Capítulo Cuarto
Fideos e introspecciones
1
Maestra Tigresa recuperó el conocimiento mucho después. Lo supo porque las sombras de la tarde ya dominaban la estancia, y porque el latido de dolor de su pierna se antojaba lejano, aunque siempre presente. Al sentir un sabroso olor a comida, recordó a alguien, y su estómago rugió. Reconoció el olor: fideos. Fideos que le eran muy familiares, pero que nunca había probado. Despertó, y se dio cuenta que ya no estaba en el templo Jade. Estaba acostada en un catre, dentro de una pequeña habitación donde se colaba el sol de la tarde a través de una única ventana abierta. Era una habitación extraña porque nunca había estado ahí. En el alféizar de esa ventana junto al catre de bambú que ocupaba, había cinco figuras de acción hechas en madera y pintadas a mano: los Cinco Furiosos, que inmóviles, demostraban sus mejores técnicas de combate. Vio papiros pegados a manera de pósteres por toda la habitación, con dibujos de ellos, y ella siempre al frente, en una pose de Kung Fu que era de sus favoritas. La habitación estaba en perfecto orden, sin embargo, estaba repleta de tazones de todos los colores, marcas y materiales en las estanterías. Las paredes estaban pintadas de símbolos chinos. Uno en especial le llamó mucho la atención. No sabía su significado, pues estaba garabateado muy burdamente. Algo había en ese símbolo, sin duda pintado por Po, que la hacía sentirse incómoda. Por todo lo demás, parecía la habitación de un niño, y Tigresa se rió por dentro, pues sabía que ésa era su recámara. Lo sabía por su olor tan particular. Entonces, estaban en su casa. Sin saber porqué, se sintió mucho mejor y a salvo.
Oía voces abajo, de Po y Dai. Con mucho esfuerzo, dándose cuenta que su pierna estaba inmóvil y vendada, se apoyó en un cayado que intencionalmente le habían dejado para que se parara. Lo usó, y bajó con sumo cuidado las escaleras. A pesar de la oscuridad que dominaba esa parte de su casa, no se sintió desprotegida.
Al voltear hacia el origen del olor, la escena se le antojó divertida y a la vez, tierna: en la cocina que seguro utilizaban para el restaurante, un enorme oso panda, que sólo vestía un pantaloncillo remendado que semejaba un costal viejo y chanclos que parecían de broma, además de un delantal que decía «Amo de los Fideos» servía un tazón de sopa a un conejito gris, de ropas igual de viejas y sucias.
—Vamos, Dai, pruébalos. Es lo poco que sé hacer, y a los Furiosos les encantó. Bueno, a Maestra Tigresa no tanto… no los… —Po se interrumpió al ver esos ojos ámbar que ya lo miraban desde el umbral de la escalera, siempre intimidantes.
Tigresa avanzó hacia ellos, y sentía la pierna muy bien inmovilizada. Se la miró de nuevo, y ésta estaba vendada por completo hasta los tobillos. Una buena curación. Provisional, pero buena al fin. Miró a Po escondiendo un profundo agradecimiento, y se alivió al comprobar que el pequeño conejo Dai estaba bien. No se explicaba qué había pasado.
—Te... te la vendé, Maestra, y te apliqué una pomada muy buena. Espero haberlo hecho bien. —dijo Po, revolviendo el guiso que seguía regurgitando sobre un tipo de estufa que nunca había visto.
—Lo hiciste bien… Po.
De repente, Tigresa reaccionó de verdad, despertando por completo.
—¿Y Yalam? ¿Dónde está?
Po la miró con sus ojos verdes, profundos y a la vez transparentes, como su alma, y por primera vez, le indicaron que estaba mintiendo.
—Se fue de donde vino. Es todo.
—¡Él nos salvó! ¡El Guerrero Dragón! —dijo Dai exaltado, con la boca llena de fideos. —¡Llegó justo a tiempo y le dio su merecido al malo!
—Por favor Dai, no comas con la boca llena. Y no soy el Guerrero Dragón.
Tigresa prefirió no indagar más del asunto por el momento, pues el hecho de que estuvieran en casa de Po charlando y comiendo tranquilamente fideos, quería decir que estaban a salvo de momento. Se sintió más tranquila, y se sentó en una de las sillas de madera que tenían en el patio del restaurante. Aspiró el aire fresco de la tarde, acompañado del sabroso caldo que Po preparaba, y pensó en todo lo que había pasado.
Po nunca se imaginó ayudar de tal forma a Maestra Tigresa, y a su vez Maestra Tigresa nunca concibió recibir semejante ayuda de un panda que detestaba en lo más profundo de su corazón. Y eso era porque no podía concebir que semejante animal pudiera hacer algo parecido, algo imposible de acuerdo a sus enseñanzas, a sus creencias. Ella no lo había visto en su batalla contra Tai Lung, tan perdida en el pasado como la masacre que acabó con el Valle de la Paz a manos del hermano sombrío del Maestro Shifu. No vio luchar a Po en el pueblo vacío, de hecho, nadie sabía cómo lo había derrotado. Sólo quedaba el enorme cráter de una explosión, y Tai Lung rendido a sus pies. Pudo ser un golpe de suerte… ó algo parecido.
A decir verdad, Maestra Tigresa todavía pensaba que Po era un bueno para nada, un simple pinche de cocina fan de las artes marciales, a pesar de los elogios de Shifu y los demás furiosos… pero lo que había pasado con Yalam… ¿Acaso sus pensamientos eran los correctos? Dai lo miraba como Po miraba a los Cinco Furiosos cuando lo conoció, y ahí estaba, con sus mismos pantaloncillos remendados y sucios, sus zapatillas desgastadas. No había nada de Guerrero Dragón ahí, pero…
¿Él había derribado a Yalam?
Por supuesto, Tigresa tonta. ¿Quién crees que lo hizo? ¿El espíritu muerto de Shifu? Deberías de apartar ese estúpido resentimiento, por el bien de todos. En verdad, él nunca pidió ser Guerrero Dragón. Se lo gritó a todo el mundo, se lo dijo a Oogway y a Shifu. Se dio cuenta de que lo aborrecías, y aún así, él enfrentó su destino sin tener idea de nada, te sacó de la explosión, a costa de tus mordidas, arañazos y golpes. Te salvó la vida.
Sus pensamientos se difuminaron cuando Po le entregó tímidamente un tazón humeante, repleto de fideos. En la cara del panda se pintaba una sonrisa discreta, esperando su natural rechazo, como siempre lo hacía. Tigresa sintió en ese momento algo que no podía descifrar, ese sentimiento otra vez… algo que estaba muy dentro de ella y que nunca había explorado. Eso le frustraba más que otra cosa. ¿Qué era…?
—Pe-perdón, Maestra, no encontré hojas de chinko…
Maestra Tigresa se apoyó con los brazos y se sentó con las piernas estiradas en la silla. Lo miró fijamente sin expresión, y por un segundo, vio los gestos resignados de Po.
—Sí, lo sé… la energía del universo es suficiente para ti. —dijo el panda, alejando el tazón y volviéndose, contrariado, a la cocina. Dai no perdía detalle, comiendo con voracidad.
—¿A dónde llevas eso, Po?
El oso se quedó petrificado, dando la espalda a Maestra Tigresa, el tazón le temblaba en la mano, y un poco de caldo se resbaló por sus manos, sintió el líquido caliente que le quemaba, pero no le dio importancia. ¿Había escuchado bien?
Cuando se volvió, Maestra Tigresa tuvo que reprimir la risa que le provocaba la cara estupefacta de Po, mirándola incrédulo, con el tazón temblándole en la mano. Se acordó cuando les cocinó por primera vez a los Furiosos, e hizo una parodia de Shifu, muy divertida, aunque ella… no se había dado cuenta de eso. Para ella nada era divertido, mucho menos ese oso tonto.
—Lo… ¿Lo quieres? ¿En verdad? —le dijo como un niño que muestra lo mejor que sabe hacer a su corta edad, con una sonrisa que se fue ensanchando más y más.
Tigresa asintió, sin dejar de mostrarle esos ojos, que ya empezaban a chispear de rojo como las brasas del fogón. En silencio, Po le entregó el tazón a la tigresa, dos palillos, y por primera vez, probó los fideos de Po, lo único bueno que sabía hacer en el mundo.
—Creo que le van a gustar —dijo un Dai picaresco.
Eran deliciosos. Muy buenos, en verdad no mentían sus compañeros.
Hacía tanto tiempo que no probaba… comida, comida en realidad. Rocío de una hoja de chinko y la energía del universo era todo lo que una guerrera de Kung fu destinada a ser Guerrera Dragona necesitaba. Meditación, entrenamiento, perseverancia, dedicación. Pero esos fideos… ése sabor venía a aportar algo nuevo a su percepción de una vida de entrenamiento y dedicación total al Kung Fu. Y no sabía qué rayos era eso que sentía cuando miraba a Po.
No, no lo sabía.
Eso era lo importante.
Ahora que lo recordaba, nunca había convivido con otras chicas, a excepción de Viper, pero era como si no contara, ella también estaba metida en su propio entrenamiento. Los demás furiosos, eran chicos, y diferentes además. Se había llevado bien con todos, sin importar que fuera diferente, de cualquier forma, era la mejor, y en el Kung Fu el género carecía de importancia si eras la mejor. Pero eso ahora tomaba mucha importancia. ¿Qué había además del Kung Fu? ¿Qué pensaba una chica normal, fuera del kwoon, fuera del templo de entrenamiento, de las técnicas mortales y las enseñanzas del Maestro?
Ahora esos pensamientos le martilleaban el cerebro, ¿por qué?
¿Por qué justo ahora? ¿Por qué cuando veía a Po?
Comió sus fideos en silencio, y a medida que los degustaba, le parecieron lo más sabroso que hubiera probado en toda su vida. Trozos de chinko y jugo del universo no se comparaban con eso. De pronto sintió otro acceso de culpabilidad con Po. Lo había tratado muy mal, lo rebajó, lo hizo puré con sólo lanzarle miradas de desprecio. ¿Ahora qué importancia tenía ser o no ser el Guerrero Dragón, si no había Valle de la Paz? Ahora que lo pensaba, el silencio… el silencio era más presente que ninguna otra cosa en una aldea muerta, a excepción de ellos tres. El único recuerdo viviente que quedaría por siempre sería el pequeño Dai, un milagro, de hecho. Ese estúpido resentimiento debía quedar atrás, eso si querían seguir con vida en ese nuevo camino de sombras que se les había impuesto. Esperaba descubrir las respuestas a muchas preguntas. Algún día, espero, se dijo mientras saboreaba el caldo delicioso de Po.
2
Po no podía creer que Maestra Tigresa comiera al fin sus fideos. Fue una buena idea traer a todos a su casa, lo único que le quedaba en la aldea. Hacía falta comer. Su padre le decía que sin estómago lleno, no se pensaba bien, y qué razón tenía. Pero más que todo, le henchía de satisfacción que Maestra comiera algo que él había preparado. Sí, había pasado mucho tiempo desde la última vez que preparó fideos. Incluso la receta secreta que su padre le dio no la había aplicado, hasta ese día. Pero lo hizo automáticamente, casi sin pensar, mientras la charla de Dai lo animaba a dar lo mejor de él en la enorme olla de fideos que preparaba. Los ingredientes estaban donde siempre, las ollas el agua y la pasta lo esperaban para abrir de nuevo y…
«Llevamos caldo en las venas, hijo»
Desde muy pequeño pudo iniciarse en el arte de la cocina China de los fideos gracias a su padre, quién le inculcó la importancia del sabor, y eso de llevar caldo en las venas, lo escuchaba desde que tenía memoria. Y no podía quejarse, su infancia fue muy feliz, yendo y viniendo por todo el restaurante, mientras su padre lo pillaba y lo cargaba cuando era un bebé… pero después creció mucho más que él, y las cosas se invirtieron, pero eso no le importó. Tenía un hogar, toda la comida que quisiera. Recordaba que al principio él era la atracción del restaurante cuando era un crío.
Ahora que lo pensaba… él, era el único oso… el único panda que vivía en Valle de la Paz… el único oso panda que conocía en la vida, era él mismo. Se miró las garras, su cuerpo. Su padre no era así.
¿Qué quería decir eso?
Pero, su padre… su padre…
Su padre no era como él.
¿Y tenía que ser así?
Recordó el Valle de la Paz. Los gazapos como Dai iban de la mano de sus padres conejos, iguales o casi iguales a ellos. Tendría que preguntarles a Dai y Tigresa cómo eran sus padres, y sacarse esa espina de la cabeza.
Mi padre, no era como yo. Era muy diferente.
Pero, me quería tanto, me amó tanto, que nunca me puse a pensar en eso. Sólo vivíamos felices en el restaurante, atendiendo y cocinando diario, divirtiéndonos en la cocina. Nada más importaba, y nadie nos decía nada. Era Valle de la Paz.
Pero a pesar de eso, pensaban diferente. Sus sueños eran diferentes. Mientras su padre soñaba con transmitirle la receta secreta de los fideos, Po se envolvía en las fantasías de sus sueños sobre el Kung Fu, los mismos donde se veía a sí mismo como un guerrero temible, que podía luchar contra el que se le pusiera enfrente, al lado de los Cinco Furiosos, pero sobre todo, anhelaba pelear al lado de Tigresa. Sus sueños a veces eran extraños. Cambiaban de forma, y entonces se convertían en ocasos apacibles, donde él contemplaba el paisaje con ella, desde lo alto de una montaña, y él le decía «El sol se pondrá para ti, sólo para ti», y la abrazaba…
Se sonrojó, y volvió la vista hacia el techo, simulando indiferencia y esperando que Tigresa no lo descubriera o pudiera leerle el pensamiento. Pero Maestra y Dai continuaban comiendo sus fideos, ajenos a sus introspecciones.
Soy, soy un panda… ¡Pero si soy un…! Panda, un panda gordo, y tonto, que se lo toma todo a broma, como me lo dijo una vez Tigresa, ¡entonces…!
Una idea se iba formando en su cabeza, por primera vez en todos sus años de vivir en paz en un lugar que se vivía como tal, tomó conciencia de quién era realmente.
E-entonces, mi padre… no era mi padre.
Su nariz tembló, sus pucheros se acentuaron, y al fin lloró. No pudo evitarlo. Sollozó, cubriéndose la cara con el delantal de «Amo de los Fideos» para que no lo escucharan, pero aún así Maestra Tigresa y Dai lo voltearon a ver. El pequeño conejo llegó a él, y lo abrazó, sin decir nada. Sus bracitos apenas podían abarcar un poco de su inmensa barriga que subía y bajaba en espasmos de llanto y dolor. Tigresa… Tigresa no sabía qué hacer. No se podía mover bien debido a la pierna vendada, pero alcanzó a tocar el brazo a Po.
Él sintió que una descarga eléctrica le recorría el cuerpo. Con los ojos llenos de lágrimas que podían llenar un tazón de los que usaba para el caldo, Po se volvió hacia Dai y Tigresa, haciendo pucheros, una mezcla de autocontrol y querer sacar todo de su mente.
—Pe-pensarás que soy un oso tonto, inútil… y además, llorón.
Maestra negó con la cabeza, y de sus ojos ámbar, casi rojos, también asomó humedad cristalizada. Po le causaba tanta… ternura, y también eso, que no descifraba y no sabía qué rayos era. Los tres se abrazaron mientras las luces de la tarde morían y el Valle de la Paz se convertía en un valle de sombras y silencio en sus calles y demás casas vacías allá afuera.
