Gracias a todos los chicos del foro por su apoyo, todos excelentes personas y escritores, ya saben a quienes me refiero... mientras sigamos soñando y mantengamos esa llama vida en nuestra mente y corazón para crear, no para destruir, la humanidad tiene esperanza. Sean libres al escribir, que nada los detenga, es el Mundo Propio de cada uno de nosotros, Nuestro Mundo. Un abrazo, disfruten!

Capítulo Octavo
Leyendas del Pasado, tormentos del Presente

1

Maestra Tigresa y el panda Po esperaron a que el sol se ocultara y el manto celeste se iluminara allá arriba. Tenían por delante todo el tiempo del mundo para ellos dos, era una sensación de protección mutua que los hacía invencibles, las mitades de habían juntado y formaban un todo poderoso que compaginaba con el Universo. Las estrellas lucían pegadas al firmamento como por encanto, mientras Tigresa, recostada sobre el robusto pecho de Po, se sentía muy feliz, pero a la vez una nostalgia le recorría los pensamientos como un alfiler pinchándole la piel.
—¿Po?
—Sí… te escucho, Tigresa. ¿Estás bien?
La felina le sonrió a las estrellas. Le encantaba que su oso fuera así, tan tierno y atento. A decir verdad, nadie había tenido con ella las atenciones que él le daba. Vaya, le había regalado la mitad de su alma. Incluso el Gran Xian estaba impresionado con eso.
—Extraño… extraño el Templo Jade, a los Furiosos, al Maestro Shifu… ¿Por qué paso todo eso, Po? ¿Qué hicimos nosotros y el Valle de la Paz para que el tal Toffu llegara como si nada a matar a todos? ¿Te lo has preguntado?
Po no contestó de inmediato, tomo aire que infló su pecho, levantando a Maestra Tigresa con él, y regresando a su posición normal.
—No, no lo sé. Pero sí me lo he preguntado. Hay mucho del pasado del Maestro Shifu que no conocemos, y creo que así como sucedió con Tai Lung, el Maestro debió hacer algo muy… feo, algo que tuvo que ver con su hermano, ¿no crees?
Tigresa reaccionó. Se acordó de la primera visión que tuvo sobre el Maestro Shifu, entregándolo a su padre Ping cuando apenas era un bebé. Era parte del alma de Po, y suponía que aquello debía estar conectado con Shifu y Toffu.
—¿Sabes? Me habías dicho que tu padre era el señor Ping, pero ambos sabemos que… pues… él no…
—Sí, Maestra, lo sé. Él no era mi verdadero padre, porque no era un panda. Pero eso ya no importa, lo quise mucho y he aceptado…
—Sí, sí importa, y mucho, Po. —Tigresa ahora lo miró a los ojos, y esa mezcla de ámbar con verde empezó a brillar, indicándole que hablaba en serio.
—¿De qué hablas, Tigresa? ¿Qué tiene que ver eso con…?
—Cuando estuve inconsciente mientras arreglaban mi pierna, entré a una parte de ti, muy profunda en tu alma, y descubrí… cosas. Cosas de tu pasado, cuando eras apenas un bebé.
Esta vez Po se incorporó, y apoyó su espalda contra el árbol de durazno, mirando a Tigresa, sorprendido. Los grillos y la incipiente brisa era lo único que predominaba en aquel lugar de paz.
—¿Qué? Tigresa… ¿Qué, qué viste?
Tigresa cerró los ojos, y recordó, como aquella película del pasado se revelaba ante ella, como si fuera parte de una escena. Le relató a detalle lo visto y vivido aquella mañana en que Shifu entregó a Po al ganso Ping. A Po le resbalaban las lágrimas a medida que Tigresa terminaba con los toques finales de su aventura en el alma del panda. Tigresa también lloraba con él. Lo que acababan de hacer los mantenía sensibles y unidos a sus sentimientos.
—Yo… no tenía idea… mi padre… ¡me recogió de manos de Shifu…! ¿pero cómo? ¿Qué es eso del símbolo imperial?
—Shifu hizo algo muy malo, algo que hizo condenarse voluntariamente al Gran Maestro Oogway. Iba a cumplir penitencia y morir en el Templo, pero algo pasó. Y tú permaneciste en el restaurante con Ping hasta que bueno… pasó lo de la elección del Guerrero Dragón…
Po miraba al cielo, pensando y tratando de concentrar aquellos hechos y buscándoles sentido. No le hallaba pies ni cabeza.
—Sé quién debe saber más al respecto. El Maestro Xian. El nos dijo que Shifu y Toffu eran unos malvados, unos bandidos… —Po se incorporó, y con él Maestra Tigresa. Se dieron cuenta con humor que ambos continuaban completamente desnudos, y buscaron sus ropas, entre risitas traviesas. Pero en el panda ese sentimiento de curiosidad crecía y comenzaba a formarse un objetivo en su cabeza: saber quién era realmente él, y cuál era su origen.

2

El Maestro Xian se encontraba meditando en su misma flor de loto, en la posición de meditación profunda que él mismo había inventado: con los ojos cerrados, el semblante impasible, suspendiendo su cuerpo invertido en el aire, apoyando la cabeza sobre su palo de pelea, perfectamente vertical, desafiando por completo las leyes de la Física con ese tremendo cuerpo de panda. Ying y Dai dormían a pierna suelta, acompañándose mutuamente, y sabía que Po y Tigresa subían por las escaleras del Templo de Bambú. Ya se imaginaba la razón por la que lo hacían a esas horas de la noche. Sonrió, pero la posición de meditar no cambió en lo más mínimo. Lo que no sabía era qué rayos iba a explicarles. Tantas dudas asaltaban sin duda a sus jóvenes mentes, y él con tan pocas respuestas… esperó a que el panda y la felina llegaran ante él.
—Díganme. Pueden preguntar, hijos, sé que no es fácil pedir, pero hagan la pregunta correcta.
—¿Quién, qué fue Shifu, Maestro Xian? —la voz, inflexible de Tigresa, llegó a sus oídos con total convicción de una alumna que no puede creer lo que le dicen. Aunque esta vez Xian respingó al escuchar que por fin ya lo llamaba «maestro» y no daba ese título a Shifu. Interesante cambio.
—La pregunta es correcta, mi niña. —Xian abrió los ojos, y sus pupilas verdes se encontraron con las de ellos dos, mirándolos de cabeza como se encontraba. Comprobó que sus mentes estaban listas para recibir tales respuestas, sobre todo Tigresa, que contenía mucha violencia en su corazón, pero ahora era diferente.
—Por favor, Maestro Xian. Quiero saber porque él… me entregó en Valle de la Paz a mi padre adoptivo. —Po lo miraba suplicante, y Xian no reprimió un gesto de sorpresa.
—¿Eso hizo? No, no tengo idea porqué, Po… —El Maestro tampoco entendía aquella escena que Tigresa había revelado. Un silencio incómodo se apoderó del kwoon de bambú.
—Queremos entender porqué Toffu, su hermano, quería matarnos. Casi lo logra, pero primero, antes de enfrentarlo, tenemos que saber a quién y porqué lo enfrentamos. —completó Maestra Tigresa.
Con una gran velocidad, Xian saltó y se posó suavemente sobre el piso de bambú, aplaudía, sonriente.
—¡Bravo! ¡Muy bien, Tigresa! Has dicho una gran verdad, aunque temo no poder tener las respuestas a todas sus preguntas. Es verdad, tienen que entender a lo que se enfrentarán, porque es un hecho que ustedes y Toffu tienen que encontrarse, no sé cómo y en qué condiciones, pero tienen que encararse para definir el futuro de esta nación. El Yin contra el Yan. El mal y el bien, revolviéndose una vez más… me preguntaron quién o qué era Shifu. Se los reitero: un malandrín. Él y su hermano lo eran.
Xian hizo un ademán para que Tigresa y Po se sentaran. Iba a comenzar una charla muy larga, y el Gran Maestro tomó la palabra, sentándose en la posición de loto tradicional. Su barba, plateada al igual que su cabello, destellaba a la luz de las velas y lámparas de papel que plagaban el Templo.

—Lo que les voy a contar, sucedió hace mucho tiempo en Ciudad Imperial, la capital de todo el imperio chino. En aquellas épocas, la paz se respiraba en China gracias al sabio y magnánimo emperador que dirigía el gobierno. Yo trabajaba en el palacio imperial como maestro de los ejércitos, enseñando a los jóvenes el arte de pelea que Oogway y yo habíamos creado. Por mutuo acuerdo, él decidió edificar el templo de Jade y ser Maestro de Maestros en un valle alejado de la capital, mientras yo ayudaba al emperador a dirigir con paz el gobierno. De esa forma el equilibrio era constante y la paz se aseguraba en todo el imperio Chino.
El emperador Chuan, el mejor que ha tenido en la historia este gran país, era un hombre justo, escuchaba a su pueblo, ayudaba a los más pobres. Yo simpaticé mucho con él, y llegué a formar parte de la familia Real como consejero de la familia y entrenador de los guerreros de la Guardia Imperial. Todo era armonía, belleza, hasta que aparecieron en las puertas de palacio Shifu y su hermano Toffu.
»Era lamentable. En ese entonces, eran apenas unos niños que buscaban la adolescencia, pero no la encontraban. Vestían harapos, iban descalzos y hambrientos, y suplicaban un poco de comida. Yo iba con el emperador en aquellos paseos matutinos en los carruajes, y nos detuvimos. Nos conmovieron el corazón, y la esposa del emperador, una gran señora, los subió al coche. Nos enteramos que venían de una aldea muy lejana, donde un huracán terminó con su pueblo y sus familias. Habían caminado mucho, y sólo pensaban en llegar al emperador a pedir clemencia por sus vidas y su hambre. La historia y la persistencia de aquel viaje, casi imposible para dos niños así, nos conmovió a todos, y Chuan dio órdenes inmediatas de proveer de alimento y vestido a aquellos desamparados, y vivirían en el Palacio el tiempo que quisieran. Fue obvio que los hermanos se instalaron ahí, pero los días pasaban y no hacían nada de provecho. Vagaban con la mirada perdida por los pasillos de las pagodas, con un aire de tristeza inmenso… hasta que finalmente, su atención se concentró en los entrenamientos de los guerreros imperiales. "Quiero eso" dijo Shifu, nunca lo olvidaré. Toffu, aunque no le atraía tanto la idea, se inclinó a los deseos de su hermano mayor, pues lo respetaba y quería mucho, ó eso daba a entender. Con gran placer, encontré que los dos tenían grandes aptitudes para el Kung Fu recién creado por Oogway y por mí. Mientras crecían, aprendían al dedillo los movimientos, las técnicas. Sin darme cuenta, me convertí en su primer Maestro. Pero, sin darme cuenta, utilizaban lo que aprendían para amedrentar, para maniatar el buen corazón del Imperio y sus subordinados. Antes de que yo me diera cuenta, traficaban la comida y bebida con maleantes de la ciudad, y las arcas del imperio fueron mermando por razones extrañas, y provocaban disputas entre los guerreros, sacerdotes y el mismo emperador y su familia. En un tiempo, el Imperio fue desmoronándose por completo, y desgraciadamente, fui ciego. Los quise mucho, me emocionaban en los entrenamientos al hacer todo perfectamente. Luchando, llegaban a ser muy parejos en los combates conmigo. Los hermanos se habían ganado el respeto, y dominaban las técnicas básicas del Kung Fu que yo les había enseñado.
»Los hermanos Rojo, como se hacían llamar por su pelo, asestaron su golpe maestro un día de otoño, cuando se celebraba una gran Fiesta en honor a los nuevos miembros del palacio: los hijos del emperador. Eran unos recién nacidos que algún día sucederían a Chuan, y se organizó un banquete en su honor. Pero los hermanos Rojo incendiaron el palacio, usaron toda la pólvora que había en las bodegas, derramaron el vino por todas las habitaciones, y redujeron a cenizas el imperio esa noche. Lo sé, porque me enfrenté a ellos, a mis propios discípulos…

Un eco de explosión llegó hasta el templo, y el techo del kwoon vibró. Ying y Dai gritaron desde su habitación, despertando con violencia. Tigresa, Xian y Po se vieron entre sí, tratando de reaccionar. En un instante, tuvieron que reconectarse al presente después de escuchar aquella historia del pasado.
—Tal parece que no tenemos mucho tiempo, hijos —las palabras de Xian dieron el tono más lúgubre que jamás habían escuchado.

3

Los aldeanos del pueblo de bambú despertaron al cimbrarse sus casitas con aquella explosión. Los niños gritaron, las señoras panda protegieron instintivamente a sus hijos con sus cuerpos, y los pandas varones, encargados de las faenas del campo y el sustento a sus familias, salieron temerosos del calor de sus respectivas camas. Una llamarada se elevó en el aire como una bola de fuego que se extinguió al instante.
—Hola, buenas noches —una voz lúgubre llegó a oídos de uno de los pandas más grandes, que volteaba a todos lados frenético, sin poder distinguir nada.
—¿Quién perturba nuestra paz? —gritó el panda.
—¿Eres el jefe de estos tarados? —Al momento de que la voz se alzó, esta vez como un trueno y burlona como la muerte misma, unos gañidos vinieron de la misma parte. —¡Será mejor que salga el responsable de este chiquero, o mataré a todos de una vez!
—¡S-Soy Yo! ¿Qué quieres? ¡Muéstrate! —gritó el panda, identificándose como patriarca de la aldea.
Otra bola de fuego salió disparada hacia uno de los bambúes más altos, y los encendió como farolas de calle, provocando también una lluvia de fuego y ceniza que podría alcanzar las demás casas. Gracias a eso, la aldea se iluminó como si amaneciera, y lo que vieron los pandas de la Aldea de Bambú fue una pesadilla que debía ser el infierno mismo.
Un tigre negro, de rayas blancas y cubierto de cicatrices de batalla por todo el cuerpo, amagaba con facilidad al Anciano de la Aldea, el panda más viejo y respetado. Detrás de él, dos animales de apariencia indescifrable, aparecieron con sus ojos amarillos refulgiendo entre las sombras, babeando y con la mirada perdida.
—Eso es todo, gordinflón. Tienes una sola oportunidad para que a este viejo no le ruede la cabeza por el suelo. Necesito que me digas donde está ese panda estúpido, que viaja con la Tigresa y el mocoso gazapo ese.
—No, no sé de que me ha…
«¡TRACKKK!»
Un alarido de terror hizo eco entre la aldea de bambú, y fue cuando efectivamente, la cabeza del viejo panda rodó con los ojos todavía húmedos, sobre los pies de Yalam, el discípulo de Toffu. El panda líder no pudo ni moverse, no…
Un osado aldeano tomó un tronco grueso de bambú, y lo estrelló en la cabeza de Yalam en un grito de guerra e instinto puro. Pero Yalam ni se movió, y se volvió al aldeano, con una sonrisa que parecía una mueca de las de su maestro Toffu.
—¿Lo ves? ¡Para mí, esto es como entrar a una pastelería, grasoso estúpido! —la risotada de Yalam se confundió con los gritos de las aldeanas, que corrían despavoridas a buscar una protección inexistente en sus casas, llevando consigo a sus hijos, que...
Un movimiento rapidísimo, y una aldeana ya estaba derribada, y esta vez Yalam tenía a un pequeño panda de ojos morados, con una mano sobre su hociquito y otra sobre sus ojos. El niño gritaba, tratando inútilmente de zafarse de aquellas tenazas que alguna vez había comprobado Dai. Yalam ya estaba fuera de sí, y se enfrentó al líder, que no podía moverse, temblaba de arriba a abajo. La maldad de la Cofradía era excesiva, no lo comprendía.
—¡Otro titubeo, jefecito de caricatura y este chiquillo sí sufrirá, a diferencia del viejo! ¡Le arrancaré la lengua lentamente, lo juro por el emperador! —Yalam lo miraba con los ojos dilatados, la sonrisa de locura y esas ganas asesinas de acabar con todo.
Pero el Maestro quería a aquellos torpes, y él quería más que nada hacer sufrir a aquella gatita, que le pateó su orgullo varonil, y el chiquillo conejo… y el panda… estaba furioso ¡furioso!. Empezó a oprimir sus manos sobre el cráneo del pandita, y éste comenzó a gritar, a patalear.
—¡No hay tiempo, maldita sea! ¿Quieres ver morir a todos estos imbéciles antes de responderme eso tan sencillo?
—¡NO! ¡No, por favor, al niño NO! —gritó la que debía ser su madre, suplicando a los pies de Yalam. Esto lo enardeció más. Pateó a la señora panda con tal fuerza en el estómago, que la mandó sobre una casita, estrellándola en sus paredes de bambú. La casa cayó con la fuerza y el volumen del proyectil en que se convirtió la mamá panda, y algunos aldeanos corrieron a auxiliarla, esperando que estuviera con vida.
—Tienes diez segundos para decirme donde demonios están, o le arrancaré la lengua a este osito de peluche. ¡10! ¡9! ¡8!
Todos en la aldea permanecían callados, inmóviles, como si todo aquello fuera parte de una cruel pesadilla de la que despertarían cuando Yalam finalizara el conteo. El jefe no atinaba a decir palabra, y tenía la certeza de que al hablar, de todas formas el pequeñito moriría. ¿Por qué esa crueldad? ¿Por qué?
—¡7! ¡6!... ¡5! ¿No dirás nada, aunque le queden segundos de vida? ¡4!
El fuego crepitaba como una lámpara sobre sus cabezas. Los mutantes que acompañaban a Yalam permanecían quietos, babeando y esperando órdenes. Lo único que resonaba eran los gemidos del pequeño, y el conteo de muerte de aquel tigre inmisericorde.
—¡3!... ¡2!... ¡1!
El «Uno» reverberó en los oídos de todos los aldeanos, y con la certeza de que estaban a punto de presenciar un asesinato de un inocente, con la impotencia de no poder hacer na…
—¡YYYYYYIIIIIIIIIIIIIIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHH!

Todo fue tan rápido como un parpadeo. Casi nadie pudo ver a un panda lanzándose sobre Yalam con los puños por delante, en una mueca de furia que nunca se le había visto, con las lágrimas quemándole las pupilas. El golpe, efectivo y con toda la presión acumulada, dio de lleno en el mentón de Yalam, soltando automáticamente al niño panda y el tigre enseguida voló, abriendo un surco sobre los bambúes que arrasaba a su paso con su cuerpo.

El niño salía de su aturdimiento, y desde el suelo podía ver a un panda enorme, diferente a todos ellos, con la mirada verde, de un verdadero guerrero posándose en sus enemigos. Vestía solamente unos calzoncillos remendados, pero no necesitaba nada más. Cuando se volvió a él, su semblante cambió, afable y con una sonrisa que de inmediato le cobijó.
—¿Estás bien, pequeñín? ¿Te lastimó?
El niño panda asintió, temblando.
—E… estoy bien… ¿Q-quién eres tú?
Po se volvió furibundo a Yalam, que ya se incorporaba con trabajo de aquel golpe sorpresivo. Se frotaba la cara en una mueca de dolor.
—Sólo soy un panda tonto, y gordo… ¡que le dará una paliza a esos tipos! —gritó, y el ambiente se electrizó de inmediato.
Los aldeanos se miraban entre sí, y no comprendían del todo… pero sabían en el fondo que aquel panda, de los suyos, era un ser diferente. Era como si aquel panda hubiese despertado de un largo sueño de miles de años, algo en su interior que ahora ardía como un sol, algo que calentaba.
Al fin habían despertado la verdadera furia del Guerrero Dragón.