El tan esperado capítulo 7... debo confesar que es de lo más intenso que he escrito en mucho tiempo... disfrútenlo...

Capítulo Séptimo
Tú eres la Elegida

1

—¡Aaaaaaaaaaaah!
Gritó y rugió con todas sus fuerzas. Sintió la pierna desprenderse de su cuerpo. Por fin se había acabado el dolor, y la amputación debió ser la única salida. El miembro estaba muerto, Xian no tenía nada que hacer, tenía ese presentimiento desde que le quitaron los vendajes. Jamás pelearía de nuevo, caminaría apoyada de ese maldito cayado por el resto de sus días, condenada a renguear, a ver a los demás correr y patear… jamás vengaría a Valle de la Paz, a Shifu, a los padres de Dai…
—Creo que ya está —una voz llegó hasta Maestra Tigresa, nebulosa, entre un espacio de limbo oscuro que la hacía flotar y viajar… se zambulló en la oscuridad deliciosa. El dolor era cosa del pasado; después de muchos días y noches conviviendo con él, por fin lo había soltado. No quería abrir los ojos, pero una luminosidad la obligó. Se vio a sí misma, estaba desnuda, y su cuerpo estaba completo. Movió su pierna mala, la flexionó, la estiró… ¡No había dolor! ¡Estaba en perfecto estado! Pero a su alrededor todo giraba en torbellinos de color, que le sugerían una cosa: viajaba dentro de su mente y conciencia profunda, como no lo había hecho nunca antes.
El torbellino la succionó, y Tigresa sintió que la tiraban de todos los pelos de su cuerpo, hacia abajo.

Ahora vestía su misma ropa de pelea que usaba en el Templo Jade antes de que Toffu matara a Shifu. Como si viviera un sueño, estaba parada en una de las callejuelas de la Aldea de la Paz. Ahí, enfrente de donde se encontraba parada, estaba el restaurante donde vivía Po. Amanecía. Alguien traía en brazos un bultito envuelto con mantas, que resplandecían en hilos dorados. Un símbolo familiar que le incomodaba por su trazo estaba bordado en un costado, y estaba segura que ya lo había visto. Lo veía todo con tal claridad que sentía el fresco de la mañana y el silencio que precede a la salida del sol. Avanzó hacia el extraño, y le habló, pero éste no pareció escucharle. Ahora que lo tenía a un costado, comprobó que era muy pequeño. Podría ser un niño, pero sus pasos resueltos demostraban una edad adulta. Tocó la puerta del restaurante de los Fideos de Mr. Ping, y aguardó.
El padre de Po, un ganso mucho más joven del que conoció una vez en los entrenamientos cuando iba a ver a su hijo panda, asomó la cabeza por la puerta tras varios minutos. Sus ojos tristes reflejaban una soledad que le apretujó el corazón a Tigresa. Olía a alcohol, y a descuido. Ahora que veía más detenidamente, el restaurante no parecía abrir a sus clientes desde hacía mucho tiempo.
—¿Q-qué quiere? ¡Es tem-p-pranísimo, hombre! ¿Quiere que le eche un balde de agua, forastero estu-túpido?
—No. Sólo quiero un pequeño favor para un hombre que va a morir.
Maestra Tigresa se quedó muda de impresión. Esa voz, esa voz era de… del Maestro Shifu. Sonaba más joven…
Y en efecto, cuando se quitó la capucha que lo cubría, descubrió a un Shifu en verdad muy joven. El bigote y las cejas aún no le crecían, su color de panda rojo era más brillante, y su rostro reflejaba una gran culpa, una gran pena…
El ganso entornó los ojos, y abrió la puerta. El padre de Po vestía harapos que daban lástima, y apenas podía mantenerse en pie.
—¿A qué rayos te refieres con que vas a morir, imbécil? ¡hic!
Shifu cerró los ojos, y apretó el bulto que traía cargando. Era del tamaño de una pelota de básquetbol, y se movió, provocando el mayor interés de Ping.
—Yo… yo he… cometido un pecado imperdonable. Subiré al Templo Jade, a que el Maestro Oogway, la Gran Tortuga, me imponga el castigo y la penitencia que he de merecer para lavar la sangre inocente que he derramado. Pero antes de eso, quiero pedirle un grandísimo favor. Nadie ha querido aceptarlo, es la décima casa en la que pregunto, y sería de gran ayuda para empezar con esta penitencia que tengo que cumplir.
Ping salía de su aturdimiento alcohólico, tratando de asimilar lo que Shifu le venía a pedir. Tigresa estaba en suspenso. ¿Cómo había llegado hasta ahí, viajando dentro de su conciencia? Parecía ser una especie de recuerdo… pero no de ella.
—Basta de ¡hic! Rodeos, forastero. ¿Qué quiere que haga por usted? ¡No le prometo nada! ¡hic!
—Me dijeron que usted vive solo desde hace algún tiempo, y maneja un restaurante de tallarines. Estaría en condiciones de cuidarlo… y alimentarlo.
—¿De qué rayos estás hablan…?
Shifu apartó las mantas, revelando a un osezno panda, un bebé que dormía profundamente, frunciendo la naricita y moviendo sus pequeñas garras, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Ping abrió los ojos, y comprendió la clase de favor que le pedía aquel extraño.
—Por piedad… ¡ayúdeme! ¡Ayúdeme a hacerse cargo de este bebé! Hice algo… algo imperdonable, por lo que seré castigado, iré de manera voluntaria al Templo Jade. Oogway impondrá la pena de muerte para sepultar mis horribles pecados, y ya no podré ayudar a este pequeño.
Ping miraba alternadamente al bebé panda y a Shifu, sin decidirse.
—¿Crees que un…? ¡hic! ¿Alcohólico como yo, podría criar a alguien como esto? Olvídalo, forastero. No soy lo que buscas. Además, este crío es de panda. ¡Son unos tragones de primera!
A punto de cerrar la puerta, Shifu la detuvo con un pie.
—¿Pero que demo…?
El Maestro se arrodilló, abrazando al bebé panda, que bostezaba con ternura, cambiándose de posición para dormir. Shifu lloraba, como Tigresa nunca lo había visto. Parecía estar arrepentido desde el fondo de su corazón.
—¡Se lo suplico! ¡Por favor! ¡No es cualquier crío! ¿Ve este emblema? —Shifu desenvolvió la manta, y mostró el símbolo a Ping. Tigresa recordó al momento en donde había visto aquel signo. Estaba pintado muy burdamente en la habitación de Po.
—Es el sello… —Ping ahora estaba anonadado.
—¡Es el sello imperial! ¡El imperio cayó! ¡Yo… yo lo hice caer! Este niño es la última pieza viviente que me permitirá comenzar mi penitencia. Se lo ruego, señor, ayúdeme. Será lo mejor, porque si mi hermano se entera de que lo traje aquí, lo intentará matar a toda costa. Con usted jamás peligrará, ni le hará falta de comer. Píenselo, por favor.
Los gestos de Ping se suavizaron poco a poco, y miró al bebé panda. Al fin, el osezno despertó, sonriéndole y revelando unos ojos verdes esmeralda, enormes, que sin duda tocaron la parte piadosa del alma de Ping. Tigresa sintió que le cosquilleaba el pecho al ver aquella escena, pues nunca había pensado cómo era su amigo cuando era un bebé. Pero aun no comprendía el porqué de aquella situación, seguro perdida en un pasado remoto, donde Po era entregado por Shifu a su padre. ¿Cómo podía ser posible? El Maestro Shifu y Po… Las imágenes comenzaban a borrarse como pinturas de óleo.
—De acuerdo, forastero. Cumple tu penitencia, y déjame al niño. Veré que hacer con él. —Ping le tendió las alas para sostener el bulto. Casi se cae al suelo, pues Po pesaba mucho, a pesar de ser un bebé. El pequeñito rió, sin dejar de ver al ganso. Tigresa sintió otro acceso de cosquillas en el estómago. Qué tierno era Po, pensaba.
—Gra… gracias, buen hombre. Sólo quiero una cosa más.
—Diga, aproveche que me agarra de buenas… ¡eh, parece que le caigo bien al muchacho! —dijo Ping, comenzando a enternecerse y reír con el pequeñín.
—Jamás diga una sola palabra a nadie de esto. Jamás le diga al muchacho quién lo trajo a usted, y deseche esa manta. Por el bien del niño, hágalo. Cuando suba, mis pecados se lavarán en mi propia sangre, estoy seguro. No nos volveremos a ver, señor, y espero nunca volver a ver a este niño, porque seguro me odiaría si supiera lo que le hice… lo que le hice…

La escena se borró como una película vieja que llega al final, y Tigresa ahora subía, alejándose de ahí, como si le tiraran una cuerda a la cintura y jalaran con fuerza de ella. Voces conocidas llegaban de fuera de su cabeza, y cuando despertó por fin, vio al Maestro Xian y al Po adulto que la miraban con curiosidad.

2

Tigresa despertó con un sobresalto que hizo retroceder a Po. Estaba agitada, y por un momento, no sintió su pierna. Miró a Xian y al panda alternadamente, y se miró a ella misma. Ahí estaban sus piernas, una con el aspecto sano y otra con el pelo desteñido por los vendajes.
—Creo que ya puedes moverla ¿Sientes dolor de la resonancia? —Xian la miraba con rostro sereno, y Po sonreía, alentándola.
Maestra Tigresa levantó la pierna mala, la sostuvo en el aire flexionándola con cautela. Se había ido. El dolor… no estaba…
—No. No siento dolor… es…
—¡Sí! ¡Maestro Xian, es un genio! —aplaudió Po.
—No, Po. Ella expulsó el golpe, de hecho. Yo sólo le ayudé, y su Aura lo logró. Lo más seguro es que no te puedas parar y sostener ahora…
Pero Tigresa se paró impulsándose así acostada como se encontraba, con la agilidad felina que le caracterizaba. Xian se impresionó a su pesar, y Po la miraba con la boca abierta.
—Comenzaré a entrenar de inmediato. Xian, muchas gracias… —Su mirada, roja, se posó en ellos un instante, y sin decir nada más, les dio la espalda y salió corriendo del templo a toda velocidad, sin caer en cuenta que iba sólo vestida con sus bragas y su top blanco que usaba bajo el kimono. Dentro de ella no cabía su felicidad; al fin podía moverse libremente, saltar, patear, hacer lo que más le gustaba: Kung Fu. Comenzaría a planear su ataque, a vengar a Valle de la Paz… todo lo lograría, ahora que estaba bien.
—La venganza no es un buen móvil, niña —el maestro Xian se encaró con ella, en el umbral de la puerta del kwoon. Tigresa se paró en seco, y abrió mucho los ojos.
—¿Cómo pudo…?
—No es conveniente que entrenes de inmediato después de curarte así —el Maestro le puso una mano en el hombro, su mirada reflejaba una tranquilidad inmensa, que contrastaba con la marejada de sentimientos de Maestra Tigresa.
—La base del Kung Fu es la meditación, y la paz interior, mi niña. Desafortunadamente, la has perdido casi por completo, por todo lo que han pasado, lo que han sufrido. No puedes esforzar a tu cuerpo así…
Tigresa habló, con amargura y la furia estrujándole el corazón. Le incomodaba que un panda le dijera qué hacer, suficiente tenía con Po. El «odio remanente» volvía a ella, y se apoderaba de su corazón.
—Mire, Xian, le agradezco el que me haya curado la pierna, y que nos dé alojamiento, pero usted… ¡No es mi maestro! ¡Shifu lo era! ¡Y no permitiré que me diga qué tengo que hacer! ¡Soy una Maestra del Templo Jade, de los Cinco Furiosos!
—Y el Guerrero Dragón venció fácilmente a un leopardo que venció fácilmente a todos ustedes, "Furiosos" —Xian le mostró una sonrisa, señalando a un Po anonadado que caminaba hacia ellos, con sus ojos verdes desconcertados.
—Ma…maestro Xian… ¿Cómo pudo moverse así? —Po lo miraba, impresionado. La distancia que había entre ellos y el umbral de la puerta era de más de veinte metros, y Xian lo recorrió en una fracción de segundo, impidiendo salir a Tigresa, y no entendía como lo había logrado.
—La paz que tengo en mi interior lo permitió. Ustedes pueden moverse así, cuando en su corazón no existe más que la serenidad y el convencimiento de que pueden lograrlo. No sólo eres tú, es la conexión de todo tu ser lo que logra algo como esto.
Tigresa estaba furiosa, apretando los puños y mordiéndose la lengua.
—No fue eso lo que me enseñaron. ¡Esto es lo que me enseñó mi Maestro!
Como un torbellino, Tigresa se lanzó sobre Xian, descargando todo el repertorio de golpes rapidísimos, Po se tiró al suelo evitando por centímetros una patada letal.
Maestra Tigresa usó toda su agilidad para intentar asestar un golpe franco a Xian… pero simplemente sus manotazos y patadas se perdían en el aire, y el maestro panda sólo se movía como un borrón de pintura por los costados, a una velocidad increíble. Usó su palo largo, apoyándolo contra el suelo y parándose en un pie, de puntas sobre el.
—Vamos, Tigresa, rompe el palo y hazme caer —Xian le sonrió tranquilo, y esto enfureció aún más a la tigresa. Usó su mejor patada, la patada del tigre, que se estrelló con un sonido impresionante por el kwoon como si un mazo gigante golpeara el suelo. Po sintió la vibración del golpe, vio los ojos de Tigresa inyectados de furia, y su pie pegado al palo. Xian continuaba mirándola tranquilo, como si la brisa matinal jugueteara con él. No se movió un milímetro, ni el palo, ni el maestro parado de puntas sobre él.
Maestra Tigresa abrió los ojos una vez más de sorpresa. Asestó otra patada, pero se dio cuenta que era como pegarle a una pared; no, no era una pared, ella las rompía con facilidad, fueran de piedra o adobe… era como pegarle… a nada. Una y otra patada… Xian seguía como si nada.
—¿Terminaste? ¿Consumiste tu ira, Maestra Tigresa?
—E… es un truco —dijo la felina, resollando, sudorosa y con el corazón desbocado por el esfuerzo. ¡Es un truco! —esta vez agarró con sus manos el palo, estrujándolo, era sólo un bambú, tenía que romperse, sin duda…
No se rompió. Xian tampoco modificó su postura. Continuaba en lo alto del palo con una sonrisa de tranquilidad y mirando hacia el horizonte.
—¡YIIIIAAAAAAHHH!
Tigresa saltó, y en el aire aplicó sus golpes mortales, rápidos, como un huracán, sobre el cuerpo de Xian que continuaba de puntas sobre el palo. Pero era como pegarle… a nada. Dos veces se impulsó hacia arriba, intentando golpear. Nada. Se puso a cuatro patas, y arremetió con su cuerpo al palo de bambú. No podía perder así, ella, una Maestra, de las mejores de China…
—¡No, Tigresa! —chilló Po, pero ni podía interferir, o le arrancaría la cabeza, tal como estaba el asunto.
Con el hombro, chocó con el palo. Sintió la presión de su golpe, y esta vez sintió que se quebraría y el viejo se desplomaría por fin. Pero no, fue como estrellarse a un colchón, porque salió despedida hacia atrás. Esta vez el Guerrero Dragón estaba preparado, y la recibió con su cuerpo, como aquella vez que Toffu le regresó su patada. Ambos salieron disparados hacia atrás, y aterrizaron dando volteretas sobre la duela. Po abrazó a Tigresa para evitar que se lastimara.
Los dos resoplaban, Maestra Tigresa por el cansancio y frustración de no poder tocar a un viejo decrépito sobre un simple palo de bambú, y Po por la impresión de aquella pelea entre Maestros. Agarraba de los hombros a Tigre…
—¡SUÉLTAME, IMBÉCIL! —rugió Tigresa, dándole un bofetón que le volteó la cabeza a Po. Estaba fuera de sí. Po la soltó de inmediato, tapándose la nariz que empezaba a gotear sangre.
—Basta —dijo Xian. Estaba a un costado de ellos, y Tigresa una vez más se sorprendió de la velocidad del viejo. Esta vez no sonreía. La sujetó de un hombro.
—¿Esto es lo que ha hecho Shifu de sus estudiantes? ¿Cómo pudo Oogway permitirlo? Anidar de esa forma el odio en tu corazón… —de repente sus ojos se clavaron en el pecho de la felina, y siguieron al pecho de Po. Los miraba extrañado y confundido.
—¡Lo hiciste, Po…! en verdad… lo hiciste… le cediste…
Po lo miró con ansiedad y suplicándole callar, mirándolo a él y a Tigresa, todavía goteando sangre de la nariz. Xian entendió perfectamente el lenguaje silencioso del panda, y calló. Dio la media vuelta, y regresó a su silla a manera de flor de loto, y regresó a meditar, con los ojos cerrados. Tigresa estaba expectante, resoplando, sobre la barriga de Po. La sangre bajaba de su cabeza, y retomaba su curso poco a poco. En ese momento, Ying y Dai, sonrientes, entraban al kwoon, pero sus sonrisas se desvanecieron al ver la escena. Tigresa reaccionó y se paró de un salto de la barriga del panda.
—Lo… lo siento, Po… ¡Lo siento! —la felina salió corriendo del templo, y esta vez nadie la detuvo.
—Po, ven aquí —Xian habló con los ojos cerrados. Su timbre sonaba inflexible, y el panda tembló, nervioso por lo que el maestro le diría sobre lo que había hecho con Tigresa. —Ying, Dai, salgan del kwoon.
La chica panda y el gazapo obedecieron de inmediato. Po se acercó, todavía sangrando de la nariz, un tanto mareado por el golpe de Maestra Tigresa. Pero no era sólo eso, sus sentidos disminuían cada vez más. Sentía un pitido en el oído izquierdo que se acentuó después de la pelea entre aquellos maestros. Su lengua le hormigueaba. Cuando llegó frente al Maestro Xian, éste abrió los ojos verdes que chispearon, molestos.
—Quiero que me expliques qué, en nombre de todos los dioses, hiciste con tu alma, Po.

3

Gritos de dolor y angustia se escuchaban en la aldea que Toffu asediaba desde hace horas con su poderoso ejército imperial. Los gritos pertenecían a las mujeres mancilladas y humilladas, despojadas de sus hijos para el plato fuerte de la Cofradía. Yakon y su maestro se limpiaban la sangre del hocico, y quitándose la carne cruda de los dientes con astillas de madera. En sus rostros se reflejaba satisfacción después de haberse dado un buen banquete de carne tierna e inocente, y violar a muchas aldeanas, apetitosas todas ellas. En eso, llegaba Yalam y Yuri, los otros dos tigres negros, mejores discípulos de Toffu. Saludaron haciendo una reverencia a su maestro.
—Me alegra sobremanera que hayan venido, estudiantes. —Comenzó Toffu —Aquí, acabamos. Yo tengo que regresar a Palacio, pero ustedes continuarán con la misión en toda China, Yakon, Yuri. Yalam, tú esas destinado a otra cosa importante, y eso es porque confío mucho en ti, hijo. ¿Lo sabes, verdad?
—Sí… sí, maestro. El panda, esa Furiosa, y el chiquillo miserable. —dijo, crispando los puños y mostrando los colmillos, carcomiéndole la ira dentro de él.
—Sólo recuerda esto: puedes matar al escuincle como se te antoje. Pero a la Tigresa y al Panda… los quiero VIVOS, ¿entiendes? Vivos… lo más intactos que se puedan. Irán contigo los dos Guerreros Zombis, en caso de que vuelvas a tener problemas —Toffu sonrió, relamiéndose la sangre del mentón—lo más seguro es que esos infelices estén en una parte del bosque de bambú. Encuentren a alguien que conozca ese lugar, reclútenlo, y que los guíe. Una vez que les sirva, mátenlo. Y maten a todo aquel que se interponga en su camino.
—Sí, Maestro. Los zombis me obedecerán, pero matarán y comerán si ellos quieren, a excepción del panda y la tigresa.
—Exacto. De hecho, ahí vienen —Toffu sonrió.
Dos guerreros enormes del tamaño de un rinoceronte, de ojos amarillos, aparecieron ante ellos. Un oso, y un felino… pero esa descripción podría ser un poco complicada entre las sombras de la noche que ya eran más presentes en ese lugar: en todo su cuerpo, peludo e hirsuto, corrían costuras enormes, como si el Dr. Frankenstein se hubiera superado y creado dos abominaciones, desprovistas de sentimientos, y cerebro. Caminaban torpemente, y la mirada perdida delataba su poca conciencia. Vestían ropas de combate sucias y desgarradas, uno portaba una enorme espada en su cinturón, y el otro una katana.
—Estamos… aquí, mi señor.
Toffu los miró con repulsión, y se puso ante ellos.
—Su misión, ya la conocen, se les ha programado. Vayan con Yalam, y tengan éxito. O no vuelvan nunca.
Los mutantes asintieron. Un chorro de baba cayó de uno de ellos, y cuando tocó el suelo, provocó un siseo, y un vapor tóxico emanó de la tierra. Toffu rió, esa misma risita malvada y patética que utilizó cuando mató a los habitantes de Valle de la Paz. Uno de los mutantes, el que parecía un felino, miró a Toffu, como si intentara recordar algo…pero pasó de largo, y se dirigió con Yalam al bosque de bambú.
Cuando Yalam se iba, Yuri alzó el puño, dirigiéndose a su compañero, con toda seriedad. Toffu la miró, extrañado.
—Éxito, Yalam. Cumple tu misión y regresa con vida.
Yalam se volvió, y miró directo a los ojos a Yuri. ¿Qué significaba eso? Yakon ni se dio cuenta, seguía quitándose la carne y la sangre de los dientes. Yalam asintió igual de serio, pero algo en el pecho retumbó un instante. Lo obligó a callar, y partió hacia el bosque, con los dos zombis mutantes de la Cofradía.
4

Corría sin mirar atrás, sólo quería perderse, perder la razón, el conocimiento, lo que fuera. Estaba mal, muy mal. Sus pensamientos revoloteaban como un ave negra dentro de ella, como si estuviera poseída por algo, por un sentimiento horrible que, a pesar de estar completa sin el dolor de la pierna, sentía retumbar dentro de su corazón. Preguntas, había tantas preguntas en el mar de intranquilidad que era Tigresa, y no hallaba salida a aquel laberinto que venía desde un pasado oscuro.

¿Cómo pude abofetear a Po así? ¿Por qué me descontrolé, otra vez? ¿Por qué me enojé tanto, sólo porque no pude golpear al viejo? ¿Tiene razón al decir que Shifu tiene la culpa? No tengo paz en mí, no la he tenido desde que era una niña, siempre acostumbrada a mantener la seriedad y la postura de una guerrera. Shifu me entrenó, y nunca sonreía… ¿Era sólo por Tai Lung? Xian dijo que él y Toffu eran… unos bandidos, unos malvados.
Maestro Shifu… ¿quién era en realidad? Y lo que vi en mi sueño, en mi conciencia… ¿qué rayos es? ¿Qué me hizo el anciano? Pero esas visiones… ¿Son reales? ¿Shifu entregó a Po al restaurantero? ¡No entiendo nada!

En efecto, no estaba segura de nada. Pero podría ser verdad que Xian estuviera en el mismo nivel que Oogway, aunque su estilo de pelea y paz… eran completamente diferentes a lo que había aprendido. Y claro, era idéntico a lo que había sentido con Toffu. No pudo tocarlos. Era posible que si iba ahora a retar a Toffu, no podría vencerlo. Tenía una velocidad superior a la de ella, tal vez a la de Shifu…
No, no era la oponente indicada para Toffu. Y aquellos tigres, sus discípulos, también eran muy fuertes. Ahí las fuerzas eran equilibradas, pero…
Al fin, llegó a una cascada que se alzaba sobre el bosque plagado de árboles de bambú, constituyendo una preciosa postal que tranquilizaba los ojos y hasta un alma agitada como la de Tigresa. Las últimas luces del día se despedían, y en ese lugar sólo había silencio, y el murmullo de la caída del agua.
Perfecto, pensó Maestra Tigresa. Con un asombro total de estupidez, cayó en cuenta que sólo vestía su ropa interior, y se pegó un golpecito en la frente, incrédula. Tal era su enojo y su turbulencia…
Se desnudó por completo, y se sentó directamente bajo la caída del agua. Bañó su piel, la frescura entró por sus poros, refrescando su cuerpo y enfriando su cabeza. Respiró hondo, mientras el agua caía por su cabeza, y resbalaba por su pelo naranja, mojándola por completo y convirtiendo sus rayas en borrones. Sí que lo necesitaba, oh, sí… cerró los ojos, y la pose de flor de loto que tomó, la hundió en su conciencia profunda, más, cada vez más…

Sintió que la jalaban del ombligo hacia abajo, justo como la primera vez… ¿iba a tener otra visión? Esperaba que fuera algo placentero, se estaba también en aquel limbo negro y con motas de luz apareciendo a lo lejos… flotaba, pero ahora la jalaban hacia abajo, abajo… otra vez una película del pasado comenzaba a revelarse como cinta vieja en un retroproyector…

Estaba en Valle de la Paz otra vez. Parada en una de tantas callejuelas, podía ver que la tarde caía sobre las casas, pintándolas de un rosa lechoso. Risas de niños jugando, bromeando. Otra vez, estaba perfectamente vestida con su karateki rojo y su pantalón negro, y caminaba en las calles de Valle de la Paz. Esa visión era igual que la anterior: como una película muy vieja, que se borraba por momentos, pero podía sentir el olor de la aldea, el calor del verano que iba amainando mientras el sol se escondía. Fue a donde las risas resonaban, y al dar vuelta a la esquina, de nuevo el corazón brincó dentro de ella, al reconocerse como una niña muy pequeña, cuando aún no ingresaba al Templo de Jade a entrenar con el Maestro Shifu, y vestía como una aldeana normal, de vestido tradicional chino de un rojo opaco. Sabiendo que no la podían ver ni escuchar, Maestra Tigresa avanzó muy interesada hacia el lugar donde ella —de niña— y otros chiquillos apabullaban a alguien, hecho un ovillo en el suelo.
El infeliz que estaba con las manos sobre su cabeza, tirado boca abajo llorando, era un panda todavía pequeño, pero más grande que cualquier niño del valle.
Era Po.
Y quien comandaba aquella pandilla de niños que lo acosaba, era ella misma.
—Oh, Dios —murmuró la Tigresa adulta, que lo veía todo sin pestañear. Lo más sorprendente es que justo ahora comenzaba a recordar aquella escena, tan remota que había apartado de su mente por completo. Entonces… desde esa edad, lo golpeaba… No, no no…
—No eres como los del Valle, raro —gritaba un gazapo, hundiendo un palo en la espalda rechoncha del panda —¡tienes mucha grasa, gordito, j aja jaja!
—Deberías irte, eres muy lento, muy torpe —se burlaba un ganso. Todos los niños se mofaban de él. Los chanchos hacían pedorretas con las manos.
—Así es —la niña Tigresa habló, y todos callaron. Desde esa edad seguramente inspiraba respeto hacia los demás— es un panda, nunca había visto uno, y a decir verdad, no esperaba que fueran tan tontos, blandengues, y sucios… creo que apestas.
La niña clavó sus ojos en Po, que continuaba boca abajo, tembloroso. Tigresa adulta comprobó que lo veía con repulsión, y sintió vergüenza de esa chiquilla, aunque fuera ella misma a una edad tan corta.
Po levantó cuidadosamente la cabeza, y vio que sus ojos verdes, como esmeraldas, estaban anegados de lágrimas. A Tigresa adulta se le encogió el corazón y también tuvo deseos de que la escucharan, de que no era verdad lo que ella decía a los cuatro o cinco años. Pero eso ya era el pasado, no se podía cambiar de ningún modo.
—¿Quieres entrenar en el Templo Jade, y eso es lo que sabes hacer, panda inútil? ¿Llorar como un bebé? —Tigresa lo miraba con sorna, y la chiquillería río.
—Yo… yo amo el Kung Fu… yo quería…
—Sé que el Maestro Oogway y Shifu no aceptan sacos de boxeo vivos. Po, es mejor que te quedes y prepares fideos con el borracho de tu padre…
Po se incorporó, y esta vez sus ojos chispearon de furia.
—¡No le llames así a papá! ¡El ya no toma esas cosas malas!
Los chiquillos rieron con ganas. Po olvidó su furia, y enrojeció de pena. Con buena velocidad, Tigresa le aplicó una llave al cuello, y el pandita gimió, intentando zafarse y haciendo pucheros de esfuerzo.
—Si dices que amas el Kung Fu, líbrate de esto, Po. —le dijo al oído.
—¡Sí, Tigresa es la niña más fuerte del Valle! —corearon los conejitos.
Po manoteaba, intentaba por todos los medios zafarse, pero no lo conseguía.
—Entonces ríndete, Po, y grita «Tigresa es la mejor, y soy un panda estúpido» —su sonrisa se ensanchó, disfrutando el momento.
—No… eso no… yo amo… yo amo… el K-kung… —A Po le empezaba a faltar el aire, y sacaba la lengua, jadeando. Los chiquillos coreaban «¡Tigresa!», riendo y aplaudiendo.
—¿Lo dirás? ¡Te morirás si no lo haces, Po! —La sonrisa se ensanchaba, y sus ojos rojos, dilatados, parecían disfrutar aquello. El panda no tuvo más remedio que asentir, y gritar con las pocas fuerzas que le quedaban.
—¡Ti-Tigresa es la mejor! ¡Tigresa es la mejor! ¡Soy… un panda estúpido!
La niña lo soltó, y cayó de rodillas. El pantaloncillo, remendado, hizo un «Riiiippp» y con angustia, Po descubrió que se le había roto del trasero, mostrando todas sus partes… ocultas… los niños y Tigresa se desternillaron de risa, pataleando y golpeando el suelo, mientras el panda no hallaba como unir la rotura de la tela parchada y desgastada, con la cara roja como un tomate.
—¡Eres genial, Po! ¡Una burla para el Kung Fu! —le decía la niña Tigresa, llorando de risa.
Po salió corriendo, tropezando con una piedra y cayendo con la hilaridad que le caracterizaba, provocando más burlas. Tigresa adulta sentía un nudo horrible en la garganta, quería reprenderse a ella misma y a los demás niñitos estúpidos. ¿Qué les había hecho Po para que lo torturaran así?
Sintió un tirón en el ombligo otra vez, obligándola a seguir al niño panda, que corría graciosamente intentando cubrirse sus genitales, con el pantaloncillo roto, que no era muy diferente al que usaba en la actualidad.
Maestra Tigresa corrió tras él, además de aquel impulso extraño, intentando hablarle, decirle que lo que había dicho aquella niña malcriada no era cierto, que regresara... pero Po seguía corriendo, hasta meterse en una callejuela, y llegar al restaurante del señor Ping, su padre ganso.
A pesar de cerrar todas las puertas tras él, Tigresa podía seguirlo atravesándolas, como si fuera un fantasma. Subió las escaleras, y llegó a su habitación, la misma donde una vez amaneció después de pelear con Yalam. Así como estaba, se tumbó en el catre que le servía de cama, con el pantaloncillo roto y las nalgas al aire, llorando a lágrima viva. Tigresa se apretujaba las manos, con el nudo en la garganta que sentía como una bola de acero.
Antes que el recuerdo, la película, o lo que fuera, se difuminara, vio algo pegado en la pared; ahí no estaban los pósters de los Cinco Furiosos. Estaban dibujos muy burdos de ella misma, hechos sin duda por las manitas de Po. «Tigresa» se titulaban todos, señalando con una flecha y corazones a una niña tigresa, la misma que lo había humillado frente a los chicos de la aldea. En eso, el niño panda desprendió los dibujos, los arrugó, y los tiró por la ventana, y siguió llorando… llorando…
—Yo… yo tengo la culpa por ser como soy… yo… te quiero… ¡te quería, Tigresa! —la voz de Po se quedaba atrás mientras subía, tirada de su ombligo una vez más.

—No… Po… ¡POOOO!
Se sorprendió a sí misma gritando, hasta que abrió los ojos, mientras el agua seguía cayendo sobre su cabeza, confundiéndose con sus lágrimas. El pecho le dolía, el frío comenzaba a apoderarse de ella, pues la noche ya era completa en esa parte del bosque. Pero lo más importante era aquella visión de la infancia perdida de ella y Po. ¿Por qué se comportó así esa vez? Trataba de recordar… estaba a punto de entrar al templo Jade, pues sus padres ya la habían inscrito para que estudiara y se formara ahí. Ella lo deseaba tanto… y convertirse en la Guerrera Dragona…
La cabeza le dolía. ¿Por qué veía partes del pasado de Po? ¿Qué significaba eso?
Regresaría al templo de bambú, y ofrecería disculpas, al maestro Xian y a Po, por su estupidez, por todo… se sacudió el cuerpo, quitándose el agua fría, cogió su ropa interior, se vistió, y emprendió el regreso.
Todo lo que habían pasado juntos, las aventuras… se dio cuenta de que quería a Po, lo quería…
(más que a un amigo)
No sabía qué le iba a decir, pero ya era mucho de estar dándole vueltas. Lo que sentía, lo que tanto le carcomía por dentro, ahora lo entendía. Era…
Amor,
el amor hacia alguien que no es un padre, hermano o amigo… un amor que no era al Kung fu, a las técnicas, al entrenamiento.
Eso era todo lo que necesitaba saber. Amaba a Po, no se daba cuenta, no quería, su estúpido orgullo la cegaba, le impedía ver lo obvio. No sabía que iba a hacer cuando lo viera. ¿Acaso Po rehuiría de ella, con miedo a que ella le ensartara sus zarpas en uno de sus accesos de cólera y estupidez pasajera? Se sintió una basura, una miserable escoria. Pero estaba a punto de arreglar todo, sí… sonrió, mientras corría a cuatro patas, a toda velocidad, al encuentro del ser que ya la amaba antes de descubrir el amor verdadero al Kung Fu.

Cuando llegaba al templo de bambú, se detuvo en seco al oír risitas y voces. Eran Po, Dai, y la panda Ying. Su primer impulso fue ocultarse, y se escondió tras unas piedras, mientras divisaba la escena entre las rocas.
La furia palpitante se apoderaba de ella otra vez. La sangre subía a la cabeza, y las zarpas salían y entraban de sus garras, buscando cortar, matar… sus ojos chispearon magma de las pupilas rojas.
Ying agarraba de la mano a Po, mientras se apoyaba en él y lo abrazaba. Se sonreían como dos… como dos enamorados.
—¿Sabes? Creí que era el único en el mundo. Me alegra saber que existe un pueblo como el de ustedes, me dieron esperanzas de saber que soy parte… de algo.
Po hablaba y sonreía con ternura a la panda Ying. Esta a su vez lo abrazaba y se frotaba el cuerpo peludo con el de él, disfrutando de su calor y su compañía. Dai jugaba dentro del templo con unas espadas de madera.
—Y yo estoy contenta que un Guerrero Dragón sea uno como nosotros… que seas tú, Po. Eres alguien genial. Qué bueno que te encontré… que te encontramos.
Po se sonrojaba, y reía estúpidamente, pensaba Maestra Tigresa, quien seguía agazapada, escuchando y viendo todo perfectamente. Por un segundo, pensaba en cortarle la yugular a Ying. Es una… resbalosa… una… Maestra Tigresa sentía la sangre hervirle por dentro.
¿Qué te pasa, Tigresa? ¿Qué no has humillado a Po tantas veces que mejor ya se olvidó de ti? ¿Crees que no mereces estar sola? Pensó amargamente.
Tigresa sintió caer las lágrimas sobre sus mejillas, resignada. Ying era perfecta para él, una panda casi idéntica a Po, torpe, gordita, del mismo color, los mismos ojos. Lo que había pensado, era una locura, algo fuera de lo pensado. ¿Amar a Po? A un panda gordo, tonto… ¡Ja!

Tigresa dio la media vuelta, y bajó las escaleras, sin que los pandas advirtieran su presencia. Tenía mucho qué hacer, y tenía que empezar cuanto antes.

5

Golpe, patada, patada, golpe….
(¿Por qué, por qué?)
Perdía la concentración. No podía, esas imágenes…
—¡YIAAAAA!
Erró de nuevo. No era la falta de condición, lo sabía perfectamente. La elasticidad, la fuerza, todo estaba en su lugar. Sin darse cuenta, las lágrimas acudían de nuevo, cegándola de ira. A su alrededor se observaba una porción de bosque devastado por sus patadas y golpes. Había roto muchos bambúes de todos los tamaños y grosores, pero no acertaba en el punto que ella quería. Su kimono, adecuado y remendado para poder moverse, se movía mucho sobre su cuerpo también, dificultándole pelear, y en verdad extrañaba su karateki rojo.
¿Por qué? ¿Por qué lo amo, precisamente a él? ¡No tenemos nada que ver, pero lo quiero tanto, que…!
—No mereces estar así, Maestra Tigresa. —una voz a sus espaldas, tranquila, la hizo volverse violentamente y ponerse en postura de defensa flecha, lista para todo.
Era el Maestro Xian. Vestía una túnica blanca, que hacía contraste con su cuerpo peludo y negro, y mostraba su bigote y barbas pulcramente peinados y anudados en el cinto dorado. Su rostro era el mismo, impasible y reflejando mucha paz.
—¿Qué quieres, Xian? Estoy entrenando, y odio…
—Te preguntas por qué amas a Po, ¿no es cierto? —esta vez una sonrisa afloró de su boca, mirando con esos ojos verdes y penetrantes a Tigresa. Ésta sintió como si hurgaran en sus pensamientos y corazón, y se sintió horriblemente desnuda. Trató de controlarse esta vez, y le dijo entre dientes:
—Eso… a ti no te interesa, viejo. Lárgate y déjame en paz.
Xian no se movió. Su sonrisa permanecía. La felina estaba a punto de arrojarse contra él, pero el maestro panda la interrumpió.
—¿Quieres respuestas a eso que no te deja encontrar paz? Ven conmigo, Maestra Tigresa. Sé que lo comprenderás. —Xian le dio la espalda, y caminaba hacia el bosque.
¿Debía seguirlo? Respuestas… todo se reducía a búsqueda de una gran Verdad, la Verdad del porqué del Universo, el porqué se les había puesto en aquel camino oscuro y lleno de penalidades. Xian… Xian, sí era un igual de Oogway, debía ser amo de la sabiduría y la pelea… empezó a entender, y no tuvo más remedio que seguirlo.

Xian y Tigresa llegaron a una zona de aguas termales, que burbujeaban líquido lechoso y despedían un vapor que olía a azufre. Maestra Tigresa se tapó la nariz.
—¿Qué es esto?
—Quítate la ropa. Y métete en este pozo. Restaurará tu pierna por completo. —Xian le dio la espalda, dando a entender que podía desnudarse. Tigresa dudó.
—¿Por qué me ayudas? ¿Yo, que me he portado mal con ustedes?
—Ahí vas de nuevo. Cuando vea a Oogway y Shifu en el otro mundo, les daré una paliza. Creo que ha llegado el punto, Tigresa, en el que te puedes deshacer de la desconfianza, el miedo, y el coraje. Confía en tus amigos, confía en un Maestro.
Tigresa calló, se desvistió, y entró poco a poco en la poza de aguas termales. Primero, sintió el calor que penetraba por sus poros, un calor insoportable. Gimió.
—En un momento, te sentirás bien —dijo Xian, sin voltear.
En efecto, Maestra Tigresa comenzaba a sentir el agua, de consistencia lechosa, tibia y a la vez refrescante y humectante. La pierna comenzó a burbujear como si hirviera, pero la sensación era de bienestar… y paz…
—Ya puedes voltear —dijo Tigresa.
Xian se volvió a ella, pero esta vez no sonreía. Su cara demostraba una seria tranquilidad que indicaba a Tigresa que la respuesta a muchas de sus dudas estaba en camino. Se dispuso a escuchar.
—Tú has muerto una vez. Te moriste, Maestra, al caer congelada de aquel risco. Ya no había nada qué hacer contigo, más que enterrarte y llorar por ti.
Tigresa se quedó sin habla. Intentó balbucear algo, pero fue inútil, sólo recordó. Estaba congelada… y no había más. Sintió su cuerpo golpearse contra las rocas de un acantilado, y ahí quedo todo… hasta que despertó en los brazos de…
—Sí, muerta, hubo alguien que no quiso que te fueras para siempre. Anheló tanto volverte a ver con vida, que hizo un sacrificio supremo, como Guerrero Dragón, como panda, y como hombre, y debes saberlo, Maestra Tigresa, porque te ahogas en un vaso de agua de sentimientos, y ambos deben tomar una decisión, antes de encararse con su destino final.
»Po dividió su alma en dos, con tal de activar el motor de tu alma muerta. No es una técnica, no es algo que pueda suceder sólo porque sí. El Dios Dragón habló directo con Po, y le dio la opción de hacerlo, a costa de su propia vida, perdiendo la mitad de todos sus sentidos. No lo dudó ni un momento, y te cedió la mitad de su alma, Tigresa. Ese tipo de amor… sobrepasa por mucho el concepto que tenemos los mortales de ese sentimiento. Lo que más puede acercarse a eso es el amor de una madre hacia su hijo, pero…
Tigresa estaba muda de impresión, y las lágrimas salieron de sus ojos por reflejo de lo que sus oídos escuchaban. Por eso los recuerdos… por eso podía ver tan profundo en el pasado, en el alma de Po… ella sabía que lo que decía Xian era verdad, era una Verdad del Universo.
—¿Por… por qué? ¿Por qué lo hiciste, Po? ¿Por qué no me había dicho, Xian, por qué no me lo dijo?
—Es simple, Tigresa. Tú eres la Elegida. Eres su Elegida, en la vida, en su propia y única comprensión de la Verdad y el Universo. Pero Po temía que te sintieras humillada por eso, el saberte revivida por el alma de un panda gordo, tonto… últimamente estabas muy alterada, y bueno, el bofetón que le diste, no era para menos.
Del estanque empezó a refulgir un destello plateado, que iluminó la poza. Tigresa cerró los ojos, y sintió esa energía, aceptándola con todo su corazón, permitiendo que la mitad del alma de Po se integrara a ella. Xian miraba, impresionado, era la primera vez que tenía conocimiento de una Cesión de Almas, y sentía la energía amalgamada, parte Tigresa, parte Po. El destello desapareció, y Maestra Tigresa salió del agua, desnuda. Ya no le importaba que el Maestro la mirara así, porque sus ojos se veían directamente. Xian vio que las pupilas de Tigresa eran una combinación de un rojo con rayas verdes, chispeando, poderosas. Le hizo el saludo respetuoso de una alumna hacia su Gran Maestro.
—Yo… yo… lo siento, lo siento… ya no será de ese modo nunca más. Maestro Xian, gracias. Enséñeme a pelear. Enséñeme a vencerme a mí misma, para derrotar a la maldad del mundo.
—Hija, ya te has vencido a ti misma. Ahora, ve con la otra mitad de tu alma. Por cierto… toma, úsalo mientras las aldeanas hacen uno nuevo para ti, creo que te quedará un poco grande, je, je, je.
Entre su túnica, Xian sacó un qipao muy parecido al que usaba Ying, sólo que este mostraba símbolos de dragones. Era de un blanco con negro muy bonito.
—Gracias, Maestro. —le miró, agradecida. Ahora sabía perfectamente lo que tenía que hacer, y era…

6

Po no podía hablar bien. La lengua se le trababa, la sentía adormecida, y sabía perfectamente porqué. Sentía una debilidad terrible, y el Maestro Xian no podía hacer nada dentro de su vasto conocimiento del espíritu, para ayudar a su alma dividida. Se sentía verdaderamente mal desde que aquella vez se había atrevido a dar…
Y lo haría otra vez, no me importa. Es lo único que he hecho bien en mi vida, y Tigresa puede aprovecharlo mucho mejor que yo. Trataré de sobrellevarlo…
El panda miraba el día bajo un enorme árbol de durazno, desde ahí podía admirarse un campo abierto lleno de flores de muchísimos colores, que terminaban mucho más lejos en murallas de bambú que protegían la aldea como silenciosos centinelas mientras el sol recorría la tarde. La primavera ya era toda una realidad en esa parte de China, y se alegraba de que el frío fuera cosa del pasado.
Pasos livianos y cautelosos se acercaban a él a sus espaldas. A pesar que sus sentidos ya estaban reducidos a la mitad, sintió esa energía tan especial, nueva, que irradiaba calor, y llegaba hasta él, como ondas que reconfortaban al instante. No podía ser que…
Po se volvió, y descubrió a Maestra Tigresa, que llegaba hasta él como un ángel redentor, vistiendo un qipao blanco con adornos negros que simbolizaban dragones.
Po no sabía que hacer. ¿Asustarse? ¿Retroceder?
Tigresa lo miró, y se convenció de la Verdad. Lo amaba más que nunca. El simple hecho de verlo así, sentado, con su mirada verde inocente, sin saber qué hacer, le hacía temblar por dentro. A partir de ahora recompensaría el vacío de su niñez y los años de desprecio y humillación con aquel panda que valía muchísimo, más que cualquier Dios, por el simple hecho de haber compartido su alma a costa de su vida.
Po la miró a los ojos, y los vio diferentes. Eran rojos, pero un tinte verde chispeaba en ellos, de una renovada tranquilidad que le hicieron confiar en ella. Dejó que se acercara a él.
—Po… yo…
El Kung Fu Panda sonrió, y le hizo una seña, levantando el dedo índice a la boca, en señal de que no hablara. Se miraron un momento, que se perdía en la eternidad. Sus miradas chocaban como ondas que se expandían por todo el valle, por toda China, y rodeaban el mundo.
Tigresa cerró sus preciosos ojos, se impulsó suavemente hacia él, uniendo sus labios con los de Po por primera vez en su vida, y un fulgor plateado volvió a brillar, esta vez en el pecho de ambos. El beso, lleno de amor verdadero que sentía uno hacia el otro, se prolongó bajo aquella tarde de primavera. Tigresa introdujo su lengua dentro de Po, sintiendo la suya, temblorosa. El panda emitió una suerte de escalofrío, y también unió la suya con la de ella, jugueteando. La abrazó, con todas sus fuerzas, juntando su cuerpo con el de ella, como aquella vez que había muerto y deseó que regresara. Se sentía tan… cálido…
Ésta es Tigresa, pensó Po.
Éste es Po, pensó al mismo tiempo Maestra Tigresa.
Después de incontables minutos, se separaron los labios, pero permanecían abrazados. Tigresa jadeaba, entrecerrados sus ojos mientras Po la miraba intensamente. El brillo había desaparecido.
—Te Quiero, Po. Te… Amo. Te amo, no sólo por lo que hiciste. Por lo que eres, y quiero…
—No tienes que pagarme nada si no quieres, Tigresa —dijo Po suavemente.
—No se trata de pagar. Te voy a compensar la mitad del alma que me diste.
Maestra Tigresa se desabotonó el qipao blanco, y éste cayó al césped con suavidad, como un pedazo de seda. Po gimió apenado, y se cubrió los ojos al ver el cuerpo desnudo de su amiga. Tigresa rió, le daba tanta ternura que fuera así.
—No, no te tapes los ojos —le apartó sus garras de su cara, y el panda mantenía sus ojos cerrados. Estaba temblando. —Quiero que me veas. Mi pierna… mi cuerpo está restablecido, y te lo debo a ti, y quiero darte un regalo, el mejor que podría dar a alguien…
Ambos se sonrojaron intensamente. Po abrió los ojos, y recorrió el cuerpo atlético y perfecto de Tigresa. Era verdad, su cuerpo estaba en perfecto estado, como si su pelaje fuera nuevo. Era una nueva Maestra Tigresa, y le sonreía con picardía, invitándolo a...
—E-El mejor… ¿Regalo?
—Sí, Po. Una vez, encontré entre los libros del Templo Jade, un volumen viejísimo con textos y dibujos que mostraban… el Amor… lo vi con Viper, lo estudiamos… en aquella época nos reíamos como niñas… pero ahora sé lo que eso es. El maestro Oogway nos sorprendió leyéndolo, pero sólo sonrió, nos lo quitó, y nos dijo: «Esto, niñas, es el regalo más preciado que le puedes dar a un chico… aún falta mucho, por favor, no se lo den a la persona equivocada, ahora dedíquense a entrenar para cuando llegue ése día» Te voy a regalar… esto, Po, esto que a nadie le he dado. Tú eres esa persona. Yo soy tu Elegida, y tú eres mi Elegido.
Antes de que el panda hiciera o dijera algo, Tigresa abrazó a Po, y lo besó de nuevo, esta vez con una pasión desconocida para ambos. El panda sintió un nuevo escalofrío, y gimió. Ese gemido era también algo nuevo, y Tigresa comenzó a acariciar el enorme cuerpo de Po. Los pájaros cantaban, las mariposas revoloteaban como mudos testigos de lo que ahí se iba a dar.
Instintivamente, algo allá abajo comenzó a crecer bajo los pantaloncillos de Po, Tigresa lo sintió, y gimió de placer. El panda acarició el pelo de Tigresa, sus hombros, brazos. Ella lo guío con ternura hacia su espalda, su trasero, comenzaron a moverse en un baile cadencioso y sensual que crecía de intensidad. No necesitaban un manual para eso. Todo nacía con tal espontaneidad que no se fijaban en que Po ya estaba también desnudo, con sus pantaloncillos remendados sobre sus pies, y que Tigresa comenzaba a acariciar su miembro, ambos jadeando.
—¡Oh… Po…! Eres…
Tigresa tumbó con suavidad a Po en la hierba, y le sonrió con ternura, como jamás le había visto el panda.
—Por favor… sé gentil. Creo que me va a doler, cuando… cuando…
Cuando Po penetró a Tigresa, primero con suavidad, muy poco a poco, éste se asustó al ver el rictus de dolor de la felina.
—¿E-Estás bien? ¿N-No…? —Po balbuceaba, pues estaba demasiado excitado, nervioso, una mezcla de toda la gama de sentimientos nuevos que comenzaba a explorar. Sí había sentido algo parecido varias veces en el pasado, sobre todo cuando hacía mucho calor, y no sabía porqué su «cosa» crecía así. Ahora entendía. Ahora el conocimiento de una Verdad, la Verdad de la Creación de las cosas, comenzaba para él. Sabía que tal acto no podría hacerle daño a Tigresa, porque era un Acto de Vida pero…
—N-No…, es normal… supongo… Po… hazlo suave… hazme sentir… que viajo contigo… por-favor…
Po llegó hasta el final, y Tigresa gemía, una mezcla de dolor placentero que impulsó a Po a hacer un vaivén suave al principio, que le hacía pensar en nubes de chocolate, en flores de colores, en mariposas de fantasía. Así que esto era… el Regalo, el Regalo más preciado. Maestra Tigresa, montada sobre él, se abrazó a la barriga de Po, y se besaron con pasión, intercambiando un juego de lenguas que amenazaba con hacer fuego… y explotar.
—¡Ah…! ¡Oh, Tigresa! ¡Tigresa… eres… te AMO!
—Sí, Po, ¡Sí, no te detengas! Ooooh, oohh…
Por instinto, Tigresa movía sus caderas y trasero a un ritmo trepidatorio e intenso sobre Po. El dolor había pasado… todo era húmedo, resbaladizo… era algo para lo que no estaba preparada.
¡El Regalo! ¡Qué razón tenía el Maestro Oogway! por su parte, Po sentía que algo se aproximaba. Era como subir una enorme montaña, y pronto llegaría a la cima, y no sabía que podía pasar. Tal vez reventaría como un globo, como un cometa…
—¡AAAAHHH… TIGRESAAAAAA!
—Sí, Po, ¡Sí!
Po llegó a la cima de todo, al clímax de su vida, de su razón se ser, de ser parte en un Universo. Explotó dentro de Tigresa, y ella recibió tal impacto del orgasmo de Po que se estremeció de placer, hundiendo sus garras en el pecho del panda una y otra vez. Po esta vez no sintió dolor, no era una agresión de ella… era… era…
¡Los dos eran Uno!
Lo sintió. Lo comprendió. El Regalo era mutuo, y ahora uno era parte del otro. Sentía su alma recomponerse, sentía que ahora su alma no era sólo la suya. Tigresa también le cedía parte de ella.
Las dos almas se completaban, y ya se complementaban entre sí. Era la simbiosis máxima de la vida, y se abrazaron con toda la fuerza y pasión que eran capaces de sentir. Aún dentro de ella, Po atrajo a Tigresa y la recostó sobre su pecho, disfrutando de aquel momento mágico… tantas penalidades, tantas muertes y lágrimas… y por fin, por fin eran Uno, no había trípode, eran un solo ente.
Jadeando, Tigresa cerró los ojos, y sintió que viajaba en una de las nubes de allá arriba, estar con Po era… era…
—Te Amo, Po. Te amaré siempre, y perdón si apenas te empiezo a compensar por todo… soy una estúpida, una…
Esta vez el panda le puso un dedo en sus labios, con ternura.
—Ya nada de eso importa. Sólo importa que te amo, y aunque sea increíble, estás aquí conmigo… eso que acabamos de hacer…
Esta vez Tigresa puso su índice sobre la boca de Po, sonriéndole, enamorada.
—Ese Regalo, es sólo para ti, y entre nosotros debe quedar. Siento que vuelo, Po… no quiero que me dejes nunca, nunca… volemos…

Ahí, bajo el enorme árbol de durazno que florecía y se pintaba de rosa debido a la hermosa puesta de sol que peinaba el valle y a los bambúes de colores, Po y Tigresa sellaron el pacto de Amor Verdadero, una alienación inquebrantable que comenzaría un nuevo Destino, y una nueva Historia, tal vez de Leyenda.