¡Hola, personitas!
Espero que les guste este capítulo tanto como a mi.
Gracias por leer. Y hablando de leer, nos leemos en el siguiente capítulo.
Cuidense mucho.
Marshall no esperó mucho para ir a fastidiar al príncipe de Aaa, a primera hora de la mañana ya se encontraba en su habitación con su maleta a un lado, y como todo buen chico malo había usado la ventana para colarse en la alcoba real en lugar de tocar la puerta y esperar en la sala como todo invitado normal, pero aceptémoslo, Marshall era de todo menos normal.
Gumball ni siquiera había notado todavía la presencia del vampiro y dormía plácidamente en su suave y cómoda cama, estaba acurrucado junto a su almohada y se veía casi como un niño pequeño. Sin ese uniforme real y su estúpida corona daba la impresión de ser una criatura dulce e inocente, demasiado inocente, pensó Marshall para sí mientras una sonrisa malvada asomaba por sus labios. No podía desperdiciar una oportunidad como esa, ¿Qué clase de bromista seria si dejara pasar algo así?
Se acercó con cautela para no despertarlo, aunque en realidad al ir flotando era poco probable que lo hiciera. Lo destapo con cuidado y se tuvo que tapar la boca para no reír, no podía creer que el querido príncipe de Aaa se durmiera solamente en calzoncillos, y para colmo eran unos con dibujitos de mariposas.
Busco por toda la habitación una cámara hasta que logró dar con una y le tomó una foto al joven pelirrosa que dormía ajeno a las intenciones malvadas por parte del pequeño vampiro que pensaba que una foto para futuras humillaciones no sería suficiente, tenía que hacer algo para dejarlo en ridículo en este momento. No había nada que deseara más que ver a gobernante de reino con la moral por los suelos, era un placer mucho más satisfactorio que molestar a unos pequeños dulces sin importancia.
Lo saco de la cama con total delicadeza, si se despertaba la broma se arruinaría por completo. Por ahora se conformaría con humillarlo frente a sus empleados, ya tendría otros momentos para dejarlo en ridículo frente a todo el reino. Lo dejo con cuidado en el piso del pasillo de su recamara, y no le sorprendió no encontrar ningún guardia banana, a fin de cuentas, holgazaneaban más tiempo del que se la pasaban trabajando, o eran tan tontos que creían estar ayudando al estar parados sin hacer nada en alguna esquina del palacio.
Después de un rato apoyado en la puerta de la habitación real por fin empezó a escuchar murmullos apagados en el pasillo. Y sonrió. Molestar a Gumball era realmente fácil, para empezar el pobre chico tenía el sueño pesado, algo malo si vives con un vampiro como él. Debía admitir que cargarlo había sido muy sencillo, era más ligero de lo que pensaba y su cuerpo era fácil de sostener, como si estuviera hecho específicamente para ser cargado.
Cuando Gumball abrió los ojos por los murmullos que eran cada vez más fuertes, se sorprendió enormemente al ver que estaba en el suelo, y no sólo eso, sino que algunos de sus empleados ―si no es que la mayoría ― lo miraban entre extrañados y divertidos, incluso la señora menta se encontraba ahí mirándolo estupefacta sin saber que hacer mientras sus mejillas se ponían rojas.
Después de ese pequeño shock momentáneo se levantó con la cara completamente roja de vergüenza, ni siquiera sabía cómo había llegado ahí.
― ¿Qué creen que están haciendo? Vuelvan a sus obligaciones. ―había tratado de sonar firme con su orden, pero era difícil hacer caso a alguien en calzoncillos de mariposas.
Los empleados volvieron a reír y poco a poco se fueron retirando del lugar. Gumball se dio la vuelta y trato de entrar a su habitación sólo para encontrarse con la sorpresa de que la puerta se encontraba cerrada con llave y no podía abrirla.
Imaginen a un tipo semidesnudo tratando inútilmente de abrir una puerta; pues así de humillado y ridículo se sentía Gumball. Por suerte la señora Menta aún no se había ido y ella portaba la copia de seguridad de todas las llaves del palacio. Se hizo a un lado y le dejo espacio para que abriera la puerta.
―Puede irse, señora Menta.
―Muy bien, su majestad, me retiro.
Entró a su habitación sintiéndose más abatido que nunca y en cuanto cerró la puerta lo vio, se encontraba sentado en su cama con los brazos cruzados por detrás de la cabeza y llevaba una sonrisa triunfal en el rostro. Ni siquiera tenía que ser un genio para comenzar a atar cabos y llegar a una conclusión. Odiaba a ese vampiro.
― ¡Tú!
Estaba realmente enojado, eso había sido humillante y todo por los estúpidos jueguitos de un chiflado mediocre bad boy con complejos de superioridad adicto a los problemas. Fue directo hacia él y lo tomo de la camisa con fuerza sin lograr borrar su sonrisa, en estos momentos debía sentirse como si hubiera hecho una gran hazaña. Y Gumball lo único que quería hacer era sacarlo a patadas de ahí, además ¿Quién le había dado el permiso de entrar?
― ¡¿Qué rayos haces en mi palacio, y en mi alcoba?!
Su sonrisa desapareció, al parecer no le gustó para nada su tono de voz y mucho menos la forma en la que lo estaba tomando de la camisa.
―Para empezar, no puedes enojarte, hicimos un trato ¿Recuerdas? Aunque quizá ya te arrepentiste y quieres que vuelva a molestar a tus ciudadanos.
Lo soltó de mala gana, tenía razón, habían hecho un trato y ahora veía lo que realmente había querido decir cuando dijo que sería él quien aguantara sus bromas. Vaya que iba a costarle.
―Eso creí. ―dijo recuperando su sonrisa. ―Ahora, como el trato es que podré fastidiarte a ti todo lo que me plazca decidí mudarme al palacio. Y no temas, tus dulcecitos ni siquiera notaran que estoy aquí.
―En ningún momento dije que podías mudarte.
Ya estaba más tranquilo, pero jamás dejaría de estar molesto con él. De un momento a otro recordó algo importante: seguían andando en calzoncillos.
―Ya vale, has lo que se te venga en gana, pero sal de mi habitación, al menos déjame vestirme a gusto. Debo estar listo pronto.
―Bien, te concederé eso. Tendré muchas otras oportunidades para humillarte. ―lo tomó de la barbilla mientras flotaba y lo hacía mirarlo a los ojos ―. Ser tan buen gobernante te va hundir, Gumball.
Entonces tomo su maleta y salió al pasillo en busca de alguna habitación libre mientras el príncipe hacia su mayor esfuerzo por no ir a golpearlo. Nunca nadie lo había sacado tanto de quicio como ese chico, y si por él fuera estaría bien que regresara al lúgubre lugar del que había venido.
¿Por qué tenían que pasarle esta clase de cosas a él? Pensaba el pobre pelirrosa mientras se duchaba. Para empezar, ¿De dónde había salido Marshall? ¿Por qué estaba aquí y no en algún otro lugar? ¿Y de dónde conocía a Fionna? Definitivamente debía alejarla de esa sanguijuela, no podía permitir que su adorada niña continuara junto a ese tipo que lo único que haría sería corromper su alma noble y buena. No quería que Fionna terminara convirtiéndose en alguien como él.
Se dedicó a ponerse su ropa y su corona mientras intentaba encontrar una manera de alejar a Marshall de su reino, si él se iba Fionna podría olvidarlo y estar con alguien bueno y decente, como el príncipe flame, por ejemplo, o quizás ese otro chico aventurero que conocía sólo por sus conversaciones con su sobrina, pero que de igual manera parecía alguien más agradable que Marshall, aunque pensándolo bien, cualquiera era más agradable que Marshall, hasta la reina helada.
Al bajar por las escaleras su zapato se quedó pegado a una goma de mascar y fue realmente problemático el quitarla de ahí, se supone que su palacio se encuentra siempre reluciente pero ya sabía porque había pisado esa goma, y sabía exactamente quien se había encargado de ponerla ahí. Llegó enojado al recibidor donde esperaban un par de aldeanos que habían venido a hablar con él. Trato de ser amable, pero era muy difícil con el día tan malo que estaba teniendo. Sólo por hoy le hubiera gustado deslindarse de sus responsabilidades y huir, quería estar lejos, en algún lugar donde no fuera un príncipe y fuera un simple aldeano más, como estos caramelos frente a él, su mayor preocupación era tener agua suficiente para regar sus plantas de manzanas y él les juraba que así sería aun cuando tuviera que mover muchos hilos para cumplir algo tan pequeño.
Se sintió mejor cuando entro a su despacho a ocuparse del papeleo, era más reconfortante leer demandas escritas y analizar situaciones con reinos vecinos que tener que lidiar con cualquier persona, hoy no estaba de humor ni para sus ciudadanos.
El vampiro apareció ahí después de un rato y no podría haberlo odiado más, su simple presencia lo hizo que sintiera un escalofrió en la parte baja de la espalda, y no era precisamente porque le agradara verlo y mucho menos le tenía miedo.
― ¿Ahora qué quieres? ―dijo en tono de fastidio.
―Ese no es un recibimiento agradable, príncipe.
―Sólo has tu estúpida broma y lárgate, tengo mucho trabajo.
―Descuida, no venía a hacerte nada, sólo pensé en distraerte un poco.
―Lo que menos necesito ahora son tus distracciones, así que sólo sal de mi vista.
Marshall odiaba que le hablaran así, y de alguna manera Gumball lo había hecho sentir como si no fuera nada, como una piedra en su zapato, y él odiaba sentirse así, sabía que molestaba y hacia bromas pesadas, eso era lo suyo, era lo único que sabía hacer bien, ¿De verdad lo odiaba tanto? Estaba seguro de que sí. Ahora se sentía dolido, y no le gustaba para nada sentirse así, habría que arreglar eso y hacer algo divertido, que le ayudara a sacarse de la cabeza pensamientos tan tontos e impropios de un vampiro como él.
Se acercó hasta Gumball y antes de que este siquiera pudiera hacer algo mordió su cabello quitándole su bonito color rosa y haciendo que quedara gris, ¿Quién iba a pensarlo? Sabia mejor de lo que hubiera creído, aunque no tenía nada que hacer junto al color rojo, pero tampoco estaba tan mal, casi había podido sentir lo dulce de su cabello.
― ¿Qué rayos?
Se levantó y fue directo al espejo sólo para ver con horror como su cabello antes rosa ahora de un gris sucio, parecía que hubiera metido la cabeza en polvo.
― ¿Por qué hiciste eso? ¿No habías dicho que no venias a fastidiar? ―le dijo bastante enojado.
―Bueno, tú me provocaste.
Hizo ademan de salir de ahí, pero Gumball lo detuvo tomándolo con fuerza del brazo.
―Arregla esto. ―le ordeno.
―No puedo hacer nada, pero descuida, seguro que para mañana ya tendrás tu cabello de ese color rosa chillón que amas tanto.
Se zafo de su agarre y salió sonriendo de ahí.
El príncipe intento no darle importancia, pero era prácticamente imposible. Decidió tomar un descanso, por primera vez después de quince años dirigiendo el reino necesitaría un momento para despejar su mente, e iría al único sitio donde el vampiro jamás lo encontraría: su escondite entre los rosales del jardín.
Y tuvo razón, por más que Marshall lo buscó para seguir con las bromas no lo encontró por ningún lugar. Terminó aburriéndose, y como él odiaba estar aburrido decidió ir a ver a su novia, al menos podría hablar un poco con ella, o simplemente verla, eso siempre le hacía bien y calmaba sus ansias de maldad.
Fionna estaba jugando videojuegos con Cake cuando llegó, la gata amablemente los dejo a solas, ella quizás era la única que aprobaba la relación de ellos dos, y eso era algo que Marshall agradecía bastante, aunque nunca solía decirlo en voz alta.
Recostó su cabeza en las piernas de Fionna mientras la veía fijamente, le gustaba cuando, como ahora, terminaba sonrojándose, eso lo hacia sonreír.
―Me estaré quedando con Gumball. ―le aviso, y pudo ver claramente la pregunta en su mirada.
― ¿Por qué? Quiero decir, él te odia. Me parece un poco extraño que haya aceptado que vivas con él.
―Tenemos una especie de trato, en realidad no me tiene ahí por gusto.
― ¿Qué trato?
―Si deja que lo moleste a él dejare a sus dulces en paz.
―Trata de no hacerle muchas bromas, Marshall. Aunque tal vez sea bueno que estés un tiempo con él. Quizás a Gumball le haga bien un poco de ti y viceversa.
― ¿Crees que soy una molestia?
―No. ―respondió ella sin dudar.
Marshall amaba eso, ella siempre podía ver en él lo que otros ni siquiera creían que pudiera tener, a veces hasta él mismo dudaba y era en esos momentos cuando Fionna se encargaba de recordarle lo mucho que valía y lo mucho que había sufrido y sacrificado para tener lo que tanto había deseado.
―Fionna, gracias por todo. Te debo mucho.
―Tú no me debes nada, Marshall. Eres tú quien ha logrado todo por su cuenta, yo sólo he estado ahí.
―Y eso ha sido más que suficiente.
Paso sus brazos por su cuello y la acercó para besarla. Gumball odiaba verlo cerca de ella, y eso era algo que también podía usar para molestarlo, así estaría matando dos pájaros de un tiro; haría enojar al cretino ególatra del príncipe y estaría más tiempo con su novia.
Respuesta.
SaicoReisen: Creo que esto es actualizar pronto, pero igual me gusta ver agonizar a la gente jaja estoy jugando. Sigue disfrutandolo.
