Saludos, una vez más gracias por su paciencia chicos, estas últimas semanas no han sido nada fáciles para un servidor, y trataré de ir sacando el Final poco a poco, sin precipitarme. Quería hacer de éste el último cápítulo, pero iba a tardar mucho más. Espero que para Halloween pueda darles una bonita sorpresa, o como un autoregalo de cumpleaños este 28 de octubre ya poner punto final a esto que ha sido maravilloso, y que conste que empezó como un juego para mi novia Diana. Tengo que cerrar un ciclo, y este fic ha sido algo nuevo e increíble para un servidor. Gracias por sus reviews una vez más, disfruten el principio del fin.

Su amigo,

Feliks!

Capítulo Duodécimo
¡Adiós, Héroe Legendario!

1

El viaje terminaba, Po lo sabía, Maestra Tigresa también, y Xian les lanzaba miradas definitivas y de aprobación. Las montañas que cercaban al palacio imperial, donde habitaba Toffu y sus guerreros, con el usurpador Sun Yatsen, les cerraban el paso, invitándolos a entrar, si se atrevían.
Desde que dejaron la aldea de bambú, habían hablado poco. Cinco eran los guerreros del destino, y caminaban por su propio pie a un futuro incierto: Po, el Guerrero Dragón, el descendiente del poder del Maestro Xian, quien iba con Maestra Tigresa, la última Furiosa, y la otra heredera Real, Ying, hermana de Po. Dai tuvo que convencer a nuestros amigos de ir, y gracias a su demostración de valentía en la pelea con Yalam, logró acompañarlos hasta el mismo palacio. A Xian se le veía más viejo y cansado que nunca, pero les prometió ayudar en todo lo que pudiera.
—Lo sabía —interrumpió un sombrío Xian— Toffu no va a arriesgarse. Nos espera adentro, con sus guerreros imperiales. De lo contrario, ya hubiera mandado a alguien…
—Esperen… yo, quiero darles algo, a todos, antes de acercarnos más al palacio. —Ying rompió el silencio, y tímidamente, sacó de su bolsa de viaje varios ropajes.
—¡Entonces eso era lo que hacías, Ying! —exclamó Dai, sonriendo al ver la belleza de aquellas ropas.
—Esto, es para ti, Maestra Tigresa —la panda entregó a Tigresa un hermoso karateki nuevo, una mezcla del anterior que usaba en el Templo Jade, pero hecho al estilo de un qipao, con bordados en oro y blanco de flores extrañas.
—Se llaman alcatraces… —le dijo Ying, sonriendo nerviosa al ver la cara evaluadora de Tigresa con sus ropas.
—Son… hermosos, me encantan, ¡Muchas gracias, Ying! —Tigresa estaba emocionada de la belleza y poder que emanaba de aquellos ropajes.
Ying entregó a Po un nuevo traje de combate verde esmeralda, se lo puso sobre los calzoncillos remendados, y comprobó que era hermoso, la tela se expandía como si fuesen escamas de dragón, brillantes. A lo largo y ancho de la camisa y pantalón, un enorme dragón plateado, gracias a un bordado que parecía imposible, parecía proteger al Kung Fu Panda. En las rodilleras y hombreras había una especie de protección especial, pero en sí, el traje no constituía ningún peso y podía moverse libremente. Las botas eran duras al tacto y ligeras sobre sus patas.
—Te ves muy guapo —Tigresa se acercó, admirando el trabajo de la hermana de Po, y le dio un beso a su panda.
—Tu también, Tigresa, se te ve increíble… —Po sonreía, no había mejor forma para iniciar la batalla final que un ropaje tan especial como aquel. —Gracias, hermana. Estoy seguro que obtendremos la victoria.
—No… no fue nada, chicos. Es lo menos que podía hacer para ayudarles. El futuro depende de lo que vaya a ocurrir hoy, y es mi granito de arena. Por cierto, la tela es muy especial: puede resistir golpes sin romperse, intenta arañar un pedazo, Tigresa…
Maestra Tigresa usó su garra para hacer un corte fino en la tela, pero fue inútil. Ésta se expandía como una malla de acero, y todos se sorprendieron al comprobar que el vestido no tenía un solo rasguño.
—¡Te esmeraste, Ying, felicidades! —Aplaudió Xian, mientras la pandita se sonrojaba y sus ojos verdes brillaban—. Tú nos ayudarás con los hechizos de recuperación cuando sea necesario, hija.
Dai los miraba, emocionadísimo. Apenas repararon en él cuando de sus ojos brotaban lágrimas gruesas. Los guerreros se volvieron a él.
—No quiero que mueran, se los dije una vez cuando estábamos solos antes de llegar a la aldea de Bambú, ¡no quiero que mueran, por favor, prométanlo!
Po y Tigresa se acercaron a Dai, y lo abrazaron. Ese conejito, último sobreviviente de Valle de la Paz, constituía su amuleto de buena suerte, y él los consideraba unos padres después de haber perdido los suyos.
—Te prometo que por Valle de la Paz, por los Furiosos, por la Paz del imperio, no moriremos, Dai. Toffu tiene que pagar por todos sus pecados. ¡Vamos!

Habiendo dicho esto, una figura encapuchada, muy pequeña y encorvada, les salió al paso, al pie de las montañas. Maestra Tigresa, aunque ya no usaba poses defensivas gracias al nuevo entrenamiento, preparó su energía para cualquier ataque.
Pero el extraño personaje no desprendía energía violenta. De hecho, no podían sentir ningún tipo de Ki en esa persona. Po dejó que el encapuchado, ataviado como un monje, se acercara a ellos. Bajo la sombra de la capucha, no podía verse el rostro, pero su voz fue perfectamente audible.
—Guerreros, mi señor está esperándolos ansiosamente. Tengan la bondad de seguirme, los llevaré con él.
—¿Cómo sabemos que dices la verdad y no es una trampa? —preguntó Xian, desconfiado. El encapuchado, que ya les daba la espalda invitándolos a seguirle, se detuvo.
—Ustedes mejor que nadie saben que esto no se puede postergar. Mi señor quiere verles personalmente, y como deben saber, deberán rendirle lealtad a mi Emperador también.
—Eso lo veremos —dijo Po, adelantándose a Xian y a Tigresa —de acuerdo, llévanos con él.
El encapuchado asintió, y continuó su camino.

Los guerreros se internaron en las montañas, subiendo por pasos a desnivel, adentrándose en territorios que sólo Xian había pisado. De nuevo las montañas se apartaron y mostraron el inmenso palacio Imperial, rodeado de las murallas y la enorme puerta de dragones. A nuestros guerreros se les hizo muy extraño no encontrar guardias armados hasta los dientes, acechando, cerrándoles el paso. Antes de alcanzar la puerta principal, el encapuchado se dio la vuelta, y aún bajo las sombras, se distinguió una sonrisa.
—¿Quién es Maestra Tigresa? ¿Eres tú, jovencita? —el que parecía un monje señaló con un dedo vendado a la felina, que respingó.
—Sí. ¿Qué quieres?
—Ven aquí. Sin preguntas.
Tigresa asintió, con sus sentidos activados al cien por ciento, preparada con todo por si era una trampa…
Al instante, un rayo azul cubrió a Tigresa, y la elevó por los aires. La Maestra gritó, tratando de repeler aquella energía, pero no podía, se sentía transportada, manipulada por alguien superior. Se vio impulsada hacia dentro del enorme palacio imperial, alejándose de Po y los demás, cada vez los veía más lejos, mientras una risa tipluda y sin sentimientos la acompañaba en su vuelo. Ya conocía esa carcajada, por desgracia.
—¡Bienvenidos! ¡Y adiós, amigos! —el encapuchado se quitó el traje, revelando al autor de sus pesadillas. Su ojo tuerto, sus dientes de lagarto y su cabello blanco y anudado en una cola revelaban a un Toffu más joven de lo que habían visto en Valle de la Paz, rebosando energía oscura, y en el ojo sano, un odio intenso brillaba sobre Po Xian y los pequeños. Toffu saltó fácilmente la puerta de la entrada, y se quedó mirándolos, desafiante.
—De nuevo, Toffu… —susurró Xian.
—¡Vaya, maestro Xian, no creí que tuvieras las agallas… y el valor, para enfrentarme!
—¡Tigresa! ¿A dónde la llevas, maldito, qué le haces? —Po estaba encendiendo su energía, tratando de mantener tranquilidad. Tigresa se perdía de la vista, del otro lado de la enorme muralla del palacio, envuelta en aros de energía azul. Ya no forcejeaba.
Toffu rió, divertido.
—Ella es la consorte perfecta para mí. ¡Compartirá mi lecho, como lo dije esa vez en valle de la Paz, y sabes que lo que digo, se cumple, panda estúpido!
Po no lo soportó más. Rugió y se lanzó hacia panda rojo, que no se movía, al contrario, mantenía su postura tranquila y desafiante. Pero a unos metros de alcanzar a Toffu, un borrón negro se apareció ante él, bloqueándole el paso en el aire. Una garra estuvo a punto de cortarle la cara a Po, pero por muy poco la esquivó.
—¡Tú no tocarás al Maestro Toffu! —Yakon, el otro tigre discípulo de Toffu, aparecía, con su mismo traje negro de dragones imperiales, listo para atacar.
Acto después, cientos de guerreros aparecieron en lo alto de la muralla del palacio, vestidos con trajes de guerra, armaduras y todo tipo de armas y escudos. Saltaron, uniéndose a Yakon. El sonido al chocar las botas contra el suelo, fue ensordecedor. Po se atemorizó al ver al enorme batallón frente a ellos, pero Xian lo tranquilizó.
—Bah, habían más guerreros en la Montaña Demoníaca, hijo.
Otra vez aquella maldita risa, patética.
—Si quieres rescatar a tu princesa, pasarás sobre el cadáver de Yakon y de mis discípulos. Mientras, nos la pasaremos en grande, Ju jujuju…
Toffu desapareció, y Yakon se plantó frente a Po, impidiéndole el paso.
—Mi maestro se olvidó de decirte esto: las puertas de palacio están protegidas por su poder, así que, aún en el caso de que me vencieras, tendrías que usar un Ki impresionante para abrirlas, he he he. —Yakon se relamió el hocico, mostrando dientes afilados idénticos a los de su maestro.
—M… maldita sea…

2

—¡Yiaaaaaaaahh! —Yakon y los guerreros empezaban a arremeter contra Po y Xian, haciéndolos retroceder de las puertas imperiales.
—¡Dai, Ying, quédense atrás! —La orden de Po fue tajante, pero los soldados aparecían por todos lados, no eran cientos; eran miles, mirándolos con ojos de furia, listos para morir por su amo. Yakon también tenía los ojos inyectados en sangre, con una mirada asesina que disfrutaba el sufrimiento, y la comida fresca.
—¡El que se hace llamar Guerrero Dragón es mío! ¡Acaben con el viejo, cuidado que es muy peligroso, y a los niños los quiero lo más intactos que se pueda!
Al rugido de Yakon, los soldados se lanzaron contra Xian y los niños. Un golpe de vacío suficientemente potente lanzó a Dai y Ying lo más lejos posible, entre unos arbustos que circundaban la gran planicie que rodeaba al palacio.
—Vengan, esto no es nuevo para mí, imbéciles —Xian sonrió, y su mirada cambió por completo. Era una mirada de guerra, y estaba listo para todo.

—¡Déjame pasar! ¡Esto es sólo entre Toffu y yo! —Po trataba de abrirse paso, pero el tigre, de la misma complexión que Tai Lung, permanecía como estatua, con los ojos cerrados, despidiendo una energía extraña.
—¡No creas que me confiaré como el estúpido de Yalam! ¡Te acabaré de un solo golpe! ¡Huracán imperial!
Yakon golpeó al panda tan rápido que no tuvo tiempo de defenderse. Al instante un torbellino giraba alrededor de él, elevándolo por los aires, propinándole golpes por todas partes.
¡Ah! No puede ser, es muy fuerte… Po seguía subiendo mientras el tornado lo elevaba muchos metros sobre las cabezas de Xian y los guerreros que combatían abajo.
—¡Y el golpe Final!
Yakon rugió, y golpeó en la cabeza a Po, mientras caía como un cohete. El impacto fue terrible, el panda abrió un enorme cráter y la tierra estalló como si hubiesen tirado una bomba. Yalam aterrizó suavemente al borde del cráter.
—¡Y se dice Guerrero Dragón, bah! Es un bufón, no sé como acabaste al inútil de Yalam, pero aquí está la prueba de que eres un pobre diablo. —Yakon escupió al cráter que todavía despedía humo y tierra.

—Yo soy… el Guerrero Dragón… —una voz salió del hoyo, y cuando bajó el polvo y la tierra, Po estaba parado, mirando al tigre negro.
—No puede ser… ¡el Huracán debió acabarte! ¡Deberías estar hecho pedazos! —Yakon estaba perplejo; pretendía acabar de una vez con su mejor técnica, pero no podía ser que…
—No soy el mismo Po que venció a Yalam, tigre. —La garra de Po brillaba en un verde esmeralda, y sin dar tiempo a que Yakon reaccionara, impulsó el golpe de vacío con el Ki compreso, hacia el pecho de Yakon. El tigre salió despedido, y chocó contra la enorme puerta del palacio. El ruido fue tremendo.
Xian derribaba a dos, tres y hasta diez oponentes a la vez, pero la edad hacía mella en él. Lo habían cortado en ambos brazos y la velocidad y la potencia de sus golpes disminuían considerablemente. Aun quedaban bastantes soldados que no dejaban de atacarlo. Dai y Ying aguardaban el momento exacto para poder curar al anciano, pero eran muchos los soldados que lo rodeaban.
—¡YIIIIIIIIIIAAAAAAAAAAAAAAAA!
Una luz verde destelló, cegando a los muchachos… en un instante, una lluvia de cuerpos inertes caía sobre la planicie de entrada al palacio, no se oyeron gritos, ni gemidos. Cuando la luz dejó de brillar, los únicos que se mantenían en pie eran Po y Xian. Yakon seguía recargándose en la puerta, tratándose de recuperar del golpe de vacío del Guerrero Dragón. Un mar de cuerpos sin vida yacía alrededor de los dos pandas.
—¿Está usted bien, Maestro? —Po se acercó a auxiliar al anciano. Vio en su mirada una gran debilidad. Estaba muy mal.
—Eso fue muy impresionante, hijo. En verdad eres un gran Guerrero Dragón. Ha despertado en ti, eres más… ¡cof!, fuerte de lo que crees. Tendrás que seguir adelante sin mí, lo siento.
—¡Le aplicaremos un Behoma, maestro, espere! —gritó Ying, pero una seña de la mano de Xian la detuvo.
—No, hija. No gasten sus fuerzas en este anciano, que ya no les será útil en esta batalla. Yo, gracias a los dioses, he vivido plenamente mi vida. Luché, amé, y es hora de entregarles el mando de un nuevo futuro de luz. Cuando el sol se ponga hoy, ése futuro los cubrirá hijos míos… han sufrido tanto, que…
—Xi… Xian… —Po no lloró, a diferencia de Dai y Ying. En lo más profundo de su corazón de Guerrero Dragón, sabía que las lágrimas no lo honrarían en su camino al más allá. Sólo lo abrazó, y le susurró:
—Gracias por todo, maestro. Esta victoria también será suya. Algún día nos volveremos a ver.
Po y los muchachos cargaron a Xian, y lo dejaron al pie de un enorme árbol de cerezo. Cruzaron sus manos, y cada uno rezó por el descanso eterno del Maestro. Po elevó una plegaria, jurando que nadie más moriría en su presencia, tal vez a excepción de Toffu y toda la maldad que se hallaba tras esas puertas imperiales.

3

—Ma… maldito panda… ¡Maldito panda! —Yakon rugió con el coraje expulsándolo por todos sus poros. Se incorporó con dificultad, mirándose el ropaje negro rasgado por el impacto de la energía de Po, muy parecida a al que utilizaba su maestro Toffu en sus combates más serios. No era mentira que el tal Po fuera el descendiente del poder de Xian, el anterior guerrero Dragón… entonces debía utilizar sus máximos poderes para vencer, ó todo se vendría abajo, la Cofradía…
Po se volvió, condescendiente, al lugar donde Yakon intentaba pararse. Tenía que ir por Tigresa, o ese maldito podría hacerle lo que quisiera. Sintió su sangre hervir por dentro, y lanzó una última advertencia a Yakon. Dai y Ying estaban pasmados: Po había cambiado mucho desde el inicio de la batalla; ya no era el panda bonachón y risueño, era totalmente un guerrero dispuesto a… matar, si era necesario
—Si nos dejas pasar y nos llevas con Toffu y Tigresa, te dejaré vivir, Yakon. Es la última vez que te lo propongo.
—¡Sobre mi cadáver! ¡Prueba esto, panda inútil, AAAHHHHHH!
Yakon concentró su poder en sus puños, ardiendo como el ki de Po, pero éste era de un color azul. Sin más, corrió hacia Po, con los puños por delante.
El choque fue duro, y Po lo recibió con las palmas de sus manos. La energía estalló entre ellos, despidiendo a Ying y Dai hacia atrás. Yakon medía sus fuerzas con el Guerrero Dragón, en una lucha que parecía equilibrada.

4

—Hola, Tigresa preciosa —una voz que parecía un susurro, despertó a la felina de su letargo. No estaba rodeada de aquella energía aplastante que la llevó a la inconsciencia, pero se sentía un poco mareada y confundida. Se asustó al contemplar muy de cerca el rostro odioso del panda rojo, hermano de Shifu, y se apartó con brusquedad.
—Parece que has visto un monstruo, lindura. —Toffu sonrió y sus colmillos brillaron en la semioscuridad. Estaban en una sala de meditación, la que seguro Toffu usaba para maquinar sus planes.
—Eso es lo que eres, maldito, ¡un monstruo! —Tigresa se apartó de Toffu, y se puso en guardia. El panda rojo rió a carcajadas, con esa risa detestable.
—Oh, no creo que sea para tanto, nena… el panda Po es un pobre diablo, creo que es el momento en que pienses inteligentemente, y te unas a nuestra Cofradía. Es la última vez que te lo propongo por las buenas, preciosa.
—Ja, ja. ¡Eres un estúpido si crees que formaré parte de tu odiosa Cofradía, que mata niños y viola mujeres! ¡Primero lucharé contigo!
Toffu se volvió, mirando hacia la entrada de la enorme sala. Cerró su ojo bueno, pensativo.
—No tengo intención de luchar contra ti, Tigresa, mucho menos lastimarte. Desde que te vi aquella vez en la fiesta del dragón, me gustaste mucho. ¡Quiero que unamos fuerzas, quiero que seamos los próximos emperadores! Y sí, quiero que me des un hijo, un heredero que posea tu fuerza, y mi inteligencia y poder. ¡Será una nueva raza, que yo mismo perfeccionaré y de la cual seré padre y gobernante absoluto!
Tigresa escuchaba todo, pasmada. Era increíble la maldad de ese sujeto. Para él todo era un medio para llegar a un fin. No existían las personas para él, sólo instrumentos, instrumentos reemplazables.
—Me das pena, Toffu. Yo creí que eras un malvado abominable, pero todo se reduce a un panda estúpido que nunca maduró, y que sigue llorando como un niño a los pies de un cadáver, Yaaki.
Toffu abrió mucho los ojos, y su pelo se erizó al máximo. Los pocos muebles que había en la estancia se elevaron por los aires, y se estrellaron en el techo y las paredes, haciéndose mil pedazos.
—No… menciones… ese nombre… ¡EN MI PRESENCIA! —Toffu rugió, y la energía salió disparada a su alrededor. Tigresa se cubrió a tiempo el rostro, pero de cualquier forma salió despedida hacia atrás por el impacto de la energía.
—Tenía razón. Eres un malo de juguete, Toffu. Me das lástima, porque ni Shifu tuvo la culpa, ni Po, ni los emperadores anteriores. Tú eres el principal culpable de la muerte de Yaaki, y de que seas como eres actualmente…
—¡BASTAAAAAAAAAAA! —Otro rugido, y parte de las paredes estalló en mil pedazos, un viento huracanado elevó a Maestra Tigresa y la estrelló contra el techo cuan larga era, y apenas pudo caer en pie. El ojo bueno del panda rojo chispeaba como brasas al fuego, y un aura roja y brillante lo envolvía. Tigresa sentía el odio, y ese Ki maldito y extraño que se extendía. No había conocido a nadie con tal poder escondido, y sintió miedo. No de Toffu realmente; hacia esa energía superior a todo lo conocido… ¿Cómo podía Toffu tener tal Ki?
—¡Serás mía, aunque no quieras! —Toffu levantó un dedo, y al instante, Tigresa quedó inmovilizada por completo. No podía mover ni un pelo de su cola, ni parpadear. Esa energía actuaba sobre ella… Toffu se acercó, relamiéndose el hocico, y tronándose las garras. —Me darás un heredero… un nuevo Toffu perfeccionado, invencible, y que yo pueda controlar a mi antojo, je je je….
La Furiosa no podía ni hablar. El poder de Toffu era algo inimaginable… abrazó a Tigresa, y pasó sus manos por sus senos, su entrepierna, sonriendo con malignidad. «Po» pensó Tigresa… ¡era asqueroso!
Toffu detuvo su recorrido por el cuerpo de Tigresa, y de golpe su energía disminuyó. Tigresa se pudo mover, y saltó, fuera del alcance del panda. Cuando vio a Toffu, éste temblaba, y en su rostro una sombra no dejaba ver su ojo bueno. Tigresa se preguntaba qué pasaba…
—Maldita… ¡Maldita golfaaaaaaaaa! —esta vez un aullido ridículo salió del pecho del Gran Maestro de la Cofradía. —¡Ya esperas un hijo!