Watson se recuperaría.
Había hecho gala de una notable resistencia en el pasado, y Holmes confiaba en que, con el tiempo, el veterano de Afganistán demostrara una vez más que estaba hecho de una pasta más dura que la de la mayoría de los hombres. Se recobraría física y mentalmente. A Holmes no le cabía duda. De lo que sí dudaba era de que su propia mente, normalmente serena y organizada, no sucumbiera a la furia y la rabia que sentía.
La agradecida admiración con la que los ojos de Watson contemplaban el cielo nocturno, como maravillado por tener la suerte de poder verlo una vez más, producía en Holmes un dolor mayor que el de haber tenido que atender sus heridas físicas; heridas que, aparentemente, habían sido causadas por Jerome, quien, tras su plácida expresión, poseía un temperamento volcánico. Watson le había contado a Holmes que Jerome tenía la paciencia de un monje: no le importaba esperar a que Watson se recuperara por completo antes de darle el siguiente golpe, de manera que podía continuar durante horas sin cansarse, garantizándole así un óptimo sufrimiento.
—Ya ve, Holmes —dijo Watson con una sonrisa cansada—, no se quedó impávido después de su confrontación.
Watson había pretendido que tales palabras resultaran tranquilizadoras, y Holmes se vio obligado a considerar si el típicamente ingenioso humor de Watson no se habría vuelto retorcido durante aquellas semanas de aislamiento. Así se lo manifestó a su amigo.
—No había considerado que el día tuviera tantas horas hasta que me vi obligado a soportar cada una de ellas con la única perspectiva de tener que soportar cientos más, sin otra compañía que mis pensamientos. Estaba… —Watson desvió los ojos hacia algún punto entre la arteria carótida de Holmes y su clavícula, incapaz de sostener su mirada, pero reacio a apartarla completamente de él, por si descubría que estaba enloqueciendo lentamente en los confines de su celda—. Jerome y Peter pretendían mantenerme allí por un largo periodo de tiempo, pero no estoy seguro de haber podido soportarlo.
Holmes sabía que esa confesión se debía a que Watson se encontraba vulnerable, así que no hizo comentario alguno. Cualquier palabra de reproche quedaba reservada a sus captores, no a él.
—Pero yo sabía —declaró Watson con una sonrisa más auténtica— que usted no dejaría de buscarme mientras viviera. No tenía duda de que iniciaría una investigación a pesar de lo que le hubieran hecho creer.
—Por supuesto, viejo amigo. Era un caso apasionante, con múltiples puntos de interés y cargado de intrigas criminales. No había esperanza alguna para el Yard.
Watson necesitaba estabilidad, y eso era lo que Holmes le daría. Además, no quería admitir ante su amigo, ni de hecho ante cualquier otra persona, que, más allá de la venganza, sus motivos para llevar aquel caso habían sido simples: había querido conservar su última conexión con Watson todo el tiempo que le fuera posible. Aceptar que su amigo estaba muerto y enfrentarse a un incierto futuro sin él eran dos cosas completamente distintas.
—Descanse, querido amigo. Este caso aún no ha llegado a su sorprendente y definitivo final.
Y, con Watson en la cama, Holmes aguardó el desarrollo de su gran añagaza.
XXX
A las 9:22 de la mañana, el principio del fin comenzó a precipitarse, empezando con la llegada de dos visitantes al 221-B. Tres pares de pies subieron las escaleras y dos villanos entraron en la sala de estar mientras la señora Hudson regresaba de mala gana a sus aposentos. Jerome iba inmaculadamente vestido con un abrigo trenzado de color gris hierro, pantalones a juego y una formal chaqueta negra. Un alfiler de ónice resplandecía sobre un pañuelo francés perfectamente anudado y llevaba un bastón de madera de cocobolo, un palisandro raro y costoso, probablemente importado de México. Carecía del peso y la forma para contener una espada en su interior, pero Holmes pudo detectar la presencia de una pistola de pequeño calibre en su cinturón. En comparación, Peter llevaba simplemente lo que Holmes dedujo que debía de ser su propio uniforme de Eton, con pantalones de raya diplomática, la tradicional levita y cuello muy bien almidonado. Habría podido pasar por cualquier otro estudiante de no ser por la mancha de sangre seca en la manga izquierda, disimulada por la tela oscura, y por el hecho de estar jugueteando despreocupadamente con una lámpara de Döbereiner. Ese tipo de mechero había caído en desuso en favor de las cerillas, pues era propenso a explotar y causar quemaduras de tercer grado a sus usuarios. Al parecer, a Peter no parecía importarle, y Holmes anotó mentalmente otra nueva variable aleatoria en el orden del día.
Holmes iba sólo en mangas de camisa y pantalones. Ocupaba su butaca con una actitud relajada, aunque plenamente consciente del revólver que tenía tras la espalda, medio enterrado entre la tapicería. Se mostraba seguro, pero ciertamente no era estúpido.
—Caballeros, tomen asiento, por favor —dijo, indicando el mobiliario con un amplio gesto de la mano, como un mago en su estreno.
—Oh, ¿no va a ofrecernos una taza de té? —dijo Peter con sorna, dejándose caer en el sofá, donde, inmediatamente, procedió a quemar las hebras sueltas del reposabrazos. Holmes percibía su inquietud. Como un animal enjaulado al que le han retirado la comida antes de acabar, o todavía viva, por así decirlo.
Jerome, por su parte, mostró su agitación en la rigidez de sus hombros al sentarse en una silla de mimbre y cruzar una pierna sobre la otra, con el cuerpo tan tenso como la cuerda de un arco antes de lanzar la flecha.
—Arruinó nuestros planes. —La expresión de Jerome habría sido sólo un mohín si no hubiera estado tan llena de rabia.
Holmes estudió sus antaño cuidadas cutículas, ahora algo escasas tras semanas de constante mordisqueo. Era una mala costumbre, pero volvería a librarse de ella en los próximos días.
—Sí, lo he hecho.
—Descubrió dónde teníamos al doctor. ¿Cómo?
—Simple. Subestimaron mis habilidades. Y lo más importante, subestimaron mi habilidad para escoger a mis socios. ¿De verdad creyeron que mi viejo amigo y colega sería completamente ajeno a mis métodos, que nunca hemos utilizado códigos o estado preparados por si alguno de los dos fuera capturado? Acertaban de pleno al deducir lo importante que es para mí el bienestar de Watson, pero no entendieron hasta qué punto. Durante nuestro breve intercambio de palabras, Watson me proporcionó casi toda la información que necesitaba para localizarlo. Las campanadas, que no eran las de un reloj, me indicaron que cerca había una iglesia. Lo retenían en una habitación como la del sótano de la residencia privada en la que nos reunimos, de cara al este, lo cual deduje de un comentario suyo aparentemente casual. Al decirme que estaba bien la primera vez, no necesitaba decir más, así que cuando mencionó que le dolía la pierna (algo bastante absurdo en cualquier caso, puesto que la pierna le duele todo el tiempo) después de preguntarle si le habían hecho daño, me transmitió exactamente la extensión de sus cadenas y dónde las llevaba puestas.
Holmes unió las puntas de los dedos y en su rostro apareció una amplia sonrisa.
—Naturalmente, ya habían previsto la posibilidad de que yo pudiera entregarle algo al doctor durante nuestro breve contacto, pero no tuvieron en cuenta lo contrario. ¿No se les ocurrió, ni por un momento, que era extraño que nos estrecháramos las manos después de abrazarnos? Watson, tras romper el cristal de su ventana por una esquina, fue capaz de transferirme tierra suficiente para que yo pudiera identificar la procedencia geográfica de la muestra. El cuarzo, el feldespato, la mica y sulfatos como el yeso son los minerales primarios y secundarios más abundantes de la tierra, pero una combinación específica, así como los diferentes tipos de mica y aluminosilicatos presentes, permiten distinguirla tan fácilmente como a una huella dactilar. Una rápida referencia cruzada de los diversos inmuebles de la zona y en cuestión de una hora supe la localización del doctor. Y en consecuencia, también la del lugar de nuestro encuentro. Evidentemente, una venda en los ojos es algo irrelevante para alguien como yo. Ésta es mi ciudad, no la suya, y el juego ha terminado. Les he derrotado. Les he superado en todos los sentidos.
Los ojos de Holmes exhibían un brillo triunfal.
—Tuvieron su oportunidad, jugaron su baza, pero aquí estoy, con el doctor una vez más bajo mi protección y las pruebas necesarias para desmantelar toda su organización. Están acabados.
Peter, en una exhibición de petulancia casi infantil, lanzó su arcaico mechero a la cara de Holmes por puro despecho. Holmes, que había estado atento al lenguaje corporal del trastornado joven, previó su reacción y sus rápidos reflejos le permitieron extraer uno de los cojines que tenía debajo para cazarlo al vuelo. El cojín se incendió y Holmes lo lanzó rápidamente a la chimenea intentando aparentar tranquilidad, aunque el episodio, pese a su brevedad, había sido sumamente preocupante.
—¡La próxima vez no tendrá tanta suerte, Holmes! —chilló Peter, babeando como un perro rabioso—. ¡La próxima vez sostendrá en sus brazos el cuerpo agonizante y mutilado de su amigo, y usted sufrirá un destino aún peor!
Holmes permaneció impertérrito, mirando duramente a su adversario.
—No puedo imaginar nada peor. Su imaginación debe ser impresionante.
—Como la suya —dijo Jerome, arrastrando lánguidamente las palabras, y Holmes fue consciente de inmediato de la confianza que ahora impregnaba su voz—. ¿Imaginaba —continuó Jerome, descruzando las piernas para inclinarse sobre sus dedos unidos— que su milagroso rescate del doctor Watson no sería investigado? Dio un paso audaz, sin duda, pero no crea ni por un momento que no conllevará un precio. Sí, usted puede optar por emplear sus pruebas para llevarnos ante la justicia, pero sepa, señor Holmes, que si lo hace nosotros arruinaremos su vida. Casi valdrá la pena verle en una celda con nosotros. Puede que hasta la compartamos.
Holmes lanzó una breve carcajada.
—Me siento halagado, pero debo preguntar qué posible transgresión podría haber cometido para situarme a la altura de sus actos criminales, que incluyen el asesinato de un hombre con la intención de hacerlo pasar por otro al que secuestraron y el incendio de un local bien conocido por ofrecer sus servicios a policías, en el que hubo siete heridos y un muerto. La última vez que lo comprobé, el secuestro, el asesinato y el incendio intencionado no formaban parte de mi particular repertorio de métodos de investigación.
Jerome sonrió, dibujando una expresión fría y terrible en sus facciones mundanas.
—Le advertí sobre su arrogancia, señor Holmes. Es usted muy inteligente, pero ese lacayo siempre fue su punto ciego. ¿De verdad creyó —inquirió, en una lánguida y burlona imitación de la anterior réplica de Holmes— que no nos daríamos cuenta de que había pagado a los Arcángeles con el dinero que su "querido y difunto amigo" le legó?
Holmes eliminó cuidadosamente toda expresión de su rostro.
—Yo no he hecho nada de eso.
—Contratar mercenarios es un delito, al igual que el secuestro o el incendio premeditado. Así que adelante, acuda a Scotland Yard y nos aseguraremos de que las autoridades inicien una investigación sobre el estado de sus finanzas. Y créame, señor Holmes, tenemos amigos mucho más poderosos que su entrometido hermano. No hallará ningún lugar donde esconderse.
Holmes palideció ligeramente, pero tensó la mandíbula con sombría determinación.
—¿Y cuál es su consejo?
—Olvídelo todo, quédese con su querido doctor y déjenos en paz —gruñó Peter.
Jerome asintió.
—Coincido. Deje el caso y nos olvidaremos para siempre de usted y del doctor. Queme esos documentos aquí y ahora y le damos nuestra palabra de que no intentaremos matarlos más adelante.
—Me temo… —Holmes se detuvo un instante, inclinando ligeramente la cabeza. Hasta la sala de estar llegaban los sonidos de un obvio forcejeo que tenía lugar en alguna parte del piso superior. El ruido de un cuerpo al caer al suelo y un estridente aullido de derrota enfatizaron su momentáneo silencio—…que no puedo hacer eso, y que es demasiado tarde para detener algo que ya está en movimiento.
Ahora fue Jerome quien palideció, y de un modo notorio. Sus ojos preocupados volaron hacia la puerta de la sala de estar al escuchar unos pasos que bajaban desde el tercer piso, seguidos del sonido de la puerta al abrirse, y el sargento Berkeley, que guardaba cierto parecido con el doctor, irrumpió en la habitación luciendo el batín de Watson y sujetando a alguien que, por su vestimenta, podría haber sido un hombre, pero cuyos cabellos intensamente rojos, pequeñas manos y delicadas formas proclamaban lo contrario.
—¡Quíteme las manos de encima, bufón incivilizado, idiota e ignorante! ¡¿Cómo se atreve a tocar a una dama de un modo tan impertinente?! ¡Grandísimo patán! —gritaba impetuosamente la mujer, forcejeando con las esposas que sujetaban sus manos a la espalda.
—Las damas no suben por los canalones llevando pantalones ni sacan cuchillos para apuñalar a pobres hombres desprevenidos en sus camas —dijo el sargento Berkeley con voz cansina, menos interesado en burlarse de ella que en quitársela de encima, y la razón quedó patente cuando la mujer se volvió hacia él y le escupió en la cara. Berkeley se limitó a limpiarse con la manga de su uniforme sin aflojar su férrea presa—. Ni escupen a la gente en la cara.
La mano de Jerome voló inmediatamente hacia su arma oculta, pero el movimiento terminó en cuanto se abrió la puerta del lavabo, revelando al inspector Lestrade y a otro agente que empuñaba su propio revólver. Casi al mismo tiempo, Gregson salió del dormitorio de Holmes, apuntando con su arma la desprotegida espalda de Peter. Éste volvió hacia el inspector su lúgubre mirada, de manera que el punto de mira quedó justo entre sus ojos. Gregson respondió haciendo retroceder deliberadamente el percutor con un clic definitivo, sin que su brazo temblara ante su objetivo.
—Ha vuelto a subestimarme, Jerome —concluyó Holmes con tranquilidad—. Que esté del lado de la ley no significa que siempre vaya a jugar limpio. Sin embargo, resulta cada vez más evidente que ninguno de ustedes planeaba actuar de buena fe en esta reunión. Un escorpión siempre seguirá el dictado de su naturaleza.
La mirada de Holmes se posó momentáneamente en la dama aún enojada.
—Nunca se debe emplear dos veces el mismo truco, sobre todo una vez revelado, porque, inevitablemente, perderá su efectividad. Después de que intentara disfrazar a su segundo y confundirme con su mayordomo, sospeché una táctica similar con la doncella que permaneció presente durante nuestras negociaciones. De inmediato encontré extraño que permitiera que alguien que no pertenecía a su círculo interno presenciara la reunión. Después de todo, su especialidad son los secretos. Como ya he mencionado, albergaba dudas sustanciales sobre el hecho de dejar su organización en una posición tan vulnerable al ostentar su liderazgo sólo dos personas. Tenía que existir una tercera y, mira por dónde, estaba presente en la habitación. Comprenda, Jerome, que mi aversión por las mujeres proviene de una firme comprensión de la perfidia y la astucia que son capaces de mostrar. Yo no soy de los que niegan la posibilidad de que exista una mente criminal detrás de una cara bonita. Ella bien podría haber sido sólo su concubina particular, pero no, sus manos decían otra cosa. Las mujeres dedicadas a esa profesión no tienen las manos encallecidas por haber pasado muchas horas sosteniendo una pluma o practicando con un arma o un sable. Las ligeras erosiones en el puente de su nariz indican que lleva gafas de lectura, probablemente al escribir extensas notas o informes sobre las actividades de la organización. En cuanto a cómo sabía que iría a por el doctor mientras ustedes monopolizaban mi atención, la desesperación tiende a volverle a uno descuidado.
La expresión de Holmes se volvió dura como el pedernal.
—Y en ese sentido, me sobreestimaron. Nunca juego con las vidas de otras personas. Pero en el momento en que sospeché que el doctor estaba vivo, dejé una nota con mis descubrimientos e instrucciones detalladas para aquéllos en los que sabía que podía confiar dentro del Yard y, pese a lo ansioso que estaba por traer a Watson de regreso a Baker Street, decidí esperar un poco más para garantizar su seguridad. Así que ya ve, Jerome, no puedo entregarle las pruebas que relacionan su organización con más de una docena de delitos serios porque ya están en manos de Scotland Yard, recogidas casi en el mismo instante en que yo le enseñaba las copias, y probablemente ya catalogadas como cargos formales mientras hablamos. Y aun en el caso de que ellos no tuvieran esas pruebas en su poder, ambos serían acusados como mínimo en base a su confesión, escuchada por tres agentes de Scotland Yard en cumplimiento del deber.
—Entonces, ha sellado su destino —siseó Jerome.
Holmes apoyó la barbilla en la mano, mirando a Jerome con aire indolente mientras Lestrade le confiscaba el arma y le ponía las esposas.
—No veo cómo. No he hecho nada malo.
—Había al menos veinte personas en la casa custodiando al doctor Watson, todas armadas y con sobrados recursos. No había forma de que pudiera infiltrarse en el recinto y rescatar al doctor usted solo. Sé de buena tinta que contrató mercenarios, a Forcas y a su banda de inadaptados.
Holmes se encogió de hombros.
—Y yo lo niego. ¿Dónde están sus pruebas?
—Lo descubrirán, señor Holmes. No cuente con su hermano o sus amigos del Yard para encubrir su error.
—Claro que no, mi hermano Mycroft está fuera del país desde hace varios días, muy ocupado con una disyuntiva diplomática, y no volverá hasta dentro de otros tantos. Y en cuanto al Yard, estoy seguro de que nada les haría más felices que librarse de mis excéntricos métodos y espantosos modales.
El rostro de Jerome enrojeció de rabia.
—¡No intente hacerse el tonto conmigo, Holmes! ¡Lo hizo! ¡Lo sé, tan cierto como que sale el sol!
Se oyó un silbido procedente de la calle y, a través de la ventana, vieron dos coches de policía detenerse en la calzada ante el 221-B.
—Muy bien, ya he tenido suficientes intrigas criminales por hoy —dijo Lestrade—. Gregson, Berkeley, tengan la bondad de escoltar a nuestros invitados. Señor Holmes, haga el favor de acompañarnos. Mientras resolvemos las acusaciones de ese tal Jerome, usted podría ayudarnos a cerrar la investigación en Scotland Yard.
—Por supuesto, inspector jefe. Por favor, permítame recoger mis cosas.
No bien hubo recogido Holmes el chaleco, el abrigo y el sombrero cuando llamaron nuevamente a la puerta. Su rostro se iluminó considerablemente y, antes de que cesaran los golpes, ya había abandonado la sala de estar y bajaba corriendo las escaleras.
—¡Vamos, inspector!
Llegó a la puerta incluso antes de que la señora Hudson tuviera tiempo de ir a abrir, y se encontró con el rostro macilento, aunque aliviado, de Watson.
Sonrió.
—Ah, Watson. ¿Qué tal sus aposentos en Camden House?
Watson le devolvió una débil sonrisa.
—No puedo decir que fueran maravillosos, considerando que estaban vacíos, pero sí mejores que el acomodo que me dispensaron las últimas semanas. Y la compañía era agradable.
Ambos se volvieron para despedirse de Elijah, que ya se batía en retirada. Éste agitó una mano por encima del hombro con gesto ausente, enmascarando su despedida en el acto de llamar a un coche conducido por un hombre corpulento con un traje demasiado caro para un simple cochero y que compartía un ligero parecido con su pasajero. El cochero hizo un gesto casi imperceptible, que podría haberse interpretado como un asentimiento, antes de poner al caballo nuevamente en movimiento y abandonar Baker Street.
—¡Oh, doctor Watson, me alegro mucho de verle, señor! —lo saludó jovialmente Hopkins. Había llegado con los coches de la policía, durante el último acto de la trampa cuidadosamente tendida por Holmes.
—Y yo a usted —respondió Watson con franqueza.
—Muy bien, señor Holmes, en marcha —ordenó Lestrade con sequedad—. No tenemos todo el día. El inspector Hopkins puede cuidar del doctor.
Watson parpadeó.
—¿Qué? ¿Qué está pasando, Holmes?
—He sido acusado de contratar mercenarios para llevar a cabo su rescate.
Watson parpadeó de nuevo, pero no dijo nada.
Holmes le dio una palmada en el hombro.
—No se preocupe, viejo amigo. Todo saldrá bien. Ya lo verá.
—Entonces, ¿es cierto, señor Holmes? —preguntó Hopkins, sin poder disimular del todo su asombro—. ¿Está dispuesto a sacrificarse para hundir a la gente que secuestró al doctor Watson?
—Me gustaría decir eso de que más vale morir matando que dejar vivo a mi enemigo, pero, como sigo reivindicando mi inocencia, no puedo emplear esa frase en conciencia. Aunque, como expresión dramática, encajaría bien en la próxima historia de Watson. Que tengan un buen día. Espero volver a tiempo para cenar.
Watson asintió, intentando disimular su preocupación, y sostuvo la puerta para dejar pasar a Hopkins.
—Por favor, entre, inspector. Seguro que la señora Hudson estará encantada de prepararnos una taza de té.
De hecho, la señora Hudson estaba tan encantada que se fue corriendo a la cocina sin dejar de llorar. Tanto el inspector Hopkins como Watson sospecharon que el té acabaría teniendo cierto regusto a sal.
—Apenas puedo creerlo —dijo Hopkins, observando a Holmes alejarse de Baker Street con los inspectores Gregson y Lestrade desde una de las ventanas de la sala de estar.
Watson también lo miraba con una emoción indescifrable en su rostro.
—Aunque ése no fue su único error, era todo lo que hacía falta para provocar su caída. No es aconsejable subestimar a Sherlock Holmes.
—Pero lo que hizo… —Hopkins se interrumpió.
Watson sonrió sin dejar de contemplar la figura de su amigo desde la ventana.
—¿No creía que fuera capaz de eso, inspector Hopkins?
Hopkins meneó la cabeza.
—No, lo cierto es que no.
—No seré yo quien se queje. Al fin y al cabo, soy el más beneficiado. Siempre le estaré agradecido. No soy un hombre religioso, pero he llevado una vida recta aunque en mis oraciones haya primado el bienestar de mis pacientes sobre la gratitud. —Watson hizo una breve pausa, pensativo—. Pero, por más que lo intento, no logro imaginar qué he hecho para merecer una amistad tan profunda como la que Holmes me profesa. O he sido bendecido o tengo una suerte poco común.
Hopkins estaba sorprendido por la franqueza con la que hablaba Watson. Lo cierto era que el último mes había sido un infierno para ambos.
Antes de subir al coche, Holmes alzó la vista hacia la ventana de la sala de estar y sonrió. Era una sonrisa de triunfo que no lamentaba nada.
—Aún me cuesta creerlo.
Watson emitió una risita.
—¿Qué es lo que le cuesta creer? ¿Que Holmes me rescatara sin ayuda, o que pagara una suma exorbitante a una banda de mercenarios para que lo hicieran por él?
Hopkins reprimió una sonrisa.
—Sinceramente, no sabría decirle.
—Ni yo —respondió Watson, sentándose para tomar su té aderezado con sodio—. Al fin y al cabo, sería una grosería por parte del aprendiz revelar los secretos de su maestro.
Y si la respuesta del doctor le pareció críptica, Hopkins decidió ignorarla.
XXX
Varias horas después, cuando la noche ya había caído sobre las calles de Londres, Sherlock Holmes regresó a Baker Street, y sus silenciosos aposentos fueron los únicos testigos de la radiante expresión que adornó su rostro al entrar en la sala de estar y encontrarse a su querido amigo y colega roncando en el sofá.
Y Holmes llevó a cabo un acto que creyó que nunca volvería a tener la oportunidad de realizar: cogió la manta que cubría a su amigo y lo arropó con reverencia, alargando su contacto una fracción más de lo estrictamente necesario para poder sentir la calidez de alguien cuya muerte le habían comunicado hacía poco más de un mes.
Luego se dio un baño, se puso el camisón y el batín y entró una vez más en la sala de estar para espabilar a su amigo lo suficiente como para conducirlo a su habitación y meterlo en una cama decente, pero parte de su propio cansancio comenzó a invadirle y se dejó caer pesadamente en su butaca, parpadeando con fuerza. Aturdido, contó el número de horas que había dormido durante la última semana y comprendió que necesitaría más manos que las que ya tenía para conseguirlo.
Así que Holmes decidió dormir allí, acurrucado en su butaca, y de lo que no cabía duda era de que ambos dormirían mejor así. No fue un sueño sosegado, pero, al menos, cuando alguno de los dos se despertaba sobresaltado (Holmes, esperando ver cenizas en lugar de su amigo, y Watson, con la certeza de estar teniendo otra loca alucinación, deshidratado en su celda), invariablemente les envolvía la bendita seguridad de que el otro estaba cerca y de que la mejor parte de su sueño no se disolvería en una pesadillesca realidad. Y si encontraban endebles aunque válidas razones para continuar durmiendo así durante la semana siguiente (como que Watson aún estaba herido y Holmes había derramado ácido sobre las sábanas de su cama), que así fuera.
Esas habitaciones guardaban muchos secretos y, en la privacidad de su hogar, ambos podían desnudar sus corazones cuanto quisieran. Y las habitaciones que compartían se regocijaban por ello, en la medida en que podían regocijarse unas habitaciones.
XXX
—¿Holmes?
—¿Sí, Watson?
—¿Su hermano ha encubierto sus finanzas?
—No, y los dos motivos por los que no lo ha hecho son el mismo. Primero, después de casi dos semanas trabajando como contable extraoficial y cajero personal de la Cara Oculta, estoy lo suficientemente preparado como para blanquear yo mismo el dinero de mis cuentas bancarias, y segundo, siendo contable extraoficial y cajero personal de la Cara Oculta no me resultó difícil crear otra cuenta a la que desviar las diversas cantidades de dinero resultantes de los errores de contabilidad. A la Cara Oculta no le importará, toda la banda ya ha sido arrestada.
—Pero ¿por qué la cifra exacta? No era un tesoro inmensurable, pero tampoco una suma despreciable.
—Si no hubiera pagado la cifra exacta, Peter y Jerome no se habrían sentido lo bastante seguros como para arriesgarse a salir a cara descubierta para reunirse conmigo. ¿Por qué esconderse cuando aún tenían una buena oportunidad para lograr el éxito y su venganza?
—¿Seguro que aún no ha abandonado su profesión de detective asesor para iniciar una lucrativa carrera como criminal? He oído decir que hay un hueco enorme ahora que Chairo Edwards y Gregory Peterson han sido condenados por liderar un sindicato clandestino de confidentes.
Holmes dio una calada a su pipa y una voluta de humo se alzó de sus fosas nasales.
—Para eso necesitaría un cómplice. ¿Conoce a alguien cualificado? —inquirió Holmes, mirándole significativamente desde su escritorio.
Watson meneó tristemente la cabeza.
—No, lamento decir que no.
Holmes lanzó un suspiro.
—Una lástima.
—Pero, en serio, Holmes, ocultó muchas cosas durante todo este asunto —dijo Watson con un tono más implorante que acusador.
Holmes sacudió la pipa.
—No necesariamente. Los hermanos Arcángeles han decidido dejar su oficio de mercenarios para crear una empresa privada especializada en el rescate de víctimas de secuestro, y, aunque haya dejado lisiado a Bryce, no lo maté. Además, las apuestas eran muy altas.
—No querría que todo aquello por lo que ha trabajado tanto acabara destruido a causa de mi muerte.
—Quien soy hoy se lo debo en gran parte a mi asociación con usted, Watson. Si usted muriera, lo lógico es que se produjera un cambio en mí.
—Me sentiría halagado si no estuviera tan preocupado.
—Y usted no sería el John Watson que conozco si no se preocupara. Pero hay algo que he estado deseando preguntarle. ¿Por qué… —Holmes se esforzó en silenciar el eco de dolor que, inexplicablemente, atravesó su pecho— …no me escribió una carta cuando había dejado dispuesto todo lo demás?
Watson bajó los ojos para no tener que contemplar el dolor, tan inusualmente crudo, que reflejaba el rostro de su amigo. Un dolor que sabía que él había causado.
—Sé que ahora suena tonto, pero, aunque redactar mi testamento fue una medida práctica, escribir una carta de despedida me parecía tan… deprimente que, simplemente, no pude hacerlo. Le pido disculpas si con ello añadí más dolor al que haya podido causarle. De hecho, le escribiré una hoy, si usted quiere. Sólo que…
—¿Sí? —inquirió Holmes con curiosidad.
—Usted también debería escribir una. Ahora. Hoy. Si esta experiencia nos ha enseñado algo, es que debemos afrontar el hecho de que es posible que no tengamos tiempo de decirnos todo lo que deseamos. —La mirada de Watson se encontró por fin con la de Holmes; pardo contra gris—. ¿Le parece bien?
Holmes rezongó un poco, pero accedió. Y así, los dos tomaron asiento, Watson ante su escritorio y Holmes ante la parte menos abarrotada de su mesa de experimentos, y empezaron a escribir.
—Ah, y para que no se lleve más sorpresas desagradables, le he nombrado mi pariente más próximo, por si alguna vez me ocurre algo y el hospital necesita llamar a alguien —anunció Watson mientras seguía escribiendo fluidamente.
Holmes, que no estaba pasando por un momento fácil, se sintió agitado por la interrupción y hundió airadamente la pluma en el tintero.
—Sí, bien, bien. Haré que Mycroft envíe a alguien para que me ayude a redactar mi propio testamento e incluiré también su nombre en el contrato de alquiler del apartamento.
—Mañana iré a visitar un nuevo club al que me han invitado a unirme. Creo que algunos miembros del Yard estarán presentes como invitados para celebrar mi falsa muerte.
—Por una vez, un motivo legítimo de celebración —respondió Holmes con aire ausente mientras garrapateaba unas cuantas líneas antes de tacharlas y volver atrás para rodear con un círculo dos o tres palabras—. ¿A qué hora irá? Lo acompañaré.
Watson dejó de escribir y se volvió para mirar a su amigo.
—Holmes, sé que deberíamos considerar con más cuidado la posibilidad de que alguno de los dos pueda morir, pero no es necesario que cambie completamente de hábitos. El incendio del Highgate fue un suceso aislado. No es probable que algo así vuelva a ocurrir, y aunque no fuera así, no hay mucho que usted pueda hacer para evitarlo.
—Ésa no es la razón por la que deseo acompañarle. —Holmes dejó la pluma, aliviado en cierto modo por la distracción—. Después de enfrentarme a la posibilidad de no volver a pasar el tiempo con usted, tener ahora la oportunidad de volver a hacerlo es un regalo, un regalo a nuestra amistad, que no estoy dispuesto a desperdiciar. Pero no espere que le acompañe a algún ridículo baile de máscaras. Puedo tolerar brindar por su salud y su existencia, pero el resto de esas frívolas actividades ya me resultaban tan repugnantes antes de su llegada como una bala y trece kilos de carne chamuscada.
Holmes no tuvo que apartar la mirada de su borrador para saber que Watson lo contemplaba con una cálida sonrisa. Frunció el ceño al observar lo poco que había escrito, o al menos lo que resultaba legible, antes de arrugar el papel y echar mano a una nueva cuartilla, que también miró con expresión hosca.
Watson se apiadó de su amigo, cuyas habilidades para la escritura normalmente iban desde el desciframiento de claves hasta las monografías sobre los granos de café.
—Quizá podamos tomarnos un descanso. Anhelaba volver a escucharle tocar el violín, Holmes.
Holmes enarcó las cejas ante aquella táctica tan descarada, pero no pudo negar que la petición de su amigo era sincera, y, sin demorar pero sin prisas, dejó su mesa de experimentos y cogió el estuche de su Stradivarius. Una fina capa de polvo lo cubría. La limpió con sumo cuidado antes de abrirlo.
Watson lo advirtió y frunció el ceño.
—¿No lo tocó mientras estuve desaparecido?
Holmes ensayó una sencilla escala de sol con su correspondiente arpegio antes de responder, flexionando los dedos al hacer un pequeño ajuste a la cuerda mi.
—No puedo responder a una pregunta que es fundamentalmente incorrecta. Usted no estaba desaparecido por entonces. Estaba muerto. Hay una diferencia considerable, y yo estaba ocupado.
—Usted siempre está ocupado durante sus casos, pero siempre encuentra tiempo para practicar, aunque se trate de esos atroces sonidos que hace cuando está pensando. ¡No pensaría en dejar de tocar definitivamente! —exclamó Watson, escandalizado. La idea de que su amigo hubiera renunciado a una parte tan bella e innata de Sherlock Holmes le sorprendía y horrorizaba tanto que no pudo reprimirse.
Holmes se dio la vuelta y comenzó a aplicar colofonia a su arco.
—No sea ridículo, Watson. Habría tocado en su funeral.
Una emoción desconocida hasta entonces invadió a Watson ante aquella prueba de la profunda amistad que Holmes y él compartían. Que se sentía dichoso, y a veces asombrado, por tenerla, era un hecho. Que se sentía afortunado por ello era otro. Pero nunca antes lo había hecho sentirse humilde. No humilde en el sentido de que un genio como Holmes se dignara ser su amigo, sino porque la magnitud de la amistad de Holmes era al menos tan vasta como la suya. Hasta ahora, Watson siempre había asumido que, si un día él se marchara o muriera, Holmes seguiría adelante, pero, en los últimos días, y otros que Watson no había presenciado, Holmes había demostrado que tal suposición no podía estar más lejos de la verdad.
Y saberlo le hacía sentirse humilde.
Mientras Holmes continuaba pulsando las cuerdas con objeto de afinarlas, Watson se acercó a él y apoyó suavemente una mano en su nuca, rozando su piel por encima del cuello de la camisa. No dijo nada. Se limitó a permanecer allí, lo suficientemente cerca como para comprobar que la oscuridad que había ensombrecido por un momento la habitualmente radiante mirada de su amigo había desaparecido.
Inexplicablemente, Watson sintió que, juntos, no habría herida que el otro no pudiera sanar; que, juntos, no habría oportunidad para el daño o el dolor.
Su amistad era tan imperecedera como única y la fuerza de ambos la sustentaba a partes iguales.
Un breve destello iluminó los ojos de Watson.
—¿Eso significa que también tocaría el día de mi boda?
Holmes apoyó el violín bajo la barbilla y colocó el arco sobre las cuerdas.
—Sólo se nos permite un número limitado de milagros, Watson. Yo no malgastaría mis plegarias en eso. Ahora, siéntese y disfrute.
Milagros. Una idea muy extraña, aunque apropiada.
La música era dulce y lírica. Watson sospechó que se trataba de una de las piezas originales de Holmes. Había en ella cierta cualidad vital, un ritmo tan familiar como su propio pulso.
Ciertamente, ese maravilloso sonido no podía ser más que un milagro. Esta vez, como tantas otras antes, ambos se habían librado de una muerte segura, y le pareció que, desde hacía mucho, estaban viviendo un tiempo prestado. Holmes había dicho una vez que sólo la bondad divina concede más de lo necesario, y que en las flores radica nuestra esperanza. Por un instante, la esperanza de Watson flaqueó, porque toda flor se marchita con el tiempo, aunque tal vez…
Tal vez si Watson depositaba su fe en su amistad en lugar de en su existencia mortal, podría tener la esperanza de que su cuota de milagros no se agotara nunca.
