Había hecho falta una semana entera de preparación, en la que los nervios de Holmes se habían visto sometidos a una constante crispación. Fue arduo, una tortura, incluso, pero Holmes lo soportó, decidido a no sacrificar su sentido común en aras de su arbitrario deseo de infiltrarse en la banda el tiempo suficiente para matar a quien se le cruzara por delante. Quería mucho más que una insípida venganza basada en la violencia. Quería acabar con la Cara Oculta de manera que ninguno de sus miembros lograse escapar y que quienes habían buscado destruirle a través de Watson recibieran su justa dosis de castigo y sufrimiento. Para eso, Holmes necesitaba interpretar su papel a la perfección. Su trampa no podía tener ni una fisura para que nadie pudiera escapar a su venganza.
Observaba a Bill durante el día y por la noche escuchaba las historias del tiempo que había pasado en el asilo de Westminster con Gregory Jacobson. Mientras lo veía trabajar o pasear despreocupadamente por la ciudad, tomaba nota de sus hábitos y preferencias, estilos y estados de ánimo. Durante sus discusiones nocturnas, Holmes imitaba hábilmente sus maneras y expresiones. Bill lo había encontrado desconcertante, y más aún cuando el hombre empezó a responder utilizando su acento y un firme matiz de tenor en lugar de su habitualmente brillante voz de barítono. El jueves Holmes había cambiado de aspecto y comenzado a frecuentar los lugares favoritos de Bill, así como a presentarse en su trabajo entre sus amigos y compañeros.
Había sido bastante sencillo cambiar su apariencia. El hermano de la señora Hudson era ayuda de cámara de un joven caballero y supo cortarle el pelo a Holmes de la manera apropiada. Tampoco entrañó mayor dificultad cortarse el dorso de la mano con una navaja de afeitar y cauterizar parcialmente la herida para simular una antigua cicatriz. Bill y él compartían una estructura facial similar, y aunque la nariz y las cejas de Bill no eran tan severas como las de Holmes, sabía que podía suavizarlas imitando la ingenua sonrisa y la franca expresión de Bill. Ahí residía el mayor reto de Holmes. Nunca había representado a una persona real y descubrió que esconder su personalidad bajo una imitación de la de Bill podía resultar extenuante. Donde él se habría mostrado suspicaz, Bill no habría tenido motivos para hacerlo. En las ocasiones en que Holmes buscaría ocultar sus emociones, Bill las mostraría abiertamente. Bill podía haber cambiado un poco durante los siete años que había estado lejos de Jacobson, pero los hábitos largo tiempo arraigados y las partes esenciales de su personalidad seguían ahí.
Holmes descubrió que contaba con una herramienta aún más admirable que el propio Bill: David y Lenny. Un hombre no está entrenado para percibir sus propias proclividades, sino las de la gente que le rodea, así que los hermanos de Bill eran el jurado perfecto para juzgar la interpretación de Holmes.
—Cuando haga eso, baje un poco la barbilla, señor Holmes.
—Bill mete las manos en los bolsillos, pero puedo notar cómo se frota los dedos cuando está nervioso.
A veces, más útil aún que las observaciones de David era el modo en que Lenny arrugaba la nariz y, con toda la vehemencia de su corta edad, exclamaba:
—¡No, así no! Usted no tiene… Bill no es… ¡Pruebe otra cosa!
Cuando fue capaz de interpretar a la perfección el papel de Bill durante una excursión al estanque de los patos de Regent Park sin que David y Lenny tuvieran que llamarle la atención, envió a los tres hermanos Fitzgerald al norte de Inglaterra con dinero suficiente para ocultarse durante una temporada mientras él seguía ocupándose de las tareas de Bill en la tienda de alfombras hasta que, de manera inexplicable, se encontró injustamente acusado de robo por su patrón y fue despedido en el acto. Entonces comenzó a buscar trabajo en círculos menos respetables, puesto que su única recomendación era un expediente empañado.
Paseó su nombre (por el que ahora respondía con absoluta convicción) por los peores lugares, que en realidad eran los mejores si su intención era armar revuelo. Contó sus penas a los camareros, provocó una pequeña reyerta en los muelles y soportó con paciencia cada segundo que creía estar perdiendo. Por fin, al cabo de cuatro días, la suerte le sonrió: el camarero del Red Clover le señaló a un caballero que quería hablar con él. Holmes se dirigió al rincón más apartado de la taberna, donde un hombre con ropas de jornalero fumaba un puro increíblemente caro.
—Hola, el… um… camarero dijo que tiene trabajo para mí —dijo Holmes, vacilante.
—El mismo Bill de siempre —respondió el hombre, dando una calada al cigarrillo—. Nunca ves una oportunidad cuando llama a tu puerta.
Holmes agrandó los ojos y avanzó un paso para ver mejor el rostro del hombre, reparando en su mandíbula cuadrada y su nariz helénica.
—¿Jake? ¿Eres tú?
El hombre se volvió hacia él y sonrió mostrando los dientes.
—¿Creías que había muerto o qué?
Holmes alzó las manos en un gesto conciliador y meneó la cabeza.
—No, sólo es la sorpresa. Ha pasado mucho tiempo, Jake.
Jacobson le indicó que se sentara.
—No el suficiente, al parecer. Aún atrapado por el sistema, ¿eh?
Holmes frunció el ceño, genuinamente perplejo. Sin duda Jacobson se había informado sobre él.
—Dejé el asilo hace años. Soy carpintero.
—Lo eras —corrigió Jacobson—, y mira dónde has acabado. Te echaron en cuanto pudieron sólo porque el gran jefe lo decidió. Ésa no es forma de vivir, Bill, bajo el pulgar de Bailey el Sanguinario. Da igual quiénes sean o lo que parezcan, son lo que son, lo que son todos. Y todos son como Bailey el Sanguinario.
Holmes se frotó inconscientemente el dorso de la mano. El rostro de Jacobson se ensombreció.
—Menuda pieza. Te obligó a meter la mano en aquella máquina.
—Pudo ser peor. Pude haberla perdido. —Holmes decidió cambiar de tema—. ¿Cómo supiste que perdí el trabajo?
Jacobson apagó el puro en el mostrador.
—Ahora tengo unos cuantos contactos y me enteré de un caso de mala suerte unido a tu nombre. Pregunté por ahí y procuré localizarte. Hace tiempo, Bill, te dije que si alguna vez necesitabas ayuda vinieras a buscarme. Iba en serio, Bill. Tú me ayudaste a huir de aquel lugar, me diste la oportunidad de tener una nueva vida. Me gustaría devolverte el favor. ¿Has oído hablar de la Cara Oculta?
—He oído rumores. —Los ojos de Holmes recorrieron velozmente la taberna y bajó la voz hasta que sólo fue un murmullo—. Un incendio, dicen.
Jacobson sonrió con aire de suficiencia y le dio una palmada en la espalda.
—Atento a todo, como siempre, ¿eh?
Holmes se encogió de hombros, pero en su interior mostraba los dientes en una sonrisa triunfal.
—Nunca se sabe qué información podría resultar útil.
Jacobson asintió.
—Sí, fuimos nosotros, aunque fue algo más que un incendio. Pronto sabrás más.
El tono tan displicente con el que aquel hombre se había referido al asesinato de Watson despertó en Holmes el ardiente deseo de desgarrar su desprotegida garganta, pero lo arrojó al profundo pozo donde enterraba sus emociones desde el comienzo de todo aquel embrollo y lo cubrió bien. No quiso pensar en el momento en que ya no fuera capaz de seguir haciéndolo.
—Escucha, quiero ofrecerte un trabajo. Algo permanente y bien pagado, y donde se te cuidará bien.
—No pienso ir por ahí provocando incendios, Jake —dijo Holmes, cruzando los brazos sobre el mostrador—. No quiero ser parte de eso.
—Tú y tu petulante moralidad —rezongó Jacobson, obviamente contrariado.
Holmes contuvo interiormente la respiración. Sabía que era un riesgo rechazar una oferta tan sincera, pero tenía que jugársela con el descontento inicial de Jacobson para que su interpretación continuara siendo creíble. Bill, que una vez metió la mano en una máquina curtidora por orden de Bailey (uno de los supervisores de planta del asilo que se había ganado la reputación de hacer sangrar a todo el que no cumpliera con sus expectativas y un apodo acorde con ella) para demostrar que ni él ni Jake la habían manipulado, pese a que si hubiera dejado que Jake asumiera la culpa él habría salido indemne, nunca accedería a hacer daño a otras personas. Bill no haría eso y, mientras Holmes siguiera interpretando su papel, él tampoco.
El silencio se alargó dolorosamente durante unos segundos hasta que Jacobson lanzó un bufido y se deshizo del puro con un rápido movimiento.
—No has cambiado nada, Bill.
Una vez más, Holmes se permitió otra exultante sonrisa interior.
Jacobson frunció los labios.
—Oye, todavía cuidas de tus hermanos, ¿no?
—Sí —respondió Holmes—. Ahora están en Coventry, con una prima. Le he estado pagando mensualmente por mantenerlos y darles clases.
—No tienes muchas opciones, Bill. No con una acusación de robo. Comprendo que no quieras entrar en este tipo de negocio, pero ¿y si te ofrezco algo distinto de lo que solemos hacer? ¿Se te dan bien los números?
—Ayudaba al señor Miller a organizar sus libros de contabilidad.
—¿Podrías hacer eso para la Cara Oculta?
Holmes titubeó.
Jacobson desechó sus inexpresados temores con un gesto de la mano.
—No tendrás que blanquear dinero ni nada parecido. Ya tenemos a alguien para eso, pero si pudieras llevar nuestros registros, gastos, importaciones y exportaciones, nuestras cuentas estarían al día y tú tendrías dinero para cuidar de tus hermanos.
—¿Drogas? ¿Armas? —inquirió Holmes con suspicacia.
—Por lo que a ti respecta, los contenedores 873 y 614 transportan treinta y cuatro remesas de nuestras importaciones dominicales. Como podrás imaginar, para algunos de nuestros caballeros esto resulta un poco confuso. Vamos, Bill. ¿Cuánto tiempo seguirá tu prima cuidando de tus hermanos sin pedirte dinero? Quiero ayudarte.
Holmes asintió por fin.
—De acuerdo.
Jacobson le tendió un puro.
—Buena decisión.
XXX
Resultó ser un trabajo sumamente aburrido, o lo habría sido si Holmes no se hubiera dedicado a sabotear progresivamente las finanzas de la Cara Oculta con mortífero cuidado y precisión. Creó libros enteros de información incongruente que los conduciría a la ruina en menos de un mes. No hizo nada tan manifiesto como etiquetar erróneamente las remesas o registrar cantidades incorrectas, pero algunos de sus desgloses de gastos incluían pagos a ciertas personas con un porcentaje de intereses mayor. Además, atribuía a su conveniencia importaciones diferentes a las fechas de exportación, al tiempo que incrementaba las tasas de los sobornos y minutas de unos cuantos jueces y agentes de policía. Y el dinero de la Cara Oculta desapareció tan rápido como los granos de arena en un cedazo.
A Holmes siempre se le dieron bien los puzles. Si a los cinco años los juegos de lógica del periódico ya habían dejado de ser un reto para él, la simplicidad de los libros de registros de la Cara Oculta supuso para Holmes el puzle más básico que jamás había tenido la suerte de encontrar. El sencillo sistema de códigos revelaba exactamente de qué puerto procedía cada artículo, quién lo distribuía y en qué cantidad. Una vez que Holmes descifró el código, sólo tuvo que seguir las líneas de inferencia y deducción que le llevaron a la red de contactos ilegales de la Cara Oculta. No mucho después de aceptar el empleo, ya había reunido pruebas suficientes para condenar a los miembros de la Cara Oculta una docena de veces, y al menos a otras dos bandas, cuatro empresas privadas y dos policías corruptos.
Pero la verdadera labor de Holmes se llevó a cabo en la poco originalmente denominada Cantina. La Cantina era donde los miembros se reunían entre un trabajo y otro para reducir la licorería privada de la banda. Le llevó menos tiempo del que esperaba conocer a la mayor parte de los miembros. Ser amigo de uno de los miembros fundadores bastó para granjearle la aceptación de muchos de ellos. Otros, como Bill, eran el producto de haber crecido en un asilo, y disfrutaban recordando buenos momentos después de embriagarse hasta un punto en el que el dolor ya no podía alcanzarlos. Recibió algún reproche por negarse a tomar parte en los trabajos, pero, en general, fue tarea fácil, hasta que finalmente descubrió quién había sido el responsable del incendio del Highgate.
Habían pasado veintitrés días desde el asesinato de Watson cuando los hombres sacaron el tema mientras se emborrachaban en la Cantina. Holmes detestaba estar allí en tales momentos. Por mucho que odiara a la alta sociedad, odiaba aún más la estupidez, la ignorancia y la inflexibilidad de la gente sin educación. Habían dejado que una infancia difícil envenenara sus ideas y, en lugar de intentar mejorar sus vidas, decidían aferrarse al mundo en el que habían crecido, donde la ambición era la principal motivación y la sociedad, la culpable de su comportamiento. A menudo, Holmes había llegado a sentir piedad por algunos de los criminales a los que había atrapado, almas perdidas sumidas en la desesperación o incluso asesinos que sólo buscaban hacer justicia con aquéllos que creían poder escapar de ella. Pero estos hombres, pensaba Holmes con resentimiento, sólo buscaban nuevas formas de obtener ganancias sin pensar en su procedencia o en iniciar mezquinas rivalidades con otras bandas. Las leyes vigentes en su bello país sólo eran un obstáculo para ellos. Las vidas que destruían valían menos que nada. Holmes, a su vez, los reduciría a la nada.
Fue a última hora de la tarde y él estaba atendiendo la Cantina, como solía hacer muchas noches, cuando los libros lo mantenían despierto. Eso justificaba su presencia allí para escuchar las conversaciones de los demás y congraciarse con ellos lo suficiente para mantener activas sus lenguas. Todo empezó con la mención de su nombre.
—Eh, ¿alguien ha oído algo de Sherlock Holmes últimamente? —preguntó Shuterland, dejando sobre la mesa su vaso de whisky ya vacío.
Holmes estaba demasiado bien entrenado como para levantar la mirada al escuchar su nombre, pero se concentró en la conversación mientras seguía mirando sus libros de contabilidad.
—Nah, yo oí que acabó desquiciado y dejó el negocio —dijo Donald—. Menudo marica. Una simple muerte y se derrumba. Deberíamos haber matado también a su ama de llaves. Quizá se habría colgado.
Sus palabras fueron acogidas por un estridente coro de risas. Donald era una figura importante, casi tan célebre como Jacobson, y dirigía sus operaciones más lucrativas, lo que significaba que cualquier miembro destacado de la Cara Oculta quería gozar de su favor. Holmes ya lo había metido una vez entre rejas por un ingenioso robo en un museo, así que figuraba en los primeros puestos de su lista de personas a las que mutilar si resultaba estar directamente implicado en el asesinato de Watson.
—Pues yo extraño al bueno del doctor —dijo Thomas Thompson, también conocido como Tommy Tom—. Sin sus historias, es mucho más difícil hacer un buen fuego con la Strand porque ya no hay tantas páginas.
Sus risotadas fueron interrumpidas por Shuterland, aporreando la mesa con su vaso vacío.
—Eh, Bill, sé buen chico y sirve unas bebidas, ¿sí? Y ya que estás, únete a nosotros, saca la cabeza de esos libros y deja que crezca algo de pelo en tu barbilla.
Holmes dio las gracias a su buena estrella por aquella oportunidad. Sacó varias botellas de una caja y volvió a llenar los vasos de todos antes de sentarse entre ellos con una pequeña dosis de ginebra. Se echó el pelo sobre los ojos con un gesto bien estudiado y tomó un sorbo sin dejar de escuchar con atención, aunque diera la impresión de estar más interesado en su bebida.
—Me alegra haber tenido al fin la oportunidad de devolvérsela a ese bastardo —dijo Donald—. Si de todos modos íbamos a reducir a cenizas ese agujero de mierda, qué menos que conseguir venganza y reputación al mismo tiempo. Si no fuera por Bryce, yo aún andaría borracho, lamentándome por cómo ese maldito Holmes me arruinó la vida. —Le dio otro lingotazo a su whisky.
—Eh, vuelve a contarnos la historia, Tommy —pidió Shuterland.
—Vale, vale —resolló Tommy entre arcadas de risa embriagada—. Bueno, yo y Roland tuvimos que bajar al sótano a aporrear la caldera, pero subimos a tiempo de ver a Bryce forcejeando con el doctor para ponerle el trapo en la nariz. Era muy gracioso, parecía estar montando un puto caballo de tanto que se retorcía. Bryce lo arrastró a la habitación principal mientras nosotros vertíamos el queroseno y encendíamos las cerillas. Puede que Bryce sea un bastardo insulso, pero no habríamos podido hacerlo si él no hubiera trabajado en el Highgate y supiera que el doctor iba a estar allí.
Holmes sintió el zumbido de la sangre en sus oídos, pero permaneció en silencio.
—Y para rematar la faena, a Bryce se le ocurrió mandarle esa nota a Holmes. ¡Eso fue impagable!
Tommy Tom no tenía ni idea de que acababa de firmar su sentencia de muerte ni de que había hecho lo mismo con otros dos compañeros, pero la persona que ahora encabezaba la lista de Holmes era Alexander Bryce.
Y sabía exactamente dónde encontrarlo.
XXX
Esta vez, a Holmes le resultó sencillo ser paciente mientras aguardaba en silencio a que Bryce pasara por el callejón. Cada paso lo acercaba más a él, y en el momento en que lo tuvo a la vista, Holmes le asestó una fuerte patada en la rodilla. Bryce cayó al suelo con un grito ahogado. Su capacidad de andar quedó instantáneamente anulada, lo que hizo la huida aún menos probable. Bryce intentó alcanzar su pistola, pero Holmes sujetó rápidamente su muñeca y, apoyando una mano sobre su codo, aplicó la presión necesaria para quebrar la articulación. El hombre lanzó un grito de agonía cuando sus huesos se doblaron y rompieron.
—¡Basta! ¡¿Qué coño estás haciendo?!
—Voy a matarte.
—¡Ni siquiera te conozco!
Holmes sintió que en sus labios se dibujaba una sonrisa.
—¿En serio? Me enviaste un telegrama, ¿recuerdas?
Holmes echó hacia atrás el pelo que cubría su frente mientras se arrancaba parte de la masilla que suavizaba su nariz y redondeaba sus mejillas. Pero eran sus ojos los que revelaban quién era y las malévolas intenciones a las que, al fin, podía dar rienda suelta para cebarse en el hombre balbuceante que yacía medio encogido en el suelo, intentando protegerse el brazo roto y la pierna lastimada. Holmes se adelantó, recuperó el arma que Bryce había dejado caer y lo apuntó con ella.
—¡ESPERA! —gritó Bryce, agitando su brazo bueno—. ¡Espera, no me mates! ¡Watson está vivo! ¡Puedo llevarte hasta él!
—¿Sabes por qué la tortura no es un método eficaz de interrogación? —preguntó Holmes con voz amable, y Bryce lloriqueó cuando se inclinó sobre él para susurrarle al oído—: Porque la gente dirá cualquier cosa para que pare el dolor.
Con indiferencia y absoluta frialdad, Holmes apuntó a Bryce con el revólver robado y le disparó en un pie. Su alarido retumbó en la noche. Cuando Holmes volvió a apuntar, Bryce comenzó a farfullar con una urgencia dos veces mayor.
—¡No, tú no lo entiendes! Trabajo para alguien más. No querían muerto a Watson. ¡Sólo capturarlo! Todo lo del incendio y la Cara Oculta fue una cortina de humo para ocultar un complot mayor. Envié esa nota siguiendo instrucciones concretas para hacerte creer que lo hizo la Cara Oculta. Mis colegas se llevaron al auténtico Watson. Yo mismo coloqué el cuerpo falso. ¡Si paras, te llevaré a donde está!
Holmes tiró el arma y Bryce lanzó un suspiro de alivio. Sólo duró hasta que el detective lo agarró por la camisa y comenzó a arrastrarlo por la dársena en dirección al agua. Cuando estuvieron lo bastante cerca de las batientes olas, Holmes recogió la botella de alcohol que había dejado allí a propósito y vertió su contenido sobre el aún vociferante Bryce. Cuando su cuerpo ardiera, las cenizas desaparecerían en el Támesis. El embarcadero estaba vacío. No había testigos ni pruebas. Bryce seguía gritando por su vida.
Holmes encendió una cerilla.
—¡Te digo la verdad! ¡Está vivo, macho! ¡ESTÁ VIVO!
El fuego consumió el pequeño trozo de madera. Holmes podía sentir el calor en sus dedos.
—No te creo —dijo con voz átona, sus palabras una sola nota sin inflexión.
Dejó caer la cerilla.
Los gritos se hicieron aún más fuertes.
