Capítulo Tercero
La Cofradía Imperial
1
El palacio imperial, hogar del fastuoso emperador de todas las tierras que tocaban los rayos del sol, se alzaba en una de las regiones más bellas e imponentes de China, en un valle inmenso rodeado de picos montañosos plagados de verdor y neblina que jugueteaba libre con el paso del viento. La majestuosa pagoda central, residencia del emperador, dominaba las otras cuatro en forma de torres altísimas de vigilancia a su alrededor formando un círculo Yin Yan de varios kilómetros de diámetro, y ahora recibía las últimas luces de la tarde. Los guardias, que eran incontables, se apostaban a lo largo del enorme círculo, rodeando y custodiando la alta muralla, armados hasta los dientes con espadas y enfundados en armaduras impenetrables. La puerta principal, que debía medir unos cincuenta metros de altura, estaba hecha de una madera resistente y brillosa, con grabados en oro y altorrelieve de incontables dragones luchando y mostrando orgullosos sus dientes y escamas.
Ése era un día de peleas. Una vez a la semana, la familia imperial disfrutaba una serie de combates entre los discípulos del Gran Maestro Toffu, y esclavos que se traían de diferentes partes del imperio. El emperador disponía de su propio estadio, un gran ring en el costado izquierdo del Yin Yan que era el terreno de su palacio.
—¡Yakon! ¡Yakon! —gritaba la multitud que vivía en el palacio, mirando desde las gradas del estadio, esperando el inicio de la gran pelea. El emperador, un anciano tigre de cabello blanco, enorme bigote y barba que le llegaba hasta la cintura, peinado hacia atrás con muchísimos adornos y emblemas que correspondían a su rango, miraba con poco interés el centro del ring. A su lado, estaba su esposa, una anciana de mirada dura que no parecía disfrutar mucho del evento, sus dos hijos pequeños, futuros tigres que se compartirían el trono de su padre, y el Gran Maestro Toffu, que también miraba despreocupadamente el inicio de la pelea.
El tigre Yakon, uno de los discípulos de Toffu, miraba con atención a su oponente, un enorme rinoceronte, con músculos parecidos al acero y que lo triplicaba en estatura. En su enorme mano, empuñaba un mazo repleto de picos filosos. Lo blandía listo para atacar. Yakon no miraba su enorme arma, ni sus músculos. Su atención total era a la mirada del rinoceronte. Sonreía confiado.
—¿Por qué sonríes? —el rinoceronte era uno de los guardias de la prisión donde se había escapado Tai Lung, y a pesar de superar bastante a su oponente, temblaba al ver a ese tigre. Había sido castigado por su incompetencia, hecho prisionero del emperador, y ahora puesto a pelear por su vida. Claro que tenía que temblar. Los guerreros de Toffu eran ya famosos por su fuerza y crueldad.
El rinoceronte atacó con toda su fuerza, blandiendo el mazo de picos hacia la cabeza de Yakon. La multitud suspiró, y contuvo el aliento.
—Je.
Fue lo único que se escuchó en el momento que el rino golpeó a Yakon. No se escuchó el impacto. Pero todos miraron impávidos cómo el tigre agarraba el mazo de picos como si nada, y lo empezara a apretar, agrietándolo primero, y después rompiéndolo en mil pedazos. La multitud exclamó un «¡Oooh!», y el rinoceronte no tuvo tiempo de mirar su arma destrozada, porque un golpe en forma de espada, partió a la mitad su cuerno frontal, y a la vez una patada quebró su pierna como una rama seca. Rino gritó y cuando caía de espaldas, Yakon lo sujetó.
—Aún no, bestia —le murmuró el tigre, sin dejar de sonreír. —¡Huracán imperial!
Cientos de golpes rodearon al Rinoceronte, como si él estuviera en el centro de un torbellino de patadas y puñetazos que no sólo lo lastimaban, le volaban pedazos de piel y carne. Uno de ellos lo dejó ciego. Otro partió su brazo a la mitad. La multitud enloquecía al ver las técnicas secretas de los discípulos de Toffu. Yuri, lo contemplaba junto a su maestro, bostezando, como si todo aquello le aburriera.
La sangre también parecía chorrear en un torbellino, y Yakon la saboreaba con placer malsano, regodeándose, hasta que por fin terminó la técnica. El rino no era más que un amasijo de carne y piel esperando el golpe final, resollando y suplicando.
—¿Eso es todo lo que tenías? —le dijo Yakon con desprecio, escupiéndole. Una patada frontal le voló la cabeza, y al fin el rinoceronte dejó de sufrir. El público aclamó al guerrero imperial, lanzaron vítores. Yakon los miró con desprecio, como si no necesitara de aplausos para matar a alguien, y se reunió con el maestro y su compañera tigresa.
—Buena pelea —dijo Toffu de buen humor, pero sin perder la solemnidad. —Has progresado con el Huracán imperial, Yakon.
—Gracias, Maestro —dijo en una reverencia, haciendo el saludo de respeto a él y al emperador, y ocupando su lugar, mientras Yuri salía a luchar. El emperador se volvió a Toffu.
—¿Dónde está Yalam?
—Cumpliendo una misión especial, Su Majestad. —dijo Toffu, midiendo con cuidado sus palabras.
—Supongo que tiene que ver con Valle de la Paz —dijo el emperador sin mirarlo. Sus ojos se posaron en el paisaje que podía verse desde las gradas. La tarde moría y las lámparas de papel empezaban a brillar a la par de las estrellas de allá arriba.
—Es verdad, Su Majestad. Como bien sabe su ilustrísima, es del interés del imperio que todos los Furiosos de Shifu sean exterminados. Cumplimos con cuatro de ellos. De una, no pudimos asegurarnos.
—He sabido que Valle de la Paz desapareció. Una explosión. ¿Qué pasó, Toffu? Todos los habitantes perecieron. No me gusta que la gente hable sobre algo que mis hombres hayan provocado con gente inocente. No es ése mi objetivo. Sólo los Cinco Furiosos y Shifu. Ah, y el panda ése. Tenía mucho interés en conocerlo.
Toffu tragó saliva.
—Desgraciadamente, no contamos con que Shifu dominara la técnica mortal de auto sacrificio, y la ejecutara frente a nosotros. Nos salvamos de milagro.
—¿El Megante? ¿Tu hermano Shifu, sabía usar el Megante? —preguntó el emperador, y esta vez lo miró a los ojos, esos ojos de tigre viejo y sabio que ha vivido muchos años lo peor y lo mejor de la vida. Parecía un poco impresionado e incrédulo a la vez.
—Se supone que sólo los monjes con cuerpo bendito podían usarlo en la antigüedad, pero apuesto a que esa tortuga desquiciada, su maestro Oogway, se lo enseñó. Era algo que no esperábamos. No encontramos los cuerpos del Furioso restante y del panda.
—Maestra Tigresa y Po.
—El emperador tan bien informado como siempre. Ésos son los nombres, y me gustaría que autorizara Su Majestad una búsqueda por todo el imperio. Sabe lo peligrosos que son. Shifu pudo haberles enseñado todo tipo de técnicas como el Megante.
—No seas estúpido, Toffu. Esos dos, aunque hayan logrado sobrevivir, estarán solos y asustados. No tienen quién los guíe, ni camino a seguir. Vivirán apartados de la gente, ateridos de frío como ratones, si les queda algo de sentido común. Pero haré esto: en cada pueblo y aldea, colocarán un cartel de búsqueda y recompensa con sus nombres y características. Manda a buscar a Yalam del Valle de la Paz… y haz que se reúna la Cofradía Imperial.
—¿La… Cofradía Imperial? —Toffu estaba excitado y sorprendido. La Cofradía era una alianza de los mejores guerreros del imperio, cuya tarea era proteger al emperador y castigar a las provincias del imperio que se negaran a obedecerlo. Hacía muchísimo tiempo, cientos de años que el emperador no convocaba a una Cofradía imperial. Toffu se lo había propuesto en una reunión, y el emperador no lo dejó pasar de largo.
—Será la Cofradía Imperial más poderosa que haya habido en siglos, por eso la convocaré en unos días más. El imperio se reajustará y tú y tus discípulos serán la punta de mi lanza, llevarán mis mandatos a todos los rincones del imperio. Tú la comandarás, Toffu, confío plenamente en ti y tus guerreros. Ahora que los Cinco Furiosos han desaparecido, mi poder es ilimitado. Puedo hacer lo que me plazca, y lo que quiero, es ampliar los dominios de China en el mundo. Los vientos del cambio llegaron, Toffu.
La punta de la lanza del emperador. Eso significa matar, matar, y matar. Los ojos de Toffu se entornaron y brillaron de emoción. Ciertamente, los Furiosos y maestros del Palacio Jade eran el único estorbo que tenía el emperador para desplegar su mandato por el imperio, sin consultarlos y discutir su sabiduría. Ahora la Cofradía sería lo único que consultaría para mandar a sus anchas. Toffu sería el segundo del emperador, y eso estaba pero muy bien. Muy bien.
—Mandaré a buscar a Yalam, Alteza. Me encargaré que sea lo más pronto posible. —Toffu le sonrió al emperador, pero éste ya miraba la pelea de Yuri, que despedazaba a su oponente allá abajo en un baño de sangre parecido al de Yakon.
Los pensamientos del Gran Maestro eran de cambio. El cambio del imperio era… suculento, como para chuparse los dedos.
2
Las ruinas del Palacio Jade le estrujaban el corazón. La hermosa pagoda de tres pisos, una vez reluciente y llena de luz y vida, donde practicó Kung Fu desde su niñez, estaba reducida a cenizas. Los cuerpos de los habitantes de la aldea, estaban carbonizados y desparramados por toda la explanada, semejando una alfombra cenicienta que se movía cuando el viento la barría de vez en cuando. Las lágrimas fluyeron una vez más, la impotencia le atenazó el corazón, y la pierna que le había pinchado Toffu chilló de dolor. Tuvo que apoyarse en el bastón que había recogido de camino hacia acá. La lluvia había dado tregua, e incluso el sol brillaba y subía conforme avanzaba la mañana, apartando las nubes.
¿De qué servían todas las enseñanzas, todos los entrenamientos? La gente inocente, la que era su deber proteger, había muerto fácilmente en las garras de la maldad. Todo lo que sabía, todo el Kung Fu que tenía… era inútil. Estaba segura de poner toda su fuerza y corazón en aquella patada a Toffu, pero éste la había contenido, con un dedo. Y de paso, se la había inutilizado, usando su misma fuerza contra ella, en forma de ondas de choque. No lo entendía.
Recorrió el templo en busca de Shifu, pero no lo encontró. Lo que sí vio fue la enorme estrella de cinco picos, como si alguien hubiera cincelado el piso y trazado perfectamente. Debió ser parte de la técnica mortal de su maestro.
Algo se movió entre las sombras dentro del esqueleto de la pagoda. Había alguien o algo adentro, y sus sentidos se activaron. Maestra Tigresa se puso en guardia, apoyando precariamente la pierna mala en el suelo, ayudándose del bastón. Empezó a sudar.
—Será mejor que salgas, quienquiera que seas. —le dijo Maestra Tigresa a la pagoda. Nadie respondió.
Avanzó hacia el templo. Se detuvo en el umbral de la puerta, y no pudo menos que sentir un terrible desasosiego al ver el kwoon destruido. El muñeco de entrenamiento partido en pedazos, los aparatos rotos, sus habitaciones arrasadas… sintió un mareo repentino, pero se dominó al escuchar un ruidito entre los escombros del otro lado del templo. Había alguien, alguien que se escondía, que seguro trataría de sorprenderla.
¿Podría pelear en ese estado? La pierna le dolía menos, pero no podía apoyarla, tendría que pararse como una grulla. La oscuridad dentro era un poco intimidante, y entre las sombras algo se movió, y volvió a desaparecer tras las paredes destruidas.
—¡Sal, vamos! —gritó Tigresa, con el miedo alojado en su timbre vocal.
Un gemido. Algo cayó, tal vez una madera.
Maestra Tigresa avanzó por los escombros lo más sigilosa que pudo, tratando de sorprender al intruso. Rodeó las habitaciones que una vez le correspondieran a los Furiosos, y llegó al lugar donde un pequeño bulto temblaba incontrolablemente, gimiendo por lo bajo. Tigresa se relajó, y avanzó cuidadosamente. El sol penetró por las ventanas rotas e iluminó la pequeña forma que lloraba y la miraba sin poder creer lo que veía. Unos ojos de un color azul intenso acechaban desde el suelo, y se abrieron como platos al ver que Tigresa estaba muy cerca.
—¿Quién eres? No te haré daño —la Maestra cambió su tono de voz lo más dulce que pudo, al descubrir quién era, y ella tampoco podía creerlo.
Era un pequeño gazapo. Su mirada asustada le estrujó el corazón. Era la mirada de quien ha visto la muerte de cerca y vive para contarlo. Pero en un niño…
—E-eres… ¿en verdad eres tú? —dijo el gazapo, escondido, sin atreverse a salir por completo debajo de los escombros. Tigresa vio su carita llena de barro y ceniza, su pelo reborujado y sus largas orejas quemadas de las puntas.
—Soy Maestra Tigresa, de los Cinco Furiosos.
El niño se quedo viéndola como hipnotizado, esforzando a su cerebro a entender quién la veía desde ese lugar muerto. Poco a poco fue destrabando su mente, y salió cuidadosamente de entre los escombros, sin dejar de verla con esos ojos azules intensos.
—Sí… sí, eres tú, ¿no estoy muerto, verdad? Eres Maestra Tigresa, eres…
Y corrió a abrazarla. El niño conejo la estrechó con tal fuerza que creyó que se pegaría a ella para siempre. Ella dejó a un lado el bastón y lo abrazó, apoyando sólo una pierna contra el suelo. Lo cargó y lo estrechó. El niño descargó todo su dolor, llorando sobre su pecho y sus hombros. Maestra Tigresa también lloró con él en silencio, conmovida de encontrar un superviviente en medio de un cementerio lleno de lápidas de ceniza. Se dominó lo mejor que pudo, pero estar parada ahí con todo lo que amaba muerto, era imposible. Terminó de llorar con él, ambos tratando de encontrar un consuelo que tal vez no llegaría nunca.
—¡Buuu…! ¡Buuu…! ¡Creí que todos ustedes, que todos ustedes…!
—Shhhh… tranquilo, tranquilo, pequeño… estamos vivos, los dos estamos vivos. —pronunciar aquellas palabras le devolvieron algo a la Maestra, no supo qué, de momento, pero se sintió un poco más fuerte, con más ánimo de vivir. Más viva.
—Gracias a los dioses… yo creí que moriría….
—Shhh… ¿Cómo te llamas, pequeño?
—Da-Dai. Me llamo Dai.
—Muy bien, Dai. ¿Hay alguien más contigo, un amiguito? ¿Alguien que hayas visto por aquí, en la aldea?
El chico negó con la cabeza. Aunque recordó algo.
—A…a veces, hay alguien que viene. Alguien malo. Parece un tigre, con un chaleco negro, vigila el templo, no siempre, y yo me escondo para que no me vea. Sé que es malo. Creí que ya me había encontrado y me mataría. Tengo miedo, pero si tú estás conmigo, ya no le temo a nada. Eres la mejor Furiosa, tengo… tenía tu muñeco de acción en mi recámara. —dijo Dai, ruborizándose.
Tigresa sonrió, pero de momento, sus sentidos de alerta se reactivaron. Alguien los observaba, y tenía el presentimiento que desde algunos minutos atrás ya lo hacía.
—Dai, escóndete. Y no hagas ruido.
—¿Qué? ¿Qué pa…?
—Chitón. Creo que ese tigre del que hablas, nos observa.
—No, no me separaré de ti, Maestra. —Dai la miró suplicante, temblando. Pobrecillo, seguramente pasó muchos días solo, pensó Tigresa.
—De acuerdo, pequeño. Salgamos al patio, y veremos si estaba en lo cierto.
Con cautela, escudriñando a todo lo ancho y alto del templo, salieron cogidos de la mano, infundiéndose valor uno a otro, tratando de no ser sorprendidos de nuevo como en la fiesta. Al salir, la sensación de ser observados se intensificó en Tigresa. En verdad había alguien acechando desde algún lado.
—¡Sal de una vez! ¡Sal y pelea como un guerrero, si te queda honor! —Maestra Tigresa rugió, irritada.
Una roca enorme salió despedida como bala hacia donde ellos estaban; Tigresa abrazó a Dai y con el impulso de su pierna buena, saltó como una portera de fútbol. Libraron apenas por centímetros el impacto brutal que pudo haberlos hecho papilla. La roca se partió en pedazos, y de no ser por su entrenamiento, su caída pudo ser dolorosa, pero se la cubrió bien. Dai gritó.
Una risa, que parecía un cacareo, salió desde uno de los techos de la pagoda.
Yalam, portando su chaleco negro, con bordados dorados de dragones imperiales, los había encontrado. Su mirada inyectada de sangre, y su sonrisa lunática sobresaltaron a Tigresa, que seguía abrazando con fuerza al pequeño gazapo.
3
—¡Vaya vaya!, qué tenemos aquí. El Maestro Toffu me recompensará por esto, sí. —Yalam se relamía los labios como su detestable maestro, y miraba un punto que se encontraba bajo el vestido rasgado de Tigresa, ahí donde comenzaban las líneas atigradas del interior de sus piernas.
—Dai, necesito que te apartes. Escóndete. Necesitaré moverme rápido —Maestra hizo una mueca de dolor, pero debía ignorar la pierna. Tenía que luchar lo mejor que podía, o ambos morirían. Ya era suficiente de muertes para Maestra Tigresa, al menos en Valle de la Paz. Tenía que empezar a inclinar la balanza. Por un momento pensó en Po, como un flashazo. ¿Por qué pensaba en él justo cuando su vida peligraba? Lo había dejado en la cueva, era lo mejor. Ya estaba a punto de sanar, cada quien tenía que seguir, y estaba convencida de que ella no podía cargar con él.
Te pasas de chorizo, ¡pero si él te cargó! Te sacó a rastras de morir en la explosión. Obedeció al Maestro Shifu. Te llevó hasta la cueva, desangrándose, con las heridas que tú le hiciste. No me vengas con eso, Tigresa.
De acuerdo. Cuando acabe con esta basura, regresaré a la cueva, se dijo, intentando calmar a la conciencia buena, la que de vez en cuando le recriminaba sus malos actos que parecían buenos. Después de todo, no le quitaba nada regresar con Dai. Más ahora que eran tan…pocos.
—¿No me dejarás? —Dai la miró con ojos llorosos. —¿No te morirás?
Tigresa tragó saliva, y lo miró de reojo. Toda su atención tenía que estar en ese asesino, que era muy veloz y truculento.
—No, Dai, pero si no te escondes ahora, me enojaré mucho. Por favor, aléjate de mí. Vete. No me iré, no te abandonaré, nunca. Pero ahora te tienes que esconder. No dejaré que te hagan nada.
Dai se desprendió de su vestido que poco le quedaba de aguamarina, y se alejó, sin dejar de verla.
—Me sorprende la estupidez de los Furiosos. La bondad, la compasión… son sólo frenos que impiden alcanzar la gloria del Kung Fu. ¡Los sentimientos impiden dar golpes!
Yalam comenzó su ataque con todo sobre Maestra Tigresa. Apenas esquivó un rodillazo que partió el suelo y estremeció las ruinas del templo. Se paró, y la miró de arriba abajo con lascivia.
—¿Por qué no vienes conmigo por las buenas, preciosa? El Maestro Toffu te quiere viva. Así hasta podría dejar vivir al chiquillo ése.
Por toda respuesta, Maestra se puso en posición de ataque, sacando los dientes. Trató de apoyar la pierna mala, pero el dolor se incrustaba como una estaca por sus carnes. Si no ganaba por fuerza, tenía que ser con una técnica especial. Esto no pasó desadvertido para Yalam.
—De acuerdo. Jugaré un poco contigo, y cuando te someta, nos divertiremos antes de entregarte a mi Maestro, mientras el chiquillo nos mira, y después lo mataré. Lentamente, para que la próxima vez reconsideres mi propuesta, bonita. Esa pierna duele, ¿no es cierto?
Maestra Tigresa atacó directo al cuello. De estar en perfectas condiciones, hubiera dado resultado, pero Yalam la cubrió bien con un manotazo defensivo. Acometió varias veces, pero la carga de dolor en la pierna era más de lo que pensaba. Una patada en la pierna de apoyo bastó para tumbarla, pero con agilidad, usó su brazo para impulsarse en el piso y lanzar otra patada, que sí dio en la mejilla de su oponente. Punto para Tigresa.
Pero Yalam no cayó tampoco. La sangre manó de su hocico, la saboreó, y escupió. Esta vez su mirada era la de un monstruo, la de un asesino colérico, que no le resultan las cosas tal como las planeó. Aún así sonreía.
—Vendrás conmigo por las malas, ya lo decidí, preciosa.
—Maldito asesino. Pagarás por toda la gente inocente. Aunque me muera, te llevaré conmigo. —rugió Tigresa.
Un puñetazo certero dejó viendo estrellas a la Maestra, y Yalam aprovechó el impulso para patear la pierna mala, dando en el blanco. Tigresa rugió de dolor, mientras otro golpe en las costillas esta vez no evitó que su cuerpo se desplomara al suelo. Dai gritó a lo lejos. Con el cuerpo desmadejado, Maestra sintió como el asesino la levantaba del cuello, y la acercaba a su cara.
—Lástima que no estás en el nivel adecuado, princesa. No sabes cómo disfrutaré de ti mientras… —se relamió el hocico de nuevo—gozaré. Sí que lo gozaré…
Una patada como el rayo, se incrustó en la entrepierna de Yalam. Era de la pierna mala y el asesino no se la esperó nunca. La soltó de inmediato y se hincó, gritando y revolcándose de dolor. Tigresa se alejó a rastras, tratando de incorporarse. Con eso había dado al traste con su pierna mala. Sentía el dolor sordo de una extremidad que tardaría años en recuperarse, y no por completo. Le dolería en las épocas húmedas y frías por el resto de sus días. Bueno, al menos esperaba inutilizar también la hombría de aquel bastardo. Ya no gozaría nada con ella, no. Escupió la sangre que anegaba su lengua.
—¡AAAAAAARGGGHH! ¡Ma-Maldita ZORRA! ¡Lo, lo pagarás! —Yalam se revolcaba en espasmos de dolor intenso. Tigresa debía aprovechar esa oportunidad, pero estaba… mareada, aturdida. La pierna también era un latido de dolor, como un taladro sobre sus nervios y músculos.
Dai no pensó. El miedo básico, el miedo a perderlo todo, fue lo que lo ayudó a arremeter contra el asesino de sus padres, de sus hermanos, de todos sus conocidos. Agarró una piedra con las dos manos, y como un indio de guerra, gritó con el odio almacenado hacia Yalam, dispuesto a partírsela en la cabeza.
Cuando la piedra bajaba hacia la nuca de Yalam, éste alcanzó a sujetarla. Con los ojos inyectados de sangre, un instante de incredulidad que dio paso a la furia total, el asesino sujetó el brazo de Dai con mucha facilidad, tirando la piedra por un lado. Tigresa veía doble o triple, hacía esfuerzos para enfocar su visión, pero el dolor, Dios mío, el dolor…
—Un… un mocoso… ¡Un mocoso que se atreve a dañar a la élite de los guerreros imperiales! ¡Te arrancaré el brazo! —con una mano en los genitales y otro aferrando el brazo de Dai como tenazas, comenzó a retorcérselo. El gazapo gritó, Maestra Tigresa hacía lo imposible por incorporarse sin conseguirlo, y mientras creía que todo se quebraría como el bracito de aquel niño, sólo pensó en alguien.
¡Po! ¡El auténtico Guerrero Dragón!
Po me salvó. Le fallé, y a este niño también. Dios de los dioses, ayúdanos. Dios del Kung Fu, si estás en lo correcto, salva al niño. No importa qué pase conmigo, sálvalo. ¡Sálvalo!
El grito de dolor de Dai rebotaba por los muros y la pagoda muerta. Una ráfaga de viento levantó la ceniza de los cuerpos quemados y cubrió la explanada. Por un momento, la ceniza flotó, cubrió el sol y a ellos también.
Maestra Tigresa oyó un «¡Crac!», y el grito de Dai desapareció. Rugió con todo el dolor de su corazón, mientras las lágrimas aparecían.
—¡NO! ¡No, maldito, al niño NO!
Las cenizas bajaron, y el sol iluminó el patio del templo Jade. En su mirada acuosa, todo le pareció irreal, como si mirara a través de una botella llena de agua: alguien había puesto fuera de combate a Yalam, y era enorme, desde el suelo se veía imponente. Tenía las manos entrecruzadas, y Dai estaba paralizado, mirándolo sin poder creerlo tampoco, frotándose el brazo dolorido.
—Perdón por la tardanza. Es muy cansado subir hasta acá, Maestra Tigresa. —Po la miraba con esa inocencia con la que lo conoció la primera vez, cuando irrumpió en la elección del Guerrero Dragón, con los cohetes en el trasero. Sus ojos verdes, su pose. Esta vez ella se desvaneció, rendida, a la oscuridad de la inconsciencia.
