Hola, personitas lindas.
Primero que nada gracias a todos aquellos que siguen esperando, uno se sorprende de ver que sigan aquí a pesar de lo mucho que me tardo.
Todas las opiniones son aceptadas y si quieren dar follow y fav no me enojo, aunque me conformo con que me digan que les parece.
Se cuidan mucho y espero que no haya errores que se me hayan pasado por alto porque, literal, acabo de terminar y no lo revisé, en fin, espero haber escrito bien xD
Nos leemos pronto.
Marshall se sorprendió esa mañana al toparse con el príncipe y no verlo ataviado con sus galas de niño rico como todos los días, en su lugar llevaba un suéter morado por encima de una camisa blanca con mangas largas y un pantalón color negro. Se veía formal, pero no como un príncipe, era un poco extraño, llevaba una sonrisa pintada en el rostro que, aunque se esforzara por ocultar, no pasaba desapercibida.
Todos en el palacio lo miraban de reojo pues no estaban acostumbrados a verlo tan casual.
A medio día alguien tocó la puerta y todo el castillo se movilizó cumpliendo las ordenes que Gumball había dado en cuanto su visita se presentara. La señora Menta era la encargada de abrir la puerta a la jovencita, después de hacerla pasar la condujo hasta el jardín trasero donde aguardaba el príncipe sentado en una pequeña mesa bonita y sencilla que se encontraba cerca de un árbol protegiéndolos del sol.
—Bonito recibimiento, Gumball —expresó al tiempo que él se ponía de pie para recibirla.
—No mereces menos. Te ves hermosa hoy, Fibi —dijo contemplando el hermoso vestido rojo, pero sencillo que portaba la princesa.
—Lo mismo digo, príncipe. Nunca lo había visto con una ropa como esa.
Sólo sonrió.
—Pero siéntate, que no te hice venir hasta acá para tenerte de pie.
Ella le devolvió la sonrisa y se acercó mientras Gumball separaba la silla de la mesa para que pudiera tomar asiento; como todo un caballero.
—Gracias.
Se sentó frente a ella viéndola a la cara para que pudieran conversar a gusto.
Ni en un millón de años se habría imaginado que algún día estaría junto a Fibi planeando su boda, a decir verdad, todavía no podía creerlo; se sentía un poco nervioso, era la primera vez que salía con una chica y ya estaban arreglando los planes para casarse. Tenía que admitir que no era como lo había imaginado, todo lo que Fibi decía eran más razones políticas que románticas, pero no le sorprendía, la unión de sus reinos sería una de las alianzas más significativas puesto que su reino era uno de los más grandes y el de ella se componía por el ejército más fuerte.
Pensó que quizá no era necesario que se hubieran reunido ahí, para tratar esos temas bien lo podrían haber hecho en el despacho; había creído que ella se sentiría más cómoda si su boda la planeaban como una pareja de enamorados, pero sospechaba que estaba más satisfecha viendo esto como lo que era: un mero acto político.
Marshall irrumpió abriendo la puerta del jardín tan rápido que el príncipe apenas logró notarlo cuando él ya se encontraba a escasos metros de ellos.
—¡Mira! Pero si es la chica de fuego.
—Marshall —pronunció ella sin ningún atisbo de simpatía.
Lo conocía, en un par de ocasiones había estado en el castillo ya que tenía tratos con su primo, pero nunca le dio confianza acercarse a saludar porque los rumores eran fuertes incluso en el reino de fuego. Era un vampiro mimado y problemático, si se acercaban a él lo más probable es que tuvieran problemas en algún momento y ese sería justo el momento en el que desaparecería como el cobarde que era.
Ella sabía que ya lo había hecho en otras ocasiones, y no quería tener nada que ver con él.
—¿Qué haces aquí? Creí que estarías fuera todo el día —lo cuestionó el príncipe bastante enojado por arruinar su cita.
Fionna entró detrás de Marshall corriendo hasta que llegó a su lado y miró a Gumball con algo de culpa; ella sabía perfectamente bien lo que su príncipe tenía planeado para hoy y se sentía apenada de haberlo interrumpido.
—Lo siento mucho, Gumball, le dije a Marshall que no viniéramos justamente aquí.
Se había puesto de pie para darle cara al vampiro que los miraba divertido sin el menor atisbo de arrepentimiento.
—Oh vamos, sólo quería presenciar su bonita cita —se burló.
—Este no es momento para fastidiar, Marshall.
—¿Y quién dice que estoy fastidiando? Sólo vine a saludar.
Se acercó hasta la chica con cabello de fuego. Claramente el lugar había sido rociado de ante mano con aquella sustancia que protege las cosas de que ardan cuando la princesa las toca.
—Te daría la mano, pero en vista de tu… elemento, eso no sería buena idea.
—Marshall, vámonos, por favor —suplicó su novia tomándolo del brazo.
El pelirrosa lo seguía mirando con molestia y le encantaría quedarse a molestarlo un poco más, pero si había algo que siempre intentaba hacer era complacer a Fionna. Sólo por eso se iría de ahí, pero de todos modos no pensaba dejar tranquilo al príncipe, y tenía la mejor manera de hacer que perdiera la razón, incluso sin estar en el mismo lugar que él.
—De acuerdo, vámonos. De todos modos, tú y yo también tenemos cosas que hacer —dijo mirándola de frente y abrazando su cintura.
Gumball captó enseguida poniéndose más molesto que antes mientras miraba la osadía del vampiro y el rostro enrojecido de la rubia.
Antes de que el pelirrosa pudiera decir nada Marshall tomó de la mano a Fionna y salieron de ahí sin decir nada más. Eso lo preocupó más que tranquilizarlo y las ganas de correr tras ellos eran demasiado fuertes, pero no podía dejar así a Fibi.
Se volvió a sentar, pero en todo lo que restó de la conversación no logró concentrarse; la princesa terminó por darse cuenta de que Gumball no estaba ni la mitad de concentrado que al principio y eso la molestaba sobre manera, ¿por qué eran tan importante lo que hicieran esos dos? Comenzaba a pensar que quizá estuviera enamorado de Fionna y no de ella como había hecho creer.
—¿Por qué te interesa tanto esa niña, Gumball? —preguntó enojada.
Hasta entonces el pelirrosa no se había dado cuenta de la expresión de disgusto que había comenzado a aparecer en el rostro de la muchacha.
—Mira, si Fionna es tan importante para ti ve con ella. Nosotros sólo estamos viendo detalles de nuestra boda… Nada importante.
Lo había arruinado, pero a pesar de ello no podía evitar seguir pensando en Marshall y su niña.
—Lo siento, Fibi. Fionna es como una hermana para mí y yo sé que Marshall es un pésimo ejemplo… —miró la puerta una vez más —. Permíteme un minuto, ya vuelvo.
Se levantó de la silla caminando rápidamente a la entrada del castillo dejando sorprendida a la princesa quien no daba crédito a lo que estaba viendo. Gumball la estaba abandonando en ese patio para ir a atender otros asuntos.
—Le pediré a la señora Menta que te traiga algo de comer —le explicó antes de entrar.
No había avanzado ni diez pasos cuando la venerable viejecilla le salió al encuentro.
—¿Desea algo, su majestad?
—Por favor, llévale algo de comer a la princesa.
—Como usted ordene. ¿Algo más? —preguntó al notar su mirada inquieta viendo a todos lados.
—¿Has visto a Marshall y Fionna?
—Por supuesto. Subieron a la habitación del joven hace rato.
Un pánico se apoderó de él y sin siquiera despedirse subió casi corriendo las escaleras. No pensaba permitir que hiciera cosas indebidas con ella y mucho menos en su castillo.
Cuando entró Marshall estaba en la cama sobre el pequeño cuerpo de la muchacha besándola, aunque al menos aún tenían la ropa puesta lo que significaba que no habían hecho nada, pero podía intuir que de no haber llegado él las cosas habrían llegado a más.
Fionna lo miró aterrada y avergonzada al mismo tiempo. A veces cuando estaba con Marshall no era ella misma, se sentía más audaz, más libre, quizá un poco más rebelde, pero ahora que Gumball los había encontrado podía sentir como toda la sangre se le acumulaba en el rostro.
—¡Aléjate de ella, idiota! —le gritó acercándose a él para hacerlo a un lado por la fuerza.
Marshall dejó que el pelirrosa lo tomara por la camisa y lo empujara contra la pared sin quitar la sonrisa de su rostro. La situación se había puesto muy divertida, al menos para él. La cara que Gumball estaba poniendo valía la pena todo lo que tuvo que rogarle a su novia para que aceptara acostarse con él, aunque al final hubiera sido interrumpido, su plan era ese desde el principio, y en caso de que no hubiera pasado así él igual habría salido ganando.
—Gumball, tranquilo. Él no tiene la culpa —rogó Fionna acercándose y tomándolo del hombro.
Inconscientemente se movió de tal manera que terminó empujándola hacía atrás provocando que cayera de sentón en el piso. La rabia que sentía en esos momentos no lo dejó pensar con claridad lo que acababa de hacer, pero Marshall sí lo vio todo y ahora era él quien se había enojado. Se zafó del agarre de Gumball y le dio un golpe en el rostro que apenas lo hizo retroceder unos pasos cuando ya venía directo hacia él dispuesto a matarlo a golpes.
—¡Gumball, no! —gritó desesperada.
Por fin se dio cuenta de que Fionna le había gritado asustada y cuando volteó a mirarla vio dibujado en su rostro horror. No tenía intención de lastimarla y por un segundo había perdido la cabeza por culpa de ese estúpido vampiro; si alguien aquí era responsable de algo era únicamente el pelinegro que calmadamente ayudaba a Fionna a levantarse.
El grito de la chica había alertado a los dulces que se encontraban cerca, algunos guardias habían acudido a la habitación junto con la señora Menta y Marceline, incluso Fibi se encontraba ahí viendo la escena.
Se sintió pequeño de pronto, no sabía cómo responder al revuelto que había provocado.
Marceline fue la primera en atreverse a poner un pie dentro de la habitación, sabía que nadie más lo haría mientras el príncipe no diera la orden y dado que parecía bastante conmocionado dudaba que fuera a decir una sola palabra ahora mismo.
—Fionna, será mejor que te vayas de aquí, al menos por hoy.
Ella asintió sin decir una palabra. Se marchó sin dejar que Marshall la acompañara puesto que no quería que Gumball se pusiera peor.
—Señora Menta, por favor dele la despedida a la princesa —volteó a mirarla a ella y agregó —: El príncipe se pondrá en contacto con usted mañana.
—Como usted diga, madame.
La dulce viejecilla se llevó casi a rastras a la chica fuego y Marceline le hizo un gesto a los guardias para que se retiraran quedando únicamente ellos y Marshall en la habitación.
—Esto es patético. Voy a dar una vuelta.
Salió por la puerta ignorándolos por completo. No pensaba salir del castillo porque el sol era terrible afuera todavía, pero al menos podía distraerse un rato en recorrerlo.
Apenas entonces Gumball logró relajarse un poco y se sentó en el borde de la cama mientras ella examinaba el baño en busca de un botiquín que encontró bajo el lavabo.
—Te sangra la ceja —le dijo como respuesta cuando se la quedó mirando.
Se quedó ahí mirando fijamente la pared mientras Marceline se encargaba de limpiar la pequeña herida que le había hecho su hermano con aquel golpe; estaba seguro de que se pondría morado en un rato más.
Gumball no se quejó, estaba demasiado abstraído en sus propios pensamientos, por primera vez sentía que algo dentro de él había perdido el control. Aunque no le había hecho daño a Fionna se lamentaba haberla tratado así, y hasta cierto punto también sentía que no debería haber intervenido, a fin de cuentas, ellos eran novios y tenían todo el derecho de hacer lo que les viniera en gana, pero ella era su niña, ese vampiro no tenía derecho alguno a tratarla como un objeto porque sabía que todo ese teatro había sido planeado.
—Ya terminé —dijo dejando el botiquín a un lado.
—Gracias.
—¿Por qué fue todo eso, Gumball?
Al principio no respondió y Marceline creyó que no tenía caso interrogarlo ahora, pero después de suspirar el príncipe habló.
—Tu estúpido hermano.
—¿Qué hizo ahora? —preguntó ya resignándose a que Marshall siempre sería un problema para el pobre de Gumball.
—Estaba a punto de acostarse con Fionna.
Pensó en las palabras del chico, pero no veía nada malo en eso, después de todo entendía que eran novios y podían hacerlo.
—Pero ellos son novios, eso es normal, incluso Bonnie y yo…
La mirada que le dedicó el pelirrosa le advirtió que si iba por ese camino no ayudaría en nada.
—Eh, ¿por qué te molesta tanto?
—¿No lo entiendes? Lo hizo para molestarme, sabe que cuido a Fionna como a mi hija y a pesar de eso hoy yo… Casi la golpee.
—Yo no vi que ella tuviera ninguna herida.
—La traté mal y eso es algo que nunca había hecho.
Marceline se puso de pie y lo tomó por los hombros sacudiéndolo suavemente.
—Gumball, reacciona. No le hiciste nada, fue una respuesta normal ante un grado de enojo tan alto.
Él la miró agradeciendo sus palabras. Definitivamente Marceline era mejor que su hermano, si tan sólo él pudiera ser un poco como ella no tendría problemas en aceptar que saliera con Fionna, pero era todo lo contrario, una completa mala influencia.
—¿Por qué Marshall no puede ser un poco como tú? —preguntó con un suave tono triste.
—No digas eso, ya lo han comparado lo suficiente. Es un buen chico, pero siempre se topa con malas críticas.
Gumball no estaba muy de acuerdo, pero no quiso contradecirla y sólo asintió.
—¿Debería llamar a Bonnibel?
—No la preocupes por pequeñeces. Prométeme que no se lo dirás.
—Está bien, Gumball, te lo prometo.
Ambos salieron de la habitación. Marceline planeaba pasar el resto del día en casa de Finn y Jake por más que tuviera que viajar, quería verlos y sabía que no llegaría a su casa hasta bien entrada la noche lo que haría que probablemente no pudiera regresar al reino de Aaa hasta el día siguiente. Por otra parte, Gumball planeaba seguir con los pendientes que había dejado al atender a Fibi, sólo esperaba que ella no estuviera muy molesta por todo lo ocurrido; decidió que la llamaría mañana, ahorita no se sentía capaz de explicar sus acciones.
Marshall no se apareció para molestarlo en todo el día, cosa que agradeció infinitamente porque así logró terminar todo lo que debía hacer e incluso empezar a planear los preparativos para su boda los cuales comunicaría mañana a la princesa cuando la llamara, estaba seguro de que eso la alegraría. Por lo poco que habían alcanzado a hablar ella quería una gran boda donde todos los gobernantes fueran invitados de manera que ninguno se sintiera excluido, todavía no se ponían de acuerdo en el lugar en el que querían celebrarla, pero tal vez sería en un lugar bastante amplio, o quizá terminarían casándose en el reino de fuego sólo para darle gusto a la chica que no quería causar problemas fuera de su reino y sabía que era menos peligroso que los invitados fueran allá protegidos por aquel líquido que evitaba que ardieran.
Se preparó para irse a su habitación recogiendo los papeles y guardándolos de ojos indiscretos, luego subió las escaleras con el único pensamiento de llegar a tirarse en la cama.
Sentía ganas de acostarse con la ropa que llevaba puesta, pero negó con la cabeza, tenía que ponerse su pijama. Un pants y una camisa de tirantes. No había vuelto a dormir en calzoncillos desde la broma de Marshall, ya no se sentía seguro ni en su propia alcoba.
De repente la puerta se abrió alertándolo, y el enfado se posó en el él de nuevo cuando se percató de que el intruso no era otro que el vampiro.
No tardó mucho en bajarse su enojo debido a que Marshall venía borracho y por alguna razón que no comprendía había ido a dar a su habitación.
—¿Qué haces aquí?
No respondió, pero se acercó y se tiró en su cama ante la mirada de reproche que le estaba dando el pelirrosa.
—Acéptame aquí por ahora ya que no quieres que duerma con Fionna.
—¿Por qué bebiste, idiota? —cuestionó con los brazos cruzados.
—Supongo que al final si me sentí un poco culpable por usar a Fionna para eso, no se lo merece. Es una buena chica.
—Deberías alejarte de ella.
Aprovechó para sentarse en el otro lado de la cama, estaba cansado y no se iba a detener sólo porque habían usurpado su cama.
—No puedo. Es la única persona que me entiende y me quiere por como soy.
—Eres un egoísta.
—Cállate, Gumball, eso ya lo sé —le reprochó tratando de darle un manotazo que no hizo otra cosa que echarle algo de aire.
Lo miró sobrecogido y suspiró. Sabía que cuando estaba ebrio era más sincero y agradable, este Marshall le caía bastante mejor por ello no se molestó en tirarlo al piso y hacer que volviera a su habitación enseguida.
Si era así cuando estaba con la rubia, entonces quizá no debería oponerse tanto a su relación.
—¿Por qué no puedes ser así siempre, Marshall?
—No lo sé. Mi padre me odiaría si lo fuera, supongo.
—Sabes, si dejarás de luchar por su aprobación es probable que tuvieras más amigos y gente que te quiera.
—¿Tú crees? ¿Podría caerte bien a ti, Gumball? —preguntó volteando a verlo con esa mirada esperanzada que se le antojaban tan extrañas viniendo de él.
—¿Por qué te interesa caerme bien precisamente a mí?
—Es que, a pesar de que siempre estamos discutiendo y nos odiamos o algo así, creo que eres lo más cercano que tengo a un amigo…
Cerró los ojos quedando completamente inconsciente sin llegar a ver lo avergonzado y sorprendido que estaba el pelirrosa mirando a la ventana mientras se cubría la boca con una mano tratando de hacer que dejara de inspirarle ternura ese muchacho despreciable al que tanto odiaba.
Después de un rato al fin logró calmarse. Marshall se había dormido y no parecía que fuera a despertar pronto, pero tampoco pensaba dejarlo ahí toda la noche, así que no tuvo más remedio que levantarse, darle la vuelta a la cama para llegar a donde estaba el pelinegro y cargarlo como mejor pudo con ambos brazos tratando de que no se le fuera a caer.
Una de dos: o el vampiro era más pesado de lo que aparentaba o él había perdido fuerza al dedicarse completamente al trabajo de oficina.
El chico acomodó su cabeza en el cuello de Gumball provocándole un escalofrió desde los pies hasta la nuca. Esa parte de su cuerpo era la más sensible, pero sabía que él no tenía manera de saberlo, lo había hecho inconscientemente y al día siguiente no recordaría nada.
A duras penas logró llegar hasta su habitación y lo dejó caer lo más suavemente que le fue posible sobre la cama donde Marshall se hizo bolita dándole la espalda a la pared.
Se quedó viendo un minuto antes de voltear a todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie, aunque sabía perfectamente que todos dormían a esa hora.
Se agachó quedando a la altura de su rostro dormido que hacía un ruidito gracioso al respirar.
—Si fueras siempre así no me costaría tanto ser tu amigo, Marshall.
Era estúpido quedarse esperando una respuesta, sabía que estaba dormido y no despertaría hasta el día siguiente, pero aun así esperó.
Suspiró.
—Estando borracho incluso llegas a ser lindo.
Le acarició el cabello como a un niño a manera de despedida mientras se levantaba para irse a su alcoba. Estaba cansado y mañana sería un día igual de agitado.
No se equivocó, a la mañana siguiente muy temprano se encontraba ya despierto en su despacho con un café y un montón de papeles en el escritorio. No sabía cómo se las ingeniaban los dulces ciudadanos para tener tantos problemas de un día para otro y sin embargo, así era.
Otros archivos venían de reinos lejanos donde no conocían todavía el teléfono, pero esos eran fáciles de responder. Ya había llamado a Fibi explicándole todo y dándole los detalles de lo planeado para su boda a los cuales ella no se quejó, por el contrario, le agradeció a Gumball por tomarse en serio el asunto después de lo ocurrido en su almuerzo el día anterior. Habían quedado de cenar juntos la próxima semana para discutir los últimos arreglos de su boda; todo estaba siendo demasiado precipitado, pero al ser gobernantes si ellos pedían las cosas para cierto día, todo tenía que estar listo para entonces con la ayuda de toda la gente a su disposición.
Marshall entró a su despacho con una expresión más alegre de la que acostumbraba lo que le hizo imaginarse que tramaba algo, no había otras razones para que él sonriera.
—¿Qué quieres? —preguntó sin prestarle mucha atención mientras leía un pergamino.
El pelinegro ignoró por completo el modo tan poco amistoso de hablarle, ya era costumbre, ninguno se hablaba con el respeto que debería.
—Ya que pronto será tu boda tienes que tener una despedida de soltero, Gumball.
Dejó de leer para mirarlo con escepticismo.
—¿Crees que te dejaría a cargo de algo como eso?
—Vamos, Gumball, olvida el pasado. No tienes otra opción, mejor yo a que sea el rey flama.
—Has lo que quieras —dijo para volver a concentrarse en la lectura.
—Perfecto —sonrió.
Si algo hacía bien, eso era organizar fiestas.
Respuestas a los reviews:
GabyBlue98C: Si las dos lloramos no vamos a parar de lloriquear D: Toda la razón, tal vez luego sufra más o no xD Gracias por leer la historia de todos modos, aunque no tengas tiempo de reviews :'3
Melii Kagamine: Lo siento xD No sé si hizo escena de celos en la cita de Gumball y Fibi, pero al menos lo hizo enojar, para que no se pierda la costumbre (?)
Querido vengador Anti-Trolls: A ti más que a nadie me urgía contestarte porque siento que estás haciendo algo muy lindo defendiendo a todas las personas a las que ese sujeto les ha causado molestias con sus comentarios tan fuera de lugar, como podrás darte cuenta yo me he saltado completamente el contestarle a él porque, para empezar, no entendí nada de su último mensaje. No tienes que preocuparte por haber convertido los reviews en campo de batalla, para mi fue muy divertido ver lo que le hiciste. Pero en fin, gracias por defenderme. Los comentarios del chico no me afectaron en nada, pero cuando vi lo que hacías me pareció una idea maravillosa. Espero tengas un gran día, y te mando un fuerte abrazo. De verdad, muchas gracias.
