El hombre que entró en la prisión poseía un andar cautivadoramente seguro y proyectaba una sensación casi abrumadora de dominación sobre, bueno, sobre todo, que los guardias, naturalmente condicionados hacia la subordinación, casi se inclinaron al franquearle la entrada a la celda de detención requerida para la ocasión. No era más que un maestro de escuela, un profesor, sin duda nadie que debiera ostentar tal poder, y, aun así, éste resultaba inconfundible. Incluso en una prisión llena de depredadores enjaulados y peligrosos, él era el alfa, más astuto y taimado que sus simplemente violentos camaradas. Cuando clavaba los dientes en algo era con un propósito, y no lo soltaba hasta haberle exprimido la última gota de sangre.
Se detuvo ante los barrotes de la celda y miró a sus ocupantes con desaprobación y un marcado aire de aburrimiento, incluso de fastidio, como si ya se hubiera hartado de una conversación que aún no había tenido lugar.
—Querido Peter, otro intento de suicidio, por lo que veo. Y ya van… ¿cuántos? ¿Seis?
Peter avanzó sinuosamente hacia el hombre y se apoyó en los barrotes con la despreocupación del adolescente arisco que era. Al sujetarlos, quedaron visibles sus muñecas vendadas. Apretó la cara contra los barrotes y sonrió, mostrando sus hoyuelos entre las barras de hierro.
—En realidad, siete —respondió con una risita, enormemente complacido por el erróneo cálculo del hombre—. El otro día me tragué una cuchilla de afeitar. No me retendrán aquí. No pueden. ¡Verán como no pueden! —chilló, sacudiendo los barrotes.
Jerome puso los ojos en blanco, se levantó con indiferencia del catre atornillado a la pared y apartó a Peter, que cayó dramáticamente al suelo y comenzó a rodar hasta detenerse de cara a la pared, donde permaneció quieto y silencioso.
—¿Qué noticias hay?
—Tu zorra está en el manicomio, declarada loca de remate —dijo el hombre. Sus labios esbozaron una desagradable sonrisa sesgada—. Y yo que pensaba que la caza de brujas había pasado de moda.
Jerome cerró el puño y golpeó inútilmente los barrotes, que tan sólo emitieron un ruido sordo, como para recordar a sus cautivos que su sentencia no sería revocada.
—Lo cierto es que fue bastante afortunado que me marchara cuando lo hice. No me gusta nada vuestro alojamiento. Aunque, de haberme quedado, te aseguro que este sainete no habría tenido lugar. Sin embargo, he venido, como pediste. ¿Qué quieres que haga? Pese a lo mucho que me alegra librarme de vosotros (en vista del rumbo tan negativo que ha tomado nuestra rivalidad), os debo un mínimo de deferencia por los servicios prestados en el pasado. Así que dime, ¿qué deseas de mí?
Jerome apretó la frente contra los barrotes. Las sombras que proyectaban no lograban ocultar la rabia incontrolada que iluminaba su rostro.
—Quiero que destruyas a Sherlock Holmes.
El hombre asintió y giró bruscamente sobre sus talones para dirigirse a la salida. Entonces, la voz de Jerome volvió a sonar, retumbando contra la piedra, el ladrillo y el metal que los rodeaba.
—Y cuando inevitablemente fracases, Moriarty, te aconsejo que lo mates. No pierdas tiempo intentando hacerle sufrir. El mayor agravio que puedes causarle es librarte rápidamente de él.
El hombre se detuvo y respondió con indiferencia por encima del hombro.
—Profesor Moriarty. Recuerda este nombre porque pronto, como el de Napoleón, todos lo conocerán y lo temerán, y será invocado como heraldo de la muerte, empezando por ese detective aficionado.
La histérica risa de Peter selló su fatídico juramento.
XXX
Watson sintió vagamente que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. No sabía cuándo habían comenzado, ni podía contenerlas. Era como si se le estuviera derramando el alma, trazando surcos ardientes en sus mejillas. Era agonizante, doloroso, crudo y devastador. Era un dolor que sentía en cada fibra de su ser, en todos aquellos hilos que se entretejían para dar forma a John Watson, porque muchos de ellos estaban inevitablemente entrelazados con los de Holmes, y él se había ido. El hombre que era John Watson comenzó a deshilacharse.
La cascada rugía, produciendo remolinos, semejante al mismísimo abismo del Hades, a donde Watson no podía seguirle, ni podría volver a sentirse completo, por mucho que el dolor le desgarrara el corazón.
¿Es esto lo que se siente? —se preguntó Watson, un agónico susurro en su cerebro casi congelado—. ¿Fue así como él se sintió al sostener esa bala en su mano y saber que se sentiría así el resto de su vida? Oh, Holmes, si pudiera dar marcha atrás en el tiempo y ahorrárselo, lo haría. Dios sabe que lo haría.
Sus manos desnudas (sus guantes sorprendentemente ausentes) temblaban como solía ocurrirle en Afganistán, cuando los alaridos y los gritos de guerra eran reemplazados por el silencio de los caídos. Se llevó una mano al pecho en un movimiento espasmódico, comprobando instintivamente si el órgano que se hallaba debajo seguía latiendo.
Lo hacía. A pesar de todo, lo hacía. Watson dejó caer la cabeza y el dolor que prácticamente le había inundado comenzó a derramarse, de un modo tan terriblemente lento que no había diferencia discernible, salvo cuando, quizá, dentro de veinte años, fuera capaz de vivir con él. Algún día, quizá, el dolor fuera como el latido de su corazón. Latiría sin parar hasta que ya no sintiera nada en absoluto, pero él seguiría viviendo. Seguiría viviendo.
Por ahora, funcionaba, y eso tendría que bastar. Se apartó del borde, tambaleante, desplomándose prácticamente sobre las rocas que lo rodeaban.
¿Por qué se había acercado tanto?
Cansado, se apoyó en una mano para ponerse en pie y decidió que no quería conocer la respuesta. No sabía muy bien qué había estimulado antes sus instintos, si el roce de sus dedos sobre la pitillera de plata, tan terriblemente familiar, o su sonido al empezar a deslizarse de la losa sobre la que se encontraba y el miedo instantáneo que le inspiró la idea de perderla en la cascada. Como fuera, la aferró con sus dedos entumecidos con una rapidez y una energía que no creía poseer y la acercó para examinarla, pese a conocer de memoria cada detalle, su forma, sus abolladuras, y un diseño probablemente mejor que el de la suya. Mientras lo hacía, el pequeño cuadrado de papel sobre el que la pitillera había descansado cayó al suelo en un revoloteo. Lo desdobló y sus ojos recorrieron rápidamente el texto.
Una parte distante de él registró que sus lágrimas habían dejado de fluir.
No había duda de que lo que sostenía entre sus aún temblorosas manos era la carta de despedida de su amigo. Sólo que…
Entre las páginas de una edición hasta ahora inconclusa de las Obras completas de Sherlock Holmes, a buen recaudo en la casa de Baker Street, se encontraba la propia carta de despedida de Watson, guardada junto a la de Holmes. Las habían puesto allí juntos y habían hecho un pacto, una promesa.
Watson contempló el papel que sostenían sus manos y confió, confío de nuevo en la bondad divina que concedía tantos regalos.
Confió en que, en alguna parte, Holmes estuviera vivo y que esa nota en su mano fuera un mero aviso para cumplir su promesa y esperar un poco más antes de abrir el sobre que llevaba su nombre.
Watson tenía fe, y eso bastaba.
FIN
