La noticia salió al día siguiente. Meritoriamente, Watson protagonizó la primera plana. Aunque la historia tenía impacto suficiente para ocupar los periódicos más importantes de Londres, todos venían a decir lo mismo. Los artículos se reducían básicamente a esto:

En la madrugada del miércoles, 22 de junio, horas antes del amanecer, el Club de Caballeros de Highgate, situado al sur de Gillingham Street, se incendió presumiblemente a causa de la explosión accidental de una caldera averiada. De las catorce personas que se encontraban en ese momento en el edificio, siete resultaron heridas, tres en estado crítico, y dos fueron halladas muertas. Entre estas últimas cabe destacar al doctor John Watson, que había servido en el sexagésimo sexto regimiento de Berkshire con el quinto de fusileros de Northumberland en la segunda guerra afgana, aunque en la actualidad es más conocido como escritor debido al inmenso éxito de sus populares historias detectivescas publicadas en la Strand. Al doctor Watson le sobrevive el protagonista de sus biografías y amigo, el señor Sherlock Holmes. Se comenta que se llevará a cabo un servicio conmemorativo en su honor y aún ha de fijarse la fecha de su funeral.

Milagrosamente, el Morning Post, famoso por recibir información muy importante, había sido capaz de sacar a la luz la única fotografía existente de los dos. Era obra del reportero de un periódico rural de un pueblecito de Hertfordshire. Holmes había sentido que alguien llevaba siguiéndolos todo el día y decidió poner fin a aquella absurda cacería en un callejón, donde, tras aguardar ocultos entre las sombras, Holmes propinó a su perseguidor un pesado golpe con su bastón. El pobre individuo se desplomó como un árbol abatido por un rayo, y en el momento en que Holmes y Watson salían de las sombras les tomó la foto que llevaba todo el día esperando conseguir. Bueno, quizá no exactamente la que esperaba, y, ciertamente, no desde una perspectiva a ras del suelo tras recibir un violento golpe que le hizo desmayarse un instante después. El fotógrafo había capturado la imagen de un Holmes genuinamente perplejo, con el bastón aún ligeramente alzado, y la expresión de incrédula sorpresa de Watson. Tan espontánea era la naturaleza de esa foto que casi todo el que miraba aquellos rostros transparentes podía leer en ellos la conversación que tuvo lugar. Habría sido algo así:

—Ese hombre ha hecho una foto.

—Sí, Holmes, parece que es un fotógrafo.

—Pero no un espía.

—No.

—¿Deberíamos… destrozar la cámara?

—Ah… no, yo, hum… supongo que deberíamos dejársela para disuadirle de presentar cargos por agresión.

—Ah.

—Sí.

—Vámonos.

—Sí, por favor.

Aunque periodistas y nuevos reporteros llevaron a cabo diligentes esfuerzos por conseguir una declaración del señor Holmes, el escurridizo detective se volvió invisible durante los días que siguieron al accidente. Pese a haber bastantes representantes de diversos periódicos vigilando constantemente la casa de Baker Street, nadie podía asegurar que el hombre estuviera dentro o que se encontrara ausente. En dos ocasiones vieron a extraños saliendo del piso. Primero, a un joven y fornido estibador de barba poblada, y luego, a una anciana decrépita con una cesta de mimbre llena de flores que supuestamente había venido a vender.

Algunos pensaban que el hombre había sucumbido al dolor. Otros, a la cocaína. Sin embargo, los niños de todas partes creían firmemente que Holmes trabajaba sin descanso para salvar a Watson, prisionero en algún oculto castillo de Burma o algún otro lugar remoto, porque, para ellos, los artículos periodísticos no eran diferentes de las historias de la Strand Magazine, y en las historias los héroes no pueden morir ni los mejores amigos separarse. En las historias, el héroe no volvía arrastrándose a casa en mitad de la noche, exhausto y apenas consciente, sin haber conseguido nada. En las historias, el héroe no flaquea ni se hunde en la desesperación o la frustración. En las historias, el héroe no le rompe los dedos a un hombre para obtener la más ínfima información. En las historias, el héroe siempre gana. Pero aquello era ficción y Sherlock Holmes sólo era un hombre.

Holmes se aproximó al 221-B por la calle trasera y entró en la casa por la ventana de la cocina, a la que la señora Hudson, siguiendo sus instrucciones, no echaba el pestillo. Era bastante pequeña, pero él era un hombre delgado y, en vista de que pasaba ante la despensa sin mostrar el menor interés, era muy probable que siguiera siéndolo. Subió cansinamente los diecisiete peldaños con los hombros hundidos por el peso de otra infructuosa jornada. Habían pasado tres días desde el incendio y había descubierto muchas cosas, pero no estaba más cerca de alcanzar su objetivo que cuando empezó.

Abandonó su abrigo y su chaqueta, manchados con casi todas las sustancias malolientes de Londres, y extinguió el fuego de la chimenea con el agua de su jarra, obligando a la estancia a reflejar su humor. Aún en mangas de camisa y pantalones, se dejó caer en su butaca, y ni siquiera se molestó en quitarse los zapatos. Permaneció sentado en una oscuridad absoluta, aunque eso no alentó en él ningún deseo de dormir, y el silencio no logró traerle la paz mental que anhelaba. Sus pensamientos se apretujaban contra él y sus aún crudas emociones lo asfixiaban.

No durmió. No podía. No lo había hecho desde la noche en que Watson fue asesinado. Esta noche, como las cuatro anteriores, se desvaneció lentamente ante sus ojos. Vio cómo el cielo se iluminaba gradualmente, y cómo el sol reemplazaba a la luna, y cómo la noche se transformaba en día. No se movió, ni siquiera cuando el sol estuvo alto y sus rayos atravesaron las ventanas de la sala de estar. Había llegado a un punto muerto. No podía hacer nada. Quería… necesitaba hacer algo, pero, sencillamente, no había nada que hacer. Nada, nada, nada, nada.

—¿Holmes?

Holmes parpadeó.

Watson frunció el ceño mientras entraba en la habitación cargado con la bandeja del té.

—Holmes, ¿qué ocurre? ¿Durmió anoche?

Holmes contuvo el aliento. Sus manos se aferraron convulsivamente a los brazos de la silla.

Watson, con el ceño fruncido por la preocupación, abandonó la bandeja sobre la mesita del café y se arrodilló rápidamente frente a él.

—Holmes, ¿qué pasa?

—Se había ido —respondió Holmes, apenas consciente de lo que decía, ocupado como estaba en no apartar los ojos del rostro de su amigo.

Watson dejó escapar un suspiro exasperado.

—¿No leyó mi nota? Decía que volvería por la mañana.

Holmes quiso chillar, gritar que no había vuelto esa mañana, que a su nota había seguido una segunda y que había leído ambas atentamente más de una docena de veces, pero sabía que en el momento en que lo hiciera rompería el hechizo, así que dijo:

—No, no la leí. Lo siento.

Watson volvió a suspirar, se levantó y se acercó a la mesita para revisar el correo.

Incapaz de resistir la expresión irritada de su amigo, Holmes dijo:

—Le he extrañado muchísimo, Watson. Sencillamente, no puedo soportar su ausencia.

Watson se ruborizó, como ocurría siempre que recibía un cumplido de su amigo. Su rostro adoptó una expresión considerablemente más cálida y Holmes supo que le había perdonado.

Al no encontrar nada interesante en el correo, Watson comenzó a recorrer la habitación como si buscara algo.

—¿Puedo preguntar cómo va su caso? ¿Ha conseguido nueva información sobre la banda que incendió ese club?

—Tengo una plétora de información sobre la Cara Oscura. Conozco la ubicación de sus almacenes y puntos de reunión. Tengo los nombres de casi la mitad de sus miembros y sus descripciones. Hasta podría decirle el estado de sus finanzas, pero en cuanto al caso en sí, va fatal.

—¿De verdad debe infiltrarse en la banda? —preguntó Watson, revisando ahora los objetos sobre la repisa de la chimenea—. Me parece un riesgo excesivo.

—Pero no innecesario —declaró Holmes con firmeza.

Watson frunció los labios y parecía a punto de discutir cuando reparó en las entradas que Holmes había dejado allí.

—¡Ah! ¿Son nuestras entradas para esta noche?

Holmes sintió un nudo en la garganta.

—Sí, lo son.

—Estoy ansioso por ver la actuación. —Watson volvió a dejar las entradas sobre la chimenea, echando un último vistazo a la repisa con aire consternado—. ¡Vaya!

—¿Qué ocurre? —preguntó Holmes con una preocupación casi exagerada.

—No encuentro mi reloj. ¿Lo ha visto?

—No, creo que no.

—Hmm, quizá la señora Hudson sepa dónde está.

—¡Watson, espere! —exclamó Holmes. Sabía con toda certeza, de un modo que no podía explicar, que si Watson salía de la habitación ya no volvería. Costara lo que costara, Holmes debía retenerlo allí—. Le ayudaré a buscarlo en un momento, pero ahora debo hacerle una pregunta.

Watson se detuvo en el umbral.

—¿De qué se trata, Holmes?

—Si usted me escribiera una carta, ¿dónde la escondería?

—¿Por qué habría de esconderla?

—Por si contuviera un secreto o fuera personal.

Watson frunció el ceño.

—No creo haber escrito nunca algo así.

Holmes comenzó a desesperarse. El instinto le decía que se le acababa el tiempo.

—Sí, pero ¿y si tuviera que hacerlo?

Watson pareció considerar la idea un poco más.

—Puede que en mi habitación. Vayamos a ver.

—¡Watson, deténgase! —gritó Holmes.

Pero Watson ya había salido y, tal como temía, en el momento en que intentó levantarse, comenzó a parpadear furiosamente, recostado en su silla.

En algún momento de su vigilia se había quedado dormido. Sencillamente, su cuerpo había sucumbido al estrés y lo había soñado. Todo había sido un sueño. Pero ¿entonces…?

Vio la bandeja del té sobre la mesita del café. Tocó la tetera y la sintió aún caliente. Se levantó al instante al escuchar unos pasos en el rellano. ¿Sería posible?

Tobias Gregson nunca había visto una expresión tan peculiar en un hombre. Nada más entrar en la habitación, fue inmediatamente interceptado por la intensa pero vacía mirada del detective. Había en ella algo más horrible y amenazador que si hubiera estado llena de rabia. Al menos uno sabía de dónde procedía la rabia, un ser humano desbordado por pasiones desenfrenadas, algo familiar y conocido, pero los ojos de Holmes eran fríos y no había en ellos nada que otro ser humano pudiera reconocer.

—Gregson.

La cadencia con la que pronunció su nombre sonó extraña, como si Holmes hubiera querido decir algo completamente distinto. Holmes volvió a hundirse en su silla y giró el rostro hacia la ventana. Sus ojos parecían amortiguar la luz que caía sobre su perfil.

—¿Tendría la bondad de salir un momento? Me gustaría estar solo mientras me aseo. —Holmes encendió un cigarrillo y señaló con él la perturbadora vajilla de porcelana—. Y llévese con usted esa bandeja antes de que la tire por la ventana.

Gregson inclinó ligeramente la cabeza.

—Tómese su tiempo, señor Holmes.

La indignación relampagueó en el semblante del hombre.

—No necesito más tiempo que el necesario para cambiarme de ropa. No suponga que mi petición significaba otra cosa.

—No lo he hecho. Mi comentario se refería a su apariencia, no a su estado emocional —respondió Gregson con voz lenta, recogiendo la bandeja.

—Me alegra oírlo.

—Estoy seguro de ello —repuso Gregson mansamente mientras salía de la habitación.

En la escalera se encontró con Hopkins, que se acercó a él de inmediato.

—¿Cómo está? ¿Se encuentra bien? Lestrade dijo…

—No come y se comporta como si tuviera un palo metido en el culo.

La sorpresa que Hopkins mostró ante su valoración parecía genuina. Gregson suspiró para sí. Aunque tenían el mismo rango, la experiencia y la edad los hacían muy distintos. Hopkins acababa de obtener su ascenso y era al menos quince años más joven que él. Eso suponía una diferencia considerable. En aquel trabajo rara vez se conocía a gente decente. Hopkins aún deseaba creer en la humanidad. Gregson tenía muy poca paciencia con ella.

—Podremos volver a entrar cuando hayamos tomado el té. Vamos.

Cuando regresaron, Holmes lucía una vez más su impecablemente pulcra e inmaculada apariencia. Ahora se encontraba de pie, aún fumando, mirando al vacío, pero aun así escrutándolo, como si su actividad mental se hubiera trasladado al espacio que le rodeaba y buscara algo tangible que otorgara a sus ojos un correcto funcionamiento. Los saludó de manera profesional, aunque con su acostumbrada dosis de irritación por su presencia. Parecía perfectamente normal, salvo por el hecho de que no se hallaba en absoluto en circunstancias normales.

Los puentes, pensó Gregson, se han de quemar cuando se cruzan, no antes. Así que siguió el ejemplo de Holmes y mantuvo el tono de su voz a un nivel tolerablemente formal.

—Lestrade nos comunicó que a usted le gustaría hablar con algunos de los agentes presentes la noche en que murió el doctor Watson. Le hemos llamado varias veces durante los tres últimos días, pero, al parecer, ha estado usted ausente en cada ocasión.

—Últimamente he estado distraído, por no mencionar mis obvios motivos para ignorar muchas de mis llamadas —dijo Holmes con cierta acritud.

—No tendrá que preocuparse por futuras intrusiones, señor Holmes. El inspector Gregson y yo hemos advertido a periodistas y reporteros sobre el acoso. Es horrible la forma en que han estado molestándole por lo de… de… —Hopkins titubeó un poco, buscando torpemente un modo de eludir el tema, pero descubrió que no había forma concebible de evitarlo—…el accidente y, bueno, la muerte del doctor y todo eso.

Hopkins, ingenuo y con la falta de perspicacia de la juventud, interpretó el silencio de Holmes como un arrebato emocional y prosiguió:

—Esa noche todos disfrutábamos inmensamente, jugando a las cartas y apostando. Nunca se me pasó por la imaginación que pudiera ocurrir algo así. El doctor Watson llevaba una racha pésima, pero parecía pensar que era un pequeño sacrificio a cambio de esa excelente velada. Se retiró de la partida declarando que le habíamos desplumado, pero yo vi un par de coronas entre sus cosas cuando registramos su habitación. Debía poseer un gran autocontrol para no dejarse dominar por un vicio tan común.

—El doctor tenía muchas virtudes, aunque en este caso tenía menos que ver con la superación de un vicio que con sus inquebrantables principios. —Holmes aspiró una generosa cantidad de humo antes de lanzar el cigarrillo casi intacto a la chimenea—. Las coronas y el chelín extras se los di yo. Los deslicé en su cartera mientras estábamos en el coche después de que él dijera que andaba escaso de fondos. Sin duda, dedujo lo que yo había hecho y se abstuvo de gastar un dinero que sentía que no le pertenecía.

—¿No se dio cuenta en el coche? —preguntó Hopkins.

—Soy un experto carterista, y aunque el objetivo sea diferente, las habilidades son las mismas.

—Muy generoso por su parte —dijo Hopkins.

—En absoluto, teniendo en cuenta que Watson ha tenido a bien dejarme más dinero tras su muerte del que yo nunca pretendí prestarle.

—Todo un gesto por parte de él. Yo no habría esperado menos.

Hopkins quería seguir con el tema, pero Gregson lo interrumpió con un carraspeo poco sutil mientras le lanzaba una clara mirada de advertencia.

—No sé muy bien qué información podremos proporcionarle a estas alturas, señor Holmes, pero estaríamos encantados de ayudarle.

Holmes mostró entonces una atención repentina, algo que Hopkins había sido incapaz de despertar en él.

—No, pueden serme de gran ayuda. Deben describirme con todo lujo de detalles el aspecto y comportamiento de algunos de los empleados que trabajaban allí. En especial, los que tuvieron contacto con Watson esa noche.

Hopkins comenzó a enumerar obedientemente a los hombres en cuestión.

—Pues serían el portero, el camarero, el repartidor de cartas, quizá el mayordomo, Seppings, y también estaba el gerente, pero no vi…

Gregson volvió a interrumpirlo.

—Los porteros no me resultaron desconocidos. El más alto, el de mandíbula cuadrada y cabello oscuro, se llama Jack. El otro, el que estaba enfermo, es un tipo mitad irlandés al que le faltan dos dientes. El nombre del camarero es Tom Mallory, un veterano caballero con el pelo completamente gris, delgado como un galgo. El mayordomo, Seppings, es bajo y fornido, con la complexión de un oso y la cara chata. Todos llevan trabajando en el club desde su inauguración.

—No estoy buscando a un personaje turbio que obviamente fuera un sicario. Busco a alguien bien integrado en el sistema.

Hopkins aún parecía consternado por el rumbo que había tomado la conversación, pero se esforzó por seguir ofreciendo toda la ayuda posible.

—El repartidor de cartas era pelirrojo. Era joven, quizá sólo uno o dos años mayor que yo, y tenía una cicatriz en el dorso de la mano izquierda.

—He hablado con el gerente. ¿Qué hay del hombre que vino a buscar un médico cuando el señor Collins se puso enfermo?

—Estatura mediana, pálido, de piel olivácea, gafas redondas, más o menos calvo, salvo por lo poco que le queda en las sienes —respondió Gregson.

Holmes se envaró.

—¿Su nombre?

—Bryce.

Holmes esbozó una sonrisa exultante.

—Es nuestro hombre. Alexander Bryce es miembro de la Cara Oculta.

—¿Está seguro de su información?

—Por supuesto.

Una vez más, Holmes comenzó a pasearse por la estancia con paso enérgico y las manos firmemente unidas tras la espalda.

—Señor Holmes, si necesita algo o a alguien con quien hablar… —ofreció Hopkins, pero Gregson lo sujetó por la muñeca para atraer su atención y meneó la cabeza.

—No, muchacho —susurró.

—¿Por qué?

—No quiere su lástima.

—No era lástima lo que le ofrecía —replicó Hopkins con vehemencia.

Gregson suspiró.

—Tampoco quiere eso. Sólo quiere poder trabajar en este caso. Necesita mantener su mente ocupada.

—No creo que ésa sea una forma beneficiosa de cerrar heridas.

—Lo sé —respondió Gregson sombríamente—, pero cada uno se las apaña como puede. ¿Por qué no va a buscar nuestros sombreros? Creo que estamos a punto de marcharnos.

Hopkins salió en silencio, reflexionando en que los años que Gregson llevaba en el cuerpo le habían proporcionado una dolorosa experiencia. Hopkins era aún demasiado novato para haber perdido a un compañero, a un amigo. Los hombres del Yard eran un grupo duro y Gregson había visto todas las formas del dolor. Unos se resignaban; otros se volcaban en el trabajo y se hacían más fuertes; otros se consumían.

—¿Hay algo más que podamos hacer por usted, señor Holmes? —preguntó Gregson.

Holmes había interrumpido su paseo y contemplaba algo sobre la repisa de la chimenea. En un abrir y cerrar de ojos, cogió las entradas, las despedazó y las arrojó al hogar vacío, donde servirían de combustible para un futuro fuego, sin que su expresión mostrase la menor alteración. Gregson lo observaba con serena imparcialidad.

—No, eso es todo. Gracias por su ayuda, inspector.

Gregson asintió.

—Bien, ahora que hemos aclarado eso, voy a decirle unas cuantas cosas que sin duda no querrá oír. Aun así, voy a decírselas y usted va a escuchar.

Holmes lo miró, alzando apenas sus nobles cejas.

—Le conozco lo suficiente para saber que no es usted una máquina, ni mucho menos —dijo Gregson, ignorando la idea de que probablemente habría dejado a Hopkins boqueando como un pez fuera del agua si hubiera estado allí para escucharlo—. He visto su repugnancia ante los despreciables crímenes que la gente comete contra sus semejantes, su placer al sorprender a sus presas, su excitación ante la perspectiva de un misterio, su preocupación por la seguridad de su amigo. Usted siente, señor Holmes, y ahora mismo debe de estar sintiendo intensamente, pero es obvio que recurre a la fortaleza de su mente superior para controlar todas esas incómodas emociones. Créame, ese gélido control que está empleando para seguir en funcionamiento se volverá en su contra. Cuando uno entierra así las emociones, sólo las empeora, las hace más fuertes, porque las está enterrando vivas. Y eso no les gusta, y un día se asegurarán de que a usted tampoco le guste. Necesita una válvula de escape, y si no puede ser Watson, tendrá que ser alguien más.

—No hay nadie más —dijo Holmes con amargura.

En ese momento volvió Hopkins y le tendió a Gregson su sombrero, ajeno a la tensión entre ambos hombres. Gregson emprendió la retirada, pero Hopkins vaciló y se quedó mirando al ceñudo detective.

—Yo, eh… —Hopkins se balanceó nerviosamente sobre sus pies, ignorando la impaciente mirada de Gregson—. Me preguntaba si ya habría comido hoy.

—¿Por qué? —inquirió Holmes como si realmente dudara del propósito de tal acto.

—Bueno, Gregson y yo íbamos a ir a almorzar al Simpson y yo, hum, me preguntaba si a usted le gustaría venir.

Gregson soltó una risita ante la expresión genuinamente sorprendida de Holmes.

—Parece que estaba usted equivocado después de todo, señor Holmes.

—Sí, es posible —respondió Holmes, pensativo—. Gracias por la invitación, inspector Hopkins, pero me temo que debo rechazarla. Tengo asuntos que atender.

—Ah, sí, por supuesto —contestó Hopkins con torpeza, sin saber que, a su ingenua manera, había recordado al detective que no estaba tan solo como éste temía.

Gregson condujo al joven fuera de la habitación y, oprimiendo su hombro con ternura, susurró:

—Lo ha hecho bien, Hopkins.

Y cerró la puerta tras de sí.

Holmes miró a su alrededor sin saber qué hacer. Debería estar empleando todos sus esfuerzos en trazar una estrategia consistente con la nueva información que acababa de obtener, pero no tenía ánimos. Después de todo, era una información inútil, a menos que hubiera un modo de utilizarla contando con la confianza de la banda. No había confidentes a los que recurrir ni cabos sueltos que aprovechar.

Sin mencionar que el sueño, por sí solo, había embargado a Holmes de una decepción tan aplastante que apenas se sentía capaz de hacer algo. Había esperado que su subconsciente hubiera despertado algún recuerdo sobre el paradero de la carta, lo cual, a su vez, podría haber servido de pista para encontrarla, pero sólo había servido para acortar considerablemente el sueño. Necesitaba la carta. Holmes sabía que si tan sólo pudiera tener ese pedacito de consuelo, encontraría las fuerzas para cerrar definitivamente el caso.

Holmes salió a toda prisa de la casa y tomó el coche más cercano. Afortunadamente, Watson no había actuado solo cuando redactó los términos de su testamento.

XXX

Holmes se apeó en Pall Mall Street. El domingo era el único día en que podía encontrar a su hermano fuera del Diogenes. Owens, su ayuda de cámara, le abrió la puerta antes de que tuviera oportunidad de llamar.

—¿Señor? —inquirió plácidamente el anciano.

—Me gustaría ver a mi hermano, si no hay inconveniente.

—Lamento informarle, señor, de que mi patrón no puede ser importunado en este momento. Si lo desea, puede usted aguardar en el salón. Con sumo gusto le serviré un tentempié mientras él concluye sus asuntos.

Holmes asintió con gravedad.

—Ya veo. Gracias, querido amigo. Haga el favor de decirle que he venido.

—Así lo haré. Que tenga un buen día, señor.

En cuanto la puerta se hubo cerrado, Holmes rodeó la casa con sigilo y, sin la menor delicadeza, rompió con el bastón el cristal de una ventana y la forzó para colarse. Se estaba sacudiendo la chaqueta cuando Owens entró en el comedor con una escoba y un recogedor.

—Mi señor le verá ahora, señor.

—Qué casualidad. Gracias, Owens.

Subió las escaleras y entró en el estudio, donde encontró a su hermano instalado entre dos enormes pilas gemelas de folios.

—Percibo que escogiste la tercera ventana a la izquierda del comedor —dijo Mycroft a modo de saludo, sin levantar la mirada del montón de documentos que tenía delante—. Gracias por tu elección, Sherlock; eso elimina la necesidad de calcular las dimensiones necesarias para encargar su reemplazo, puesto que rompiste la segunda a la izquierda la última vez que decidiste irrumpir en mi casa.

—Owens dijo que no estabas disponible.

—Owens dijo que esperaras —corrió Mycroft.

—Y, como ya deberías haber comprendido la primera vez que irrumpí en tu casa, no tengo la menor intención de hacerlo —replicó Holmes, irritado—. Rara vez me entrometo en tu vida, así que lo mínimo que puedes hacer es recibirme cuando vengo.

—En esta ocasión toleraré tu infantil comportamiento, puesto que sólo han pasado tres días desde la muerte del doctor —comentó Mycroft con ligereza—. Pareces estar bastante alterado por todo este asunto.

—¡Pues claro que lo estoy! ¿Cómo no voy a estarlo?

Mycroft lanzó un desdeñoso resoplido.

—Estás estresado. ¿De verdad creíste que duraría para siempre?

—¡No, pero sí esperaba que durara al menos un poco más! —dijo Holmes; el humor que había pretendido inyectar a sus palabras sólo hizo que sonaran aún más desesperadas en sus oídos.

—Vamos, ¿de verdad valía la pena todo esto? ¿Acaso creíste prudente permitir que tu felicidad dependiera tanto de otra persona?

Holmes cruzó como un rayo la habitación y se inclinó sobre el escritorio, agarrando a su hermano por las solapas.

—¡Habría dado mi vida por Watson! —gritó, incapaz ya de ocultar el dolor en su voz—. ¿Por qué no mi felicidad?

Soltó bruscamente a su hermano y se sentó, desolado, en una de las sillas que había frente al escritorio. Y si había un brillo sospechoso en sus ojos, Mycroft tuvo la delicadeza de apartar la mirada.

Holmes se pasó una mano temblorosa por la cara.

—Si en tan poca estima tenías al doctor, es muy extraño que pasarais tanto tiempo juntos creando disposiciones para mí en caso de que él muriera. ¿Lo amenazaste para que lo hiciera?

—No, no, él acudió a mí —dijo Mycroft, suavizando su voz—. Disculpa mis palabras. Pretendían ser intencionadamente crueles. Tanto tú como yo tendemos a reprimir nuestras emociones y pensé que podrían ayudarte a desahogarte. Eres el menor, y de niño siempre fuiste el más propenso a los berrinches.

—No es verdad —negó Holmes, beligerante. De no haber sido un hombre adulto, la expresión de su rostro habría podido fácilmente identificarse con un puchero.

—Un argumento convincente, Sherlock, de veras. —Mycroft comenzó a organizar sus papeles, que habían caído de sus ordenadas pilas formando una gran montaña de folios—. En cuanto al doctor, a mí también me gustaba mucho.

—¿Cómo? —dijo Holmes, escéptico—. No habrías podido encontrarlo intelectualmente estimulante y, como sólo trabajasteis juntos una vez, no hubo contacto suficiente entre vosotros para que pudieras apreciar sus otras cualidades.

—Las razones por las que me gustaba el doctor no son tan complejas y numerosas como las tuyas, por supuesto. De hecho, mis motivos son simples: lo apreciaba porque era tu amigo.

Holmes miró a su hermano de manera inquisitiva.

Mycroft suspiró.

—Puede que no me importe lo que hagas con tu vida, Sherlock, pero eso no significa que no desee tu felicidad. El doctor sabía hacerte feliz y era obvio que se trataba de un tipo agradable y leal. Acudió a mí confiando en facilitarte las cosas si alguna vez le ocurría algo.

—Pero no dejó una carta —dijo Holmes con tristeza.

—No —admitió Mycroft—. Le animé a escribir una, pero es posible que lo mataran antes de que pudiera emprender la tarea. Lo siento, Sherlock.

—Ya veo —susurró Holmes—. Si ése es el caso, entonces debería seguir mi camino y dejarte acabar lo que estabas haciendo.

Holmes se levantó para marcharse, pero Mycroft ya había rodeado el escritorio y apoyó una mano en su hombro.

—Espera —rezongó.

Holmes se volvió ligeramente y de pronto se vio engullido por los brazos de su hermano.

—¿Qué…? —jadeó, perplejo.

—Estoy iniciando un abrazo. Estate quieto.

Holmes guardó silencio y, como se sentía estúpido allí parado, levantó los brazos y devolvió el abrazo con torpeza. Mientras asimilaba y catalogaba mentalmente cada aroma que percibía en la chaqueta de su hermano, acabó por relajarse y sólo entonces Mycroft lo soltó.

—Tú… —balbuceó Holmes.

—¿Sí? —inquirió plácidamente Mycroft.

—Tú… deberías plantearte perder algo de peso —soltó Holmes sin pensar mientras se ruborizaba intensamente.

Mycroft puso los ojos en blanco. Ciertamente, los hermanos menores eran la semilla de Satán.

—Y tú deberías comer más. ¿Cuántas comidas te has saltado últimamente? Más de una docena, por lo menos.

—Sólo en tu mundo tres días equivaldrían a más doce comidas perdidas —se mofó Holmes, pero su tono era jocoso.

Mycroft sonrió y regresó a su escritorio. Abrió un cajón y sacó algo.

—Puede que el doctor Watson no te dejara una carta, Sherlock, pero escribió muchas otras cosas.

Mycroft entregó a Holmes una gruesa novela forrada en cuero y una edición de bolsillo, mucho más delgada. Holmes se quedó mirándola sin parpadear. Sus dedos acariciaron dulcemente el familiar título que adornaba la parte superior. Estudio en escarlata. La dejó a un lado con cuidado y cogió la de las tapas de cuero, que, obviamente, había sido impresa hacía poco, pues aún despedía un fuerte olor a tinta. Su título, Obras completas de Sherlock Holmes, por Arthur Conan Doyle.

—Bastante presuntuoso por parte del editor, debo decir —comentó Holmes con escaso entusiasmo mientras echaba un vistazo al interior. Las páginas nuevas crujieron sonoramente. La primera llevaba el mismo título que la cubierta, aunque debajo, en letra más pequeña, rezaba 'Historias originales de John H. Watson, DM', seguido del año de su nacimiento y del actual, que ahora coincidía con el de su muerte.

—Sí, le pedí al doctor Doyle que la convirtiera en una página de dedicatoria. Al fin y al cabo, esto sólo es una copia previa.

—Tan pronto—murmuró Holmes para sí.

—Será un fenómeno de ventas —dijo Mycroft con cierto orgullo—. Recibirás una parte de las ganancias, por supuesto. Parecen bastante atractivas en forma de libro, ¿no estás de acuerdo? Mucho más dignas y menos sensacionalistas que cuando se imprimían en la Strand.

Holmes volvió a dejarla sobre el escritorio, meneando la cabeza.

—Ya las he leído.

—¿Todas? —preguntó Mycroft con énfasis—. Aunque ya lo hayas hecho, esta vez, Sherlock, léelas como si fueran las últimas palabras del doctor Watson. Por una vez, no prestes atención al misterio o a la lógica. Te garantizo que todo lo que Watson quería decirte está ahí, inmortalizado para ti.

Holmes cerró brevemente los ojos, acunó los libros contra su pecho con un brazo, y luego dio a su hermano un fraternal puñetazo en el hombro.

—Gracias.

Al darse la vuelta para marcharse, Mycroft le propinó un afectuoso coscorrón en la cabeza.

—Eso es por la ventana y el chistecito sobre mi peso.

Holmes sonrió débilmente.

—Te la pagaré. Seré un hombre rico cuando esto salga a la venta —dijo, golpeando con los dedos el lomo de la novela—. Por cierto, ¿hay alguna razón en especial para que huelas a narcisos? ¿Alguna novia, quizá?

La expresión de disgusto de Mycroft no resultó irreconocible para un hombre que sabía interpretarla a la perfección.

—Cuando estoy de humor, le pido a mi asistente que coloque jarrones en los despachos. Eran las flores favoritas de mamá, ya lo sabes. Papá se las compraba cada viernes al salir del trabajo.

—No poseo recuerdos personales al respecto —dijo Holmes.

—No, supongo que no —repuso Mycroft con cierta tristeza.

—Pero conservo la bala de Watson en mi museo —concedió Holmes—. Ignoraba que tuvieras tal tendencia al sentimentalismo, hermano mío.

—Imagino que un comentario tan cáustico también podría aplicársete a ti. Llevas su reloj.

—Yo… —Holmes se dio cuenta entonces de que el reloj que llevaba tenía las letras H.W. grabadas en el dorso, pero se las arregló para conservar una vacua máscara de inocencia—…no pude encontrar el mío.

—Lo más probable es que te lo hayas dejado en la mesa del comedor. Te lo habrás quitado para asegurarte de no perder el tiempo comiendo.

Holmes giró sobre sus talones y agitó despreocupadamente una mano sobre su hombro.

Au revoir, mon frère.

À bientôt, petit frère.

No fue hasta que Holmes se encontró a salvo fuera de la casa y en el interior de un coche rumbo a Baker Street, que empezó a frotarse con cautela su aún dolorida cabeza.

—Los hermanos mayores son la semilla de Satán.

Mientras tanto, en su estudio, Mycroft se masajeaba el hombro dolorido al tiempo que contemplaba su cintura con mirada crítica. Lanzó un suspiro.

—Quizá debería volver a practicar boxeo.

XXX

Holmes llegó al 221-B e, ignorando sus notas, soltó la novela de tapas de cuero sobre la mesita y se tumbó en el sofá con Estudio en escarlata. Al principio resultó doloroso leer sobre aquellos breves recuerdos de guerra que habían poblado de pesadillas las noches de su amigo y el desencanto que con tanta claridad había visto en sus ojos cuando se conocieron. Pero era la descripción de ese encuentro lo que Holmes esperaba leer con pavorosa anticipación. Y cuando lo hubo hecho, por primera vez se echó a reír.

—Dios mío, parezco un loco.

"…exclamó batiendo las palmas, tan alborozado como un niño con zapatos nuevos."

"Sus ojos destellaban al hablar; se llevó la mano al corazón e hizo una reverencia, como si recibiera los aplausos de una imaginaria multitud."

—Mi querido Watson, me considero mil veces afortunado porque usted estuviera tan desesperado como para darle una oportunidad al hombre al que describió.

"Lo cierto es que Holmes no era un hombre con el que resultase difícil convivir."

Y Holmes sintió un auténtico alivio al saberlo. Las cinchas que oprimían su pecho comenzaron a aflojarse.

"…confesar lo mucho que este hombre estimulaba mi curiosidad y de qué manera me empeñaba en vencer la reserva que mostraba hacia todo lo que a él concernía."

Holmes recordaba aquellos primeros días que compartieron. A menudo, eso había sido un eufemismo. Cualquier otro habría dejado de darle los buenos días o preguntarle cómo estaba después de verse desairado o ignorado durante más de seis días seguidos, pero Watson había continuado haciéndolo, y no por mera cortesía, sino porque realmente se preocupaba por su grosero y taciturno compañero de piso. Holmes acabó por responderle, pensando que, si lo contentaba, aquel hombre renunciaría a su infernal interrogatorio. Estaba muy equivocado, y, como resultado, Watson supo entonces que Holmes era capaz de responder, lo que significaba que conseguiría sus respuestas con un poco de persistencia. Y Holmes le había contado todos los detalles de su día a día desde entonces.

Pronto dejó la edición de bolsillo y pasó a las obras completas, entreteniéndose en sus casos más importantes. La banda moteada, La corbeta Gloria Scott, El sabueso de los Baskerville… y entonces comprendió que esas historias, al igual que los actuales relatos de misterio, eran un tributo a su amistad. ¿Cómo no lo había visto antes? Supuso que aquí podía aplicarse el viejo adagio: uno no aprecia lo que tiene hasta que lo pierde.

Comenzaba a oscurecer y ya casi había acabado cuando oyó la campanilla de la puerta y un clamor de voces adolescentes ascendió hasta la ventana.

—¡Señor Holmes, sus chicos han venido a verle! —anunció la señora Hudson.

—Hágalos entrar, señora Hudson. ¡Gracias!

Echó un rápido vistazo a las últimas frases de La liga de los pelirrojos antes de colocar el libro en un estante, donde las manos de los chicos, a menudo pegajosas, no pudieran alcanzarlo. Oyó el inconfundible sonido de una tropa de muchachos ansiosos desfilando escaleras arriba. Abrió la puerta de la sala en el mismo momento en que se disponían a entrar.

—Buenas noches, señor Holmes.

—Hola, señor Holmes.

—¡Hola, señor!

Fueron pasando uno tras otro hasta que la sala albergó a más de una docena de sus irregulares de Baker Street. De hecho, estaban todos presentes, lo cual era poco usual.

—¿Qué ocurre, Wiggins? —preguntó Holmes, que, prácticamente, tuvo que vadear aquel mar de chicos para localizar a su líder electo.

—Bueno, señor Holmes, sólo queríamos ofrecerle nuestras, hum… —A Wiggins se le atascó la palabra.

—¿Tristes emociones? —aventuró un chico.

—¿Amargancias?

—¿Góndolas?

—¡Eso! ¡Condolencias! —concluyó Wiggins, triunfante, antes de que su rostro adoptara una expresión triste y sombría—. Por la muerte del doctor Watson. —Se quitó la gorra, gesto que imitó el resto de los chicos—. El doctor siempre fue amable con nosotros. Siempre venía cuando alguno de nosotros se enfermaba y nos daba una moneda más después de que usted nos pagara, así que se nos ocurrió que teníamos que hacer algo en su memoria, como dicen en el periódico, y pensamos que quizá a usted le gustaría venir, ya que era su mejor amigo y todo eso.

Todos los chicos asintieron con solemnidad.

Holmes sintió una punzada de dolor ante la idea de tener que aceptar por fin la muerte de su amigo, y si no hubiera sido por los rapapolvos de Gregson y su hermano, o la invitación a almorzar de Hopkins, o el libro que actualmente residía junto a la colección shakesperiana de Watson, el dolor habría bastado para hacerle declinar la invitación. Así que aceptó la oferta.

—¿Qué se os ha ocurrido?

Wiggins sonrió.

—Bueno, una vez, cuando mi amigo David estaba muy enfermo…

—Pillé la gripe.

—¡Y casi se muere!

—Es verdad —continuó Wiggins, sorteando hábilmente las interrupciones—. Bueno, yo estaba muy preocupado, y, para distraerme, el doctor Watson me enseñó a hacer un barco con una hoja de periódico doblándola con mucho cuidado, y flotaba y todo. Y cuando David se puso mejor, yo lo enseñé a él.

—Y yo enseñé a Lenny —dijo David, señalando a un chico más pequeño que podría ser su hermano.

—Y yo enseñé a Mikey, y Mikey enseñó a Richard, y Richard enseñó a Percy…

—Y así uno tras otro —los interrumpió Wiggins—. Así que, en cierto modo, el doctor Watson nos enseñó a todos, y se nos ocurrió que podríamos hacer un barco cada uno y echarlos a navegar por el Támesis con unas velitas, para que, cuando el doctor los vea desde el cielo, sepa lo bien que se portó con nosotros.

El simbólico significado de la ceremonia de los irregulares impresionó a Holmes. Contempló los sombríos rostros de los muchachitos a los que se les había ofrecido una mano amiga, un hombro sobre el que llorar, una sonrisa de ánimo y las lecciones que enseña la bondad. Pensó en el honor y pensó en Watson.

—Wiggins —dijo suavemente—, ¿podrías enseñarme a hacer uno?

Resultó que los irregulares habían asaltado a un matón del vecindario, repartidor de periódicos del Morning Post, robándole todos sus ejemplares. Pronto la sala de estar quedó cubierta de hojas de periódico descartadas cuando los muchachos iniciaron el delicado proceso de crear sus barcos utilizando las páginas con la foto de la primera plana. La señora Hudson había repartido bocadillos y zumo de naranja recién exprimido entre los chicos y, mientras Holmes seguía absorto las instrucciones de Wiggins, aprovechó la oportunidad para poner un bocadillo en su mano, que él empezó a comer con aire ausente mientras observaba a Wiggins ejecutar sus complejas maniobra con el papel.

—¿Ve? Ahora se dobla el triángulo en forma de rombo y —Wiggins colocó el papel en la posición correcta, con la punta de la lengua asomando entre sus labios— se abre el sombrero y se separan las esquinas con cuidado, hasta ver la parte en forma de taza, y ya está, ¡un barco!

Wiggins expuso su obra con orgullo.

Holmes cogió el objeto y lo estudió desde todos los ángulos, tocando ligeramente aquí y allá. Luego salió de la habitación y regresó con una hoja de papel completamente distinta, pero que llevaba la misma foto. Era la nota de prensa del Meryton, del que el Morning Post había obtenido la foto original. A Watson le había hecho gracia y había comprado un ejemplar en la estación antes de marcharse. Por aquel entonces, Holmes se había mostrado de lo más irritado. Ahora se dejó caer al suelo, cruzó las piernas al "estilo indio" (como habrían dicho sus jóvenes camaradas) y comenzó a hacer su propio barco. Los chicos lo miraron fascinados cuando, en cuestión de segundos y sin un solo error, Holmes elaboró un barco de papel perfectamente diseñado.

—¡Hala, señor Holmes! ¡Yo no pude hacerlo bien ni después de cinco veces! —exclamó Thomas.

—Ni yo —dijo Wiggins—. El doctor Watson tuvo que explicármelo dos veces.

—¿Puede ayudarme con el mío, señor Holmes? —gimoteó uno de los chicos, sosteniendo algo que parecía una taza plana.

—Por supuesto —dijo Holmes, solícito, preparando una nueva hoja para el chico.

Una vez que todos consiguieron una embarcación satisfactoria (aunque algunas hubieran quedado algo torcidas), se alinearon ante la puerta principal para formar su procesión.

—Bien, chicos, ¿lleváis todos vuestras velas?

Varias voces respondieron a coro "Sí, señor" y "Ajá".

—La mía huele a barrita de limón —proclamó Percy con orgullo.

—¿De dónde la sacaste? —inquirió David, entornando los ojos.

—Bueno, la mangué de una ventana.

—¡Eh, se suponía que debíamos comprarlas! —dijo Wiggins, indignado.

—¿Y de dónde sacaste tú la tuya? —preguntó David con obvia suspicacia.

—Se cayó de un carro —repuso Wiggins.

—¡Eso es robar!

—¿Y tú? ¿De dónde la sacaste?

—De mi tía Dahlia.

—¿Te la dio?

—No, no se la pedí.

—¡Pues eso también es robar!

—¿Y la tuya, qué? Ya está medio derretida.

—La cogí en una iglesia.

—¿Robaste en una iglesia?

—Tenían miles. No echarán de menos una velita.

Holmes emitió un sonoro carraspeo, poniendo fin al cruce de acusaciones y admisiones de culpabilidad.

—Yo aún tengo que procurarme una vela—dijo con toda seriedad—, y me parece que, para ir a tono con vosotros y llevar a cabo esta ceremonia de un modo satisfactorio, tendré que robar una.

Catorce pares de ojos se abrieron como platos.

—¡Vamos, comienza el juego! —proclamó Holmes, saliendo a la carrera como un loco, seguido por una marea de adolescentes.

Recorrieron Londres a buen paso y, al llegar al mejor establecimiento de Oxford Street, Holmes situó a los chicos a su alrededor como vigías y comenzó su asalto al lujoso almacén. Sin prisas, echó un vistazo a su selección de velas. Una vez hecha su elección, metió el cilindro de cera en el bolsillo de su chaqueta y volvió a cerrar la puerta con su juego de ganzúas más sencillo. Apenas se dio cuenta de que había estado sonriendo todo el tiempo.

Cuando reanudaron la marcha hacia las orillas del río, Lenny, que era el que más cerca se hallaba de Holmes, lo olisqueó tentativamente y preguntó:

—¿Qué es eso, señor Holmes?

—Se supone que su olor recuerda al de los narcisos —respondió Holmes.

—No sabía que al doctor le gustaran los narcisos.

—Habría encajado con su lado romántico —repuso Holmes, de un modo un tanto críptico en opinión de Lenny.

Al llegar a la ribera, encendieron sus velas y colocaron con cuidado sus barquitos en el agua. Todos flotaban y la corriente los arrastró con rapidez, desperdigando sus luces por el Támesis, confiriendo un brillante resplandor a sus oscuras aguas. Holmes alzó el rostro hacia el cielo y se preguntó si de verdad Watson estaría observándolos.

Wiggins intentó descubrir qué miraba el detective, pero, al ver su expresión, apartó rápidamente la mirada. Emitió una tosecilla.

—Hum, parece que esta noche va a llover.

David le lanzó una mirada perpleja.

—¿Pero qué dices? No hay ni una nube en… ¡auch!

Wiggins propinó un fuerte codazo a su amigo en un intento de hacerle callar, porque, obviamente, David no había visto las dos brillantes gotas de lluvia que habían caído del cielo y aterrizado en el rostro de Holmes, deslizándose lentamente por sus pálidas mejillas hasta llegar a su puntiaguda barbilla y caer al suelo, humedeciendo la áspera arena.

El pequeño Lenny tiró de la manga de Holmes.

—Señor Holmes, tenemos algo más que decirle.

Holmes bajó la mirada y contempló los barquitos desapareciendo en la distancia.

—¿Sí? ¿Qué?

—Yo y David y mi hermano mayor, Bill, vivíamos en un asilo de Westminster hasta que Bill consiguió trabajo como aprendiz de carpintero. Yo y David éramos muy pequeños entonces y Bill tenía un amigo en el asilo. Se llamaba Gregory Jacobson.

Holmes experimentó un ligero escalofrío. Gregory Jacobson era uno de los líderes de la Cara Oculta.

—Su amigo, al que llamaban Jake, debía un montón de dinero por las gachas, pero Bill lo ayudó a escapar. Jake quería que Bill se fuera con él, pero Bill tenía que cuidar de nosotros. Jake le dijo a Bill que si alguna vez lo necesitaba, lo encontraría en Londres. ¿Y sabe qué, señor Holmes?

—¿Qué? —preguntó Holmes, casi sin atreverse a respirar.

Lenny sonrió.

—Usted se parece mucho a Bill.