En el capítulo anterior...
...Robert G. Lawson, vencedor en la sombra de la segunda guerra mundial, empieza a desmantelar los numerosos secretos que oculta el mundo de los shinigami, y bajo ninguna mirada ajena empieza el proyecto Gantz, poniendo al susodicho mundo en su principal punto de mira. ¿Qué se propone Robert, quién se autoproclama arquitecto del universo? Empieza la segunda parte y desenlace del origen de Gantz...
Capítulo VI: Gantz Parte II
Rob se encontraba sentado en su silla, con los ojos cerrados; pensando.
Los humanos, sin excepción, mueren. Así lo marca la sesenta octava norma del cuaderno de la muerte, una norma que todos conocemos, que muchos odiamos, y que tantos otros intentamos de quebrantar, sin éxito alguno. Todos nacemos, trabajamos, morimos; pasan los siglos, y todos tarde o temprano somos olvidados, relevados por otros. En la literatura se reflejan los sentimientos más profundos del ser humano en la época en que son escritas, pero inexpugnablemente encontramos en todas épocas relatos sobre la inmortalidad, la vida después de la muerte, el más allá, en resumen, hallamos el deseo de vivir eternamente, bajo las mejores condiciones posibles, rodeados de lujo, comodidad, fiel compañía tal como amigos, familia y amor. El deseo de devolver a la vida a un ser querido que se fue, así como aferrarte a la vida en tus últimos suspiros.
La llama brilla con más intensidad justo antes de apagarse, tal y como hacemos nosotros, los humanos, impulsados por sentimientos fugaces, brillando febril y desesperadamente sólo instantes antes de tener a la muerte —o quizás debería decir shinigami— llamándote a la puerta.
Desde antaño, los mandamases de la sociedad han procurado por todos los medios controlar nuestras vidas, llegando a extremos desorbitados, y mesuras rozando la ridiculez con tal de ocultarlo.
—Hago tarde, así que tengo que irme —exclama Rob llevándose consigo el cuaderno.
—Entendido, ya sabes que te seguiré donde vayas.
—Esta vez pero, quiero darte un pequeño trabajito; tranquilo, no te será difícil.
—¿De qué se trata ésta vez? Haber...
—Quiero que, una vez llegue, durante el trayecto, memorices cada detalle necesario para acceder ahí más adelante. Oh, ya se me pasaba por alto —Rob cubre el cuaderno con una cinta plastificadota, acto seguido, se la guarda. El rostro del shinigami cobra un aspecto de incertidumbre.
El viaje en avión duró varias horas hasta aterrizar en Nuevo México, donde un coche negro le estaba esperando. Tenían que ser ellos, y la duda se despejó en cuánto le abrieron la puerta trasera del automóvil; al agacharse para entrar, un hombre vestido de negro, con sombrero y gafas oscuras le apuntaba con una pistola.
—Esto es para su propia seguridad, entre sin escabullir palabra, por favor —tras aceptar y sentarse al lado del hombre que en ningún momento bajó su arma, éste le cubrió los ojos con una cinta de color violeta oscuro, y le esposó ambas manos por detrás de su espalda.
«Tal y como pensabas, ¿eh, Rob?» El shinigami sonrió. Tras dar varios rodeos a mismas calles con tal de despistar la percepción del inquilino, llegaron por fin a unas peculiares instalaciones.
—Fin del trayecto —exclamó el conductor.
—Así pues, ya pueden proceder a quitarme todo esto —recitó Rob con suma tranquilidad.
—Aún no —un leve temblor hizo despertar cierto sentido al chico; el suelo estaba descendiendo, por el hecho de que el automóvil se encontraba justo encima de una plataforma, que tras descender, llegaron a una enorme sala que hacía las heces de parking. Instantes después, el coche avanzó pocos metros, y la plataforma volvió a su sitio original —. Ya —cómo si de una palabra mágica se tratara, en menos de diez segundos, los hombres de negro salieron del coche, arrastrando a Rob consigo, guardando las armas y desprendiéndole de vendas y esposas. Ahora Robert veía las instalaciones subterráneas con suma claridad, pero el primer sitio por dónde su mirada deslizó, fue hacia su shinigami, que respondió asintiendo con la cabeza, en señal de que había cumplido con la petición que se le encomendó. La zona estaba cubierta por cámaras de vigilancia que respondían al mínimo ruido o movimiento.
El joven Robert fue guiado por la basta estación subterránea, mediante pasadizos y puertas numeradas y secciones de las que dudablemente los presentes pudiesen tener acceso. Al fin, se halló la sala cuya puerta señalaba «MJ-12», que contaba con un extrañísimo sistema de apertura, sistematizado mediante una tarjeta ligeramente empapada de la sangre de uno de los presentes, el conductor y aparente guía del grupo. Tras deslizar la tarjeta por la apertura de la puerta, ésta se abrió automáticamente —despacio—, mostrando dentro varias importantes figuras de la política mundial, sentados alrededor de una mesa redonda ligeramente ovalada. Entre ellos, Rob identificó a personajes como el presidente de los estados unidos, Harry S. Truman; el almirante Roscoe H. Hillenkoetter, o el mismo Albert Einstein.
—Tome asiento, por favor —exclamó uno de los presentes.
—Hoy, hemos sido reunidos para algo mayor que una simple presentación del nuevo miembro, Robert G. Lawson —los miembros de la sala asintieron al recién llegado en señal de salutación, mientras que con un gesto, los tres acompañantes procedieron su retirada—, y es para hablar sobre el incidente causado sobre Roswell hace ya tres meses.
—Demasiada información ha sido filtrada ya, general Montague —exclamó Vannevar Bush—. La post-guerra no nos servirá para desviar la atención de las masas, ni tan solo hacerles creer la llegada de una nueva revuelta.
—Permítanme discrepar —empieza el Dr. Menzel—, pero creo que lo idóneo sería desmantelar la verdad progresivamente, a modo de prepararles para...
—¡Intolerable! —Interrumpe el presidente— ¿Se da cuenta usted, doctor, que al hacer eso convertiríamos a cada civil en un blanco para «ellos»? Mi país no puede correr ese riesgo, y creo que los presentes aquí tampoco serían capaces de permitir algo así —varias cabezas asienten.
—Permítame recordarle, señor presidente, que no sólo estados unidos está en juego, sino el mundo entero pesa sobre la balanza.
—Que sea el nuevo venido quién sea el siguiente en dar su punto de visión al respecto, caballeros —las miradas se centraron en Rob, quién se limitó en dejar caer sobre la mesa un gigantesco informe titulado: Proyecto Gantz.
—Adelante, por favor —recitó lentamente. Los miembros abrieron la carpeta que contenía una aparente infinidad de hojas, perfectamente clasificadas bajo distintos apartados, todo escrito a mano, con una caligrafía y presentación implacable. La sala quedó estupefacta—. Sírvanse, aún está caliente —cada vez más sorprendidos, el clímax llegó cuándo leyeron los primeros párrafos de los numerosos archivos. El shinigami estalló a carcajada limpia, como si en un patio de recreo se encontrase. «Éste Rob... nunca dejarás de sorprenderme, chico.»
—¡Esto es un montón de sandeces sin sentido! ¿De veras pretende hacernos creer todo eso? Es totalmente un insulto hacia la sala, hacia el comité, y hacia nosotros, los miembros. No se gracias a quién está aquí, señor Lawson, pero debe abandonar la sala ahora mismo. Qué perdida de tiempo; arrojar productos tóxicos desde aviones, antenas de comunicación telefónicas perjudicables para la mente... —Oppenheimer y Forrestal intercambiaron una mirada, cuyo mensaje llegó a los demás miembros del comité.
—Mucho me temo que tendrá que acompañarnos, doctor Hunsaker. Ha sido usted desprendido de sus derechos de permanecer en esta reunión —la sangré se le heló. Sabía que eso significaba que su vida había terminado.
—Me he visto abrumado por toda esta información, pero creo que ya he asimilado los conceptos básicos y, con una reevaluación mi visión al respecto cambiará totalmente, créenme —Albert dejó escabullir una carcajada sin reparo alguno.
—Demasiado tarde, creo yo —añadió Einstein. Rob presenció una violenta escena en que, llorando como un niño pequeño, el doctor Jerome Hunsaker fue echado de la sala, y algo más importante le arrebataron además del privilegio de formar parte del comité. La expresión del recién llegado no cambió en absoluto.
—Revisaremos detalladamente su informe antes de la próxima reunión, Sr. Lawson, hasta entonces, tomase un merecido descanso; de veras nos ha impresionado mucho su propuesta —le da un apretón de manos, consigo un billete de avión a primera clase, y una tarjeta de crédito junto con una numeración establecida en un trozo de papel.
—Lo suponía. Esperaré con ansias sus valoraciones respecto a mi proyecto.
California, poco después
—Vaya lujo, chico —exclamó el shinigami poco después de aterrizar.
—Como dije antes, no esperaba menos —su acompañante no entendía la tranquilidad del joven humano, ni tan solo su frialdad en sus actos, por muy pequeños que parecieran, se hacía una mera idea de lo que se llevaba entre manos.
A lo lejos, una figura femenina se detuvo a varios metros del chico, forzando la vista para identificarle y tras unos segundos, finalmente extendió ambas manos agitándolas mientras hacía pequeños saltos. Rob tan solo levantó dos dedos en señal de salutación; la mujer, de su misma edad, se abalanzó contra el chico corriendo hacia él, dejando al aire su larga melena oscura; finalmente, se arrojó a sus brazos.
—Cuánto tiempo ha pasado, Rob...
—Cuatro años ya, y parece que fue ayer de esa noche, en la playa.
—Tú y tu memoria... ¿Qué es de tu vida? ¿Qué te trae a este pedazo de tierra? ¿Tienes novia?
—De una en una, Sara, no puedo responder a todas de golpe. ¿Qué tal si nos sentamos en un banco y hablamos a largo tendido?
—¡Maravilloso! —En el rostro de la chica se dibujó una sonrisa de oreja a oreja, mientras permanecía pegada al chico, que permanecía sin inmutarse, junto con un sorprendido shinigami que dejaba escabullir una tenue carcajada.
—Ahora no te escapas de contarme todo, te he pillado —dijo mientras simulaba una pistola apuntándole con el dedo índice y el pulgar levantado.
—No pienso huir, tranquila. Pregúntame lo que quieras.
—Pues... ¿qué es de tu vida, encontraste una chica? —soltó picarona.
—No. Sigo viviendo en mi pequeño piso alemán, apartado de todo y a la vez tan unido a todo. Por lo que a compañía se refiere, vivo con un amigo imaginario, y me paso el día escribiendo una novela de ciencia ficción, se titula «Modulando el Universo», y básicamente trata, de un chiflado que, con una idea descabellada llevada al límite, pretende controlar de forma exagerada cada pequeño rincón del mundo entero.
—Todo esto de la novela me parece genial, pero... ¿no has encontrado otra chica, Robi?
—No, Sara. Desde que me dejaste, yo... he tomado otro sendero —el joven alzó la vista al azul cielo despejado. La chica bajó la mirada, y balbuceó una leve disculpa a modo de retener las lágrimas.
—Estoy bien. No tienes de qué preocuparte —la chica hizo acto de alzar la mirada hacia su ex pareja, con sus azules ojos teñidos de una tenue cortina transparente, asintiendo con la cabeza. Rob dejó ir una carcajada.
—Ahora ya lo entiendo. Ya no soy tan pequeña; por fin entiendo lo que tú siempre me decías. «Siempre hay un motivo para sonreír.» Ésta vez te reíste porque siempre eres tú el que termina por ayudarme, sea de la forma que sea, aún siendo tú el que lo pase mal.
Ahora mismo, me gustaría saber qué estás pensando, aunque sé que no me dirás la verdad si te lo pregunto.
—En fin, me has sorprendido. ¿Has hecho los deberes, eh? —la joven sonrió tímidamente.
—Ya los hiciste tú por mí. Demasiado hiciste, diría yo.
—No te negaré que a veces me lleno inevitablemente con ese sentimiento, de traición, de soledad —«a veces, su sinceridad me resulta dolorosa»—, pero el tiempo que pasé contigo es algo que no cambiaria por nada —«aunque él es así, y eso lo hace tan especial».
—Gracias, Rob. Tengo que decirte que...
—Escúpelo, venga.
—Que has cambiado mucho en este tiempo, casi no pareces el mismo.
—Lo se, en cambio tú, no has cambiado en absoluto —tras mirar el suelo, la chica volvió a dejarse caer a sus brazos.
—Siempre me he sentido tan pequeña a tu lado...
—Para mí siempre serás la niña pequeña que conocí.
—Oye, que tenía dieciséis años, tampoco era una cría, ¿eh? —le arrancó otra sonrisa al chico.
—Por supuesto. Ahora me gustaría hacer planes para dominar el mundo, si no te importa.
—Claro, seguro que has quedado con una chica, ¿verdad, pillín? —«su carácter infantiloide me resulta insoportable. Me siento frustrado que siga pensando de ese modo.»
—No, como te he dicho, voy a tomarme unas vacaciones —Sara sabía que para Rob, la expresión dominar el mundo significaba relajarse y, tal y como él decía a veces, contemplar la sociedad en perspectiva—. Comprendo que para ti, hablar doce horas seguidas mirando las estrellas te debe resultar agotador, y un plan poco atractivo, pero —fue interrumpido.
—Me encantaría —exclamó decidida.
—Bien. ¿Te parece bien a las nueve?
—Me parece bien ahora mismo —le clavó la mirada.
—Seré huésped en un hotel cerca de aquí por unos días, podemos ir ahora mismo y hablar hasta la madrugada.
—Oye, ya me suponía que estarías en un hotel... no soy tan tonta, ¿sabes?
Un deslumbrante manto de estrellas cubría el cielo de par en par. Ambos permanecían tumbados, muy cerca el uno del otro. El shinigami, con una expresión de tremendo aburrimiento, revisaba los nombres inscritos en su Death Note, a modo de matar el tiempo.
—¿Cómo te va con Larry? —exclamó Rob.
—Nos va muy bien, soy muy feliz —Rob observaba a la chica, preguntándose si realmente estaba convencida de lo que decía. Él la conocía, y se percataba de que lo que le ocurría a la chica no era más que cambios en su estado sentimental. Ahora sentía una cercanía con él que desaparecería al volver con su pareja. De este modo, los sentimientos de ella siempre permanecerían confusos y variables. Ya había intentado hacer todo y más por ella, pero nunca lo consiguió. Cuando ella le dejó, sintió una típica sensación de culpabilidad; claro —pensó él—, encontró un chico divertido, con el que podía hablar de igual a igual, en cambio, conmigo se sentía abrumada y le costaba seguir nuestras conversaciones. Robert pasó tiempo ausente por eso, y unos meses después de la ruptura, empezó a escribir el Proyecto Gantz. Una amarga lágrima descendió por la mejilla del chico.
—Me alegro mucho por ti, Sara.
Esa noche, ambos permanecieron especialmente callados. Mientras uno pensaba en su cotidiana vida, en el amor y la compañía, el otro rumiaba sobre todo lo que se hallaba por encima de eso, y sin saberlo, la inocente chica resultó ser la responsable de la condena de la humanidad, y del inicio de la mayor catástrofe conocida por el basto universo.
Próximo capítulo: Gantz VS Kira Parte II
