—Holmes, ¿por qué…?
—Tenga —dijo Holmes, entregando bruscamente la nota a Lestrade—. Lea esto.
Acto seguido, encendió su pipa y comenzó a pasearse furiosamente por la habitación, dejando un rastro de humo tras de sí, como si se tratase de un tren rápido.
—Saludos —repitió Lestrade, pensativo—. La Cara Oculta. ¿Es…?
—Sí, la infame banda de la Cara Oculta, conocida por transformar un delito menor en una declaración de principios. Demasiado viejos y astutos para formar parte de las bandas juveniles callejeras, pero no lo bastante comprometidos para irrumpir en los grandes círculos del crimen organizado. Vaciaron los bolsillos del conde y la condesa durante una ceremonia real ante las narices de las fuerzas del orden de medio Londres, y ahora han convertido daños a la propiedad en asesinato premeditado.
Lestrade suspiró mientras observaba el ir y venir de Holmes por la habitación. Sabía que no podía esperar ver lágrimas en aquel hombre, pero había creído que si había algo en el mundo capaz de demostrar que Sherlock Holmes poseía un corazón humano, sería la muerte de John Watson. En lugar de eso, el hombre parecía estar haciendo lo que acostumbraba siempre que se le presentaba un caso. Lestrade quiso enfadarse. Genio detective o no, la muerte de un amigo tan devoto y leal debería haber provocado en él algún tipo de respuesta emocional. Watson merecía ser extrañado, llorado. Pero su enfado no acabó de tomar forma, porque no se le había pasado por alto la escrutadora mirada que Holmes había dirigido al contenido de esa caja ni dejado de reconocer el destello de locura en sus ojos mientras consideraba… no, decidía que se ocuparía de este caso hasta el final.
Lestrade también recordó el acero destilado por la voz del detective tras leer detenidamente el contenido de la carta, y especuló sombríamente sobre el auténtico fin que perseguía el señor Holmes.
El inspector se aclaró la garganta, intentando expulsar de su mente ese horrendo pensamiento antes de formular su siguiente pregunta, que, sin duda, sonaría tanto obtusa como insensible, dadas las circunstancias.
—¿Está seguro de esto, señor Holmes? Las implicaciones…
—¿Implicaciones? —dijo Holmes con desprecio—. Esto es una afirmación en toda regla. El estado de la tinta y su saturación sobre el papel indican que fue escrita hace más de ocho horas, demasiado pronto para conocer cuáles serían las bajas oficiales o incluso el accidente mismo. El sobre está sellado con la conocida insignia de la Cara Oculta, que ya he correlacionado con otra que tengo en mi poder. La cerilla tiene minúsculos restos del tipo de ladrillo que se empleó en la construcción del Highgate, el cual comparten sólo media docena de edificios en Londres, construidos por la misma empresa de arquitectos. También despide un vago olor a queroseno, probablemente empleado para propagar el fuego con mayor rapidez. Y el detalle más importante de todos —continuó Holmes con los ojos iluminados por una extraña luz—, la carta me fue enviada a mí. Si sólo querían proclamar su participación en el asunto, se la habrían enviado a la policía, pero fue a mí a quien dirigieron sus saludos, por lo tanto deseaban darme cuenta explícita de sus actos. Después de todo, ¿qué principios hay en el simple incendio de un edificio público?
—¿Y qué principios hay —Lestrade se maldijo tres veces por las palabras que se veía obligado a pronunciar— en asesinar a un médico de cabecera sin consulta propia, ni título ni bienes materiales dignos de mención?
Vio cómo la rabia cubría el rostro del hombre más alto, pero ésta no se reflejó en su voz ni en sus palabras cuando respondió.
—Han cometido un crimen con un significado personal para mí y han tenido éxito. Cuando digo que superarme es una declaración de principios en toda regla, no es por una exagerada vanidad y, Lestrade —su tono descendió hasta transformarse en un gruñido que trocó sus, de otro modo, corteses palabras en una amenaza apenas velada—, agradecería que jamás volviera a hablar de Watson de esa forma en mi presencia.
Lestrade bajó los ojos.
—En ningún momento —dijo el inspector con voz implorante— he sugerido que el doctor fuera otra cosa que un hombre valiente y poseedor tanto de gran fortaleza como de compasión, cuya ayuda fue tan necesaria y extraordinariamente valiosa para la policía como para cualquiera con quien se cruzara, pero debe usted comprender mis razones para hacerle esa pregunta. Ha dicho que este caso tiene un significado personal para usted. Es usted un hombre brillante, Holmes, pero su juicio puede haberse visto comprometido por el vínculo emocional que le une al doctor Watson. No se trata de una circunstancia inusual para el cuerpo ni para nadie que haya perdido a un ser querido. Es el procedimiento habitual.
—No necesita molestarse. No soy un tonto exaltado —dijo Holmes. Su voz, antes vehemente, se había vuelto átona—. La lógica es la base misma de mi naturaleza. Eso no ha cambiado, y créame cuando le digo que esto lo hace todo más difícil.
Lestrade fue entonces consciente del alcance del dolor que sentía el otro hombre. ¿Qué hay más horrible que saber, con absoluta certeza, que tu amigo ha muerto? Al corazón se le puede engañar. Se le puede decir que aún hay una posibilidad de que no sea cierto, que aún se le podría encontrar, yaciendo herido en algún hospital, en alguna parte, que alguien había cometido un error. Al corazón se le puede aliviar diciéndole que ha ido a un lugar mejor, o que el tiempo acabará mitigando el dolor de la pérdida. Pero Holmes era cerebro, y no se le podía engañar ni aliviar. Holmes, por supuesto, podría proponer de todas las formas posibles que su amigo podría haber sobrevivido, pero con cada evidencia se vería obligado a admitir la primera conclusión. El cerebro sólo puede aceptar lo que la lógica puede confirmar. Y en todo lo que había visto, Holmes podía ver la muerte de su amigo.
El corazón se lamenta por la amistad, pero el cerebro llora por el amigo, y aunque la amistad perdure, el hombre nunca regresará. Holmes siempre sería cerebro, y el dolor perduraría para siempre.
La mera idea produjo en Lestrade una angustia tan cruda que amenazó con desbordarlo.
—Lo siento —se limitó a decir. Por varias cosas, y especialmente por una.
Holmes asintió en señal de reconocimiento.
—Si mi lógica ha demostrado su solidez, tal vez ahora usted me ponga al tanto de los detalles pertinentes a este caso. Le quedaría sumamente agradecido.
Lestrade no tuvo corazón para negarse, a pesar de su inquietud.
—Como usted ya había supuesto —comenzó Lestrade mientras Holmes hacía un gesto desdeñoso ante tan ofensiva palabra—, no tuve ninguna relación con el incendio, y aunque me contaba entre los oficiales que anoche fueron al Highgate de celebración, no estuve allí más que un rato y me marché antes de las ocho. Sin embargo, estaré más que contento de darle los nombres de aquéllos que estuvieron presentes durante la noche y dispuesto a enviárselos aquí, a Baker Street, para que los interrogue. Mientras tanto, puedo contarle lo que decía el informe oficial. Tenga en cuenta que me esforcé por investigar el asunto tan exhaustivamente como me fue posible.
—Gracias por su consideración —dijo Holmes, con un dejo de impaciencia.
El inspector se sintió animado en cierto modo por ese familiar comportamiento, y prosiguió, consultando ocasionalmente las notas que había tomado en su cuaderno.
—El doctor Watson llegó a las seis y media y cenó con los otros oficiales en el comedor principal. Luego estuvo jugando a las cartas, donde, evidentemente, tuvo una desafortunada mala racha y dejó la mesa sobre las nueve, retirándose a una de las salas de fumadores para charlar un rato. Tenía pensado irse sobre las diez cuando uno de los miembros del personal pidió un médico. Al parecer, un conserje estaba sufriendo un problema gastrointestinal y se encontraba demasiado enfermo para trabajar. Watson ofreció sus servicios y decidió quedarse en el club para determinar si el malestar del hombre se debía a un virus o a una infección seria, en cuyo caso probablemente necesitaría ser llevado a un hospital. Aunque a Watson le habían dado una habitación, escogió quedarse con el enfermo, un tal señor Collins.
Los ojos de Holmes relampaguearon.
—¿Estuvo solo con ese hombre toda la noche?
—Sí, pero el señor Collins fue una de las personas que resultaron gravemente heridas en el incendio. Se encuentra en estado crítico y el médico dice que probablemente morirá a causa de la infección. Dudo que haya sido el artífice del plan y que acabara herido como resultado.
—¿Y el personal? ¿Los reconoció a todos? ¿No había nadie nuevo?
Lestrade meneó la cabeza.
—Nadie que yo viera.
Holmes exhaló una larga bocanada de humo.
—¿Dónde fue hallado el cuerpo?
—En uno de los vestíbulos. Sólo tenía que cruzar el pasillo para encontrar una salida, pero para entonces el fuego ya se había extendido demasiado. Se propagó muy rápido.
—¿Cuáles fueron las conclusiones iniciales sobre la causa?
El inspector se frotó la frente con la palma de la mano.
—Pensamos que fue un accidente y la mayor parte del edificio había ardido. Apenas quedó nada. No pudimos… —Las palabras se le atragantaron.
Holmes hizo un gesto desdeñoso con la mano, como si hubiera estado esperando la respuesta.
—Llevaré a cabo mi propia investigación sobre el terreno. En cuanto al cuerpo, ¿está seguro de que pertenece al doctor?
Lestrade tragó saliva.
—La estimación del forense sobre el peso y la estatura de los restos es congruente con un hombre de la misma talla y constitución del doctor Watson. No le quedaban dedos ni rostro suficiente para confirmar su identidad de esa manera, pero heridas tan extensas como las que recibió el doctor durante la campaña de Maiwand son tan inconfundibles como una huella dactilar. Los huesos del hombro, en especial, mostraban signos de un daño ya curado. El forense me explicó que en el pasado la escápula debió astillarse, dejando fisuras en la zona circundante a los huesos y articulaciones, y que recibir una herida de esa naturaleza en un hueso en la edad adulta, aunque se cure, implicaría una disminución de la fuerza y la movilidad. Esto —Lestrade sacó una cajita de rapé de hojalata de su bolsillo— fue extraído de lo que quedó de su pierna derecha. El forense la encontró en el músculo recto femoral.
Holmes sonrió, pero había muy poco júbilo en su expresión.
—Creo que se refiere al rectus femoris.
Lestrade habría querido decir algo en su defensa, pero guardó silencio mientras Holmes tomaba la caja de su mano y levantaba su deslustrada tapa. Con hipnótica elegancia, introdujo el pulgar y el índice para comprobar su contenido y extrajo lentamente una bala jezail, que centelleó débilmente bajo el sol de la tarde que se filtraba a través de las ventanas. El rostro de Holmes se ensombreció y Lestrade se dijo que debía haber un corazón en alguna parte de aquel mecanismo de relojería humano si era capaz de sentir la chisporroteante muerte de la esperanza tan intensamente como lo expresaba su rostro.
Holmes, por su parte, se permitió regodearse con la amarga ironía de esa bala, que al fin había conseguido lo que no había logrado años atrás en las llanuras afganas: acabar con John Watson de una vez por todas. La estudió en un reflexivo silencio, debatiendo en su interior qué hacer exactamente con ella. Durante un momento jugueteó con la idea de guardársela en el bolsillo, pero la descartó por poco práctica. Con su estilo de vida, tarde o temprano la olvidaría al despojarse del abrigo para perseguir a un villano o se le caería al examinar alguna huella y la dejaría atrás, abandonada en la hierba, y no podía soportar la idea de perder un objeto tan singular a causa de su descuidada naturaleza y su indiferencia hacia las cosas materiales. La repisa de la chimenea quedaba fuera de toda consideración. No la quería ahí, no quería verla a cualquier hora del día o de la noche. Pensó en guardarla en la habitación de Watson, pero pensó que sería un acto lleno de estúpido sentimentalismo. Watson ya no vivía allí y la bala ya no era suya; le pertenecía a él.
Holmes se dirigió decididamente hacia el cajón de su escritorio empuñando la llave, que había aparecido mágicamente en su mano. La introdujo en la cerradura, la giró con movimientos precisos y abrió el cajón. Colocó la bala entre el carbunclo azul y la funda de cuero que contenía la foto de la única mujer que había llegado a respetar. Aquellos objetos y algunos otros eran el comienzo de su ilustre museo. Esa bala, más que ninguna otra posesión de Watson, pertenecía allí, porque incluso habiendo herido al hombre, causándole dolor y obligándole a cojear, era ella la que había traído a John Watson a Baker Street y a la antigua vida solitaria de Holmes. Alojada en la pierna de su anfitrión, la bala había perdido su función inicial para ser únicamente parte de lo que había convertido a John Watson en su amigo, lo que significaba que le pertenecía a él y a su museo.
Con este pensamiento firmemente asentado en su mente racional, volvió a cerrar la cajita de rapé y se la devolvió a Lestrade.
—Esto no es suyo, sino de un hombre que dispara con la diestra, bastante pequeña en comparación con su muñeca, ha estado recientemente en la costa, y la mayoría de los días guarda su anillo de casado en esta caja, junto con su tabaco en polvo de la marca Braced —anunció Holmes sin florituras.
—Sí, es del sargento Berkeley. Su escritorio está cerca del mío y pensé que usted agradecería que no se la entregara como si fuera una moneda de medio penique.
—En efecto, tiene razón.
Eso fue lo más cercano a un "gracias" que Lestrade recibiría jamás, así que se levantó de la silla, recogió su sombrero y decidió sin más ambages sacar a colación la última cuestión.
—¿Qué hará ahora, señor Holmes?
Holmes se encogió de hombros.
—Investigaré el caso y llevaré a esos hombres ante la justicia; lo habitual.
La reencontrada despreocupación de Holmes fue rebatida en cierto modo por el acto de empezar a cargar su revólver, que había sacado de detrás del cojín de su silla, así como el de comprobar el cilindro del viejo revólver de servicio de Watson.
—Quizá esta vez podría trabajar con el Yard —sugirió el inspector.
Holmes hizo un gesto desdeñoso mientras se metía su revólver cargado en el bolsillo y comenzaba a girar ociosamente el cilindro del de Watson.
—No, no lo haré —dijo sin contemplaciones—. Yo trabajo… —Sus labios se curvaron al instante en una mueca autocrítica—. Yo trabajo solo.
Antes de hoy, ese "yo" siempre había significado "nosotros", y "solo" significaba "nadie más", pero con un siempre implícito "juntos".
Lestrade decidió mandar el tacto al diablo. Era hora de ser severo con aquel hombre, especialmente después de ver que, tras un instante de reflexión, el detective también había metido, por añadidura, el revólver de Watson en el bolsillo opuesto de su chaleco.
—Escuche, señor Holmes, sé lo que opina de la ley y que trabaja siguiendo sus propias reglas, y aunque yo crea que la auténtica justicia sería ir a por los responsables y hacerles pagar personalmente, eso va contra la ley y, por mucho que lo desee, no puedo hacer la vista gorda ante lo que sea que esté usted planeando hacer.
—¿Tortura, asesinato, venganza? —enumeró Holmes con frialdad—. En todos mis años en este sórdido negocio, aún no me he embarcado en una vida de crímenes vulgares y carentes de imaginación.
—No, porque nunca le han guiado mezquinos sentimientos de avaricia y ambición ni ha tenido motivos para hacerlo —convino Lestrade con severidad—. Pero ahora tiene uno.
—Sí, así es.
—Holmes, por favor —dijo Lestrade con voz ronca—, no quisiera verle en la cárcel, no por esto.
—En cuanto a eso, inspector Lestrade —Holmes hizo una pausa, su mirada perturbadoramente vacía—, no tiene nada que temer.
Lestrade reprimió un escalofrío, un efecto completamente opuesto al que pretendía transmitir el aplomo de Holmes. Le dio la espalda al detective y fue hacia la puerta. Pudo oírlo tras él, rebuscando entre sus muchos ficheros y archivos de casos. Lestrade apoyó una mano en el picaporte y miró hacia atrás una vez más. Contempló al otro hombre mientras desperdigaba papeles a su alrededor con insensato abandono.
—Señor Holmes, el abogado de Watson, el señor Ellis, se reunirá aquí con usted a las seis.
—No, voy a estar demasiado ocupado, Lestrade —murmuró distraídamente Holmes mientras hojeaba una de sus agendas—. Pienso interrogar a varios de mis contactos esta noche. Quizá dentro de unos días.
Emocionalmente exhausto y con los límites de su paciencia seriamente sobrepasados, Lestrade exclamó:
—¿Demasiado ocupado para escuchar la última voluntad de su amigo? ¡Usted estará aquí a las seis, maldita sea, o prohibiré a todos los oficiales que le dirijan la palabra! ¡Que tenga un buen día!
Dicho eso, el fornido hombrecito salió airadamente de la habitación y bajó las escaleras como un búfalo enfurecido. Holmes se quedó mirándolo, desconcertado. Al parecer, había hecho pasar al inspector por una dura prueba. Lo cierto es que éste había sido el rato más largo que ambos habían pasado juntos conversando. Su presencia siempre le había resultado algo molesta y, ciertamente, Lestrade no era un santo, ni él era Watson. De hecho, no había nadie como Watson.
Holmes ordenó sus sensibles pensamientos y, al darse cuenta de que no tenía su reloj, metió impulsivamente la mano en la fatídica caja y sacó el de Watson. Era cerca de la una, lo que significaba que sólo tenía cinco preciosas horas para llevar a cabo una inspección exhaustiva de la escena del crimen. Luego volvería y escucharía las palabras tediosamente indolentes de aquel dichoso abogado.
Por un momento, a salvo de cualquier mirada y de todo testigo viviente, Holmes hundió los hombros y bajó la cabeza.
—Oh, Watson —susurró—. Desearía…
En lugar de acabar la frase, se enderezó, recogió unas cuantas cosas de su mesa de experimentos y abandonó decididamente Baker Street para dirigirse a Gillingham, con una cuidadosa máscara de estoica compostura en su rostro.
Las habitaciones que dejaba atrás lloraban, en la medida en que podían llorar unas habitaciones, ante la emoción sin restricciones que resonaba interminablemente entre sus paredes, donde jamás se vería expuesta al público. Aquellas habitaciones, que habían guardado tantos secretos, también guardarían éste, manteniendo el corazón de su amo a salvo en la privacidad de su hogar. Pero ahora no había nadie con quien compartirlo. La única persona con la que había compartido esos aposentos se había ido.
Aunque no lo suficiente; su presencia aún impregnaba las estancias. Era demasiado pronto para que hubiera desaparecido.
Todas sus cosas, todo rastro de vida que había dejado atrás, respondieron en un susurro:
"Lo sé, Holmes, lo sé."
XXX
En el registro civil le habían proporcionado los planos originales del Highgate sin demasiados aspavientos. Ventajas de ser conocido fuera de los círculos criminales. Holmes trató de no pensar en aquél a quién debía dar las gracias por eso o en cuántas ocasiones se había quejado por ello.
Por primera vez en su vida, Holmes lamentó la cantidad de veces que había llevado a Watson consigo a investigar un caso. Lo había hecho tan a menudo que ahora le resultaba extremadamente difícil no notar su ausencia. El coche era demasiado grande y le obligaba a rebotar de un modo muy incómodo sobre el asiento en lugar de verse aplastado, aunque bien sujeto, por Watson sentado a su lado. El tiempo se le antojaba extremadamente sobrio y gris (pese a tratarse de un agradable día de verano) sin Watson para comentar la belleza del cielo y la frescura del aire con su intolerablemente romántica melancolía. Todo parecía recordarle al doctor: plumas, papeles, libros, chaquetas de tweed, bombines, el color marrón, los dos hombres que paseaban por la acera cogidos del brazo, riéndose de alguna broma personal.
Holmes hundió el rostro entre sus manos temblorosas, dejando caer al suelo los planos del edificio. Nunca había imaginado que algo pudiera doler tanto, que pudiera experimentarse una sensación tan cruda y flagelante. Sin embargo, mientras el coche se acercaba a Gillingham Street, obligó a su mente a iniciar su sistemática cadena de deducciones y se dijo que lo que estaba haciendo ahora sería el primer paso hacia la sanación del dolor. Cuando salió del coche, los planos iban cuidadosamente plegados bajo su brazo y su mente funcionaba con la agudeza de siempre.
Aún había gente por allí, y algunos oficiales del cuerpo de bomberos de Scotland Yard, que, principalmente, se ocupaban de mantener a raya a los curiosos. Holmes no les prestó atención y comenzó a investigar el área.
Como Lestrade había dicho, todas las estancias principales habían ardido, mientras que las habitaciones de invitados, situadas más al sur, habían resultado relativamente indemnes. En cuanto al porqué, el enorme agujero en medio del suelo era indicio suficiente. El fuego había comenzado en el sótano, que se extendía por debajo de todas las estancias principales, pero no de las habitaciones de invitados. Holmes encontró extrañas varias cosas a la vez.
Localizó al gerente, que se mantenía algo apartado de los vigilantes que deambulaban entre los restos carbonizados de su establecimiento, y le preguntó:
—¿Qué guardaban en el sótano?
—Oh, no sé, muebles sobrantes, mantas, ese tipo de cosas. Y, por supuesto, la caldera y algunos documentos del club. ¿Por qué?
Holmes frunció los labios, reservándose lo que pensaba al respecto. Recogió diversas muestras de las cenizas esparcidas por el lugar, y no tardó en ponerse a gatas con su lupa. Debió de haber transcurrido más de una hora cuando se levantó y se dirigió hacia la entrada, ahora sin puertas, que daba a la parte del sótano donde había estado la caldera.
—Usted, venga aquí —llamó Holmes al agente del Yard más cercano—. Necesito luz. Si es usted tan amable de traerme una, me gustaría investigar esta habitación.
—Oh, señor Holmes, soy el agente Peterson.
—Ah.
—Me enteré de lo ocurrido. Quería decirle que lamento muchísimo lo del doctor Watson. Los veía a los dos juntos y pensaba "Bueno, he ahí una verdadera amistad", y leo las historias de la Strand, así que sabía…
—Le he pedido luz, no sus condolencias —lo interrumpió Holmes con brusquedad.
—De acuerdo, de acuerdo —murmuró el agente Peterson, alejándose rápidamente en busca de lo que Holmes necesitaba.
Después de eso, nadie osó acercarse al detective mientras se adentraba en el carbonizado y ennegrecido cuarto de calderas. Definitivamente, ése era el lugar donde había comenzado el fuego, aunque la caldera, aparte de presentar la parte delantera toscamente reventada con algún tipo de instrumento contundente, parecía estar en buen estado. Eso apenas impresionó a Holmes. Lo interesante eran todas las cañerías que conducían al cuarto. Holmes pudo contar al menos siete que no estaban correctamente conectadas a la caldera. Aunque podía oler vestigios de queroseno en la estancia, recogió muestras con la intención de demostrarlo químicamente y entró en la habitación contigua.
Le sorprendió descubrir que en esta habitación obviamente se habían almacenado documentos. Todos los libros habían ardido hasta semejar hojas muertas, pero ¿por qué alguien guardaría documentos de cualquier índole junto al cuarto de calderas? Satisfecho con sus hallazgos, Holmes se dispuso a localizar e interrogar al personal antes de prepararse para hacer su ronda entre sus poco recomendables contactos.
XXX
Eran las cinco y media cuando se dirigió al pub Steer & Stine, cerca de los muelles de Londres. Se sentó en un reservado en el rincón más alejado, junto a la chimenea, con tres jarras de cerveza, y no había esperado ni diez minutos cuando un hombre tan alto como él y dos veces más corpulento se deslizó en el asiento de al lado. Era imponente, aunque no diese la sensación de ser demasiado grande. Se tomó la primera cerveza sin que, al parecer, necesitara respirar, y dejó la jarra sobre la mesa con un ruido sordo antes de empezar a beber pausadamente la segunda.
—¿Qué quiere, grano de pus?
—No emplees ese tono conmigo, Forcas —lo reprendió Holmes, examinando sus uñas con fingido interés—. Si no querías verte coaccionado para ser mi confidente, no deberías haber malversado las acciones personales de tu jefe. Si quieres dejarlo, se puede arreglar. Estarás muerto para el lunes, y si te doy tanto tiempo es sólo porque tu reputación aún vale algo e intentarían verificar mi declaración.
—No hay muchos en mi profesión que toleren el chantaje, y menos de un hombre que asegura defender la justicia.
—Resuelvo crímenes, no los defectos de la humanidad —corrigió Holmes—. Si no te importa, me gustaría que fuéramos al grano. Hasta ahora, mis peticiones han sido tan justas y discretas como infrecuentes. En resumidas cuentas, me lo debes y espero que cumplas.
—Después de esto, sólo le deberé dos favores más.
—Hecho —convino Holmes—. He venido por las recientes actividades de la Cara Oculta. He comprobado más allá de toda duda que el incendio del Highgate no sólo fue provocado por ellos, sino que dos de mis fuentes han confirmado además que fue un complot para asesinar al doctor Watson.
Forcas encendió un cigarrillo.
—¿Quiénes?
—Avery, Nix, Bailey, Weston y La Grassa.
—¿La Grassa? —rió Forcas—. ¿Qué tiene contra ese pobre diablo?
—Salvé a su esposa.
Forcas enarcó una ceja.
—De su otra esposa, en Italia —concluyó Holmes—. Sólo por accidente.
—La verdad es —Forcas dio otra calada, seguida de un largo trago de cerveza— que estoy de acuerdo. Fue un acto premeditado y, definitivamente, no la obra de ninguno de los clanes o familias importantes. Además, resulta que sé que uno de los cabecillas más recientes de la Cara Oculta tiene una cuenta pendiente con usted. Hace unos años era sicario, y usted lo metió en la cárcel y fastidió toda su operación.
Holmes asintió.
—Un motivo, pero ¿cómo sabían que el doctor iba a estar en el Highgate? La reunión se planeó ese mismo día.
—Se informarían. Lo más probable, un poli corrupto, o alguien más pagado por otro.
—Suena como si hubiera una tercera parte implicada.
—La hay, ¿no? —replicó crípticamente Forcas—. Le diré una cosa, señor Holmes, tiene a muchos jefes muy enfadados. A muchos de ellos les encantaría pegarle un tiro. Puede que no sea lo bastante poderoso para ir a por ellos, pero su interferencia en sus operaciones no alimenta su estima.
—¿Envidias y celos entre el crimen organizado? Qué chocante—dijo Holmes con voz cansina.
—¿Envidias? No creo, más bien orgullo profesional. Ahora cree estar sufriendo, señor Holmes, pero si mis chicos hubieran cogido a su amigo, habría sufrido mucho más. Recibiría fotos y partes de su cuerpo semanalmente. Habría exigencias aunque no fueran el objetivo real. Usted conoce este negocio, cuando se busca venganza hay un método, pasos. Se exprime a una persona hasta que apenas queda nada, y luego también se le quita eso. Lo que hizo la Cara Oculta fue burdo.
—Qué interesante. ¿Cómo podría infiltrarme en la Cara Oculta?
Forcas se apoderó de la cerveza de Holmes sin permiso.
—No puede. Aunque no sean familia, para ser miembro necesita conocer personalmente a alguien. Tampoco contratan ayuda externa, así que, a menos que esté dispuesto a entablar amistad durante un año con uno de los hombres que mataron a su amigo, no lo veo posible.
—¿Me proporcionaría otro favor una respuesta más favorable? —preguntó Holmes.
—No, a menos que quiera que mate a alguien, aunque eso serían dos favores.
—Consideraré esa oferta en el futuro. Gracias por tus servicios. Doy gracias de que no siempre hagas honor a tu homónimo.
—Es muy entretenido hablar con usted.
—Algunos disentirían, lo que me recuerda que llego tarde a un sitio.
Holmes dejó a Forcas su cerveza y sus cigarrillos y regresó a Baker Street.
XXX
Holmes llegó más de media hora tarde a su reunión con el abogado de Watson. Pese a no estar nada ansioso por seguir adelante con el procedimiento, se sentía más que dispuesto a subir saltando la escalera y enfrentarse sin ambages a esa dura prueba cuando de repente se vio abordado por la señora Hudson en el primer tramo. Tenía los ojos húmedos y estrujaba un pañuelo en la mano.
—Hay un… —resolló, intentando controlar valerosamente su voz—, hay un tal señor Ellis esperándole, señor Holmes. Dijo que está aquí p-para resolver el a-asunto.
El sofoco le impidió seguir. Holmes recordó tarde que había salido de casa sin informar a la señora Hudson de lo ocurrido con Watson. Debió de ser toda una conmoción para ella recibir al ejecutor testamentario de Watson mientras esperaba que éste regresara a almorzar en cualquier momento.
—Oh, señora Hudson, lo siento mucho.
En un raro acto de compasión, Holmes tomó a la mujer entre sus brazos. Ella apoyó la cabeza, de abundante cabello oscuro veteado de gris, sobre su pecho, puesto que no era una mujer alta ni altanera.
—Un hombre tan bueno. No se merecía eso —susurró con voz rota, con sus manos, ásperas por el trabajo honesto, firmemente ancladas a sus solapas.
—No, no muchos lo merecen.
—Cuando se lo comenté esta mañana, nunca pensé… —Desterró el final de la frase sacudiendo brevemente la cabeza—. Ya nada será lo mismo.
—No.
—Significaba tanto para usted…
Al contrario que con todos los demás que se habían acercado a él hasta ahora, a Holmes no le molestó el despliegue emocional de la mujer. La señora Hudson no era una ávida lectora de la Strand ni un agente de Scotland Yard que, por haber trabajado con ellos unas cuantas veces, creyera conocer a fondo su relación. La señora Hudson… La señora Hudson sí la conocía. Ella la comprendía, había visto todas las veces en que se habían cuidado mutuamente las heridas y presenciado sus escasos momentos de afecto, había visto cuando Watson entregó a Holmes su primer regalo de cumpleaños y cuando Holmes le compró su primer regalo de Navidad. Ella la conocía como nadie, y eso convertía sus palabras en un precioso consuelo que Holmes no había escuchado en todo el día.
—Sí, así es —convino, abrazándola más fuerte.
Hubo un instante de silencio.
—Leí la carta —dijo ella al fin.
—¿Sí? —Holmes no tenía dudas de a cuál se refería.
—Tendrá que disculparme si no preparo la cena esta noche. Dudo que a usted le apetezca comer algo y, por una vez, no se lo reprocharé si eso ayuda a que atrape más pronto a los demonios que hicieron esto.
Holmes soltó una risita.
—Señora Hudson, es usted la mujer más noble que he conocido. No se preocupe, los encontraré.
Las siguientes palabras de la mujer sonaron firmes y mortalmente serias.
—¿Hará que lamenten lo que han hecho?
—Sí —susurró él con una voz tan queda que sólo la señora Hudson y el propio diablo habrían podido escucharla.
—Bien. —La señora Hudson se apartó de él. Una nueva riada de lágrimas recorría sus mejillas—. Compré los puerros mientras estuve fuera —dijo con voz débil.
Holmes la recompensó con una breve sonrisa.
—Gracias, Martha.
Ella asintió y bajó las escaleras con una gracia y dignidad que no sugerían que acabara de obtener de Holmes la promesa de que éste haría cuanto estuviera en su mano, por ilegal que fuera, para que la muerte de Watson fuera debidamente vengada. Ciertamente, era una mujer de lo más singular.
Holmes entró en la estancia considerablemente más animado, pero su ánimo descendió varios grados al ver al hombre que le esperaba sentado en la silla que solía ocupar Watson. Tenía un aire presuntuoso, desde su evidentemente caro reloj de bolsillo hasta su apariencia, pulcra y ordenada hasta un extremo irritante. Tomaba el té a sorbitos. Al ver a Holmes, el señor Ellis dejó la taza y se levantó con una amplia sonrisa decididamente falsa.
Inexplicablemente, Holmes sintió un rechazo inmediato hacia el hombre.
—Usted es quien ha alterado a mi casera.
Su acusatorio abordamiento dejó parpadeando al abogado, que bajó la mano que le había tendido.
—Soy el señor Ellis. Desconocía que su casera no hubiera sido informada de la situación.
—Entonces quizá no debería haber anunciado sin más su nombre y su propósito a alguien que obviamente no le esperaba. Habría esperado más tacto en alguien que ha ejercido su profesión durante más de veintitrés años.
—¿Cómo demonios ha sabido eso? —preguntó el hombre, asombrado.
—La verdad es que ha sido una deducción muy… ¡ALTO! —aulló Holmes de repente, interrumpiendo al hombre en el acto de volver a sentarse en la silla—. Por favor —continuó, esforzándose por conservar un remoto aire de civilización—, absténgase de hacer lo que estaba a punto de hacer y siéntese en el sofá.
—Pero… —balbuceó el hombre.
—Hágalo o lo obligaré yo —siseó Holmes, amenazador.
El señor Ellis tuvo la osadía de dirigir a Holmes una agraviada mirada de franca incredulidad antes de tomar asiento en el sofá.
—De verdad, señor Holmes, sólo intento hacer esto lo más sencillo posible para usted.
—No me diga —replicó Holmes con sequedad—. Hasta ahora, ha conseguido alterar a mi casera, la ha obligado a prepararle el té pese a su evidente angustia y, de entre todos los muebles que hay en esta habitación, ha escogido como asiento la silla favorita de mi difunto amigo. Está haciendo un trabajo realmente espléndido.
—¿Cómo iba yo a saberlo? —replicó el hombre.
—Yo diría que el maletín negro que estaba antes sobre la silla, con una placa con el nombre de "John H. Watson" y la inscripción "Primum non nocere quod permissum haud vulnero adeo vos", era un claro indicio, un objeto que usted, sin la menor ceremonia, ha dejado tirado en el suelo —respondió abruptamente Holmes mientras volvía a colocar el maletín en su anterior ubicación con reverencia.
Holmes experimentó un irracional arrebato de satisfacción al ver al otro hombre ruborizarse intensamente.
El señor Ellis carraspeó y se aclaró la garganta.
—Parece estar extraordinariamente familiarizado con las cosas del doctor. ¿Qué significa?
—Significa "Lo primero es no hacer daño", la máxima latina utilizada por toda la profesión médica, seguido de "ni dejar que te hagan daño a ti" —explicó Holmes—. Y supongo que sí, puesto que fui yo quien se lo compró —añadió con forzada ironía.
—Sí, bueno… —El señor Ellis se aclaró la garganta una vez más—. Volviendo al tema que nos ocupa, le alegrará saber que el doctor Watson no tiene grandes deudas que saldar.
—Lo sé, yo guardaba su talonario y su confianza —contestó Holmes.
El señor Ellis continuó machaconamente.
—Entonces también sabrá que el doctor Watson no tenía familia. En consecuencia, le deja a usted todas sus posesiones. En su testamento hace constar que puede usted disponer de ellas como quiera. Muy generoso por su parte, aunque un tanto inconveniente. Subastar pertenencias suele ser una empresa muy engorrosa para los implicados.
Holmes ignoró estólidamente los despreocupados comentarios del hombre y reflexionó en silencio sobre lo que acababa de escuchar. Que él heredara las posesiones materiales de Watson no era algo totalmente inesperado. En realidad, Holmes sentía una secreta alegría porque Watson no tuviera parientes o conocidos cercanos. Como alguien capaz de percibir la más ligera alteración en su entorno, Holmes era muy reacio a aceptar cambios en su ámbito inmediato de habitabilidad física. Era algo que rozaba la paranoia; la ausencia de un jarrón podía indicar un robo, e incluso las rondas de limpieza primaveral de la señora Hudson le agitaban tanto que solía pasar un tiempo ridículo volviendo a colocar todo exactamente tal como estaba antes de que ella empezara. Se sentía agradecido por no tener que preocuparse por extraños que entraran y salieran de la casa cambiando las cosas de sitio sin su conocimiento para luego acabar encontrándolas tras un ataque de pánico. La mera idea le perturbaba enormemente.
En cuanto a inconveniente, en absoluto. Watson, pese a todo su romanticismo, llevaba un estilo de vida muy pragmático. No era de los que coleccionan baratijas y recuerdos para contar el paso de los años. Quizá el hecho de no abarrotar su espacio vital ni conservar lo innecesario o lo que no deseara llevarse con él tuviera algo que ver con sus días en el ejército, pero Watson conservaba pocos efectos personales más aparte de los que Holmes había recibido en una caja de cartón esa mañana. También había un pequeño arcón donde guardaba su uniforme y sus medallas, unas cuantas dagas antiguas (sus únicos recuerdos de su periodo de servicio en la India y Afganistán, además de la bala que ahora residía en el escritorio de Holmes y el dolor que le había hecho sufrir en los días lluviosos), sus libros y, por supuesto, sus muchos diarios conteniendo sus notas y sus floridos borradores. Todas esas cosas que Holmes nunca se atrevería a vender aunque los diarios alcanzaran un buen precio cuando se extendiera la noticia. Aparte de eso, había un escritorio, una cama, una cómoda y una silla, cosas todas ellas que podría considerar usar él mismo algún día, si no en la actualidad.
En algún punto de sus reflexiones, el señor Ellis había comenzado a hablar de nuevo.
—Sus finanzas se han dividido según lo estipulado. La mayor parte se ha destinado a un sobrino lejano o algo así para ayudar a pagar su educación en Edimburgo, y el resto como donación al Saint Bart. Hay una pequeña suma reservada a la señora Hudson, pero eso sólo abarca sus actuales ingresos —prosiguió el señor Ellis con un creciente toque de dramatismo—. El doctor Watson también estuvo invirtiendo el dinero que había estado recibiendo de su pensión por invalidez durante los dos últimos años en una especie de fondo de jubilación.
Tal información hizo que Holmes se incorporara. Dos años, la conexión era bastante obvia. Dos años atrás, los escritos de Watson en la Strand y su continua asistencia a Scotland Yard habían conferido a su labor de asesor reconocimiento suficiente como para convertirse en un negocio estable. Por aquel entonces Watson ya tenía también un buen entendimiento con el Saint Bart, y con los crecientes ingresos provenientes de su pluma habría podido vivir de lo que ganaba sin el suplemento de la pensión por invalidez concedida por el gobierno.
—En caso de fallecimiento, el doctor Watson le legaba su dinero a usted, señor Holmes. No es una fortuna, sin duda, pero tampoco una suma insignificante. Estimo que, si usted no la despilfarra, bastaría para pagar su parte del alquiler durante lo que resta de este año y quizá los dos siguientes —anunció el señor Ellis, casi sin aliento por la emoción. Y aún había más—. El doctor Watson también consiguió de algún modo declararle dependiente para que pueda recibir el dinero de su pensión por invalidez de este año en efectivo casi de inmediato, como lo habrían hecho su viuda o sus hijos en caso de fallecimiento inesperado. Nunca había oído que tal cosa fuera posible fuera del círculo familiar inmediato. Al parecer, el doctor Watson fue capaz de llevar a cabo esta hazaña con la ayuda de un tal señor… —Los ojos del señor Ellis se abalanzaron sobre el fajo de papeles que tenía en las manos y pasó furiosamente las páginas para localizar el nombre—…señor Mycroft Holmes. Supongo que vale la pena tener amigos en las altas esferas, ¿no, señor Holmes?
Holmes se sentó en su silla, desconcertado. Watson nunca había sido un pesimista, y aun así había preparado un testamento decididamente planificado, algo que habría requerido por su parte contemplar seriamente la probabilidad de una muerte inminente y revisarlo al menos una vez al mes. Holmes era el menos optimista y cauto de los dos y nunca había considerado que su vida corriera tanto peligro como para redactar un testamento legal tan detallado. ¿Y Mycroft estaba involucrado? Era totalmente enfermizo.
Pese a lo increíble que se estaba tornando todo ese asunto, aún había más.
—El doctor Watson dispuso que su colega, el doctor Agar, se hiciera cargo de los arreglos funerarios, la lista de invitados, etcétera. Un tal teniente Brandon se encargará de la parte militar de la ceremonia. El doctor Watson también dispuso ser enterrado en una parcela familiar en Edimburgo, así que no habrá gastos por ese lado. El doctor Watson dejó escrito que no quería más que una lápida sencilla y que un féretro corriente bastaría. Parecía ser de la opinión de que no hay necesidad de preocuparse en exceso por un trozo de carne que ya no alberga su ser. De lo único que tiene usted que preocuparse, señor Holmes, es de la fecha del funeral y del transporte del cuerpo. Si aún no lo ha enviado a una funeraria…
Holmes lo interrumpió con un gesto de la mano.
—No es necesario. El cuerpo de Watson estaba tan quemado que no quedó carne suficiente para dar trabajo a los embalsamadores.
Perdido en sus pensamientos, Holmes no advirtió la expresión descompuesta que adoptó el rostro del señor Ellis. Era muy propio de Watson, pensó Holmes exasperado, no dejar que la carga de su muerte recayera en nadie más. Watson sólo había pensado en los demás, sin pedir nada para sí mismo. No había justicia en el mundo ni un Dios en el cielo si al último hombre decente del mundo podía ocurrirle algo tan trágico como perecer en un incendio. Tal idea sumía a Holmes en una amargura absoluta. Si existiera un Dios todopoderoso lleno de misericordia y amor, como insistían todos estos estúpidos, se habría tomado la molestia de proteger a uno de sus santos de los designios de su pecaminosa creación.
—El funeral tendrá que esperar hasta la conclusión de este caso —dijo Holmes con voz tajante. Apartó con esfuerzo los ojos de la ventana y se dirigió una vez más al señor Ellis con un aire de puro fastidio ante la idea de tener que prolongar aún más la entrevista—. Asumo que Watson habrá dejado alguna carta de la que se me hará entrega póstumamente.
El señor Ellis se removió incómodo en su asiento.
—Eh, no, me temo que no la hay.
Holmes se quedó rígido.
—¿Qué?
El señor Ellis eludió la intensa mirada que le dirigió.
—El doctor Watson no dejó ninguna carta personal para usted, ni para nadie.
—Imposible. —Holmes abandonó su asiento y se acercó rápidamente al señor Ellis—. Ahí hay más de quince folios.
—Son todos documentos legales, esquemas financieros y demás, sus términos, realizados en nuestras oficinas y dictados únicamente por el doctor Watson. No hay nada directamente escrito por él.
—¡¿Pero cómo?! —exclamó Holmes, descontrolado—. ¡¿Cómo pudo disponer todo lo demás y no dejar ninguna carta para mí?!
La herida abierta en su pecho se hizo aún más grande.
El señor Ellis se encogió cuanto pudo en el sofá.
—Quizá no dejara nada en la agencia, pero sí entre sus efectos personales. A menudo los parientes encuentran cartas escritas por los fallecidos entre las páginas de un libro o escondidas en el fondo del cajón de un escritorio.
—Eso es ilógico. Watson nunca habría dejado un escrito de semejante naturaleza sin informarme de dónde podría encontrarlo. Admito que poseo una curiosidad insaciable, pero eso nunca me habría hecho traicionar sus confidencias. Sin embargo, a Watson le habría resultado imposible ocultar, físicamente o de cualquier otro modo, la existencia de esa carta en esta casa sin que yo lo supiera.
El señor Ellis tragó saliva con nerviosismo. Holmes podía haber hablado con serenidad, pero cada músculo de su cuerpo parecía a punto de estallar.
—Como usted diga, señor Holmes.
Holmes volvió la espalda al señor Ellis.
—Gracias por sus servicios, señor Ellis. Váyase.
El señor Ellis emprendió una veloz retirada.
En cuanto la puerta principal se hubo cerrado, Holmes se rindió a lo ilógico y comenzó a destrozar sistemáticamente la estancia. Al no hallar nada, fue a la habitación de Watson, y luego siguió con todas las demás, sin dejar ni un solo rincón sin registrar.
Cuando la búsqueda demostró ser tan fútil como era de prever, se puso un disfraz y se adentró en la noche, donde podía fingir ser otra persona, con la idea de que, en ausencia de una carta, las últimas palabras que Watson le había dirigido eran las que había pronunciado cuando Holmes lo dejó en la acera frente al Highgate aquella tarde.
"Adiós, Holmes, hasta luego."
Mientras se internaba sigilosamente en la noche, buscando una manera de infiltrarse en las filas de la Cara Oculta, no pensaba en que las últimas palabras de Watson habían resultado ser mentira y que la única voz que podría haberle consolado había desaparecido para siempre.
Holmes no pensaba en eso. Pensaba en la Cara Oculta y en lo que haría cuando los encontrara.
