9 años.
—¡Eres rara!
Kagome sintió como sus mejillas se calentaban y sus manos formaron puños con enfado. Fulminó con la mirada al chico que tenía delante. Hiroto era un joven que tenía tres año más que ella y se llevaba todo el tiempo incordiándola. No dejaba de meterse con ella y hacerle bromas y por más que Kagome le pidiera que parara, el chico seguía y seguía. Parecía como si le gustara molestarme, pensaba la niña con acritud.
—¡Déjame, Hiroto!
Hiroto rio y su cabellera morena revoloteó sobre sus ojos pardos.
—Venga, Kag, solo digo la verdad. Tú eres rara. Tu familia es rara.
La cesta de la compra que le había dado su madre para que guardara algunos recados que le había mandado para hacer esa tarde, se estrujó entre sus manos. Con su familia no se metía nadie.
—¡No somos raros! ¡Cállate! — gritó enfada.
Mamá siempre les decía que la violencia no era la solución, que primero se debía solucionar las cosas de forma calmada… pero en aquellos momentos deseaba darle una buena a ese odioso niño.
Hiroto arqueó una ceja y rio.
—¿Sí? Oh, vamos, todo el mundo conoce a tu querida familia— habló en tono despectivo que hirió a la chica— Tu padre fue maldecido en la mano y tu madre se casó con él por pena, porque todas las chicas lo rechazaban. Además, vives entre demonios. Y os justáis con ese raro medio demonio que siempre está solo.
Algo saltó en el pecho de la niña. Fue fugaz y potente y cuando se quiso dar cuenta había soltado la cesta, cayendo al suelo con un ruido sordo, y empujó al joven con todas sus fuerzas. Desde el suelo, Hiroto la observó sorprendida y mosqueado.
—¿Qué es lo que haces? — le soltó enfadado mientras se levantaba.
—¡Ni se ocurra decir de nuevo esas cosas, idiota! — le contestó ella de vuelta. Sentía como su corazón aumentaba de velocidad— ¡Lo que has dicho de mis padres es mentira! ¡Mi madre no se casó por pena, sino porque se amaban! ¡Y mi tío no es raro!
—¿No? ¿Y por qué siempre está solo? ¿Eh? — replicó burlón.
Kagome sintió como sus ojos se humedecían por la rabia, pero no dejó que las lágrimas salieras. No dejaría que ese idiota la viera llorar.
Desde que había sido pequeña siempre había estado viviendo bajo esa estela de murmullos y cotilleos respecto a ellos. Nunca había sabido que era lo que significaba, pero alguna que otra vez, había visto malas miradas respecto a su familia. Kagome nunca les había echado cuenta, pues ella amaba a su familia, pero sí a veces conseguía clavarle una espinilla en su corazón.
¿Qué habían hecho para que ocurriera?
—Él no está solo— afirmó segura, mientras pensaba en su tío Inuyasha. En las veces que lo visitaba o él a ellos, en las veces que la ayudaba, en las veces que estaba Shippo…— Él nos tiene a nosotros. Él me tiene a mí, así que no está solo.
Aunque a veces pareciera que sí, pensó inevitablemente con tristeza. Pero rápidamente apartó ese pensamiento. Desde que ella decidió que se llamaría Kag y su tío le abrió un poco su corazón, se dio cuenta de que su relación se había hecho más estrecha. Ahora, cuando estaban juntos, le sonreía a veces. Y aunque fuera una pequeña y efímera sonrisa, para Kagome era el mayor regalo que le podía dar. Quería mucho a su tío
Y jamás dejaría que estuviese solo.
—¿Cómo puedes estar cerca de ese monstruo? — la cara de Hiroto se frunció en una mueca de asco, lo que enfureció aún más a la niña— Es malo y algún día te hará daño. Todos los demonios son así… sobre todo los híbridos. Son más inestables.
—¡Mi tío jamás me hará daño! — replicó sin titubear— ¡Él es bueno!
Hiroto soltó una carcajada seca y agria. ¿Es que esa cría no lo entendía? Cuando ese medio demonio enloqueciera y dejara de estar en ese extraño mutismo, sería demasiado tarde. ¿Cómo tenía que hacer para que abriera los ojos?
—Llegará un momento en el que ni tú podrás alejarte— dijo en tono serio y uniforme, dejando a Kagome por unos segundos descolocada.
—No quiero alejarme de él. Nunca— expresó segura.
Hiroto la miró a los ojos. Aquellos ojos azules (expresivos y sinceros) que la habían cautivado desde hace tiempo y en ellos no pudo ver más que creía cada una de sus palabras. Tras unos segundos, resopló frustrado.
—Muy bien, tú verás. Pero si llega a ocurrir algo yo ya te he avisa…
—¿Pequeña?
El corazón de Kagome saltó emocionado y Hiroto pudo ver como en el mismo momento que se oía esa ronca y grave voz, una enorme sonrisa surcó los labios de la niña y sus ojos empezaron a brillar de forma hermosa. El chico apretó los labios en una fina línea.
—¡Tío! — exclamó Kagome girándose y encontrándose al medio demonio alternando su mirada entre ella y el niño, cauteloso. Rápidamente se acercó a él y lo rodeó por la cintura abrazándolo. Los brazos del hombre serpentearon, correspondiéndole el abrazo y esta vez su mirada no se apartó del jovenzuelo, intimidante— ¿Qué haces aquí? — le preguntó separándose con una sonrisa.
—Fui a dar un paseo y cuando me encontré con tu madre, dijo que tardabas mucho en volver de unos pocos mandados que te pidió— respondió y Kagome advirtió como su cuerpo estaba tenso. De reojo vio como Hiroto se cambiaba de pie, incómodo. ¿Ahora no decía esas cosas horribles? — Decidí venir a buscarte. ¿Es por él, por lo que tardas? — preguntó y entrecerrando sus ojos, no esperó contestación— ¿Qué le has hecho a mi pequeña?
Kagome sonrió feliz por el apelativo y, sin poder evitarlo, le lanzó una mirada satisfecha al niño, casi burlona. Sí, ella era su pequeña y siempre estarían juntos.
El niño sacudió la cabeza, un poco temerosa, e Inuyasha oyó como los latidos de su corazón se aceleraban. En su interior, sonrió. Le estaba bien merecido, por molestar a su pequeño ángel.
—Solamente estábamos hablando— dijo Hiroto en tono bajo pero aun así el medio demonio pudo oírlo, y la niña también, la cual frunció el ceño disconforme con sus palabras.
—Me dijiste cosas muy malas— le respondió y ante su acusación, Inuyasha vio como el niño palidecía.
Eso atrajo aún más su atención. ¿Qué era lo que le había dicho? ¿Cómo se atrevía? Ese chaval tenía agallas para molestar a su ángel pues era popularmente conocido por la zona que esa niña y su familia estaba protegida por el solitario medio demonio que salvó al mundo del malvado demonio llamado Naraku.
—¿Y qué cosas malas son esas? — inquirió el medio demonio con voz filosa e irguiéndose. Notaba el peso de Colmillo de Hierro en su cintura pero no la usaría. ¿Contra un humano? Sería pan comido. Sin embargo, era muchísimo más placentero intimidarlo. Ver como rehuía la mirada, el sudor en su frente, el latir frenético de su pecho…
—N-no… no… yo… yo…—balbuceó Hiroto tragando saliva.
—¿Pequeña?
Kagome, todavía en los brazos de su tío, alzó la cabeza y se encontró con el semblante serio del medio demonio. Le encantaba la sensación de protección que tenía junto a él, pues sabía que nada le pasaría y él vencería a los malos… pero tampoco quería que se metiera en problemas. Muchos humanos recelaban de él por el simple hecho de ser medio demonio y aunque no lo demostrara, eso molestaba mucho a su tío.
—Me dijo que mi vestido era feo.
Vio como dos rostros se giraban hacia ella. El más joven con alucinación y alivio y el mayor sorprendido. Kagome sintió como sus mejillas se ruborizaban. Por la mirada que le estaba echando su tío sabía que no la había creído, además de que no sabía cuánto había oído de la conversación. Sin embargo, no sabía cómo podía salir de la situación.
—Venga, tío, que seguro que mamá estará preocupada— añadió separándose de él y cogiendo del suelo la cesta, después de recoger su contenido volcado. Sin darle una mirada más a Hiroto, aferró la mano del medio demonio y tiró de él, el cual se dejó llevar sin oponer mucha resistencia. Eso así, antes de irse, le lanzó un vistazo que consiguió poner todos los vellos de puntas al chico— No hay nada que hacer. Vamos.
Mientras caminaban, la niña tirando del medio demonio, en la mente de él, como un acto reflejo, apareció otra escena diferente. Sus orbes doradas estaban fijas en el agarre de su mano con la más pequeña de su sobrina… pero, superponiéndose a la realidad, fue otra mano la vio entra la suya. Una más grande, suave y delicada…
Inuyasha sintió como su corazón aumentaba de velocidad y el dolor cruzaba su pecho con ímpetu. No quiso, pero la imagen de ella sentada en el pozo, con los rayos del sol rozando su piel, su suave cabellera bailando con la cálida brisa… apareció en su mente como un fogonazo. Recordaba ese día. Bueno, recordaba cada momento que había vivido junto a ella. Los atesoraba cada uno de ellos, al igual que hombre en el desierto con el agua. Sin eso, no podría sobrevivir.
—No puedo competir con Kikyo… por lo menos mientras yo esté viva…—le había dicho con la mirada perdida, en tono triste, melancólico— También he pensado mucho sobre Kikyo. Kikyo y yo somos diferentes. Aunque digan que yo soy su reencarnación. Yo no soy Kikyo. Soy yo. Tengo mi propio corazón— hablaba sin mirarlo a los ojos y bajo su tono de voz, Inuyasha podía distinguir cada uno de los matices que claramente los diferencia con Kikyo. Claro que no eran igual. ¿Qué idiota pensaría eso? —Pero a pesar de todo entiendo muy bien los sentimientos de Kikyo. Son los mismos que los míos…—y fue entonces cuando lo miró e Inuyasha sintió como su mundo se tambaleaba— Inuyasha quería volver a verte—volvió a bajar la mirada pero el medio demonio nunca olvidaría sus hermosos ojos chocolate mirándolo con sinceridad, coraje... y amor— De algún modo cuando pensé que seguramente Kikyo podría estar sintiendo lo mismo que yo… comencé a calmarme. El deseo de encontrarte de nuevo podría ser el mismo. Así que me armé de valor y vine a verte… Quiero estar contigo Inuyasha. No puedo olvidarme de ti. Es así de simple—esas palabras pudieron haber sonado como un ruego, como una imploración, pero de ella no fue así. Cada uno de los vocablos se escuchó firme, seguro, cálido… perfecto saliendo de su boca. Por unos segundos, todo el universo tuvo sentido para el joven— Inuyasha, al menos dime una cosa: —se levantó y a paso lento se acercó a él, hasta que quedaron a poca distancia— ¿puedo quedarme contigo?
—¿Quieres quedarte conmigo? — la incredulidad y el asombro había teñido cada una de las palabras que salieron de sus labios.
Y ella cabeceó, mostrando la más hermosa y perfecta de sus sonrisas.
El sol se mostró y la iluminó a ella como si fuera un ser celestial, un ser de otro mundo. Y es que, realmente, para Inuyasha era así. Ella era alguien de otro tiempo, de otro mundo. No deberían estar juntos. Había tantos problemas por medio…
Pero su deseo de permanecer junto a ella era mayor.
—Inuyasha, vamos.
Y cogiéndolo de la mano, juntos caminaron por el bosque.
A un ritmo lento se fueron alejando y cuando las casas del poblado terminaron y empezaron a adentrarse en el bosque, Inuyasha se colocó a la misma altura de su sobrina, todavía con las manos entrelazadas, aunque ahora no lo obligara a andar. Su mente daba vueltas en ese recuerdo, una y otra vez, rememorando cada palabra, cada sonrisa de ella, cada mirada, cada brisa… Bebiéndola como si fuera el néctar de los dioses.
"Me dijiste que querías estar junto a mí. Me dijiste que a pesar de todo deseabas permanecer a mi lado" pensó con agonía. "¿Por qué no lo estás ahora? ¿Por qué me dejaste… solo?"
Sin embargo, para esas preguntas no había respuestas. Echaron de su lado a Kagome hace diez años y sobrevivir cada uno de los días era un profundo y terrible esfuerzo.
—¿Estás bien?
Inuyasha parpadeó y bajando del nubarrón negro que tenía en su cabeza, ladeó el rostro para poder mirar a su pequeño ángel.
"No", murmuró una pequeña voz en su cabeza, de pronto, "no estás solo"
—¿En qué estabas pensado? — inquirió la chica y una pequeña sonrisa se formó en sus labios.
Realmente deseaba saber que estaba pasando por la mente de él. Qué era lo que lo hacía ponerse tan mal. ¿Y si era porque no la había creído y había escuchado su pelea con Hiroto? ¿Y si estaba tan serio y taciturno por eso? No, ella no quería eso…
—Sabes que yo no pienso eso, ¿verdad? Sabes que creo que todo lo que dicen son tonterías, ¿no? — dijo en tono bajo. Ante la mirada de confusión que el medio demonio le echó, Kagome inspiró hondo— Yo sé que tú no eres malo, tío. La gente dice por ahí que no debemos estar juntos porque eres un demonio… pero no creo eso. Tú eres mi tío. Tú eres bueno. Así que… bueno…— balbuceó— No deberías estar triste… por eso… Olvídalo…
Durante un segundo, un tenso silencio se instaló a su alrededor. Cuando se dio cuenta de su metedura de pata, Kagome quiso salir corriendo. Quiso escalar los árboles que les rodeaban y alejarse de su lado, pues notaba perfectamente la mirada de él en la cabeza. Se mordió el labio inferior. Los segundos pasaron y cuando la joven ya no podía aguantar más con la presión, sintió como Inuyasha apartaba su mano de la suya.
—Ven.
Kagome lo miró con la confusión pintada en su rostro.
Su tío la miraba con una intensidad que conseguía ponerle los pelos de puntas. Observó cómo se daba la vuelta y dándole la espalda, estiró sus brazos hacia atrás en una muda petición. ¿Le estaba pidiendo que se subiera encima de él?
Sintió su corazón aumentar de velocidad.
—Venga, vamos— la azuzó el medio demonio, de pronto, con una tensión en la voz.
No la estaba mirando, sino que tenía sus ojos clavados en el suelo, como si eso fuera lo más interesante del universo o tuviera un problema muy importante encima. Kagome dudó por unos segundos, no sabiendo a donde quería llegar. Podía ver como sus hombros estaban rígidos y su respiración se había acelerado, al igual que si estuviera haciendo algo doloroso.
Y fue entonces, cuando él habló de nuevo:
—Pequeña, por favor…
Y las dudas desaparecieron. Consumida por una determinación que había aparecido ante el ruego, cabeceó y, llegando a la altura de su tío, pegó un salto y se sujetó a sus hombros, quedando sobre su espalda. Un extraño sentimiento apareció en ella y aferrándose fuertemente a su cuello, sintió su pecho retorcerse.
Entonces, como sacado de otra dimensión, Kagome creyó volar.
De pronto, su tío había empezado a correr a gran velocidad por entre los árboles del bosque. No tenía destino fijo, sino que se limitaba a correr lo máximo que sus pies podían. La joven percibía el viento estrellarse contra su rostro, impidiéndole un poco la tarea de ver ya que tenía que entrecerrar los ojos, y sintió tras ella, su melena azabache bailar. Con la emoción de la carrera, Kagome sintió como su corazón quería explotar en su pecho y un agradable cosquilleo se había apoderado de su estómago.
Era… maravillosa la sensación.
E Inuyasha saltó.
Kagome tuvo que ahogar un jadeo cuando la sensación de vértigo la inundó al verse sobre las ramas de gran árbol, pero no tuvo tiempo a admirar las vistas, cuando volvieron a saltar, viajando ahora entre los ramajes. La niña quiso reír por la cantidad de emociones que estaba sintiendo en aquellos momentos, pero lo único que pudo hacer fue aferrarse firmemente a su tío para no caerse y ver cómo el mundo corría a su alrededor de forma vertiginosa.
Realmente parecía como si estuvieran volando y los estúpidos asuntos terrenales no tuvieran cavidad en aquel maravilloso y fantástico momento. Solamente estaban su tío y ella, moviéndose por el mundo, como si fueran uno solo. Sin tener en cuenta nada ni nadie… sin necesitarlos para ser feliz.
Amó esa sensación.
Inuyasha, mientras corría como un loco sin control alguno, tuvo que reconocer, sintió como su corazón quería escaparse de su pecho y el nudo que se había instalado en la garganta le impedía respirar.
Todavía se estaba replantando, después de no sabía cuánto tiempo corriendo, el motivo de aquello. ¿Por qué demonios le había pedido que se subiera a su espalda? ¿Con qué finalidad? ¿No sabía los recuerdos que le traía? Mil y una veces había llevada… a ella, en aquella misma postura, mientras viajaban juntos. Si se concentraba podría jurar que ese momento podía oler ese aroma a azahar que tanto adoraba, rodeándolo.
Sin embargo en el presente, la situación era tan diferente… y a la vez tan parecida.
Porque ahora a la que llevaba consigo, por un estúpido impulso que siguió, era su pequeño ángel, pero… realmente la sensación era más o menos la misma. Sentía esa misma libertad y aceptación que cuando con ella.
¿Cuán idiota podía sonar eso?
Ella era su pequeña… Ella era tan inocente, tan dulce, tan… pequeña… que aún no era consciente de la maldad y el horror del mundo con los de su especie.
Y de nuevo, tan parecida y diferente que era con su Kagome… Mientras que ella sabía todo, la pequeña todavía no… Sin embargo, por extraño y absurdo que pareciera, ambas permanecen a su lado… O lo hicieron.
Alejó rápidamente esos pensamientos, pues el dolor que estaba sintiendo en su pecho no lo dejaba concentrarse bien.
Sintiendo como sus piernas se empezaban a entumecer, Inuyasha paró en lo alto de una rama. Jadeando, oyó como a su espalda, su pequeño ángel soltaba una exclamación, seguro que sobrecogida por la hermosa escena que tenían frente suya.
Estaban a una altura considerable y lo único que podían ver eran árboles en una vistosa gama de colores verdes. A lo lejos se podía ver un pequeño claro con un brillante y luminoso lago con animales bebiendo de sus aguas y finalmente, coronando la estampa, las montañas se alzaban, altivas y majestuosas.
Esta era una de las cosas buenas que tenía el ser como era.
—Increíble… Es precioso…— la escuchó decir en voz baja.
Y supo que había hecho bien en seguir su impulso. Durante un momento, cuando la oyó murmurar tras malinterpretar su silencio, defendiéndolo… a él… a un medio demonio… fue como si viajara al pasado y volviera a escuchar eso de otros labios.
—Pero… es que… había estado pensando… que tampoco habría nada de malo en que siguieran siendo como hasta ahora, que siguieras siendo un medio demonio. A mí ya me gustas tal y cómo eres, ¿sabes?
Y una devastadora sensación de pérdida lo arroyó, así que tuvo que hacer lo primero que pasó por su cabeza.
No se arrepentía en absoluto.
Desde que ella se fue, jamás había llevado a alguien de aquella manera sobre su espalda, pues le traía dolorosos recuerdos… pero ahora, sintiendo la felicidad y emoción por ese pequeño (y en apariencia insignificante) acto, pensó que no le importaría hacerlo.
Dolería, sí.
¿Pero no se estaba acostumbrando a eso?
—¿Podemos ir al lago? — le preguntó la joven, sacándolo de sus pensamientos.
Su rostro se suavizó ante el entusiasmo que oía en la joven.
—Claro. Pero no debemos volver tarde. Tu madre se preocupará de que pueda pasar algo.
Sintió como su pequeño ángel rodaba su cuello, en un tímido abrazo, y apoyaba su cabeza contra su hombro. Inuyasha notó como su corazón aumentar de velocidad.
—Estoy contigo, tío— habló ella suavemente con aliente chocando contra la piel de su cuello, en una caricia— Sé que no pasará nada porque tú me protegerás.
"Tú me protegerás"
¿Cuántas veces ella le había dicho eso?
—Te pareces tanto a ella…— murmuró en voz baja, para él, antes de pegar el salto que los llevaría al lago.
Lo que no supo era que la pequeña Kagome había escuchado lo que había dicho.
*Snif snif* Me encanta esta pareja... ¿lo había dicho ya? Son tan adorables... ^^
Kagome futura y Kagome pasada... Son tan diferente pero tan parecidas... El pobre Inuyasha ya no sabe ni que pensar. Se siente confuso.
Algunas de ustedes me habéis preguntado por si entre Inuyasha y la pequeña Kag surgirá el amor más allá de lo fraternal... Y para eso, lo siento, chicas. tendréis que seguir leyendo. No quiero desvelarlo pues siento que sino quitaría la magia de esta dulce pareja, la cual lo inesperado es lo maravilloso y que más nos atrae de ellos, ¿no? Al menos, esa es mi humilde opinión. ¿Ustedes que pensáis?
¿Merece algún review?
¡Nos vemos, jóvenes hanyous!(?
