10 años.
—¿Qué crees que me contestará? — inquirió Koyuki mientras que diestramente se colocaba su pelo negro en una coleta y se lo ataba con una cinta. Se observó en el reflejo del agua y cuando vio que estaba decente se sonrió— Espero que me deje. Me gustaría mucho…
Kagome arqueó una ceja y soltó una risilla. Siguió moviendo sus pies de forma circular formando remolinos pues los tenía metidos en el río, sentada junto a su hermana.
—Mamá se enfadará y lo sabes— le recordó maliciosa. Vio como Koyuki fruncía su ceño, girándose hacia ella y eso hizo que riera aún más.
—Mamá no tiene por qué enterarse.
—Bueno, yo no se lo diré… pero… ¿y el tío? — inquirió divertida— Nanao también podría decírselo, sabes que se han hecho muy buenas amigas.
Koyuki estuvo callada por unos segundos, como si estuviera midiendo cuales serías las consecuencias de sus actos y por la tristeza en su mirada y la rabia, su gemela se apiadó de ella y sacudiendo su cabeza, se levantó y se acercó a su hermana. Con confianza, apoyó las manos en los hombros de esta.
—¿Es eso lo que quieres? — le preguntó firme.
Esta vez Koyuki no tuvo que pensarlo. Con resolución, asintió.
La mayor de las hermanas sonrió.
—Entonces no te preocupes. Te ayudaré a conseguirlo. Juntas.
Los labios de la gemela también se curvaron agradecida.
—Gracias, hermana.
Así que allí estaban, adentrándose en la aldea. Una al lado de la otra, en dirección a la casita que tenían en la aldea su tío Kohaku y su reciente mujer, Nanao. Hacía ya varios meses que Kohaku había decidido asentarse en la aldea y dejar su vida de exterminador de demonio, como había sido la madre de ambas niñas. En realidad ellas no habían visto mucho a su tío pues este estaba todo el tiempo viajando de un lugar para otro, y pocas veces había decidido pasarse a hacer una visita. Pero desde un día llegó de la mano de una mujer, anunciando que se casaban y que se quedarían a vivir allí, las niñas nunca vieron a su madre tan feliz y contenta. Dos meses después fue la boda de ellos y las niñas vieron como su madre lloraba de felicidad.
Y algo más, se dio cuenta Kagome. No sabía si era por instinto o algo, pero Kagome sabía que algo tenía mal a su madre en ese día donde todo debía ser dicha y felicidad. Había una mota de tristeza en su mirada que le era imposible apartar.
—Bien. Estoy preparada— asintió Koyuki con su mirada brillando con resolución.
—¡Tú puedes! — la animó Kagome.
Koyuki cogió aire profundamente y se perdió por las calles del pueblo, pues en aquel momento, por algún extraño motivo, había decido hacerlo sola. Kagome la vio marchar y cuando despareció de su vista, el aire que había estado conteniendo sus pulmones fue exhalado con resignación.
"Necesito volver a mi árbol" fue el pensamiento que cruzó por su mente cuando se encontró sola.
Se dio la vuelta y estaba por deshacer el camino que había hecho con su hermana, pues el río donde ambas habían estado se encontraba cerca del Goshimboku, cuando una voz la paró.
—¡Hermana!
Rápidamente se giró pero cuando se quiso dar cuenta tenía un pequeño bultito rodeándole la cintura.
—¡Hola, Satoshi! — le correspondió el abrazo, dándole un beso en la mejilla.
Su hermano pequeño rio y le dio otro beso, solo que este era más baboso y con una mueca entre asqueada y divertida, Kag se pasó una mano por la mejilla. Satoshi tenía el pelo castaño rizado y sus ojos marrones claros. Alguna que otra peca coronaba sus mejillas y eso lo hacía ver aún más tierno.
—¿Estás solo? — inquirió la chica, sacando a la luz su instinto protector. Vio como el chico fruncía el ceño, pues como él decía "no le gustaba ser controlado por sus hermanitas cuando era él el que tenía que cuidarlas" — ¿Qué haces por aquí?
—He venido con Rin— le contestó el niño y dando un paso hacia atrás, cogió la mano de la joven que allí esperaba, viendo toda la escena.
Kagome no se había dado cuenta de ello y es por eso que sintió un rubor en sus mejillas.
Rin, al igual que Shippo, en todos esos años había crecido y eso se notaba. Era ya una hermosa muchacha de dieciocho años. Su cabellera negra azabache le llegaba a la altura de la cintura y sus grandes ojos pardos eran de lo más expresivos. Siempre llevaba una hermosa sonrisa en sus labios y a pesar de que tenía sus manos firmes de trabajar junto a la anciana Kaede, su piel era tersa, blanca y brillante. Y, si no parecía ver mal, en aquellos momentos, sus ojos brillaban a gran medida, como si estuviera conteniendo una gran felicidad.
Según había oído Kagome, Rin tenía muchos pretendientes por aquella zona, pero ninguno se atrevía a expresar su devoción en público, pues era bien sabido que aquella joven tenía un demonio guardián que velaba por ella.
Lord Sesshomaru. Demonio y señor de las Tierras del Oeste.
Kagome nunca había visto en persona a Lord Sesshomaru, pero si había escuchado cosas de él, por sus padres, tíos o por la mismísima Rin, la cual una que otra vez le había dado algunos detalles de aquel demonio. Sin embargo, y era lo que más intrigaba a la jovencita, del modo en el que se conocieron no soltaba prenda. Y pudiera parecer una loca, Kagome creía que Rin estaba al tanto del secreto de su tío Inuyasha, junto con sus padres, la anciana Kaede y sus tíos Kohaku y Shippo.
—Buenos días, Kag— sonrió cálidamente Rin.
Kagome correspondió el saludo.
—¿A dónde ibais? — preguntó Kagome con curiosidad.
—Satoshi quería bajar al pueblo para jugar con Hanna, y como tu madre estaba ocupada en estos momentos, decidí acompañarlo yo, ¿verdad? — explicó la muchacha pasando una de sus manos por la cabellera castaña del niño.
Satoshi sonrió y pudo verse entre sus labios el hueco de dos de los dientes que se habían caído.
Kagome rio. Hanna era una niña, de la misma edad de su hermano, de la que estaba seguro que su hermano quería. Bueno, siempre que podían estaban juntos, además de que Satoshi declaraba que nunca se separaría de su amiga Hanna.
—¿Y tú? ¿De dónde vienes?
—Estaba acompañando a mi hermana a la aldea. Ahora iba a dar una vuelta antes de visitar a tío Kohaku— respondió omitiendo el lugar a donde se dirigía.
Rin sonrió y estaba por responder cuando sintió como Satoshi tiraba de sus manos para que empezara a andar.
—¡Vamos, Rin! ¡Hanna me está esperando!
—Sí, sí, ya voy— respondió, comenzando a caminar, complaciente— Bueno, Kag, ¿nos veremos después? — cuestionó, andando lentamente, con el pequeño todavía tirando.
—Sí, claro. Iremos allí para cenar— afirmó Kagome, alzando una mano, despidiéndose.
Rin le lanzó una sonrisa de despedida y terminó dejando que el pequeño lo llevara a donde sea que fuera. Kagome, como había hecho antes con su gemela, observó cómo se iban hasta que desaparecerían.
Sacudió la cabeza.
Aquella noche, siendo una tradición, una vez al mes, todos se reunían en la casa de la anciana Kaede para cenar. La niña amaba esos momentos. Todos reunidos, en familia, en un momento feliz… y juntos.
Una curvatura se formó en sus labios.
Amaba a su familia.
·
—¿Entonces?
Koyuki quiso esconder una sonrisa, pero fallando estrepitosamente, sus labios se curvaron y sacudiendo su cabeza, asintió.
—¡Me ha dicho que sí! — exclamó en un grito bajo. Aunque estaban fuera de la cabaña y desde ahí podían oír las voces y conversaciones de los demás dentro, no se fiaban que alguien pudiera escucharlo. En especial su madre— Me costó un poco, pero finalmente pude convencerlo.
—Me alegro mucho por ti, hermana— la abrazó Kagome, contenta. Su hermana siempre había querido eso y le gustaba saber que estaba empezando a cumplir su sueño.
—Por ahora, pude conseguir una tarde a la semana, pero conforme pase el tiempo, aumentará la cosa— le explicaba ella en susurros, aún si separarse de ella.
—Tendrás mucho cuidado, ¿verdad? — murmuró Kagome.
Frunciendo el ceño, extrañada, Koyuki se separó para mirar fijamente a su gemela.
—¿Cuidado por qué? Es tío Kohaku, no dejará que me pase nada.
—Claro— cabeceó Kagome— Pero llegará un momento en el que la cosa se vuelva peligroso. Y quiero que me prometas que te cuidarás y tendrás mucho cuidado, hermana.
Confusa por las palabras de la chica, Koyuki cogió una de las manos de ella para estrecharlas fuertemente.
—Por supuesto que sí, Kag. Lo prometo.
Sintiendo, de pronto, un nudo en el estómago y en su garganta, Kagome volvió a abrazarla, pasando sus manos por el cuello de ella. Claro que estaba contenta por su hermana, pero en la época en la que vivían, seguir la vida que quería conseguir su hermana: llena de aventuras y emociones, era muy peligroso. Y por un momento, había imaginado que la perdía, consiguiendo que un fuerte dolor se aferrara a su pecho. A su memoria llegó aquella tarde en la que decidió que se llamaría Kag. Cuando descubrió aquella persona que se escondía en los pensamientos y el corazón de su tío Inuyasha.
"Hace algún tiempo conocí a alguien. Era una persona muy importante para mí y nos hicimos muy amigos. Éramos buenos amigos. Como tú y tu hermana…"
¿Era así de mal como se sentía su tío? ¿Ese profundo dolor anidaba siempre en el pecho de su tío?
Ahora podía llegar a comprenderlo mejor y eso no consiguió otra cosa que aumentar su deseo por ayudarlo a sentirse bien.
Haría lo que fuera.
—¿Qué hacéis aquí fuera, chicas?
Como si se hubieran quemado, ambas se separaron de la otra y girando la cabeza, vieron en la puerta la figura Rin, mirándola curiosas. Fugazmente las hermanas cruzaron una mirada, antes de que, a la vez, sacudieran la cabeza y sonrieran felices.
—Nada. Solo estábamos mirando las estrellas— contestó Kagome.
El ceño de la muchacha se pobló de unas pocas arrugas. De la mayor de las hermanas podía esperarse esa reacción, pues a ella le gustaba mucho ver las estrellas y disfrutaba de un buen momento de tranquilidad, pero su gemela… A su gemela lo que más le gustaba era la acción, la emoción y el movimiento. No la veía quieta, tirada sobre la hierba, simplemente observando. No obstante, si era cierto que ambas hermanas hacían muchas cosas juntas y eran muy unidas, así no era nada extraño verla cuchicheando entre ellas y no dejando que los demás vieran sus cosas.
—Bueno, pues será mejor que entréis— les sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago— La comida ya está y quiero decir algo y me gustaría que estuviéramos todos.
Las chicas aceptaron encantadas e intrigadas y tiempo después un gran número de personas se encontraba reunida en aquel pequeño (pero acogedor) espacio que era la cabaña de la anciana Kaede. Encabezando la reunión estaba la anciana Kaede y junto a ella Rin, Sango y Miroku cogidos de la mano, las gemelas y el pequeño Satoshi, Kohaku con su brazo por encima de los hombros de Nanao y, finalmente, algo apartado y apoyado en la pared, Inuyasha.
Todos estaban en un silencio expectante (y satisfecho respecto a la comida), pues Rin había vuelto a anunciar que tenía algo que contar. Todos querían saber aquello que había hecho que el rostro de la muchacha resplandeciera de aquella manera. Incluso tío Inuyasha, se dio cuenta Kagome, estaba algo erguido y sus orejitas no dejaban de moverse, inquietas.
La joven tuvo que contener el impulso de levantarse y tocar aquellas orejas tan lindas. ¡Le encantaban! Desde pequeñas siempre les había llamado la atención y a pesar de le rogaba a su tío que le dejara tocarlas, él, sonrojándose furiosamente, se negaba sin contemplaciones. Kagome, en aquellos momentos, hacía un mohín, demasiado tierno para Inuyasha el cual debía tener mucha fuerza de voluntad para mantenerse firme.
Kagome, la cual se encontraba observando por el rabillo del ojo a su tío y mirando con fascinación sus peluditas orejas, notó como él se giraba a mirarla y la pillaba. Notando el calor en sus mejillas, Kagome curvó sus labios en una sonrisa llena de ternura y cariño. Y como venía haciendo de un tiempo atrás, a pesar de que fue compensada con una ceja arqueada, en sus pupilas doradas también se podía ver el cariño que le profesaba. Sus ojos seguían siendo duros y fríos, pero bajo aquella capa glacial, la pequeña estaba empezando a leer un lenguaje al cual muy pocos tenían acceso.
Y le encantaba eso. La hacía sentir especial, querida… y única.
—¿Y qué es lo que tienes que decirnos, cariño? — inquirió la anciana Kaede con una dulce sonrisa. Lo que al principio había creído que era una ayuda hacia esa niña, para que pudiera vivir una vida entre humanos (ya que no pensaba que sería buena idea de que una humana se criara con demonio y más si era Sesshomaru), terminó formándose un fuerte lazo de cariño, pues la quería como si fuera una hija.
Rin, con una curvatura en sus labios, se retorcía las manos con nerviosismo y después de coger aire profundamente para darse fuerza, alzó la mirada.
—Creo que es el momento de irme— anunció sin ninguna vacilación en su voz.
Durante unos segundos, nadie expresó nada. El silencio reinó en la sala. Kohaku arqueo una ceja, Nanao parpadeó sorprendida, Sango y Miroku se miraron entre ellos al igual que sus dos hijas y Kaede sintió como sus ojos se aguaban de la emoción.
—Mi niña…— murmuró.
—Llevaba tiempo atrás pensándolo… pero hace pocos días acepté formalmente— explicó la muchacha en tono bajo.
—¿Tiempo atrás? ¿Cuánto tiempo? — inquirió Sango.
—Bueno… la última visita no, sino en la anterior fue cuando me lo propuso— confesó mordiéndose el labio inferior— Pero yo no supe que responderle, porque no quería separarme de ustedes. Yo os quiero igual que si fuerais mi familia y…
—Y nosotros a ti, cariño— la cortó la anciana Kaede, mientras colocaba sus arrugadas manos, sobre las de la chiquilla, dándole un apretón— Desde siempre fuiste y serás una de más nosotros, Rin.
—Por supuesto— corroboró Sango sonriéndole con cariño y Nanao, de fondo, asintió apoyándola.
—Gracias, chicos— dijo Rin emocionada, pasando su mirada por todos los que estaban allí.
—No tienes que darlas, joven Rin, sabes que con gusto aquí tienes tu hogar siempre que lo necesites— habló con voz solemne Miroku, que fue correspondido por un suave apretón de mano de parte de su esposa, confirmando sus palabras.
—Nuestras puertas siempre estarán abiertas para ti— añadió Sango.
—Y ni que decir de la nuestra, Rin— dijo esta vez Nanao— A pesar de que llevamos poco tiempo conociéndonos… Bueno, ya eres una muy buena amiga para mi.
—Aquí estaremos para lo que sea— secundó Kohaku.
Rin sintió como una lágrima se resbalaba por su mejilla ante todo el cariño que estaba sintiendo. De pequeña siempre se sintió perdida, después de que su familia muriera a manos de unos lobos y tuviera que quedarse sola… pero desde de que conoció a Sesshomaru y a aquellas personas… se sentía la chica más afortunada del universo.
—¿Volverás? — se oyó entonces la suave voz de Satoshi en el lugar.
Se giró hacia donde estaban los tres niños y una cálida sonrisa se instaló en su rostro al verlos con un aura de tristeza y a Satoshi con sus labios curvados hacia abajo, como si pensaran que no la verían jamás. La muchacha abrió sus brazos y a ellos rápidamente fue el pequeño, acurrucándose en su pecho.
—Claro que sí. Vendré a visitaros a menudo— le dijo sobre su cabellera, aunque mirando a las niñas.
Satoshi apretó su abrazo y las niñas le sonrieron.
—¡Keh! Ni que fuera el fin del mundo.
—Inuyasha no seas un maleducado— le reprendió la anciana Kaede.
El medio demonio masculló algo más por lo bajo, sin apartar la mirada de su pequeño ángel. Podía notar perfectamente la tristeza en ella, en como tenía los hombros hundidos o en la mueca de sus labios. Pero sobre todo en sus ojos azules. Y no le gustaba nada.
—Estáis montando un escándalo para nada— se quejó alzando ligeramente la barbilla. Se cruzó de brazos, de modo que sus manos se escondieron en su traje— Si se va con el estúpido de Sesshomaru seguro que estará bien. Además, ha dicho que volverá. No ha ocurrido una gran catástrofe.
Aunque, realmente, para Inuyasha si era así. Sentía terriblemente familiar el dolor ante la pérdida o la ausencia de un ser querido. Y no deseaba volver a revivirlo. Había llegado a cogerle algo de cariño a aquella mocosa, pero sabría que estaría bien. Su hermano la cuidaría.
Tal y como no lo hizo él.
—Inuyasha tiene razón— dijo Rin para cortar el silencio y disminuir un poco la tensión que ocasionaban las malas miradas de los demás hacia el medio demonio, recriminándolo— Volveré a menudo para veros.
Y entonces la casa se convirtió en jolgorio y dejando a un lado la tristeza, todos empezaron a hablar con emoción y entusiasmo pues ya no venían aquel acontecimiento como una separación, sino por el comenzó de la vida tan ansiada por la muchacha. Todas las mujeres se fueron a reunirse con Rin y formando un corrillo empezaron a cotillear y hacerle preguntas a una sonrosada jovencita. Por otro lado, los hombres, no podían más que observar a sus mujeres con una sonrisa enamorada.
E Inuyasha… Bueno, Inuyasha no podía apartar la mirada de su pequeña, la cual se encontraba en esos momentos sentada entre su madre y la ancana Kaede y tenía una dulce curvatura de labio, mientras escuchaba atentamente todo lo que decían.
—Vamos, Inuyasha. Dejemos a las mujeres hablar lo que quieran— habló Miroku después de un rato, levantándose— Salgamos un poco fuera. ¿No os apetece?
—Sí— asintió Kohaku imitando a su cuñado— Me vendría un poco de aire fresco.
Miroku miró interrogante al medio demonio y el cual, encogiéndose de hombros, los siguió y los tres salieron de la cabaña. Fuera hacía una bonita noche, con una brisa que se agradecía.
—Un pollito que ha salido de su cascarón— comentó Miroku al aire.
—Ya se sabía que tarde o temprano pasaría— añadió Kohaku y una sonrisa nostálgica se adueñó de su rostro— Demasiado creía yo que estaba tardando Sesshomaru en reclamarla para sí.
—¿Quién lo diría? — inquirió el hombre riendo— El demonio que detestaba a los humanos y ahora… queriendo convivir con una de ellas. El mundo es una caja de sorpresas.
—No es tan sorprendente para mi— se encogió de hombros Kohaku y sus ojos, de pronto, se perdieron en el paisaje, recorriéndolo— En el tiempo que estuve viajando con ellos y en otras ocasiones… podía ver lo importante que era esa niña para el demonio. No había momento en el que la mirara y su frío semblante no se suavizara.
—Esa niña pudo sacar lo mejor de Sesshomaru, eso es seguro— corroboró Muroku a su cuñado.
El silencio se instaló por unos segundos que era amortiguado por la animada conversación de las chicas desde el interior de la cabaña. Miroku suspiró.
—Qué tiempos aquellos…— exhaló con voz decaída.
Nada más decirlo notó como el cuerpo del medio demonio se envaraba y se tensaba. Sus labios formaron una fina línea y vio el deseo de escapar lo más rápido posible. El hombre se maldijo. Cada vez que sacaban el tema, Inuyasha siempre huía, sin querer afrontarse a él. Y después de tanto tiempo, el medio demonio era un buen amigo (su mejor amigo exactamente) y quería ayudarle de alguna forma. Sin embargo, él no lo dejaba.
—Las cosas han cambiado…
—Inuyasha— cortó la frase Miroku, mirando fijamente al medio demonio— No…
—Tengo que irme— espetó de mala manera, sin dejarlo terminar. Sus ojos estaban clavados en un punto fijo a lo lejos.
Esta vez, Miroku fue más rápido y cuando Inuyasha se quiso dar cuenta, la mano de él tenía aprisionado uno de sus brazos con firmeza. Sabía que sin esfuerzo podría librarse de eso, pero no quería dañarlo. A pesar de todo, Miroku era su amigo y no quería hacerle daño… Sin embargo, ya sentía el peso del agujero en su pecho ante la inminente conversación que se acercaba. Y de la no quería ser partícipe ni quería escuchar.
Todavía dolía como el primer día…
—Ya han pasado casi 10 años, Inuyasha— recordó suavemente, como quien habla con una terrible fiera que está a punto de atacar.
Inuyasha no contestó y eso frustró aún más a Miroku. Podía ver como los muros que edificaban a su alrededor se alzaban, alejándolo del mundo exterior. Aislándolo en su dolor.
—Nosotros también la echamos mucho de menos, amigo, pero debemos seguir con nuestra vida adelante.
—Cállate— masculló el medio demonio.
—A la señorita no le hubiera gustado verte así— siguió hablando Miroku, incauto— Ella siempre quiso lo mejor para nosotros, Inuyasha y tú… tú no estás bien. ¿Por qué no eres capaz de tener una conversación?
—No sigas, monje— hubo una advertencia entre sus palabras.
—Miroku…—quiso meterse Kohaku. Sabía que no era de su incumbencia pero la fría e iracunda miranda del medio demonio conseguía que se le pusieran los vellos de puntas, a pesar de que había luchado contra millones de ellos.
Sin embargo, Miroku siguió sin escuchar y clavando su mirada con firmeza en Inuyasha, ahondó un poco más.
—El tan solo echo de mencionarla… o hablar del pasando, en la época que estuvo con nosotros viajando, te pone muy irascible y gruñón. Más, incluso, de lo que eras antes…— dio un paso hacia él y le dio un cálido apretón en el brazo de compañerismo— Debes dejar todo el dolor atrás… Eso no te hace nada bien…
—¡Maldita sea, te dije que te callaras! — terminó por explotar y de una sacudida, se soltó del agarre del humano. Miroku, aguantando la respiración, vio todo el dolor, el miedo, la pérdida y la ira en sus ojos dorados— ¡¿Crees que no lo sé, idiota?! ¡¿Por qué tienes que estar recordándomelo todo el tiempo?! ¡Y no es el dolor lo que me hace mal, sino su ausencia, ¿entiendes?! ¡Solo soy un maldito vacío sin ella! ¡Y ni se te ocurra volver a decirme que me olvide del pasado, ¿me oyes?! ¡Jamás! ¡Ella siempre estará en mis pensamientos!
Y tras haber dicho aquello, de un salto huyó del lugar, adentrándose en la oscuridad de la noche.
Durante unos segundos el silencio se instaló a su alrededor, adueñándose del lugar. Ni si quiera se oían los animales del alrededor o la charlas de las mujeres…
Miroku tragó saliva, intentando disolver el nudo que se le había formado en la garganta, cuando oyó una voz temblorosa.
—Papi… ¿por qué has sido tan malo con tío Inuyasha?
Y al girarse se encontró con Kagome, la cual estaba en la puerta de la cabaña con los ojos anegados en lágrimas. Su pecho subía y bajaba entrecortados y en sus labios había una mueca.
Miroku se sintió morir.
—¿No veías lo enfadado y triste que estaba? ¿Por qué seguiste? — insistió la niña sin dejar de mirarlo— Tú dices que debemos ser bueno y respetar a los demás, papá… ¿Por qué no hiciste lo mismo? Lo trataste muy mal y él se tuvo que ir…— de pronto, Kagome bajó la mirada— Eres malo, yo no quiero un padre malo.
Y como había hecho segundos antes el medio demonio, Kagome corrió lejos de allí.
No oyó la voz de su padre llamándola, sino que su mente estaba centrado en una cosa que imperaba en su cuerpo.
Debía encontrar a su tío y ayudarlo.
¡Ay! Poquito a poquito, mientras que unas cosas vuelven a su cauce, otras se van calentando...
¿Qué creéis que pasará?
¿Merece algún reviews?
¡Nos vemos, jóvenes hanyous!(?
