Holaaaa, ya vine.

Les traigo un nuevo y fresquito capítulo que los dejará con más preguntas que respuestas :D

Estoy segura de que se sorprenderán de muchas cosas.

No los distraigo, mejor lean. Gracias por todo su apoyo y por seguir leyéndome.

Mucho love para ustedes.


Gumball estaba distraído, desde que Marshall volvió todo era un caos mucho mayor al que había sido antes de que se fuera, no sabía a donde fue ni si fue Fionna quien lo encontró y lo trajo de vuelta, no es como que fueran muy amigos como para que le contara esas cosas. Pero estaba consciente del gran cambio que tuvo y no precisamente para bien, aunque quizá se debiera a la presencia de su hermana en el castillo, él no podía ni verla, si se la encontraba en cualquier habitación de la casa siempre terminaba saliéndose del lugar.

Cada que esos dos peleaban siempre terminaban llevándose entre sus problemas a todos los que estuvieran cerca.

Lo poco o mucho que había llegado a caerle bien Marceline lo estaba arruinando con su actitud, si quería recuperar a su hermano el idiota, estaba haciéndolo realmente mal. Lo peor es que todo eso estaba ocurriendo en su reino y las cosas se salían de control hasta tal punto que incluso sus dulces ciudadanos estaban resultando lastimados, y eso no fue lo que acordó con Marshall, de modo que ese vampiro iba a escuchar todo lo que tenía que decir ahora.

Lo buscó por todo el castillo hasta que lo encontró en el techo echado de espaldas. Era de noche, no había riesgo de quemarse, y en ese momento se veía tan tranquilo, parecía otra persona… Algo dentro del pelirrosa recibió una punzada, pero no supo interpretar que era así que lo ignoró.

— Marshall, necesito hablar contigo.

— Lárgate, estoy ocupado.

— No estás haciendo nada. —murmuró molesto.

— Estoy ocupado para ti.

Trató de ignorar su gesto de autosuficiencia que siempre suele usar con él, y se acercó hasta donde estaba quedándose de pie esperando que al menos abriera los ojos.

El vampiro suspiró y al fin se levantó para mirarlo a la cara. Lucía cansado, como si ya no tuviera ganas de continuar con nada.

— ¿Qué quieres?

Por un momento Gumball olvidó que tenía que reclamarle algo, ese no era el Marshall de siempre, no era el mismo idiota que siempre lo hacía enojar. Ese tipo frente a él era un anciano con el cuerpo de un joven.

— ¿Te sientes bien?

— Ahora te preocupas por mí. —dijo esbozando una de esas sonrisitas que tanto odiaba.

— Para nada.

— ¿Acaso ya me quieres?

— Ya quisieras. Sólo venía a decirte que tus problemas con tu hermana están lastimando a mi dulce gente y tú prometiste no hacerles daño si me dejaba fastidiar.

—… Supongo que tienes razón, te di mi palabra. Nada es más valioso que eso.

— Lo que sea. Procura no hacerles daño o nuestro trato acaba aquí.

— Como si pudieras acabarlo. —se burló el vampiro haciendo enojar al pelirrosa.

— ¿Quieres ver que sí?

— Gumball, si terminas nuestro trato me ensañare con tus dulces y no quieres eso. Este trato no va acabar.

Estaba muy molestó, pero era listo y sabía que tenía razón, ese trato que tenían nunca podría terminar. Se dio cuenta por primera vez que estaba amarrado de por vida a ese estúpido vampiro y eso le dolió en el alma, era sólo una molesta carga en sus labores.

— ¿Piensas molestarme toda la vida?

— O hasta que me aburra. —contestó.

Cerró los puños, pero no dijo nada más, simplemente dio media vuelta y se fue. No podía soportar en estos momentos a un tipo como él. Muy en el fondo sabía que lo que odiaba no era especialmente a Marshall sino el hecho de verse obligado a soportarlo.

Por suerte iba a tener con que distraerse al menos por un rato, la princesa Cangrejo había hecho una fiesta en la playa e iban a ir todos los príncipes y princesas, incluso su sobrina estaría ahí, cosa que tenía muy feliz a Marceline quien ya ansiaba ver de nuevo a su novia.

Sólo había una regla para asistir y es que todos los presentes debían andar en traje de baño porque poco o nada saldrían a tierra firme, toda la fiesta sería en el agua.

No recordaba cuando fue la última vez que usó un traje de baño, pero logró encontrar uno que le quedaba bastante bien, era un simple short color azul marino con unas líneas rojas a los costados, no estaba mal. Se puso una playera de tirantes y ya estaba listo para ir a nadar.

No le dio vergüenza pasar así por todo su reino porque iba en su carruaje, junto con Marceline que había insistido en que él la llevara. La chica llevaba el cabello recogido en una coleta y un conjunto de color blanco que contrastaba bien con su piel; al menos tenía que admitir que su sobrina tenía buen gusto.

Cuando llegaron ya era de noche y había tanta gente reunida que no podrías encontrar a alguien ni buscándole todo el día, pero como Marceline podía flotar logró dar con Bonnibel casi enseguida y arrastró a Gumball con ella para ir a encontrarla. No se quejó porque igual quería ver a su dulce Bonnibel.

— ¡Bonnie! —gritó Marceline lanzándose contra ella.

La hubiera tumbado si Gumball no estuviera ahí. La había sujetado de los brazos para evitar que esta pequeña sin vergüenza la tacleara, pero ella no parecía enojada, estaba feliz de volver a ver a Marceline y la tenía abrazada por la cintura recargando su rostro en su cuello.

El pelirrosa rápidamente se dio cuenta que ahí sólo salía sobrando así que se alejó para ir a saludar a algunos colegas con los que tenía tratos, como por ejemplo el príncipe grumoso, pero antes de poder llegar Fionna lo interceptó, iba corriendo hasta él con una tremenda cara de felicidad que lo hizo sonreír, hasta que vio que venía con su patético novio.

— Hola, Gumball. —lo saludó al llegar junto a él.

— Hola, Fionna.

Ella le dio un codazo al vampiro para que saludara también ya que sólo se había parado junto a ella con los brazos cruzados y mirando hacía cualquier otro lugar.

— ¿Acaso quieres que lo salude? Estuve en su casa esta mañana, Fionna.

— Ni a mí me interesa hablarle.

— Ustedes dos ya deberían tratar de llevarse bien. No son tan diferentes y lo sabrían si hablaran un poco. —los regañó.

— Eso díselo a él. Es imposible mantener una plática seria con este tipo.

Ninguno pudo decir nada más porque en eso se acercó el príncipe Flama hasta ellos para saludar a su gran amigo Marshall. Nunca lo había visto sonreír con otra persona que no fuera Fionna. Al parecer ella también se sorprendió de verlo tan amistoso con alguien.

— ¡Cuánto tiempo, hombre!

— Debería reclamarte por no haber vuelto al castillo. —se quejó Flama.

— Lo siento, he estado un poco ocupado. —volteó a ver a Fionna — Te presento a mi novia.

— Oh, una niña buena. Muy típico de ti. —se burló.

Gumball tenía unas obvias razones para no simpatizar con él, pero tampoco quería irse y dejar a Fionna sola con esos monstruos, no les tenía nada de confianza y si algo le llegaba a pasar jamás se lo perdonaría.

Le temblaban las piernas. Ninguna parte de su cuerpo había olvidado el incidente y, no iba a admitirlo, pero todavía le tenía bastante miedo a Flama.

— ¡Hey! —exclamó al reparar en él — Gumball, que gusto verte.

Le estaba tendiendo la mano, pero él sólo lo miró. No quiso saludar ni hacer ningún movimiento; ya era grande y debería superar las cosas, pero no podía evitarlo, algo le impedía olvidar aquel suceso.

A veces le pasaba por la mente que era un pésimo gobernante, un niño jugando a ser adulto.

— ¿No me digas que no me has perdonado por aquello? Gumball, teníamos diez años, por favor. —se rio.

El pelirrosa siguió sin decir nada, podía llamarlo infantil todo lo que quisiera, pero sólo él, y por desgracia también Marshall, sabían el gran trauma que todavía sufría por culpa de esa broma estúpida de niños. Flama siempre se había creído superior a todos, será por eso que tanto lo odiaba, al igual que al vampiro que había dado muestras de ser igual de imbécil.

— Pero vaya que eres rencoroso.

— Marshall, iré con Gumball a dar una vuelta, nos alcanzas luego.

Fionna al darse cuenta de la situación en la que estaba el pelirrosa decidió llevárselo. Ni ella sabía lo que estaba ocurriendo y no tenía ni idea de a que se refería Flama, pero por la expresión que había adoptado Gumball, o se lo llevaba de ahí en ese momento o el pelirrosa terminaría haciéndole daño a alguien, a pesar de ser pacifista.

— ¿Qué te pasa, Gumball? —preguntó cuándo estuvieron lo suficientemente lejos.

— No es nada.

Ella no quiso decir nada más, pero claramente se dio cuenta de que llevaba los puños cerrados y una expresión de odio.

Caminó con él un buen rato hasta la arena sin soltarlo del brazo en ningún momento. Le iba señalando una que otra cosa y lo obligaba a ir a los puestos de comida distribuidos por todo el lugar; después de un rato ya se veía más relajado e incluso sonreía. Gracias a ella había sido capaz de olvidarse de esos dos, aunque fuera sólo por un corto rato ya que Marshall no tardó tanto en alcanzarlos, no le gustaba ver a su novia con alguien más.

— ¿Se divirtieron? —preguntó irónico al llegar.

— Vamos, caminemos juntos.

Lo tomó también del brazo e iba viendo todo con los dos a su lado. Lo malo era cuando se detenía por cualquier cosa y ellos dos se veían obligados a esperarla solos.

— Ya me voy, Fionna. Necesito estar en mi reino.

— Pero acaba de empezar la fiesta, Gumball.

— Lo siento.

Comenzó a caminar para salir de ahí, pero antes de que lo consiguiera el vampiro había hecho otra de sus bromas y bajó su short frente a todos los presentes, dejando su ropa interior al descubierto. Algunos rieron y otros simplemente lo miraron con curiosidad, pues al parecer el príncipe no tenía nada que envidiarle a nadie.

Gumball terminó sonrojado junto con algunas princesitas que lo miraban y no de forma inocente. A pesar de que Marshall había sido el culpable de eso se sorprendió de que no tuviera mucho de lo que burlarse. Ahora estaba molesto.

En cuanto Gumball se subió el short se alejó por donde iba tratando de ignorar las miradas de todos. Alguien lo alcanzó y jaloneo su brazo para que lo siguiera. No se detuvieron hasta estar a buena distancia y detrás de unas rocas que lo cubrieran de la vista de todos los curiosos.

— ¿Marshall? ¿Qué rayos quieres?

— No me dijiste nada…

— ¿Ah? ¿Qué querías que te dijera? Que te diera las gracias por humillarme públicamente. Idiota.

— No me refería a eso. ¿Por qué no peleaste conmigo?

— ¿Acaso tenía motivos? Yo acepté todas estas cosas.

— Pero lo vuelves aburrido.

— Pues perdona por ser aburrido para tus bromas. —dijo con un claro tono de sarcasmo.

— Lo arruinas todo.

Gumball se sentó en el piso y cerró los ojos. Por el momento no quería saber nada ni de él ni de nadie, estaba cansado y quería irse de ahí, pero su carruaje tardaría en llegar y después de esa humillación no le apetecía pasar de nuevo por donde se encontraban todos.

Marshall lo observó y luego se sentó junto a él. Quería ir a ver a Fionna, pero la había visto bastante entretenida junto a Bonnibel y Marceline; por nada del mundo le apetecía estar con su hermana. Por ahora la compañía menos molesta era el pelirrosa.

— ¿Qué haces aquí todavía?

— Yo puedo estar donde a mí se me dé la gana.

— ¿Se te da la gana estar junto a mí?

Marshall no respondió a sus provocaciones, él era el que se encargaba de hacer ese tipo de bromas y que se las hicieran no era nada agradable.

— ¿Realmente crees que no se puede entablar una plática conmigo?

— No lo creo, estoy seguro de eso.

— Entonces explica qué estamos haciendo ahora.

— No tardaras en salir con tus idioteces.

— ¿Quieres hacer una apuesta?

— ¿Si yo gano qué?

Se lo pensó un segundo.

— Si tú ganas dejaré las humillaciones en público.

Gumball volteó a mirarlo para ver si estaba hablando en serio. Debía estar loco, pero le creyó.

— ¿Y si ganas?

— Si yo gano… dejarás de interponerte entre Fionna y yo.

No le gustaba mucho ese plan, él siempre iba a desconfiar del vampiro, pero por otro lado si él ganaba y realmente lograban tener una plática seria, al menos sentiría que no era tan idiota como había pensado en un principio.

— De acuerdo.

— Bien, ¿Por qué le sigues guardando tanto rencor a Flama?

— ¿Por qué se lo sigues guardando tú a Marceline?

— Yo pregunté primero.

— El día que sucedió lo de los lobos… Fue él también quien provocó muchas de mis cicatrices. Se burlaba de mí diciendo que jamás llegaría a ser ni la mitad de lo que el reino necesitaba.

Marshall se había quedado callado escuchándolo, a pesar de todo lo que él había hecho sentía que Flama había sido mucho más cruel que él. Tal vez si él fuera el hijo de su padre estaría más complacido e incluso feliz.

— Me lo robó todo.

Gumball había estado esperando que respondiera y sabía perfectamente a lo que se refería porque él ya conocía la historia, pero aun así quería escucharla de su propia boca.

— Se quedó con el cariño de papá y con su admiración, yo siempre fui una carga para todos. Un error. Y por si fuera poco nunca se cansó de restregármelo llevándome a todos lados para que ambos hiciéramos algo en lo que ella era mucho mejor que yo.

— Yo no creo que ella te odie. Te quiere.

— No me interesa. No voy a perder todo lo que tengo ahora.

— ¿Qué es lo que tienes?

Esa pregunta lo hacía enojar, pero había prometido mantener una conversación seria.

— Tengo una bonita novia, el cariño de mi padre y su respeto.

— ¿En serio?

Unas imágenes vinieron a su cabeza, pero enseguida las borró de su memoria, no había porque pensar en eso ahora, sin embargo, tampoco pudo responder a la pregunta de Gumball. Sabía que la verdad era que no tenía nada, su padre seguía odiándolo, sólo que ahora odiaba más a Marceline.

— Eres todo un caso. Haciendo todo lo que te pidan para no decepcionar a tu padre.

— ¿Qué hay contigo? Haces cosas que no quieres para estar a la altura de tu reino, aun cuando ni siquiera quieres hacerlo. Esa responsabilidad está acabando contigo.

Los dos se quedaron callados escuchando el ruido de las bocinas que todavía seguían tocando música a lo lejos, la fiesta continuaba su curso como si ellos dos no fueran nada en el mundo. Se sintieron tan pequeños que ninguno quiso romper el silencio.

— ¿Se supone que ahora eres mi amigo?

— Claro que no. Yo te odio. —respondió el vampiro.

— Me alegra escuchar eso.

— Gumball, ¿Por qué no te casas?

— ¿Por qué tendría que hacerlo? —preguntó extrañado.

— Tienes que dejarle un gobernante a tu reino, ¿acaso no se te había ocurrido que tú no eres infinito?

No respondió, pudo ver en su expresión que jamás se lo había planteado. Había querido ser el mejor gobernante para su gente y nunca se le ocurrió que no duraría para siempre por lo que si él llegaba a morir sus dulces estarían solos…

— Tienes razón. Creo que debería casarme.

— Tío… ¿Qué está pasando? ¿Por qué hay tantas princesas en la sala?

— Voy a escoger esposa.

Eso sorprendió tanto a Bonnibel como a Marceline quien también se encontraba junto a ella. Incluso Marshall lo escuchó al otro lado del salón donde estaba sentado, pero no dijo nada, simplemente siguió observando a todas las candidatas; al parecer el príncipe era más popular de lo que hubiera imaginado, aunque quizá fue también a causa de su pequeña broma en la playa hace tres días, que ahora tantas estaban interesadas en él. Eso lo hizo reír.

— ¿Qué?

— ¿Te sientes bien, Gumball? —preguntó la vampiresa.

— Estoy más cuerdo que nunca. — suspiró — Mira, estuve pensando en esto y si yo muero no quiero dejar a mi reino desprotegido, ya es hora de que tenga un sucesor.

— ¡Esa no es razón suficiente! Si quieres un sucesor entonces basta con nombrar a alguien como tal.

— Nadie sería tan digno de ese honor como un hijo mío.

— ¡Gumball!

— Deja de alterarte, Bonnibel, yo ya tomé mi decisión.

— No puedo dejar que hagas esto.

El pelirrosa la miró de una manera tan fría y seria que ella no pudo reconocer a su tío en aquel hombre que le estaba hablando, parecía otra persona, como si de un momento a otro hubiera pasado algo que lo hizo convertirse en otro.

— Creo que ya deberías volver con tus súbditos, te deben estar necesitando.

No se quedó a escuchar lo que tuviera que decir. Comenzó a dar órdenes a sus dulces para que fueran pasando a las princesas de una en una a su despacho. No le importaba tardar toda la noche, para mañana él ya tenía que saber con quién iba a casarse.

Marshall se fue detrás de él. No estaba seguro si quería molestarlo un poco o simplemente opinar sobre su futura señora, lo dejó quedarse con él, sin peros y sin reclamos. Después de todo la idea había sido suya.

— ¿Por qué sonríes?

— No creí que tuviera tanta influencia en ti.

— Y no es así, pero tu comentario tenía razón. Debo pensar más a futuro.

— Por supuesto.

Ese nuevo Gumball, no le caía tan mal. Ya ni siquiera le habían dado ganas de humillarlo y eso que la apuesta la había ganado él.

Le daba curiosidad que tipo de esposa escogería el pelirrosa; antes hubiera jurado que alguien como la bibliotecaria estaría bien para él, pero ahora no estaba muy seguro. Quizá alguien como la princesa anillo de compromiso… No, ella era demasiado torpe, no podría estar con alguien…

Que idiotez, ¿Por qué estaba pensando con quién podría estar Gumball? Él sólo quería estar ahí para opinar y que al menos no metiera tanto la pata eligiendo. Sería una larga noche.


Respuesta a los reviews.

GabyBlue98C: Owww, eso fue tan lindo, por comentarios así es que sigo escribiendo :3 Yo también creo que te decía así por cariño xD Sólo espero que no me odies ahora por este capítulo :D