Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.

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CAPÍTULO 04

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Suigetsu se bebía un whisky tumbado en el sofá de la biblioteca; estaba muy contento de haber sido previsor y haberse llevado un par de botellas de casa de Sasuke. Había planeado volver a su nueva residencia para discutir algunos detalles con la viuda, y decidió que los dos necesitarían un buen trago de la bebida del diablo para que los ayudara a afrontar lo que estaba seguro de que sería un arduo proceso, si querían llegar a un acuerdo sobre cómo educar al chico. No esperaba que ella estuviese conforme con nada de lo que él sugiriera.

Se quedó completamente perplejo cuando, al llegar a la residencia, descubrió que estaban preparando el carruaje para la precipitada huida de la duquesa. Hacía mucho tiempo que el diablo no se apoderaba de sus actos, y él no acostumbraba a asustar a las mujeres, pero no había podido evitar meterse dentro del coche y esperar a que ella llegara. Desafortunadamente, no había tenido en cuenta que llevaría al niño consigo. Irritar a la duquesa era una cosa; aterrorizar al niño un asunto completamente distinto. A él no le gustaba lastimar a los niños. Ya perdían la inocencia demasiado pronto.

¡Maldita fuera! Tendría que haber dejado que se llevara al chico al campo. Limitarse a fingir que era su tutor. Se había pasado buena parte de la infancia fingiendo ser una cosa u otra para engañar a alguien y poder robarle algo. Cuando se dedicaba a meter la mano en los bolsillos ajenos, solía vestirse con un traje elegante que había robado para pasar desapercibido entre los ricos, para parecer uno de los suyos, para que pensaran que era el hijo de alguno de ellos y sólo estaba paseando. Todos los niños de Orochimaru eran muy hábiles mimetizándose con el entorno: siempre conseguían encajar, aunque no fuera verdad.

¿Se encargaría Yahiko de controlarlo y de asegurarse de que cumplía con su deber? No parecía muy probable. Aquel hombre había sobrevivido a la entrega del mensaje y había conseguido que firmasen los formularios pertinentes. Ya se había ganado un buen dinero. Suigetsu no tenía ninguna intención de hacerle ganar aún más. El abogado ya había salido de sus vidas. Por lo menos, hasta que llegara el momento de ir a reclamar aquel último objeto. «Su valor es incalculable.» Las palabras resonaron en la cabeza de Suigetsu como si las cantara un coro de ángeles.

Tenía todo aquello y aún había algo más.

Miró el reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea y luego centró su atención en una mesa sobre la que había un montón de relojes muy bien colocados. La duquesa llevaba ya más de una hora leyéndole a su hijo. ¿Qué diablos le estaba leyendo? ¿Una novela de Dickens?

Entonces tuvo un mal presentimiento. Ino era una chica muy lista; ya lo había demostrado al calarlo tan rápido. Él había conseguido cortarle una vía de escape, pero podría haber encontrado otra.

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—¡Maldición! rugió, al tiempo que se ponía de pie, tirándose buena parte del whisky en su chaleco favorito. Maldijo la pérdida, se bebió lo poco que le quedaba en el vaso de un solo trago y salió de la biblioteca a toda prisa.

Un lacayo que estaba apoyado en la pared del pasillo se enderezó en seguida, temiendo una reprimenda por su falta de disciplina. Pero a Suigetsu le importaba muy poco lo derecho que pudiese estar un hombre. Lo único que le importaba de un sirviente era que trabajase bien y que estuviese allí cuando lo necesitara.

—¿Has vuelto a ver a la duquesa desde que subió? le preguntó Suigetsu.

—No, señor.

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Volvió a maldecir. Era muy posible que hubiese conseguido huir. Se acordó de que junto a la casa crecían un montón de enormes árboles. Podría haber abierto una ventana, haber pasado a uno de ellos y luego haberse descolgado hasta el suelo sin ningún tipo de problema. Él lo había hecho un montón de veces cuando vivía en casa de Konohagure. El anciano les había prohibido visitar a Orochimaru mientras estuviesen bajo su techo. Suigetsu siempre pensó que si el anciano no sabía que él lo seguía haciendo, no le haría daño. Y él se había negado a abandonar del todo a Orochimaru.

Por eso había seguido viviendo entre dos mundos. En muchos sentidos, aún seguía haciéndolo.

Fue hacia la escalera a toda prisa subiendo los escalones de dos en dos. No había ningún otro sirviente por allí. Se apresuró hasta la habitación del niño, abrió la puerta y se quedó de piedra...

Tanto la duquesa como su hijo estaban en brazos de Morfeo. A Suigetsu se le hizo un nudo en la garganta al recordar que hubo un tiempo en que también él dormía acurrucado contra su madre.

No quería pensar en ella aquella noche, no quería pensar en todo lo que podía sacrificar una madre por su hijo; no quería preguntarse qué podría llegar a sacrificar la duquesa. La dedicación que aquella mujer demostraba hacia su hijo lo había cogido completamente desprevenido. Él siempre había asumido que la aristocracia estaba por encima de las emociones. No solía desviarse mucho al juzgar a la gente o las situaciones, pero en ese caso era muy posible que sí se hubiera equivocado.

Echó un vistazo por la habitación. La niñera estaba dormida en una pequeña cama que había en una de las esquinas de la habitación. Suigetsu no sabía si eso era lo habitual o se trataba sólo de otro ejemplo de la naturaleza demasiado protectora de la madre del chico. Él no estaba muy familiarizado con la manera de llevar una casa. Hoshigaki le había encomendado una tarea de enormes proporciones, pero estaba desconcertado ante su determinación por llevar a cabo el encargo. Volvió a centrar su atención en la duquesa.

Estaba sentada en la cama, con la cabeza inclinada en un ángulo forzado y un libro abierto sobre el regazo. El niño estaba acurrucado junto a ella, chupándose el dedo y roncando . Una de las manos de su madre descansaba sobre su cabeza y sus dedos se perdían en los dorados cabellos del pequeño; parecía que pensara que podía protegerlo con sólo tocarlo.

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Sí, debería dejarlos marchar. ¿Qué sabía él de niños? Era verdad que había protegido a algunos en su momento; tenía el cuerpo lleno de cicatrices que lo demostraban, aunque no todas ellas fueran visibles y estaba acostumbrado a enseñar a los demás niños a sobrevivir cuando no tenían a nadie que los protegiera. En su club, trabajaban varios chicos: hacían recados, les llevaban las bebidas a los caballeros, los ayudaban a trasladar las fichas de un lado a otro... Suigetsu se preguntó si Hoshigaki se habría dado cuenta de la seguridad que ganaban esos chicos cuando empezaban a trabajar para él. Al principio, siempre tenían miedo, no confiaban en su buena suerte y sospechaban de los motivos por los que Suigetsu quería contratarlos. Pero al poco tiempo acababan por convencerse: empezaban a andar con la cabeza bien alta, hablaban sin vacilar y comenzaban a entender lo mucho que valían. ¿Sería ésa la razón por la que Hoshigaki iba a su club y no participaba de sus variadas ofertas de ocio? ¿Habría acudido allí a observar y aprender, para poder decidir quién sería el más indicado para preparar a su hijo para el mundo?

¿Un sinvergüenza como Suigetsu Hozuki?

Tal vez si se tratara de un niño de la calle... Pero ¿el hijo de un lord? Suigetsu apenas sabía por dónde empezar. Entonces, ¿por qué no había aceptado la forma más sencilla de eliminar aquel dilema cuando la duquesa se la ofreció? Se podría haber quedado con todo y haberse librado de ellos. No tenía ningún sentido que los obligara a quedarse y, sin embargo, era reticente a dejarlos marchar.

Suigetsu volvió a centrar su atención en la dama en cuestión. Dormida poseía una inesperada belleza casi etérea; parecía que todas sus preocupaciones hubieran desaparecido en sus sueños.

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Por un momento, se preguntó qué se sentiría soñando. Él nunca soñaba. Probablemente porque no solía dormir. Estaba obsesionado con conseguir toda la riqueza que pudiera y trabajaba hasta bien entrada la noche siempre que podía. Sabía muy bien cuál era el verdadero valor del dinero.

Éste protegía a una persona y gracias a él no tenía que hacer cosas que no quería hacer.

Normalmente. No tenía ningún interés particular en ejercer de tutor del niño, y si el chico no se estuviera chupando el dedo, si no hubiese gritado más fuerte que su madre, Suigetsu se habría cuestionado seriamente la necesidad de quedarse. Un crío no debería estar tan asustado. Nadie debería. ¿Qué era lo que le provocaba tantos miedos? ¿Y cómo podía Suigetsu empezar a darle la confianza que necesitaba para hacer honor a su título? No podía hacerlo sentándose junto a él delante del fuego mientras la ginebra le calentaba el estómago y la pipa hacía lo propio con sus pulmones. Estaba convencido de que la duquesa jamás lo aprobaría, lo cual hacía que le diesen ganas de valorar la idea. Hacerla enfadar podría convertirse fácilmente en su último vicio. Ella conseguía irritarlo por motivos que no era capaz de entender y él prestaba una extraña atención a algunos detalles sobre aquella mujer en los que jamás se había fijado antes.

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Se había metido en la pequeña cama del niño y había dejado los zapatos a un lado de la cama. A pesar de llevar medias, Suigetsu pudo ver que tenía unos pies pequeños y delicados. Le daban un aire vulnerable y él sintió una repentina necesidad de protegerla. Aunque no le costaba mucho imaginar que ella se opondría rápidamente a ello. Era muy probable que se hubiera quedado allí a propósito hasta quedarse dormida, con la esperanza de evitar otro encuentro con él. Menuda tontería. Al final, todo el mundo tenía que acabar enfrentándose al diablo y pagar sus deudas.

Ella aprendería esa lección al día siguiente; aquella noche la dejaría descansar con inocencia, pero no en aquella cama. Si no dormía bien, estaría de mal humor y sería mucho más difícil tratar con ella; y ya era lo suficientemente difícil. Suigetsu dudaba que jamás llegaran a ponerse de acuerdo en nada.

Deslizó los brazos por debajo de su cuerpo con mucho cuidado: uno a la altura de sus hombros y el otro por debajo de sus rodillas. Estaba convencido de que su espalda se resentiría del peso, pero cuando la levantó, se dio cuenta de que era tan ligera como lo eran sus dedos cuando, de niño, los metía en los bolsillos de los demás para robarles. Ino emitió un pequeño sonido parecido a un maullido al tiempo que apoyaba la cabeza sobre el hombro de Suigetsu. Entonces, él percibió una fragancia que reconoció en seguida: láudano. Tal vez tuviera tantos problemas para dormir como él.

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Volvió a mirar al niño; lo estaba observando con los ojos abiertos de par en par. Suigetsu esbozó una sonrisa, le guiñó un ojo y dijo:

—Vuelve a dormir. Esta noche yo me encargaré de mantener los monstruos a raya.

El pequeño cerró los ojos. Suigetsu salió de la habitación y recorrió el pasillo hasta la puerta de la habitación de la duquesa.

«Por favor, no entre en mi habitación.»

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Suspiró. ¿Y a él qué le importaba lo que ella quería y no quería? ¿Qué escondía allí dentro? El hecho de que no quisiera que él lo viera sólo conseguía que tuviera más ganas de verlo. ¿Y por qué motivo no debería? Aquella casa era suya, lo que significaba que, legalmente, la habitación también era suya. Tenía todo el derecho a abrir aquella puerta...

Maldijo una vez más y se dirigió a la habitación del señor de la casa: un dormitorio que antes pertenecía al duque y que ahora le pertenecía a él.

Flexionó un poco las rodillas, se las arregló para alcanzar el pomo, girarlo y abrir la puerta. La habitación estaba envuelta en sombras, pero la luz que procedía de los quinqués del pasillo y la poca que entraba por la ventana de las lámparas de gas que iluminaban el camino de entrada le proporcionaban la claridad suficiente como para que pudiese intuir la silueta de la enorme cama.

Se acercó a ella y depositó a Ino encima con la mayor suavidad posible.

Ella gimoteó y luego masculló:

—Lo siento. Perdóname.

Suigetsu se agachó a su lado.

—¿Por qué, duquesa?

Su respuesta se limitó a un suave suspiro. Tenía una mano cerca de la cadera y la otra cerrada sobre la almohada. Se había quitado su cofia de viuda una prenda completamente absurday Suigetsu se pudo hacer mejor idea de cómo era su pelo. No tan dorado como había supuesto en un principio, sino con un ligero parecido al color de la luna. Una pequeña parte del diablo lo volvió a visitar. Con sus diestros dedos y la habilidad de un carterista, localizó una horquilla. Se la quitó con mucho cuidado. Luego encontró otra, luego otra, y otra, hasta que la melena quedó liberada de sus ataduras y todo su espesor descansó sobre la mano de Suigetsu. Era suave y sedosa. Acarició algunos mechones entre los dedos. No entendía por qué sentía aquel sobrecogedor impulso de conocer la textura de su pelo.

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Y de saber algo más. Acercó la cabeza al cuello de Ino y, muy despacio, inhaló la embriagadora fragancia de su perfume. Allí el olor era más intenso, parecía que procediera de un lugar secreto detrás de su oreja. ¿Con qué otras partes de su cuerpo la duquesa provocaría un hombre? Porque lo provocaría, de eso estaba completamente seguro.

Se puso de pie y la observó. Se preguntó cuántas noches habría yacido en aquella cama, satisfecha y saciada. ¿La abrazaría después el duque? Las mujeres con las que Suigetsi se acostaba no requerían ningún cuidado especial, pero pensó que sería distinto con una mujer a la que no le pagara. Ésta esperaría algo más si no le llenaba de monedas la palma de la mano. Requeriría cortesías que colmaran su corazón.

Dio un paso atrás. Había algo muy placentero en observar cómo dormía una mujer en una

cama, especialmente cuando la cama era ahora la suya. Suigetsu se había acostado con muchas, pero nunca se había parado a observarlas mientras dormían. Y se estaba dando cuenta de que una mujer podía resultar seductora y atractiva incluso mientras dormía.

Se dio media vuelta y se dirigió a la puerta, negándose a dejarse seducir aunque la dama fuera tan hermosa como la duquesa de Hoshigaki.

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Suigetsu entró en el club y se deleitó con el entorno, con los olores y los sonidos. Los caballeros elegantes sentados a las mesas de juego, el suntuoso aroma del buen whisky y los puros caros. El repiqueteo de los dados y de las fichas de madera. De la sala de al lado, donde las chicas bailaban con los caballeros, salían las notas de un piano; a veces, conseguían llevárselos a un rincón y se dejaban robar un beso, y otras veces abandonaban aquella sala para entregarse a actos un poco menos inocentes. Suigetsu pagaba muy bien a las chicas para que entretuviesen a los clientes: el trato era que bailaran con ellos y les dieran conversación. Todo lo que ganaran al otro lado de aquellas puertas era sólo para ellas. Él no proporcionaba prostitutas, pero tampoco juzgaba a las mujeres si querían ganar un poco más, siempre y cuando la decisión fuese completamente suya. Todo el mundo sabía que Suigetsu Hozuki no miraba a otro lado si alguien trataba mal a sus empleados.

Se paseó por la sala y observó las mesas y a los jugadores; estudió cómo progresaba el juego.

Advirtió el elevado volumen ambiental. Los hombres ruidosos acostumbraban a gastar más dinero.

Pasó junto a una de las mesas, en la que se estaba jugando una partida de brag. Poco tiempo atrás, Sasuke acostumbraba a pasar gran parte de la noche en el club, no sólo porque era su socio, sino porque disfrutaba mucho de una buena partida de cartas. Sin embargo, desde que se había casado se quedaba en casa con su mujer. Suigetsu no podía culparlo por ello. Hinata era un ejemplar bastante delicioso.

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Cuando pasó junto a la ventanilla en la que se compraban las fichas, el hombre que estaba detrás asintió con la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa, lo que significaba que el negocio iba bien. Luego, Suigetsu se acercó a la sala en que las chicas ofrecían consuelo a los caballeros que no habían tenido mucha suerte con las cartas, o a la que iban directamente los hombres que decidían que su pecado de la noche serían las mujeres. Se detuvo en el umbral y esperó a que sus ojos se acostumbrasen a la falta de luz. La sala estaba poco iluminada a propósito, así conseguían crear una ilusión de intimidad. Pero allí no había verdaderos secretos. Si Suigetsu quisiera, podría chantajear a todos los hombres que había entre aquellas paredes; pero su visión de los negocios era demasiado aguda para caer en ese error. Había conseguido proporcionar a aquellos hombres un refugio seguro donde podían abandonarse a sus antojos. A una edad muy temprana, había aprendido que una persona podía llegar a dar casi todo lo que tiene a cambio de un refugio seguro.

Se fijó en una mujer sentada en el regazo de un hombre. Chino era la chica que más tiempo llevaba con él. La juventud estaba empezando a abandonarla, pero poseía mucha experiencia. Le susurró algo al hombre con el que estaba, luego levantó su ligero cuerpo y empezó a andar provocativamente hacia Suigetsu. Llevaba la melena rubia suelta y el pelo le caía en cascada sobre la espalda. Nunca había sido pudorosa e iba cubierta sólo por una fina capa de seda.

—Hola, corazón lo saludó con coquetería. ¿Me estás buscando?

Suigetsu la miró con detenimiento; su mirada era una mezcla de apreciación por lo que le ofrecía físicamente y otro poco de remordimiento. Era importante no dejar que una mujer supiera que no la deseaba. Era mejor conseguir que pensara que había otros motivos por los que no quería estar con ella.

—Esta noche no, Chino.

Ella frunció el cejo.

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—Ya hace mucho tiempo, Suigetsu. No habrás encontrado a otra, ¿verdad?

—No, sólo estoy un poco distraído. ¿Cómo van las cosas con las otras chicas?

Chino era la encargada de supervisar a las demás empleadas; se aseguraba de que entendían las reglas, de que siempre estaban limpias y de que nadie abusaba de ellas.

—Todo va bien, pero creo que vamos a perder a Fu. Uno de los lores quiere que sea su amante en exclusiva.

—¿Es eso lo que ella quiere?

Chino asintió.

—Es un buen tipo.

—Asegúrate de que entiende que él nunca se casará con ella.

—Ya lo sabe, Suigetsu. Todas sabemos lo que somos.

—Lo que sois, Chino, es sólo un grupo de chicas traviesas. Los hombres lo necesitan de vez en cuando.

Ella le guiñó un ojo.

—Pues cuando lo necesites tú, házmelo saber. Sigo siendo tu chica.

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Se despidió de él con la mano y volvió junto al hombre que seguía esperándola. Últimamente, Chino era la única mujer con la que Suigetsu se permitía estar. No quería que se pusieran celosas unas de otras. Él pagaba a Chino generosamente; no sólo porque era particularmente buena, sino porque ella nunca esperaba de él más de lo que Suigetsu era capaz de ofrecerle.

Se alejó de la sala donde los hombres disfrutaban de la compañía de las chicas y recorrió de nuevo la sala de juego, saludando a algunos de los caballeros. Ya hacía un buen rato que había pasado la medianoche, pero la sala seguía llena y el local estaba muy animado. El pecado no sabía de horarios, cosa que le iba muy bien a Suigetsu, que nunca había necesitado dormir mucho.

Abrió la puerta que conducía a la parte de atrás, desde donde él dirigía su negocio. Se detuvo ante un despacho abierto, se asomó al interior y observó mientras Karin Darling hacia algunas precisas anotaciones en sus libros de contabilidad. Ella también había sido una de las niñas de Orochimaru, la única cuyas hábiles manos podían compararse con las de Suigetsu. Nadie había conseguido superar los botines que conseguían ellos dos.

Karin levantó la vista y le dedicó la tímida y pícara sonrisa y fraternal que se había ganado el corazón de sus amigos.

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—Por fin estás aquí. Has estado fuera un montón de tiempo.

—La reunión ha sido mucho más compleja de lo que yo esperaba.

—¿Quieres hablar del tema?

—No especialmente, pero es importante que estés al corriente de algunos cambios que pueden surgir.

—No sé si me gusta cómo suena eso.

Entró en el despacho y miró a su alrededor. Al contrario que en la residencia del duque, en aquella sala no había muchos muebles: tan sólo un escritorio y tres sillones. Las paredes estaban desnudas. Unas pequeñas estanterías sostenían los libros de contabilidad que contenían la historia de su negocio. Junto a otra de las paredes había un sofá. Suigetsu no sabía muy bien para qué lo utilizaba Karin, pues sabía que no dormía allí. Su cama estaba en un apartamento al que se accedía por un pasillo y una escalera en la parte posterior del edificio. Él también tenía allí un apartamento propio, igual que la mayoría de los empleados. Eso le había costado una maldita fortuna, pero Suigetsu sabía que los empleados contentos no metían la mano en la caja.

—¿Por qué no te sientas? dijo Karin.

Él negó con la cabeza, dio un paso adelante y se apoyó en el respaldo de piel del sillón que había frente al escritorio de Karin.

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—Llevo sentado gran parte de la noche. Señaló los libros de contabilidad, abiertos sobre el escritorio. Karin era un genio con los números. Tal vez fuera porque Orochimaru la sentaba en su regazo y le dejaba contar las bolsas y monedas que los demás habían conseguido a lo largo del día.

Quizá no se diese cuenta, pero eso la ayudó a desarrollar una habilidad que les había sido muy útil a todos. ¿Hemos tenido una noche provechosa?

—Nuestras noches siempre son provechosas. Vas a morir siendo un hombre muy rico, Suigetsu.

No le pasó desapercibida la tristeza que teñía la voz de Karin. Sabía que a ella no le gustaba la importancia que él le daba al dinero. Sonrió.

—Mucho más rico de lo que esperaba. El duque de Hoshigaki me ha legado una fortuna.

Ella abrió sus ojos rojizos de par en par.

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—¿Por qué?

—Que me cuelguen si lo sé. Hundió los dedos en la piel del respaldo. ¿Hablaste con él alguna vez?

—¿Por qué iba a hablar con él?

—Vino por aquí en alguna ocasión.

—Ya sabes que evito todo lo que puedo la zona de juego. El buen licor hacía que sus clientes fueran más simpáticos que de costumbre y se creyeran más atractivos de lo que eran en realidad.

La zona de juego no era un buen lugar para una dama que no deseaba la atención de los hombres.

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—El abuelo de Sasuke lo conocía. Recuerdo vagamente que yo lo conocí en la residencia de Konohagure; le enseñé mi medallón.

—¿Qué medallón?

El que contenía una foto en miniatura de su madre. La noche que ella lo vendió, se lo dio mientras le decía:

Nunca olvides lo mucho que te quería, Suigetsu.

«Quería.» Él nunca supo qué había hecho para perder su amor. Con el tiempo, dejó de

preguntárselo. Empezó a emplear toda su capacidad mental en sobrevivir.

El día que conoció a Hoshigaki,, Suigetsu estaba en el jardín de Konohagure, contemplando el rostro de su madre, absorto en la miniatura. Estaba intentando determinar si ella se sentiría decepcionada de que no aprovechase lo que le estaba ofreciendo el conde. Odiaba estar en aquella casa elegante. Le recordaba a otra...

Suigetsu negó con la cabeza.

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—No importa. Había pensado que tal vez tú hablases con él alguna vez en casa de los Uchiha.

—No que yo recuerde.

—No creo que importe. Lo que sí es importante que sepas es que he aceptado ser el tutor de su hijo, por lo que no estaré tanto por aquí como de costumbre.

—¿Por qué tú?

—Ésa parece ser la pregunta que se hace todo el mundo, y de nuevo tengo que decir que no tengo ni las más remota idea.

—Creo que serás un tutor excelente.

Suigetsu se rió. A pesar de haberse criado en la calle, Karin seguía viendo a los niños de Orochimaru con mucha inocencia. Siempre creía que en ellos había bondad; aunque ésta estuviese enterrada a tanta profundidad que ni ellos mismos fueran capaces de encontrarla.

—¿Le vas a explicar a Sasuke tu nueva situación? preguntó Karin.

—Ya lo he hecho. Le he visto hace un rato. Entrecerró los ojos. No estoy seguro de que me haya perdonado por estar involucrado en la muerte de sus padres. Sólo habían pasado dos meses desde que su amigo descubrió la verdad sobre aquel fatídico día; aquel día que, veinticinco años atrás, cambió la vida de todos ellos.

—No fue culpa tuya. Tú sólo eras un niño. No sabías qué intenciones tenía aquel hombre cuando te pagó para engañarlos y que te siguieran hasta aquel callejón.

Eso era lo que Suigetsu había explicado, y no era del todo falso. Cuando ocurrió, no sabía qué se proponía aquel hombre exactamente, pero sí sabía reconocer el mal cuando lo tenía ante los ojos.

Sin embargo, ignoró sus sospechas porque quería los seis peniques. Jamás consiguió librarse de los remordimientos. Esperaba que no ocurriese lo mismo con el trato que había cerrado aquella noche.

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—Será mejor que me ponga a trabajar. Tengo que resolver algunas cosas para, mañana por la mañana, poder dedicarme a poner orden en algunos asuntos de mis nuevas posesiones.

—Supongo que debería felicitarte dijo ella con dulzura.

Suigetsu era incapaz de deshacerse del mal presentimiento que lo perseguía.

—Mejor dame las condolencias. Le guiñó un ojo. Buenas noches, Karin.

Se dirigió al pasillo, entró un momento en su despacho para coger su tabaco y su pipa, y luego siguió andando en dirección a la puerta que llevaba afuera. Salió y se dejó envolver por la noche.

La niebla era cada vez más espesa y apenas se podía ver nada. Suigetsu se preguntó si también habría niebla en el campo. En algún momento tendría que inspeccionar las propiedades de su protegido.

Podría resultar interesante. Él sólo conocía Konoha, pero eso sí, lo conocía muy bien.

Se apoyó en la pared, llenó la pipa, la encendió y empezó a aspirar hasta que lo envolvió la agradable fragancia del tabaco. El que fumaba ahora era mucho mejor que el de cuando era un niño. Sin embargo, aquella fragancia evocaba un tiempo en que la vida era más sencilla; lo único que tenía que hacer por aquel entonces era conseguir cierto número de bolsas al día. Aunque Suigetsu no se conformaba con la seda: prefería los relojes, las joyas y todo tipo de objetos brillantes que se cotizaban a un precio mucho más alto. No siempre le llevaba el botín a Orochimaru. Había conseguido sus propios contactos. Si el abuelo de Sasuke no lo hubiese acogido, estaba convencido de que habría acabado dirigiendo una pandilla de niños ladrones que hubiese rivalizado en notoriedad con la de Orochimaru. Ésa había sido siempre su meta. Quería ser el más famoso, quería que se escribieran canciones sobre él y ser el protagonista de muchas leyendas.

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Había planeado pasar su futuro enseñando a los niños a robar con maestría. Y ahora se suponía que debía enseñar a un chico a ser honrado, a ser un hombre íntegro que el día de mañana se sentaría en la Cámara de los Nobles y ayudaría a gobernar una nación.

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