Al fin! la sexta entrega. Creí que no lo terminaría, pero muchas gracias por esperar, creo que valió la pena, en lo personal, la historia me sigue entusiasmando, y aunque ya debí acabarla hace tiempo, sigo desenterrando cosas que me siguen gustando, y eso es porque me encantan los personajes, como se mueven y me sorprenden a lo largo de los capitulos. Muchas gracias a los chicos que siguen esta historia, Anhell, ShadowStar, Dragonsita. Lo bueno apenas comienza, y ya estoy loco por escribir el séptimo capitulo. Los dejo con la historia. feliks.

Capítulo Sexto
El bosque de bambú

1

Cuando el Gran Maestro Toffu vio desde lo alto de su balcón llegar a Yalam al palacio imperial cojeando, con cicatrices y moretones recientes adornando su cara y con un semblante de miedo reflejando lo peor que algún discípulo suyo podría mostrar, lo hizo pasar a sus aposentos inmediatamente. Yuri y Yakon lo miraron extrañados, pero no comentaron nada. Era excepcional que alguno de la élite de la Cofradía Imperial resultara así de herido en un combate, riña callejera, o lo que fuese.
Yalam entró al salón de entrenamiento personal de Toffu. Era una sala sencilla pero inmensa, decorada de piso de duela, paredes enmarcadas con pinturas tipo kabuki de sangrientas batallas libradas en pasados oscuros de la Historia. El cuarto estaba muy frío, y Yalam no reprimió un escalofrío. Se hallaba mal, y todavía se preguntaba cómo lo habían podido herir unos miserables moribundos en el templo Jade. Y un chiquillo, no habría que olvidarse de eso. Un mocoso que habría de pagar, hasta el fin del infierno si lo encontraba, claro que sí. Pero ahora, el frío le atenazaba los músculos más que ninguna otra cosa… caminar y caminar… le debía a su rudo entrenamiento el haber sobrevivido hasta llegar a Palacio, durmiendo a la intemperie, comiendo miserias. Le explicaría a su maestro con todo detalle. Sus dos compañeros se situaron al lado de su maestro, simulando una guardia de honor, y miraron al vacío, no veían a Yalam.
Toffu, un panda rojo, muy parecido a su hermano Shifu, pero con una cicatriz que le atravesaba el párpado derecho de un ojo muerto, sin bigote, un poco más alto que su extinto hermano y con una mirada perdida en el vacío, se hallaba sentado en la mitad de la sala, sobre una flor de loto de oro, haciendo la misma posición de la planta. Sus gestos eran inexpresivos, y no pareció reparar en la precaria presencia de su alumno. El silencio era total en aquella estancia, a excepción de los jadeos de Yalam y sus pisadas que se arrastraban tratando de llegar hasta su Gran Maestro.
—Ma… Maestro…
Toffu levantó la mano, en señal de que debía callar. Yalam esperó. Apenas se podía mantener de pie, necesitaba un baño, plantas medicinales… y sobre todo, reposar. Reposar…
Un golpe, a la velocidad del rayo, dio de llenó en su mejilla. Yalam sintió que le habían partido la cabeza. Voló por los aires, pero antes de que su cuerpo tocara la fina duela del piso, una manita se afianzó de sus costillas, oprimiéndolas como tenazas, y sosteniéndolo como una carne que está a punto de asarse. Rugió, chilló de dolor. Escupió abundante sangre que manchó la madera. A su alrededor, sólo veía estrellas. ¿Qué rayos pasaba? ¿Quién lo había atacado?
Abrió los ojos, y quien lo sostenía, triturándole las costillas, era el propio Toffu. Nunca, en los entrenamientos, había visto tal velocidad.
—¿Para esto te entrené, Yalam? Mereces morir, eres la deshonra de la Cofradía. Dejaste que te hirieran, y no tienes perdón del Kung Fu.
—Ma… Maestrooo… ¡por FAVOR! ¡Auuuughh! —el dolor era inmenso, una agonía completa. En verdad sentía que iba a morir, se desvanecía…
—¡No! ¡No te desmayes, tigre inútil, te estoy hablando! —Una bofetada que le volteó la cara y que sintió crujir los huesos del cuello lo hizo reaccionar y mantener el dolor de las costillas como algo punzante, que crecía y decrecía. Toffu aún lo mantenía a una mano atenazando sus costillas, y con la otra lo continuaba abofeteando una y otra vez. ¿Y cómo era posible que Toffu supiera qué rayos le habían hecho? Yuri miró hacia otro lado, tratando de ignorar el castigo que le aplicaba el Maestro, pero algo dentro de ella se revolvía, como lombrices sobre un cadáver, mientras Yalam rugía de dolor. Al contrario, Yakon miraba todo con interés, los ojos muy abiertos, y ocultando una sonrisa maliciosa.
—Lo-lo siento ¡Lo siento!
—¿Crees que eso se remedia sólo con sentirlo? ¡Estás mostrando debilidad e ineptitud! ¡Excusas, excusaaaaas! La Cofradía no permite eso, Yalam. Viniste, con tu honor por los suelos, muy gustoso a curarte y descansar… ¡Mejor hubieras muerto, sin que nadie lo hubiera sabido! Al menos te hubiéramos recordado con honor… pero esto… ¡AARRRGGH!
Toffu estaba fuera de sí. Yalam perdía sangre, y no se desmayaba. Por un momento deseó salir de su cuerpo, ser un alma flotante, pero el ojo vivo de Toffu, lleno de odio, se pegaba al suyo, retándolo a permanecer, a sufrir.
—¿Fue el panda, verdad? ¿Ese panda, gracioso, bufón? ¡Mírame, imbécil!
Yalam asintió, tembloso. Las lágrimas le escocían los ojos.
Toffu lanzó una risotada que poco tenía de humor. Con una mano, lanzó a Yalam hacia uno de los gruesos pilares de madera que adornaban la sala. Se estrelló, el pilar se partió en dos pedazos como un árbol viejo, y cuando el tigre creía que todo había terminado, el dolor se centró ahora en su cuello.
—Así que… está vivo. ¿Y Tigresa?
Yalam lo miró, y movió la cabeza, afirmando. Toffu cerró los ojos, pensando. Disminuyó la presión del cuello.
—Cuéntamelo. Cuéntamelo todo, por tu propio bien, Yalam.
Yalam tragó saliva, y sus propias lágrimas de dolor. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, no podía enfocarse bien. Pero el ojo de Toffu lo guiaba, lo impulsaba. Cuando Yalam terminó su relato, el Maestro ya le daba la espalda, mirando el ocaso, con los puños pegados a la espalda. Ya estaba tranquilo.
—Habrá que tomar medidas… aún en contra de lo que dijo el emperador. Tenemos que matarlos. Y a todo aquel que se resista al poder de la Cofradía. Los cambios, llegarán. Tú te encargarás de esa tarea, Yalam, si es que aún quieres conservar algo de dignidad. Párate.
Yalam no podía pararse. Toffu le había roto unas cuantas costillas, aunado a las heridas anteriores.
—Párate, ó yo te pararé. —dijo Toffu sin volverse.
Con el último ápice de resistencia, Yalam se incorporó. Sintió crujir sus propios huesos dentro de él, y la sangre caía a borbotones de su cara magullada.
—Ma… maestro… por favor…
—Si suplicas piedad, tu sufrimiento será mayor, tigre inepto. ¡Si demuestras sentimientos, te rebajas a ser la escoria que es el pueblo! Tú eres de la élite de la Cofradía, uno de mis tres alumnos. Vamos, camina hacia mí, si crees que puedes seguir conmigo y tus compañeros.
Yuri sintió, por una milésima de segundo, el impulso de ayudarlo, de cargarlo y aplicarle una curación… su compañero parecía un cadáver en vida… pero el instante pasó, y Yalam comenzó a avanzar. A cada paso, sentía que su cuerpo se desmoronaba.
—Si caes, entonces terminaré seccionándote el cuerpo. —Toffu disfrutaba aplicando correctivos, desde que había creado su propia escuela, no había nada mejor.
Yalam llegó trabajosamente hasta Toffu, y esperó, tembloroso y con las lágrimas confundiéndose con el abundante sudor que le chorreaba de todas partes. Sus compañeros no se movían, expectantes. Yalam advirtió en Yuri una chispa de compasión por él, ¿ó se lo había imaginado? En cambio, Yakon se relamía los dientes, afilados como los de su Maestro, aguardando tal vez que cayera y él mismo se encargara de ejecutarlo.
Toffu se volvió, mostrando su dentadura de tiburón, afilada, en algo que por fin Yalam identificó como una sonrisa.
—Bien hecho, Yalam, bien hecho. —le dijo a su discípulo.
A continuación, lo tocó en el hombro, y un aura rosada envolvió a Yalam. Sus heridas iban cerrando al instante, sus costillas se reacomodaban, sus testículos también dejaron de dolerle gracias a esa magistral patada de Tigresa. Su cuerpo se envolvía del aura y de un calor muy especial. Su cuerpo volvió a un estado perfecto, como lo tenía justo antes de encontrarse con Maestra Tigresa en el Templo Jade, aunque el cansancio no se disipó. El dolor amainó por completo cuando Toffu retiró su mano, y el aura desapareció. Yalam cayó de rodillas, con la cabeza gacha.
—Gra…gracias, gracias Maestro…
—Escucha, Yalam. No creas que me compadezco de ti, no creas que lo hago por ayudarte. Al contrario, tú me ayudarás a dirigir la Cofradía del Dragón con tus compañeros. El primer paso es imponerse en toda China, y de paso, acabar con la amenaza de Po y Maestra Tigresa. —Toffu se relamió los dientecillos afilados—Ofrezcan recompensa por sus cabezas, pero a los dos los quiero vivos, ¿me entienden? Vivos. Cuando los encuentren, tráiganlos con la mayor discreción aquí, a mi presencia. Por ahora, es todo. Váyanse y cumplan con sus órdenes.
Los tres discípulos saludaron al Maestro, y se retiraron. A Yalam aún le temblaban las piernas, incrédulo de saberse vivo y recuperado de todas las heridas. Pero necesitaba descansar, reposar, sí. Ninguno de los tres discípulos de la Cofradía se habló mientras caminaban por los enormes pasillos de mármol del palacio. Yakon se frotaba las manos imaginando la carnicería donde quisiera pararse, Yalam sólo pensaba en descansar, y vengarse de las heridas que le habían hecho esos imbéciles de Valle de la Paz. Pero Yuri tenía preguntas: ¿Por qué era tan importante encontrar a Po y a Maestra Tigresa, y traerlos ante Toffu, vivos? ¿Porqué era tan importante para la Cofradía encontrarlos? Y eso no era todo, al Maestro Toffu le incomodaba, y tal vez le atemorizaba la idea de que un panda inútil pudiera hacerle daño a un miembro élite de la misma Cofradía.
—Ve a descansar, Yalam, nosotros empezaremos a organizar todo. Te prometo que el panda y esa aprendiz de Kung Fu pagarán por todo lo que sufriste, se encuentren donde se encuentren —dijo Yuri, apretando los puños, y mirando hacia el horizonte que empezaba a oscurecerse por completo.

2

El invierno en esa parte de China iba atenuándose poco a poco, y tal vez era porque se acercaban a una zona que no recibía el impacto directo de la nieve y la heladez de la que habían sido presas las semanas pasadas. También se debía a que bajaban de las montañas y el verdor era más presente que la nieve. La vegetación cambiaba, y el bambú empezaba a diseminarse y a presentarse más que otra cosa. Hacía muco tiempo que las provisiones que habían traído de Valle de la Paz se terminaron, y la Furiosa confeccionó una caña de pescar con la misma planta de bambú, y fue todo un éxito. Po no sólo tenía habilidad con los tallarines, era un buen cocinero y a medida que cocinaba el pescado se daba cuenta de su nata faceta culinaria, que Dai aplaudía de buena gana.

Tigresa viajaba esa mañana sobre el lomo de Po, ya que la pierna se le había engarrotado otra vez. Desde el rescate en el barranco un mes atrás, la relación entre ellos dos se había tranquilizado, y el conejito contribuía a que los días pasaran un poco más rápido, para que todo quedara en el pasado también cada vez más rápido. Pero a Maestra Tigresa encontraba cada día más diferente al panda. A veces se le dificultaba ver de lejos; otras veces parecía que no la escuchaba, o aparentaba escucharla. Otras veces casi se le quema la comida, porque parecía no olfatear el olor a quemado. Le echaba demasiada sal y condimento a la comida también, buscándole más sabor. También se volvía más perezoso, dormía más que ellos, se le dificultaba levantarse, y se cansaba mucho más. No conocía muy bien a Po, pues trataba de evitarlo siempre que podía en el Templo Jade, pero esas conductas no eran propias de él. Era como si sus sentidos se redujeran con el paso del tiempo… no le preguntaba nada ni le señalaba, pues tenía sus propias dolencias por las qué preocuparse. A lo mejor era que el invierno le afectaba
Las aldeas con las que se topaban mantenían puertas y ventanas cerradas. Se encontraban con diferentes animales que viajaban cada vez más con enormes costales sobre la espalda, con aspecto temeroso y cansado. Po les preguntaba de donde venían y hacia donde iban, pero casi nadie volteaba a verlos, o contestaban incoherencias.
—La Cofradía… la maldita Cofradía…
Los tres amigos se quedaban de piedra. Un ganso loco huyó volando al verlos, gritando: «No puede ser, no puede ser, ellos ELLOS». Pero los últimos días, mientras se adentraban en un extraño y espeso bosque de bambú, estaban tan solos como al principio. La humedad también se acentuaba, y a pesar de que Po cargaba a Maestra Tigresa, la pierna le punzaba, causándole un malestar crónico que ya no soportaba.
—¿Te duele mucho? —preguntó Dai, preocupado. En su carita también se reflejaba el cansancio de la vida nómada durante mucho tiempo. Se sentaron a tomar agua bajo la sombra que proyectaban los enormes bambúes, llenos de hojas y verdor. Había innumerables senderos que recorrían el bosque, y desde la mañana anterior decidieron tomar uno al azar. Aún no llegaban a ninguna parte, y con Po taciturno, Maestra Tigresa adolorida y Dai fastidiado, sólo esperaban que ocurriera algo para saber qué iba a ser de sus vidas sin la protección del Templo de Jade y Valle de la Paz.
Ese algo ocurrió esa mañana.

Tigresa prefirió caminar apoyada con el bastón, y Dai los seguía, Po siempre al frente, cobijados por el verdor de bambú. Maestra Tigresa nunca supo si le pareció gracioso, peligroso, o ambas cosas, cuando el enorme panda salió disparado de cabeza, tirando el costal que traía en el lomo, y gritando de sorpresa por los aires. Le recordó a aquel panda tonto que quería sortear todos los aparatos del salón de entrenamiento, siglos en el pasado.
Pero aquello que había pisado era una trampa, muy bien taimada en el bosque, y los habían agarrado desprevenidos. Po colgaba de una soga verde atada a su pata derecha, y gritaba al verse suspendido a más de diez metros del suelo. Tuvieron suerte que Tigresa no fuera al frente, pues tremendo latigazo en la pata mala hubiera sido el acabose.
La Furiosa escudriñó atentamente lo que le rodeaba, y Dai se abrazó a ella. Eso estaba bien. Seguro los venían espiando desde hace rato, pensó. Se dio cuenta que no llevaba su ropaje de entrenamiento habitual, sino un holgado kimono azul que Po le había dado, que al principio tomaba como burla por parte de él. Sólo había una cosa por hacer, y esperaba que funcionara.
—¡Venimos en paz, y no queremos hacer daño a nadie! —gritó Tigresa. Po continuaba gimiendo en las alturas.
—¿Y cómo estamos seguros de que no son de la Cofradía? —una voz, etérea, salió de todas partes y ninguna a la vez. Dai estrechó más a Tigresa, gimiendo.
—Seguro ya te diste cuenta que estoy herida, traemos un niño, y el panda sería incapaz de dañar a alguien. Podemos hablarlo. —respondió Maestra Tigresa.
—¿Panda? —la voz esta vez se escuchó más cerca, y por fin revelaron su posición.
Cuando Maestra Tigresa vio de quien era la voz, abrió el hocico de sorpresa. Dai también estaba muy sorprendido. Po trataba de mirar, pero daba vueltas como un trompo intentando alcanzar su pie. El silencio permanecía, y la niebla que flotaba entre los bambúes se dispersaba, mostrando a un oso panda viejo, vestido con una larga túnica café y un sombrero tradicional chino, agarrando un bambú a manera de chai mei gun o palo largo para Kung fu que le llegaba hasta las cejas, tan largas que le crecían hasta el cuello, bigotes y barba anudados que caían por su barriga hasta su cintura. Su presencia era poderosa e imponía respeto automático. Detrás de él distinguió a un panda mucho más joven, tal vez de la edad de Po, que los veía tan sorprendido como ellos.
—Muy buena es tu respuesta, niña. Me has convencido —le dijo el panda viejo, mirando alternadamente a Tigresa, su cayado, Dai, y el pobre de Po que colgaba dando vueltas como una piñata graciosa. —Ying, suéltalo, por favor.
—Sí, Maestro —al hablar, Maestra Tigresa se dio cuenta que aquella era una chica panda, e increíblemente, sintió unas ganas locas de reír al ver semejante cuadro, con Po debatiéndose en las alturas y dos nuevos personajes que parecían salidos de un cuento loco. Lentamente, Po bajó y llegó al suelo. Tigresa cortó la soga de su pie con una de sus zarpas, y Dai miraba curioso a los dos pandas que continuaban mirándolos, esperando algo.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Tigresa, apoyándose en su cayado y enfrentando al extraño dúo.
—Son viajantes… ¿de qué huyen, tigresa? —el anciano les devolvió la pregunta con otra. La panda regresó a su lado, y miraba fijamente a Po, que trataba de incorporarse.
—Sí, somos viajantes. Venimos de Valle de la Paz. —respondió Dai.
El viejo parpadeó.
—Oogway. Con que vienen de ahí. —el panda pareció meditar la respuesta del conejito, y sus facciones se fueron suavizando. —La vieja Tortuga, je je je.
—¿Conoce al Maestro Oogway? —preguntó Po, ahora incorporado y avanzando hacia ellos. A pesar de tener la mitad de su alma, el Guerrero Dragón sintió una chispa de esperanza renovada.
—Espera, Po, no debes… —advirtió Tigresa.
—Qué más da, Maestra… no parecen malas personas. —Po siguió avanzando. No podía creer que al fin encontrara alguien de su misma raza, de su misma complexión, tamaño. Estaba extasiado, y el laberinto oscuro de su vida y pasado sin familia podía empezar a iluminarse. La chica panda que se llamaba Ying se ocultó, tímida, tras la túnica del anciano. Éste miraba a Po con una mezcla de asombro y escondida alegría.
—Y-yo soy Po. Me da mucho gusto, encontrar… a alguien como yo…
El anciano arqueó las cejas, como si comprendiera algo. Ying salió detrás del viejo, y sus ojos se encontraron, verdes esmeralda idénticos.
—¿Eres… un panda? —soltó la chica, dejando la seguridad que le aparentaba proporcionar el anciano. Sentía una curiosidad enorme por aquel forastero, que los miraba como si hubiese encontrado un tesoro invaluable. A pesar de su figura rechoncha y graciosa, la niña vestía un hermoso qipao rojo, o vestido tradicional chino, adornado con símbolos y flores, y en su cabeza colgaban dos listones de un moño del mismo color.
—Pregunté quiénes eran, abuelo —Tigresa rompió el encanto con sus palabras, mirándolos desconfiada. Por fin, el anciano sonrió.
—No sabía que los alumnos de Oogway fueran tan desconfiados y agresivos.
Tigresa abrió la boca, muda de sorpresa.
—¿Cómo supo que yo…?
—Tu pose, tu forma de verme. ¿Eres de los Cinco Furiosos?
—S-Sí… es decir, lo era.
El anciano asintió, cerrando los ojos. Mientras, Po le sonreía a Ying, que igualmente correspondía con risitas traviesas, aún manteniendo su distancia, pero mirándolo con picardía. Dai también se unió a Po sin pensarlo, y la única que permanecía atrás era la Tigresa.
—Vengan con nosotros —atajó el viejo, dándoles la espalda y caminando por uno de los senderos que se entrecruzaban por el bosque. Ying lo siguió de inmediato, pero sin dejar de volverse a Po y Dai, que seguían sonriéndole.
—¡Vamos, Tigresa! —le animó Po, agarrando las cosas que se habían caído cuando voló por los aires. Dai lo secundó. Ambos se veían con energía renovada, pero ella… ¿qué le ocurría? No se sentía cómoda, eso era todo. Ese anciano parecía saber muchas cosas… como Oogway, y esa pandita...
Se encogió de hombros y siguió a los extraños personajes y a sus amigos, internándose en el corazón del bosque de bambú.

3

Cuando el bosque de miles de bambúes se fue apartando, ante ellos apareció una modesta aldea, con casas hechas con el mismo árbol, con formas que ninguno de nuestros amigos había visto jamás.
—¡Wuau! —exclamó Dai, mirando hacia todos lados. Sus enormes ojos azules brillaban de emoción.
—¡Orale! —El entusiasmo de Po creció, y por un momento se olvidó de su cansancio, de su pacto con el Dios Dragón, y de que sus sentidos se iban reduciendo lentamente hasta la mitad conforme pasaban los días.
Era como mirar un lugar fantasioso, de un cuento surrealista. Tigresa no dijo nada, pero al momento supo que ése era un lugar único en China, tal vez en todo el mundo. El denso bosque de bambú, altísimo, rodeaba y protegía el pequeño pueblo como una muralla infranqueable e interminable. Lo más emocionante para Po, era que esa aldea la habitaban solamente pandas, de todos los tamaños y edades. Su sonrisa se ensanchó y sus ojos no podían creer lo que veía. A su paso, las señoras panda dejaban de lavar ropa, o de tejer, y los niños dejaban de lado sus juegos, todos mirándolos con extrañeza mientras el anciano, la niña y los forasteros cruzaban las callecitas de tierra.
—Son… ¡como yo!, ¡como yo! —le murmuraba Po a la Maestra Tigresa. Ella no parecía tan entusiasmada, pero el panda estaba tan excitado que no le prestó atención.
Tigresa poco a poco hilvanaba la identidad de aquel hombre, pero aún continuaba a la expectativa.
La sonrisa de Po se esfumó como el rocío de la mañana al llegar al pie de un cerro, con escaleras que conducían a un templo de bambú, muy alto, como el templo de Jade, pero mucho más modesto en su construcción. Tigresa casi suelta una risita al ver la cara de su amigo, que murmuró claramente «¿Porqué malditas escaleras?».
—Primero, subamos. Después, arreglado todo, bajaremos a la aldea a presentarlos con todos los habitantes. —dijo el anciano.
Po sufrió una verdadera prueba cargando a Tigresa y subiendo peldaño a peldaño la empinada escalinata, rodeada del bosque de bambú. Dai los adelantó y ya iba acompañando a Ying, curioseando su vestido.
El templo de bambú no podía ser más sencillo: era casi del mismo tamaño que el de Jade, construido en su totalidad por tubos y tubos unidos de esta planta, le daban un toque místico y de paz absoluta, lejos del ostentoso palacio donde vivían, lleno de lujo y espacios para todo. Dentro había un enorme kwoon del tamaño de un estadio de básquetbol, y dos habitaciones en el fondo. No había aparatos de ejercicio, no había maniquíes de práctica. Tigresa se desconcertó.
—Sé que usted es un maestro de Kung fu, así que díganos qué quiere. —Tigresa se adelantó a Po y Dai, enfrentándose al viejo. La panda Ying se ocultó de nuevo tras el anciano. Éste se volvió, con la cara relajada y el semblante alegre, lejos de aquel primer encuentro hosco en medio del bosque.
—No, no lo soy, niña. Conocí a Oogway hace mucho, mucho tiempo. Entrenamos juntos, sí, aprendimos… umm, los viejos tiempos. —dijo, cerrando los ojos—Pueden sentarse sobre los cojines, parados no resolveremos nada —el viejo los invitó a sentarse con una seña de su mirada. Po se dio cuenta que sus ojos también eran verdes, de un color más opaco.
Tigresa se sentó, extendiendo las piernas, y no disimuló una mueca de dolor. El anciano, y Ying adoptaron la posición de flor de loto.
—Pueden llamarme Xian, se pronuncia con S pero se escribe con X. Soy muy viejo, y cuando en mi tumba vayan a escribir mi nombre, no se olviden de cómo se escribe, jo, jo, jo.
—Tío, otra vez con eso… —la niña habló esta vez, poniendo los ojos en blanco.
—Dijo que conoció al Maestro Oog… —Xian alzó la mano para interrumpir la frase de Tigresa, y la miró divertido.
—Dejen que el pobre viejo hable, ¿no? Y Ying, ¿Qué te he dicho de la hospitalidad en este templo? Haz el favor de preparar un pequeño refrigerio para nuestros viajeros. Es un honor tener al Legendario Guerrero Dragón entre nosotros.
Ying abrió sus ojos verdes, y miró a Po y a Tigresa alternadamente como si mirara a su artista favorito.
—Eh… yo no… —balbuceó Po.
—Sí, Xian, Po es el Guerrero Dragón —atajó Tigresa. —Y no hay discusión, Po. Oogway te eligió a ti, aunque…
—Oh, vaya. —Xian se acariciaba el bigote, analizando a la pareja. Dai seguía viendo a la niña panda, como hipnotizado. —Antes de que se enfrasquen en una discusión, es verdad que Po es el auténtico Guerrero Dragón. Trae la marca de Oogway, y eso no se puede quitar.
—¿La marca de… Oogway? —Po se miró a sí mismo y se palpó el cuerpo, buscando algo.
—Es invisible, Po. Ying… ¿Ying? —el viejo chasqueó los dedos frente a la nariz de la panda que miraba con asombro total a Po. —Ying, ve a preparar algo, ya le contarás los pelos que tiene parados en la cabeza al Gran Guerrero después.
—¿Eh? ¡S-Sí! ¡Sí, tío! —la panda intentó pararse, pero se tropezó y rodó sobre sí misma con la hilaridad que le caracterizaba a Po. Dai se tapó la boca para no reír a carcajadas, y Ying se paró al instante, con la cara enrojecida y sonriendo a Po. Nuestro amigo le devolvió la sonrisa. Sin saber porqué, Tigresa apretó los puños, sintiendo un calor espeso en su interior. Nadie se dio cuenta de que crispaba los puños, metiendo y sacando las zarpas.
—¿Puedo acompañarte? —Dai miró a Ying, con los mejores ojos de súplica que los críos pueden hacer para cumplir sus caprichos.
—S-Sí… claro…
Ying y el gazapo abandonaron el enorme kwoon, y Xian esta vez los miró con una seriedad que tigresa sintió sobre ella. Era un poder escondido…
—Una Furiosa y el Guerrero Dragón. El Valle de la Paz… ¿Qué sucedió?
—No, no, ¡espere…! Tigresa trató de incorporarse, pero no pudo, y una mueca de dolor selló su protesta.
—Señor Xian, la verdad, es que queremos saber donde estamos, y qué exactamente hacemos aquí. —dijo Po. Tigresa lo miró agradecida, sudando frío del maldito dolor. Xian cerró los ojos, y los abrió. Esta vez no estaban opacos, sino de un verde tan brillante que Po sintió que deslumbraban.
—De acuerdo, hijos. Primero les explicaré qué es este lugar. La Aldea Bambú es el último reducto del panda libre, y ustedes tuvieron mucha suerte de que los encontráramos. Casi nadie sale vivo del bosque. Hay miles de laberintos, y llegar a la aldea es casi imposible, a menos que conozcas bien el camino. Eso nos ayuda ahora, pues la Cofradía Imperial está sometiendo a su poder a todas las ciudades y aldeas de China, esclavizan y secuestran guerreros para sus carnicerías en el ring imperial.
—Dijo algo sobre eso cuando nos encontró. —Tigresa lo veía a los ojos.
—Es verdad. Desde la desaparición del Templo de Jade, y los Cinco, bueno, Cuatro Furiosos, el emperador ordenó la creación de esa Cofradía para extender y reafirmar sus dominios. Desde que Oogway murió, todo ha sido un caos. Él era el mejor, no había duda…
—Usted entrenó con el Maestro Oogway… ¿Y dice que no es maestro de Kung fu? —Po preguntó tímidamente.
—Es verdad, hijo. No soy maestro. Soy un Gran Gran Maestro.
Los dos se quedaron de piedra.
—Entonces… ¿Está en el mismo nivel que Oogway? —preguntó Tigresa a bocajarro.
—No lo creo. Él era el más fuerte y sabio de los dos. Pero ahora que lo pienso, definimos algunas cosillas de lo que ahora llaman Kung Fu, j eje je.
—¡Pues claro! Si usted lo conoció, todo lo que aprendimos y sabemos se lo debemos a Oogway, y a Shifu…
—¿Shifu? ¿Un panda rojo? —el maestro hizo una mueca de desaprobación.
—Sí, el mejor alumno de Oogway, y nuestro Maestro —señaló Tigresa. Xian rió, y cerró los ojos, respirando profundamente.
—Ese mequetrefe… ¿maestro del templo Jade…? ese Oogway se pasa ¿cómo pudo?…
Los dos reaccionaron ante lo que les decía Xian, incrédulos.
—¡Oiga! ¡No le diga así al Maestro! ¡El me ayudó a ser Guerrero Dragón!
—¡Y a mí, lo que soy ahora! —remató Tigresa. El dolor… era otra vez punzante y detestable, maldita sea.
—Tal vez… pero yo recuerdo muy bien a Shifu y a su hermanito Toffu. Eran unos bandidos, malandrines los hijos de su…, desgraciadamente, yo les enseñé lo básico del Kung Fu, antes de darme cuenta de la maldad en sus almas, de la promiscuidad y la precocidad de sus deseos.
—¿Maldad? —Tigresa se incorporó, a pesar que la pierna le retumbaba de agonía. Sacó los dientes en señal de duelo. Po la sujetó. —¡No le digas así a mi maestro, viejo decrépito! ¡Murió por protegernos!
Xian negó con la cabeza, chasqueando los dientes.
—¿Ves lo que ha ocasionado en ti, pequeña? Furia, intranquilidad contigo misma. Es lo que te transmitió, lo veo en tus ojos de fuego. Y el Guerrero Dragón… lamento decirlo, eres una vergüenza, hijo.
—¡Él venció a Tai Lung! —replicó Tigresa, abanicando los brazos. Quería golpear al maldito viejo, hacerlo papilla. Odiaba que le hablara así a Po, más que a otra cosa. No podía permitirlo.
—Tengo entendido que Shifu, creó a Tai Lung. El Kung fu no se trata sólo de pelear, y de la furia, y el entrenamiento, mi niña. Kung Fu es paz, para ti y lo que te rodea. Proporcionarla también es lo básico.
—¡Con paz no pudimos vencer a Toffu, y ni pudimos evitar la masacre de Valle de la Paz! —Tigresa estaba fuera de sí, de nuevo entraba en un acceso de furia, y Po tenía que sujetarla con sus enormes brazos para no dañar más su pierna herida.
—¿Toffu? ¿Él destruyó el Templo Jade? —el rostro de Xian se ensombreció, y Tigresa tuvo que sentarse. El dolor la iba a matar…
—Po, quítale la venda a Tigresa, por favor.
—Pero… el kimono… —Po enrojeció. Para quitarle el vendaje tenía que dejar a Tigresa en ropa interior. Ella también se dio cuenta, y los miró con ojos de furia.
—No importa. Le examinaré la pierna. Si es lo que parece, podemos hacer algo, no prometo nada, pero espero…
—De acuerdo. —Tigresa asintió, cerrando los ojos y respirando profundo. Hazlo Po. Pero si lo que quiere es morbosear, lo mataré.
Po despojó del kimono y los vendajes a Maestra Tigresa. El estado de su pierna era lamentable. A diferencia de la sana, esta tenía el pelo reseco y raído en algunas partes, decolorado, y con los músculos muy rígidos y sobresaliendo desagradablemente por su piel. Xian no morboseaba, veía una y otra vez las articulaciones, las palpaba y hacía gestos aprobatorios.
—Sí. Un golpe de resonancia. Por desgracia, yo inventé y le enseñé esto, perdóname, Tigresa —dijo Xian con toda seriedad. —Haré lo que pueda. Pero dependerá en mayor medida de tu Aura y fuerza de recuperación.
—¿Golpe de… resonancia? —Tigresa nunca había escuchado tal cosa.
—Vamos a extraerlo. Umm, aquí fue el punto de impacto. —Xian señaló un punto negro que seguro fue donde el dedo de Toffu se incrustó ocasionándole tal daño.
—Hace mucho que no lo hago, relájate, y todo irá bien. Po, necesito que veas, así aprenderás a sacar estos golpes, puede ser útil para ti, y será tu primera lección de curaciones.
—S-Sí.
Tigresa miraba el techo de bambú, recostada. Trató de poner de su parte, y si Po estaba ahí, no tenía que temer. Si se libraba de aquel dolor…
Xian comenzó la operación.
Fue como si las ondas de choque con músculo, tendones y hueso fueran saliendo por su planta del pie. Un calor le envolvió la extremidad. Era como si le frotaran con pomada y la metieran dentro de algo tibio y suave. Se sentía…

4

El humo sobresalía por las montañas de un valle no muy lejos del bosque de bambú, y el olor a quemado podía sentirse en los alrededores. Una aldea elegida al azar por Toffu estaba siendo exterminada mientras Po y Tigresa conversaban en el templo de bambú con el maestro Xian.
—¿Dónde escondieron a las mujeres y niños? —preguntaba sonriente el hermano de Shifu a un asustado anciano. Yakon lo sostenía del cuello, apretándole lo suficiente para hablar.
—No… no te lo diré, malvado…
—Mátalo, Yakon, maldita sea.
«CRACK»
Yakon y su ejército mataban a las familias y quemaban las casas en nombre de la Cofradía Imperial y en nombre del emperador. Pero era raro… no encontraban a las mujeres y los niños… era lo que más placer le proporcionaba a Toffu. No podía irse sin matar niños y abusar de unas cuantas aldeanas. Algunas eran… exquisitas. Era lo que adoraba de la provincia. ¡Y los niños…! le gustaba hundir sus afilados dientes y zarpas en sus gargantas, en sus brazos, saborear la sangre fresca… eran tan tiernos, carne tierna que no se conseguía en el palacio imperial para satisfacer sus deseos asesinos. Almas inocentes valiosísimas.
¿Pero, donde están, por los mil demonios?
Mientras avanzaban por las callejuelas, un miembro del ejército de la Cofradía, llegó hasta Yakon.
—¡Señor, Maestro, este ganso dice tener información para usted!
—¿Ah sí? ¿De qué tipo? —Toffu frunció el ceño. Nada era más importante que las mujeres. Y tenía que comer algo de carne tierna también. Las tripas le crujían y empezaba a perder la paciencia.
Un ganso negro salió de entre los hombres de Yakon. Vestía harapos y llevaba un pergamino en el ala que desplegó ante él, y una botella de licor en la otra. En el papiro estaban dibujados un panda y una tigresa, y se daba una recompensa por informes para su captura.
—Ellos, Ellos ¡Ellos! ¡Los vi, iban con un chiquillo, un conejo!
Toffu olvidó por un momento su excitación de comer carne fresca de niños y violar mujeres indefensas. Miró al ganso con su único ojo.
—Es importante para mí saber, ganso alcohólico. ¿Dónde, cuando los viste? ¿Hacia dónde iban? Piénsalo muy bien antes de contestar. Tu cuello depende de eso.
—¡Aquí! ¡Los vi aquí! ¡Fue hace una semana, iban hacia allá! —señaló con su ala hacia el Sur, donde a lo lejos comenzaba a divisarse un bosque denso de bambú que por zonas se oscurecía. Toffu se desilusionó por un momento, pero esta vez agarró del cuello al ganso.
—¿Estás absolutamente seguro de eso? ¡Estás hablando con el enviado del emperador! —gritó Toffu.
—¡Sí! ¡Lo juro, lo juro! Soy borracho, pero no tonto, señor. Ahí iban. La tigresa no podía caminar bien, iba vendada de una pierna.
Todo coincidía… entonces iban a los bosques de bambú. Esas no eran buenas noticias. Sabía bien que ahí había laberintos, caminos que se perdían en la inmensidad. Era mucha pérdida de tiempo, pero…
—Gracias, ganso, te daré tu recompensa.
—¿En verdad? ¡Gracias, gra…!
Sin dar tiempo a nada, Toffu le estrujó el cuello con facilidad, decapitándolo limpiamente, mientras los ojos del pobre ganso colgaban de las cuencas. Lo aventó como una bolsa de basura.
—Yakon. Quiero que avises a Yalam que tiene una misión, en el bosque de bambú. Le ha llegado su oportunidad.
Su alumno asintió, sonriendo y relamiéndose los dientes iguales a los de Toffu. Le comunicó a un soldado que fuera de inmediato hacia Yalam.
Otro elemento de la armada de la Cofradía llegó corriendo, susurrando al oído de Toffu.
—Señor, encontramos a las mujeres y a los niños, atrincherados en una saliente, muy cerca de aquí.
Éste sonrió con placer malsano, y la pupila de su ojo se dilató. Sus dientes parecieron más afilados que nunca
—Vamos a cenar, Yakon. El plato fuerte está servido.