En el capítulo anterior...

...el más grande detective del mundo, L. Lawliet, es reclutado por la esfera negra Gantz y obligado a cumplir con sus misiones de cacería. Tras observar a su propio cadáver, comprende que no pertenece al mundo dónde nació y decide descubrir la verdad sobre Gantz, pero... ¿será capaz?

Capítulo V: Gantz

Finales de los '40...

La Tierra; seis mil millones de monos, treinta mil años de evolución; un nanosegundo en el basto e infinito espacio. Desde las sombras, Robert G. Lawson contempla el verdadero final de la segunda guerra mundial tal y cómo lo planeó; por otro lado, Adolf Hitler se encuentra contra sus propias cuerdas, las que él mismo forjó. Fingir su propia muerte, el plan de manipular las acciones antes de la muerte de sus enemigos los americanos —mediante el cuaderno de la muerte—, lanzando así las supuestas secretas armas nucleares a sus ya derrotados aliados japoneses con afán de colocar a los EEUU en un estado de enemistad con el resto de naciones fue un fracaso total.

En su defecto, la pertinente filtración de información sobre las armas nucleares en posesión de los americanos, conjuntamente con aquellos a los que tenían acceso a ellas, facilitó al líder del partido nazi a dar con cuyos rostros y nombres terminarían la jugada en su contra. Arrogancia, soberbia sobrepasando los límites del narcisismo y altas dosis de misantropía fueron las causas que le decantaron a tomar movimiento contra unos derrotados aliados en vez de contra sus verdaderos enemigos; mientras que su desconocido Némesis se encontraba mucho más cerca de lo que nunca hubiera sospechado, junto con sus ascendentes alemanes, en el seno del mismo país.

Tras agonizantes días, pareciendo eterno el paso del tiempo, Hitler se vio cada vez más perdido. En un ataque de pánico, y con su propio ejército presionándole, escribió su nombre en el cuaderno, y el largo letargo de cuarenta segundos puso fin a la vida del tirano.

—Parece que al fin y al cabo no te hizo falta la hoja que te guardaste, Rob —balbuceó una entidad monstruosa, parecido a un híbrido humano reptiliano, situado justo detrás de una figura humana, sentada en una silla con los pies por encima de la mesa que se encontraba delante suya.

—Te lo dije, Fild. Sólo era cuestión de tiempo —pronunció despacio el hombre de pelo largo, recogido con una cola de caballo que le llegaba hasta media espalda, de ojos color marrón muy claro, protegidos por unos anteojos con la particularidad de que sólo poseía uno de ambos cristales.

—¿Y no hubiese sido más sencillo matarle desde un principio?

—No. «Ellos» podrían disponer de medios para conocer la verdad, y eso no me hace ninguna gracia.

—En absoluto; los cuadernos de la muerte así como nosotros, los shinigami, no podemos ser rastreados de ninguna forma, por mucha tecnología que haya ahí fuera, una vez nos dirigimos de vuelta al mundo shinigami, ya nadie puede acceder allí.

—Vaya, mi amigo Fild ¿cómo es que te dignas a contarme esto justo ahora?

—Dime Rob, ¿hubiera cambiado algo si te lo hubiera contado desde buen principio?

—Jodido shinigami, tengo que admitir que me caes bien —el dios de la muerte dejó escapar una risa contenida.

—Y bien, Robert, ¿qué harás ahora que esto terminó? —el joven se levantó.

—Soy arquitecto ¿recuerdas?, aún tengo un mundo que construir. Riqueza, poder, justicia, nada de eso importa. Ni tan sólo he usado la Death Note hasta el momento, aunque carezco de miedo de ir al susodicho MU, ni tan solo se del cierto si existe, o si es un truco barato vuestro para asustar a los humanos.

—No hace falta que contengas nada delante de mí, tengo tantas o más ganas que tú de ver lo que te traes ante manos.

—Dime, Fild —la voz del humano tomó un ritmo más veloz de lo habitual—, ¿alguna vez has visto a un extraterrestre? —el shinigami mostró una expresión de confusión en su híbrido rostro.

—A eso me refería cuando dije que no te contengas, Robert. Sabes más que la gran mayoría de humanos, y aún así me preguntas algo tan obvio como...

—Déjate de rodeos, shinigami —éste fue interrumpido, con una expresión tan seria como amenazante por parte del humano, cómo si fuera él quién tuviera el poder de acabar con el otro, en lugar de viceversa—. Ambos sabemos a lo que me refiero con «extraterrestres», tal y como si otro vocabulario utilizara, el significado sería exactamente el mismo. Ahora respóndeme —exclamó con una fría mirada que heló la de su supuesto compañero.

—No, yo no, pero, creo haber oído historias sobre mundos ajenos al vuestro, salvo que no todos los shinigami podemos acceder a las «ventanas.»

—¿«Ventanas»?

—Sí, son esferas por donde podemos observar a los distintos mundos, y también acceder e intervenir en ellos. Nosotros, los shinigami, tenemos un aparente libre albedrío que nos permite hacer lo que nos plazca, pero hay quienes dudamos de esa libertad, por lo que tan sólo el Rey Shinigami conoce las verdaderas reglas que envuelven mi mundo.

—Bien, por lo que deduzco, solo él tiene el poder para crear cuadernos de la muerte, asimismo como dejaros un "libre albedrío" tal para que, los que seáis lo suficiente valientes y atrevidos como para robarle un cuaderno de la muerte, podáis visitar libremente el mundo humano e interactuar con él. Aún así, todo parece encajar perfectamente, ¿no te parece? —el shinigami permanecía callado, con una expresión de incertidumbre grabada en el rostro—, quiero decir que, vuestro mundo parece dirigir sobre todos los demás, y aún así, desconocéis prácticamente tanto como yo sobre vuestra propia existencia, por lo que significa que, o bien me estás ocultando información; algo del que dudo por tu expresión de asombro, o bien vuestro propio rey os está dejando un mensaje del que no sois capaces de leer.

—¿Un mensaje? ¿Algo así como un código secreto que sólo nosotros podamos leer?

—No seas estúpido. Vosotros, los shinigami, pasáis vuestra mísera existencia aferrados a una vida carente de esencia, y eso mismo os priva de un mayor campo de visión. Lo que me refiero es que, si tantos mundos hay, y tantos cuadernos han sido robados de manos de aquél que tan sólo puede crearlos, ¿no resulta extraño que todos comparten tantas similitudes?

—Hombre, no sabría qué decirte, las hay de tapas negras, rojas y blancas, que yo haya visto, y las normas pueden estar inscritas hasta en lenguas muertas como el latín, por lo que...

—No, no me entiendes. Intento remarcarte que todos los cuadernos sirven sólo para el mundo humano, ¿tampoco esto te parece extraño? —el joven humano aceleraba cada vez más el tono de su habla, y tras sus palabras, hubo un lapso de tiempo cubierto por el silencio.

—Ya entiendo... ahora ato cabos sueltos. Soy un shinigami relativamente joven, aún llevando vivo diez veces más que tú, y recuerdo haber apreciado ligeros cambios en el diseño de los cuadernos, dependiendo de la era humana. En otras palabras...

—Los cuadernos varían dependiendo del mundo en que se encuentren, así como su época, leyes y costumbres, ¿cierto?

—Exacto. Incluso los materiales usados imitan los que más acostumbrados estéis de utilizar, como en su día el papel del cuaderno era de pergamino, y fue sustituido con el debido tiempo y el cambiar de vuestro mundo, por lo que...

—El método usado para cada especie debe ser distinto, así como el procedimiento necesario para poner fin a su existencia.

—Chico, estás hecho todo un hacha.

—Déjate de trabalenguas baratos. Tengo una idea, Fild. Ve a buscar el cuaderno que ese idiota dejó al morir. Dentro de ciento, o quizás doscientos años —tal vez antes—, le hará falta a la humanidad para ponerse en jaque a sí misma, y así desviar la mirada de algo mucho más peligroso.

—Bien, no se cuánto demoraré en hallar la Death Note, por lo que tendrás que esperar a que vuelva para seguir el juego juntos —el shinigami extendió sus enormes alas negras con tonalidades verdes, preparándose para emprender el vuelo—. Ni se te ocurra morirte aún, chico. Nos vemos.

—Tranquilo, mi amigo shinigami. Yo nunca moriré.

El shinigami conocido como Fild tardó tres días en encontrar el cuaderno y devolvérselo a su actual propietario, Robert. En su ausencia pero, algo de lo que nunca un Dios de la Muerte hubiera sido capaz de imaginar se trajo entre manos el joven de veinte años de edad. Algo que cambiaría el curso del mundo shinigami, el punto de conexión con los demás mundos, algo de lo que nunca nadie con una pizca de sentimientos humanos sería capaz de imaginar sin un escalofrío recorriéndole el cuerpo amenazando a la mente del mismo. Robert G. Lawson había iniciado un proyecto en secreto del que poco le importaba los años que llevase la operación.

El proyecto fue bautizado tal y como el primer apellido de Robert. El Proyecto Gantz había dado inicio, la llama de la catástrofe había sido prendada.

Próximo capítulo: Gantz – 2ª Parte