Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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Aclaración: Por cuestiones argumentativas del libro, en esta adaptación Ino es hermana de Hidan, quién era el conde de Yugakure.
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CAPÍTULO 01
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Londres, 1851
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El diablo estaba en su casa. Ino de Yugakure, duquesa de Hoshigaki, estaba sentada junto a él en su biblioteca y se debatía entre el horror y la fascinación. Aquel hombre era una criatura muy interesante y, aunque había escuchado muchos de los sórdidos rumores que circulaban sobre él, jamás lo había visto personalmente hasta aquella noche.
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Su rebelde cabello blanco-plata se crispaba provocativamente a la altura de sus anchos hombros, manifestando la opinión que tenía aquel hombre de las convenciones sociales. Resultaba evidente que las duras facciones de su rostro habían sido esculpidas por una vida de pecado, desobediencia y excesos. Sin embargo, era muy apuesto; su áspera belleza podía atrapar a una mujer de la misma forma que la magnificencia de las costas escarpadas pueden dejar sin aliento a cualquiera.
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Apartó la mirada del perfil que la tenía embelesada desde que había entrado en su biblioteca y se había encontrado cara a cara con el delicioso granuja Suigetsu Hozuki.
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Su antro de juego proporcionaba entretenimiento a muchos hombres de la aristocracia. Muchas hermanas, esposas y madres habían escuchado balbucir cientos de referencias a los libertinajes que tenían lugar en los dominios de Suigetsu Hozuki cuando sus hermanos, maridos e hijos volvían a casa a altas horas de la madrugada, completamente borrachos. En consecuencia, las damas aprovechaban el té de la tarde para intercambiar anécdotas con la máxima discreción, y hablaban de la reputación de Suigetsu Hozuki y de la de su establecimiento, por lo que incluso las más refinadas, a las que se suponía ignorantes de tales cosas, estaban muy bien informadas sobre aquel sinvergüenza. Las mujeres lo detestaban, tanto a él como la oportunidad que brindaba a los hombres de sus vidas, que en su club se alejaban del bien y de la respetabilidad; sin embargo, ninguna de ellas podía negar la fascinación que sentían por alguien tan unido al pecado.
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Sentada junto a él, Ino no podía evitar percibir la cruda sexualidad que emanaba de él. Estaba segura de que las mujeres lo seguirían hasta su habitación sin que tuviera que decirles ni una sola palabra. Distinguía con claridad el olor a tabaco y whisky que lo envolvía y, para su eterna vergüenza, se dio cuenta de que estaba disfrutando de esa oscura y masculina fragancia. Todo en él hablaba de prohibidas indulgencias.
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Realmente, era la obra del diablo.
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Incluso lucía la marca de éste perfectamente visible en la parte interior del pulgar derecho.
Como tenía a bien no hacer gala de unos modales precisamente refinados, no llevaba guantes, y en aquel momento tenía las manos bien abiertas sobre los reposabrazos del sillón. Aunque se había suprimido ya la práctica de marcar a los delincuentes, Ino sabía que la «L» que Hozuki llevaba grabada a fuego sobre la piel significaba que lo habían sentenciado a pasar algún tiempo en la cárcel por ladrón. Ella no tenía especial simpatía por quienes se apropiaban de lo que no les pertenecía legítimamente.
A pesar de su cuestionable pasado y de la presente ocupación del hombre, Ino no podía negar la buena calidad de su traje. Era evidente que era obra del mejor sastre de Konoha. Sin embargo, el chaleco bordado en rojo que llevaba bajo la chaqueta negra era completamente inapropiado para aquella sombría ocasión, que no era otra que la lectura del testamento del difunto esposo de Ino.
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Ésta era incapaz de imaginar el motivo por el que Hoshigaki había dispuesto que Suigetsu Hozuki debía estar presente durante su lectura. ¿Cómo conocía siquiera a ese sinvergüenza? No tenía noticia de que su marido hubiese acudido nunca al club Hozuki. En cambio, su hermano, el fallecido duque de Yugakure, lo había frecuentado a menudo, proporcionándole a ella la envidiable oportunidad de poder contribuir de forma activa al gran repertorio de escandalosos rumores que circulaban entre las damas.
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Pero Hoshigaki siempre había sido un auténtico santo. Ni siquiera tenía alcohol en la casa y, según ella tenía entendido, no había bebido vino ni una sola vez en su vida. Ino sabía que no se podía decir lo mismo de Suigetsu Hozuki. Éste poseía los labios más carnosos que jamás había visto en un hombre; eran de un tono rojizo, parecía que los hubiese bañado en buen vino, y no le cabía ninguna duda de que estaban acostumbrados a deleitarse con todo tipo de placeres. Era una boca hecha para engatusar a la más virtuosa de las mujeres y hacerla presa de todo tipo de pasiones prohibidas. ¿Por qué otro motivo iba a estar preguntándose ella, de la forma más inapropiada, qué sentiría si la besara?
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Hacía mucho tiempo que Ino ya no pensaba en los besos; tal vez porque Hoshigaki parecía estar completamente en contra de ellos. Y, sin embargo, allí estaba, imaginándose aquellos labios jugueteando con los suyos y tentándola de formas que Hoshigaki jamás hubiera ni imaginado.
Se volvió a preguntar por qué su marido habría querido que Suigetsu Hozuki estuviese presente durante la lectura de su testamento.
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Pero el señor Yahiko, el abogado del duque, que ahora estaba ordenando todos los papeles frente a él, no sólo insistió en ello, sino que además añadió que Ino también debía estar presente. Y allí estaba. Como siempre. Haciendo frente a sus responsabilidades por muy desagradables que le pareciesen. La devoción por el deber había gobernado su vida desde el día en que nació. Por ese motivo, cuando tenía diecinueve años, se casó con un hombre que era veinticinco años mayor que ella. Su padre concertó el matrimonio y una hija respetuosa no actuaba en contra de los deseos de su padre, a pesar de sus propios apasionados deseos.
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Hoshigaki había sido sincero desde el primer día: se estaba haciendo mayor y necesitaba un heredero. Y, a pesar de que a ella no la complacía la idea de casarse con él, no fue tan malo como esperaba. Ino se ganó su respeto y tomaba todas las decisiones que concernían a la residencia. El duque le dio un precioso hijo, pero fue incapaz de darle su corazón.
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Ella estaba bastante confiada en que Inojin, como legítimo heredero, se quedaría con lo principal de los bienes. Esperaba que el testamento estipulara que la mansión de Konoha debía convertirse en su residencia de duquesa viuda, porque a Ino le encantaba aquella casa. Sin embargo, era bastante grande y, normalmente, la residencia de una viuda solía ser un poco más pequeña. Aunque Hoshigaki jamás compró ninguna otra vivienda en Konoha.
Si su marido no le había legado la mansión, entonces sería su hijo quien debería decidir el lugar donde ella residiría; aunque eso sería cuando Inojin fuese lo suficientemente mayor como para poder decidir esas cosas, porque de momento tenía sólo cinco años y lo único que le importaba era que su madre le leyera un cuento antes de irse a dormir.
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Por fin, el abogado entrelazó los dedos y apoyó las manos sobre los papeles, al tiempo que
posaba la mirada sobre su escaso público. Su pelo naranja estaba salpicado de hebras plateadas y sus ojos del mismo color de su cabello parecían mucho más grandes debido a los anteojos, lo que daba la sensación de que podría ver más de lo que veían los demás.
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—Señor Dodger, quiero agradecerle que haya encontrado tiempo en su apretada agenda para estar aquí con nosotros esta noche —comenzó con la solemnidad que requería la ocasión.
—Vayamos al grano, ¿de acuerdo? Tengo un negocio que atender.
La voz de Suigetsu Hozuki era muy áspera, daba la sensación de que pasara gran parte del día gritando hasta que la garganta se le quedaba en carne viva. Sin embargo, en ella se adivinaba también un agradable tono que Ino era incapaz de explicar. Se lo imaginaba susurrando palabras al oído de una mujer y tentándola para que se dejara llevar por vergonzosos comportamientos.
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—Claro, por supuesto —dijo el señor Yahiko. Cogió un gran fajo de pergamino—. El testamento contiene mucha terminología legal que, con el permiso de los presentes, no voy a leer.
—Usted limítese a decirme por qué diablos estoy aquí, para que pueda irme.
Ino carraspeó y Hozuki la miró con desdén; era la primera vez que se dignaba prestarle atención desde que se la habían presentado y tomaron asiento.
—No ponga esa cara, mujer.
La observó detenidamente, con una intensidad tal, que ella sintió la necesidad de comprobar sus botones para asegurarse de que estuvieran todos bien abrochados...
—Debo insistir en que no se utilice lenguaje vulgar en mi casa. Si va usted a hablar así, no me podré quedar.
—Me importa un cuerno si se queda o no.
—Señor Hozuki —lo interrumpió el señor Yahiko con energía y un tono de voz que dejaba entrever que tal vez también él tuviera sus reservas sobre su presencia allí—, el duque insistió mucho en que los dos debían estar presentes. Voy a centrarme en seguida en el asunto que nos concierne, antes de que se le acabe la paciencia. —Se aclaró la garganta y empezó a leer: —Yo, Mangetsu no Sarai, duque de Hoshigaki, marqués de Kirigakure y conde de Samehada, hallándome en pleno uso de mis facultades físicas y mentales, lego mis títulos a mi legítimo hijo y heredero, Inojin Mangetsu no Sarai, así como las propiedades, los activos y los beneficios que de ellos se derivan.
Ino asintió con satisfacción. Justo lo que ella esperaba. El testamento era una mera formalidad.
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—A mi leal esposa, Ino Yugakure, duquesa de Hoshigaki, madre de mi heredero...
Ella parpadeó intentando contener las lágrimas que empezaron a asomar a sus ojos y deseó que Suigetsu Hozuki no estuviera allí escuchando aquella parte del testamento. Las últimas palabras que le dedicaba su esposo eran íntimas y personales.
—Le lego un fondo de fideicomiso que, bien administrado, debería rentarle dos mil libras al año durante el resto de su vida. Al señor Suigetsu Hozuki...
Ino apenas tuvo tiempo de asimilar la decepción que sintió al descubrir que su marido no le había dejado la casa, porque centró toda su atención en descubrir, por fin, el motivo de que Suigetsu Hozuki hubiese sido citado aquella tarde.
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—... le lego el resto de mis propiedades materiales, a excepción de un objeto, con la condición de que sea el tutor y protector de mi heredero hasta que mi hijo alcance la mayoría de edad, o hasta que mi viuda se case y su marido asuma ese papel. Cuando se produzca alguna de las dos circunstancias anteriormente citadas, el señor Hozuki recibirá ese último objeto, cuyo valor es incalculable.
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Ino creyó percibir un sonido que parecía proceder de una gran distancia: tuvo la sensación de oír el batir de las alas de mil cuervos abandonando la Torre del Hokage como profecía de la destrucción de la Aldea. Apenas fue consciente del crujiente sonido del papel cuando el señor Yahiko dejó el testamento sobre la mesa. Era imposible que lo hubiera oído bien.
Cuando su marido se cayó por la escalera y se dio un golpe mortal en la cabeza, ella sintió cómo las sienes le latían con fuerza. Ahora estaba convencida de que el profundo dolor de aquella inesperada pérdida estaba causando estragos en su mente, y que ése era el motivo de que las palabras se entremezclaran en su cabeza y perdieran su verdadero sentido. Mientras aún estaba intentando comprender cómo podía haber ocurrido todo aquello y cómo podía reconstruir lo que había escuchado para que significase lo que debía significar, el señor Yahiko cogió un libro forrado en piel negra y se lo acercó a Suigetsu Hozuki.
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—Este informe contiene una lista de todos los activos no asociados a los títulos que...
Ino observaba la escena con asombrado horror, y vio a Hozuki coger rápidamente el libro de manos del señor Yahiko sin dejar que el hombre pudiera acabar de hablar siquiera, abrirlo y empezar a repasar las páginas a toda prisa; Ino iba poniéndose más y más nerviosa cada vez que pasaba una página. El señor Yahiko cogió otro libro y se lo acercó a ella.
—Para su revisión; es una lista de todos los activos asociados a los títulos que corresponden a su hijo.
Ino negó con la cabeza.
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—Le ruego que me disculpe, pero no acabo de entender lo que significa todo esto.
—Desde que tomó posesión de los títulos, su marido ha llevado un preciso archivo en el que ha ido indicando qué propiedades y activos están asociados a los títulos y...
—No, no. Me refiero al testamento; debe de haberlo leído mal. Ha dicho que el señor Hozuki ha sido nombrado tutor.
—Sí, así lo deseaba el duque.
—No, Inojin es mi hijo. Yo soy su tutora.
—La ley sólo reconoce al padre como tutor. A la muerte del mismo, si el hijo no ha cumplido los veintiún años, el padre debe indicar otro tutor en su testamento. —El señor Yahiko hablaba sin emoción, parecía como si estuviese leyendo un documento de la Asamblea—. Lo lamento, su excelencia, pero la decisión de su marido es irrevocable.
—¿Irrevocable? —Ino se puso de pie tan de prisa que casi perdió el equilibrio.
El señor Yahiko también se levantó, pero Suigetsu Hozuki se quedó sentado, devorando con ansiedad el contenido del registro que tenía entre las manos. Era evidente que aquel hombre no tenía ni idea de cuál era el comportamiento adecuado en presencia de una dama, pero Ino sospechaba que a las mujeres con las que acostumbraba a relacionarse difícilmente se las podría considerar damas.
—¿Ha perdido la cabeza? —continuó ella—. Tiene que haber malinterpretado las indicaciones de mi marido. Es imposible que su intención fuese dejar que este sinvergüenza...
—Aquí pone que la residencia y todo lo que hay en ella me pertenece —anunció Suigetsu Hozuki de repente.
Ino casi perdió la compostura por completo. No podía ser, su casa no, ella había trabajado muy duro para crear allí un hogar.
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Suigetsu Hozuki se inclinó hacia adelante, dejó caer el libro sobre el escritorio con un sonoro golpe sobre la madera y se acercó al señor Yahiko de un modo inquietante.
—¿Esto es alguna clase de broma?
Para sorpresa de Ino el abogado se mantuvo firme ante el envite del diablo.
—Le puedo asegurar, señor Hozuki, que esto no es ninguna broma.
—¿Me está diciendo que un hombre al que apenas conocí me ha legado... —cogió el libro con la punta de los dedos— todo esto?
—¿Conocía usted a mi marido? —preguntó Ino, asombrada ante aquella revelación.
Él tuvo el descaro de hacerle un gesto despectivo con la mano, como si ella le pareciese insignificante, como si pudiese ignorarla sin darle más importancia de la que se le da a un mendigo que pide una moneda.
—Sí, señor Hozuki, por lo que parece, se trata exactamente de eso —contestó el señor Yahiko.
—¿Y qué hay de sus deudas? —quiso saber, adoptando un tono agresivo—. Supongo que también heredaré las deudas.
—No hay ninguna deuda. Al duque no le gustaban los créditos. Lo pagaba todo al contado.
Esa afirmación pareció sorprender al señor Hozuki. Entonces, extendió sus largos y delgados dedos sobre el informe.
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—¿Y ese último objeto tiene más valor que todo lo que hay listado aquí?
—Tal como se indica en el testamento, su valor es incalculable.
—¿Usted sabe lo que es?
—Así es. Y permanecerá en mi poder hasta que llegue el momento de dárselo.
—¿Él le confió algo de valor incalculable?
—El duque me lo confiaba todo, señor Hozuki.
Suigetsu pareció reflexionar sobre eso.
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—Un objeto de valor incalculable podría no valer nada.
—Si yo tuviese que decidir su valor, diría que es lo más valioso que el duque poseyó nunca.
—Maldita sea —masculló Hozuki en voz baja con su áspero tono de voz—. Necesito un trago.
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A pesar de lo absurdo de la situación, Ino sintió el peso de su rígida educación y se vio obligada a actuar como la perfecta anfitriona:
—¿Quiere que le pida a algún sirviente que le traiga una taza de té? ¿O tal vez un poco de limonada?
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El señor Hozuki la miró con unos ojos violeta tan oscuros como su alma.
—Yo estaba pensando en algo de whisky, ginebra, ron. Un poco de cada si tiene.
—En esta casa no hay alcohol —contestó ella con brusquedad. Su indignación iba en aumento.
—Claro que no.
—No me gusta el tono con que se dirige a mí, señor.
—Como si eso me importase.
Oh, aquel hombre era irritante. Entonces, él hizo algo de lo más extraño. Empezó a caminar por la habitación observando con avidez lo que había a su alrededor; parecía como si fuese a metérselo todo en los bolsillos. Aunque era evidente que no tenía ninguna necesidad de robarlo.
Se lo habían ofrecido en bandeja.
Después de un rato, volvió a acercarse al escritorio y observó atentamente al señor Yahiko.
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—¿Todo lo que hay en esta residencia es mío?
—Todo —contestó el abogado con aire sombrío; parecía sentir el peso de esa palabra en el corazón de Ino—. Con la condición de que usted...
—Sí, sí, que sea el tutor de su heredero. Al contrario de la duquesa, no tengo ninguna dificultad para entender los simples términos del testamento.
Ino no podía dejar pasar esa afrenta, pero en aquel momento no se le ocurrió una respuesta lo bastante contundente como para ponerlo en su sitio. Se sentía como una tonta. ¿Cómo podía haberle hecho eso Hoshigaki? Y, más importante todavía, ¿cómo podía haberle hecho eso a su hijo? ¿Acaso no le importaba en qué clase de hombre podría llegar a convertirse?
Suigetsu Hozuki se volvió muy despacio y lo miró todo de nuevo detenidamente; parecía estar recreándose la vista en algo magnífico.
—¿Acaso el duque estaba completamente loco?
El ruido de la bofetada de Ino en la mejilla del señor Hozuki resonó por toda la estancia.
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Nunca antes le había pegado a nadie y no sabía por tanto lo mucho que le dolería luego la mano.
Tuvo que esforzarse para no gritar o demostrar que era muy probable que se hubiese hecho mucho más daño del que le había hecho a él.
—¡Mi marido acaba de fallecer! ¡Muestre un poco de respeto! ¿¡Cómo se atreve a hablar así de él!?
Suigetsu Hoziku le dedicó una lenta y calculada sonrisa y a ella se le hizo un nudo en la garganta.
—La duquesa tiene agallas. ¿Quién iba a decirlo?
Ino quería echarlo de su casa, mandarlo a las calles a las que pertenecía. Se dirigió al señor Yahiko:
—Su lenguaje es vulgar y sus modales son atroces. No pienso permitir que este hombre sea el responsable de la educación de mi hijo.
—Eso es muy fácil de remediar, duquesa —contestó Hozuki arrastrando las palabras—. Sólo tiene que encontrar otro marido.
—Por lo visto, no se ha dado usted cuenta de que estoy de luto. No puedo aceptar a ningún pretendiente.
—Entonces, no tendrá tantas ganas de que desaparezca de su vida, duquesa. Créame, no hay nada que una persona no esté dispuesta a hacer cuando desea algo con todas sus fuerzas.
Cada vez que la palabra «duquesa» se deslizaba burlonamente de sus labios, a ella se le erizaba el vello y le daban ganas de darle otra bofetada. Pero para no dejarse llevar por esa salvaje necesidad, se obligó a dirigirse al abogado:
—Señor Yahiko.
—Lo lamento mucho, su excelencia, pero si el señor Hozuki acepta convertirse en el tutor de su hijo, no hay ninguna posibilidad de negociar este asunto.
—¿Puede usted explicarme los motivos que empujaron a mi esposo a hacer esto?
—Hace muchos años que trabajo para el duque, su excelencia, y jamás me he permitido cuestionar sus decisiones. Rara vez comentaba conmigo sus pensamientos y no puedo saber los motivos que lo llevaron a esta decisión, pero estoy seguro de que, por lo que a este asunto se refiere, hizo lo que le pareció más conveniente.
Si no la hubiesen educado para comportarse como una dama en cualquier situación, se habría puesto a gritar ante aquella injusticia.
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—¿Y qué pasa si no accedo a ser tutor? —preguntó el señor Hozuki.
Un momentáneo alivio renovó las esperanzas que tenía Ino de que toda aquella pesadilla infernal desembocara en una solución satisfactoria. Al parecer, el hombre tenía la sensatez de tener dudas y no estaba tan claro que quisiera aceptar las responsabilidades que se le habían encomendado.
—En ese caso, el primer testamento quedaría anulado y entraría en vigor un segundo
testamento —respondió el señor Yahiko.
Ino no se atrevía a preguntar, pero tenía que saberlo. Le parecía muy poco probable que su marido hubiese elegido a alguien peor que Suigetsu Hozuki, pero si éste era la primera opción del duque, ¿cuál sería la segunda? ¿El diablo en persona?
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—¿A quién ha señalado como tutor de mi hijo en ese segundo testamento?
—No estoy autorizado a decírselo —contestó el abogado con tranquilidad—. Nada debe influir en la decisión del señor Hozuki.
—¿Nada debe influir? ¿Y cómo llama usted a dárselo todo? Si eso no es una influencia, entonces no sé qué puede serlo.
—Lo que quería decir es que su marido no deseaba que la persona que se puede convertir en el tutor de su hijo pueda influir en el señor Hozuki.
—Pero seguro que es alguien más apropiado, alguien familiarizado con las estrictas normas sociales de la aristocracia. ¿Qué sabe el señor Hozuki de la nobleza? ¿Qué sabe él de nuestros deberes y nuestras responsabilidades?
—Sé muchas cosas, duquesa —intervino Suigetsu—. A fin de cuentas, hace mucho que soy muy buen amigo del conde de Konohagure.
Ella se dio media vuelta al oírle nombrar a Sasuke Uchiha.
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—¿Otro delincuente? ¿Un hombre que ha cometido un asesinato? ¿Se puede saber cómo va a tranquilizarme eso? Es imposible que crea usted que está cualificado para guiar a mi hijo por el camino correcto hacia la madurez.
—El camino correcto suele estar determinado por el lugar donde uno se encuentra.
—¿Y qué significa eso? Usted sólo sabe hablar del pecado, señor Hozuki. Usted...
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Las palabras se agolparon abruptamente en su garganta. De repente, él estaba cerca, muy cerca de ella, y la miraba con un ardor en los ojos que sólo podía haber surgido de las profundidades del infierno, un ardor que le provocaba una involuntaria calidez en el centro de su ser, que hacía que le temblaran las rodillas, que le humedecía las palmas de las manos y le secaba la boca.
—Debería venir de visita algún día —dijo él, adoptando un tono bajo y dejando que su cálido aliento con olor a whisky le acariciase la mejilla.
—¿Disculpe?
—Debería venir a visitar mi mundo de depravación. Haría cuanto estuviese en mi mano por recibirla como es debido. Tal vez incluso le guste.
Su voz era tan poderosa como una caricia y consiguió que Ino imaginara que en esa «adecuada» recepción estarían implicadas su boca, sus manos...
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Los ojos de aquel hombre dejaban muy claro las perversas cosas que le haría, cosas que jamás imaginó hacer con Hoshigaki. Debería darle otra bofetada, sabía que debería hacerlo, pero parecía que de lo único que era capaz era de temblar y de sentir algo parecido a... Aquello era increíble, ¿estaba sintiendo deseo? No podía ser. Lo que ocurría era que hacía mucho tiempo que no sentía la caricia de un hombre. Cuando tuvo a su heredero, Hoshikagi le dejó muy claro que no quería ningún hijo más. Lo único que necesitaba era un varón. En ese aspecto, el duque y ella se habían entendido a la perfección. Los dos anteponían el deber a cualquier otra cosa.
Lamentablemente, Ino había descubierto que el deber era una tarea muy exigente.
—¿Ha pecado alguna vez, duquesa? —preguntó Suigetsu Hozuki, con aquella voz extrañamente áspera que insinuaba todo tipo de pasiones ocultas.
La frase «sólo en sueños» apareció en la punta de la lengua de Ino. Se preguntó si Suigetsu Hozuki habría hecho realidad las fantasías de otras mujeres. No tenía ninguna duda de que era perfectamente capaz...
El sonido de alguien aclarándose la garganta con aspereza los sobresaltó a los dos. Ino vio cómo una ráfaga de irritación recorría el rostro de Suigetsu Hozuki mientras daba un paso atrás y deslizaba su inflexible mirada en dirección al señor Yahiko. Durante un segundo, pareció que el abogado se esforzara por no retroceder. Volvió a carraspear, como si su valentía residiese en ese sonido.
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—Me parece, señor Hozuki, que su actitud hacia la duquesa no tiene justificación, y estoy seguro de que no era lo que el duque tenía en mente cuando lo incluyó en su testamento.
—Pensaba que usted no sabía lo que el duque de Hoshikagi tenía en mente.
—Sé que respetaba a su mujer, señor, y que se sentiría muy decepcionado si usted no hiciese exactamente lo mismo.
—Está muerto. Me parece que ya no hay nada que pueda decepcionarlo.
—Es usted despreciable —le espetó Ino antes de que el señor Yahiko pudiese responder—.
¿Es que no siente ningún respeto por mi difunto esposo?
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Él se volvió en su dirección y, de repente, ella deseó no haber abierto la boca. Lo cierto era que no quería enfrentarse a aquel hombre. No encontraba la manera de sacarle ventaja. Tenía la sensación de que ganarlo era algo completamente imposible. Seguro que siempre conseguía arrastrar a todos los que lo rodeaban hasta el agujero donde él vivía.
—Yo sólo respeto a las personas que se lo han ganado. Y son muy pocas.
—Ya me imagino lo que habrá que hacer para ganarse su respeto.
En sus ojos vio una emoción que no pudo identificar. ¿Sería remordimiento?
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—En realidad, duquesa, dudo mucho que pueda imaginárselo. —Giró sobre sus talones y echó a andar en dirección a la puerta.
¿Podía Ino albergar la esperanza de que se marchara y que, al hacerlo, rechazara aquel ridículo testamento?
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—¿Adónde va? —preguntó.
—Quiero echar un vistazo a la casa para determinar lo que ganaré si decido sufrir su presencia.
—Luego, salió de la biblioteca sin molestarse en mirar atrás.
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Indignada, Ino se apresuró a seguirlo. Aquella casa era suya, por lo menos hasta que él aceptase los términos del testamento. Haría lo que fuera para disuadirlo y conseguir que los rechazara. Ella le enseñaría lo que era una persona dispuesta a todo.
Sin embargo, debía admitir que Hozuki había dado en el clavo en una cosa: de alguna forma, y sin que ella se hubiese dado cuenta, su marido se había vuelto completamente loco.
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Teniendo en cuenta la reputación del señor Hozuki, el abogado Yahiko pensó que debía seguir a la pareja; sin embargo, el duque le había dejado muy claro que no podía interferir mientras ellos solucionaban sus diferencias. Sólo un tonto hubiese esperado que la duquesa aceptase con serenidad aquella ridícula elección de tutor, y el duque no era ningún tonto.
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Yahiko suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla mientras esperaba que volviesen y se preparaba mentalmente para el siguiente cara a cara con el señor Hozuki: sabía que el hombre podía ser un auténtico desafío. Tenía que conseguir cumplir con los deseos del duque sin comprometer su propia integridad.
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No acostumbraba a cuestionar a quienes le pagaban tan bien por sus servicios, pero se preguntó si Hoshigaki habría comprendido las posibles consecuencias de sus decisiones. Para Yahiko, todo aquello sólo alcanzaría un propósito: que todos fueran derechitos al desastre.
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