Capítulo Quinto
Un alma se divide

1

Valle de la Paz ya no tenía nada para ellos tres. El clima frío se acentuaba pues el otoño seguía su marcha hacia el invierno, y ese día que partían para siempre de un sitio que consideraban un verdadero hogar, con un nudo en la garganta y sin mirar atrás, como les había dicho Shifu. Un viento helado se colaba por las calles vacías de la aldea, con el silencio crepitante que ya empezaba a desesperar a Maestra Tigresa. Po echó un último vistazo al restaurante de su padre Mr. Ping, diciéndole un adiós en silencio, un adiós para siempre. Había empacado en un costal toda la pasta e ingredientes que podían llevarse para no pasar hambre, también ropa que Po consiguió de una casa vecina. Unos kimonos y abrigos rosados y verdes para Tigresa, que no le agradaron en lo más mínimo (sus ropas de combate se habían quemado en el templo Jade) y ropa para Dai. Todo estaba dispuesto para iniciar el… ¿viaje?
Pues no lo sabía, no sabía hasta dónde podían llegar en semejantes condiciones. Lo importante era alejarse de ahí lo más pronto posible, antes que el silencio y el frío terminaran con sus fuerzas. Miró a Tigresa y ésta le devolvió la premura de partir. De acuerdo, de acuerdo, pensó Po, echándose el costal a la espalda. En una vida anterior para él, subir un insignificante carrito de ventas por las escaleras del templo resultaba imposible, pero algo en él cambiaba, y Tigresa lo notaba.
Ya no se quejaba por todo, sus bromas habían disminuido considerablemente, y parecía soportar más que en los entrenamientos. Por un momento, Maestra Tigresa extrañó aquel Po bromista, que tartamudeaba, que era la burla y a la vez se reía con todos, sin importarle más que ser un aprendiz de Kung Fu…
—En marcha, pues —atajó Tigresa, usando el cayado como un bastón.
—¿Segura que no quieres que te cargue? —le repitió por enésima vez el panda. Tigresa le echó una mirada de furia, y Po comprendió que la había provocado.
—No necesito que me carguen. Sería una gran ofensa para un guerrero, ¿lo sabías? Preferiría morir que ser cargada por alguien… como tú.
Ya estaba. Lo había soltado. Dai los miró intercaladamente con sus enormes ojos azules. Po bajó la cabeza, y comenzó a caminar. Maestra recibió una descarga al comprender que había ofendido a Po. Rayos, sin querer, parte de ese odio añejo había aflorado, después de llorar juntos la tarde anterior, de comprender el dolor de Po sobre una familia inexistente. Ella también tenía mucho que decir al respecto, pero prefirió callar. ¿Es tanto tu orgullo? ¿Es tanto el odio remanente?, se preguntó.
El Odio Remanente era algo que llamaba el Maestro Shifu a esa "espina" que uno no se puede sacar, esa piedra en el zapato que incomoda, a esa navaja clavada en el corazón.
—Espera, Po… no quise…
—Ya lo dijiste, Tigresa. Bien, ¡como quieras! Yo me adelantaré, entonces. Ven Dai, quiero que seas mi vigía.
El gazapo asintió, y los dos apresuraron el paso por las callejuelas abandonadas. Po volvió medio rostro hacia Tigresa, y le dijo despectivamente:
—Y si tienes problemas, grita.

Po no podía creer que Valle de la Paz ahora fuera el Valle del Silencio. Todas las casas se encontraban como sus dueños las habían dejado antes de partir a la majestuosa fiesta del Dragón, con las puertas cerradas, con los porchecitos arreglados y limpios.
—¡Espera, Po! ¡Esa es mi casa! —dijo Dai, con las lágrimas en los ojos. Corrió como un gamo hasta llegar a la puerta donde antes de la masacre, vivía con su familia. Entró corriendo la puerta de madera. Cuando Po llegó corriendo, el conejito había sacado un pedazo de papiro, abrazándolo contra su pecho.
—¿Es tu familia, verdad? —preguntó el panda, mirándolo con ternura.
—Sí. Y ya no… los volveré a ver, jamás. ¿Por qué, Po, por qué lo hicieron?
—Eso es lo que quiero saber Dai, quiero encontrar la Verdad, el porqué pasó todo, porqué me quitaron mi vida. —lo abrazó. El papiro que llevaba Dai era una pintura de dos conejos grandes que debían ser su papá y mamá, y dos pequeños. Él y su hermano.
—Vá-vámonos Po. Vámonos de aquí, del Valle, de todo.

2

Para salir de Valle de la Paz, se tiene que subir una pendiente hacia las montañas por el lado este, hacia donde sale el sol. Las escaleras para subir las rodeaban unas enormes cascadas que bajaban hacia los ríos que llegaban hacia la aldea. Po detestaba escalar, así que antes de comenzar a subir, esperó sentado con Dai a que Maestra Tigresa los alcanzara, refrescándose en la caída de agua. Al menos el día calentaba un poco. El panda podía divisarla desde ahí, apoyándose con dificultad en el cayado, pero sin detenerse. A medida que se acercaba, distinguía su cara mostrando el dolor que le causaba apoyar siquiera un poco la pierna mala, y tuvo el impulso de ir a ayudarla… Nah, friégate, yo te ofrecí ayuda, y aún así te pones tus moñitos…, pensó, y se cruzó de brazos. El sol ya comenzaba a bajar desde el cenit, y aún no abandonaban el valle.
Maestra Tigresa llegó unos minutos después, y aunque no pudieron ver su agitación, su pecho subía y bajaba por el esfuerzo de conservar la pierna mala a salvo de cualquier golpe. Dai le ofreció agua de un odre que con gusto aceptó, pero Po ni volteaba a verla. De nuevo reanudaron la marcha, a pesar del odio que le tenía Po al subir escaleras.
Veamos aquí como te las arreglas, Tigresa, pensó Po, con cierta malicia. Se sintió extraño; nunca había pensado así, aunque le cayera mal alguien. Estaba claro que el ambiente de Valle de la Paz había desaparecido, el Po anterior había desaparecido también y sólo quedaban ellos y la maldad del mundo rodeándolos, acechando.
Con todo el peso de su panza, Po resistió llegar hasta la cima. Dai seguía acompañándolo, y el panda se sorprendió ver a Tigresa sortear escalón por escalón, apoyándose en el cayado y saltando de "cojita", evitando exponer la pierna vendada. Po sonrió al verla así, vestida de kimono rosado, era irreconocible. Ya era una costumbre verla en sus llamativos karatekis rojos en el templo, pero la vida no podía concederles más comodidades que con las que contaban actualmente.
Tigresa y Po no se hablaron durante el resto de la tarde, y el conejito Dai percibió que una grieta entre ellos se convertía en un abismo que se separaba cada vez más. Acamparon en una pendiente a diez kilómetros de la aldea de la Paz, levantaron una especie de tienda que al menos los protegería del frío esa noche, que se intensificaba poco a poco. Po cocinó de nuevo, pero Tigresa no probó alimento esta vez.
—Por favor, Maestra Tigresa —Dai la miraba con sus ojos azules ofreciéndole un tazón de sopa sabrosa y humeante como la del día anterior, pero ni eso fue capaz de convencerla. Sus ojos rojos miraban con dureza el horizonte, y no quedaba nada de la humedad que ayer los habían cristalizado en gotas de dolor. Tosía, y Po pudo ver de reojo que escupía flema. A la luz de la pequeña hoguera le pareció que estaba impregnada de sangre, pero prefirió ignorarlo. Ella podía cuidarse bien sola, incluso en ese estado, y ya se lo había espetado en su cara. No necesitaba más humillaciones.
—Déjala, Dai. La Guerrera debe comer hojas de chinko, y también debería tomar jugo dulce de sentimientos, porque ya se amargó—se burló Po, soltando una risita que tigresa consideraba estúpida, por no decir otra palabra más fuerte.
Eso fue suficiente para encender la mecha.
Un rugido, un «snap» que se oyó como un golpe, el cayado voló, y en un momento Maestra Tigresa estaba encima de Po, ambos tumbados sobre la hierba, ella sujetándolo de la garganta y sin importar que su pierna mala estuviera apoyada y taladrándole de dolor, él la miraba con una expresión de aturdimiento. Lo detestaba ¡Lo detestaba!
—¡Ya me hartaste, inútil! —rugió Tigresa, sin importarle que Dai ya hubiera tirado su tazón de fideos y se dirigiera llorando hacia ellos, gritándoles que no pelearan. Maestra Tigresa descubrió que no podía perdonarlo, y no lo perdonaría por haber usurpado su lugar. Ella debió ser la Maestra Dragona, la máxima guerrera. Ya no podría serlo nunca más, Shifu estaba muerto, Oogway estaba muerto. Todos estaban muertos, y la situación la había puesto al límite de su paciencia, al límite de todo.
—MMMgggffff… ¿Q-qué hacess? —chillaba Po. A pesar de su condición, Tigresa apretaba con furia y mucha fuerza la carótida del oso, y en verdad lo estaba asfixiando. Sintió el mismo calor que le recorría todo cuando el panda la apartó de Shifu, antes de la explosión, de cómo le había hecho puré el brazo. Se sintió con mucho calor, mucho más. Quería matarlo. Y lo iba a hacer.
—¡Es tu culpa, Po! ¡Tú culpa, maldita sea, tú culpaaaaa!
Maestra Tigresa estaba desquiciada. Po ya sacaba la lengua intentando respirar pero no lo conseguía. Un apretón más, y la carótida y la tráquea cederían al paso de las poderosas garras de la felina. Fue hasta que ella sintió lágrimas tibias caer sobre sus brazos atigrados, y unas manos tiernas que intentaban jalarla hacia atrás. La presión sobre Po disminuyó, y la tigresa saltó a un costado de la barriga de Po, olvidándose de su pierna mala. La apoyó y un rayo la fulminó de nuevo, hasta el maldito hueso. Rugió de dolor y rabia, tirándose al suelo. Las lágrimas que salían de sus ojos eran de pura frustración. Po resollaba todavía tirado en el pasto, tratando de reingresar aire a los pulmones. Dai le preguntaba si estaba bien, pero no podía responder. Al fin, resoplando, vio directo a los ojos de Maestra Tigresa.
—Uf, uf… ya…ya veo porqué… les dicen los… Cinco Furiosos… ufff, ufff…
Y se desmayó.

Casi al instante, recuperó la conciencia. Estaba muy mareado, pero ya no se permitiría perder el conocimiento una vez más. Ya eran muchas veces. Podrían ser minutos u horas, pero el único con la capacidad de protegerlos, era él. Ya lo había mentalizado desde que llegó a rescatarlos de las garras de Yalam, uno de los asesinos de Shifu, de los Furiosos y del Valle. Aún no entendía cómo, pero tuvo la fuerza de meterle un golpe franco, a pesar de que el malvado ya lo había visto. Había soltado el brazo de Dai, y le iba a meter un golpazo en la entrepierna justo como se lo hizo a él Maestra Tigresa. Pero falló, y con un golpe que jamás en la vida imaginó dar, Po lo sacó volando por los aires, más allá del valle, lejos del templo y la aldea. Aún no sabía cómo lo había hecho, creía que era un sueño, pero Dai lo miraba embelesado. Tigresa lo miró como si lo estuviera esperando, y se rindió inconsciente, con una sonrisa de alivio.
Pero… ¿cómo había conectado el golpe?
—Sólo soy Yo. ¡Ja ja ja ja! Un imbécil. Una tontería. —murmuró, todavía tumbado en el suelo. Dai trataba de reanimarlo con agua, pero ya no hacía falta, estaba perfectamente lúcido. Ahora pensaba en Tigresa, y aún sentía la presión en su garganta.
Se incorporó, y enfrentó a Maestra Tigresa. Dai aún sollozaba abrazado de la barriga de Po, impresionado por la vorágine de los acontecimientos entre sus únicos amigos actuales de este mundo. Todos estaban cansados de la brutalidad de la vida, y su resistencia tocaba límites. Tigresa les daba la espalda, agitada más del dolor que de haber tumbado al Kung Fu Panda.
—¿Quieres matarme, Maestra? —le dijo Po, con rencor cargado en sus palabras. —¿Si quieres acabar conmigo, por qué no terminas de una vez? No me defenderé.
Dai chilló, y fue como un sonido de alarma para Tigresa, que reaccionó. Todo había pasado en unos cuantos segundos, así como la masacre del templo...
—¡Bastaaaaaaa! ¿Por qué? ¿Por qué nos pasa esto? ¿Qué hice para merecerlo? —rugió Maestra Tigresa como Po nunca la había escuchado, soltando todo el rencor y frustración acumulada al paso de los años y que salía como un volcán en erupción. Se recordó a sí mismo cuando aulló delante de los cuerpos sin vida de los cuatro Furiosos.
Sintió un brazo cálido que le tocaba la espalda.
—Maestra, debes tran…
—¡No me toques! ¡No vuelvas a tocarme en tu vida Po! ¡Te odio!
Las tres frases dieron como un mazazo al panda, y se quedó en suspenso. Dai también los miraba con los ojos muy abiertos.
—No deberías… Dai está…
—¡No me importa! ¡Todo lo que me importaba se fue al infierno! ¡No me tengo ni a mí misma, no puedo caminar libremente! ¡No necesito tu ayuda, panzón, no necesito deberte nada! ¿Qué parte de NO-necesito-tu-ayuda no entiendes, hello? —El rostro atigrado y los ojos chispeando furia entre lagos de lágrimas hicieron retroceder a Po. Los colmillos asomaban como advertencias de muerte.
Sin decir nada más, llorando del más puro coraje, Maestra Tigresa tomó su cayado, y dejó la protección de la tienda, cojeando y apoyando su pierna mala, al parecer no le importaba. Dai quiso salir en su busca, pero Po lo sujetó y negó con la cabeza. Nada podría detenerla.
Esa misma noche comenzaron las nevadas.

3

Abrazados uno al otro, Dai tiritaba de frío, a pesar del calor que le daba Po, la pequeña hoguera que ardía y de las mantas que utilizaban para protegerse. Los copos de nieve caían incesantes, como hojas de árbol de (durazno), y más que el frío, a Po le preocupaba la suerte de Tigresa. ¿Dónde estaría con la pierna mala y esa tos que se acentuaba a cada momento? Pero no podía hacer nada con esa furia de la que era presa. Dai extrañaba su casa y su familia, y el panda lo comprendía bien. Él realmente nunca había tenido una verdadera familia panda, y eso lo descorazonaba más. Ping fue un buen padre, un excelente padre, pero el saber que su madre panda nunca pudo abrazarlo, cantarle canciones de cuna…
Dejó de pensar, y durmió, estrechó más a Dai para calentarlo con su cuerpo mientras la nevada dejaba una alfombra blanca y reluciente fuera de la tienda. A la mañana siguiente, se levantaron cuando la luz iluminó la nieve. El cielo encapotado indicaba que nevaría más, aunque Po no precisaba cuanto.
Po recogió con desgana la lona que utilizaron para cubrirse del frío y la nieve, mientras Dai acomodaba sus propias cosas, y se prepararon para seguir con el viaje. Esperaban también que Tigresa regresara mientras lo hacían, con algunas disculpas y todo sería como antes. Pero Po sabía en el fondo de su corazón que si Tigresa regresaba, no pediría disculpas, sólo los acompañaría como si nada hubiese pasado, taciturna y con la mirada perdida.
Era raro, pero a él no le afectaba el frío, al contrario, se sentía cómodo con él. Nunca había utilizado más ropa que los pantaloncillos remendados y los chanclos, así que la nieve le parecía muy bien, no así para Dai, que trataba de cubrirse lo más que podía con su abrigo y una especie de bufanda que le llegaba hasta arriba de la nariz.
Terminaron de empacar todo, y Maestra Tigresa no llegó. Po sintió la preocupación aflorar como un zumbido en sus orejas. El zumbido crecía, era incomprensible…
—No... no ha venido, Po. ¿Estará bien? —preguntó Dai, con un tono preocupado. Eso significaba que tenían que comenzar a buscarla...
¿Y si Yalam u otro la encontraron, indefensa como estaba?
Oso tonto, te habías prometido no dejar que muriera un Furioso más, ¡que no muriera nadie más...!
¡Maldición, Tigresa!
—¡Vamos Dai, tenemos que encontrarla! —Po salió de su letargo, y caminaron con paso apresurado hacia la dirección que había tomado Tigresa la última vez que la vieron desaparecer antes de la primera nevada.
—¡Tigresa! ¡Tigresa! —gritaban a coro, haciendo bocina con sus manos. Sus pisadas crujían y sus voces reverberaban por las montañas llenas de nieve en sus cumbres, y en sus timbres vocales seguía elevándose la tensión de no encontrar a su amiga entre la alfombra blanca y fría que pisaban.
Estaba enferma ¡enferma, oso estúpido! Y la dejaste ir... ¡como pude...! su conciencia lo atormentaba a cada paso que se abrían sin encontrarla.
Pero si intentaba detenerla, podría haberme matado, dijo otra voz más razonable en otra parte de su cabeza.
Daba lo mismo. Ahora comenzaba a darse cuenta que ellos ya constituían un trípode, y si una pata faltaba, el trípode se caía. Todos caían. Y si Tigresa moría... se imaginaba los peores horrores... por más entrenamiento que tuviera, una noche expuesta a la nieve con lo débil que estaba...
No, ya no quería pensarlo. Si tan sólo...
—¡Mira! ¡Mira Po! Es su bastón —gritó Dai, exaltado, señalando el borde de un risco semicubierto de nieve. La punta del cayado que utilizaba Maestra Tigresa apenas sobresalía en el montoncito de nieve, y eso quería decir que llevaba ahí horas.
Po no lo pensó. Corrió como un poseído, y la desesperación lo hizo tropezarse con una piedra cubierta por la nieve, cayendo de bruces cual largo y ancho era. Se levanto, y todo el rostro lo tenía cubierto de nieve, como una barba blanca de un Santa Claus. En otros tiempos hubiera resultado tremendamente hilarante, pero como pudo, el panda se levantó y llegó hasta donde reposaba enterrado el cayado que le había dado a Maestra para apoyarse. Olas de desesperación chocaron en su mente al voltear a todos lados y no encontrarla.
¡El risco... el abismo!
Con cierto temor, se asomó en el borde del precipicio de más de trescientos metros de altura, imaginándose miles de horrores que le pateaban la parte de atrás del cerebro. Dai también llegó al lugar y examinó el cayado como si pudieran encontrar a Tigresa con sólo tocarlo.
La caída era muy accidentada, con bordes filosos de roca sobresaliendo a lo largo del abismo como cuchillas heladas que permanecían a lo largo de los siglos, esperando que algún infeliz resbalara y se diera gusto probando su sangre.
Una infeliz como Maestra Tigresa.
Al principio el corazón del Kung Fu Panda dio un brinco violento al no ver nada hacia abajo, mas que árboles como si fueran miniatura, y las hendiduras del precipicio... pero sí, ahí estaba ella, boca abajo, no podía ver si estaba viva o muerta, siquiera si respiraba. Pero su pelo estaba blanquecino debido a la nieve que debió caerle toda la noche. El viento rugía subiendo como un chiflón hacia el borde del risco, haciéndole perder el equilibrio momentáneamente. Maestra Tigresa estaba a unos diez metros a sus pies, tirada a su suerte en una pequeña saliente del acantilado, por pura suerte no se había precipitado hacia abajo en su caída en plena noche.
—Espera aquí, Dai —dijo Po, sin voltear a verlo. En su voz sonaba la convicción, y eso al conejo le extrañó bastante. No era el Po habitual. Recordó el momento en que le dio su merecido a Yalam, y sin saber porqué, una confianza nació de él como si un calor extraño lo envolviera y se transmitiera a Po.
No lo pensó ni una ni dos veces. Po se aferró al borde del abismo, e ignorando los cortes que le empezaban a ocasionar las rocas filosas, y olvidándose de sus miedos, del miedo a morir, comenzó a descender trabajosamente. Una suerte de ventisca le golpeaba la espalda, amenazándolo y tratando de absorberlo al vacío. A lo mejor todavía tenía una oportunidad de salvar a Tigresa, a lo mejor... Dai también divisó a su amiga, y rezó porque el Guerrero Dragón la rescatara.
—Por favor Guerrero Dragón, no mueras, ¡no mueras!
Po sentía el mismo calor de confianza que le abrazaba el cuerpo como un halo, y en unos minutos alcanzó la saliente donde yacía el cuerpo inerte de Maestra Tigresa. Al tocarla, comprobó que estaba como un bloque de hielo. La volteó, y por segunda vez en el día, su corazón dio un brinco, como si pudiera subírsele a la garganta y salir por su boca.
No había vida en el cuerpo de Maestra Tigresa. Sus facciones congeladas, sus ojos cerrados con lágrimas cristalizadas y sangre coagulada por los cortes hechos con las piedras filosas en la caída, le daban la visión más espantosa que podía tener.
Maestra Tigresa había muerto, y lo que agarraba ahora era un frío cadáver sin lágrimas, sin sentimientos, sin arrebatos de odio. Po aulló con toda su alma, y su alarido se elevó sobre los acantilados y las montañas repletas de nieve.

4

No lo aceptaba. No, no lo podía aceptar, de ningún modo. El trípode no podía caer, menos ahora. Si en verdad era el Guerrero Dragón de la Leyenda, el sabio, el mejor, no podía dejar morir a Tigresa de ese modo tan injusto, de la peor forma posible. Mientras gritaba, el vaho fantasmal de su aliento los envolvía como una neblina.
Y entonces, la abrazó. Era la primera vez que lo hacía, que la estrechaba contra su cuerpo. La sintió muy fría, inerte, muerta. Rodeó con sus enormes brazos su espalda, y la frotó contra sí, esperando de un modo inútil trasmitirle calor que ya no podía recibir. Quería unirse a ella, ser parte de ella y viceversa, para que de esa forma pudiera darle una parte de su vida para que resucitara.
En verdad lo deseó. Lo deseó como nunca antes había anhelado nada en la vida. Se olvidó de sus sueños de Kung Fu, de fideos, vació su mente. Sólo estaba Maestra Tigresa y él.

Entonces una voz, omnipresente y que debía tener toda la antigüedad de su parte, le habló. Po sintió una descarga eléctrica que pasaba de su cuerpo al de Tigresa. Su kimono desgarrado cayó al suelo, dejándola en ropa interior.
—"¿Quieres que viva, Guerrero Dragón? ¿Qué viva, a costa de tu alma?"
—"Sí. ¡Sí! Claro que quiero. Prometí que no dejaría morir a nadie más. Y menos Tigresa, menos ella."
—"Entonces tendrás que partir tu alma en dos, panda" —sentenció la voz.
—"¿Partir mi alma... en dos? ¿A qué te refieres, quién eres? ¿Qué es esta electricidad?
—"Tú fuiste designado por un Gran Gran Maestro para llevar la distinción de Guerrero Dragón, y por eso puedes escucharme en tu conciencia. Cuando realmente deseas algo con el corazón, el tiempo puede detenerse y entonces respondo a tu petición, es parte de lo que un Maestro Dragón debe aprender, y ésas Po, son las opciones."
—"¿Dio... Dios Dragón? ¿En verdad eres el...? Shifu me habló de ti, pero sólo como una leyenda muy antigua..."
—"No hay tiempo para esto, Guerrero Dragón. El asunto es sencillo: debes partir tu alma en dos para darle una mitad a quien quieres traer del Mundo de los Muertos de vuelta a los Vivos. Pero hacerlo tiene consecuencias negativas para ti, panda. Recortará tu vida a la mitad, tendrás la mitad de tu valor, la mitad de tus habilidades, la mitad de tu visión, oído, tacto y gusto. Es media vida que darás para que esa persona que quieres que regrese, pueda accionar el motor de su vida y funcione de nuevo. Ya te lo dije. Son opciones, Po. Tienes que decidir ya, si decides no dar la mitad de tu alma, todo volverá a como era antes de invocarme. Nadie lo ha hecho en miles de años, y no me sorprendería..."
—"Hazlo. —dijo Po, con la misma convicción con la que bajó al abismo. —Si eso significa que Tigresa viva, dale la mitad de mi alma."
La voz pareció susurrar, sorprendida.
—"Te enumeré las consecuencias, ¿Y aún así...?"
—"¡Hazlo, maldita sea! El trípode no se puede caer. Si Maestra Tigresa muere ahora, mi existencia y la de Dai no tendrán sentido, y de todas formas podríamos morir fácilmente. Dale mi mitad, Dios Dragón, dásela. No sirve de nada vivir toda una vida de inutilidad, pero si aún conservo una mitad de ella, haré lo posible por aprovecharla. Y Tigresa lo merece más que nadie. Yo arruiné su nombramiento, ella debía ser la Maestra Dra..."
—"No, Po. Tú eres el Gran Guerrero Dragón, y no sólo basta un simple nombramiento para que el Auténtico me escuche. Los accidentes no existen. No existen. De acuerdo. Le daremos a Tigresa la mitad de tu alma, ya no habrá marcha atrás."
—¡AHORA! —rugió Po, impaciente.

La sensación fue como de succión. El vaho que exhalaba se arremolinó frente a él, y se introdujo en la boca y nariz de Maestra Tigresa, y al suceder esto, sintió un mareo repentino, todo dio vueltas, pero se mantuvo de pie, abrazándola con fuerza.
Entonces, sintió que el pecho de Tigresa comenzó a calentarse, mientras el corazón bombeaba, reiniciando su marcha y distribuyendo la sangre a todo su cuerpo en cuestión de segundos. También su respiración se normalizó, sacando un vaho como el de él.
Cuando Maestra Tigresa abrió los ojos, vio los verdes de Po tan cerca que se asustó, intentando apartarse, pero estaba muy débil. Lo extraño era que no tenía frío, al contrario, se sentía tibio, muy bien. Dai gritaba de júbilo allá arriba, y Po le dedicó una sonrisa que se antojaba de triunfo.
—Que bueno que regresaste, Maestra. Perdón, perdóname por todo. Perdóname por ser un tonto, un inútil...
Tigresa apartó la mirada, y se apoyó en el enorme hombro del panda. Se sentía tan... acolchado... tan bien... cerró los ojos.
—No, Po. Perdóname tú, perdónenme ustedes... he sido tan estúpida... creí que iba a morir.
Po no dijo nada, ni la sacó de su error. Mantendría el secreto de su media alma, pues no sabía si Tigresa se sentiría humillada al saberse revivida por él. Era mejor dejarlo así.
—Salgamos de aquí, Maestra. La única forma será que te agarres de mi cuello y te quedes sobre mi espalda, como una mochila, para que pueda escalar, pero no sé si...
—Vamos. Es la mejor idea, Po. —Tigresa no lo miraba con odio o frustración. Era una mirada y un gesto completamente diferente a los que acostumbraba con él. No lo descifró. Era como si estuviera soñolienta después de haber despertado de un gran sueño, pero supuso que también era algo que sacaba a flote por primera vez. Le sonrió. No le importaba que estuviera a la intemperie en ropa interior, abrazada de un panda en la saliente de un risco de mas de trescientos metros de altura, con la pierna vendada e inutilizada. Ya no sentía frío.
—Pues entonces, vamos. —concluyó Po.
Y así, salieron del abismo, pero para Po no sólo salían de un abismo físico, sino del abismo entre ellos, que era más importante. Ya tendría tiempo de recapacitar sobre lo que le había entregado a Tigresa, y las consecuencias que debía de pagar. Ya habría tiempo para todo. Dai los abrazaba y bailaba de emoción al ver a Tigresa y Po sonriendo, agotados pero felices de seguir con vida.
Y lo más importante era que el trípode volvía a sostenerse.