez que las visitó y después se pusieron a jugar. A media tarde, Sango volvió de la compra con su hijo y la mujer fue recibida por un efusivo abrazo del demonio.
Shippo quería a la mujer como si fuera una hermana e inconscientemente cada vez que la veía un rostro se le evocaba en la mente irremediablemente. La echaba mucho de menos, cada día se acordaba de ella, pero siempre lo hacía con una sonrisa. A ella no le hubiera gustado ver como todos estaban tristes por su culpa y eso es lo mínimo que podía darle.
¿Quién le hubiera dicho cuando viajaba con aquellos cuatro chicos, que terminarías así?
Ahora, a punto de anochecer, Shippo se encontraba junto a los demás en la cabaña del matrimonio. Satoshi se encontraba dormido, Koyuki jugaba con unas canicas (que le había traído hace tiempo el demonio) y Kagome se encontraba acurrucada mientras leía un libro. La mirada del joven se encontraba en ella puesta, mientras sentía una agridulce sensación en el pecho.
—Se parece tanto a ella…— murmuró en un tono que sonó en parte emoción, en parte lamento.
Sango, que se encontraba removiendo la comida en el fuego, no tuvo que preguntar para saber a lo que se refería. Claro que lo sabía.
—Conforme va creciendo, te juro que hay veces en las que la veo y me es imposible no acordarme de ella…
Los labios de Shippo se curvaron hasta formar una triste sonrisa.
—¿Cómo lo está llevando él?
Sango hizo una mueca.
—No muy bien— le respondió incorporándose y clavando sus ojos en el chico. En ellos se podía apreciar la tristeza y el dolor— Parece un ermitaño. El tiempo en el que no está de viaje se la pasa prácticamente encerrado en su cabaña, sin salir. Hay veces en las voy a visitarlo e incluso él viene alguna que otra vez pero…
—Pero no sirve de nada, ¿verdad? — terminó por ella. Sango cabeceó, cabizbaja y Shippo suspiró— ¿Y con ella? ¿Cómo lo está pasando con la pequeña?
Sango supo a lo que se refería con rapidez. Muchos años convivencia y viajando juntos ayudaban mucho en estos momentos. Esta vez los ojos de la mujer se desviaron hacia donde su primogénita estaba enfrascada en el libro, sin echar cuenta a su alrededor. Sus ojos se aguaron y tuvo que parpadear varias veces para que no salieran las lágrimas.
—No sé cómo contestarte a eso, Shippo— murmuró decaída— Es depende del momento y cómo lo coja. A veces parece como si no pudiera mirarla o estar a pocos pasos de ella, pues rápidamente se aleja subiéndose a una rama o marchándose… pero en otros momentos es como si su sola presencia lo calmara. Él cree que no me doy cuenta pero hay veces en las que sé que viene simplemente para observarnos a lo lejos. Bueno, observar a mi pequeña. No te imaginar cuando sufrimiento y nostalgia hay en esa mirada, Shippo… No puedes llegar a imaginártelo…
Un silencio se instaló entre los dos, en el cual ambos estaban perdido en sus pensamientos. Sango volvió a su tarea de hacer la comida y Shippo desvió de nuevo su mirada hacia la pequeña.
—¿Te quedarás aquí esta noche? — preguntó Sango cambiando de tema.
—No. Dijiste que Miroku e Inuyasha vendrían esta noche, ¿verdad? Mejor iré con él. Creo que lo necesita más…
·
—¡Kagome, ¿quieres echarme cuenta?!
El grito de su hermana gemela consiguió sacarla de sus pensamientos. Parpadeando, la pequeña ladeó el rostro y se encontró con el ceño fruncido de Koyuki. Una inocente sonrisa se formó en los labios de Kagome.
—¿Qué pasa, hermana?
Koyuki bufó y sacudió su cabeza, exasperada.
—Llevo llamándote cinco veces…— se quejó— Nada, da igual. Sigue con tus pensamientos.
Y alzando su mentón con orgullo, Koyuki se adelantó unos pasos para ir por delante de ella. Ambas se encontraban caminando a través del bosque hacia la cabaña de su tío Inuyasha pues Koyuki había insistido en ir a visitarlo, alegando que hacía tiempo que no iban, aunque Kagome no quiso decir nada sobre que tío Shippo siempre pasaba allí las noches cuando venía de visita.
Kagome no había estado escuchado el parloteo de su hermana gemela pues su mente se encontraba a mucha distancia de allí. Concretamente a la noche anterior y la conversación que tuvieron su madre y su tío. Aunque había parecido que Kagome no los estaba escuchando, sin querer, había podido captar parte de ella. Y eso era lo que no dejaba de repetírsele en la mente.
Al principio había estado confusa respecto de quién estaban hablando, pero después no tuvo duda de que era sobre su tío Inuyasha. ¿Quién sino se aleja subiéndose a una rama (palabras textuales) o no sale nunca de su cabaña? Que ella conociera, no había otro que tío Inuyasha. Y según había escuchado, tío Inuyasha no estaba bien.
Sí, bueno, eso ya se había dado cuenta ella. Siempre que lo veía tenía su rostro decaído y sus ojos estaban opacos, sin ningún brillo. Parecía estar todo el tiempo perdido en sus pensamientos y tenía veces en las que se comportaba de forma hosca y seca. Sin embargo, fue él el que la salvó ese día. Y estaba ahí cada vez que necesitaba ayuda. Como cuando, hace un año tuvo que buscar a su madre en el pueblo y su tío la acompañó.
¿Qué es lo que le pasó para que lo pasara tan mal? ¿Y quién era esa ella de la que hablaban anoche? Supuestamente había una chica con la que no podía estar pero tampoco podía estar lejos de ella.
Aunque… Kagome intentó hacer memoria y entonces recordó otra de las frases que su madre dijo anoche: Él cree que no me doy cuenta pero hay veces en las que sé que viene simplemente para observarnos a lo lejos. Bueno, observar a mi pequeña… ¿Eso significa que la chica estaba en su casa? Y en su casa solamente estaban su hermana y ella…
¿Significaba eso que esa misteriosa chica era ella o su hermana?
Ese descubrimiento consiguió que su corazón dejara de latir por unos segundos.
¿Qué habían hecho para que su tío no deseara estar con ellas?
Aunque… puestos en el tema… si seguía pensando en ello… Ahora es cuando recordaba aquellas veces en las que él se alejaba de ella como si tuviera la peste. Había ocasiones en las que Kagome iba junto a su hermana y su madre a visitarlo y si tenía un día malo (como les decía su madre), se excusaba de allí alegando que tenía algo que hacer…
Pero… No. Eso no podía ser…
Estaba sacando las cosas de su contexto. Sí, eso era. Ella no podía ser… ¿Qué le había hecho, si no? Imposible.
Sacudiendo su cabeza, Kagome soltó una risilla y alejó aquellos pensamientos de su cabeza. Aumentó la velocidad de sus pasos para igualarse a su hermana y sonriéndole, ambas siguieron encaminándose hacia la cabaña entre charlas.
Diez minutos después, las jovencitas atravesaron la última línea de árboles y allí en un pequeño claro se encontraron con una cabaña de madera. La casita era simple y desde fuera podía parecer que estaba abandonada, sin embargo, ella que sabía que la habitaban y podía ver un punto de fragilidad que conseguía conmoverla.
Muchas veces, Kagome se había preguntado por qué su tío había decidido irse a vivir allí solo, pero nunca se había atrevido a preguntarlo. La pequeña se había dado cuenta del misterio que rodaba a la figura del medio demonio.
No tuvieron ni que tocar a la puerta. Cuando estuvieron a pocos pasos de ella, esta se abrió y de ella apareció la sonrisa de su tío Shippo, saludándolas.
—Buenos días, chicas— les dijo, abrazando a cada una— ¿Qué se os ha perdido por aquí?
Koyuki se encogió de hombros.
—Terminamos de hacer nuestras tareas y decidimos venir a visitar a nuestros tíos favoritos— respondió ella sacando la lengua con diversión.
Shippo rio y con movimiento de mano, se echó a un lado y las invitó a entrar.
—Adelante, entonces.
Las jóvenes entraron y lo primero que hicieron los ojos de Kagome fue buscar al medio demonio. Rápidamente lo halló. Se encontraba sentado en indio, con su espalda apoyada en la pared. Sus brazos estaban cruzados, con las manos escondidas en las mangas y su mirada la tenía clavada en el suelo, mirándolo como si fuera lo más interesante del universo. Las arrugas poblaban su ceño.
La pequeña sintió un tirón en el estómago al verlo, rememorando sus anteriores pensamientos.
¿Estaría así por ella?
—Buenas, tío— fue a saludarlo Koyuki con naturalidad.
Como estaban a su misma altura, la chica pudo abrazarlo por el cuello y eso consiguió que el medio demonio saliera de sus pensamientos. Un poco confundido, tuvo que parpadear antes de poder corresponderle el abrazado.
—Hola, Koyuki.
Después de unos segundos se separaron y cuando su gemela fue a hablar con Shippo, Kagome sintió la mirada ambarina sobre él. Leyó en ella todos los sentimientos ocultos y eso hizo que se intrigara aún más.
¿Cuál era el misterio que rodeaba a su tío y que tenía que ver con ella?
—Hola— lo saludó, de pronto, muy insegura.
Se mordió el labio inferior y se colocó un mechón de su pelo negro detrás de la oreja y con ello consiguió que el rostro de él se endureciera por unas milésimas de segundos. Creyó habérselo imaginado.
En ese momento ocurrieron dos cosas a la vez. Bueno, más bien, hablaron dos personas a la vez.
—Hola, pequeña— le correspondió el saludo su tío con el rostro serio, mientras su tío Shippo, llegaba hasta ella con un: — Kagome, Koyuki, ¿queréis tomar algo?
Y fue entonces cuando lo supo.
Fue entonces cuando no pudo negarlo más.
Claro que había algo con Inuyasha… y claro que tenía que ver con ella… porque si no… ¿por qué él no era capaz de pronunciar su nombre?
Ahora que hacía memoria, jamás lo había escuchado decir su nombre. Siempre la había llamado "pequeña" o algún apelativo parecido a ese, mientras que todo el mundo le decía Kagome. ¿Por qué? ¿Qué tenía de malo su nombre? ¿Por qué no lo decía?
Realmente… ¿Tenía ella algo malo?
—Hey, sobrina… ¿estás bien? — la voz de su tío Shippo consiguió despertarla de sus pensamientos. Giró el rostro para mirarlo y fue cuando se dio cuenta de que tenía el ceño fruncido y sus labios curvados en una mueca.
Intentó suavizar el rostro para poder sonreírle al demonio, pero el descubrimiento no dejaba de repetirse en su mente, aguijoneándola. ¿Qué le había hecho a su tío? ¿Qué tenía ella? ¿Por qué no quería estar con ella? ¿Por qué se comportaba así?
Tenía que saber las repuestas.
¿Le había hecho algo malo?
—¿Kagome…?— murmuró de nuevo Shippo, vacilante, como si no se creyera la expresión de su rostro.
Pero ella mucho caso no le hizo. Cogiendo aire profundamente, sacudió su cabeza e ignorando la mirada de su hermana y su tío, se giró hacia donde (también mirándola), estaba el medio demonio. Con una fuerza que no sabía que tenía, clavó sus ojos en las orbes ambarinas que siempre le había gustado y la mira que obtuvo no le gustaba nada. Era una mezcla entre cautela e inquina, junto a algo más que no sabía apreciar. ¿Por qué parecía que tenía que tener mucho cuidado con ella, ante lo que pudiera hacer?
Ese hecho le dolió de un modo que no creía posible.
¿Su tío la odiaba?
—Llámame— espetó con voz firme.
La confusión ondeó en los ojos de Inuyasha, el cual frunció el ceño, perdido. Shippo no pudo más que alternar su mirada entre los dos.
—¿Qué?
Kagome tuvo que coger aire de nuevo ante el tono defensivo que había adquirido su voz. No. Tenía que saber lo que pasaba. Quería las respuestas. Y si para eso tenía que enfrentarse a su tío… Lo haría.
—Tío, quiero que me llames— pidió de nuevo, esta vez en un tono más suave— Por mi nombre.
Por unos segundos, un tenso y agudo silencio se instaló en la sala, en el cual, ninguno de los presentes pronunció palabra o hizo movimiento alguno. Kagome esperó, sin apartar la mirada de su tío, sintiendo como su corazón quería salírsele del pecho. No estuvo segura de cuando tiempo transcurrió pero en aquellos instantes pudo percibir la sorpresa en él. Sí, le sorprendió… pero también pudo notar el dolor en cada músculo tenso de su cuerpo. Y, sobre todo, en la larga mirada que le echó, con esos ojos dorados mate, cubierto por ya tan conocida máscara inaccesible.
¿Cómo no pudo haberse dando cuenta de todo lo que había?, se reprochó la joven en algún momento. ¿Cómo no descubrió antes todo lo que quería ocultar su tío? Y tenía que ver con ella. Sí, ahora estaba segura…
Y eso no hizo más que incrementar el dolor de su corazón, pues se reprochaba una y otra vez aquello que podía haberle hecho para que la odiara.
Después de no sabía cuánto tiempo, Kagome no pudo aguantarlo más y sintiendo como sus ojos se aguaban, decidió que tenía que irse. Ya estaba todo dicho, ¿no? No iba a obtener una respuesta. Su tío no le diría su nombre…
¿Por qué ella?, cuestionó con dolor. ¿Por qué no podía decir "Kagome", pero sí "Koyuki"?
—Bueno, da igual— se oyó decir, mientras sus hombros mecánicamente se encogían— No te preocupes, tío. Son tonterías mías—empezó a hablar atropelladamente, deseando salir de allí rápidamente— C-creo que tengo que irme. Acabo de recordar que mamá me encargo que tenía que ayudarla con algunas cosas de la casa. Volveré… y ahora la haré… Sí… Nos vem…
Pero el torrente de palabras calló de forma abrupta. Como no quería ver la mirada de su tío, Kagome había estado hablando con los ojos bajos, firmemente clavados en el suelo de madera… y es por eso que no se dio cuenta del momento en el que el medio demonio se había levantado y se había acercado a ella, al notar un olor salado en el aire. Tan centrada estaba que querer huir y en sus escusas que ni si quiera había notado que las lágrimas habían salido.
Cogiéndola por la guardia baja, cuando la chica se quiso dar cuenta, estaba fuertemente aferrada al pecho de su tío. Sus ojos se abrieron conmocionados e instantes después, cuando procesó lo ocurrido, sus manos se alzaron para rodear el cuello de Inuyasha.
—Tío…— murmuró con voz trémula.
Los brazos que se aferraban a su cintura, manteniéndola en alto sin ningún problema, se tensaron, acercándola aún más, como si no quisiera dejarla marchar nunca. Como si la necesitara.
Las lágrimas volvieron a salir, pero estaba vez por lo sobrecogida que estaba ante la emoción. ¿Eso significaba que no la odiaba?
—¿Quieres que te llame? — habló Inuyasha en un murmullo después de un tiempo, simplemente ambos abrazarse. Conteniendo inconscientemente la respiración, Kagome no se movió— ¿Eso es lo que quieres que haga? Pequeña… Eres… mi pequeña. Esa eres tú para mí.
—Pero tú lo odias…— se aventuró a decir en tono inseguro. Por el contrario, se sentía tan bien el que su tío la abrazara. En aquellos se sentía protegida. Y… querida.
—¿Cómo? — inquirió tenso, separándose un poco de ella, lo justo para mirarla a los ojos.
Kagome distinguió aquella coraza que cubría sus ojos de cualquier sentimiento bonito. Siempre lleno de tristeza y dolor… Momentáneamente, deseó que eso desapareciera. Que su tío fuera feliz y alegre, como lo era ella en esos momentos, entre sus brazos.
—No sé si lo haces queriendo o no, pero no me has llamando nunca por mi nombre. Nunca me han dicho Kagome… Y eso…
Él no respondió a sus palabras en seguida, pues un fogonazo cruzó su pecho, aguijoneándolo, dejándolo sin respiración. Joder, debería de estar acostumbrado a ese dolor, a esa sensación de vacío, de pérdida, pero a veces conseguía consumirlo de una manera… alarmante.
Inuyasha tuvo que coger aire para poder tranquilizarse y poder hablar calmado, ignorando con todas sus fuerzas en la presión de su pecho y centrándose en su pequeño ángel que tenía en sus brazos. La tristeza, la incomprensión y el dolor en su mirada inocente le atravesaban como mil demonios. No, ella no debía estar así. Y menos por su culpa.
—No. Como bien dices, nunca he dicho tu nombre.
—¿Es feo? ¿No te gusta? — preguntó ella en un susurro, mordiéndose el labio inferior.
La visión de otros labios apareció en la mente del medio demonio y la herida de su corazón se ensanchó. Sus apetitosos labios, sus expresivos ojos, sus sonrosadas mejillas, su sedoso cabello…
—Por supuesto que no, pequeña, el nombre es hermoso— respondió con un nudo en la garganta y la mente de millones de kilómetros de allí.
—¿Y entonces? ¿Por qué no me lo dices? — siguió preguntando ceñuda— A mi hermana le dices su nombre. Cuando hablas con ella, dices "Koyuki"
Inuyasha soltó un suspiro y con mucho cuidado dejó a la niña en el suelo. Sus ojos viajaron por toda la casa, bajo la atenta mirada de Kagome, y fue cuando se dio cuenta de que estaban solos. En algún momento de la situación, Shippo, prudentemente, había salido junto con la hermana gemela.
¿Qué era lo que le podía decir? Ella todavía era muy pequeña para entenderlo, además de que todavía era incapaz de hablar de… su Kagome sin alterarse o sufrir demasiado. No, no podía contárselo. ¿Cómo entonces, le podías explicar a una niña de ocho años el horrible dolor que sentías en el pecho ante la ausencia de esa persona? ¿Cómo decirle la sensación de pérdida y vacío cada vez que oía ese nombre? ¿Cómo decirle que sus labios no podían moverse para decir su nombre simplemente porque su corazón se desangraba en busca de… ella, anhelando que estuvieran juntos?
Se agachó, quedando a la altura de la niña y pasándose una mano por el exhaló todo el aire de sus pulmones. Deseaba correr. Alejarse de ella, perderse en el bosque y no volver en muchísimos años… Pero otra parte le imponía su presencia. No podía irse y dejar a la pequeña sola. Su ángel no se lo merecía. Él debía ser fuerte.
—Hace tiempo…— empezó a hablar en voz baja, no sabiendo como expresarse. Supo que tenía toda la atención de Kagome— Hace algún tiempo conocí a alguien. Era una persona muy importante para mí y nos hicimos muy amigos.
—¿Muy amigos, cómo? — interrumpió esbozando una pequeña sonrisa— ¿Cómo lo somos mi hermana y yo? ¿O como nosotras con Rin? ¿O como mis papás?
No quiso, pero una pequeña risa tensa salió de los labios de Inuyasha… Su pequeño e inocente ángel…
Con una de sus manos quitó el resto de lágrimas en las mejillas de Kagome.
—Éramos buenos amigos. Como tú y tu hermana. Como con Rin. Y como tus padres.
—Vaya…— murmuró ella emocionada. Quería conocer a esa persona— ¿Y dónde está ahora?
Las manos de él pararon y de un brusco movimiento se apartó y su ceño se frunció.
—Se fue de viaje… Ahora está muy lejos— respondió escuetamente, no queriendo que el dolor impregnara sus palabras.
Fue entonces cuando Kagome lo entendió. Podía ser pequeña, pero según su madre era muy inteligente, así que captó el vuelo todo el significado que había tras esa pequeña historieta. Esa persona… esa persona importante para su tío… esa persona que se había alejado de él…
Se llamaba como ella, se llamaba Kagome.
Por eso no había querido decir su nombre, porque le recordaba mucho a ella.
Una sensación agridulce se extendió por su pecho cuando lo descubrió. Por un lado le gustó saber que el problema no era ella, sino que la cuestión estaba en su nombre. Pero por otro lado… si eso seguía así, con ese problema no podía ayudarlo. Ella quería ayudarlo. Quería que su tío dejara de estar triste, quería que sonriera… Pero… le era imposible. Pues… Para eso tendría que cambiarse el nombre… Y eso no podía hacerlo.
¿Verdad?
Y desde ese día decidió que la llamarían Kag.
¡Y aquí os dejo el tercer especial! Como iba diciendo, poco a poco se van desentrañando los misterios y la pequeña Kagome tiene ya la mosca tras la oreja respecto a su misterioso (y sexy ¬u¬) tío.
¿Qué os ha parecido su relación? ¿Creéis que se va desarrollando bien?
¿Merece algún reviews?
¡Nos vemos, jóvenes hayous! (?
