—¡Mantengan a ese jodido lunático lejos de mí!

—Señor Holmes —dijo Lestrade, pellizcándose ferozmente el puente de la nariz—, ¿le importaría explicar que está pasando aquí exactamente?

—Oh, no sé —comentó Gregson con indiferencia, observando a Bryce lanzarse prácticamente en brazos del agente más cercano, toda una proeza considerando que sólo le quedaba una extremidad sana—, a mí me parece el típico comportamiento de los criminales que el señor Holmes tiene a bien entregarnos.

—Señor Holmes —repitió Lestrade con una voz que amenazaba convertirse en un gruñido.

—Durante el pasado mes estuve trabajando para la Cara Oculta de manera encubierta con objeto de reunir información y las pruebas necesarias para relacionar a la banda con el incendio del Highgate. Le prometo, inspector, que, en cuanto mi investigación llegue a su fin, les proporcionaré los detalles esenciales para que puedan arrestar a sus miembros y meterlos entre rejas con cargos que, misteriosamente, no prosperarán ante un tribunal. La tarea resultará más sencilla cuando la infraestructura central de la Cara Oculta experimente un inminente colapso que la llevará a la ruina absoluta.

»En cuanto al señor Bryce, he conseguido pruebas irrefutables de que tomó parte en el incendio del Highgate con la intención de asesinar al doctor Watson y, como se resistió al arresto, me vi obligado a reducirlo de la forma más violenta. El disparo en el pie fue el resultado de un intenso forcejeo por quitarle el revólver de las manos, y las quemaduras se las hizo al volcar una lámpara sobre un contenedor de alcohol mal sellado que ardió muy cerca de dónde él había caído. Tuve que tirarlo al Támesis para apagarlo.

—Por Dios, hombre, ¿por qué no avisó a un médico? —exclamó Lestrade.

—Por si no se ha dado cuenta, inspector Lestrade, actualmente no dispongo del mío —dijo Holmes con voz tirante—. Por cierto, quiero examinar los restos de Watson. Están en el depósito de la policía, ¿verdad?

Sin esperar respuesta ni permiso, Holmes echó a andar decididamente en dirección al depósito, dejando atrás a Lestrade.

—Señor Holmes, ¿por qué…?

—Deseo verlos —dijo Holmes. Su voz no lo traicionó, pero se mantuvo un paso por delante de Lestrade para evitar que éste viera su rostro.

—¡Señor Holmes! —insistió Lestrade, siguiéndolo al depósito.

No preguntó cómo supo Holmes bajo qué sabana se hallaba el cadáver de su amigo. Holmes titubeó, aferrando en su mano el blanco y prístino sudario.

Lestrade tragó saliva.

—Holmes, ¿es verdad lo que dijo sobre las heridas de Bryce?

—Podría serle franco, inspector. O usted podría olvidar su pregunta. Es usted un aliado respetable, Lestrade. No me gustaría llegar a una situación en la que uno de los dos se vea obligado a mentir.

Lestrade dejó escapar un largo suspiro.

—Al menos está vivo.

—Sí.

—Pero no era eso lo que usted quería.

—Se equivoca. Yo no…—Holmes volvió a clavar los ojos en la sábana—. Yo no esperaba llegar tan lejos.

—Esta vez haré la vista gorda, señor Holmes, y sólo porque el doctor Watson también era mi amigo.

—Gracias, inspector. Es usted… muy amable.

—Espero que Bryce no piense lo mismo.

Holmes habría sonreído, pero en esos momentos no era capaz. Respiró hondo, levantó la sábana y contempló la cosa ennegrecida y resquebrajada que una vez había sido su amigo y que ahora apenas evocaba una forma humana.

Lestrade contuvo la respiración.

—¿Qué ve?

—Nada —respondió Holmes.

¿Qué podía decir? Si se echaba a reír, como deseaba, Lestrade sin duda pensaría que estaba loco y lo encerraría en el manicomio más cercano. Holmes no podía asumir tal riesgo. Tenía trabajo que hacer.

XXX

Sólo se detuvo en el 221-B el tiempo suficiente para recoger un par de cosas de su habitación, y no había recorrido más de una manzana cuando un coche se detuvo junto a él.

—¿Necesita que le lleven, señor? —preguntó el cochero con voz hosca.

Los ojos de Holmes se posaron en el robusto caballero que se hallaba a unos doce pasos a la derecha, parapetado tras un periódico, y luego en los dos que habían estado siguiéndolo a una distancia prudencial desde que salió por la puerta, y que ahora se habían apostado al otro lado de la calle, con las manos en los bolsillos de sus abrigos, algo inusual con un tiempo tan bueno.

Holmes esbozó una sonrisa amistosa.

—Parece que sí. Qué casualidad que pasara por aquí, amigo mío.

El cochero parpadeó, como si no estuviera acostumbrado a recibir tal respuesta, antes de devolverle una renuente sonrisa.

—Oh, sí, claro, señor, claro.

Ni siquiera se molestó en preguntar a Holmes por su destino antes de partir. Fueron hacia West End y luego viraron bruscamente. El cochero dejó a Holmes en la esquina de una calle, por donde no tardó en pasar un carruaje al que Holmes fue subido sin ninguna cortesía por dos hombres que creyeron necesario vendarle los ojos y atarle las muñecas. Holmes percibió al instante que era seda y no bramante. Profesionales, eficientes y silenciosos. Sonrió. Era todo lo que había previsto y esperado.

Holmes se formó una vaga idea de su recorrido, percatándose con indiferencia de que habían desandado dos veces el camino y dado al menos cuatro vueltas antes de llegar a su destino al cabo de treinta y cuatro minutos de viaje. Holmes fue entonces sacado del coche e introducido en un edificio, que identificó como una residencia privada al pasar del caro revestimiento de madera al exótico enmoquetado. Percibió la forma en que se amortiguaba el sonido, como si se distribuyera por toda la estancia, lo que indicaba la presencia de un mobiliario que absorbía el eco y un pasillo de unos dos metros de ancho. Lo hicieron bajar veintidós escalones hasta un sótano o bodega y sentarse en una silla de respaldo recto, donde alguien comenzó a deshacer los esmerados nudos con que habían atado sus muñecas.

Separó los labios y mostró los dientes en un gesto que no era tanto una sonrisa como la silenciosa advertencia de un depredador a su presa. Ni siquiera esperó a que le quitaran la venda de los ojos para empezar a hablar.

—Le saludaría debidamente, pero asumo que me dirijo a alguien que no existe según el registro británico, y cuya banda, a todos los efectos, tampoco existe.

Cuando apartó la venda de su rostro, sus ojos confirmaron lo que sus otros sentidos y su intelecto superior ya le habían revelado. Dos hombres sentados a ambos lados de una mesa en forma de riñón, en una estancia iluminada por una única lámpara incandescente sujeta al techo. El caballero de su izquierda lucía un bigote cuidado, aunque algo anticuado, que parecía ser su único rasgo distintivo. El resto sólo resultaba destacable por no ser destacable en absoluto. El caballero de la derecha estaba en la plenitud de la vida. Su cabello sólo había comenzado a encanecer en las sienes. Tenía una mandíbula fuerte y cuadrada, y unos hombros macizos. Ambos hombres eran atendidos por un par de doncellas, que les servían café a una distancia quizá algo menor de la debida y lucían uniformes un tanto escandalosos.

El caballero de la izquierda tomó un delicado sorbo antes de responder, como si considerara que el café era más digno de su deferencia.

—Su confianza puede confundirse fácilmente con arrogancia, señor Holmes. Le sugiero que se modere. Es una cualidad muy poco atractiva en un invitado.

Los ojos de Holmes centellearon.

—Sólo he aceptado su hospitalidad porque así lo he decidido. Si estoy aquí es en beneficio mutuo. Si desea mi cooperación, no me insulte y, sobre todo, no se le ocurra jugar conmigo.

El hombre de rasgos anodinos adoptó una expresión de cortés curiosidad.

—¿Jugar con usted, señor Holmes? ¿Por qué piensa eso?

—Si usted y los suyos pretenden entablar negociaciones conmigo, no esperará que hable con su mayordomo —dijo Holmes con voz cansina, señalando con la cabeza al caballero de la derecha.

El bigote del hombre se retorció en una especie de sonrisa antes de susurrar unas cuantas instrucciones al hombre que se sentaba al otro lado de la mesa, que se levantó de inmediato, hizo una reverencia y abandonó la habitación. Luego volvió a centrar su atención en Holmes.

—Una pequeña prueba, ya me entiende. No siempre se puede confiar en todo lo que cuenta la Strand, por seductores que sean sus relatos.

Holmes apretó los dientes ante aquella tácita referencia.

El hombre acabó su café.

—¿Puedo preguntarle cómo dedujo que él no era mi socio?

—Por las manchas de limpiador de plata en los guantes que le vi esconder a toda prisa en sus bolsillos. E inferí que, por idénticos motivos de conveniencia, ella —Holmes señaló a la doncella que había estado atendido al mayordomo disfrazado— tampoco es una mujer. Ese particular uniforme de bonne francesa es incapaz de ocultar una nuez de Adán. ¿Ha creído que no sé reconocer maquillaje de escenario y un disfraz cuando los veo, quizá?

La doncella en cuestión lanzó una explosiva carcajada en un glorioso falsete.

—¡Dios, sí que es bueno!

Procedió entonces a arrancarse la cofia y parte de sus excesivas faldas, y se recogió el largo cabello en una cola. A continuación se dejó caer en la silla recientemente desocupada y apoyó sobre la mesa las piernas desnudas. Era esbelto y muy joven, con un atractivo rostro en forma de corazón que le había permitido representar su papel con la misma habilidad que los jóvenes que tradicionalmente frecuentaban los escenarios de principios de siglo. Holmes estimó que el muchacho, si se le podía considerar así, acababa de graduarse en Oxford, si es que no seguía aún allí. ¿Adónde iría a parar el mundo, pensó lúgubremente, si la juventud podía ser captada tan pronto por los círculos internos del crimen organizado?

El chico sonrió abiertamente, como si hubiera adivinado los pensamientos de Holmes. El carmín y colorete le hacían parecer más que un poco loco.

—Oh, no, no, señor Holmes, apenas me han corrompido. Fui yo quien forzó a mi padre a un retiro prematuro. Como hijo suyo, era mi deber continuar con su legado. Estaba perdiendo el juicio, ¿sabe?, y yo debía preservar su visión original.

Holmes decidió que el chico estaba tan perturbado como parecía.

Su contraparte se aclaró la garganta.

—Quizá deberíamos seguir con lo nuestro. A partir de ahora, puede referirse a mí como Jerome, y a mi asociado como Peter.

—Odio Peter —declaró el joven sin más.

Holmes no se molestó en especular al respecto.

—Muy bien, Jerome. ¿Estamos de acuerdo en que ambas partes poseemos algo que la otra desea recuperar?

—Le enseñaré la mía si usted me enseña la suya —canturreó Peter.

Holmes extrajo de su chaleco unos cuantos folios y se los mostró.

—Copias de los registros de la Cara Oculta y del contrato de construcción original del Highgate. Tengo ambos originales a buen recaudo, así que no se molesten en asaltar mi casa de Baker Street mientras estoy aquí con ustedes.

La otra doncella le arrebató los folios y se los entregó a Jerome, que los leyó con detenimiento.

—No, señor Holmes, no empleamos métodos tan poco refinados. Al fin y al cabo, dirigimos una empresa floreciente.

—Ninguna organización consta sólo de dos líderes. No sería democrático. ¿Dónde está el tercer miembro de este grupo? —exigió saber Holmes con inequívoca autoridad.

Los documentos acaparaban aún la atención de Jerome.

—Lamentablemente, nos dejó para emprender sus propios negocios. Aún no lo hemos reemplazado.

—Es muy aburrido sin el viejo profesor —suspiró Peter.

—Bueno, señor Holmes —Jerome reunió los papeles y se los tendió a la doncella, que, en lugar de devolvérselos a Holmes, los hizo desaparecer entre los muchos pliegues de sus faldas—, parece que posee algo con lo que nos interesaría negociar. Pero dígame, no pudo haber reunido toda esta información en el breve espacio de tiempo transcurrido desde su fortuito encuentro con Bryce. ¿Cuándo sospechó que había una tercera parte involucrada?

—Desde que investigué las ruinas del Highgate, aunque la idea no acabó de tomar forma hasta que consulté a una de mis fuentes más fiables.

—Se refiere a su amigo el mercenario del apodo angelical —dijo Jerome, tomando a Holmes por sorpresa—. Sí, estamos al tanto de sus tratos con él, pero siga, por favor.

—Confirmé, por supuesto, que el incendio no había sido producido por causas naturales, pero lo que me pareció más curioso fue el edificio en sí. Vi cañerías que conducían al cuarto de calderas, pero que no estaban conectadas a la red hidráulica principal. Eso, unido al hecho de que la habitación contigua al cuarto de calderas estaba llena de archivos que el fuego devoró, me llevó a pensar que las cañerías eran tan significativas como incongruentes. Fue así como consiguieron despegar, ¿verdad? —Una pregunta retórica, porque Holmes conocía la respuesta tan bien como los diecisiete peldaños que subían hasta su sala de estar—. Highgate siempre había sido conocido por ser frecuentado casi exclusivamente por hombres del Yard, y en eso residía la fuente de la mercancía más codiciada del mundo criminal: la información. ¿Quién contrata al instante a un camarero, un portero y un repartidor de cartas, firmando un contrato de alquiler por el edificio antes incluso de encontrar un gerente? Ni siquiera hacía falta que fuera información que pudiera emplearse para un posible chantaje. Los hombres de Scotland Yard, abnegadamente entregados a su trabajo, apenas hablan de otra cosa incluso en su tiempo libre. Podían obtener el perfil de cada agente, permitiéndoles evaluar quiénes podían ser captados o utilizados. También dispondrían de información inmediata sobre sus casos actuales y su vida personal. Crearon una red con los principales círculos criminales, con información incluida. No sólo disponían de un recurso en constante demanda, sino que además cumplían el doble objetivo de estar al tanto de lo que se cocía en ambos bandos.

»Y cuando se asentaron firmemente en el sistema, donde podían manipularlo todo sin verse comprometidos —continuó Holmes, expresando en su rostro tanto la dosis justa de respeto como una exuberante arrogancia—, tuvieron que eliminar los cabos sueltos.

—Siga, siga, no nos tenga en suspenso —lo instó Peter, prácticamente temblando de emoción—. Bryce tuvo que haberle contado algo, ese desgraciado sin carácter… ¿Qué más ha deducido?

—Su objetivo ha sido siempre cortar todo vínculo con su anterior oficio. No habrían podido encargarle el trabajo a otra banda o contratar un servicio privado sin correr el riesgo de que les relacionasen con ustedes, así que tienen a un topo susurrándole al oído a la Cara Oculta, que encajaba con el modus operandi y tenía un interés personal en atribuirse un asesinato, proporcionándole la información apropiada y permitiendo que les haga el trabajo sucio, sin que en ningún momento deje un rastro que conduzca hasta ustedes.

—Sí, utilizamos efectivamente a la Cara Oculta como peón, pero subestima nuestras tácticas. Hay una pregunta que aún debe formular —dijo Jerome con una voz desconcertantemente suave.

La sonrisa de Peter se ensanchó.

—¿Dónde está Watson?

Holmes sintió que se le helaba hasta la última molécula del cuerpo.

—Oh, sí —asintió Jerome—. Lo tenemos nosotros.

—Lo sé.

El desagrado revoloteó brevemente en el impasible rostro de Jerome.

—Bryce se lo dijo, sin duda.

—No le creí entonces, pero eso me impulsó a examinar personalmente los restos de Watson. ¿Quién era ese desdichado?

Jerome se encogió de hombros con indiferencia.

—Nadie, alguien que encontramos en la calle.

Holmes se sintió impactado por la horrible monstruosidad que anidaba en aquel hombre. Peter podía estar loco, pero ese hombre, que parecía tan común y corriente como cualquiera, que podría pasar desapercibido en la calle, le había disparado dos veces a alguien con un rifle jezail sólo porque convenía a sus planes.

—Las heridas tenían al menos seis meses de antigüedad, tiempo suficiente para que parte del hueso se hubiera soldado, aunque, para ser justos, era un doble pasable —razonó Holmes, procurando mantener un tono lo más cándido posible—. No sé si tenían en nómina al forense o si simplemente pasó por alto ese detalle. En cualquier caso, sus designios debieron requerir una extensa planificación. Ciertamente, hizo falta un gran esfuerzo para fingir la muerte de mi humilde biógrafo.

—En efecto, meses de cuidadosa planificación estropeados por ese idiota de Bryce —gimió Peter con tristeza.

—Watson ha sido nuestra inversión a largo plazo —añadió Jerome—. Funciona mucho mejor con niños, pero así son las cosas.

—¡Oh, imagíneselo, señor Holmes! —exclamó Peter—. Hele ahí, dentro de cinco, seis, quizá diez años, tropezándose con un caso singular. Una cosa conduce a la otra y termina ante nuestra puerta, dispuesto a encerrarnos de una vez por todas. Pero, un momento, ¿qué es esto? ¿Su querido amigo ha vuelto de la tumba? Impagable. ¿Qué otra opción tendría salvo aceptar nuestras condiciones?

—Esencialmente, el mismo dilema al que se enfrenta ahora, aunque mucho antes de lo que habíamos previsto —lo interrumpió Jerome con suavidad.

—¿Cómo sabían que no me retiraría y dejaría Londres para llorar la pérdida de mi amigo? —preguntó Holmes.

Jerome se encogió de hombros.

—Lo habríamos utilizado para extorsionarle de un modo u otro, quizá para influir en su hermano, o para cualquier otra cosa que pudiera deparar el futuro. Como ya hemos dicho, estábamos preparados para mantener retenido a Watson durante un considerable periodo de tiempo. Ah —Jerome se interrumpió al oír cómo se abría la puerta del sótano—, la coordinación de Morgan es de lo más oportuna.

Holmes reconoció los pasos de una de las personas que bajaban las escaleras. Escuchó con todo su ser, casi olvidándose de respirar, mientras dos pares de pies se detenían a menos de un metro de él. No podía moverse, no se atrevía a darse la vuelta y que los hombres que tenía frente a él fueran testigos de su decepción. Había llorado su muerte. Vaya si lo había hecho. Había sufrido muchísimo y sabía que, si ahora se permitía tener esperanzas, no sería capaz de sobrevivir a aquello por segunda vez.

—¿Holmes?

Y entonces se levantó, con una mano aferrada al respaldo de la silla y los ojos clavados en el rostro de su amigo. En un par de zancadas sus delgadas piernas lo dejaron a un par de pulgadas de él. Entonces rodeó su cuello con un brazo y lo envolvió en un rudo abrazo. Una cosa era saber la verdad y otra muy distinta tener una prueba tangible e irrefutable de ella. Está bien escuchar que el sol aleja la oscuridad, pero no es igual que contemplar la aurora.

El contacto duró poco más que un segundo, pero si Watson tenía alguna duda en cuanto a la dimensión del dolor, preocupación o alegría de su amigo, quedó completamente despejada por el modo en que Holmes sostuvo su mirada al apartarse y susurró:

—¿John?

—Estoy bien, Holmes —dijo Watson con voz queda.

Mientras Holmes asimilaba la aparición de su amigo, admitió con reserva que aquello no era un intento de comedimiento por parte de Watson. No llevaba puesta la ropa con la que había salido aquella noche, pero lo que lucía estaba, en su mayor parte, limpio y perfectamente aprovechable. Advirtió que la camisa de Watson estaba arrugada y, en general, presentaba una apariencia mucho más ajada que su chaleco, lo que indicaba que probablemente había dormido con ella. Parecía cansado, no por falta de sueño, pero aun así era obvio que su cautiverio le había pasado factura. Ciertamente, su apariencia no era tan marcial como Holmes la recordaba, y había perdido algo de peso, aunque no mostraba signos de desnutrición ni maltrato de ningún tipo.

Watson le tendió la mano como si buscara crear una atmósfera de normalidad entre ellos, y Holmes, a regañadientes, se la estrechó. Watson intentó transmitirle todo lo que pudo en aquel gesto, desde un "Lo siento" a un "No te preocupes", "Te he echado de menos" y "Estoy aquí". Holmes, que podía leer la culpabilidad en el rostro del mejor de los mentirosos, se dio cuenta de eso con perfecta claridad, y la expresión atormentada que Watson había visto en los ojos de su amigo comenzó a desvanecerse poco a poco.

—Ya basta —dijo Peter, impaciente—. Tenemos asuntos que atender.

—Morgan, una silla para el buen doctor, por favor —dijo Jerome, indicando el espacio vacío donde la mesa formaba un arco—. Por cierto, señor Holmes, si se le ha ocurrido darle algo a su amigo durante este conmovedor encuentro, sepa que Morgan registrará después al doctor y si encuentra algo lo castigará debidamente.

Holmes volvió a su asiento, que se encontraba a sólo siete pasos del que Watson ocupaba ahora.

—Pronto será liberado. Si le hubiera dado algo, habría sido un libro. Dudo que sus aposentos dispongan de algo más que de lo imprescindible para la supervivencia. Es una tortura cruel para un hombre instruido verse forzado a permanecer inactivo.

—No se preocupe, Holmes. Al menos mi celda es un poco mejor que esta habitación, aunque comparte algunas encantadoras similitudes, y mis días no son tan penosos. Cuando no estoy absorto contando las motas de polvo, en mi tiempo libre contemplo la inalterable salida del sol o cuento las campanadas —comentó Watson con frialdad.

La voz de Watson sonaba algo ronca, y a Holmes no le habría sorprendido que ésta fuera la charla más larga que Watson había mantenido desde su reclusión. Durante su breve contacto, Holmes había visto en su rostro una desesperada necesidad, y era consciente de que la soledad podía devorar a cualquier hombre. Si a eso se sumaba la ausencia de estímulos de cualquier tipo, Holmes no habría culpado a Watson por haberse vuelto medio loco a esas alturas.

—¿Le han hecho daño? —preguntó.

—No, mi pierna ha hecho de las suyas pese a la falta de espacio para andar, pero creo que puede haberse debido a mi preocupación por usted.

Holmes asintió antes de volver a centrar su atención en Jerome y su colega.

—Muy bien, ustedes tienen a Watson y yo tengo todas las pruebas necesarias para relacionarles con más de una docena de crímenes. Mi infiltración en la Cara Oculta no fue infructuosa, como ven. Estoy seguro de poder demostrar su implicación en varios casos que han quedado sin resolver durante los últimos siete años, más o menos. Les doy mi palabra de que lo destruiré todo y, aunque no puedo prometer que dejaré de perseguirles, tengan por seguro que dicha información nunca llegará a manos de la policía. A cambio, liberarán a Watson.

—Ni hablar, qué plan tan horrible —dijo Peter—. Tengo una sugerencia mejor. Usted destruye las pruebas y, para garantizar la continuidad de nuestras actividades, conservaremos a Watson y dejaremos que le visite, digamos —se toqueteó el mentón, considerándolo—, el tercer domingo de cada mes y en vacaciones, excepto en Navidad.

—No, liberen a Watson o no hay trato.

Jerome lanzó un suspiro de impaciencia.

—Olvida, señor Holmes, que aunque usted tenga en su poder lo que queremos, sólo puede hacer dos cosas: entregárselo a la policía o conservarlo. Nosotros, sin embargo, tenemos todo un abanico de opciones. Al fin y al cabo, hay una amplia gama entre la vida y la muerte de Watson.

Jerome se levantó y rodeó la mesa en dirección a Watson, que lo observó con desconfianza.

—Por ejemplo, podríamos dejarle sin comida, sin agua, sin cama —Un cuchillo se materializó en su mano mientras enumeraba las comodidades de Watson como si fueran artículos en la lista de la compra—, sin ropa, sin dignidad. Incluso podríamos dejarle sin unos cuantos miembros, aunque tendríamos que seccionarlos en distintas ocasiones. Algunos hombres no sobreviven al trauma.

—Podríamos torturarlo. Podríamos hacerle daño —dijo Peter con los ojos brillantes—. Cada día suplicaría, gritaría y lloraría. Cada día, algo nuevo.

—Y cuando eso se volviera un fastidio, siempre podemos matarle y enviar su cabeza a Baker Street. Preferimos trabajar en un anonimato absoluto, pero eso podría cambiar si nos vemos obligados. Así que ya ve, Holmes, puede que usted tenga un plan mejor, pero nosotros tenemos la pieza más importante. Esto nunca fue tanto una negociación como un ultimátum. Haga lo que le decimos y no desapareceremos entre los pecaminosos senos de la sociedad llevándonos a su queridísimo amigo y compañero. ¿Cuál es su respuesta, señor Holmes?

Holmes observó a su amigo, que, a estas alturas, más que asustado, sólo parecía encolerizado por su papel como instrumento para coaccionarle. Watson lo miró y movió la cabeza de un modo casi imperceptible. Holmes frunció el ceño y bajó la mirada.

Jerome suspiró.

—¿De verdad tengo que hacerle una demostración?

Se pasó el cuchillo a la mano derecha y avanzó un paso.

—¡No! —gritó Holmes, perdiendo el control habitual de su voz—. Acepto sus condiciones. Les entregaré todas las pruebas en veinticuatro horas y eliminaré todos mis registros personales sobre el asunto.

—No habrá hablado con alguno de sus amigos policías, ¿verdad? —preguntó Jerome.

—No, no podía arriesgarme antes de tener pruebas de que estaba vivo —declaró sombríamente Holmes.

—Muy bien.

Sin previo aviso, el cuchillo hizo un movimiento fulgurante, trazó una línea en el brazo de Watson y luego se hundió bruscamente en su hombro hasta la empuñadura, que sobresalió, casi paralela al cuello, de manera nauseabunda. Watson hizo un formidable esfuerzo por ahogar un grito de sorpresa y dolor.

Holmes se levantó al instante.

—¡He aceptado, maldita sea!

—Sólo le recuerdo quién manda aquí, señor Holmes. Quizá esto atempere su arrogancia. Morgan, por favor, acompaña al señor Holmes fuera de aquí.

Holmes fue obligado a marcharse entre las dementes carcajadas de Peter y los jadeos contenidos de Watson.

XXX

Horas después, en lugar de encontrarse en el 221-B ante una hoguera de papeles que garantizaría la integridad física de Watson, Holmes se hallaba sentado en un reservado del Steer & Stine.

—¿Qué quiere ahora, señor Holmes? —preguntó Forcas, soltando una bocanada de humo—. ¿Quiere pedirme otro favor?

—Me gustaría contratar tus servicios.

Forcas alzó las cejas, sorprendido.

—Ya veo. Pero lamento decirle que mis servicios le costarían más que los favores que aún le debo.

—No me has entendido —dijo Holmes, poniendo una voluminosa bolsa delante del hombre; el tintineo de varios cientos de monedas y el golpe seco de los billetes sobre la mesa era inconfundible—. Pretendo pagar tus honorarios completos.

Forcas atrajo la bolsa hacia sí, palpando sus cordones con expresión perpleja.

—El necio da rienda suelta a su rabia, pero el sabio sabe dominarla. Ciertamente, la venganza es un plato que se sirve frío.

Holmes sonrió.

—El deseo cumplido regocija el alma.

Forcas levantó su vaso.

—Por mi nuevo patrón.

Bebieron y trazaron sus planes.

Por la noche, todo habría acabado.

La venganza siempre es más dulce cuando se sirve fría.