Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

.

ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

.

.

CAPÍTULO 03

.

.

Suigetsu echó a andar por una silenciosa calle, entre remolinos de niebla. Había pedido un coche de caballos para ir a la residencia del duque. Podría ir en busca de otro que lo llevase de vuelta a su casa, pero ya no lo necesitaba. Ahora tenía su propio carruaje y sus propios caballos.

Además de una residencia con sirvientes y dudas, muchas dudas. Firmó con reservas el documento que Yahiko le había tendido. A pesar de los intentos que había hecho por cuestionarse e intentar convencerse de lo contrario, desde el mismo momento en que el abogado había leído los términos del testamento, sabía que no le daría la espalda a todo lo que le había tocado en suerte.

No esperaba que la duquesa se mostrara satisfecha cuando le comunicaron que había decidido aceptar los términos. Así que Suigetsu se sorprendió mucho al verla asentir y decirle al señor Yahiko:

—Tendremos que informar a los sirvientes.

.

Los reunió a todos en el vestíbulo y, mientras Suigetsu se quedaba al pie de la escalinata, ella subió algunos escalones, adoptando la majestuosa actitud de una reina. Él pensó que estaba conociendo el aspecto que tendría un guerrero al final del día, cuando, después de una dura batalla que no había ido como esperaba, debía mirar a los ojos de aquellos a los que había mandado al campo de batalla y convencerlos de que el honor residía en la mera supervivencia. La duquesa se había mostrado elegante y elocuente mientras explicaba que la residencia pertenecía a Suigetsu y que todos ellos debían cumplir sus órdenes.

Los sirvientes no dijeron ni una sola palabra. Suigetsu supuso que cuando hubiesen superado la conmoción inicial, seguro que se les ocurrirían cientos de preguntas. Pero había preferido dejarlos con la duquesa en la casa mientras él se hacía a la idea del cambio de su suerte en solitario.

Aunque no se consideraba la mejor opción para hacer de tutor del amado hijo de la mujer también era cierto que se le ocurrían alternativas mucho peores. Tal vez el propio duque formara parte de esta categoría.

.

Suigetsu solía pasear a menudo por las calles que serpenteaban entre aquellas enormes casas, intentando recordar lo que un día pensó que jamás olvidaría: la primera casa elegante en la que había vivido. Por aquel entonces, tenía cinco años. El hombre le había prometido a su madre que lo cuidaría bien. Ella parecía conocerlo y confiar en él. Tal vez fuera alguno de sus clientes.

Lo único que Suigetsu recordaba era que aquel hombre le dio de comer, lo bañó y lo metió en la cama. Luego, se deslizó también entre las sábanas... Le había hecho cosas... Empezó a andar más de prisa; parecía que volviese a tener cinco años y tuviese que escapar...

Después, el hombre lloró, le pidió perdón y le dijo que nunca lo volvería a hacer... Suigetsu huyó, se detuvo ante un enorme olmo y golpeó el tronco con todas sus fuerzas; sintió la dureza de la madera en la mano y el dolor le subió por el brazo. No quería volver allí, no quería volver a sentirse asustado, dolido... y avergonzado.

A pesar de haber escapado completamente aterrorizado, pensó que siempre se acordaría del lugar donde estaba aquella casa. Pero Konoha había cambiado mucho en aquellos veintiocho años. Suigetsu ni siquiera era capaz de recordar el aspecto del hombre. Hacía mucho tiempo que no pensaba en él, pero ahora se preguntaba...

¿Qué podía hacer alguien que se sintiera culpable? ¿Podía buscar al chico del que había abusado y dejarle todo cuanto poseía? ¿Sería Hoshikagi el hombre que lo compró? ¿Y qué importancia tenía eso ahora? Estaba muerto. Le había dejado una fortuna. ¿Qué importancia tenía que esa fortuna fuera fruto de la culpabilidad y el arrepentimiento? Suigetsu sólo se había preocupado de acumular el dinero necesario para asegurarse de que nadie pudiese comprarlo. Ahora, ya nadie podría volver a hacerlo jamás.

—Dime lo que sabes sobre el duque de Hoshikagi dijo Suigetsu.

.

Desesperado por sentir el sabor del whisky en la lengua y aprovechando que estaba en el vecindario, decidió pasar por casa de Sasuke. Sólo hacía una semana que éste se había casado de un modo un poco precipitado, pero no parecía que la pareja tuviera interés en irse de luna de miel.

Su amigo estaba sentado frente a él. La ventana que quedaba junto a su sillón daba a un impresionante jardín: cuando no estaba envuelto por la niebla, era un paisaje magnífico. Sasuke bebió un trago de su whisky. Se había quitado la chaqueta y llevaba los últimos botones de la camisa desabrochados. Su oscuro pelo se veía revuelto, y Suigetsu sospechaba que no se había despeinado él solo. Sin embargo, y a pesar de eso, tenía el aspecto de un hombre que controla su vida, que sabe cuál es su sitio en el mundo y que por fin está cómodo en él. A Suigetsu no le gustaba admitirlo, pero no le quedaba más remedio que reconocer que Sasuke Uchiha llevaba muy bien el título de conde.

.

—Era muy respetado en la Cámara de los Lores dijo Sasuke con solemnidad. Todo el mundo le escuchaba cuando hablaba. Su muerte ha dejado un vacío que será difícil de llenar.

—Entonces, ¿crees que era un tipo decente?

Su amigo se encogió de hombros.

—Eso parecía. Hablé muy pocas veces con él. Básicamente de política. Me aconsejó que tuviera siempre claro el motivo por el que me sentía de determinada manera con respecto a ciertos asuntos. Solía preguntar mucho a los lores más jóvenes. Insistía mucho en que no debíamos dejarnos llevar.

—¿Y qué hay de su mujer?

Sasuke negó con la cabeza.

.

—Deberíamos preguntárselo a Hinata. Ella conoce mucho mejor que yo a las mujeres de la nobleza. Hasta hace muy poco, yo no me mezclaba con ellos.

Hinata, su mujer, era la hija del duque de Otsutsuki. Hacía poco que éste había muerto y su hermano, que había estado ausente durante la larga enfermedad de su padre, había vuelto a Konoha para heredar los títulos. Parecía que, últimamente, los lores caían como moscas. Suigetsu se preguntó si el padre de Hinata habría aprobado que ella se casara con el «conde Diablo».

—A Hinata no le caigo bien. No me ayudará dijo Suigetsu.

—Hinata es muy generosa. Siempre ayuda a las personas que la necesitan. Sasuke se inclinó hacia adelante. ¿Qué ocurre, Suigetsu? Desde que te fuiste, a los diecinueve años, siempre has evitado venir a mi casa. Sólo aparecías por aquí cuando era estrictamente necesario; parecía que tuvieras miedo de contraer la sífilis. Y, sin embargo, aquí estás; justo cuando me iba a ir a la cama.

.

Él alargó el brazo para coger el decantador que había sobre la mesa y se sirvió más whisky. Se bebió el contenido de un solo trago, deleitándose con la ardiente sensación que se deslizó por su garganta y que acabaría mezclándose con su sangre. El problema de levantar muros era que resultaba muy complicado escalarlos después, cuando se necesitaba la ayuda de alguien.

—Hoshigaki me ha legado sus propiedades y su activo.

Sasuke se lo quedó mirando como si se hubiera levantado y se hubiese desnudado allí mismo.

—Yo he reaccionado de una forma bastante parecida dijo Suigetsu. Si la viuda no se hubiese quedado también de piedra, habría pensado que no había entendido bien las condiciones del testamento.

—¿Y por qué haría una cosa así?

Él negó con la cabeza.

—Ésa parece ser la pregunta estrella de la noche, y yo no tengo ni la más mínima idea de cuál puede ser la respuesta.

—¿Acaso lo conocías?

—Apenas. Hablé una vez con él en este jardín. Creo que vino a visitar a tu abuelo. Luego lo vi una o dos veces en el club.

—¿Tenía alguna deuda de juego contigo?

.

Suigetsu se sirvió más whisky y bebió otro buen trago.

—Por lo que tengo entendido, nunca jugó, bebió, ni solicitó el servicio de ninguna de mis chicas. Se limitaba a observar. Algunas personas son así: son voyeurs del pecado. No estoy diciendo que me parezca mal.

Sasuke levantó las manos.

—¿Y te lo ha dejado todo sin más?

—Bueno, a cambio de una pequeña condición que apenas vale la pena mencionar. Tengo que aceptar ser el tutor de su hijo de cinco años.

Su amigo abrió los ojos de par en par y se recostó en el respaldo de la silla.

—¿Por qué diablos te confiaría a ti el cuidado de su hijo?

—Gracias por la confianza. Siento haberte molestado justo cuando te ibas a acostar.

.

Suigetsu se puso de pie. La amistad que lo unía a Sasuke estaba un poco tensa últimamente. A pesar de que hubo un tiempo en que se hubiesen confiado la vida el uno al otro, ahora se habían distanciado a causa del remordimiento y los secretos. No tendría que haber ido a verlo, pero las calles los habían convertido en hermanos. Se resistía a admitir que necesitara ayuda, pero de repente estaba desesperado por encontrar a alguien que creyera en él.

—No, me has malinterpretado. Yo tengo plena confianza en que serías un buen tutor. Dios sabe que, cuando éramos niños, me salvaste el pellejo muchas veces. Pero ¿por qué confiaría Hoshigaki el cuidado de su hijo a un hombre al que apenas conocía?

Suigetsu negó lentamente con la cabeza.

—Estoy tan desconcertado como tú.

—¿Cómo se ha tomado la noticia su viuda?

Él se frotó la cara al recordar lo mucho que le había escocido aquella bofetada.

—Nada bien. Nada bien en absoluto, me temo. Oyó el ruido de unas leves pisadas y se volvió hacia la puerta.

Hinata estaba de pie junto a la misma.

.

—Disculpad, no era mi intención interrumpir. No sabía que tenías compañía. Es que me estaba preguntando por qué tardabas tanto.

«En venir a mi cama.» Suigetsu pensó que había omitido esas últimas palabras. Hinata Uchiha, condesa de Konohagure, era una mujer preciosa. Como ya se había preparado para meterse en la cama, llevaba el pelo suelto: su larguísima melena tenía el mismo color de la noche azul. Por algún motivo, Suigetsu se preguntó qué aspecto tendría la viuda cuando se soltara el pelo, y qué sentiría si deslizara los dedos por su melena.

—Por favor, quédate con nosotros dijo Sasuke. Suigetsu quiere hacerte algunas preguntas.

«No es verdad pensó él, irritado. Eres tú quien quiere que le haga algunas preguntas.»

Pero se quedó dónde estaba, porque, si se iba, daría la impresión de que ella lo incomodaba y, por muy cierta que fuera esa afirmación, no quería que Hinata se diera cuenta. Aquella mujer ya tenía demasiada influencia sobre Sasuke. No había ningún motivo para que creyera que también podía controlar a otro hombre.

.

La observó mientras se deslizaba con elegancia por la habitación y se sentaba en el sillón que Sasuke le había cedido. Éste se sentó en el brazo del mismo y empezó a acariciarle a Hinata el pelo; parecía que no pudiese evitar tocarla cuando estaba cerca. Había sido muy extraño observar cómo su amigo caía presa de su hechizo. Sasuke haría cualquier cosa por ella, incluso matar. Suigetsu era incapaz de imaginarse amando tanto a una mujer; en realidad, era incapaz de imaginarse amando a una mujer en absoluto. El amor volvía vulnerables a las personas y él no tenía ninguna intención de sentirse así de nuevo.

—Suigetsu se encuentra en una situación un poco extraña empezó a decir Sasuke. Por lo visto, Hoshikagi le ha legado todas sus propiedades a cambio de que él acceda a ser el tutor de su hijo.

Para su sorpresa, la condesa se limitó a mirar a su marido, frunciendo delicadamente el cejo.

Luego se dirigió a Suigetsu.

.

—¿En qué puedo ayudarlo?

Al escuchar su inesperada oferta, Suigetsu volvió a tomar asiento; apenas sabía por dónde empezar. Teniendo en cuenta que no tenía más remedio que relacionarse con la joven viuda, estaba claro que cuanto más supiese sobre ella, más ventaja tendría en sus futuros encuentros. Su interés era así de sencillo. No había más.

—Me preguntaba qué me podrías explicar sobre su mujer.

—¿Ino?

—¿Acaso tiene otra?

—No, claro que no. No la conozco muy bien. Su padre era el duque de Yugakure. Tenía diecinueve años cuando se casó con Hoshigaki. Para ser sincera, creo que todo el mundo se sorprendió un poco de que se casara con un hombre tan mayor. No creo que tuviese ningún interés en tener pretendientes. Sospecho que el matrimonio tenía mucho más que ver con los deseos de su padre que con los suyos. Le dio un afectuoso golpecito a su marido en el muslo. No todos tenemos la suerte de amar a la persona con la que nos casamos. Pensativa, alzó la cabeza.

.

¿Va a aceptar ser el tutor del chico?

—Por supuesto.

—Eso no te ofrecerá nada que tú puedas necesitar comentó Sasuke.

—La necesidad no tiene nada que ver con mi decisión. Como bien sabes, jamás le doy la espalda a la oportunidad de ser más rico de lo que soy. Además, ahora seremos vecinos. He heredado su residencia de Konoha.

—Pero hacer de tutor es una gran responsabilidad, señor Hozuki. dijo Hinata.

—No creo que sea para tanto. Además, sólo estoy obligado a hacerlo hasta que la viuda se case; entonces, esa obligación recaerá sobre su nuevo marido.

—Conozco lo suficiente a la duquesa como para saber que antepone el deber a todo lo demás y que se ciñe rigurosamente a las estrictas normas sociales. Guardará luto por su marido los dos años enteros.

—Entonces, dos años y un día después, tendré preparado a un tipo que la esté esperando con una rodilla hincada en el suelo.

—¿Le va a buscar marido? A Hinata parecía horrorizarla la idea.

.

Suigetsu se encogió de hombros. Sabía que no importaba lo que hiciera, a la mujer de su amigo siempre le parecería mal lo que acabara decidiendo.

—No veo por qué no. No soy yo quien está de luto.

Además, ¿tan difícil sería encontrarle un nuevo marido a la duquesa? El dinero podía comprar muchas cosas, incluso el perdón por saltarse las normas de etiqueta. Tal vez a la sociedad pudiera parecerle importante que una viuda estuviese dos años de luto, pero Suigetsu creía que no había necesidad de que lo estuviera más de dos semanas, como mucho.

Una ceremonia discreta y entonces podría mandar al campo a toda la familia feliz al completo.

Así, se podría quedar su preciosa residencia nueva para él solito.

.

.

.

.

—Despierta, cariño dijo Ino con suavidad.

Inojin parpadeó y abrió los ojos. Era un niño guapo: rubio y con los ojos de su madre. Era muy curioso, siempre estaba observándolo todo para descubrir cómo funcionaba cada cosa.

Hoshigaki le había dedicado muy poco tiempo, pero lo cierto era que pocos padres lo hacían.

Ésa era la forma que tenían los aristócratas de hacer las cosas, y los padres acostumbraban a dejar la educación de sus hijos en manos de otras personas. Tal vez, como Hoshikagi se había involucrado tan poco en ese asunto, pensó que no tenía por qué darle mucha importancia a la elección del tutor, pero esa explicación no bastaba para que Ino consiguiera justificar su elección.

Al besar la cabeza de Inojin se deleitó en la dulce y láctea fragancia que desprendía el niño. No podía dejar que lo criara un delincuente. La mejor manera de evitarlo era llevándoselo lo más lejos posible de Suigetsu Hozuki.

.

—Necesito que te levantes y te vistas. Nos vamos a la casa de campo le dijo Ino.

La casa de campo pertenecía al pequeño. Allí estaría fuera del alcance del tutor que le habían asignado. Y cuando se alejaran de toda aquella locura, a ella le resultaría más fácil pensar con claridad y encontrar una forma de conseguir que el señor Hozuki no tuviese ninguna influencia sobre Inojin. Parecía un hombre al que le gustaba mucho el dinero. Tal vez pudiese ofrecerle el del fondo de inversión que su marido le había dejado a ella.

Ino haría todo lo necesario privaciones, sacrificios, para asegurarse de que su hijo recibía una educación adecuada. Para ella, no había nada más importante en el mundo que él.

Se dirigió a su niñera:

—Por favor, Izumi, prepara una maleta con las cosas que necesite Inojin y las que vayas a necesitar tú. Yo voy a pedir que nos traigan el carruaje a la puerta. No podemos demorarnos.

.

No se podía creer las desesperadas medidas que la estaba obligando a tomar la muerte de Hoshigaki. Su marido sólo tenía cincuenta y un años. Cuando se casó con él, hacía ya seis años, le dio la sensación de que era muy mayor, pero al morir le había parecido que era muy joven, que se había ido mucho antes de lo que le tocaba. Apenas había tenido ni un momento para pensar en él y en la clase de vida que la esperaba ahora que Hoshigaki no estaba. Y, si lo hubiese hecho, seguro que jamás habría imaginado que las cosas iban a tomar el rumbo que estaban tomando aquella noche. Sin embargo, tenía responsabilidades y les haría frente de la mejor forma posible. El deber no se podía dar el lujo de estar de luto.

En cuanto estuvo todo preparado, con Inojin apropiadamente vestido, Ino lo cogió de la mano y lo acompañó hasta la escalera. Su doncella la estaba esperando en el vestíbulo.

—Los lacayos ya han subido nuestras cosas al carruaje le dijo Karui a Ino.

Se habían llevado muy poco equipaje, porque era imperativo que se marcharan a toda prisa si querían conseguir escapar. Escapar. Jamás pensó que llegaría a asociar esa palabra con su vida, pero allí estaba, huyendo en plena noche como si fuera una ladrona. Si no estuviera tan cansada, quizá podría pensar en otra salida, pero en aquel momento lo único que quería era alejarse de toda aquella locura.

—Bien. Vámonos.

Se adentró en la noche siguiendo al lacayo que llevaba a su hijo y a otro que sostenía un farol.

.

Bajó los majestuosos escalones que la alejaban de la casa de la que se había enamorado. Mientras se dejaba devorar por la oscuridad de la noche, sintió una punzada en el pecho. Si fuera una mujer más débil, estaba segura de que sucumbiría a las lágrimas, pero el llanto no cambiaría la situación.

Tenía que ser fuerte por Inojin. Tenía que protegerlo a toda costa. Ella conocía muy bien a qué calaña pertenecía Suigetsu Hozuki. Era un hombre que lo quería conseguir todo de la forma más sencilla, sin esforzarse. Cuando estuviesen lejos, no se molestaría en ir tras ellos. Había conseguido la residencia y todo lo que contenía y estaba convencida de que eso era cuanto deseaba.

Se apresuró por el camino adoquinado, consciente de que la niebla absorbía y amortiguaba el sonido de sus pasos. Aquella noche parecía especialmente hecha para escapar.

Un lacayo uniformado abrió la puerta del carruaje y la ayudó a subir. Justo cuando se sentó en el lujoso asiento, percibió una fragancia que le era familiar...

.

—¿Va a algún sitio, duquesa?

Al oír la inesperada voz desde una de las sombrías esquinas del carruaje, Ino dio un grito de los que helarían la sangre a cualquiera. Hubiera seguido chillando de no ser por la molesta y oscura carcajada que se oyó a continuación. Ahora ya sabía cómo sonaba la risa de Satán, y no era un sonido que invitase a que los demás se sumaran a la fiesta.

—¿Su excelencia? se interesó uno de los lacayos.

—Está bien contestó Suigetsu, al tiempo que cogía el farol de las manos del sirviente y lo levantaba. La dorada luz lo iluminó a él y los confines del carruaje. Ino no supo cómo lo hizo, pero consiguió mostrarse divertido y molesto al mismo tiempo. Y muy, muy peligroso.

Inojin, que seguía en la puerta del carruaje, en brazos de un lacayo, gritó al oír chillar a su madre y luego se echó a llorar. Ino alargó los brazos para cogerlo y lo apretó contra su tembloroso pecho.

—Chist, Inojin, no pasa nada. Mamá se ha asustado, eso es todo. Pero este hombre no te hará ningún daño, cariño. Te lo prometo.

.

El niño pareció tranquilizarse con sus palabras, dejó de llorar y empezó a chuparse el dedo. Era un hábito del que Inojin no estaba particularmente orgullosa, pero ni ella ni su niñera habían conseguido quitarle la costumbre. Sin embargo, no creía que tuviera que preocuparse mucho por eso en aquellos momentos. Tenía preocupaciones mucho más importantes.

Pensó que si fuera una persona que acostumbrara a decir palabrotas, aquélla hubiera sido una buena ocasión para decir unas cuantas. Le dio la sensación de que Suigetsu Hozuki era más alto de lo que se lo había parecido antes, y también mucho más siniestro. Le gustaba aún menos que por la tarde y decidió que ya había tenido que aguantarlo lo suficiente por un solo día.

—¿Qué está usted haciendo aquí? inquirió, adoptando su tono de voz más seco; el que empleaba cuando descubría que alguno de sus sirvientes no estaba haciendo las tareas que tenía asignadas.

—La pregunta es, duquesa, ¿qué está haciendo usted aquí? Dio unos golpecitos al libro que sostenía como si se tratara del Evangelio. Este carruaje me pertenece. ¿Está intentando robármelo?

—¿Cómo puede ser de su propiedad? ¡Lleva el escudo de armas del ducado!

—Creo que tiene razón. Haré que lo quiten inmediatamente, porque podría provocar confusión.

—Éste era el carruaje del duque.

—Pero desafortunadamente para usted, lo compró con fondos no asociados al título.

—¿Ha leído eso en plena oscuridad?

—No, lo he leído en la biblioteca. Tengo una memoria sorprendentemente buena. Sólo tengo que leer una cosa una vez y es como si lo archivara en mi mente. Pero dudo que tenga verdadero interés en mi talento, así que volvamos a mi pregunta original: ¿está intentando robarme? ¿Tengo que hacer llamar a un agente de la ley?

—No sea usted ridículo. Sólo me estaba llevando a Inojin al campo.

—¿En plena noche? preguntó él.

—Hace más fresco y es más fácil que Inojin se duerma durante el trayecto si viajamos de noche. Como no tengo que preocuparme por entretenerlo, el viaje es también mucho más placentero para mí. Por otra parte, no estoy segura de por qué le estoy explicando todo esto.

—Ya hace mucho tiempo que aprendí que la gente da muchas explicaciones cuando se dan cuenta de que se han puesto en evidencia.

—Yo no he hecho nada malo. Pero sus palabras sonaron defensivas y débiles incluso a sus propios oídos.

—Así es como yo lo veo: soy el tutor de Inojin. Si está en el campo, no podré protegerlo.

.

Ino podría haber jurado que detectaba cierto humor en su voz. ¿Acaso aquel hombre pensaba que todo aquello no era más que un chiste y que lo que había ocurrido esa noche sólo tenía el propósito de divertirle? Decidió guardarse esas duras palabras, porque estaba segura de que sólo conseguiría irritarlo más.

—Como tutor, no tiene por qué protegerlo de nada. Sólo tiene que preocuparse de su bienestar, y eso lo puede hacer confiándome a mí su cuidado y dejando que me lo lleve al campo.

—No estoy seguro de que eso sea lo que más le interesa.

—¿Por qué no?

—Está educando a un auténtico blandengue. Ha chillado más fuerte que usted.

—No estoy de acuerdo con esa afirmación. Usted nos ha asustado, ha aparecido de la nada como si fuera un canalla cuando nadie lo esperaba. ¿Por qué no estaba esperando junto al carruaje, como haría cualquier persona decente? Creo que se ha escondido a propósito para asustarme.

—Creo que usted sabe muy bien que no soy precisamente decente. Tuvo el descaro de sonreír mientras seguía dando golpecitos al maldito libro.

—¿Le divierte esta situación? le espetó ella.

—Me parece un gran desafío.

La palabra «desafío» se quedaba corta.

.

—Usted y yo podemos llegar a un acuerdo. Quédeselo todo. Diga usted que es su tutor. Pero deje que Inojin y yo nos vayamos.

—Por desgracia para usted, duquesa, soy un hombre de palabra. He prometido ocuparme del cuidado y la educación de su hijo y así lo haré. Y lo haré aquí, en Konoha, porque mis intereses económicos y mis negocios están aquí. Aunque tiene razón en una cosa: tenemos que llegar a un acuerdo y arreglar las cosas entre nosotros. Sugiero que volvamos a la residencia, donde podremos hablar del tema con más comodidad.

—Son más de las diez de la noche. No es una hora decente para visitas. Supongo que no estará sugiriendo que tiene la intención de pasar la noche aquí.

—Es mi casa. Y yo soy el tutor del niño. Así que sí, me pienso trasladar aquí.

Hablaba despreocupadamente de algo que resultaba por completo inapropiado. A Ino no le cupo ninguna duda de que aquel hombre había crecido acostumbrado a dormir entre extraños.

—Esto es ridículo. Usted y yo no estamos emparentados. No podemos vivir en la misma casa.

—Usted es viuda, no una mujer soltera. No es obligatorio que tenga carabina. Aunque supongo que tiene muchas sirvientas que se ocupan de satisfacer sus numerosas necesidades. Si tiene miedo de sentirse tentada de venir a mi cama, puede pedirles que la vigilen.

Indignada, soltó un grito sofocado.

—¡Es usted una bestia presuntuosa! Yo jamás iría a su cama.

—Y como yo tampoco tengo ningún interés en ir a la suya, no veo dónde está el problema.

Además, mis negocios suelen requerir mi atención por las noches, por lo que lo más habitual es que esté en mi club. No ocurrirá nada indecoroso.

.

Ino se negaba a admitir que había sentido una punzada de despecho cuando él había admitido que no le despertaba ningún interés. Tampoco era que quisiera gustarle. Sin embargo, no era agradable darse cuenta de que un hombre que sin duda alguna acostumbraba a perseguir a muchas y variadas mujeres, no tenía ningún interés en perseguirla a ella. Se había sentido profundamente herida cuando Hoshigaki decidió no volver nunca más a su cama el día en que descubrió que estaba embarazada. Quizá los hombres no la considerasen atractiva. Tal vez debía sentir consuelo, ahora que sabía que estaba a salvo de Suigetsu Hozuki. Pero en lugar de eso, sentía una increíble necesidad de echarse a llorar.

—Se lo ruego, por el amor de Dios, déjenos marchar.

Él la estudió con atención y ella se agarró al último vestigio de esperanza, deseando que aquel martirio acabase concluyendo a su favor. Si aquel hombre poseía sólo una pizca de decencia, tal vez fuese suficiente...

—Me temo que no puedo hacerlo.

—¿Por qué no?

—No me gusta repetirme. Irse no es lo que más le interesa al chico y yo soy su tutor. Ahora puede elegir: o vuelve a la residencia andando, como lo haría una dama, o lo hará sobre . Usted decide. Pero decídalo rápido.

—¿Que me va a llevar sobre su hombro? Como si fuese una mujerzuela cualquiera... No se atrevería.

—Ya le he dicho antes que si me desafía sólo conseguirá que lo haga. Alargó los brazos para cogerla...

Ino gritó, cogió a Inojin con fuerza y apretó la espalda contra el asiento del carruaje con tal ímpetu que la sorprendió que no se rompiera y acabara cayendo en la parte posterior del mismo.

—De acuerdo. Ya le he entendido. Es usted un tirano. Soy perfectamente capaz de volver a la casa yo sola.

—Qué lástima. Suigetsu volvió a tender los brazos hacia ella. Yo llevaré al chico.

—Preferiría que no lo hiciera.

.

Por un momento, pareció que había herido sus sentimientos. Ino no entendía cómo podía haber hecho tal cosa cuando entre ellos dos no existía más que antipatía.

—Como desee, duquesa dijo él, adoptando un tono burlón que resonó a su alrededor.

—¿Podría, por favor, dejar de llamarme eso?

—¿Acaso no es apropiado?

—No de la forma en que usted lo dice.

—Quizá pudiese enseñarme a decirlo de una forma más apropiada y, a cambio, yo podría enseñarle algunas cosas poco apropiadas contestó él, adoptando un tono de voz muy bajo que provocó en Ino cosquilleos en lugares en los que nunca los había sentido. Hablaremos sobre las posibilidades en la biblioteca.

—Primero le tengo que leer un cuento a Inojin. No se puede dormir si no le leo antes.

—Eso parece una excusa para posponer lo inevitable.

—Me ofende que no crea usted en mi palabra. Pero puede preguntar a cualquiera de los sirvientes. Ellos le confirmarán que le leo un cuento cada noche. Aunque tampoco es que necesite que ellos le confirmen nada.

—Supongo que tiene razón. Debería tratarla como a una igual.

—¿Como a una igual? ¡Usted es plebeyo!

—Me estaba refiriendo al hecho de que los dos seamos ladrones. Aunque debo admitir que se me daba bastante mejor que a usted. A mí no me habrían descubierto.

—Estoy convencida de que tiene usted una opinión demasiado buena de sus habilidades. Está claro que en algún momento lo cogieron. He visto la marca que lleva en la mano.

—Sí, fue un golpe de mala suerte. Afortunadamente para usted, ahora ya no marcan a los delincuentes.

.

Ino no le veía ningún sentido a decirle que ella no era ninguna ladrona. ¿Cómo iba a saber que él había heredado el carruaje? Tendría que echar un vistazo a su copia del informe o estudiar el de su hijo con más detalle.

—Es usted muy irritante, señor Hozuki.

—Forma parte de mi encanto. Reúnase conmigo en la biblioteca cuando haya acabado de leerle a mi protegido.

.

Entonces saltó del carruaje provocando que éste se balanceara y les dijo a los sirvientes que seguían allí:

—La duquesa ha decidido cancelar su viaje al campo. Por favor, ocupaos de volver a llevarlo todo a su sitio.

.

Luego se perdió en la oscuridad, dejándola en lo que parecía un descenso en espiral al infierno.

.

.

.