—Apenas puedo creerlo —dijo Hopkins, observando a Holmes alejarse de Baker Street con los inspectores Gregson y Lestrade desde una de las ventanas de la sala de estar.

Watson también lo miraba con una emoción indescifrable en su rostro.

—Aunque ése no fue su único error, era todo lo que hacía falta para provocar su caída. No es aconsejable subestimar a Sherlock Holmes.

—Pero lo que hizo… —Hopkins se interrumpió.

Watson sonrió sin dejar de contemplar la figura de su amigo desde la ventana.

—¿No creía que fuera capaz de eso, inspector Hopkins?

Hopkins meneó la cabeza.

—No, lo cierto es que no.

—No seré yo quien se queje. Al fin y al cabo, soy el más beneficiado. Siempre le estaré agradecido. No soy un hombre religioso, pero he llevado una vida recta aunque en mis oraciones haya primado el bienestar de mis pacientes sobre la gratitud. —Watson hizo una breve pausa, pensativo—. Pero, por más que lo intento, no logro imaginar qué he hecho para merecer una amistad tan profunda como la que Holmes me profesa. O he sido bendecido o tengo una suerte poco común.

Hopkins estaba sorprendido por la franqueza con la que hablaba Watson. Lo cierto era que el último mes había sido un infierno para ambos.

Antes de subir al coche, Holmes alzó la vista hacia la ventana de la sala de estar y sonrió. Era una sonrisa de triunfo que no lamentaba nada.

XXX

Ocho horas antes…

—Comprende que, después de esto, no habrá marcha atrás, ¿verdad? —murmuró Forcas, apoyado en el tronco de un árbol. Su ropa oscura se fundía entre las sombras, salvaguardándole de la luz de la luna. Su mano diestra había sacado una pistola de su cintura. Al hablar, gesticulaba despreocupadamente con ella, como si fuera un simple cigarrillo en lugar de un arma.

Holmes imitaba vagamente su postura, aunque con los brazos cruzados sobre el pecho y una pierna apoyada contra el tronco. Parecía más aburrido que relajado.

—Como hace ya más de once minutos que has enviado a tus hombres a completar la primera fase de esta operación, debo darte la razón. El tiempo posee la inconveniente cualidad de ser lineal.

—No me refería a eso.

—No, pero no tiene sentido a responder a tu verdadera pregunta.

—La verdad es dura, ¿eh?

—No saques conclusiones —dijo Holmes, irritado.

Forcas alzó los ojos al cielo iluminado por la luna y sonrió de un modo abstracto.

—Cuando un chico hambriento roba una manzana para su madre enferma, se dice a sí mismo que es necesario, que no hay otra manera, y estaría en lo cierto. Pero, al cabo de unos días, inevitablemente necesitará alguna otra cosa esencial, y luego otra. ¿Dónde está la línea entre robar por necesidad y ser un delincuente? Uno puede acabar en un callejón sin salida.

—Entonces debo dar gracias por no haber llegado aún a ese extremo.

—Muy bien, señor Holmes, usted sabrá.

Holmes cruzó los brazos con más fuerza, molesto.

—No me estás dando la razón. Sólo me sigues la corriente.

—En este negocio tenemos un dicho, señor Holmes, y es que el cliente siempre tiene la razón. Si usted dice que aún no ha iniciado su depravado descenso al mundo criminal, ¿quién soy yo para contradecirle?

—Al menos, concédeme el crédito que le darías a un buen conocedor del mundo criminal en lugar de a un simple cliente cuando digo que esta situación es sólo un hecho puntual. No volverá a repetirse mientras viva.

Forcas asintió, aburrido.

—Lo que usted diga, señor Holmes.

Holmes tenía la intención de prolongar la discusión cuando, de pronto, alguien se materializó entre los árboles. El hombre era más alto que él y que Forcas, aunque poseía un rostro suave y delgado que sugería que era más joven que ambos. Por lo que Holmes había observado, era tan parco en palabras como en movimientos, y no parecía albergar ningún tipo de energía. Se expresaba sin entusiasmo, lo cual resultaba novedoso en comparación con la excesivamente ferviente naturaleza de otros miembros de su gremio. No proyectaba la imagen de un individuo hastiado del mundo o por encima de él. No poseía la fría profesionalidad de Jerome, pero parecía decidido a llevar a cabo su labor con la mayor eficiencia posible, sin importar cuál fuera.

Intercambió algunas palabras casi inaudibles con Forcas, que le respondió en voz un poco más alta que reuniera a los otros, antes de saludar cortésmente a Holmes con la cabeza y desaparecer una vez más.

—Eli dice que Rusham está al caer. ¿Preparado para dar su primer paso hacia el infierno, señor Holmes?

Holmes no contestó. Se limitó a lanzar una intensa mirada al hombre acicalado y musculoso que tenía frente a él, evaluándolo con todo el peso de su considerable intelecto.

—¿Qué edad tenías cuando tu padre trajo a Elijah a casa para que tu madre se ocupara del fruto de uno de sus muchos devaneos?

Los ojos de Forcas centellearon.

—¿Cómo ha…?

—Ambos padecéis daltonismo, incapacidad para distinguir los colores, aunque los dos lo sufrís de forma distinta. ¿Me equivoco?

Forcas se apartó del árbol. Aún sostenía relajadamente el arma, pero se las arregló para proyectar un aspecto amenazador.

—Permítame aclararle algo, señor Holmes. Mi madre nunca se ocupó de Eli, y a mi padre le importaba un bledo. Yo cuido de él desde los cinco años.

—Debió ser difícil criar a un niño sin ayuda —comentó Holmes con suavidad.

—Eso me convirtió en lo que soy. —Forcas contempló su revólver con pesar—. Con la vida que llevábamos, me habría hundido en la nada sin Eli. Es más fácil ser más fuerte cuando tienes a alguien por quien velar. Y más sencillo tomar ciertas decisiones cuando no es sólo tu vida la que depende de ello.

—Supongo que te viste obligado a robar muchas manzanas.

—Eso y más. A veces, medicinas, y cosas que vender. Mi madre esperaba que Eli se prostituyera para incrementar nuestros ingresos. Una vez llegué a casa y me encontré a un viejo manoseándolo. Lo había traído mi madre. Por suerte, mi padre, pese a ser un borracho impenitente, tenía más músculos que grasa, y pude despachar al caballero. Tuvo suerte de conservar la capacidad de procrear después de eso.

—¿Y qué habrías hecho si tu madre se hubiera salido con la suya? —preguntó Holmes, alargando las palabras.

—Le habría arrancado las tripas a ese hombre y obligado a mirar cómo se las hacía tragar a mi madre.

—Muy esclarecedor. Y, a menos que una cosa así hubiera ocurrido por segunda vez, ¿en alguna otra ocasión te has sentido inclinado a emplear semejante violencia?

Forcas inclinó la cabeza, relajando ligeramente su postura.

—No.

—Pues ahí lo tienes. Del mismo modo en que tú llegarías a ese extremo si alguien causara un daño irreparable a tu hermano, yo haría algo parecido por Watson. Es un hecho aislado provocado por circunstancias externas. He pasado casi un mes creyendo que mi amigo estaba muerto, y he decidido no especular sobre si puede haber algo más terrible que eso, salvo su muerte real, en cuyo caso nada importaría, porque vivir sin Watson es lo más cercano a vivir sin alma que se me ocurre y, por lo tanto, difícilmente comparable a mancillarla contratando a un equipo de mercenarios.

Forcas se encogió de hombros y apoyó la espalda contra el tronco.

—Me parece justo.

—Faltaría más.

Esperaron varios minutos más antes de que Elijah volviera a reunirse con ellos. Lo acompañaban Caulders, un hombre tan grande como un buey, pero cuyos ojos reflejaban la agudeza de una bestia mucho más inteligente; Brisbee, un yanqui que llevaba un par de pistolas a la cintura, como un auténtico vaquero americano; Pollux, un hombrecillo esbelto con unas manos ansiosas por apoderarse del objeto más cercano o forzar el candado más seguro; y Rusham, que no era una persona sino dos, escalofriantemente parecidas, con la piel oscura y la estatura media de su gente y los ojos profundamente azules de su progenitor, oficial de la marina británica.

—¿Todo listo, caballeros? ¿Rusham?

—Cinco centinelas.

—Cuatro perros.

—La mitad del trabajo —concluyeron al unísono, sin que ningún otro acento empañara su inglés sorprendentemente fluido.

—Muy bien, tenemos trabajo que hacer, caballeros. Pollux, Brisbee, adentro. Rusham, a los lados. Elijah y Caulders, conmigo y Holmes. Vamos.

Brisbee y Pollux echaron a correr hacia la casa con los Rusham, que se separaron hacia ambos flancos. El grupo de Holmes cerraba la retaguardia. La mansión estaba rodeada por una reja alta de hierro forjado en la parte delantera y un grueso muro de ladrillo en la trasera. Se aproximaron a la intersección donde la reja se encontraba con el muro, que el cuarteto a la vanguardia escaló con notoria eficiencia. Brisbee, Pollux y uno de los gemelos siguieron adelante mientras el otro quitaba el cerrojo a la pesada puerta de madera, situada bajo el muro. Aún había cierta distancia hasta la casa, pero Holmes advirtió que uno de los vigilantes yacía tras el murete del jardín y dos de los perros estaban ocultos bajo unas matas de aulaga, todos ellos, aparentemente, como troncos. Holmes se dijo que tenía que preguntar a los gemelos Rusham con qué habían untado exactamente las puntas de sus dardos. Sin duda, una vieja receta transmitida de una generación a otra en las profundidades de la India resultaba más eficaz que la morfina o el cloroformo.

Todas las cortinas de la casa estaban corridas, salvo las de las pocas ventanas que se hallaban sumidas en la oscuridad. Holmes pudo ver que, a pesar de las persianas, varias habitaciones albergaban ocupantes que permanecían despiertos incluso a aquellas horas tan intempestivas. Se arrastraron en silencio hacia la casa, evitando exponerse a la vista de los restantes vigilantes. Era más prudente adoptar la precaución extra de evitarlos que intentar reducirlos a todos y levantar sospechas. No tardaron en estar los cuatro apretados contra la pared más sombría de la casa mientras un Rusham se encaramaba velozmente a las ramas del árbol más próximo. Aguardaron. Cada aliento pareció alargarse una eternidad antes de que el segundo Rusham apareciera corriendo por la esquina de la casa, indicándoles que lo siguieran. Allí, en la parte de atrás de la mansión, al nivel del suelo, había una única ventana rectangular de cristal esmerilado (o quizá excesivamente sucio), protegida por oscuros barrotes de hierro.

Esa noche, la luna brillaba en sus tres cuartas partes y, aunque su resplandor no era tan revelador como si hubiera estado llena, iluminaba todo aquel lado de la casa. Serían descubiertos al instante si alguien daba la voz de alarma. La fecha de la operación no había sido elección suya, así que no estaban trabajando en condiciones óptimas. Sin embargo, eso también había sido innegociable.

Rusham fue a vigilar el otro lado de la casa, y Holmes, Forcas y Caulders se agazaparon bajo la ventana enrejada, mientras Elijah guardaba sus espaldas. Holmes no pudo evitar que una pequeña sonrisa iluminara su rostro al descubrir la pequeña brecha en el lado izquierdo, un trozo de vitral con una mancha oscura que podría no haber sido nada, pero que él sabía que era sangre. Mientras tanto, Caulders dejó en el suelo su saco de arpillera y sacó de él dos herramientas: un cincel enorme y un martillo aún mayor.

—Esto va a hacer mucho ruido —murmuró, apoyando la punta del cincel donde los barrotes se unían a la pared.

—¿No podíais haber reservado una parte de la generosa suma que os pagué para comprar un poco de dinamita? —susurró Holmes.

—Si lo que quería era un alboroto, sí, podríamos haber comprado dinamita —dijo Forcas, apretando los dientes—. Pero usted pagó por un trabajo de precisión y eso es lo que tendrá. Vamos, Caulders.

Caulders levantó el martillo por encima de la cabeza.

Después de eso, ya no habría vuelta atrás. O seguían hasta el fin o morían en el intento.

El martillo descendió. El esfuerzo ponía de relieve los enormes músculos de los brazos de Caulders mientras hacía saltar trozos de yeso y roca sólida. Repitió rápidamente la operación en la esquina opuesta, y luego, más aprisa, en las dos esquinas inferiores. En efecto, hizo mucho ruido, aunque no tanto como el que habría hecho la dinamita, admitió Holmes de mala gana, pero sin duda el suficiente, porque podía oír cierta agitación en el interior de la casa.

Forcas y Caulders cogieron cada uno un lado de la rejilla y tiraron, tensando hombros y espalda al arrancar las rejas de los restos de la pared. Ese particular sonido del metal retorcido chirriando contra la roca desgranada fue lo que terminó de alertar a los habitantes de la casa. En cuestión de segundos, las ventanas se iluminaron sobre sus cabezas y oyeron voces que gritaban.

Una voz en especial llamó la atención de Holmes.

—Holmes, ¿es…? ¡No puede ser!

Cualquier cosa que hubiera ocurrido antes quedó diluida en la transcendencia de ese momento: fue entonces cuando Holmes supo que, o moría fracasando, o llegaba hasta el fin, para volver a ver a Watson en la sala de estar de su casa de Baker Street, donde pertenecía.

La ventana fue arrancada de manera similar, revelando por fin a su amigo. Se encontraba reclinado contra la pared sobre un espartano catre atornillado al suelo, pero en ese momento se enderezó con una expresión de cómica conmoción y absoluta consternación. Cuando se movió, se oyó el sonido metálico de una pesada cadena de hierro al arrastrarse por el suelo y rechinar contra el poste de la cama. El rostro de Watson lucía cardenales que antes no habían estado allí y había sangre en el cuello de su camisa. Holmes habría podido deducir cabalmente la naturaleza de las heridas, pero, mientras se dejaba caer en la diminuta celda del sótano seguido por Elijah, escuchando el sonido de unos pies que corrían en algún lugar más allá de la pesada puerta de madera, consideró que tenía cosas más importantes que hacer.

Se arrodilló en el suelo y cogió cuatro de sus mejores ganzúas, se metió dos en la boca para poder maniobrar mejor y examinó la cerradura de los grilletes que aprisionaban el tobillo de Watson. Lanzó una imprecación con la boca llena al ver que se trataba de una cerradura de tambor de pines y no una de gorja, pero eso no lo tomó por sorpresa y se puso a trabajar de inmediato. Simultáneamente, oyó cómo se abrían los diversos cerrojos y seguros de la puerta de la celda.

Al reemplazar una herramienta por otra, la boca de Holmes quedó libre e inmediatamente preguntó a su amigo:

—Watson, ¿se encuentra muy mal?

—Bastante. Recibí una paliza. Mi pierna está… —Titubeó y, suavemente, apoyó una mano en el hombro de Holmes; el gesto hablaba por sí solo—. No seré capaz de andar, y mucho menos de correr.

El contacto de su mano hizo comprender a Holmes lo que su amigo no se atrevía a decir en voz alta: "Has hecho todo lo que has podido. Gracias. Siento haberte hecho perder el tiempo". La leve tensión de sus dedos sobre el abrigo: "Huye. Por favor."

Pero todo se resumía en un "Déjame" y Holmes no podía hacer eso, como tampoco había podido hacerlo cuando pensaba que Watson estaba muerto. Era demasiado, y Watson lo era todo.

Holmes ignoró la mano de Watson.

—Lo conseguiremos. Y ahora, déjeme trabajar.

La puerta apenas había empezado a abrirse cuando Forcas apuntó con la lánguida gracia que proporciona la práctica y disparó dos veces. Unos gritos resonaron en alguna de las cámaras situadas más allá de la puerta. Se disponía a apuntar de nuevo cuando volvió bruscamente la cabeza al escuchar la llamada triunfal de unas voces enardecidas.

—Dese prisa, maldita sea —gruñó, retirándose ligeramente de la ventana para concentrarse en neutralizar cualquier interferencia exterior.

Dos disparos resonaron en la quietud de la noche.

—¡Por favor, dese cuenta de que no estoy perdiendo el tiempo a propósito! —replicó Holmes airadamente mientras deslizaba un tercer gancho en la cerradura.

Tres hombres irrumpieron en la habitación. El primero fue inmediatamente abatido por un par de hojas gemelas pintadas de negro para ocultar el perverso brillo del acero, lanzadas con experta precisión por Elijah. Las hojas contrapesadas de tres pulgadas se hundieron en el muslo del desdichado, traspasando carne y grasa. Los grilletes de Watson se abrieron en el momento en que otro de los hombres se acercaba. A Holmes, que ya estaba agachado, no le resultó difícil realizar un movimiento de barrido con las piernas y propinarle una fuerte patada en el plexo solar y, a continuación, en la sien, mientras Watson empleaba su cadena, ahora suelta, para golpear al tercer hombre, balanceándola con tanta fuerza como su hombro, dos veces herido, le permitió. La cadena rodeó las costillas y el pecho del hombre antes de que los pesados grilletes impactaran contra su cráneo.

Holmes atrapó al hombre cuando se tambaleaba y lo empujó violentamente contra la pared.

—¡Vamos, Watson!

Pasó inmediatamente un brazo por la cintura de su amigo, lo levantó de la cama y echó a andar con él hacia la ventana, donde Elijah lo ayudó a sostenerlo por el otro lado. Caulders extendió una mano para ayudarlo a subir, pero Holmes meneó la cabeza.

—Tiene un hombro herido.

—Levántelo —murmuró el hombre, indicándole que lo izara.

Tras escasos segundos de deliberación, consistentes en un silencioso intercambio de miradas y gestos de la mano, Holmes y Elijah pasaron simultáneamente las manos bajo las nalgas de Watson y en torno a sus caderas, y lo levantaron del suelo, de manera que su cabeza y sus hombros pasaran a través de la ventana. Las enormes manazas de Caulders lo sujetaron por debajo de los brazos e izaron el resto de su cuerpo fuera del sótano, como si fuera un niño en lugar de un hombre adulto. Forcas, momentáneamente liberado de la misión de defender su posición, extendió una mano para ayudar a salir a los demás.

—¡Vamos, Eli! —ordenó.

Elijah, indeciso, miró la mano de su hermano y luego a Holmes.

—Pero el trabajo…

—Tú eres mi trabajo, siempre lo has sido, hermanito —replicó Forcas, consiguiendo que su voz sonara dura y afectuosa a la vez.

Elijah esbozó una sonrisa sesgada y tomó la mano de su hermano, saliendo rápidamente de la pequeña y sombría celda a la noche iluminada por la luna. Holmes se disponía a hacer lo mismo, ayudado por ambos hermanos, cuando otro sicario, esta vez armado, cruzó la puerta. Una bala en la pantorrilla le hizo perder su precario punto de apoyo en la lisa pared de cemento. Se deslizó hacia abajo, esperando que la herida no fuera tan seria como para incapacitarlo, pero su esperanza quedó truncada cuando la pierna se dobló bajo su peso. Mantuvo las manos en la pared, tensando el cuerpo para apartarse de la trayectoria de una segunda bala, pero el tirador fue prestamente despachado por las pistolas de Brisbee, surgido de las profundidades de la casa para cubrir su retirada. Su ondulado cabello rubio caía desordenadamente sobre su rostro y la excitación teñía de rojo sus mejillas.

—Los británicos seréis muy estirados, pero sabéis cómo divertiros.

Forcas y Caulders agarraron a Holmes por los brazos y la chaqueta.

—No podemos permitirnos ni un retraso —susurró Forcas—. ¡Debemos salir de aquí ya!

Holmes fue sacado más o menos a rastras por la ventana. Brisbee lo siguió poco después con algo más de elegancia. Una vez más, Holmes intentó sostenerse sobre su pierna herida sin mucho éxito, pero Forcas solucionó enseguida el problema levantándolo y echándoselo al hombro sin ceremonias, sin apenas esfuerzo ni lugar para protestas. Con Watson en una posición similar sobre los anchos hombros de Caulders, se batieron en retirada hacia la puerta junto a la cancela.

Un mestizo de lobo imposiblemente grande echó a correr tras ellos, ladrando frenéticamente, antes de ser abatido por un dardo de plumas azules semejante a un colibrí, lanzado desde el árbol del que uno de los Rusham ya se deslizaba para unirse a su alegre excursión. Pollux aguardaba junto a la puerta, rebosante de irrefrenable alegría, y con buenas razones: sus bolsillos también rebosaban después de haberse metido en ellos cada objeto brillante que pudo encontrar.

Cruzaban el parque adyacente cuando el otro Rusham reapareció junto a ellos como por arte de magia, asegurándoles que el camino estaba despejado. Para entonces, tanto Holmes como Watson se habían resignado a pasar el resto de su ahora más relajada huida por el parque y las alcantarillas rebotando como sacos sobre los hombros de sus corpulentos escoltas.

—¿Sabe? —dijo Forcas, cuya respiración apenas parecía afectada por el peso que cargaba—. Habría sido mucho más simple si nos hubiera contratado para matar a Peter y a Jerome en lugar de intentar un rescate tan arriesgado y costoso.

—Sí, y quizá yo fuera consciente —resopló Holmes, casi sin aliento por la presión del hombro contra su estómago— de que hay ciertas cosas que no tienen marcha atrás.

—¿Holmes? —dijo Watson, también un poco resollante.

Holmes se volvió hacia él en la medida en que su postura se lo permitió.

—¿Sí, querido amigo?

—Gracias.

Watson extendió la mano, salvando el espacio que los separaba, y Holmes lo imitó al instante, entrelazando sus manos en un firme apretón, pese al dispar andar de sus portadores.

—No tiene nada que agradecerme. Sinceramente, viejo amigo…

Holmes se vio bruscamente interrumpido cuando Forcas saltó por encima de una cañería. Al no contar más que con una sola mano para equilibrarse, su cara se aplastó contra la ancha y sólida espalda del mercenario. Alzó la cabeza frunciendo el ceño y frotándose la nariz, la más perjudicada por el golpe.

—Por el amor de Dios… ¡Déjame en el suelo! Ni que fuera una damisela a la que haya que llevar a todas partes.

—Teniendo en cuenta que pesa tanto como una dama y se comporta de un modo tan tierno con el buen doctor, uno se lo plantea —respondió Forcas con voz cansina.

Watson se echó a reír y Holmes no tuvo fuerzas para sentirse insultado. Dios sabía lo mucho que había extrañado ese sonido.

No tardaron en hallarse en el interior de un espacioso carruaje de cuatro ruedas, aunque Holmes no sintió escrúpulos en apretarse contra su biógrafo como si estuvieran en un diminuto cabriolé.

Había recuperado a Watson, y aunque eso era un logro monumental, aún quedaba mucho por hacer. El día sólo acababa de empezar y Holmes iba a la caza de una presa mucho mayor. Había salido a por tigres, y cuando los encontrara…, bueno, descubrirían lo que pasaba cuando tomaban algo que le pertenecía y lamentarían haberlo hecho, porque Holmes planeaba arrebatárselo todo aunque tuviera que arrastrarlos al infierno con él.