Peeeeeeersonas :'3
Extrañaba publicar, aunque no lo crean, pero se los dije, no voy a dejar las historias. Los que siguen mi página sabían que publicaría este fin de semana, y los que no pues ya se están enterando.
No los distraigo mucho, es que los extrañé.
Pero nos leemos en sus lindos reviews que me hacen querer seguir de inmediato.
Espero lo disfruten. Se cuidan.
Estaba harto de buscar pareja con Marshall al lado todo el tiempo, no había una sola princesa que le agradara, se la pasaba poniéndole peros a todas, que si porque era muy delgada, muy gorda, muy grande, muy rara, que si era torpe. A este paso se acabarían las opciones y no estaría con nadie.
—¿Por qué te estoy haciendo caso si el que busca la esposa soy yo? —le cuestionó al chico que seguía flotando a un lado suyo en su despacho mientras el revisaba los perfiles de todas las princesas.
—Porque fui yo el de la idea. De todos modos, sabes que tengo razón.
Gumball decidió ignorarlo y seguir viendo cuidadosamente cada fotografía adjunta a su descripción. Nunca había pensado en esto y ahora tenía que hacerlo de un día para otro, en parte estaba nervioso, hacer una vida con alguien no era cualquier cosa, era otra responsabilidad más que tener. Suspiró, estaba agobiado de tener tantas cosas por las que preocuparse, a este paso se volvería viejo más rápido de lo que hubiera imaginado.
—Llevamos una semana con esto y no has podido escoger a nadie. Que patético, príncipe.
Marshall amaba burlarse de todo lo que tuviera que ver con Gumball, el pobre a veces ya ni siquiera le hacía caso, se estaba acostumbrando.
Las fotografías habían sido tomadas para hacer que cada princesa resaltara sus mejores atributos, pero él las conocía en persona a todas y sabía perfectamente bien como era cada una de ellas. Siguió viendo, pero parecía que jamás encontraría a la persona correcta, quizá debía salir con alguna como cualquier persona normal haría y de ahí tal vez llegaría el amor.
Se detuvo en una de las fotos. Conocía a todas las princesas, pero a ella mejor que a nadie, incluso recordaba que le gustaba cuando era un adolescente, pero nunca dijo nada porque consideraba que era demasiado joven para él.
El vampiro se dio cuenta que ya llevaba bastante tiempo observando una sola foto y silbó al ver de quien se trataba.
—Apuntas en grande, rosadito. ¿No se supone que no querías saber nada de ese reino?
—No me interesa llevarme bien con el príncipe Flama, pero Fibi fue mi amor platónico cuando chico.
—¿En serio? Quién lo diría. Pero tú de verdad no quieres nada con esa familia, todos son iguales.
—Ella era agradable.
—Gumball, no te conviene.
—No tengo que hacerte caso, de todas es la única que de verdad me interesa —sonrió —. Creo que he encontrado a la indicada.
—¿Estás seguro? Es demasiado explosiva, sabes.
—No me importa, estoy seguro que ella y yo nos entendemos bien.
—De acuerdo, como quieras.
Marshall la recordaba de cuando era apenas una niña, pero era un recuerdo tan vago. En los últimos años no la había visto salvo en una ocasión, pero no le prestó mucha atención ya que estaba ocupado tratando unos asuntos con su primo.
—Tendrás que lidiar con Flama, sabes que es de su familia.
—Lo sé. No está tan mal.
Debía interesarle lo suficiente como para no importarle el hecho de que fuera a ser pariente de Flama, y eso lo sorprendía bastante después de todo lo que le había hecho el chico.
—Bien, espero que no quiera quemarte tus cositas cuando se entere que te gusta su prima.
Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y salió del despacho sin darle tiempo al príncipe de decir una sola palabra a su favor. Aunque Gumball en realidad no supo qué decir, sabía bien que tenía razón, si se acercaba a ella corría peligro, sin contar que casi era una niña para la edad que él tenía. O eso pensaba él.
La verdad es que Fibi tenía veinticinco años, él tenía treinta, así que la diferencia no era tanta, pero en cuanto creció y tuvo tantas cosas por las que preocuparse la edad le fue pesando cada día más. No se quejaba de su trabajo, de hecho, antes de que Marshall apareciera hubiera dicho que amaba gobernar y cuidar de sus dulces ciudadanos, pero después, todo se complicó con la llegada del vampiro, todavía no entendía cómo podía gustarle a Fionna.
Decidió que no era momento para estarse sintiendo viejo, tenía muchas cosas que hacer como para centrarse en sí mismo.
—¡Señora Menta! —gritó el príncipe desde su silla.
Estaba seguro de que no tardaría en aparecer, ella era eficiente. Una de las pocas personas confiables que todavía tenía.
No más de cinco minutos después ya se encontraba la dulce señora ahí con una taza de té en una bandeja la cual dejó sobre el escritorio del príncipe.
—Creí que necesitaría un poco de té.
—Muchas gracias —dijo con una sonrisa cansada.
Se frotó el cuello, se levantó del asiento y estiró los brazos.
—Necesito que prepares mi carruaje, deben ir dos guardias conmigo además del chofer…
—Gumball, quizá deberías dejar eso para mañana. Hoy ya es tarde.
—¿Lo es?
Miró el reloj sobre la pared de al lado y se dio cuenta que tenía razón, había estado tan concentrado revisando los perfiles que ni siquiera se dio cuenta del tiempo, por más príncipe que fuera esa era una hora inapropiada para visitar a nadie.
—Será mañana entonces.
La señora Menta sonrió dando a entender que esa le parecía una mejor idea.
—Que descanse, majestad.
Se retiró dejándolo solo recogiendo sus papeles.
Siempre dejaba todo ordenado antes de irse a la cama, en parte para asegurarse de que el vampiro no fuera a andar fisgoneando en sus cosas. En estos momentos parecía no andar cerca, pero era mejor prevenir.
Salió del despacho después de haber organizado todo tal y como debía; Por el camino a su habitación iba pensando en la manera en la que le hablaría a Fibi después de tanto tiempo, no debía avergonzarse y paralizarse frente a ella, al fin y al cabo él ya no era un niño y ella había enviado sus datos ante su anuncio sobre su búsqueda de una esposa, no había obligado a nadie a participar, Fibi quería esto, aunque también era probable que se tratara sólo de una estrategia para aliar los reinos, eso tampoco le venía nada mal.
Extrañaba tanto su cama que ni siquiera se molestó en desvestirse o acomodar las sabanas, simplemente se tiró y se quedó dormido.
El aire que entraba ruidoso por la ventana lo despertó a media noche con ganas de ir al baño y tanta sed que no tuvo más remedio que salir de la cama para saciar sus necesidades. Bien podría haber llamado a la señora menta para que le trajera algo de agua, pero no quería abusar, sabía que para esos momentos ella estaría dormida también, no le costaba nada ir hasta la cocina por ella.
Bajó los escalones en silencio, pero un sonido lo distrajo de su objetivo, alguien susurraba y no sólo eso sino… llanto, tenue, apenas audible, pero notorio.
Buscó el origen llegando hasta la sala donde se asomó por la puerta tratando de no ser visto y de hacer el menor ruido posible. Era Marceline, estaba sentada en el sillón a oscuras, la única luz provenía de la luna colándose por la ventana y cayendo sobre ella.
Lo sorprende era que su hermano estaba con ella, acostado con la cabeza en las piernas de la pelinegra. El llanto provenía de él, o al menos eso alcanzaba a distinguir.
—Papá me odia… —decía entre el llanto el vampiro
—No es verdad, él te ama, sólo tiene una manera muy rara de demostrarlo.
Le acariciaba el cabello tratando de calmarlo mientras él dócilmente se dejaba arrullar.
—No es así. Te odia más a ti que a mí, ese es el único motivo de que me mantenga cerca, pero si hago algo mal me echará. Es todo lo que tengo.
Seguía gimoteando en las piernas de su hermana aferrado a sus rodillas y prácticamente hecho bolita en el sillón.
No quiso seguir interfiriendo más, se sentía incómodo escuchando los sentimientos de Marshall después de creer que no los tenía, lo consideraba un niño mimado que amaba hacer sufrir a los demás, ahora no sabía cómo iba a mirarlo a la cara al día siguiente.
Se fue a su cuarto y no logró sacarse esa imagen de la cabeza hasta quedarse dormido, por alguna razón viéndolo así, no parecía tan mal chico.
A la mañana siguiente mientras alistaba sus cosas para ir a ver a Fibi seguía en su mente lo que había visto por accidente, esa faceta tan sensible. No había querido mirarlo mucho porque sentía miedo que de alguna manera fuera a descubrir que los vio, pero el vampiro seguía actuando como siempre, fastidiándolo a ratos e ignorando a su hermana por completo.
—Marceline, necesito que tú vengas conmigo.
Tanto Marshall como Marceline e incluso la señora Menta se sorprendieron, pero a excepción de Marshall nadie más dijo nada.
—¿Por qué a ella? ¿Acaso decidiste quitarle la novia a tu sobrina en lugar de ir por la niña fuego? —se burló.
—No estés celoso, te veré cuando regrese.
Marceline se rio de la respuesta de Gumball, nunca había escuchado a nadie responderle así a su hermano. Ni siquiera sabía que decir puesto que estaba acostumbrado a ser el que humilla no el humillado.
—Claro, iré contigo.
—Gracias.
Lo dejaron ahí, todavía anonado por lo inesperado del comentario burlista viniendo de alguien como él.
El pelirrosa en el carruaje se abstrajo con los árboles y las laderas que veía cada vez más cambiantes hasta llegar a donde empezaba a haber sólo rocas. Ella se había mantenido callando mientras esperaba que le dijera porque quería su compañía, intuía que la razón de que quisiera que fuera con él no era sólo el hecho de no querer llegar solo.
—¿Y bien? ¿Por qué querías que viniera contigo?
—Oh, cierto. Yo —carraspeó incomodo —, escuché ayer por accidente…
No había terminado de hablar cuando lo calló.
—¿Escuchaste mi conversación con Marshall? —preguntó un poco molesta.
—No toda, sólo una pequeña parte; y no fue intencional. Sólo que, Marshall se veía tan… —no sabía cómo describirlo.
—¿Sentimental? —lo ayudó ella.
—Algo así. Quiero decir, nunca hace el más mínimo esfuerzo por saludarte siquiera.
—No vayas a mencionárselo a él. No lo recuerda porque estaba borracho.
—¿Tan mal le va con el alcohol?
—Sí, ese es su problema. Nunca tiene recuerdos de lo que hace, pero al menos borracho se porta mejor.
Las puertas del reino de fuego se alzaron ante ellos y el carruaje se detuvo, antes de salir se rociaron con aquel extraño líquido que evitaba que fueran a sufrir quemaduras o que el ambiente fuera a asfixiarlos.
En cuanto bajaron y la enorme puerta del reino se abrió un guardia salió a su encuentro, enseguida los reconoció y dado que ya había sido avisado de que vendrían los dejó pasar conduciéndolos hasta el lugar donde se encontraba la princesa, ahora era toda una adulta y ella misma tomaba sus decisiones por lo que Gumball prefería trata con ella primero antes de tener que conversar con toda su familia.
Ella estaba esperándolo con ansias desde que recibió la llamada de la señora Menta, conocía al príncipe desde hace mucho, siempre le había gustado, pero en las pocas veces que dio muestra de acercarse él nunca la dejó acercarse del todo, porque claro, era menor y sabía exactamente lo que Gumball pensaba al respecto.
La sorprendió verlo con alguien, a ella jamás la había visto, pero era claro que era un vampiro.
—Hola, princesa.
—Por favor llámame Fibi, deja las formalidades a un lado por esta vez.
—De acuerdo. Fibi —sonrió saboreando cada letra.
Marceline se sentía un tanto incomoda, esos dos de verdad tenían química; o al menos parecía que la tenían.
—Ella es una amiga. Se llama Marceline —la presentó.
La cogió desprevenida el que la hubiera presentado como su amiga pues no tenía consciencia de que lo fuera. Supuso que era más fácil decir eso que explicar toda la historia.
—Marceline, ella es la princesa Fibi.
—Es un placer conocerte, Marceline.
—Lo mismo digo —respondió tomando la mano que la chica fuego le extendía.
Se sentaron juntos a conversar largo y tendido mientras Marceline admiraba todo lo que hubiera para ver en la habitación. De vez en cuando volteaba a verlos a ellos notando lo bien que se llevaban; en el corto tiempo que llevaba en el palacio de Gumball nunca lo había visto llevarse tan bien con nadie, a pesar de que ya estaba empezando a tener más comunicación con su hermano no se parecía en nada a los que esos dos emanaban. Por otro lado, se llevaban tan bien que no podía evitar pensar que simplemente se veían bien como amigos, tenía la sospecha de que casados arruinarían todo, pero ella no era quien para criticar su decisión.
Hablaron de trivialidades, ambos sabían cuál era el objetivo de la visita de Gumball, y de todos modos no encontraba la manera de decírselo.
—Sólo deberías, ya sabes, ir al punto —dijo la pelinegra ya algo cansada de estar ahí.
—Claro… —se quedó en silencio pensando cómo empezar.
Se sorprendió de salir tan apresurado que ni siquiera había hecho un plan. No tenía idea de si iba a pedirle matrimonio o hablar primero de los beneficios que traería su boda para ambos reinos.
—Nuestra boda podría ser la unión de ambos reinos. Como todo soberano debemos ver por nuestros súbditos incluso antes que por nosotros mismos —mencionó Fibi sacando del apuro a Gumball.
—Exacto. Creo que sería bueno para ambos la combinación de ambos ejércitos, con mi círculo social y tu ingenio, haremos grandes cosas.
—¿Es esa tu manera de proponerme matrimonio, Gumball?
El pelirrosa se sonrojó haciendo reír a la chica.
—Se a lo que te refieres —continuó la chica —. Habrá que ver los detalles, y tenemos mucho que planear.
—Desde luego. ¿Qué te parece si te invito dentro de dos días a un almuerzo informal en el reino y discutimos el asunto?
—Me encanta la idea.
—¿Ahora podemos irnos, Gumball? —interrumpió la vampiresa.
No quería ser maleducada, pero llevaban cerca de dos horas ahí y ella se aburría sin nada que hacer ni nadie con quien hablar.
—Sí, podemos irnos.
—¿Tan pronto?
—Lo siento, hay cosas pendientes en el reino.
—Te entiendo. Nos vemos, Gumball.
Se levantaron y con un abrazo y un beso en la mejilla se despidieron. Fibi los acompañó hasta la puerta principal y los volvió a despedir con la mano mientras se subían al carruaje.
Marceline podía notar que la actitud de Gumball había cambiado, incluso podría jurar que parecía feliz. Quizá el chico estaba enamorado de la princesa fuego, era raro verlo así, aunque era obvio que se estaba reprimiendo.
—¿Estás feliz?
—¿Por qué lo dices?
—Lo pareces.
Él negó con la cabeza y no dijo nada en lo que restó del camino, ni ella hizo el esfuerzo por volver a hablar, cuando se encerraba en su mundo no valía la pena intentarlo siquiera.
Marshall estaba de pie en la puerta aprovechando el día nublado y de paso esperándolos, por el trato que tenía con Gumball no podía hacerle bromas a ningún otro dulce que no fuera él, se estaba aburriendo tanto que había salido a tomar aire justo cuando iban llegando. Al fin podría jugarle un par de bromas al pelirrosa para levantarse el ánimo.
—Estuve muy aburrido sin ti, príncipe —dijo a manera de burla mientras le pasaba el brazo por los hombros.
—Supongo que no hallabas a quien fastidiar.
—Justo por eso es tedioso estar aquí si no estás.
—Hola, Marshall.
Sabía que era inútil, pero todavía no perdía la esperanza de que lo perdonara. Sin embargo, él sólo la miró con desdén y volvió a ignorarla. Marceline no tuvo más remedio que cambiar de rumbo y dejar de seguirlos, Gumball iría a su despacho, así que ella pasaría el día en la biblioteca, o tal vez simplemente estaría en la habitación llamando a su novia.
—Ya veo cuanto me extrañaste —se mofó el pelirrosa del vampiro que no se había separado de él.
En ese momento lo soltó y se cruzó de brazos, ya en el despacho había muchas posibilidades para hacerlo enojar y ni siquiera necesitaba hacer nada, sabía muy bien que su simple presencia lo irritaba.
—No hay a quién molestar.
—Estoy empezando a creer que te estás enamorando de mí, Marshall —dijo mientras acomodaba las cosas en su escritorio para empezar a trabajar.
Ya eran casi las tres de la tarde y no había arreglado ningún pendiente; iba retrasado con sus deberes.
—No te hagas ilusiones, no eres mi tipo. Me gustan rubias y con un poco más de pechos —fingió manosear el aire para dar a entender su punto.
—No hables así de ella frente a mí —replicó molesto encarándolo.
—Tú me provocaste.
Le había plantado cara, pero no tenía caso, ya lo conocía y sabía que no iba a cambiar. Suspiró y abrió un cajón de su escritorio de dónde sacó una botella de tequila, siempre estaba ahí a pesar de que él no tomaba, sim embargo, en ocasiones le daba un pequeño sorbo sólo para calmar el estrés de un trabajo tan demandante.
—Mira, olvídalo, nada gano peleando contigo. Te ofrezco un poco de esto en señal de paz —dijo extendiendo la mano con el alcohol.
—Vaya, te estás ablandando.
Tomó la botella y tragó todo el tequila que le fue posible de un solo trago mientras el pelirrosa miraba sorprendido la rapidez con la que había tomado; una sonrisa se le poso en los labios.
Un máximo de una hora después el pelinegro estaba sentado en el pequeño sillón individual del estudio con la botella aferrada en la mano derecha, totalmente ebrio y balbuceando cosas que no le interesaba entender. El pelirrosa había encontrado la manera de tenerlo bajo control y pensaba usarla siempre que fuera necesario.
—Gumball.
—¿Qué quieres?
—Entiendes que si te fastidio es porque tengo que hacerlo, ¿cierto? No porque realmente quiera.
Dejó lo que estaba haciendo y volteó a mirarlo, quizá se había pasado un poco, pero no estaba arrepentido, verlo así era incluso divertido. Se había sonrojado y lo miraba expectante, una expresión que hasta podría considerarse tierna, pero eso no lo aceptaría nunca sólo por tratarse de Marshall.
—¿Entonces no me odias?
—Me pareces un idiota, pero no te odio.
En ningún momento planeó interrogarlo o sacarle la verdad por medio del alcohol, pero no parecía tan mala idea. Se levantó de su asiento y se arrodillo frente a donde el pelinegro estaba sentado viendo fijamente su rostro quien también lo estaba mirando con ese mismo sonrojo y esos ojos que parecían los de un cachorro enfermo.
—Estás muy cerca, Gumball.
—¿Te molesta?
—Me incomoda —respondió mirando la mano apoyada en el reposabrazos del sillón.
—¿Te caigo mal? ¿Preferirías estar lejos de aquí? —preguntó el pelirrosa poniéndose de pie, pero sin quitarse de enfrente.
—Me gusta aquí. Y no me caes tan mal, eres un buen tipo.
Decidió que no podía seguir aprovechándose de alguien tan vulnerable, lo mejor era que volviera al trabajo por ahora, pero no dudaría en utilizar el alcohol en cualquier ocasión en la que fuera necesario controlar a ese vampiro maleducado.
Pregunta: ¿Quién creen que saldrá peor parado en esta historia? 3:D
Ahora sí, lo importante. Respuesta a sus reviews -inserte aquí un corazón imposible de poner con símbolos-.
GabyBlue98C: Siempre dejas reviews, eso es muy lindo de tu parte. No te preocupes que ya después veremos a Marshall sufriendo, o tal vez no, nunca se sabe xD Que lindo que revises esta historia primero, eso es lo más tierno que me han dicho, me harás llorar T-T Nos seguimos leyendo, espero este capítulo también te haya gustado.
Persona invitada (que no aparece nombre, pero no por eso dejaría un review sin contestar): Aquí está ya la continuación, espero lo disfrutes, ya no tardaré tanto en actualizar, promesa de escritor de esas que no valen (?).
