Holaaaaa.

Personitas, probablemente estén leyendo el final de nuestro querido fanfic :c

Pero no se preocupen, subiré un capítulo más, lo que pasa es que no sé si será capítulo como tal o prólogo, pero de todos modos, espero disfruten mucho esto.

No todo en la vida es amor, amigos :I

Cuídense mucho, nos leemos pronto.


—Podríamos decirle a Bonnibel —sugirió el vampiro.

—¿Estás loco? Se va alterar y no quiero verla así.

Habían estado charlando largo rato sobre lo que debían hacer para liberar a Gumball sin llegar a nada, no se consideraban capaces de hacerlo por su propia cuenta, pero pedir ayuda estaba fuera de sus manos, después de todo Fionna no iba a ayudarlos, Bonnibel no debía enterarse de nada o terminaría odiando a Marshall, Fibi los odiaba a ambos; lo único que se le ocurría era llamar a Finn y Jake, solo en ellos podía confiar.

—Llamaré a Finn.

—¿Ese enclenque? No nos servirá para nada.

—Él es más valiente que tú.

Sabía que le había dolido, lo notaba en su expresión, pero el rubio era su amigo y no iba a permitir que lo insultara, lo había visto pelear muchas veces e incluso la ayudaba cuando lo necesitaba, conocía tan bien como ellos la entrada a la nocheosfera y no descansaría hasta haber salvado al pelirrosa, aunque lo hiciera en parte por Bonnibel, eso podía ser algo que realmente no le gustaba, pero se aguantaba porque de todos modos él nunca había hecho por meterse entre ellas, incluso las apoyaba, tal vez lo hubiera superado.

Llamó por teléfono, pero en cada ocasión la mandó a buzón de manera que el chico probablemente estaba en alguna de sus aventuras por lo que tendrían que ir ellos dos solos.

No podía ser tan difícil, su padre no esperaba que fueran y ambos conocían muy bien todos los recovecos de aquel lugar, por donde deslizarse para no ser vistos y cómo llegar hasta las mazmorras que era donde seguro tendrían al príncipe.

No seguirían perdiendo más tiempo, a cada instante que pasaba Gumball podría estar herido o peor, de solo pensarlo se le erizaba la piel. Ese pelirrosa que al principio no le agradaba en lo absoluto se había convertido en un gran amigo al que no pensaba dejar.

—Vamos, abriremos el portal en la habitación de Gumball.

Él no replicó, pero se notaba que la idea de ir no le complacía mucho.

Subieron con todas las cosas entre los brazos, la leche, la tiza y un kit de primeros auxilios por si lo necesitaba cuando estuvieran allá.

Marceline llevaba su bajo hacha solo por si acaso tenían que enfrentarse a alguien y Marshall iba sin nada ocupándose de cargar el botiquín. Ya se le había bajado el alcohol y ahora le dolía un poco la cabeza, aunque no lo suficiente como para hacer que se retirara y menos después de que su hermana lo había llamado cobarde.

Se toparon con la señora menta en el pasillo, se veía que le extrañaba verlos con todas esas cosas, pero no dijo nada y bajó a la cocina.

Marshall se dedicó a pintar la carita y luego a tirarle leche encima mientras Marcy decía las palabras apropiadas.

Cuando entraron estaban en la habitación que habían compartido de niños, no parecía haber nadie cerca, pero de todos modos se sentía algo intranquila, tenía al menos seis años que no pisaba ese lugar, desde que la echaron no había sentido la necesidad de volver. Todo seguía tal y como lo recordaba. Los muñecos en la repisa frente a las dos camas perfectamente tendidas, un mueble entre ellas donde yacía una lampara ahora llena de polvo, su ropero en un costado de la recamara y el ventilador de techo desde donde ahora colgaban algunas arañas.

Era obvio que nadie había usado el lugar en un buen tiempo.

—Vamos —dijo el vampiro que ya empezaba a sentir como a cada instante parecía más difícil respirar —. No quiero estar aquí más tiempo del necesario.

Salieron por la puerta encontrando un pasillo solitario.

Por suerte ellos no tenían sirvientes, y su padre nunca estaba en casa porque se la pasaba en el trono juzgando y matando a un montón de almas.

Haciendo el menor ruido posible llegaron a la biblioteca desde donde se podía apreciar el trono a cierta distancia de ahí, tal como habían supuesto el gran Hudson Abadeer se encontraba sentado en él dictando normas y riendo como loco al hacerle daño a los que se encontraban ahí esperando su turno.

Entraron por la ventilación con mucho cuidado, estaba más estrecho y sucio de lo que recordaba, apenas alcanzaba a ver lo que tenía delante de sí. Si no hacía algo pronto entraría en pánico, los lugares pequeños no eran su fuerte, se sentía como atrapada.

—Marshall —susurró.

Por un momento dudó de que la hubiera escuchado.

—Cállate, nos van a oír —le dijo igual de bajo.

—¿Qué harás cuándo hayamos sacado a Gumball? —preguntó sin detenerse.

—¿De qué hablas?

—Papá probablemente sepa que hemos sido nosotros y no le va a gustar. A mí ya me odia, pero tú…

No continuó, Marshall sabía perfectamente a lo que se refería y lo cierto es que no lo había pensado, incluso si llegaban a descubrirlos ya nada volvería a ser igual, no podría volver a ser su orgullo y si tenía suerte no lo mataría a golpes.

—No lo sé. Supongo que tendré que huir.

—¿Huir? ¿A dónde?

En ese momento salieron de la rendija que daba a un callejón. Había una pared frente a ellos y buscaron a tientas unos ladrillos sueltos. Tardaron en dar con ellos porque hacía mucho tiempo que no los utilizaban, pero todavía sin que nadie los viera se metieron dentro y los colocaron en su lugar; se trataba de un pasadizo que había sido cerrado hace siglos, por eso ya nadie se acordaba de él, siempre lo habían usado para espiar a su padre en el trabajo ya que la salida estaba justo detrás del trono. Tenían que llegar ahí y abrir la trampilla que daba a las cloacas sin que nadie se diera cuenta, sería difícil, pero no imposible.

Debían moverse encorvados, ya no eran unos niños, sin embargo, era mejor que gatear por aquella ventila.

Apenas empezaron el trayecto Marceline volvió a hablar.

—¿Y bien?

—No he pensado en ello. Ni siquiera sé que voy a hacer.

—Estoy segura de que Bonnibel te recibiría con gusto.

—Gracias, pero no, tengo que arreglármelas por mi cuenta.

Después de varios minutos de silencio en el que ella dio por hecho que la conversación había muerto sintió la mano de Marshall tomando la suya y se sorprendió, eso era algo que no se esperaba de él, hasta ahora en todo este tiempo solo habían hablado cuando estaba borracho.

—Lamento ser tan idiota. Soy un terrible hermano —suspiró —. Quiero que sepas que… A pesar de todo yo… T-Te quiero.

Vaya que le había costado trabajo decir esas cosas y si estuvieran en un lugar más agradable en este momento se daría la vuelta para abrazarlo, pero en lugar de eso unas lágrimas resbalaron en silencio.

—También te quiero. Yo tampoco he sido muy buena hermana y lo siento, nunca debí dejarte con papá.

Apretó un poco su mano para dar a entender su punto y ya ninguno dijo nada, más palabras hubieran sobrado.

La oscuridad era espantosa, incluso para ellos que estaban acostumbrados apenas lograban distinguir por donde iban, de vez en cuando chocaban de frente con alguna pared o por poco caen en una saliente.

Al fin llegaron detrás del trono donde la salida era mucho más pequeña que la entraba, con el mayor cuidado fueron quitando cada ladrillo de la parte baja hasta que hubo espacio suficiente para salir, después de comprobar que nadie se diera cuenta, sería imposible, de no ser porque el trono era enorme, hecho para la forma de monstruo que solía tener al castigar.

Abrieron muy lentamente la trampilla. Primero entró Marceline y luego Marshall.

Ahí dentro apestaba horrible, pero sabían que tenían que cruzar por ese lugar para llegar a las mazmorras, al menos de forma sigilosa.

Por suerte podían flotar para no pisar esa agua asquerosa, el lugar era lo suficientemente espacioso como para permitirlo, solo un par de vueltas y ya se encontraban ahí. Salieron entre las celdas revisando cada una, había monstruos de lejos e incluso personas de otros reinos. Hasta el fondo encontraron al príncipe, no se veía muy bien, estaba atado de pies y manos, el rostro hinchado, la ropa rota, ni siquiera se movía, si no fuera porque podía ver subir y bajar su espalda pausadamente creería que había muerto.

Nadie parecía interesado en lo que hicieran por lo que no tuvieron que preocuparse por los otros prisioneros, todos se veían igual de agotados y heridos, sin fuerzas ya para pedir ayuda.

No había un solo guardia a la vista, pero era lógico, ¿quién se atrevería a entrar ahí? Y por otro lado los que estaban ahí apenas y podían ponerse en pie.

Las llaves estaban en el cajón de un escritorio donde supusieron debía estar algún cuidador, pero ahora no se encontraba, de todos modos, decidieron darse prisa por si se le ocurría aparecer.

Lo sacaron de ahí como pudieron y, aunque llevaban con que curarlo, no quisieron permanecer ahí más tiempo del necesario. Volvieron a cerrar la puerta una vez que estuvieron fuera de la celda para hacer parecer que todo seguía en orden ahí.

Entraron a las cloacas de nuevo, era hora de hacer el recorrido de vuelta. Gumball iba sobre la espalda de Marshall sin moverse y siguieron así hasta llegar a casa; lo más difícil había sido arrastrarlo por la ventila que daba a la biblioteca.

Lo dejó en el suelo un segundo y miró por la ventana.

—¿Qué haces? —quiso saber ella.

—Creo que tengo que hacer algo. Debo ir ahora mismo a decirle a mi padre que no dejaré que siga mandando en mi vida.

—¿Estás bromeando? Acabamos de salir vivos de ahí. No te dejaré volver.

Lo tomó del brazo y él se soltó.

—Tengo que hacer esto. Ya no puede hacerme nada —volteo a ver al pelirrosa que seguía inconsciente en el suelo —. Tú llévalo a un lugar seguro.

Marceline dudó. No quería dejarlo solo.

—Hazlo. Prometo que iré a verte después.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

—Estaré cuidando de Gumball. Quiero verte hoy ahí.

Él sonrió.

Caminaron fuera de la biblioteca, él tomó el camino que daba hacía la puerta exterior, no sabía muy bien que iba a decir, pero si huía simplemente su padre tarde o temprano acabaría encontrándolo, o peor, se encargaría de hacer miserable la vida de aquellos a quienes quería.

Salió y se dirigió directo a donde estaba Hudson. Nadie le prestó atención hasta que estuvo lo suficientemente cerca. Entonces su padre volteo y le dedicó una gélida mirada haciéndolo temblar completamente, pero no podía echarse atrás ahora.

—¿Qué quieres aquí?

—Vine a decirte adiós.

Todos miraban y eso lo ponía un poco más nervioso de lo que ya estaba.

—¿Y a dónde piensas que vas tú? Todavía no terminas con el reino ese.

—Ya no lo haré más —había sonado menos seguro de lo que esperaba.

El hombre se levantó por lo que tuvo que empezar a mirarlo hacia arriba, no se dejó asustar y le sostuvo la mirada.

—Harás lo que yo te diga que hagas.

—No. Ya no voy a quedarme aquí a que controles mi vida como se te dé la gana.

Esa respuesta provocó que recibiera un golpe que ni siquiera logró ver venir, cuando se dio cuenta se encontraba tirado en el suelo a unos metros del trono y su padre seguía acercándose. Eso no lo asustó, por fin estaba siendo valiente, por primera vez se sentía orgulloso de sí mismo y no quería dejar de sentir eso.

Le sangraba la boca.

—Golpéame todo lo que quieras, no me importa. No volverás a hacer que te obedezca, estoy cansado de esto, de estar atendiendo tus órdenes y recibir palizas si no las cumplo… Me largo.

—¿No te importa lo que le pase a ese chico rosa en mis mazmorras?

—No, has lo que quieras.

Lo decía porque sabía que Gumball ya no estaba ahí, pero esperaba que no lo fuera a buscar de nuevo.

—Tan solo déjame en paz como lo hiciste con mi hermana.

Lo miró un largo rato en el que creyó que todo había acabado para él. Estaba prohibido mencionarla en su presencia y ahora seguro que no se lo perdonaría.

—Yo no tengo hijos.

Fue todo lo que dijo antes de volver al trono a seguir castigando a los demás, había dejado de prestarle atención y no parecía que fuera a hacerlo de nuevo por lo que se levantó del suelo y se fue a la casa donde el portal de salida lo esperaba.

Al cruzarlo vio a su hermana esperándolo, corrió a abrazarlo y lo tumbó en el piso antes de cerrar el portal.

—Te dije que volvería.

—¿Cómo te fue? —preguntó preocupada sin quitarse de encima.

—Bien, creo —suspiró —¿Podrías quitarte?

—Lo siento.

Se levantó y lo ayudó a pararse. El chico se sacudió antes de quedarse viendo la cama donde dormía el pelirrosa.

—¿Cómo está él?

—Horriblemente herido, pero estará bien. Tiene mucha suerte, ni los golpes que le hiciste tú ni los de papá le causaron daños serios.

—Fui un tonto —se lamentó —¿Crees que despierte hoy?

—No lo sé, sería mejor dejarlo descansar.

—¿Le dirás a Bonnibel?

—¿Debería decirle? Solo se va a preocupar y en realidad ya no hay peligro —dijo y luego de un segundo añadió: —Quizá deba decirle a Fibi, después de todo ella es su esposa.

Marshall hizo una mueca, era evidente que la idea no le agradaba.

—Antes de que esté aquí su esposa necesito hablar con él.

—De acuerdo, pero eso será al rato, ahora necesita dormir.

Salieron de la habitación y se quedaron en la sala el resto de la mañana, en los recientes acontecimientos parecían haber ocurrido en un siglo cuando en realidad solo había pasado un día, pero no habían dormido nada y estaban agotados de toda la carga emocional sufrida. Apenas se sentaron se quedaron completamente dormidos con las cabezas juntas.

Pasaba de las seis cuando Marshall despertó y vio a una mujer parada frente a él, al principio se asustó por lo repentino que había sido, pero solo se trataba de Bonnibel, los miraba con ternura y eso no le gustó de manera que se alejó un poco y al fin se paró a saludarla. Marceline seguía rendida a Morfeo.

—Hola, Bubblegum.

—Hola, Marshall. Parecen cansados.

—Ha sido un día muy largo —respondió —¿Ya viste a Gumball?

—Aún no, acabo de llegar.

—Supongo que viniste a dejarle esa fórmula.

—Sí, no quería hacerlo esperar más, como pareja deben estar ansiosos por estar juntos —comentó.

—Eso creo —dijo indiferente el vampiro.

Le molestaba todo esto y lo peor es que era su culpa porque él le había dado la idea a Gumball, si no hubiera abierto su bocota, pero estaba emocionado, era la primera vez que hablaban sin pelear pensó que debía decir algo importante.

—Marceline se ve adórale mientras duerme —sonrió la pelirrosa mirando a su novia.

Marshall no podía verlo de esa manera, para él solo era alguien durmiendo y ya, pero supuso que gracias al amor de esas dos es que la veía de esa manera.

—Iré a ver si Gumball está despierto, te dejó con ella.

—Claro.

Bonnibel se fue a sentar al lado de Marceline dejando que ésta reposara su cabeza en su hombro y le tomó la mano entrelazando sus dedos.

Él no quiso seguir viendo una escena tan cursi y subió a ver si el pelirrosa estaba en condiciones de hablar.

Abrió un poco la puerta para cerciorarse y lo vio acostado todavía, aunque ahora tenía los ojos abiertos de modo que entró despacio y se acercó flotando a un lado de la cama, no sabía si no lo había notado o si simplemente lo estaba ignorando.

—Gumball…

No respondió.

—Lo lamento. Fui un cobarde, pero quiero que sepas que ya no lo seré más —cayó un momento sin obtener respuesta por parte del pelirrosa —. No debí entregarte y no sé qué cosas te hayan hecho ahí, pero… Al fin hablé con mi padre, soy libre ahora.

—Felicidades —dijo secamente.

—Siento haberte golpeado también y dejar que te llevaran, pero mi hermana me hizo entrar en razón y te trajimos de vuelta —suspiró —. Me gustas. Perdona por no aceptarlo antes, no quería que me echaran igual que hicieron con Marcy.

Tenía la cabeza gacha, no quería saber si lo estaba mirando o no.

—También me gustas, aunque seas un idiota —rio.

¡Por fin algo que no fuera frialdad! Levantó la cabeza para mirarlo a los ojos. Tenía esa expresión suave que le dedica a sus dulces para tranquilizarlos.

—Puedo ser tu idiota —ofreció el vampiro encogiéndose de hombros.

Entonces la sonrisa de Gumball se borró y Marshall no supo que había dicho para provocarlo, tal vez no le gustaba tanto.

—Tengo esposa, Marshall —se pasó la mano por el cabello —. Me gustas, pero por delante de mis sentimientos está el bienestar de mi pueblo y ahora tengo un compromiso con Fibi, no puedo simplemente ignorarlo y mandar todo a la basura por ti.

—Yo… Lo sé.

Sonrió lo mejor que pudo, al menos ahora sabía que se querían, aunque no fueran a estar juntos.

—Me iré hoy, quería avisarte.

—¿A dónde vas?

—Todavía no lo sé —respondió con las manos en los bolsillos.

—Me gustaría que no te fueras lejos.

—No soportaría verte con tu nueva vida de hombre de familia, Gumball —le sonrió.

Él solo asintió.

Marshall se dio la vuelta dispuesto a irse de ahí, pero la voz del príncipe lo detuvo.

—Espera. Acércate un poco primero.

Marshall obedeció.

—Más cerca, ven siéntate un segundo conmigo.

De nuevo no se negó a las órdenes que por primera vez estaba obedeciendo con todo gusto.

Una vez que estuvo ahí Gumball tomó su mejilla y lo acercó más hasta besarlo, si iba irse no quería perderse esta oportunidad.

No le importaba lo que sufrió con su padre, fueron apenas unas horas, y sabía que no lo había hecho a propósito, estaba muy lastimado emocionalmente, no quería decepcionar a su padre sin contar que le tenía tanto miedo que entregarlo le resultó la opción más fácil. Al menos se había arrepentido a tiempo.

Ninguno de los dos quiso llorar frente al otro, pero en cuanto el vampiro salió de la habitación unas lágrimas escaparon de sus ojos, no quería alejarse, pero tenía que hacerlo. Lo mismo pasó con el pelirrosa quien sofocó el dolor en la almohada.

Cuando se hubo calmado bajó a avisar a Bonnie que Gumball la atendería ahora, aunque había olvidado mencionárselo al chico.

—Bonnibel, ya puedes subir.

Ella estaba abrazada a Marceline cuando entró en la sala. Enseguida se separaron y se quedó a solas con su hermana; tenía que despedirse de ella también. Había recogido sus cosas y tenía la maleta a un lado de la puerta.

—Ya me voy, Marcy.

—Promete que vas a visitarme.

—Lo prometo —sonrió.

Se abrazaron como no lo habían hecho antes. No sabía porque había hecho caso tanto tiempo a las palabras de su padre.

—Iré a ver a Fionna, debo hablar con ella.

—Lo entiendo. Ten cuidado.

—Adiós.

Salió con rapidez, aunque ya era de noche, no se quemaría, pero tenía prisa en ver a la rubia y esperaba que lo recibiera porque después del último encuentro que tuvieron seguro que no quería ni verlo.

Y no se equivocó. Cuando llegó y tocó la puerta fue Cacke quien abrió, por poco lo tuesta con el pan y le cerró la puerta en la cara sin decirle nada.

Flotó hasta la ventana de la habitación de Fionna y la vio sentada en la cama abrazando una almohada.

—Hola.

Ella reaccionó entrando en posición de combate, pero al ver que era él se tranquilizó, no era que lo hubiera perdonado, seguía muy enojada con él, sin embargo, había tenido tiempo suficiente como para dejar el dolor de lado y querer una explicación.

—Si tienes algo que decir habla de una vez.

—Lo lamento, Fionna. Yo no… No quise hacerte daño.

—Pero lo hiciste.

—Y por eso lo siento. Te aprecio mucho, no sé en que momento comenzó… Eso.

—¿Lo quieres de verdad? —preguntó volteando a verlo.

—… Sí, lo quiero.

—Está casado.

—Lo sé. Por eso me voy, venía a despedirme y espero que algún día puedas perdonarme. Eres muy especial para mí, y para él.

Ella no dijo nada así que salió por donde había entrado y se alejó.

No tenía muy claro a dónde iría, pero quería alejarse todo lo que le fuera posible, algún lugar donde pudiera divertirse estaría bien, por ahora tal vez se quedaría un tiempo en casa de Grumoso, era un buen amigo y organizaba fiestas dignas de verse.

En el palacio Bonnibel apenas se estaba enterando de las cosas, estaba algo molesta con Marceline por no haberle dicho nada, pero Gumball la tranquilizó. Justo entonces escucharon mucho alboroto en la entrada.

Marceline que estaba más cerca llegó antes y vio que un guardia banana buscaba desesperadamente al príncipe.

—¿Qué ocurre?

—Tortuga está en el hospital y como es tan amigo del joven Gumball vine a avisarle.

—Yo le diré, ahora deja de hacer tanto ruido y vuelve a tu puesto.

—Sí, señora.

Por un momento se sintió vieja al escuchar que la llamaran así, luego se olvidó de ello y fue con Gumball a darle las noticias, tendría que encargarse él puesto que esa misma tarde ella se iba junto a su novia.