Advertencia Justa: El 80% de esta obra es Parodia. Suponiendo que manejamos un porcentaje de un 120%(sí morros, como en los Extraordinarios; para recordaros que reprobaron química de chavos), digamos que un 20% le pertenecen a drama, romance y cosas antidiabéticas; y que el 20% restante le pertenecen a Relleno. ¿Por qué no manejar un porcentaje normal y dejar la parodia en 60%? Nunca se tiene una buena carcajada con un 6 (a menos que seas un profesor y estés reprobando a un alumno). Además, odio el número 6, y mi favorito es el 8… así es, TOC. TOC. TOC. Y no me refiero a tocar una puerta, sino al Trastorno Obsesivo Compulsivo (sí, lo escribí 3 veces a propósito).
Comentarios: Seh… ¿recuerdan que les dije que este capítulo estaría lleno de drama? Seh… resulta que todavía me faltaba un poco más de Parodia con los personajes. Exactamente, unas 2k de palabras. Además… también va a haber un poco en el último capítulo, pero este será algo más… bawis. Más dulce… por así decirlo.
Eh… ¿si discutimos la fecha de "nacimiento" de Lovinito en esta historia? Para que la trama no se arruinase, decidí que Lovinito cumpliese a principios de diciembre y el de Feli… se queda. Síp, en marzo.
¿Puedo Besarte?
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Parte 4: Él.
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—Luddy-Luddy, ¿por qué no me dejas ir a tu casa?
Mientras que el alemán suspiraba por enésima vez en… ¿40 minutos? 40 minutos, se preguntaba por qué tenía que responderle esa pregunta… de nuevo.
—Eres alérgico a dos de mis perros.
Al parecer esa era una de las pocas frases que no entraban del todo en la cabeza de Feliciano, claro, si no contábamos al 50% de horas que desperdició intentando enseñarle aritmética e insistirle en que la siguiente hora no tocaba historia del arte. Sí morros, así de testarudo era el ítalo.
…
— ¿Por qué no me dejas ir a tu casa?
—Te lo acabo de explicar… —en cuanto vio la mirada, supo que estaba jodido. Oh, no de nuevo…
—Es porque Luddy-Luddy me odia y no me quiere ver más horas, ¿cierto? —mírale los ojitos, que se le quieren salir las lagrimitas…—. Sabía que era insoportable, pero ¿tanto como para que mi nuevo amigo se quisiera alejar de mí con una excusa de que soy alérgico a él…?
Rayos, el niñato era buen actor. Por favor, denle un Oscar de una vez. A ver si así en un elfo libre. (Como DiCaprio.)
— ¡C-claro que no! —paso número 1: no lo arruines, trata de ser sensible…—. Es sólo que… em… V-Vatti es muy estricto con las visitas.
— ¿Por qué no? —preguntó con un puchero más grande (si era posible) al tiempo que Ludwig buscaba la mejor manera de explicarle que su padre…
—Tres cosas: Gilbert, Francis y Crema chantillí. —seh… creo que se imaginan cómo terminó eso, ¿cierto?
Digamos, que Vatti ya no ve bien ni a la crema chantillí. Y eso que la pobre no hizo nada por cuenta propia. Fue manipulada y…
—Ah. —dijo, pensando en algo para lograr que le permitiese ir, debía tener algo en su repertorio de manipu…. Er, manual del convencimiento. Ajá. Éso—. ¿Y crees que podría ir si llevo un traje de los que he visto en las películas? Estoy seguro de que el abuelo tiene alguno. Lovi me dijo que el abuelo tenía muchos trajes raros en su armario.
¿Acaso Ludwig se volvió vampiro, o está a punto de desmayarse? Válgame, que está más pálido que Gilbert.
— ¿Trajes raros…? —preguntó en un susurro. Oh, vaya que sabía qué eran esos trajes. Al menos comprendía a qué se refería Lovino con trajes raros.
…
Debido al bajo presupuesto y falta de creatividad, no se pudieron elaborar los eventos ocurridos durante el silencio incómodo. Pero Ludwig recuperó su saludable color carnita y Feliciano su alegría porque…
—Está bien, luego intentaré discutir con Vatti el que puedas venir de visita…
— ¡Yay! ¡Luddy-Luddy aceptó!
—
— ¿Una reunión familiar con tu tío?
Sí… la verdad es que también quisimos saltarnos la llamada telefónica que Feliciano recibió, pero bueno, estuvo sus buenos minutos (lo bueno que no era plan de prepago) colgado, para después sonreírle a Luddy-Luddy con una mirada pretenciosa, que escondía una pretensión (sí, las miradas pretenciosas esconden pretensiones, pero no se lo digan a nadie, que queremos mantener el secreto) sobre algo que Ludwig no alcanzaba a dilucidar. Después, fue a gritarle a su abuelo para avisarle que fueran por Lovinito, el tranquilizante con olor a tomates y la banda de color rojo… tomate.
En los momentos en los que lees esto, Lovinito está en el auto con el olor a tomate en la nariz y diciendo locuras al lado de un Antonio semi-yandere (palabra que nos introdujo Kiku para facilitarnos la vida) sobre lo grandiosos que son los tomates y que lo mejor que nos ocurrirá será verlo con su enoooooorme empresa de estos, que construirá… cuando no se los coma todos.
Llegaron a un lugar medio apartado de la cuidad, por lo que Ludwig se hizo a la idea de dos cosas de suma importancia: su tío debía ser rico si tenía una tenía propiedad privada y dos, aquella cosa que cargaban dos hombres en una bolsa de basura tamaño jumbo definitivamente tenía forma antropomórfica (¿era eso una mano lo que salió de ahí?).
Para quitarse aquellas ideas descabelladas de su cabeza, Ludwig decidió mirar a su lado, donde residía Feliciano jugando en lo que parecía ser una de esas consolas portátiles (PSP, si la parte superior no le mentía) de color rojo y jugaba algo que… era muuuuuuuy sanguinario para ser incluso considerado un videojuego. Aunque bueno, Ludwig no conocía mucho de Gears of War. No es como que yo conozca más del asunto, aunque no va al caso.
— ¡Hemos llegado! —al matadero, decía una voz en la cabeza de Ludwig que varios llamarían "Pepe Grillo," "Consciencia," e inclusive "Narrador Culero;" pero que a él le gustaba denominar "Instinto de supervivencia." Sí, admitan que ese queda mejor que aquellos otros, tan cutres, tan simples. TAN COMUNES.
— ¿Pero a dónde? —se preguntó en voz baja, al tiempo que Antonio sacaba cargando a Lovinito del carro tipo novia (haciendo que se golpease con el techo, y que le maldijese en tres idiomas en consecuencia… aunque no conocía mucho de idiomas, pero bueno). Feliciano guardó en una cangurera su PSP (aunque parecía la bolsa de Hermione, ¡¿cómo carajos le cupo ese aparato electrónico en semejante espacio?!) y salió apacible del auto. Ludwig, reticente, también accedió a salir.
—
No te acerques a Feliciano en frente de Remo, fueron las indicaciones que Lovino le dio apenas hubieron cruzado un par de portones de un color, diseño y contextura muy extravagantes. Al inicio, Ludwig no entendió del todo a lo que el otro se refería. En realidad, ni siquiera se hacía una idea de quién sería "Remo" del cuál le había advertido quien consideraba apático de naturaleza, y que tenía la sensación de que un ligero odio emanaba de él cada vez que se cruzaban. Como sea, cuando Feliciano fue corriendo hacia un tío casi idéntico (por no decir idéntico) a Rómulo y lo abrazaba como si no hubiera mañana mientras gritaba "¡Tío Remo!" sentía que el universo se le iluminaba. Así es, los siete chakras se le abrían, el nirvana le era ofrecido, la Virgen Guadalupe se le aparecía y le decía que era el destinado a… okey, basta. ¿Si se hacen a la idea? Okey pues, Jebús se le aparecía y le decía que era su reencarnación… se sentía el mero mero… nos demandaban por esto…
En ese momento, Ludwig comprendió que su "instinto de supervivencia" (sí, el narrador culero de hace rato) no había estado del todo equivocado desde hace rato. ¡Qué decir hace rato, desde que el p*to de Toño había roto el vidrio!
Como por arte de magia, Lovino, Antonio y Rómulo desaparecieron del lugar. Bueno, desaparecer es un término relativo, algo que sólo la ciencia del flogisto podía explicar. Y dado a que Ludwig era un maldito amargado que no creía en la magia, decimos que desaparecieron por obra y gracia del flogisto. Oh salven alemanes creadores del flogisto. ¡Guillotinen a Lavoisier! (Maldito francés lisiao'). Ejem… el punto es que no pudo identificarlos de entre el resto de los presentes durante un par de horas. ¿Qué cómo eso era posible? Bueno, todos ellos eran del mediterráneo, o, en default, ibéricos (y con esto no me refiero sólo a Toño). Por concipiente, eran de piel oliva cabello marrón y la mayoría de ellos tenía ojos verdes o cafés. Dado el caso, se la pasó en una distancia "tolerable" en lo que intentaba esquivar tanto a Remo como a Feliciano, uno por ensimoso y otro por instinto de supervivencia/consejo-chafa-de-Lovino.
Sus esfuerzos no le sirvieron de mucho, ya que al final el ítalo mimado (ejem, respeto a tus mayores, Ludwig) terminó encontrándolo y arrastrando al hombre con él fue directo a picar el brazo de Luddy-Luddy.
—Ve~ te presento a mi tío, Remo Vargas.
Ahora Ludwig se hacía una idea de por qué el Señor Rómulo se creía rey de Roma. Qué decir, una idea era muy vago, aunque ese no era el caso en esos momentos. El hombre pareció escrutinar en su persona mientras parecía querer identificar nombre, raza, si era Ario o no, sí era seguidor de Hitler, si se había retractado y mejor se había ido con Stanlin, si jugaba fútbol, si le iba al Atlas o a las Chivas (de acuerdo, no, chiste local). Hubo un punto en el que era tan profunda su mirada que Ludwig creía ver a personas detrás del hombre cavar una tumba e ir preparando la uña frente a la sepultura para narrar su nombre en ella.
—Mucho gusto, señor Vargas. Mi nombre es Ludwig Beilschmidth —dijo, sintiendo como sudor frío pasaba por su espalda. El hombre pareció advertir eso, aunque cuando Feliciano giró su rostro hacia él pareció desarrollar una doble personalidad, una que no quería asesinar a nadie y lo único que quería era danzar con ponis geis (Espera un momento Ludwig, ¿qué tienes contra los ponis heterosexuales?) y sobrevolar arcoíris de muchos colores. Era como si frente a él se encontrara su dios y estuviera debatiéndose si cometer una injuria en su nombre a sus espaldas o de frente. Una parte del blondo, aquella que quería seguir viviendo y quería contarle a alguien sobre esto le decía que debía irse. Y debo decirles, nuevamente, que esto no es una desvergonzada referencia a "Wasuremono no mori" ni su relación con otros shippings de aquí (del fandom, pue'). Recuerden que esta es una historia seria bien seria.
Ludwig estaba seguro que explotaría de la incertidumbre de no ser porque llegó Lovino y entabló una conversación seria con su tío, quien, aunque seguía teniendo un "lado suave" hacia su sobrino mayor, hacia denotar a leguas quién era su consentido en este lugar.
—Gracias por asistir —dijo finalmente el hombre, dirigiéndole una mirada-no-tan-asesina-pero-haciéndole-entender-que-de-igual-forma-le-partiría-su-cara-de-rubio-favorito-de-Hitler—. Feliz cumpleaños, sé que no supera tus expectativas, pero igual espero que te guste —al tiempo que le entregaba una tarjeta a Lovino, tarjeta que Ludwig no alcanzó a ver de qué se trataba debido a que Lovino la guardó inmediatamente en su bolsillo y asintió con la cabeza, casi robóticamente.
—Es un honor que nos hayas invitado, especialmente estando ocupado con el funeral del abuelo y esas cosas.
—No importa, necesitaba un descanso de tanto papeleo, sentía que me volvería loco en esa oficina —oh, era gratificante escuchar que el hombre tenía un empleo contribuyente a la sociedad y lo único que había de gánster en él era la imaginación de nuestro rubio estúpido, protagonista, interés amoroso, Ludwig—. Además —añadió, esta vez observando al menor de los hermanos que estaba pegado a su brazo como si de eso dependiera su vida—, siempre me alegra la vida venir y saludar a Feliciano. ¿A qué no?
—Ve~
Sí, eso, al parecer, también era un asentimiento.
Lovino pareció evadir mirar aquella escena, aunque quizá y a final de cuentas también fuera imaginación de Ludwig, pero soltó un suspiro hastiado y negó con la cabeza.
—Si me disculpas, tío, el abu- papá trajo a un amigo mío y tengo que vigilarlo de que no se ahogue con su propia saliva —y con eso, dejó a Ludwig a la deriva de un tiburón asesino. Al menos no lo era por oficio, ¿cierto?
—Entonces… ¿usted es hermano del Señor Rómulo? —fue lo primero positivo que se le ocurrió a Ludwig por iniciar una conversación de la que, pretendía, no saliera nadie lastimado. Su hermano le había obligado a ver una caricatura japonesa y recuerda una escena en la que un pelirrojo con unas tijeras intenta apuñalar a otro pelirrojo sólo por hablarle. Digo, era probable que el hombre también lo fuese, no lo dudaba, hasta llegaba a tener el "Ojo del Emperador" como le habían dicho en otro de los episodios... yo digo.
El hombre, en esta ocasión, estaba tan lleno de ternura exudada por Feliciano que no se molestó en dirigirle una mirada asesina, y asintió con la cabeza.
—Y tú eres hermano del gilipollas de Gilbert Beilschmidth, si mi memoria no me falla —al decirlo como una afirmación, hizo que un escalofrío recorriera su espina dorsal. ¡¿En qué catastrófico problema se había metido Gilbert ahora?! Bueno, como punto aparte, ahora las miradas asesinas tenían sentido.
—Lo soy señor, aunque el término "gilipollas" me parece algo… fútil, para describir a mi hermano —admitió algo incómodo.
El hombre no dijo nada para contradecirlo. Aunque, para hacerle la vida imposible, decidió cambiar el tópico.
— ¿Y qué clase de relación tienes con Feliciano?
—Bueno, hasta donde me lo repite todos los días, somos "mejores amigos."
— ¿Entonces tú no lo consideras tu mejor amigo? —como a Ludwig le pareció ver un glimpse de peligro en sus ojos, negó con la cabeza.
—N-No es que no lo considere, es sólo que generalmente soy muy reservado, por lo que en realidad yo le diría "mi único amigo."
Sí, esa respuesta debía bastar. Al menos eso se dijo cuando la expresión del hombre se suavizó y asintió.
—Ya veo… —y observó unos minutos a su sobrino pensador. Ludwig se extrañó un poco, a pesar de decirse de que ya debería estar acostumbrado a esos cambios raros, nunca se adaptaba del todo. Feliciano no pareció incómodo, aunque parecía igual de ausente que el hombre al que tanto parecía querer. Ludwig sólo logró incomodarse más con eso y decidió, por medio de un expletivo no bien pronunciado en conjunto con una disculpa, alejarse de ellos y comenzar a buscar a Lovino, a Antonio y, si es que era posible, a Rómulo.
Como todo buen protagonista, le tocó la infortuna de encontrarse a Lovinito y a Antonio al mismo tiempo. La infortuna no recaía en encontrarlos, sino en encontrarlos, y ellos saben a lo que me refiero.
Para la suerte de la virginidad-no-tan-virgen de la mente de Ludwig, lo único que encontró, fue a Lovino entre la pared y Antonio, y Antonio degustando quién sabe qué en el cuello del otro. Carraspeó algo incómodo para hacerles saber que estaba ahí. A Antonio no pareció importarle mucho la presencia del otro, pero Lovino, sonrojado ya como estaba, contuvo la respiración unos segundos antes de tocar ligeramente el hombro de su compañero para después, cuando no estaba funcionando la primera alternativa, una patada en la entrepierna sirviera.
—Lovi… —dijo en medio de un jadeo que intentaba recuperar el aíre que no perdió. O bueno, probablemente sí perdió la respiración, aunque el aíre nunca abandonara sus pulmones, lo cual hacía a toda esta situación más extraña de lo que Ludwig podía recapacitar.
El italiano no se inmutó por la mueca de dolor del otro, carraspeó un poco para disimular su sonrojo y después de eso decidió que le prestaría, por una vez en su vida, atención al macho patatas.
— ¿Qué le dijiste al tío Remo? —al ver la expresión no-tan-mortificada de Ludwig, no sintió ni una pizca de remordimiento al no haberle enseñado defensa personal cuando pudo—. Ve el lado bueno de todo esto, bastardo. El mes se termina hoy.
Ludwig asintió con la cabeza, casi de forma robótica. Antonio se recuperó de su pequeño drama y se fue a pedirle perdón a su tomatito hermoso; a lo que este le dijo algo parecido a "este no es el momento" y volvió a observar a Ludwig.
—Pero creo que la terminación de "la deuda" no te detendrá de venir mañana a la casa, ¿o sí? —inquirió alzando una ceja, a lo que Ludwig se encogió de hombros, señalándole que podría o no ser de su incumbencia—. Porque te advierto, míster potato, que si dañas a mi hermanito, no seré yo quien te descuartice.
Y aunque había un aura amenazadora cuando dijo "dañas" y lo decía con toda la convicción de lo último, Ludwig sabía que se refería a Remo. Bueno, era obvio ya que dijo también "no seré yo."
—Entiendo —dijo sin muchas ganas. Una parte de sí le decía que se estaba tomando la conversación muy a la ligera. Aunque aquello no era lo que debía preocuparle en esos momentos.
—
Para, quizás, su buena fortuna, la fiesta procedió sin penas ni glorias. Quizá las miradas alienarias de parte de Remo serían algo por destacar, pero no del todo. Feliciano se la pasó la mayor parte del festejo pegándosele, provocando solo que los nervios de Ludwig se afilaran. Rómulo llegó hasta un par de horas después, y el blondo no tenía las agallas suficientes para preguntarle lo que estuvo haciendo o con quién estuvo haciéndolo. Realmente, se contentó con saber que no estuvo molestándole durante un buen rato. Durante el viaje de regreso, para, de alguna forma, su mala fortuna, le tocó sándwich entre el conductor (Rómulo) y Antonio debido a que Feli había querido hablar a solas con su hermano en la parte trasera.
— ¿Qué sucede? —inquirió arqueando una ceja.
Feliciano jugó con sus dedos durante unos minutos, pensando en las palabras que estaban por salir de su boca. —El tío Remo me dijo que quería que viajara con él antes de comenzar a cursar la universidad. Ya sabes, para conocer el mundo y esas cosas.
Si existía algo más incómodo que el silencio, ese era seguramente una pelea—raramente—entre Ludwig y Antonio por quién debería tener más comodidad y preferencias: si el que era pareja del hermano Vargas mayor, o si el tutor del hermano Vargas menor. Lovino no pareció tomarlos en cuenta y se puso pensativo durante unos minutos, sumiéndose en su propio mundo.
— ¿Fratello?
—Ah… perdona, pensaba. —respondió después de unos minutos, Feliciano asintió con la cabeza, aunque siguió observándole persistente. Lovino soltó un suspiro y preguntó—. ¿Qué le respondiste?
Feliciano observó a sus dedos pelearse por un hilito de su camisa. —Le dije que lo pensaría.
No es que viajar con el tío Remo fuera algo que le desanimara, pero no podía soportar estar lejos de Italia por mucho tiempo. Adoraba todo de su afable país: su historia (del arte, cabe destacar), gastronomía, lenguaje, religión (hasta… cierto grado), y también lo expresivos que eran sus conciudadanos, eso era. Lovino no le respondió de inmediato, y este se puso a observar el frente del camino, como si en él se encontraran las respuestas que su hermano le solicitara.
—Supongo que deberás hacerlo. Hay dos opciones, y sabes lo peligroso que es ir con él debido a… —no continuó hablando, aunque Feliciano sabía que no había necesidad de hacerlo. Después de todo, el tema no era nuevo.
—Deberé tomarlo en cuenta.
No tardaron mucho en llegar a su destino: un museo de arte contemporáneo. A tiempo para la exposición a la que había sido llamado Feliciano, lo cual ya tomaba como ventaja. Antonio inocentemente había preguntado por qué habían llegado ahí, Lovino simplemente se encogió de hombros pero les siguió de igual forma. Llegaron al pabellón y fueron recibidos por personas vestidas como si fueran de la alta sociedad (lo que Ludwig no dudaba) aplaudiéndoles debido a que un orador anunciaba la presencia del creador de todas aquellas obras maestras que presenciaban.
Feliciano estuvo un rato más atacado por personas (poniendo a Ludwig de cierta forma sospechoso, no es como que tuviera celos… obviamente no era así~). Preguntas sobre sus pinturas, sobre su inspiración, sobre las personas a las que estaba dedicado y qué clase de pigmentos utilizaba; si trabajaba con acuarelas, si trabajaba con lápiz antes de utilizar el pincel, si había intentado de las corrientes neoartísticas… a Ludwig comenzaba a dolerle la cabeza de tantas cosas que no tenía idea de qué hablaban. Como se dice: que de tanto pensar iba a quedarse calvo. Se encogió de hombros y se limitó a vigilarlos a distancia, al lado de Antonio que había preferido esta vez no seguir a Lovinito como obseso (lo cual el italiano le agradecía) y en vez se puso a observarlo con ojos de perrito y pensar sobre cómo lo cogería en todos lados de la casa cuando aceptara casarse y… ¿por qué Ludwig tenía aquella mirada extrañada? ¿Es que había dicho algo en voz alta?
Ludwig sacudió la cabeza, sacándose todas las palabras posibles que el españolete había dicho de su mente y concentrarse en otras cosas importantes. Ese era el último día en que quedaba de cuidar a Feliciano, como ya se lo había repetido el mayor de los hermanos Vargas y aunque no lo admitiese, había desarrollado una especie de afinidad hacia el menor de ellos. Aunque, lo supuso, no había sido su culpa. Había sido la de aquél trozo de sol, el haberse cruzado con él… había sido la culpa de su hermano, por ser tan irresponsable y hacer que su padre lo enviara a vigilarle; había sido la de Francis, por escoger coger resorteras y dispararlas a latas a lo tonto; había sido la de Antonio, por distraerse pensando en quién sabe qué sandeces y romper accidentalmente la ventana; había sido la de su boca, la cual no había inventado una excusa convicente a tiempo; había sido la del Señor Rómulo, por obligarlo a convivir durante 30 días seguidos y durante horario corrido con aquél niñato; había sido culpa de su estúpido corazón, el haber caído por…
—Luddy-Luddy, ¿en qué piensas?
Parpadeando sin descanso, Ludwig aspiró pesadamente mientras sentía cómo a su lado se había posicionado la persona de sus pensamientos. Tardó diez segundos para girar la cabeza y observarle, Feliciano mirándole con una sonrisa de oreja a oreja, de que esta vez el alemán no se haya puesto a reprenderle por el ataque sorpresa ni por la repentina compañía, ni por el sobrenombre que, aunque no lo admitía, le gustaba. Ludwig tardó minutos en responder, y cuando lo hizo, fue con una sonrisa discreta; después, con una mano despeinó el cabello del castaño y le dio un abrazo.
—Felicidades por tu exposición —fue todo lo que le reveló, primeramente, tomando por sorpresa al ítalo quien mantenía sus manos a la altura de los hombros del blondo, a centímetros de ellos. Cuando se acostumbró a la muestra de afecto del otro, sus manos lentamente se deslizaron por su espalda hasta llegar a una parte en la que le era cómodo y apretaron suavemente. Quedito musitó un "gracias" y tragó saliva, inseguro de qué hacer ahora. Ludwig no parecía querer soltarle, así que no haría nada para evitar que le sostuviera. Estuvieron así lo que parecería eternidades para el rubio, quien se había prendado del olor que exudaba el cabello del castaño y respiraba pesadamente, esperando que la escena no asustara al otro. Que no lo alejara de él. Quería quedarse así un rato más.
—Puede que Luddy-Luddy se me haga lindo —dijo de repente Feliciano, mitad cantarín como siempre, y mitad con una sonrisita tonta. Ludwig abrió los ojos, no sabiendo qué responder a eso—. Y me gusta que Luddy-Luddy me felicite por la exposición, aun cuando no es la gran cosa.
Ludwig, separándose del otro negó con la cabeza.
—Esto es importante, es la primera exposición que tienes. Puede que todavía te falte cursar la universidad, pero esta es, lo que yo sospecho, una galería de renombre, y el que haya venido una enorme multitud a ver tus creaciones ya es una ganancia, quiere decir que tienes un futuro en el mundo del arte; ¿no te parece? —ahora el sorprendido era Feliciano, quien le observó parpadeando para seguirle sonriendo tontamente.
— ¡Oigan tontuelos! —les gritó Lovino atrayendo su atención—. ¡El abuelo dice que deben apurarse o les pagará un motel! —obviamente Rómulo no dijo eso, pero Lovino necesitaba verlos sonrojados, era lo que tendría que pagar si quería salir con su hermano. Así al menos podía burlarse del bastardo sin sentirse culpable de nada. Y como sonaba como algo completamente salido del abuelo…
No pudo evitar fotografiar al rubio con el teléfono del español bajo la excusa de que lo utilizaría algún día de estos. Después de todo, nunca venía mal el correo negro. Rómulo hablaba con una chica, por primera vez no intentando coquetearle, sino que hablaban sobre lo asombroso que fue en su tiempo el Imperio Romano. Hablaban sobre lo increíble que era el idioma que manejó, la sociedad en la que se crió y la cultura que este mantuvo, sin olvidarse de las conquistas (a su padre, mató a su madre, conquistó a los que después serían sus "hijos y nietos", Grecia, Macedonia, Cartago…) que obtuvo. Lovino, rodando los ojos, se disculpó con la bella dama y jaló de la oreja a su abuelo, que ya lo veía como un viejo (no tan viejo, debía destacar, apenas entraba a los locos cuarenta) sin remedio. Este se quejó en voz baja y le dijo que le dejara hacer lo que quería, puesto que este le dejaba hacer lo mismo. Además, argumentó, por vez primera no intentaba hacer pegue, lo cual debía indicarle que como ser humano comenzaba a madurar.
Regresaron a la casa en medio de un silencio en el auto muy extraño. No era incómodo, al menos la mano de Ludwig con la de Feliciano entrelazadas no les hacía sentir como tal. A Lovino, en cambio, le incomodaba un poco el tener que sentarse en las piernas de Antonio, aunque este le abrazaba posesivamente de nuevo, sosteniéndole ceñido de la cintura y repartiendo pequeños besos en su cuello. Rómulo se limitaba a conducir, y verificar que nada sucediese entre el par de parejas, pues no quería que ensuciaran su carro apenas salido del auto-lavado.
Llegando a la casa, Antonio se llevó arrastrando a Lovinito a la cocina, pues iban a preparar algo para cenar juntos. Lovino pareció muy entusiasmado por la idea. Rómulo se limitó a salirse del auto y cerrar el carro cuando estos hubieran salido. De ahí en más, que hicieran lo que quisieran. Feliciano, aún con su mano entrelazada con la de Ludwig le hizo una seña con la cabeza para entrar a la casa. Así lo hicieron.
Decidieron ir hacia el estudio de Feliciano mientras la cena estaba lista. Al menos eso pensó Ludwig, ya que en vez de terminar de recorrer el pasillo, Feliciano había abierto una de las puertas laterales y le había dado paso a su habitación. Ludwig estuvo a punto de quejarse cuando observó que no estaba tan sucia como la vez anterior en la que había entrado (a decir verdad, estaba casi reluciendo de limpia) y observó que Feliciano se mordía los labios, nervioso de hacer el siguiente movimiento.
— ¿Feliciano? ¿Hay algo malo? —inquirió. El castaño negó con la cabeza.
—Es sólo… quería darte algo muy importante hoy, ¿crees que puedas cerrar los ojos en lo que voy a buscarlo? —con una mano, Ludwig cubrió sus ojos como le era indicado, y era guiado a la cama para sentarse a esperar.
No se esperaba que los labios del castaño fuesen a parar a los suyos. Aunque no fue sorpresivo.
Casi de inmediato, había guiado a Feliciano a estar debajo de él. No sabía con certeza lo que estaba haciendo, o si lo estaba haciendo adecuadamente, pero sabía que la lengua de Feliciano era muy juguetona, y que era, hasta cierto punto, excitante el que no se quedara quieta.
—Wolffie… —susurró el otro entre suspiros, haciéndole detenerse de abrupto, alejarse de su rostro y observarle interrogativo.
— ¿Wolffie?
Ese no era su nombre.
Y Feliciano parecía no saberlo. Ladeó la cabeza unos quince grados a un lado, casi igual de intrigado que él.
— ¿No era tu segundo nombre Wolfram? —Ludwig negó con la cabeza, y ahora Feliciano pareció darse cuenta de la situación, entristeciéndose al instante—. Oh… perdóname Luddy-Luddy…
El rubio se separó del italiano como si fuera la peste. Feliciano se sentó en su cama avergonzado de sí mismo. Ludwig no le dio tiempo a explicaciones debido a que se salió de la habitación dando zancadas. Así hasta llegar a la entrada de la casa, decir buenas noches y salir a la calle. Lovino estuvo gritándole que por qué se salía si ya estaba por terminar la cena.
No se detuvo ni cuando abrió la puerta de su casa. Gilbert había llegado a recibirlo pero Ludwig le había detenido del cuello de la camisa.
—Me dirás quién carajos era Wolfram, ahora. —Gilbert abrió los ojos con sorpresa. Estuvo abriendo y cerrando la boca durante varios minutos mientras una sonrisa de "qué te puedo decir" aparecía en sus labios.
—Bueno pues… Wolfram era… un científico austro-húngaro que fue galardonado con el premio nobel de química y era reconocido por su torpeza y el efecto Pauli era…
—Sabes que no es a lo que me refiero, Gilbert —le dijo observándole más afiladamente.
Gilbert se encogió de hombros y estuvo a punto de inventarse otra cosa cuando sus ojos vislumbraron a su padre en el umbral de la cocina. Ludwig dirigió su vista a donde su hermano veía y dejó en paz al cuello de la camisa del albino apenas vio que su padre parecía dispuesto a darle una respuesta. En vez, le entregó una fotografía.
—Él era Wolfram.
Ludwig la observó. ¡Pero si ese en la fotografía era él!
—Pero… vati, en la foto es…
Su padre ya se encontraba subiendo las escaleras de la casa. —Tú sabes dónde buscar las respuestas, Ludwig. Y también sabes si quieres conocerlas —con eso, el hombre se despidió dándoles a ambos de sus hijos buenas noches.
—
—Disculpe, me gustaría visitar a Wolfram Beilschmidth.
— ¿Eres pariente suyo?
—Eso es lo que quisiera averiguar.
—Sígueme.
Al estar frente al bloque de cemento, seguía sin poderse creer lo que sus ojos le decían.
"Bjӧrn Wolfram Beilschmidth.
Amado hijo, hermano y amigo."
Si sus ojos no mentían, él había nacido el mismo día y mismo año que él, y si recordaba cómo contar no había vivido más de siete años. Se sentó durante un par de horas frente a la lápida, no le importaba que la noche se hubiera cernido ya sobre la ciudad. No era del tipo supersticioso, por más pruebas que se tuvieran. Y si llegaba a serlo, sabía que nada debía de temer, pues la mayoría de los espíritus que rondaban aquél cuadrante no eran dañinos.
Sostuvo frente a la lápida la foto que su padre le entregara hace unas horas y después volvió a leer la inscripción en él. Había una frase casi olvidada, la cual a esas alturas le importaba poco leer. Ya había tenido suficientes sinsabores por culpa de Bjӧrn como para dedicarse a leer la inscripción completa en su lápida.
—Lo único que lamento de ti, Wolffie, es haberme enamorado de la misma persona que tú.
—
—Vatti, por favor, consígueme el primer vuelo mañana a Berlín. Avísale a mutti que regresaré. Venir aquí definitivamente fue el peor plan que se le pudo ocurrir —declaró mientras comenzaba a empacar. Gilbert fue abajo a recibir Francis, o al menos eso supuso hasta que escuchó alguien dar pisotones subiendo las escaleras y musitando majaderías que Ludwig ya estaba cansado de escuchar.
— ¡¿Qué carajos fue lo que le hiciste a Feli…?! —estaba a mitad de una verborrea cuando lo notó empacando, se detuvo de abrupto y observó cómo el rubio no le prestaba ni la más mínima atención y seguía guardando cosas—. ¡¿Es que acaso piensas irte así sin más?!
—Te recuerdo que mi mes pre-dictado ya terminó, Lovino —respondió Ludwig, cerrando la maleta—. Y se suponía que regresaría hace dos días a Berlín, por lo que ya no tengo nada que hacer aquí.
— ¡¿Pero qué sandeces dices boludo?! ¡¿Y qué hay de Feliciano?!
—No sé qué hay con él, pregúntale a Wolffie. Él debe saberlo.
— ¡¿Acaso te irás así, sin más?!
Ludwig se encogió de hombros. —Bueno, me obligaron a venir así, sin más. Sería bueno que me regresara de la misma forma. —cerró la puerta de la habitación detrás de sí.
— ¡Eres un maldito hijo de puta! —le llegó el grito ahogado de Lovino por obra y gracia de la puerta. Ludwig no le dio muchos rodeos a lo dicho por él, después de todo, los impropios de Lovino nunca fueron cosa por la que debería preocuparse. Bajando las escaleras se encontró con Antonio, quien no intentó detenerlo de bajar e irse de ahí. Casi parecía comprender su dolor; después de todo, convivió con los hermanos Vargas de niños. Él sí llegó a conocer a Wolfram; por lo que le dio un par de palmadas en el hombro y una mirada que decía "perdón."
— ¿Ya conseguiste el vuelo, vatti?
—No había vuelos situados mañana. Te conseguí uno que parte dentro de tres horas.
—Perfecto. Mientras más rápido, mejor.
— ¡Míster Potato! —le gritó Lovino bajando las escaleras, Antonio intentaba detenerlo de lo que hacía. No fue suficiente, debido a que Lovino alcanzó a asestarle un puñetazo en la mejilla—. ¡Se lo prometiste!
—Muchacho, no aceptaré violencia hacia alguno de mis hijos dentro de mi casa. ¡Te quiero fuera de aquí ahora! —le regañó Germán.
—Perdónelo señor Beilschmidth —dijo Antonio, finalmente sosteniéndole de los brazos para que evitara asestarle otro golpe—. Pero está muy indignado con él.
—Esté o no indignado existen cosas básicas como disciplina y respeto ajeno, cosa que parece no tener —acotó el hombre—. Lo quiero fuera de mi casa.
Antonio asintió con la cabeza. —Lovi, vámonos —aunque nunca había sido brusco ni le había obligado a nada antes, Antonio tuvo que sostenerle las manos y pedirle a Gilbert que le ayudara con los pies para que no pateara a nada mientras salían de la casa.
—Vámonos, vatti, o me retrasaré del vuelo.
Notas de Autor: Se suponía que lo trajese ayer. Como sea, una hora de diferencia no es demasiado, ¿verdad?
Estuve todo el día de ayer fuera, sepan perdonarme. Lo bueno es que alcancé a terminar el capítulo, ¿es lo que querían, no?
Se me olvidó decirlo en el capítulo pasado: Cuando Italia apenas nacía, no sabía quién era, cuál era su idioma, ni cuál era su religión o región; sólo sus habitantes sabían que eran de cierta parte y que no eran ni Griegos ni Romanos ni Hispanos. Como sea, eso cambió cuando Roma (en el siglo V antes de nuestra) lo declaró su… digámosle "colonia" y dijo "Ustedes son Italia, su idioma es italiano, están en mi territorio y tienen el idioma que quieran siempre y cuando sepan que me pertenecen." Y fue entonces cuando Grecia comenzó a notar a este pequeño territorio, e instaló colonias en dos pequeñas ciudades de las que no recuerdo sus nombres. Es referencia del capítulo anterior, perdonen.
Imperio Romano: El Imperio Romano conquistó a su padre (Etruria) al nacer asesinó a su madre (los latinos) y conquistó a los Galos (franceses) a Hispania (españoles) tuvo tres guerras con punicae (Cartago, no Cártago) denominadas Guerras Púnicas antes de conquistarle; después de Alejandro Magno conquistó a Macedonia y tuvo cierto control sobre Grecia. Mi obsesión con él viene desde antes de Hetalia, lo juro (?)
Bueno, dear readers, como ya lo saben, nos queda un último capítulo y un epílogo (si me alcanza cerebro). Como ya se los había comentado anteayer en el One-Shot 3 de Connotación, pasé por una semana truena-neuronas debido a exámenes bimestrales, además de que noviembre fue mi mes de writter's block. Lamento si alguien creyó que estaba muerta.
¡Hasta que nos encontremos de nuevo!
—gem—
