Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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Aclaración: Por cuestiones argumentativas del libro, en esta adaptación Ino es hermana de Hidan, quién era el conde de Yugakure.
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CAPÍTULO 02
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Suigetsu Hozuki ignoraba por completo a la viuda, que lo seguía a toda prisa mientras él recorría a paso rápido los pasillos y habitaciones de la casa en busca de algo que le resultar familiar, de algo que le indicara que ya había estado antes allí. Hacía mucho que sabía que nada se conseguía con facilidad, y toda aquella situación parecía demasiado sencilla. Bueno, excepto la parte de tener que relacionarse con la viuda. La duquesa era la definición exacta de la clase de mujer que él evitaba a toda costa. Lo juzgaba a través de un caleidoscopio de pura indignación y no tenía problema en dejarle bien claro que no era digno de todo aquello.
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No le importaba en absoluto que tuviese razón. Como ella estaba convencida de que él era completamente inadecuado, el diablo que habitaba en su interior peleaba por salir; pero Suigetsu prefería mantenerlo bajo control. Era la única forma de asegurarse de que nadie volviera a aprovecharse de él, de que nadie volviera a hacerle daño, de que nunca más tendría que arrepentirse de nada.
Era evidente que la duquesa no se había tomado nada bien el testamento. El fuego de la indignación que había visto arder en sus ojos lo había golpeado como un poderoso puñetazo en el estómago, y había deseado transformarlo en un fuego de pasión...
¡Maldición!
Sabía perfectamente que no debía seguirle el juego a ninguna mujer, sabía muy bien que no debía revelar nada de sus pensamientos o sus sentimientos. La viuda había conseguido que echase toda su lógica por la ventana. Había empezado a perder ventaja en su propio juego... ¿Qué tipo de juego? ¿Qué era lo que estaba pasando allí?
Por eso había decidido irse de la biblioteca, porque había aprendido que, a veces, la retirada podía suponer una victoria. A menudo, una estrategia eficaz requería un reabastecimiento de arsenal o conseguir un poco de espacio para respirar y poder pensar con claridad.
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¿Qué clase de loco era Hoshigaki para haberlo nombrado tutor precisamente a él?
Los nobles protegían mucho a sus herederos. Era absurdo que dejara al chico en sus manos. Sin embargo, seguía enfureciéndolo mucho que a la viuda la horrorizase tanto la idea. Debería aceptar los términos del testamento, aunque sólo fuera para irritarla aún más. Pero Suigetsu no era un hombre que basara sus decisiones en reacciones inmediatas. Siempre había preparado bien su estrategia y estudiado la situación desde todos los ángulos posibles.
Aunque en aquélla en concreto, el ángulo de la herencia suponía una tentación a corto plazo lo suficientemente importante como para nublar su sentido común. A pesar de que él había acumulado una buena cantidad de dinero durante todos aquellos años, sus cofres no estaban tan llenos como para que quisiera despreciar una ganancia como ésa. La casa era monstruosamente grande y estaba repleta de estatuillas, figuritas, obras de arte, preciosos muebles hechos a mano y cualquier cosa imaginable.
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En su mente podía escuchar a Orochimaru riéndose socarronamente y diciéndole:
—Al final lo has conseguido, chico. Una casa elegante en Konoha. ¿Quién lo iba a decir?
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Suigetsu nunca lo habría dicho. Tenía buen ojo para identificar objetos de valor y se dio cuenta en seguida de que el duque había acumulado una auténtica fortuna. También era evidente que la familia, desde el primer duque hasta el último, tenía una gran opinión de sí misma. Si no, ¿por qué iban a tener todos aquellos retratos de distintas etapas de sus vidas, que los inmortalizaban desde su nacimiento hasta la vejez? Dios, la nobleza era increíble... ¿Cómo podían pensar que a alguien le interesaría saber qué aspecto tenían? Sin embargo, a juzgar por el gran número de cuadros que colgaban de las paredes por toda la casa, era evidente que había alguien a quien sí le importaba. Suigetsu tal vez pudiese venderlos por unos cuantos peniques.
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La duquesa, que parecía estar leyéndole el pensamiento, dijo:
—Estoy segura de que cuando el señor Yahiko ha dicho todo lo de la casa, no se refería exactamente a todo. Es evidente que los retratos forman parte de las propiedades asociadas a los títulos.
—¿Cómo ha llegado a esa conclusión, duquesa?
—Son retratos de los duques y de sus familias, son los antepasados de mi hijo. No cabe ninguna duda de que forman parte de su herencia.
—Ya veremos.
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Era un buen argumento, pero Suigetsu había decidido que tenía que estudiar el informe detalladamente y memorizar todos y cada uno de los objetos que aparecían en él. No pensaba dejar que ella se quedara con nada que el duque le hubiera legado a él; por lo menos, no sin pagar un precio justo por ello. No es que tuviese intención de aprovecharse, pero tampoco era un hombre de naturaleza caritativa.
—Me pregunto con qué fondos se pagaría su ropa —murmuró él.
—¿Disculpe?
Suigetsu se detuvo al dejar atrás el tercer comedor que pasaban y ella casi chocó con él cuando lo hizo. Su fragancia lo provocaba con la misma intensidad con que lo había hecho en la biblioteca.
Cuando estaban allí sentados, había deseado acercarse para deleitarse en ella. Desprendía un sutil olor a flores que no tenía nada que ver con la empalagosa esencia almizclada que utilizaban las prostitutas para esconder el olor de su negocio y de los otros hombres.
La duquesa demostraba su preocupación frunciendo el cejo: sus cejas se unían por encima de sus extraordinarios ojos color azules. Aquel tono, casi dorado de su cabello, como las monedas que tanto le gustaban a Suigetsu, le había llamado la atención desde el principio.
La mujer apenas le llegaba a la altura de los hombros. Era muy joven para ser viuda. Debía de ser sólo una niña cuando el duque se casó con ella. Había una gran diferencia de edad entre los dos y era evidente que para la duquesa aquel hombre le debía de haber parecido un anciano. ¿Se casó con él porque le quería? ¿O sólo se había casado por el título y los privilegios asociados?
—Sólo me estaba preguntando si su ropa estaría en el listado de su hijo —dijo él, arrastrando las palabras.
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El enfado se reflejó en todos los rasgos de su rostro.
—Mi ropa, señor, es mía. No me la va usted a quitar.
—No me desafíe, duquesa, o me podría sentir tentado de demostrarle que puedo quitarle esos trapos de viuda antes de que pueda decir nada.
—Oh, es usted un sinvergüenza.
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Suigetsu dio media vuelta y se alejó, intentando que no se le notara lo mucho que le gustaba hacerla enfadar. Aquello no era muy caballeroso por su parte, pero lo cierto era que él no había afirmado nunca ser un caballero. Jamás había conocido a ninguno que no fuese un completo hipócrita. Era mucho mejor admitir ser un granuja, era más honesto. Suigetsu no era la clase de hombre que fingía ser algo que no era.
Volvió sobre sus pasos con impaciencia. No le quedaba más remedio que admitir que el duque había gastado su dinero con inteligencia.
Maldijo a aquel hombre al que apenas conocía; un hombre que era evidente que lo había juzgado muy bien a él. Suigetsu quería poseer todo lo que veía. Quería mirarlo y saber que era suyo.
Quería tirar abajo aquellas paredes de ladrillos, sustituirlas por paredes de cristal, y dejar que el mundo entero pudiese ver lo que Suigetsu Hozuki poseía. Quería regodearse en todo aquello. Él, el hijo de una prostituta, no se había dejado vencer por la sociedad. Había superado sus orígenes.
Había conquistado Konoha.
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Dios sabía que así era como se sentía al recorrer aquellos magníficos pasillos llenos de adornos dorados y coronados por techos pintados. Y el precio que tenía que pagar a cambio era minúsculo.
¿Qué problema podría suponerle ser tutor de un chico? Aunque, por supuesto, la pregunta más importante era: ¿sería muy irritante tener que tratar con la hermosa viuda? Era justo la clase de mujer que Suigetsu detestaba: santurrona, criticona y siempre pensando que era mejor que los demás.
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No había nada que le apeteciera más que bajarle un poco los humos. Tal vez por eso había sacado el tema de la ropa, pues era evidente que no tenía ningún interés en desnudarla.
Aquel vestido negro que llevaba tenía demasiados botones como para que a Suigetsu le interesara. Le llegaban desde la cintura hasta la barbilla y desde las muñecas hasta los codos. Y estaba convencido de que, cuando no estaba de luto, su ropa era igual de aburrida. Daba toda la sensación de ser una mujer que creía que la tentación era el sendero que conducía al infierno y que ése era un camino por el que uno no debía aventurarse bajo ningún concepto. Llevaba recogida la apagada melena dorada bajo una cofia de viuda; era imposible saber lo larga que la tenía. Suigetsu se maldijo por preguntarse por esas intimidades.
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Ella era duquesa y probablemente estuviese emparentada con la hokage. ¿No estaban todos los aristócratas emparentados con ella? Por lo menos, todos actuaban como si así fuera. En alguna ocasión, habían intentado darle órdenes incluso en su propio club, pero Suigetsu había creado un mundo en el que él era el rey y donde su palabra era ley. Aquellos nobles pagaban una tasa anual para poder entrar en su establecimiento, donde se les proporcionaba entretenimiento y jamás se los juzgaba por dejarse llevar: al contrario que la mujer que llevaba detrás. Había visto el juicio en sus ojos desde el preciso momento en que los habían presentado. Su mirada dejaba muy claro que lo consideraba inferior. Y no le había pasado inadvertido que ella lo había seguido mirando mientras estaban sentados, estudiándolo como si se tratara de una extraña curiosidad que debiera estar en la Gran Exposición. Él había evitado mirarla a propósito y, en lugar de ello, se había concentrado en estudiar la sala mientras el abogado se tomaba su tiempo para prepararlo todo.
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Suigetsu recorrió un amplio pasillo que desembocaba en el vestíbulo. Lo cruzó a toda prisa y empezó a subir la escalinata de mármol negro.
—¿Adónde va? —preguntó ella, que lo seguía de cerca.
—Ya se lo he dicho, duquesa, quiero verlo todo.
—Pero en el piso de arriba sólo están los dormitorios.
—Para un hombre como yo, y estoy seguro de que ya se ha dado cuenta, no hay ninguna habitación que no sea importante.
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Se esforzó por no reírse cuando la oyó refunfuñar detrás de él. Dios, ¿qué habría visto el duque en ella? Por lo que había podido deducir, era evidente que no tenía sentido del humor. Era tan rígida como el atizador de la chimenea, aunque no podía dejar de admirar la valiente actitud con que peleaba para conservar lo que creía que era suyo. Aquella minúscula mujer se había convertido en una auténtica leona ante la idea de que Suigetsu fuese a ocuparse del cuidado de su cachorro. Si su madre hubiese sido igual de obstinada, tal vez su niñez no habría sido tan dura.
Al llegar al piso de arriba, giró hacia la izquierda y abrió la primera puerta que se encontró.
Entró en el dormitorio y posó la vista en una enorme cama rodeada por cuatro columnas. El dosel era de un tono muy oscuro de terciopelo violeta. Cuando la duquesa llegó por fin a la habitación, Suigetsu se dio cuenta de que le faltaba el aliento y se preguntó si alguna vez le habría pasado lo mismo en aquella elegante cama. Sacudió la cabeza para desechar esos pensamientos. ¿Y a él qué le importaba si la mujer había experimentado satisfacción en aquel dormitorio?
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—¿Ésta es la habitación del duque? —preguntó, sorprendido él mismo por la voz ronca que le salió.
—Sí.
Un libro descansaba sobre la mesita de noche. El marcador de páginas asomaba por entre las hojas; al parecer, el duque esperaba proseguir su lectura en ese punto. Suigetsu se sintió incómodo al pensarlo. Apenas conocía a aquel hombre; desde luego, no lo suficiente como para que le importara su muerte y, sin embargo, sintió lástima. Se preguntó qué otras cosas habría dejado el duque sin acabar.
Suigetsu intentó alejar de su mente esos sombríos pensamientos y miró a un lado, en dirección a otra puerta cerrada que estaba junto a un sofá.
—¿Y a la suya se va por ahí?
La oyó tragar.
—Sí.
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Así que el duque quería tenerla cerca. Suigetsu no sabía por qué le molestaba esa idea, pero lo hacía. La miró a los ojos.
—¿Por qué los aristócratas se empeñan en conservar esa absurda costumbre de que el marido y la mujer duerman en habitaciones separadas?
Suigetsu no creía haber visto nunca a una mujer tan pálida como la duquesa, aparte de la esposa de Sasuke, de repente el rubor asomó a las mejillas de la duquesa y él se volvió a preguntar si ese color la habría visitado también en el lecho del duque. ¿Por qué no podía dejar de imaginársela en aquella maldita cama?
—Supongo que lo hacen porque pueden —se contestó a sí mismo con brevedad, convencido de que ella no iba a hacerlo.
Seguro que aquella mujer se metía en la cama tapada de pies a cabeza con algo parecido a una mortaja. Dio un paso en dirección a su puerta...
—Por favor, no entre en mi habitación —le pidió ella con suavidad.
La dulzura de su voz se deslizó por las entrañas de Suigetsu desconcertándolo. Llevaba toda la noche mostrándose mandona, enfadada, herida y preocupada. Al parecer, al final había decidido mostrarse sumisa. Tal vez se había dado cuenta de que no conseguiría nada de él mostrándose tan áspera. Suigetsu esbozó una media sonrisa y le dijo:
—¿Qué ocurre, duquesa? ¿Acaso tiene todo tipo de aparatos diseñados para darse placer sexual escondidos en su habitación?
—No sé de qué está usted hablando.
La examinó durante un momento, contempló su vestido negro, su recta actitud...
—Por desgracia, es probable que no lo sepa.
A Suigetsu nunca le había gustado la inocencia. Salió de la habitación y siguió andando por el pasillo.
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—Todas las habitaciones son iguales —dijo ella, unos pasos por detrás de él—. No entiendo por qué necesita...
Entonces, Suigetsu alargó el brazo en dirección a otra puerta.
—Le prohíbo que entre en esa habitación —afirmó la mujer con energía.
Él la miró por encima del hombro y le guiñó un ojo.
—Nunca me prohíba nada, duquesa. Sólo conseguirá que lo haga.
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Irrumpió en la habitación. Una joven mujer de pelo y ojos oscuros, que evidentemente era una sirvienta, se levantó sobresaltada de la silla que ocupaba junto a la cama. El niño que estaba acostado se sentó de golpe y las mantas que lo cubrían cayeron sobre su cintura; tenía el pelo rubio revuelto y sus ojos azules abiertos como platos. La duquesa pasó junto a Suigetsu y entró corriendo en el cuarto, se sentó en la cama y rodeó al niño con sus brazos, con aire protector. A Suigetsu lo irritó mucho que ella diese por hecho que tenía que proteger al niño de él, que esperara que fuese a hacerle daño.
—¿El heredero? —preguntó Jack con sequedad.
La duquesa asintió.
—Sí.
—Inojin, ¿verdad?
—Sí.
—¿Cuántos años tienes, chico?
—Tiene cinco años —contestó su madre.
—¿Acaso es mudo?
—Claro que no.
—Entonces, ¿por qué no le deja hablar? Yo le he hecho la pregunta a él.
—Lo está aterrorizando.
—¿Ah, sí? —Suigetsu observó al niño. Tenía la misma complexión endeble que su madre y estaba igual de pálido. Se podía ver mucha más curiosidad que miedo en sus enormes y redondos ojos—.
¿Me tienes miedo, chico?
Él miró a la duquesa.
—No mires a tu madre para que te diga la respuesta. Piensa por ti mismo.
—No le hable en ese tono —le ordenó la mujer—. Aún no es usted su tutor.
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Suigetsu no sabía si sentir envidia del niño por tener una madre tan protectora —una protección que le hubiese gustado que su propia madre hubiera mostrado con él—, o compadecerlo: era evidente que educándolo de aquella forma lo iba a convertir en un débil. A los seis años, Suigetsu era perfectamente capaz de sobrevivir en las calles gracias a su ingenio, su inteligencia y la destreza de sus dedos. Nunca había tenido miedo de arriesgarse. Había aprendido a esquivar con habilidad a los que querían atraparlo. Tuvo la suerte de tener unos pies rápidos, pero más suerte aún de tener una mente rápida.
—Las habilidades físicas te llevarán lejos, chico, pero aprender a pensar será lo que te mantendrá con vida —le había dicho Orochimaru.
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Había aprendido muchos trucos que lo ayudaron a ganar seguridad y eso lo condujo al éxito; gracias a ello, se convirtió en alguien muy valiente, que no le temía a nada. Había llegado a donde estaba porque había sobrevivido. No tenía muy claro que aquel niño pudiese siquiera sonarse la nariz él solo. ¿Sería ésa la razón por la que el duque había dejado su educación en sus manos?
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La primera vez que Suigetsu vio a Hoshigaki fue un día de primavera, en el jardín del conde de Konohagure. Entonces, le dio la impresión de que el duque era un hombre triste. Algunos años después, había ido al club de Suigetsu en varias ocasiones, pero nunca había ocurrido nada muy memorable. Por lo menos, nada que fuese memorable desde el punto de vista de Suigetsu. ¿Habría visto el duque algo en su comportamiento que lo hubiera conducido a pensar que sería un buen tutor para un niño que era evidente que estaba demasiado protegido? Suigetsu era desconfiado por naturaleza, y su mente no dejaba de alertarle y gritarle que había algo en aquello que no encajaba.
Sin embargo, era incapaz de averiguar de qué se trataba exactamente. Se dio media vuelta y se dirigió hacia la escalera.
—¿Adónde va? —preguntó la duquesa, al tiempo que el ruido de sus pasos empezaba a sonar de nuevo detrás de él.
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Dios, aquella mujer era muy rápida. De no ser porque Suigetsu tenía las piernas muy largas, no creía que pudiera sacarle mucha ventaja.
—No es que sea de su incumbencia, pero quiero hablar con Yahiko.
¿Por qué se molestaba en darle explicaciones? Él no le daba explicaciones a nadie. No lo había hecho desde el día en que decidió vivir en las calles.
Bajó la escalera a toda prisa, con la duquesa pisándole los talones como un perro de presa.
Cruzó un amplio pasillo, donde había expuestas todo tipo de posesiones reunidas durante generaciones, y un lacayo uniformado le abrió la puerta que daba acceso a la biblioteca. Suigetesu entró en la estancia y se volvió rápidamente para encarar a la duquesa y barrarle el paso.
Ella se paró en seco. Le costaba respirar, tenía sus ojos azules abiertos de par en par y aquellos labios tan exquisitos ligeramente separados. Cuando no los fruncía como si se pasara el día chupando limones, tenía una boca que daban muchas ganas de besar. A Suigetsu le daba rabia haberse dado cuenta de eso, y aún más rabia, estar preguntándose qué sentiría al besarla.
—En privado —añadió, y le cerró la puerta en las narices.
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El grito de rabia de la duquesa traspasó el grosor de la hoja de madera, provocándole a Suigetsu una pequeña sensación de victoria. Como no confiaba en que ella se conformara, hizo girar la llave. Era una suerte que el duque la hubiera dejado puesta. Resultaba evidente que estaba acostumbrado a lidiar con el desagradable carácter de su esposa y, probablemente, aquella habitación fuera su santuario de soledad.
Se acercó a Yahiko, que parecía completamente ajeno a la confusión que se habíaadueñado de él. O aquel hombre era tonto o era tan bueno jugando a cartas como lo era Suigetsu.
—Hace poco más de catorce años me vino a informar de que tenía un benefactor anónimo. Ése es el único motivo por el que me he dignado a venir esta noche. Dígame, ¿era el duque de Hoshikagi ese benefactor?
Aunque nada de eso tuviese sentido, ésa era la única conclusión a la que Suigetsu había llegado para explicar el aparente ataque de locura del duque.
—Yo trabajo para muchos lores y caballeros que poseen una considerable riqueza, señor Hozuki. Su benefactor deseaba permanecer en el anonimato y así será.
—¿Me estás diciendo que no era Hoshigaki?
—Estoy diciendo que hasta que su benefactor no me dé permiso para revelar esa información, guardaré el secreto lo mejor que pueda.
—¿Y si le golpeo hasta hacerlo papilla? Sospecho que entonces ya no tendría tanto empeño en guardar el secreto.
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Yahiko tuvo el descaro de sonreír, como si se estuviera divirtiendo con todo aquello. A Suigetsu no le gustaba que se rieran de él; peor aún, no le gustaba que lo pusieran en evidencia. Maldijo entre dientes y señaló los informes y el testamento.
—Esto no tiene ningún sentido.
—¿Es importante que lo tenga?
—Es importante que entienda por qué un hombre con el que he hablado tan pocas veces en mi vida ha considerado oportuno darme tanto a cambio de tan poco.
—Ser tutor de un lord del territorio es una tarea solemne y seria, señor Suigetsu. No subestime el poder de la influencia que tendrá sobre él o la cantidad de trabajo que será necesaria para asegurar que el joven se convierta en un hombre capaz de desplegar todo su potencial.
Suigetsu se rió con aspereza.
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—¡Maldita sea, hombre! Ahí es exactamente a donde quiero ir a parar. La duquesa tiene razón. Yo soy la última persona que debería hacer las veces de tutor y protector de su hijo. Detesto a la aristocracia.
—Eso es una lástima, en especial si tenemos en cuenta que ellos son ampliamente responsables del éxito sin precedentes que usted ha cosechado. El duque no dudaba de su capacidad para guiar a su hijo hacia la madurez. Sin embargo, también era consciente de que no se le puede obligar a hacer algo que usted no quiera hacer. Tiene veinticuatro horas para comunicarme su decisión. Una vez finalizado ese plazo de tiempo, si no ha aceptado los términos y condiciones del testamento que se ha leído esta noche, su oportunidad de quedarse con todo esto, y con ese último objeto, pasará, y entrará en vigor el segundo testamento.
—Habla como si todo esto no fuera más que un juego.
Yahiko sonrió con complicidad.
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—Quién soy yo para juzgar.
Suigetsu paseó la mirada por la habitación. El único lugar donde había visto más libros que allí era en la biblioteca de Konohagure. Aunque leyera un libro cada uno de los días que le quedaban de vida, no conseguiría leerlos todos. Sólo los encuadernados en piel ya valían una fortuna.
Volvió a centrar su atención en el hombre que estaba tranquilamente sentado frente al escritorio. No parecía inquietarse por nada. Recibía poder de aquellos a quienes servía.
—¿Qué le deja a su viuda en el segundo testamento?
—No estoy autorizado para decírselo.
—Maldita sea, hombre, por lo menos dígame si la favorece un poco más que en el primero. —A decir verdad, Suigetsu creía que era vergonzoso lo que el duque le había legado a su esposa. Incluso tratándose de aquella pesada que lo había estado persiguiendo por toda la casa.
—¿Y eso qué importancia tiene? —preguntó el abogado.
Suigetsu se deslizó el pulgar por la mandíbula inferior. No pensaba dejar que se le escapase de entre los dedos algo mucho más imponente que cualquier cosa que él pudiera poseer. Cogió el libro encuadernado en piel que Yahiko le había dado hacía un rato y le dedicó a aquel hombre la famosa sonrisa traviesa por la que era tan conocido.
—¿Cómo doy fe de que acepto los términos del testamento?
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